SEDUCIENDO A MAMÁ - PARTE 49 (Relato Erótico) - podcast episode cover

SEDUCIENDO A MAMÁ - PARTE 49 (Relato Erótico)

Jul 21, 202539 min
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Esta historia continuará a finales del 2026

Transcript

Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos.

Speaker 3

Seduciendo a mamá, parte 49. Libro 3, cap 8.

Speaker 2

La sala está envuelta en una penumbra, solo interrumpida por el parpadeo del televisor, que transmite anuncios entre los gritos del partido de fútbol. A mi vez, yo estoy hundido en el sillón, las manos sudorosas apretadas contra mis muslos, como un tonto, tratando de ignorar el calor que me

sube por el pecho. Federico está a unos metros de nosotros, hundido en su sillón favorito, una cerveza a medio beber en la mesa junto a él, sus ojos fijos en la pantalla, fingiendo no estar al tanto de lo que estamos haciendo, simulando que su mundo entero depende de un gol. Pero mi mundo está a punto de quemarme, porque mi madre está de pie frente a mí, su silueta perfecta haciéndola lucir como una diosa pervertida salida de mis sueños

más enfermos. Su blusa blanca es tan fina que parece pintada sobre su piel, empapada en el pecho donde sus pechos monstruosos, hinchados por el embarazo, libran una guerra contra la tela. Los pezones, ahora más oscurecidos por su estado, y gruesos como melones maduros, se marcan con una claridad que me quita el aliento y la leche brota sin consideración. Gotas blancas y líquidas que resbalan por la curva de sus senos, goteando al suelo en un minúsculo charco pegajoso

que brilla como una acusación. Su barriga abultada, redonda y tensa, sobresale como un recordatorio de mi pecado, un recordatorio de que yo, su hijo, la embaracé, le arrojé todos mis espermatozoides hasta convertirla en esta hembra desbordante. Mamá me mira con esos ojos azules que siempre me han cautivado, pero ahora hay algo más en ellos que me deja sin aliento, un hambre sucia, un deseo que me prende fuego hasta

las entrañas. tito mi amor susurra su voz temblando con una mezcla de nervios y deseo que me atraviesa como un rayo no aguanto más están tan llenas que me duelen al oírla siento como mi verga se tensa en los pantalones traicionándome al instante es mi madre joder y voy a tocarla aquí en la sala Y claro que lo he hecho siempre, pero ahora con Federico a metros de distancia, ignorante de que cada gota de esa leche es una prueba de nuestro incesto, todo se vuelve más sórdido.

El morbo me consume, pero el miedo es una garra apretándome el pecho. Si Fede descubre que todo esto es una mentira, que lo es, estaremos acabados. Por su parte, la tía Arlette está apoyada en el marco de la puerta, sus propios pechos hinchados marcándose bajo una blusa gris que parece a punto de explotar. Su sonrisa la dina brillando

como si estuviera dirigiendo una obra maestra del caos. Alan, mi primo, está a su lado, fingiendo revisar su teléfono, pero sus ojos no se apartan de su hey, y yo siento una punzada de celos aunque sé que él está enamorado de su madrastra. En fin. La sala es un campo minado, y yo estoy a punto de pisar la primera bomba. Mi niño, por favor, insiste su jei, acercándose un paso más, sus pechos goteando con más fuerza ahora, la leche salpicando el suelo con un sonido húmedo que

me enciende la piel. Necesito que me ayudes, ahora. Mi boca se seca, y miro a Federico, que sigue clavado en el televisor, pero su cabeza se ladea apenas, como si hubiera captado algo. El pánico me aprieta las tripas, pero el deseo es más fuerte. Levanto las manos, temblando como si estuviera a punto de profanar algo sagrado, y las pozo en la cintura de su jey, justo donde

su barriga comienza a curvarse. Ella gime bajito, un sonido que me hace cerrar los ojos por un segundo, imaginándola desnuda, montándome como lo hace en nuestras noches secretas, sus pechos botando mientras me suplica más. Sugei,¿ estás bien? Pregunta Federico de pronto, su voz cortando el aire como un cuchillo. Si sientes que esto es inusual, que no está bien, porque la verdad es que no está bien, no tengas

vergüenza y dilo. No tienes que humillarte haciendo que tu propio hijo te drene las mamas por la congestión mamaria que tienes. Quiero decir, es normal que te sientas abrumada, yo lo estoy, y eso que no somos nada. Igual tú, Tito, puedes dejarlo si te sientes incómodo, que estoy seguro de que lo estás. El tío Fede no se gira del todo, pero su tono es de alerta y yo siento como el corazón se me sube a la garganta tras sus palabras. Arlette se mueve rápido, deslizándose hasta el sillón de Federico

con ese andar suyo que parece coreografiado para el pecado. Tranquilo, cariño, dice, su voz melosa envolviéndolo como una telaraña. No pongas más nerviosa a mi pobre prima de lo que ya lo está,¿ no ves que la pobre está sufriendo? El doctor dijo que hay que aliviarla cuando la leche se acumula. Tito está haciendo lo que tiene que hacer. El tío Fede bufa, con verdadera incomodidad. Y yo aprovecho para dar un último suspiro. Mis manos suben entonces lentamente por los costados de su jey,

rozando la tela húmeda hasta llegar a sus pechos. La siento temblar bajo mi toque, y cuando aprieto con suavidad, un chorro de leche sale disparado, empapando su blusa. Casi puedo imaginar el sabor dulce y tibio como si me rozara los labios, y tengo que morderme la lengua para no lamerlo ahí mismo. Su jei jadea, sus caderas moviéndose apenas, como si quisiera apretarse contra mí, y yo siento como

mi verga palpita, exigiendo liberarse. Es un desastre todo esto, un puto desastre, y estoy tan duro que me duele. Yo también necesito ser drenado. Vamos, hijo, sólo ayúdame, susurra. Federico suelta un gruñido, y esta vez si se gira, sus ojos encontrándose con la escena justo cuando otro chorro de leche brota del pecho izquierdo de su jey, manchando

la otra parte de su blusa. Su cara se pone roja como un tomate, y por un segundo pienso que va a levantarse y gritar, pero entonces suelta una risa nerviosa, como si no supiera qué otra cosa hacer. carajo, esto es, ridículo. Dice, pasándose una mano por la cara, claramente buscando dónde meterse.¿ En serio tienen que hacer eso aquí? Arlette se ríe, un sonido gutural que llena la sala y se inclina hacia él, sus pechos rozando su brazo de una manera

que sé que es intencional. Ay, Fede, querido, la madre Teresa de Calcuta y tú son lo mismo, dice, dándole un golpecito juguetón en el hombro. Esto es como cambiar un pañal, nada más.¿ O quieres que su jey se desmaye de dolor? Tus comentarios solo hacen que esto parezca mucho más antinatural, y no lo es. No es lo mismo, Arlette, masculla Federico, pasándose una mano por la cara, la cerveza temblando en la otra. Esto es muy raro. No me parece normal que Tito esté, bueno, haciendo eso.

Speaker 3

Aquí, en la sala.

Speaker 2

No pueden ir al baño o algo. Arlette por poco suelta una carcajada, pero nadie más parece escucharla. Yo la miro con ojos de cuchillas, aunque ella finge mirar hacia otro lado. Sugei está temblando delante de mí, tan cerca que siento el calor de su cuerpo quemándome a través de la ropa. Su blusa blanca está empapada, pegada a sus pechos como si fuera una segunda piel, y las manchas oscuras crecen donde sus pezones, gruesos y marrones, se

marcan con descaro. La leche sigue saliendo, gotas blancas que se cuelan por la tela, goteando al suelo con un plop suave que me pone la piel de gallina. Ella gime bajito,

Speaker 4

un,

Speaker 2

y yo siento como mi verga se aprieta contra los jeans, dura como piedra. Tito, ay, ay, susurra su jey, su voz quebrada, y sus ojos azules me clavan, llenos de un deseo que me revuelve las tripas. Me duelen mucho. Miro a Alan, que está junto a la puerta, y me hierve la sangre. Sus ojos se cruzan con los de su gey otra vez, un vistazo rápido pero directo, como si compartieran algo que yo no entiendo. No es la primera vez que los pillo mirándose así, y los

celos me queman. Es la clase de sensación que siento cada vez que pienso en Nacho. Pero sé que seré un cabrón si desconfío de ella, que además de ser mi madre, también es mi mujer, la que lleva a mi hijo en la panza. Entonces mis manos suben nuevamente por la cintura de mamá, rozando la curva de su barriga abultada, y ella suelta otro gemido,

Speaker 4

un

Speaker 2

A. Mi piel se eriza, y aunque el miedo me tiene sudando frío, no puedo parar. Mis dedos llegan al borde de sus pechos, la blusa mojada pegándose a mi piel, y siento el peso de esos senos hinchados, calientes, listos para explotar. Quiero apretar, sacarle la leche hasta que moje todo, pero Federico está ahí, sus ojos saltando del televisor a nosotros, y cada movimiento es un riesgo. Pero es que, Arlette, masculla otra vez Federico, pasándose una mano por la cara,

la cerveza temblando en la otra. Esto es muy raro. No me parece normal que Tito esté, bueno, haciendo eso. Aquí, en la sala. no pueden ir al baño o algo. Su jei gime más fuerte, un oh, que me hace apretar los dientes, y yo siento como mi verga pulsa, traicionándome. Mis manos tiemblan, pero suben un poco más, rozando la base de sus pechos, la tela empapada deslizándose bajo mis dedos.

La leche sigue goteando, un hilo blanco cayendo al suelo, y yo me muero de ganas de arrancarle la blusa, de chupar esos pezones hasta que me inunden la boca, pero no puedo, no ahora. No con Federico mirando como si quisiera que la tierra se lo tragara. Tito, no aguanto más, susurra su jey, su voz entrecortada, y yo sé que no es sólo el dolor. Está excitada, carajo, lo siento en cómo su cuerpo se arquea hacia mí, en cómo sus caderas se mueven apenas, buscando algo más.

Y yo también lo estoy, mi cabeza llena de imágenes de ella desnuda, su sexo empapado tragándome mientras sus pechos gotean sobre mi pecho. Alan suelta una risa corta, y yo lo miro, los celos ardiendo de nuevo. Está más cerca ahora, junto a Arlette, y sus ojos vuelven a cruzarse con los de Suhey, un segundo nada más, pero suficiente para que me den ganas de arrancarle los huevos.¿ Qué mierda

Speaker 3

mira? Y justo ahora, el tío Fede bufa otra vez, para acabarla de joder. Y

Speaker 2

yo suspiro. Papá, tranquilo, dice Alan, su voz más suave de lo normal, pero con un dejo nervioso, como si él también estuviera pisando terreno peligroso. Es solo para ayudar, como dijo Arlette. Yo también lo haré con ella si hace falta. No es nada del otro mundo. Federico suelta un bufido, dejando la cerveza en la mesa con un golpe que hace saltar unas gotas.¿ Nada del otro mundo? Replica, su cara roja ahora, los ojos saltando de su hey a mí, y luego a Alan. Parece que están montando

un maldito espectáculo. No sé qué les dijo ese doctor, pero ese cabrón debe estar loco, carajo. Arlette se ríe, un sonido grave que llena la sala, y se planta frente a Alan, jalándolo por el brazo hasta que sus pechos rozan su pecho. Fede, ya párale, dice, su tono burlón pero firme. Pareces adorador del quinto mandamiento. Si no quieres mirar, entonces volteate para otro lado o vete. Estoy viendo la tele.¿ Por qué no se van ustedes, mejor? Porque ya te dije que la intención de todo esto

es que aprendas a normalizar estas actividades. Extraer la leche de nuestro seno se convertirá muy pronto en un estilo de vida, por lo menos hasta que Sugei y yo dejemos de lactar. No, Freddy, no pongas esa cara. Sabes que Alan también lo hará conmigo, y entonces mira a su hijastro, sus ojos brillando con algo que me pone la piel de gallina. Lo hará por nuestro bebé, y lo sabes. La forma en que dice, nuestro bebé, me

pone de nervios. No es sólo la palabra, es el tono, esa mezcla de descaro y secreto que se cuela en su voz, como si estuviera confesando algo a gritos sin que Federico lo pesque. Arlette no está hablando del bebé de Federico, está hablando del hijo de Alan. Lo suelta ahí, en la cara de todos, y el pobre Fede ni se entera, pero yo sí. De pronto, su jei gime otra vez,

Speaker 4

un,

Speaker 2

un. Tito, que me hace cerrar los ojos por un segundo, y mis manos finalmente llegan a sus pechos, rozando la tela mojada justo debajo de sus pezones. La siento temblar, su respiración volviéndose un jadeo, ah, y yo aprieto los dientes para no gemir también. La leche sigue saliendo, empapando la blusa hasta que parece una sábana transparente, dejando ver cada curva de sus senos, los pezones duros y sus areolas erizadas. No sé cómo llegamos a esto, masculla Federico.

Pero me siento como en un manicomio. Mis manos no aguantan más, tiemblan como si estuvieran a punto de romperse, y el calor de los pechos de mi madre me quema los dedos a través de la blusa empapada. La leche sigue goteando, un desastre blanco que mancha el suelo, y sus gemidos, esos, un, y, a, me tienen al borde de la locura. No pienso, no puedo, solo actúo. Con un movimiento rápido, agarro el borde de su blusa blanca y la subo, arrancándola de su cuerpo como si

fuera papel mojado. Sus pechos enormes, hinchados por el embarazo, caen libres sobre su pecho, pesados y calientes, mojados por la leche que resbala en hilos blancos, casi pegándose a mi camiseta. Los pezones, gordos y duros, brillan bajo la luz de la sala y el olor dulce y tibio me golpea, haciéndome cerrar los ojos por un segundo. A. Tito. Gime su jey, su voz quebrada, y su cuerpo se arquea hacia mí, sus caderas temblando como si quisiera montarme

ahí mismo. La leche sigue brotando, y yo no aguanto más. Me inclino y atrapo uno de sus pezones con la boca, chupando con fuerza, desesperado. El sabor dulce y espeso me inunda, caliente, llenándome la garganta, y yo mamo como si mi vida dependiera de ello, mis manos apretando sus pechos para sacar más. Oh, mi niño, gime ella, sus dedos clavándose en mi pelo, jalándome más cerca, mientras me ahoga con su pezón en mi lengua, y yo siento como mi verga pulsa en

mi pantalón, dura hasta el dolor. Pero,¿ qué carajo? Grita Federico, su voz explotando en la sala como un trueno. Se levanta del sillón, la cerveza cayendo al suelo con un clank, sus ojos abiertos como platos, rojos de furia y confusión, mientras yo ordeño a mi madre con verdadero placer. Esto no es normal, joder. Sugei, Tito, paren ya. Mi madre responde con un sórdido, ah, que nos estremece a todos.

Veo de reojo que Arlette se mueve como un relámpago, plantándose frente a su marido con las manos en las caderas, sus pechos hinchados marcándose bajo la blusa gris. Fede, cálmate. Le suelta, su tono seco, pero con ese filo burlón que usa para controlarlo. Deja de actuar como tonto. Nos estás poniendo nerviosos a todos. Tito está haciendo lo que el doctor mandó, nada más. Eso no es lo que mandó el doctor. Brahma Federico, señalándome con un dedo tembloroso.

Está chupándole los pechos, carajo. Eso no es ordeñar, esto es otra cosa. Sujei gime más fuerte, un, ah, que me hace chupar con más ganas, la leche llenándome la boca, resbalando por mi barbilla. Ah, hijo, hijo. No puedo parar, no quiero, aunque sé que esto es una locura. Mis manos estrujan sus pechos, sacando chorros que me empapan el pecho, y ella se retuerce contra mí, sus caderas moviéndose como si estuviera a punto de correrse. Se las estoy mamando

delante de todos. Estoy ordeñando a mi madre frente a Alan, la tía Arletty frente a Fede mismo. Los celos de antes, por las miradas de Alan, se mezclan con el morbo, y por un segundo imagino que él me envidia, por saber a mi madre medio desnuda, gimiendo, y yo quiero gritarle que es mía,

Speaker 3

sólo mía. Dios. Gime mi madre.

Speaker 2

Federico está rojo, su cara un desastre de rabia y vergüenza, y yo sé que estamos cruzando una línea que no tiene vuelta atrás. Mis manos estrujan sus pechos, sacando más leche, y ella se aprieta contra mí, su barriga abultada rozando mi pecho, un recordatorio de que ese bebé es mío, de que yo la hice así. El morbo me consume, pero el miedo es una navaja en el estómago, si Federico da un paso más, si dice algo que rompa

la mentira, todo se va al infierno. Su geye está pegada a mí, su cuerpo temblando mientras mi boca sigue en su pecho, chupando con fuerza la leche caliente llenándome la garganta, resbalando por mi barbilla como un río blanco. Sus gemidos, un A. Tito, que suena más a lujuria que a alivio, me tienen al borde de perder la cabeza. pero de pronto ocurre algo que no espero, su mano baja, rápida como un relámpago, y me agarra el paquete por encima de los jeans, sus dedos apretando mi verga, dura

como cemento. Me quedo helado, el pánico golpeándome como un martillo. Mamá,¿ qué haces?, pienso, mis ojos abriéndose de terror, pero ella no suelta, su mano moviéndose con descaro, apretando mi pene y mis testículos.

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Un,

Speaker 2

un, escapándosele mientras me masajea, oculta por su cuerpo inclinado contra el mío. Federico está a metros, escandalizado, y si ve esto, si tan solo lo intuye, nos carga la chingada. Sugei, Dios santo, pero si no paras de gemir. Grita Federico, su voz quebrándose mientras se levanta del sillón, las manos en la cabeza como si quisiera arrancarse el pelo, por lo menos no ha visto que mi madre está estrujando mis genitales. Esto ya se pasó de la raya, carajo.

Arlette reacciona en un segundo, cruzando nuevamente la sala con pasos rápidos, sus pechos rebotando bajo la blusa gris. Se planta frente a Federico, bloqueándole la vista, sus manos en las caderas como si fuera a regañarlo. Fede, bájale dos rayas, le dice Arlette. Los gemidos son de dolor. Y quisiera sentir tú este tipo de dolencias. Ya te expliqué que es por salud. Tito la está ayudando, nada más. No

hagas un show por algo que no entiendes. De reojo veo que Federico la mira, su cara roja como si le hubieran dado un golpe y suelta un bufido de frustración. No es un show, Arlette. Replica, señalándome con un dedo tembloroso. Míralo, está, está chupándole las tetas. Eso no es normal, no me vengas con que es por salud. Es una locura. Su jei gime más fuerte, un, oh, mi niño, que me hace chupar con desesperación, mi lengua apretando su pezón mientras

la leche me inunda la boca. Su mano no suelta mi verga, apretando más, moviéndose en círculos lentos que me hacen jadear, un sonido que trato de ahogar tragando leche. Pero entonces, carajo, su otra mano se mueve, atrevida, y siento un poderoso hormigueo en mi glande. Gime ella, como si no pudiera contenerse, y yo siento una punzada de

excitación que se propaga por mi cuerpo. Alan se pega a Arlette, su cuerpo cubriendo el ángulo desde donde Federico podría ver la mano de su hey en mi entrepierna. Me lanza una mirada rápida, un guiño que dice que está conmigo, que va a tapar esto, pero también veo esa chispa en sus ojos, la misma que me quema cuando mira a Suhey, y los celos me arden aunque no puedo hacer nada ahora. Para mí, esto ha sido suficiente.

Grita Federico, levantándose del sillón. Arlette se mueve más cerca de él, casi rozándolo, su blusa gris tensa sobre sus pechos hinchados, y lo mira con una calma que parece de otro mundo. Fede, escúchame bien, dice, su tono más suave, como si hablara con un niño nervioso. Esto es lo que el doctor nos dijo que hiciéramos.¿ Quieres que traiga el papel donde lo escribió? Sugei no puede quedarse así,

está sufriendo de verdad. Y Tito es su hijo, de hecho, está siendo un excelente hijo.¿ Quién más va a ayudarla? No seas tan cerrado, hombre, y dals chance. Federico suelta otro bufido, pasándose las manos por la cara, y se deja caer en el sillón, derrotado. No sé qué hice para merecer esto, masculla, mirando al techo como si pidiera ayuda divina. Pero no quiero ver más, Arlette. Haz lo

que quieras, pero no me metas en esto. Sugei gime de nuevo un A. Tito, que suena a puro deseo, y su mano aprieta mi verga más fuerte, sus dedos deslizándose por la tela como si quisiera sacármela ahí mismo. La leche sigue brotando, empapando mi boca, mis comisuras, pegándose a mi piel, y yo mamo con más fuerza, mi lengua jugando con su pezón mientras mis manos estrujan sus pechos,

sacando chorros que resbalan por mi cuello. No puedo parar, el morbo me tiene atrapado, y aunque el miedo me aprieta el pecho, cada toque de su mano me lleva más al borde. Sugei no suelta mi paquete, su mano moviéndose más rápido ahora, apretando mi verga con una presión que me hace ver estrellas.

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Un,

Speaker 2

mi niño, jime, su cuerpo arqueándose contra mí, su barriga abultada rozándome, y yo siento como el calor me sube por el cuerpo, un nudo en el estómago que se aprieta más y más. Y no puedo más, carajo, no puedo. La leche me llena la boca, su mano me estruja sin piedad, y de pronto siento un espasmo, un calor húmedo explotando dentro de mis jeans. Me corro, joder, me corro dentro de los pantalones, un desastre pegajoso que me empapa la ropa, y un gemido se me escapa, un,

que trato de ahogar mordiendo su teta. La vergüenza me quema la cara, siento que todos lo saben, que Federico va a verlo, que Arlette y Alan se van a reír, pero Suhey no para, su mano todavía apretando mientras gime, Dios. Federico suelta un quejido, tapándose los ojos con una mano, y murmura algo que no entiendo, hundido en el sillón

como si quisiera desaparecer. Arlette y Alan no se mueven, sus cuerpos todavía cubriendo la vista, y yo me quedo ahí, jadeando, la leche de mi madre goteándome por la barbilla, mi verga palpitando en un charco de mi propia vergüenza, sabiendo que crucé una línea que nunca podré deshacer. Entonces me zafo de mamá con un empujón torpe, la leche goteándome por la barbilla, y salgo corriendo de la sala, tropezando con el borde de la alfombra. Tito. Grita Suhei, su

voz quebrada, pero no me detengo. Me voy corriendo con el corazón latiéndome en la garganta y me encierro en mi cuarto, dando un portazo que retumba. Estoy temblando, la cara roja como un tomate, y cuando me miro en el espejo del armario, veo un desastre, la camiseta empapada de leche, la barbilla brillante y los pantalones con una mancha sospechosa que me hace querer morirme.¿ Qué carajo hice?, pienso, pasándome las manos por el pelo, tratando de no gritar.

Me arranco la camiseta y los jeans, tirándolos al suelo, y me quedo en boxers, el semen pegajoso secándose contra mi piel. Agarro el bote de gel antibacterial que tengo en el escritorio y me echo un chorro en las manos, limpiándome la entrepierna con una mueca de asco. Ni siquiera quiero salir al baño. No quiero que nadie me vea.

El olor a alcohol me pica la nariz, pero no me importa, solo quiero borrar la evidencia de mi vergüenza.¿ Correrme dentro de los pantalones?¿ Cuándo se ha visto semejante estupidez? Luego encuentro un tubo de crema en el cajón, una mierda genérica para las manos, y me la unto, frotando hasta que la piel queda resbalosa, como si pudiera limpiarme la culpa también. Me pongo unos pantalones limpios y una

camiseta nueva, pero no me siento mejor. Me dejo caer en la cama, mirando el techo, y escucho voces que vienen desde la sala de estar. El tío Federico está gritando, su voz grave retumbando por las paredes, y Alan le responde, más calmado pero tenso, como si estuviera tratando de no perder los estribos. No entiendo todo, pero capto pedazos, me tratan como un pendejo, Alan, y, para, papá, no hables

así delante de Suhey. Mi estómago se retuerce, sabiendo que soy la causa de esa bronca, que mi madre y yo la cagamos frente a todos. El celular vibra en mi bolsillo, y lo saco con manos temblorosas. Es un mensaje de Suhey, no salgas del cuarto, mi amor. Fede y mi prima están discutiendo por nuestra culpa. Quédate ahí, yo también me iré a mi cuarto. El mensaje me desconcierta y aunque quiero responderle, preguntarle si está bien, mis dedos no se mueven. La vergüenza me aplasta, un peso

que no me deja respirar. Me meto bajo la sábana, como si pudiera esconderme del mundo, y paso toda la tarde encerrado, el cuarto oscuro salvo por la luz que se cuela por la cortina. Me he quedado dormido. Y cuando abro los ojos, con la cabeza embotada, noto un aliento familiar, y es que a mi lado está recostada mi madre, su cuerpo pegado al mío. Su barriga abultada

rosa mi brazo, densa y cálida. La luz tenue pinta sombras en su piel, y su bata está entreabierta, dejando ver sus pechos enormes, hinchados, los pezones oscuros y gordos goteando leche que resbala en hilos blancos, manchando la sábana. Me mira con esos ojos azules maternales, llenos de una ternura que me enamora, pero también de un deseo crudo

que me enciende como gasolina. Su mano acaricia mi mejilla, sus dedos suaves pero firmes, y me da un beso lento en la frente, sus labios cálidos quedándose ahí, temblando un poco. Mi amor, no te preocupes por lo que pasó esta tarde, susurra, su voz baja, maternal. Todo va a estar bien, te lo juro. Me besa otra vez, ahora en la comisura de la boca, un roce húmedo que me despierta del todo, mi verga endureciéndose al instante, traicionándome a pesar de la vergüenza que todavía me quema

por lo de la sala. Sus pechos gotean más, una gota blanca cayendo en mi camiseta, y yo trago saliva, atrapado entre la culpa y un morbo que no me deja pensar. Mami, creo que no todo salió como esperábamos, empiezo, mi voz quebrada, pero ella me corta con otro beso, esta vez en los labios, suave pero profundo, su lengua rozando la mía, llenándomela de saliva, dejando un sabor dulce

que me marea. Silencio, mi niño, murmura contra mi boca, sus manos bajando a mi pecho, acariciándome como si quisiera borrar el desastre de la sala. Fue mi culpa, Tito. Me dejé llevar, con Arlette, con Alan, con Fede viéndonos. No sé qué me pasó. Su voz tiembla, y veo lágrimas brillando en sus ojos, pero también ese fuego que nunca se apaga. Me acaricia el pelo cobrizo, sus dedos enredándose, y se pega más, su pecho rozando mi brazo, la

leche caliente empapándome la piel. Mi amor, gime bajito, casi sin querer, y yo siento como mi verga pulsa, recordando su mano en mi entrepierna, el desastre pegajoso que me hizo correr en los pantalones como un idiota. No llores, mamá, digo, mi voz ronca, y la abrazo, mis manos en su piel, sintiendo el calor de su cuerpo. Ella suspira, besándome el cuello, un roce húmedo que me hace cerrar los ojos. Te amo tanto, Tito, susurra, su aliento caliente contra mi piel.

Nunca quise avergonzarte, pero cuando te toqué el pene sobre el pantalón, cuando me chupaste, gime,

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un,

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ah, suave que me atraviesa. No pude parar, mi niño. Me volviste loca. Me cuenta lo que pasó, su voz maternal envolviéndome mientras sus manos no dejan de acariciarme, bajando por mi pecho, rozando mi cintura, cada caricia un incendio. Fede estaba como loco, dice, besándome la mejilla, sus pechos goteando más, manchando la sábana con pequeños charcos blancos. Dijo que éramos unos enfermos, que no podía creer lo que vio. que cómo era posible que un hijo le mamara las

tetas a su madre delante de todos. Arlette lo calmó, le juró que fue un impulso, que el doctor nos mandó hacerlo por salud, pero Fede, suspira, su mano deteniéndose en mi muslo, apretando suave, y gime, mi amor. No se lo tragó del todo. Creo que sospecha algo, Tito. No sé cuánto más podremos esconder esto. La culpa en su voz me parte, pero también me enciende, y cuando ella se mueve, la bata se abre más, dejando sus pechos al descubierto, pesados y brillantes, los pezones duros goteando

sin control. Mira cómo estoy, mi niño, susurra, su tono cambiando, más oscuro, más sucio, y agarra su pecho derecho con ambas manos, apretándolo hasta que un chorro de leche sale disparado, salpicando mi pecho, mi cara. Ah, mi bebé hermoso, gime, y lleva el pezón a su propia boca, mordiéndolo suave, chupando con un sonido húmedo que me hace jadear. La leche le resbala por las comisuras, goteando en su pecho, y ella me mira, sus ojos brillando con un deseo

que me quema. Abre la boca, mi amor, dice, su voz ronca, y se inclina, besándome con fuerza, su lengua empujando la leche tibia y dulce en mi boca. prueba, murmura, y yo chupo sus labios, perdido en el sabor, mi verga dura como nunca, el recuerdo de la corrida en la sala ahora un eco lejano. La leche se mezcla con su saliva, un sabor que me vuelve loco, y yo gimo, ah, mamá, mis manos subiendo a sus pechos, apretándolos, sacando más chorros que nos empapan a los dos. Ella

gime más fuerte, un oh. Tito, que resuena en el cuarto, y sus manos bajan, rozando mi verga por encima de los pantalones, un toque ligero pero firme que me hace jadear. Solo un poquito, mi niño, susurra, besándome el cuello, sus pechos goteando contra mi camiseta, empapándome hasta la piel. Quiero

hacerte feliz, después de todo lo que pasó. La culpa en sus ojos se mezcla con un deseo puro, y yo me dejo llevar, mi mano apretando su pecho izquierdo, ordeñándolo con fuerza, un chorro blanco salpicando mi cara, mi boca. Te amo, mamá, gimo, chupando el pezón que ella mordió, la leche inundándome, caliente y espesa, mientras sus dedos se deslizan dentro de mis pantalones, rozando mi verga, aún sensible

por la corrida de antes. mi amor, gime ella, mordiéndose el labio, y por un segundo, el cuarto se convierte en nuestro mundo, la culpa, el miedo, Federico, todo desaparece. Pero entonces el celular de Sugei vibra en la mesita, rompiendo el hechizo. Ella frunce el ceño, limpiándose la leche de la barbilla con el dorso de la mano, y lo agarra, todavía desnuda, sus pechos goteando sobre la sábana.

Es Arlette, dice, su voz tensa, y contesta, poniéndose de pie, la bata cayendo al suelo, dejándola expuesta, su cuerpo brillando bajo la luz, cada curva un recordatorio de lo que hicimos, de lo que somos.¿ Qué pasa, prima? Pregunta, escuchando un momento, y su cara cambia, palideciendo. Ya voy para allá, dice, colgando, y me mira, nerviosa. Era Arlette. La prima Roxana llamó, dice que pasó una tragedia, no sé qué. Vamos, mi amor,

tenemos que ir con Arlette. Se pone la bata, pero no se abotona, los pechos goteando mientras camina, y yo me levanto, la verga todavía dura, la cabeza dándome vueltas por el morbo, la culpa y la preocupación. Llegamos a la sala de estar, mi camiseta empapada de leche, el olor dulce pegado a mi piel. En la sala, Arlette está hablando por teléfono, su cara seria, el auricular apretado contra la oreja. Roxana, cálmate, cuéntame otra vez, dice, y

nos hace un gesto para que nos acerquemos. Sugei se pega a mí, su mano rozando la mía, un, un, escapándosele como si no pudiera apagar el deseo, y yo trato de concentrarme, pero mi cuerpo no me obedece, mi verga pulsando al recordar su boca. La leche compartida. Estoy a punto de salir detrás de su jey, siguiendo a Arlette hacia la cocina, cuando mi celular vibra en el bolsillo. Lo saco con manos temblorosas, y el mundo se me

cae encima. Es un mensaje de Nacho, ese cabrón que siempre vuelve como una sombra, y lo que leo me deja anonadado. Nacho. Me acabo de enterar de que Suhey está embarazada, o me mandas la ubicación ahora mismo o tu padre se entera de que te estás cogiendo a tu madre. Mi sangre se hiela, la pantalla brillando como una sentencia, y miro a Suhey, que está con Arlette, ajena a lo que acaba de llegar a mis manos.

Speaker 3

Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.

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