Trufa de chocolate. Me acuesto y espero a que vengas. Pero no vienes. La lectura me ha encendido demasiado esta vez. Comienzo a frotarme contra las sábanas, contra el colchón, pero no me satisface. Intento dormir, pero sigo pensando en lo mismo. Mi mano frota mi pecho izquierdo, lo acuna, lo amasa. Se entretiene con el pezón. Continúa descendiendo hasta mi sexo, recién rasurado. Yo no quería esto. No quería tocarme. Quería que me tocaras tú. Pero sigues sin venir. Mi mano
sigue con su tarea. Acaricia mis labios, los abre, un dedo se cuela dentro. Estoy tan mojada. Me doy la vuelta, mejor boca abajo. Y mejor las dos manos. Abro mis labios de nuevo y meto dos dedos. No puedo silenciar mi gemido. Me toco con el dedo de una mano, a la vez que introduzco dos dedos de la otra en mi vagina. Me masturbo más rápido. Entonces noto algo, como unas cosquillas en mi espalda. Me paro. Me voy a girar, pero no me dejas. Es él. Quieta, sigue.
Me susurras, mientras me sujetas con tu mano por el hombro. ¿Qué?¿ Quieres que siga? Te pregunto. clagú. Y no te levantes o se caerá todo. Entonces giro un poco la cabeza y lo veo. Posas el paquete de trufas en la mesilla. Coges una entre los dedos y continúas deshaciéndola sobre mi espalda. Eso hacías. Te acercas gateando, cual felino y lames las migas de chocolate, lentamente. Tu lengua se recrea en mi zona lumbar. Entonces chupas. Había un pedacito más grande. Siento
como te relames. Jimu. Recuerda, debes seguir, me insistes. Quiero que lo hagas tú, te pido, caprichosa. Pero ahora mando yo. Acuérdate de nuestro trato. Yo te aconsejo y tú pagas por ello. Con tu mano en mi cuello, vuelves a colocarme tumbada. Me estaba incorporando y tú no quieres todavía. Sigues lamiendo y chupando hasta llegar a mi nuca. Mis jadeos son más y más fuertes. Ahora sí, date la vuelta, me mandas. Pero recuerda que debes seguir tocando tu sexo. Así,
como hasta ahora. Una mano se ocupa del clítoris. Aráñalo, frótalo, pellízcalo. La otra, del interior, arquea un poco los dedos, te dará mayor placer. Vuelves a desmigar el resto de la trufa sobre mis pechos, alrededor de mis pezones. Están tan duros ya. Pero entonces te observo.¿ Qué haces? No lo chupas, no lo comes. Lo estás extendiendo. Me está manchando.¿ Qué haces? Pregunto. Así. Perfecto contraste. Una piel tan clara se merece un color
oscuro y apetitoso como el de la trufa. Me gustas así. Vamos. Sigue. De nuevo echo la cabeza para atrás y enseguida me corriges. No. Nada dujo será du. y la cabeza hacia arriba. Siéntate, mejor. Debes tener buena visión de mis ojos y de tus pezones. Y entonces lo noto. Está ahí mismo. Me correré enseguida. Tú me miras y yo te miro. Y ambos miramos mis pezones. Era verdad. Justo antes de estallar mi orgasmo están duros y erectos como si quisieran desbordarse de mí.
Como si mi piel fuera una camisa de fuerza que les oprime y desearan traspasarla. Las areolas, también duras y rugosas. Y entonces atrapas uno con tu boca. En el momento exacto en el que exploto por dentro. No dejo de gritar y sí, mis ojos se han cerrado a la vez que lo hacen mis piernas. Lo siento, no fui capaz de obedecerte. Relajada y tumbada, siento como tus manos acarician mis pechos, mis brazos, mis mejillas. Me tapas con el nórdico. Tu va. Sin decir adiós. Nunca lo haces.
