Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Seduciendo a mamá, parte 48 Han pasado meses desde aquel concurso de Skirt en la piscina, esa noche que dejó el sabor de sujei grabado en mi lengua como una fruta prohibida que no puedo dejar de saborear. Ha ocurrido demasiado en nuestro nuevo rol de vida, y aún así, no hemos querido saber todavía si nuestro bebé será niño o niña, ya hemos ganado el derecho de llamarla Cassandra en caso
de que sea niña. Pero pronto organizaremos la fiesta de revelación de sexo. En este tiempo, su embarazo, mi obra y mi secreto, han transformado su cuerpo en algo que me roba el aliento cada vez que la miro y la siento. Su vientre se ha hinchado de forma inimaginable, una panza de carne tensa y redonda, una esfera perfecta que parece a punto de estallar, como si mi hijo
estuviera listo para salir y señalarme con el dedo. Y sus tetas, joder, sus enormes tetas son un espectáculo grotesco y delicioso, han crecido hasta un tamaño descomunal, casi imposible, y tan llenas de leche que la presión las hace doler si no las vacío con mi boca. La piel de sus pechos está surcada de venas azuladas, como si la vida misma se hubiera dibujado en esas tetas que ya no son las de antes, las de la madre
que me abrazaba cuando era un niño. Ahora son unas magnánimas montañas de carne, hinchadas por el embarazo, tensas y brillantes, con esas venas marcándose como ríos oscuros bajo la superficie. Los pezones se han oscurecido con tonos marrones por culpa de mi hijo creciendo en su panza y ahora son más gordos, más duros, sobresaliendo como si quisieran escapar de
su propia piel. Gotean sin que nadie los toque, chorros blancos y calientes que brotan solos, resbalando por sus tetas, dejando manchas pegajosas en el vestido, en la cama, en mi cara cuando me acerco demasiado. Cada gota que cae es como un recordatorio enfermo de lo que hice, la preñé, la llené con mi semen, y ahora esas tetas son mías para ordeñarlas. Cada vez que abro los ojos, ahí está ella, desnuda a mi lado, una diosa hinchada y
pervertida que me pone duro con solo mirarla. Sugei me lanza esos ojos azules cargados de una mezcla enferma de amor maternal y lujuria pura, y yo caigo. La monto o me monta donde sea, en la cama, en el baño, en la cocina, sobre todo en las temporadas en que el tío Fede está en sus viajes o perdido en la imprenta. Sus gemidos llenan los espacios donde cogemos, su voz rogándome que la toque, que la haga mía otra vez,
que chupe sus tetas hasta dejarlas secas. Recuerdo aquella noche, apenas unos días después del concurso de Skirt, cuando todo entre nosotros cambió de una manera irrevocable. Antes de ese evento, Sugei siempre había mantenido una barrera, una línea invisible que, aunque difusa, marcaba el límite entre madre e hijo. Pero después de aquella competencia, esa barrera se derrumbó por completo.
Desde entonces, mi madre se ha vuelto más perversa, más cínica en lo sexual, una mujer que abraza sin reparos el deseo prohibido que nos une. Sin embargo, nunca ha dejado de ser mi madre, aún me regaña si dejo la ropa tirada o si no lavo los platos, con ese tono firme que me recuerda a quien tiene la autoridad en casa. Es una mezcla extraña y adictiva, la madre que me cuida y la amante que me arrastra
a las profundidades del placer. Aquella noche, en particular, fue un ejemplo perfecto de cómo nuestra relación se había transformado. Estábamos en su habitación. La luz de la luna se colaba por la ventana, bañando su cuerpo desnudo en un resplandor plateado. Su geye estaba recostada en la cama, su piel brillando con un leve sudor, su barriga abultada por
el embarazo elevándose con cada respiración profunda. Sus tetas, hinchadas y pesadas, se derramaban sobre su pecho, los pezones oscuros y erectos goteando pequeñas gotas de leche que trazaban caminos brillantes sobre su piel. Yo estaba al pie de la cama, mirándola, atrapado por la visión de mi madre tan expuesta, tan mía.
Ella me dedicó una sonrisa torcida, cargada de malicia, y separó las piernas lentamente, dejando a la vista su vagina húmeda y brillante, los labios vulvares hinchados y entreabiertos como una invitación silenciosa.¿ Te gusta la concha de mami, hijo? Preguntó, su voz ronca, casi un ronroneo. Tragué saliva, mi garganta seca por la excitación. Sabes que sí, mami, respondí, mi voz temblando mientras mis ojos recorrían cada centímetro de su cuerpo.
Eres demasiado hermosa para resistirme. Ella soltó una risita baja, un sonido que me erizó la piel. Eres un niño malo,¿ lo sabes? Dijo, mientras una de sus manos bajaba por su barriga hasta su sexo. Con dos dedos, separó sus labios, mostrándome su interior rosado y mojado.¿ Cómo te atreves a desear así a tu propia madre? No pude contener un gemido. Mi verga ya estaba dura, palpitando dentro de mis pantalones, exigiendo liberarse.¿ Cómo has podido dejarle un bebé a mami
en el mismo lugar donde ella te gestó? Porque te amo, mami, susurré, dando un paso hacia ella. y porque te deseo más que a nada. Ella se lamió los labios, sus ojos azules brillando con un hambre que me estremeció.¿ Te gusta acogerte a mami, Tito? Preguntó, su voz baja y cargada de provocación. Me arrodillé entre sus piernas, mis manos temblando mientras las posaba en sus muslos, sintiendo la suavidad cálida de su piel. Oh, sí, mami, sabes que me encanta, respondí,
mi aliento caliente rozando su sexo. Me vuelve loco cogerte. Eres mi todo. Ella tembló bajo mi toque, sus caderas levantándose ligeramente hacia mí. Y a mí me encanta cogerme a mi hijo, confesó, su voz quebrándose de deseo. Me encanta sentirte, saber que eres tú el que me hace vibrar. No pude resistirme más. Me incliné y lamí su sexo de arriba abajo, saboreando su sabor salado y dulce. Ella gimió fuerte, sus manos volando a mi cabello, tirando de
él con fuerza. Sí, Tito. Jadeó. Cómete a mami,
mi niño malo. Chupé y lamí con avidez, mi lengua explorando cada rincón de su sexo, mientras sus gemidos llenaban la habitación. Sus tetas se balanceaban con cada movimiento, la leche goteando más rápido, salpicando la cama.¿ Te gusta que tu hijo te coma el coño, mami? Pregunté, levantando la vista un momento, mi boca brillante con sus jugos. Ella sintió frenéticamente sus ojos azules vidriosos de placer. Sí, me encanta. Respondió,
su voz entrecortada. Me vuelves loca, hijo. Volví a hundir mi lengua en ella, masturbándola con movimientos rápidos y profundos. Sus muslos temblaban alrededor de mi cabeza, su cuerpo entero vibrando de placer.
Oh,
Dios, Tito.
Gritó. Vas a hacer que me corra en tu boquita, ah. Ah. Pero no quería que terminara tan pronto.
Me aparté, ignorando sus protestas, y me puse de pie para quitarme la ropa. Ella me miró con ojos hambrientos, recorriendo mi cuerpo desnudo, deteniéndose en mi verga erecta y lista para ella.« Ven aquí, mi niño», ordenó, extendiendo los brazos.« Ven y cógete a mami como se merece». Me subí a la cama, colocándome entre sus piernas. Ella levantó las caderas,
guiándome con un movimiento impaciente. Con una embestida lenta, me hundí en su húmeda vagina, sintiendo como su carne interior caliente me quemaba el glande y el tronco, y ella apretando mi falo hasta hacerme cosquillear por completo.—¡ Ah, sí!— gimió ella, sus uñas clavándose en mis hombros.— Así, hijo, cógete a mami fuerte. Empecé a moverme, cada embestida un poco más profunda, un poco más intensa. Los chasquidos, la humedad,
el hormigueo en mis testículos y en mi sexo. Ella me miraba a los ojos, su boca entreabierta, jadeando con cada golpe.¿ Te gusta acogerte a tu hijo, mami? Pregunté, mi voz ronca mientras la penetraba. Me encanta, mi niño. Respondió ella, sus caderas moviéndose al ritmo de las mías. Te amo, mi hombrecito. No sabes cuánto te amo. Yo te amo más a ti, mami, más de lo que amaré a nadie nunca. Aceleré el ritmo, mis embestidas volviéndose salvajes,
el sonido de nuestros cuerpos chocando llenando la habitación. Sus tetas botaban con cada golpe, la leche salpicando mi pecho, su barriga temblando bajo la fuerza de mi deseo. Sí, hijo,
sí. Gritó ella. Dame más duro. Haz
que mami se corra contigo dentro. La agarré de las caderas, levantándola para penetrarla aún más profundo. Ella arqueó la espalda, sus ojos en blanco, su boca abierta en un grito silencioso. Me corro, Tito. Exclamó finalmente, su voz desgarrada por el placer. Me corro con mi hijo dentro de mí. Sentí como su coño se apretaba alrededor de mi verga, pulsando con fuerza,
y eso me llevó al borde. Con un último embiste, me derramé dentro de ella, mi semen llenándola mientras ambos temblábamos de éxtasis, y ella estallaba sobre mí, mojándome, adhiriendo su miel sobre mi cuerpo. pero no todo ha sido
follar como animales, aunque eso nunca falta, evidentemente. La vida también ha girado de formas que no esperaba, y ahora tengo un trabajo, algo que jamás imaginé, filmar a Suhey desnuda, sin mostrar su rostro, claro, y ordeñarla para un grupo VIP en Telegram que lleva el nombre de Corrompiendo a Mamá.
Todo empezó por las prácticas de mi hermana Lucy, a la que extraño demasiado y que, en cuanto nazca mi hijo, iré por ella de nuevo para traerla con nosotros, que también se dedica a grabar contenido erótico para la aplicación. Retomar esa idea con mamá para generar nuestros propios ingresos al principio le sentó mal, pero al final, cuando los primeros billetes empezaron a caer, sus ojos brillaron de otra forma.
No podíamos ser tan dependientes de la familia de la tía Arlette que amablemente nos había acogido en su hogar, sobre todo ahora que estaban pasando por un mal momento económico. Así que comencé a darles dinero como pago por dejarnos vivir y comer ahí. Decir que nos ha ido bien con mi canal de corrompiendo a mamá es quedarme corto, joder, sería como ponerle un maldito moño humilde a algo que
está explotando. La verdad es que los suscriptores que pagan por ver a su gay preñada, con su panza hinchada y esas mamas generosas goteando leche, se vuelven locos con nuestras, ligeras interacciones, como madre e hijo. No es solo el porno, es el morbo incestuoso lo que los tiene enganchados, esa idea enferma y retorcida de un hijo tocando a su madre, de un amor filial que se sale de control y se convierte en algo sucio. Algo que no debería pasar
pero que pasa igual. Algunos no nos creen del todo, claro, piensan que es puro teatro para generar ingresos, que ella y yo no podemos ser madre e hijo de verdad, mucho menos que yo sea el cabrón que la preñó. Pero eso es lo que los calienta aún más, la duda, el,¿ qué tal si sí?, esa posibilidad de que estén viendo algo tan jodidamente prohibido que les revuelve el estómago y les pone la verga dura o la vulva mojada al
mismo tiempo. Es como si el amor de madre, ese cariño puro que todos conocen, se torciera en sus cabezas hasta volverse una fantasía oscura donde lo sagrado se mezcla con lo más perverso, y ellos pagan por asomarse a ese abismo. Por imaginar que podrían ser ellos los que cruzan esa línea. Y ahora, un día a la semana por lo menos, la tengo en mi regazo frente a la cámara, sus mamas abundantes goteando leche como fuentes mientras las aprieto con fuerza, chorros blancos salpicando el lente y
el suelo. Ella gime para esos retorcidos como nosotros que nos miran, y yo siento como se retuerce, como su coño se empapa y chorrea por sus muslos hasta mojarme los pantalones. A mi madre le calienta saber que cientos de desconocidos se masturban viendo como su hijo la ordeña, como mis manos amasan esas tetas hinchadas que parecen a punto de reventar. Y a mí, a mí me lleva
al borde del morbo. Cuando la cámara se apaga, generalmente la cojo como bestia, embistiéndola contra la cama hasta que las patas crujen, imaginando qué dirían nuestros vecinos, o incluso el tío Federico. Padre de Alan y esposo de la tía Arlette, si supieran todo, que el bebé en su panza es mío, que soy yo el que la preñó
y la convirtió en esta hembra desbordante. Como es lógico, para justificar el dinero que entra a nuestras cuentas sin salir de casa y mantener a Federico con la boca cerrada, me inventé un trabajo en línea, edición de videos para redes sociales. No es del todo mentira, paso horas cortando los clips de su hey, ajustando la luz para que sus tetas brillen como putas joyas, pixelando cualquier rastro que
pueda delatarla. Le dije al tío Fede que una agencia me paga por proyectos, que es freelance y por eso no salgo de casa. Está bueno eso, Tito, me dijo una vez, sabes que pueden estar en esta casa el tiempo que quieran, pero tengo que confesar que el dinero que das mensualmente sí que nos viene bien. Los gastos de esta casa, el embarazo de mi esposa, y la universidad de mi hijo, uf, gracias en verdad. Me soltó eso mientras contaba los billetes que le entregaba, y su
jei me lanzaba una mirada sucia desde la cocina. Él se lo tragó, aunque a veces lo veo fruncir el ceño cuando pago algo caro, como esa cuna de madera que puse en el rincón del cuarto, y murmura.¿ Tanto te pagan por editar videos? Es que son proyectos grandes, tío, miento, y los proyectos se pagan por el tiempo invertido. Y él asiente, pero sus ojos me siguen como si oliera algo podrido. El dinero del Telegram no solo paga las cuentas,
nos da un respiro. Compramos comida, pañales, aunque faltan aún varias semanas, para el bebé que viene, y hasta le di unos pesos a Federico para que arreglara la camioneta cuando se descompuso hace poco. Eres un buen muchacho, Tito, igual que Alan, me dijo, palmeándome el hombro. Me alegra que estén en casa, en verdad. Y yo sonreí como pendejo mientras Sugei se reía por lo bajo, sus tetas
temblando bajo el vestido húmedo que llevaba puesto. La rutina es una danza retorcida de sexo y disimulo, y no hay día que no caiga en ella. El problema era y sigue siendo Fede, su presencia, y las consecuencias que traería en este momento si se enterara abruptamente de mi romance con mamá.
Y,
desde luego, de los cuernos que su esposa le pone con su propio hijo. Por eso, la semana pasada, mientras estábamos haciendo un asado frente a la alberca, en tanto el tío Fede estaba mirando el fútbol dentro. Arlette y su hijastro nos dijeron algo que sólo en su mente retorcida podría gestarse. Estábamos en el jardín, el humo del asador subiendo en espirales hacia el cielo crepuscular, el aire cargado del olor a carne chamuscada y el eco lejano
de los gritos de Federico desde la sala. Yo estaba al lado de su jei, mi mano rozando la suya mientras ella se acomodaba en una silla plegable, su barriga abultada sobresaliendo bajo una blusa suelta que dejaba entrever el tamaño descomunal de sus senos. Arlette estaba frente a nosotros, revolviendo el carbón con una pala, su propia barriga preñada tensando una camiseta ajustada que apenas contenía sus pechos hinchados.
Alan estaba a su lado, una cerveza en la mano, su sonrisa aladina brillando bajo la luz de las lámparas del jardín. Arlette se giró hacia nosotros, dejando la pala a un lado, y su mirada verde se clavó en mí como un cuchillo afilado. Tito, pequeño, dijo, su voz ronca y arrastrada, fingiendo una preocupación que no sentía. Estoy tan angustiada por Fede, ¿sabes? Su hipertensión, el doctor dijo que un shock fuerte podría mandarlo al hospital, o peor.
Si le soltamos de golpe que Alan y yo somos amantes, y que este bebé se tocó el vientre con una mano, acariciándolo con una ternura exagerada, no es suyo, sino de su propio hijo. Dios, no quiero ni imaginarlo. Podría matarlo. Sugei soltó un jadeo bajito, sus ojos azules abriéndose de par en par, y yo sentí un nudo de culpa apretándome el pecho. Sabía que Fede no merecía esto, no del todo, pero también sabía que tenía que salir de
en medio si queríamos vivirlo nuestros sin máscaras. Mamá me miró, su mano temblando contra la mía, y aunque la culpa estaba ahí, en el fondo sus ojos brillaban con algo más, fascinación. La relación de Arlette y Alan, tan abierta, tan descarada, la tenía atrapada, como si viera en ellos lo que ella quería para nosotros.¿ Y qué hacemos? Pregunté, mi voz quebrándose mientras el morbo me subía por la espalda como
un escalofrío. No podemos esconderlo para siempre. Alan se rió, un sonido grave que cortó el aire, y se acercó a Arlette, pasándole un brazo por la cintura con una familiaridad que me hizo apretar los dientes. Hay que aquí matarlo, primastro, dijo, guiñándome un ojo. Hacer que papá se acostumbre a ver cosas raras, poco a poco. Si empieza a verte con su gay más, íntimamente, cuando le digamos que Arlette y yo estamos juntos y que este bebé es mío, no
será tan duro. será como un entrenamiento para su corazón débil. Sugei me apretó la mano más fuerte, su respiración agitándose, y noté como sus tetas temblaban bajo la blusa. La idea de que Federico me viera con ella, tocándola, me ponía nervioso, pero también me excitaba de una manera enferma.
Mamá no dijo nada, pero su mirada se desvió a Arlette y Alan, y vi en sus ojos esa chispa de envidia, como si quisiera que nosotros fuéramos tan libres como ellos.¿ Cómo lo hacemos sin que sospeche nada raro? Había insistido yo, mi mente ya imaginándome al tío Federico mirando mientras mis manos se hundían en las tetas de su jey, ordeñándola frente a él. Su cara de confusión mientras yo me deleitaba en el secreto que él no entendía.
Tampoco es como si quisiera que descubriera la relación que tenemos mamá y yo, y que luego ocurra un desastre familiar. Arlette había sonreído, una sonrisa perversa que prometía caos, y se acercó a nosotros, sus tetas rebotando con cada paso. Se me ocurrió algo genial, había dicho, bajando la voz como si temiera que el viento llevara sus palabras hasta Federico.
Vamos a inventar una excusa médica. Diremos que el obstetra nos recomendó no usar sostén porque, con el embarazo tan avanzado, la presión en las glándulas mamarias puede causar inflamación o dolor en los conductos galactóforos que, dicho sea de paso. No es mentira tampoco. Y luego, hizo una pausa, relamiéndose los labios con deleite, diremos que necesitamos que nos ordeñen manualmente porque la leche se acumula demasiado y nos duele.
que es por salud, y esto tampoco es mentira. Alan había sonreído a su mujer, y yo sentí como mi verga se endurecía al imaginarlo, mis manos apretando las tetas hinchadas de su jey, sacándole la leche mientras Federico miraba, convencido de que era por salud, sin saber que cada gota era un reflejo de mi incesto.¿ Quién las ordeñará? Había preguntado yo, mi voz temblando de deseo y nerviosismo.
Arlette me había mirado como si fuera un niño lento, y luego pasó su mirada a Suhey, que seguía fascinada por la pareja frente a nosotros. Tú, Tito, obvio, había dicho, señalándome con un dedo. Tú ordeñarás a tu madre. Es lo más natural, ¿no? Eres su hijo, estás aquí para cuidarla. Why Alan, se giró hacia él, sus ojos brillando con lujuria,
Alan me ordeñará a mí. Diremos que Fede no puede hacerlo porque su hipertensión lo pone nervioso, y que el doctor sugirió que alguien más joven y cercano lo haga. Es perfecto,¿ no lo ven? Sugei había tragado saliva, su pecho subiendo y bajando con cada respiración agitada, y yo supe que estaba tan metida en esto como yo. Yo digo que es arriesgado, admití. Fede no es nada tonto.
Podría haber algo raro, no sé. La culpa seguía ahí, un peso sordo en el pecho, pero el morbo de engañar a Federico, de que la tía Arlette siguiera poniéndole los cuernos a su propia cara con su hijo, era más fuerte. Y enfermo, claro. Es, por Fede, había susurrado su jei, justificándola, aunque su tono traicionaba la excitación que la recorría. Para que no sufra tanto cuando se entere. Arlet había reído, un sonido gutural que resonó en el jardín. Claro, prima,
por Fede, había dicho, guiñándome un ojo. Agendaré una cita para ir al obstetra, diremos que nos dio esas instrucciones y empezaremos el juego. Prepárate, Tito, porque vas a ordeñar a tu madre delante de todos y te juro que lo vas a disfrutar tanto como nosotros. El grito de un gol desde la sala nos había sacado del trance, Federico celebrando ajeno a todo, y yo sentí como el morbo me consumía. Íbamos a profanar su casa, a jugar con su ignorancia, y cada paso nos acercaba más a
un borde del que no había vuelta atrás. El coche se detiene frente a la casa y el silencio dentro del vehículo es tan espeso que casi puedo cortarlo con un cuchillo. Sugei está a mi lado en el asiento trasero, su respiración agitada demostrando su nerviosismo. No lleva sostén, de acuerdo al plan, y los pezones ahora marrones se marcan como dos sombras gruesas contra la tela blanca, una visión que me tiene al borde de perder el control. Su
barriga abultada empuja contra el cinturón. Arlette y Alan están adelante, ella girándose desde el asiento del copiloto con esa sonrisa aladina que me pone los nervios de punta, sus propios pechos hinchados rebotando con el movimiento, libres bajo su blusa gris. Federico está dentro, probablemente en la sala, y el plan que tramamos frente a la alberca la semana pasada está a punto de ponerse en marcha. Mi corazón late tan fuerte que siento que va a reventarme el pecho, un
nudo de nervios y culpa apretándome la garganta. Si algo sale mal, si Federico sospecha más de lo debido, esto podría explotarnos en la cara. Quiten esa cara de velorio, por Dios, nos regaña Arlette. Y tú también, cabroncito, todo va a salir bien con papá, le dice a Alan, que también parece un tanto inquieto. Bajamos del coche, y el aire fresco de la tarde me golpea, pero no
calma el sudor que me perla la frente. Suhey camina a mi lado, su mano rozando la mía, y yo siento como tiembla, como si ella también estuviera al borde del colapso. Arlette y Alan van adelante, sus pasos seguros contrastando con mi inseguridad. Entramos a la casa, y el sonido del televisor nos recibe desde la sala, Federico viendo fútbol, su silueta recortada contra la luz de la pantalla, ajeno
a la tormenta que estamos a punto de desatar. Fede, cariño, ya llegamos, dice Arlette, su voz melosa cortando el aire mientras deja su bolso sobre la mesa del recibidor. Sus pechos se bambolean al inclinarse, y yo aparto la mirada, el pulso acelerándome. Federico gira la cabeza desde el sillón, frunciendo el ceño al vernos a todos juntos. Sus ojos pasan de Arlette a Suhey, y luego a mí, deteniéndose en las blusas flojas que dejan poco a la imaginación.
Siento como mi respiración se atasca, como si el aire se negara a entrar.¿ Qué pasa con ustedes, Arlette, Suhey? Pregunta, su tono cargado de curiosidad.¿ Por qué andan así, sin sostén? Eso no parece cómodo. Su geise sonroja, sus dedos apretándose contra los míos, y yo siento un escalofrío de pánico. Farro Orlat toma la palabra con esa seguridad suya que podría vender hielo en el polo norte. Es por el obstetra, Fede, dice, cruzándose de brazos bajo sus tetas para que sobresalgan aún
más una maniobra que me hace tragar saliva. Nos explicó que, en esta etapa del embarazo, el tejido mamario está tan sensible que usar sostén puede causar mastitis o inflamación dolorosa. Algo sobre los conductos galactóforos y la compresión. Dijo que es mejor dejarlas libres para evitar problemas. Federico parpadea, claramente sorprendido y sin entender esos términos, y yo fuerzo mi voz para que salga, aunque tiembla como si estuviera a
punto de quebrarse. Es cierto, tío, digo, fingiendo calma mientras mi mente me dice que esto podría derrumbarse en cualquier momento. El doctor nos mostró estudios, algo sobre la circulación linfática y que las glándulas necesitan expandirse sin restricciones. Es por salud, nada más. Él me mira, sus ojos entrecerrados, y luego pasa la vista a su hey, que mantiene la cabeza baja,
sus mamas temblando con cada respiración nerviosa. Siento como el sudor me resbala por la espalda, rezando para que no insista, para que no huela la mentira.¿ Y no les duele andar así, con todo eso moviéndose? Pregunta, su tono mezclando incomodidad y duda, y yo siento un nudo en el estómago, temiendo que esto se salga de control. Arlette suelta una risita, avanzando hacia él con esa naturalidad que me pone los
pelos de punta. Duele más si no las aliviamos, cariño, dice, dejando caer la bomba con un tono casual que me corta el aliento. La leche se acumula tanto que necesitamos ordeñarlas regularmente. Si no, el dolor es insoportable. El obstetra dijo que es normal en embarazos avanzados, algo sobre hiperproducción láctea por las hormonas. Federico abre la boca, pero no encuentra palabras al principio. Yo siento como mi corazón se acelera, porque sé lo que viene. El morbo me golpea como
un atigazo. Mi madre, preñada por mí, necesita que la ordeñe, y estamos a punto de decírselo frente al esposo de su prima, sin que él sospeche la verdad. ¿Ordeñarlas? Repite Federico, su voz subiendo una octava. ¿Qué, como vacas? Arlette ríe, un sonido gutural que llena la sala, pero mamá se encoge, avergonzada. Yo tomo aire, siguiendo el guión que ensayamos, aunque mi voz tiembla más de lo que quisiera. Algo así, tío, digo, forzando una risa nerviosa que suena falsa hasta en mis oídos.
El doctor dijo que es mejor hacerlo manualmente para no depender de máquinas. Yo, yo tendré que ayudar a mi madre. Es lo más práctico, y como estoy aquí, pues, me toca. Federico me mira como si me hubiera crecido otra cabeza, sus ojos pasando de mí a Suhey, y luego a Arlette, buscando una explicación que tenga sentido. Mi pulso se dispara, si pregunta más, si duda demasiado, estamos jodidos.¿ Tú ordeñarás a tu madre? Pregunta, su tono
cargado de incredulidad. Joder.— Eso,
eso suena raro, Tito. Antes de que pueda responder, Arlette interviene, su voz firme y convincente.— Y Alan tendrá que ayudarme a mí, Fede, dice Arlette, poniéndose una mano en la cadera como si fuera lo más lógico del mundo.— A ver, cariño, quita esa cara y escúchame primero. Tú no siempre estás aquí, y el doctor dijo que es mejor que lo haga
alguien de confianza, alguien que viva en la casa. Alan es mi hijastro, me conoce desde hace años, y con tu hipertensión, bueno, no queremos que te pongas nervioso haciéndolo tú. Es por salud, cariño, no hay nada raro en eso. Federico frunce el ceño aún más, con un gesto de horror, sus dedos tamborileando sobre el brazo del sillón. Alan, que hasta ahora ha estado callado junto a la puerta, da un paso adelante, su expresión tensa. Lo miro y veo
algo en sus ojos que no esperaba, culpa. Está ahí, escondida bajo su fachada de seguridad, y por un segundo me pregunto si siente lo mismo que yo, ese peso de traicionar a alguien que no lo merece. ¿Hipertensión? Dice Federico, girándose hacia Alan.¿ Tú también crees que no puedo hacerlo por eso? Alan traga saliva y por primera vez lo veo dudar. Sus manos se cierran en puños, pero su voz sale firme, aunque con un dejo que no puede ocultar del todo. Es lo que dijo el doctor, papá, miente,
mirando a Federico a los ojos. No queremos arriesgarte. Ya sabes cómo te pones con el estrés y esto, esto es algo delicado. Yo podría hacerlo por ti y por Arlette para ayudar. Un momento, Alan, dice Federico, su voz subiendo de tono, cargada de incredulidad.¿ Tú ordeñando a mi esposa?¿ En serio?¿ Tú te piensas que eso es normal No, no, claro que no es normal. De hecho, es una falta de respeto, carajo.¿ Qué valores son esos? No me importa lo que diga el doctor, yo soy su marido,
no tú. Me genera incomodidad solo de pensarlo. Alan se tensa, sus manos apretándose en puños, pero Arlette da un paso adelante, su tono meloso pero firme, como si estuviera regañando a un niño terco. Fede, por favor, no dramatices, dice. Alan es mi hijastro, prácticamente mi hijo.¿ Qué tiene de malo que me ayude? Tito lo hará con su madre y a nadie se le ocurriría pensar en un morbo insano, a no ser que el que lo piense sea un
enfermo mental. Además, cariño, como te digo, tú con tu hipertensión no puedes estar haciéndolo y no voy a pagar a un extraño para que me toque.¿ O prefieres eso? Federico sacude la cabeza, su mandíbula apretada, algo sorprendido y molesto. No, Arlette, no se trata de eso, replica, su voz más baja pero cortante. Es que no me parece normal. Eres mi mujer, y él. Alan, es mi hijo, y no debería meterse
en algo tan íntimo. No me gusta, punto. Alan respira hondo, su mirada oscilando entre Federico y el suelo, y cuando habla, hay un dejo de súplica en su voz, aunque intenta mantenerla firme. Papá, como acabas de decirlo, soy tu hijo, dice, mirándolo de frente otra vez.¿ De verdad crees que sería capaz de mirar a tu esposa de otra manera, después de todo este tiempo que he vivido en esta casa, contigo?
La amo como familia, como tú la amas. Si no me tienes confianza para algo tan simple, entonces¿ qué mierda significa todo esto? Me ofende que pienses mal de mí. Arleta siente, poniendo una mano en el hombro de Alan, su sonrisa suavizándose para parecer más sincera. Es verdad, Fede, agrega, su tono bajando a un murmullo casi maternal. Alan no haría nada indebido. Es por mi salud, por el bebé. Si no confías en él, en tu propio hijo, me hace sentir que no confías en mí tampoco.¿ Es eso
lo que quieres?¿ Hacerme sentir mal por necesitar ayuda? Federico frunce el ceño, sus dedos tamborileando sobre el brazo del sillón, atrapado entre la incomodidad y la culpa que ellos están tejiendo a su alrededor. No es que no confíe, murmura, rascándose la nuca, su resistencia flaqueando. Es que, joder, estos inventos raros son una estupidez.¿ Ahora pones en tela de juicio la profesión de nuestro obstetra? Dice Arlette.¿ En verdad
el obstetra dijo eso?¿ Que sus hijos las ordeñen? Pregunta.¿ No hay otra forma?
Una enfermera, un extractor, algo? Es lo más natural, insiste Arlette, acercándose a él con una sonrisa dulce que me hace temblar. Los extractores pueden lastimar si no se usan bien, y una enfermera cuesta un buen de dinero que no necesitamos gastar. El doctor dijo que la estimulación manual es la mejor opción para evitar infecciones y mantener la producción equilibrada. Nos dio un folleto,¿ quieres verlo? Federico duda, pero asiente lentamente.
Está bien, traigan el maldito folleto, dice, cruzándose de brazos. Porque esto me sigue sonando a cuento chino. Arlette me lanza una mirada rápida y yo sé que no hay folleto. Mi pulso se dispara, el miedo apretándome el pecho como una garra. Si Federico insiste, si no se traga esto, todo se va al carajo. Pero Suhey, siempre más rápida de lo que parece, se levanta con dificultad, su barriga balanceándose.
Creo que lo dejé en mi bolso, Fede, dice, su voz temblorosa pero suave, jugando su papel a la perfección. Voy por él. Sal al pasillo, y yo aprovecho para respirar, aunque el aire no me llega del todo. Federico no sabe que cada vez que, ordeño, asujei, no solo saco leche, sino que me la bebo, que la chupo hasta dejarla jadeando, que mi verga se pone dura imaginando que ese bebé que la hinchó salió de mí. Si esto sale mal,
si pregunta más, estamos perdidos. Sugei regresa con un papel arrugado que parece sacado de una revista médica vieja, algo que probablemente encontró en el bolso para improvisar. Se lo pasa a Federico, quien lo lee con el seño fruncido. Aquí dice algo sobre masajes mamarios, murmura, alzando una ceja. Pero no habla de hijos ordeñando a sus madres. Es lo mismo, Fede, dice Arlette, sentándose a su lado con una naturalidad que me asombra. Masajes, ordeño, todo es para
aliviar la presión. El doctor fue muy claro, alguien de confianza debe hacerlo. Te lo repito de nuevo, ¿qué, prefieres que un extraño toque mis tetas? Federico se queda callado, claramente incómodo, pero no tiene respuesta. Baja la mirada al papel, derrotado. Está bien, dice finalmente, su voz tensa. Pero que conste que esto me será bastante incómodo y difícil de asimilar. Y entonces empieza el verdadero juego. Esa misma tarde, mientras Federico sigue en la sala con el fútbol de fondo,
Sugei se acerca a mí en el sillón. Su blusa está húmeda en el pecho, dos manchas oscuras creciendo lentamente donde sus pezones, gruesos y oscuros, se marcan contra la tela. La leche empieza a brotar sin control, pequeñas gotas perlándose en la punta de sus tetas hinchadas, empapando la tela hasta que se pega a su piel, dejando ver cada curva temblorosa de sus pechos enormes. Me mira con esos ojos azules que me derriten, su voz temblando de nervios
y algo más, un deseo que no puede esconder. Hijo, mis pechos, me duelen otra vez, susurra, lo bastante alto para que Federico la oiga, y su tono es una mezcla de súplica y vergüenza, como si supiera que esto es un juego enfermo pero no pudiera parar. Por Dios, querida. Grita Arlette, la leche te está brotando. Vamos, Tito, tienes que ordeñarla ahora. El tío Fede, horrorizado, gira la cabeza, sus ojos abriéndose de par en par, y yo siento como el corazón se me sale del pecho. Pero, tía, aquí,
frente a ustedes. Sí, querido, me dice ella, con su cinismo y su actuación, si no vencemos el miedo y la vergüenza, esto no funcionará, tu madre está lactando, mira cómo le escurre la leche de sus pezones. Como tiene de manchada y mojada su blusa, no puedes esperar a ir a un lugar privado. Ahora Fede sabe que esto es algo natural, y no tiene por qué decir nada, así que hazlo, sobrino, ordeña a tu madre ahora, delante
de nosotros. El morbo me consume, voy a ordeñar a mi madre, la mujer que preñé, frente a Federico, que nos mira con los ojos muy abiertos, nervioso e impresionado, y él no tiene idea de lo que realmente está pasando. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy.
Hasta la próxima.
