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No es por vanagloriarme, pero mi clítoris en estado de reposo mide dos centímetros y medio. Y cuando ce cita mide cuatro centímetros y medio. Y cuando lo muestro, todos me lo quieren chupar. Al principio me desean por mi soberbio culo, mi cinturita o mis tetas, o por mi cara de niña perversa, pese a mis 45. Pero cuando me ven el clítoris se vuelven locos, Hombres, mujeres, de todas las edades. Recuerdo una visita que hice a una doctora para ver el problema de mi clítoris.
En realidad yo quería una buena mamada, y sabía que bastaría con mostrarle mi clítoris a la médica. Doctora, he venido a verla, porque mi clítoris me tiene a maltraer. Qual è il problema? Cuénteme. El problema es que todo el tiempo me pica, y me lo tengo que hacer chupar para quedarme un poco tranquila.¿Y por quién se lo hace chupar? Se interesó la médica. Por cualquiera, para eso no tengo problema. Todos me lo quieren chupar en cuanto se los muestro.
Qué raro, nunca escuché algo así. A ver, sáquese la ropa. Estaba lista para eso. Me saqué la blusa y, cuando hice lo propio con el brasier, mis tetas saltaron afuera y la Meika abrió los ojos, mirando mis desbordantes enormidades. Aclaremos esto, siempre tuve tetas grandes y paradas.
Y cuando a los 35 temí que pudieran vencérseme, me hice una cirugía que me aseguró que siempre estarían bien altas y, de paso, Me hice agregar unos cuantos decímetros que dejaron a mis tetazas convertidas en dos monstruosidades capaces de noquear a cualquiera: fuera hombre, mujer, niño o niña. Tengo dos enormes pezones rosados, de un diámetro de 8 centímetros, y una piel suave y perfecta que engalana mis voluptuosidades.
Así que no fue extrañar que la doctora se quedara turulata con la visión de mis melonazos. Ese fue el primer estrago que produje en su actitud profesional. Pude ver que sus ojos se habían humedecido, que ella tragaba saliva y trataba de mantener la compostura. Vi bien, trago saliva, sasáques el re-resto. Bien erguida, de modo que mis tetas lucieran esplendorosas, me saqué la faldita, dejando a su vista mi espléndido culo apenas cubierto por una braguita transparente.
Le parece que me saque también los tacos altos, doctora, eran tacos en verdad muy altos, tipo tacos aguja, y yo sabía que me daban un look espectacular. Nó, así está bien, déjéselos. Me senté sobre la camilla, con las braguitas todavía puestas. No quería acelerar demasiado el trámite, sabía que en cuanto la mujer viera mi gran crítoris estaría perdida. Me quedé sentada sobre mi maravilloso culo, bien erguida, dándole un espectáculo que estaba soliviantando su moral.
Y decidí avanzar un poco más. El problema es que mi clítoris es enorme, doctora. Cuando cumplí 12 años, todas mis compañeritas me lo querían chupar. Y tenía un montón de orgasmos por día. ¡Ah! balbuceó la Meika, aclarándose la voz. Y después estaba mi tío, de 30, que estaba loco por mi hermoso atributo.¿Ese es su tío? Y mi vecina.
La señora Clara, del quinto B, que siempre me pedía que le fuera a hacer compañía, o al menos eso le decía a mi mamá, y desde que llegaba hasta que me iba, no hacemos que jugar con mi clítoris. Me lo tocaba, me lo pajeaba, me lo besaba, me lo chupaba, qué sé yo, me hacía tener montones de orgasmos en cada tarde que pasábamos juntas. Y yo solo tenía 12 añitos, Pero tantas chupadas a mi clítoris me lo hicieron seguir desarrollando. Y lo tengo tan sensible.
Usted no se imagina lo sensible que es mi clítoris, doctora. Eno. Tartamudeó la doctora. Por eso se lo quiero mostrar, para que comprenda mi problema, y poniéndome de pie y de espaldas a ella, me bajé lentamente mis braguitas, mostrándole paso a paso la esplendidez de mi culo. Luego volví a sentarme, totalmente desnuda y esplendorosa, ante sus ojos asorados que me miraban con timidez y deseo. Advirtió la abundante pelambre que precedía mi concha. Cu que pe peluda!
No pudo menos que exclamar. Menos mal que tengo la concha tan peluda, doctora, así protejo mi clítoris de los roces y mirad. Cla, cla, claro, pero muest muéstreme ese famoso clítoris, dijo tratando de disimular con su pequeña broma la ansiedad que tenía por ver mi aparatito. Abrí lentamente las piernas, dejando ante sus ojos la doctora se había sentado en un banquillo frente a la camilla, de modo que sus ojos estaban en línea recta con mi concha.
Levanté las rodillas, de modo que pudiera ver también mi objetito. Estoy recién bañadita, doctora, así que puede revisarme a gusto, y abrí un poco más las rodillas, para que mis muslos le mostraran mi concha. La mujer, tragando saliva, se acercó hasta unos pocos centímetros de mi sexo. ¿Es estás segura de que está recién bañadita? Yo siento olor a sexo. Es porque ese es mi sexo, doctora, y hablar de todo esto siempre me cita. Le tomé una de sus manos y la guí hacia mi concha.
Toque, doctora, sé que tiene que revisarme, así que me sacaré la vergüenza, y le puse sus dedos a la entrada de mi vagina, que estaba bastante húmeda. Instintivamente, ella separó el vello público, buscando el clítoris. Enseguida lo encontró, claro. Estaba erecto como un pequeño hábito a punto de explotar.¡Madre mía! exclamó la médica con una ronca agitación en la voz. Ya la tenía donde quería. Tóquemelo, doctora. Quiero que vea lo sensible que es.
La mujer, obedientemente, tocó Micrítoris con la yema de dos de sus dedos. Y mi clítoris dio un pequeño saltito. ¡Ay, doctora! Tòquelo, però con más cuidado, dice con un suspiro ronco. Levantó los ojos hasta enfrentar a los míos, que la miraban desde arriba con una sonrisa amplia y un toque de ironía, como si dijeran: Aquí te tengo, a punto de chuparme la concha, y lo deseas locamente. Así sí, dos, doctora. Acariciamelo suavemente. Ve que duro se me ha puesto.
Fíjese cómo han aumentado mis jugos. Usted es buena nestor, doctora. Siente come aumenta il olor di mia conchita? La mujer solo pudo responder con un jaeo bajo. Pero si no le acerca la boca no va a poder hacer una revisación a fondo, doctora, la mujer, obediente, acercó la boca a mi Clítoris. Toquelo con los labios y sienta su calentura y su vibración, y después de unos momentos sentí como su boca tocaba mi clítoris en casi un beso. Le agarré la cabeza empujándola hacia adelante.
Y sus labios rodearon mi clítoris en lo que ya era un beso, íntimo, lento. Un beso que la doctora estaba saboreando ya, no había duda. Le sostuve la cabeza contra mi concha. Ay, doctora, como me caliento, su cabeza estaba entre mis muslos que la presaban para que no pudiera salirse de mi concha. Eso, doctorita, chupemelo, la mujer ya estaba en mi poder para lo que yo quisiera.
Su boca, prisionera de la atracción de mi tremendo clítoris, no podía dejar de chupar y lamer con pasión. Así que, apretándole más la cabeza, me vine en su cara.¡Ah, ah!¡Ay, qué divino! Y le refregué mi sexo contra su cara. Luego me paré de un saltito y pude ver el extrabío en sus ojos. Dándome vuelta le puse mi esculturálculo frente a la cara. Y para animarla, tomé su nuca y aplasté su rostro contra mis glúteos.
Sin decir palabra le froté la cara con mis nalgas, hasta que sentí su lengua trabajando entre ellas. Siempre que acabo por una buena chupada de clítoris necesito una buena chupada de culo, doctora. Piensa que está mal, ella farbulló algo ininteligible con su boca enterrada entre mis nalgas. No se pudo entender, pero pienso que me quiso decir que no, que no estaba mal que me hiciera chupar el culo.
Bueno, ahí tenía otra mujer ocupada con mis partes bajas, como había llevado a tantas otras y tantos otros a hacerlo por pura sumisión apasionada. No sabe las cosas que les hago a hombres y mujeres con mi gran culo, la pobre tenía la nariz aprisionada entre mis glúteos, y apenas las sacaba para respirar, para luego volver a enterrarla en las profundidades, mientras su lengua no dejaba de lamer. Se está cansando, doctora. Permítame acomodarla mejor.
Y acostándola sobre la camilla me senté sobre su rostro. ¿Verdad que está más cómoda, doctora? Y le aplasté la cara entre mis nalgas abiertas. La escuché gemir. La situación la estaba calentando mucho, pobrecita. Y el solo pensarlo me llevó a mi orgasmo de culo. Se lo retorcí contra su boca y sentí sus jadeos cada vez más acelerados hasta que la escuché acabar, totalmente entregada. Me levanté para observar su rostro que lucía una expresión de extraído en sus ojos vidriosos.
Me volví a sentar ahorcajadas de su boca, estaba exponiéndole la concha. Volvamos al clítoris, doctora, así puede seguir su revisación, y le metí el clítoris entre los labios. A partir de ahí la cosa fue pura diversión, para mí al menos, que le restregaba el clítoris por toda la cara, para luego volvérselo a meter en la boca. Y cogerle la hoca como si mi clítoris fuera una pequeña pija. Y Moy a mi conchan círculo sobre su cara, y para atrás y adelante en Baivén.
Revíseme bien, doctorcita, y abría bien la concha para meterle la cara dentro, y la revolvía sobre su rostro, hasta que la calentura de la situación y las frotaciones me dieron el mejor orgasmo de esa semana. Todo sobre su cara, por supuesto. Después de mantener un rato mi concha sobre su cara, se la saqué suavemente, haciendo un ruido de sopapa. Ella quedó completamente derrengada, sobre la camilla, con el cuello y la pechera de su guardapolvo completamente enchastrados por mis jugos.
La ayudé a levantarse sobre sus inseguros pies. Me miraba con ojos desenfocados. Evidentemente no sabía muy bien dónde estaba. Había observado eso muchas veces en personas recién pasadas bajo mi concha o culo, esa expresión de estupidez embobada, de turbidad en la mirada. La doctora ni siquiera había comenzado a recuperarse. Así que aproveché y le dije, ya tiene el diagnóstico de mi problema, doctora.
Me miró tratando de comprender de qué le hablaba, evidentemente, mi culo y mi concha seguían sobre su cara, todavía. Así que abrió la boca como tratando de decir algo, pero no salió palabra alguna. Comprendo, doctora, necesita elaborar mejor mi caso. Volveré el viernes para que me su diagnóstico, ella se balanceaba incierta, frente a mí, le costaba mantener el equilibrio. Además, mis tetas al aire atrapaban su mirada, aún desenfocada. Le di la mano, con firmeza, entonces nos vemos el viernes.
Pero antes déjeme agradecerle lo bien que me ha atendido, doctora, y poniéndole mis tetonas casi en su rostro, le di un gran abrazo y un beso de lengua que la dejó pelotuda, haciéndole sentir bien mis tetonas. La eje parada, en medio del consultorio, con todo el pelo revuelto, la cara y el pelo empapados con mis jugos y llenos de olor a concha, su guardapolvos totalmente empapado de jugos de concha, la mirada soñadora y la vertical vacilante.
Me vestí, y al salir del consultorio todavía estaba en la misma situación. Le iba a costar reponerse. Un reportero me entrevista en mi camerino. Y tiene mucha curiosidad por ver si es cierto lo que se dice de mi gran Clítoris. Pobre. ¿El reportero había pasado mi camerino de Bedet? En realidad, por encima de la exuberancia de mis pechos y de mi culo, y de la belleza de mi carita de nena perversa, había trascendido el tema de mi enorme clítoris.
Y el hombre se salía de ganas de tocar el tema. Decidí que lo haría tocar algo más. Me alegro que pudiera recibirme, señora Julia, hace mucho que quería hacerle este reportaje. No se imagina cuánto le agradezco. Sí que me imagino. Y no se preocupe, ya encontraremos un modo de que me lo agradezca.
Él estaba sentado sobre un banquito bajo, de modo que cuando apoyé mi culo sobre la mesa de maquillaje, manteniéndome sobre mis hermosas piernas con mis pies tocando el piso, su nariz quedaba apuntando directamente a mi entrepierna. Llevaba puesta una pollera con tajo, que se abría por adelante. Con un poco de perversidad entreabrí un poco el tajo, con solo avanzar un muslo hacia afuera. Era un modo de llevar a su atención el tema de mi superclítoris.
Pero antes aclaremos algunos aspectos sobre mi persona. Tengo cara enena perversa, sí, pero con algo más de 45 años. A este chico, de menos de 30, yo debía parecerle más bien una vieja dominante y perversa, una putona dominante. Y mientras íbamos haciendo el reportaje, mecía mis poderosas caderas contra la mesa de maquillaje, con alguna que otra contracción o avance hacia delante de mi pelvis, lo que estaba poniendo más que nervioso al joven reportero.
También mi sonrisa dominadora lo estaba perturbando. Y yo lo disfrutaba y procuraba acentuar el efecto. Con mis manos acariciaba mis caderas, avanzaba un poco el pubis, me amacaba lateralmente con mi culo apoyado en la mesa de maquillaje, acariciándome una de mis enormes tetas, como al pasar. Al poco rato lo tenía psicológicamente con la lengua afuera. Poco a poco fuimos agotando los temas de mi carrera, y cada vez era más evidente que solo nos quedaba, insoslayable, el tema de mi gran clítoris.
Y yo lo miraba fijo cada vez con más intensidad y un toque de ironía, como diciéndole:¿Tenés miedo de preguntarme, nenito? Y dejaba que el tajo se abriera un poco más, dejando a la vista mis sabrosos muslos en las inmediaciones de mi pubis. El muchacho miraba mis carnes de vieja putona cada vez con más adoración. Y seguramente algo del olor de mi concha estaba llegando a su nariz, que se encontraba menos de 70 centímetros en línea recta.
Como me di cuenta de que no se animaría a sacar el tema, lo ahorde directamente, y no hay nada más que quieras preguntarme. Bueno, bueno, este, sí, yo. ¿Querés saber si tengo un clítoris tan enorme como dicen que tengo? Este, ese sí. Pero vos sabes que al que le muestro mi gran clítoris me lo tiene que besar,¿no? El muchacho tragó saliva, y se le escapó el anotador de las manos, cayendo al suelo. Con manos nerviosas iba a recogerlo, pero se lo impedí. Deja eso.
Ahora no vas a poder escribir nada. Y levantando lentamente mi falda dejé mi peluda concha a su vista. El chico no se lo esperaba, seguramente pensaba que llevaría braguitas. Y yo contaba con eso, el factor sorpresa es muy desarmante. Y a mí me gusta tener a los hombres desarmados frente a mi clítoris. ¿Y a este ya lo tenía? Con mis dedos separé la fronda de mis pendejos, dejando mi clítoris a la vista.
Se hallaba en estado de reposo, de modo que medía poco menos de 3 centímetros, pero el muchacho reaccionó conforme a lo esperado. Dios mío!¡Qué pedazo de clítoris! Nunca había visto uno tan grande y gordo. Le di una sonrisa sobradora, tócamelo, nene, y lo vas a ver más grande y más gordo. Él lo agarró con la yema de sus dedos pulgar, índice y medio, soándolo suavemente. Yo lancé un jadeo lacío. Sí, nene, así.
Y a medida que los ovaban, mi viciado clítori se fue parando. Los ojos del muchacho parecían no poder creer lo que veían, y su lengua salía un poquito, mojando sus labios. Chúpamelo, cielo Me enloquece que me lo chupen Cada vez que tengo la cabeza de un hombre entre mis piernas chupándome el clítoris me pongo muy puta, muy, pero muy putona. Y avancé puis, para que el chico no tuviera más remedio que agarrar mi duro y sensible pedacito entre sus labios.
Lo atrapó con fruición y comenzó a chupármelo y lamerlo. Yo sabía que el olor de mi concha lo estaba dominando. ¿No sabes la cantidad de tipos que se bajaron y los tuve ahí, donde tenés la cabeza ahora, adorándome el clitoritazo, chupándomelo de rodillas? Su boca se sentía caliente y húmeda, y su lengua me lamía con frenesí mientras me chupaba. También tuve nenes chupándomelo. El hijito de una amiga mía, de ocho años, escapaba de su casa para venir a chuparme el clítoris.
Se entusiasmaba como loco y me llevaba de polvaso en polvazo. Ese nenito no se cansaba nunca de chupar. Al final yo terminaba tirándome en bolas en la cama, con las rodillas bien abiertas y el nene entre mis muslos, chupándome el clítoris. Mi amiga jamás sospechó porque su nene se había aficionado tanto a mi casa. Escuché que el reportero, allí por abajo, gemía al escucharme, mientras continuaba prendido a su chupete.
Comencé a darle vaivenes a mi pequeño hábito erecto, cogiéndole la boca, con pequeños movimientos de mi pelvis. Con ese nene la cosa comenzó casi por casualidad. Estaba jugando debajo de la mesa mientras charlábamos con su mamá, y de pronto sentí su cabecita entre mis muslos, besándolos. Y los abrí, dejándole llegar más adentro, y se fue entusiasmando, mientras yo intentaba aparecer reposada frente a su madre, procurando mantener la conversación.
Y cuando llegó a mi peluda concha, estaba entre casas sin bombachas a tarde, por suerte, su lamiente Oquita encontró mi clítoris y se prendió a chuparlo con pasión, como los nenes cuando toman la teta, pero con más pasión. Y yo me vi en figurillas para disimular los orgasmos que estaba teniendo. Cuando se fue con su mamá, el nene me dio un simpático para la mamá beso en la boca, que la hizo reír.
Claro, ella no vio que el nene me metió la lengua, llena de gusto a concha, mientras con una de sus manitos me apretaba una teta, todo eso en menos de un par de segundos, y la madre no se dio cuenta de nada. Y yo quedé calentísima, y me tuve que pajear toda la noche, pensando en lo que iba a hacer con ese nene cuando estuviéramos los dos solos, que tendría que ser muy pronto, por la calentura que me había dejado.
Y al día siguiente, pasé por su casa, y le dije a mi amiga si no quería que se lo cuidara un ratito, y ella aprovechó para salir de compras, dejándolo en mi casa. El nene sabía perfectamente que la íbamos, y apenas nos quedamos solo se me tiró encima agarrándome las tetonas a través de la blusa y después desnudas, chupándome los pezones. Pero su obsesión era volver a saurear mi gran clítoris. Y ahí comenzamos una relación que duró varios meses, hasta que se mudaron.
El hablar me ayudaba a ralentizar mis reacciones, distrayéndome un poco, pero al reportero le había pasado lo contrario. Se había arrodillado, dejando el banquito, y tenía la cabeza pegada a mi clítoris, y a medida que yo le contaba mis experiencias pasadas, Se aferraba con más fuerza contra mí, agarrado en mis nalgas, y sintiendo mis muslazos contra su cuerpo. Yo podía sentir sus temblores, mientras su lengua la mía y la mía.
Yo le movía la concha en pequeños círculos como para mantenerlo ocupado en no perder mi clítoris, y de paso darle unas cuantas sensaciones más. Después tuve que buscar a alguien más que me chupara el clítoris, porque ya era un vicio, aún antes del nene, claro. Por suerte en el sexto había un señor jubilado que me sirvió perfectamente. Todo empezó, ah, nene, seguí así. Todo empezó una mañana que me ayudó a entrar las cosas del supermercado en mi departamento. Y lo invité a pasar.
Nos sentamos a conversar, en mis dos sofás enfrentados, y entonces le dejé ver que no tenía un bacha. Y mi peluda concha lo pudo. Me pidió de rodillas que, que, a, si dos, mi vida, seguí, seguí, y, de rodillas me pí, pidió que lo dejara chú, par. Me, la, ahí, ne. Ne. No, no. Pa, pa, res,¿qué me estás haciendo? Doa, ka, bar.
Y agarrándole la cabeza con ambas manos se la apreté contra mi concha que comenzó a estremecerse, y esto fue demasiado para el pobre reportero que, agarrándose fuerte de mi culo, Con su cara enterrada en mi coño y con mi erótico pedacito duro en su boca, llegó al máximo de sus temblores y se corrió en sus pantalones. Se quedó un rato en la misma posición, con la cara contra mi pubis, y abrazado fuertemente contra mis muslos, respirando el olor de mi concha y saboreando, todavía mi clítoris.
Luego se fue derrumbando, a medida que su cara iba bajando por mis muslos. Me agaché para verle la cara. Estaba totalmente mojada por mis jugos, con mis pendejos repartidos por su rostro y unas ojeras enormes por su acabada. Me miró con ojos embobados. Bueno, ahí tenés tu reportaje, le dije. Dentro de media hora tengo que darle otro a un colega tuyo, así que mejor te vas. Había nacido otro adorador de mi devastador Clítoris. ¿Continuará? Hasta la próxima.
