Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos. Seduciendo a mamá, parte 47.
Está ahí,
Suhei, recostada en la cama, semidesnuda. Su piel brilla bajo la luz tenue de la lámpara. Sus pechos. Dios mío, sus pechos suben y bajan con cada respiración bajo la bata negra de seda transparente que insinúa sus grandes pezones rosados, erectos, puntiagudos. Arlette está a su lado, con una bata blanca, también transparente, que parece contrastar con la de mi madre. Ambas están tan cerca que sus cuerpos casi se tocan.
Mis piernas flaquean. No puedo moverme. No puedo hablar. Solo las veo. Arleth
levanta la mirada hacia mí. Sus ojos verdes brillan como si supieran exactamente lo que estoy pensando. Me escanea de arriba abajo, despacio, como si fuera un pedazo de carne en el mercado. Suhei voltea hacia mí entonces. Sus ojos azules se encuentran con los míos, y hay algo ahí. Vergüenza, tal vez. O tal vez solo deseo.
No lo sé. Mi corazón late tan fuerte que creo que todos lo pueden escuchar. ¿Qué?¿ Qué está pasando aquí? Balbuceo. Mi voz suena ronca, débil. No me reconozco. Alan se ríe a mi lado. Una risa baja, burlona. Tranquilo, primo. Relájate. Mamá
se remueve lentamente, como si estuviera en una especie de trance. Se incorpora un poco, apoyándose en los codos. Sus senos enormes caen pesados sobre su pecho. Su bata parece a punto de estallar. Su cabello rubio cae sobre sus hombros. Me mira fijo, sin decir nada. Y luego, como si no pudiera evitarlo, murmura
Tito. mi nombre en sus labios. Nunca había sonado así. Tan cargado.
Tan prohibido. Arlette se inclina hacia ella entonces, sus labios casi rozando el oído de Suhei. Tranquila. Quiero apartar la mirada, pero no puedo. Mis ojos están clavados en ellas. En como Arlette pone una mano en el muslo blanco de Suhey, como lo acaricia lentamente, como si fuera lo más natural del mundo. No. No entiendo, digo, pero ni siquiera yo me creo mis propias palabras. Mi cuerpo me traiciona. Puedo sentir el calor subiendo por mi cuello, mis manos temblando ligeramente.
Alan se acerca más a mí, tanto que puedo sentir su aliento en mi oreja.
Relájate, carnal. No pasa nada. Y entonces, todo se vuelve borroso
Los sonidos, los movimientos, las miradas. Todo mezclado en un torbellino de deseo y culpa. Mamá, las palabras se me atascan en la garganta y mis ojos se abren como platos cuando veo que sus muslos están separados. No puedo creer lo que estoy viendo.¿ Qué haces en el cuarto de la tía Arlette, así, casi, desnuda? Su jei parpadea. Su cuerpo se tensa, y por un segundo, parece tan sorprendida como yo. Pero no dura mucho. Cierra las piernas,
maldita sea. Le grito, señalando con la cabeza a Alan, que está justo a mi lado con esa sonrisa suya, ladina y perversa. Mi voz tiembla, pero no de miedo. Es más bien una mezcla de vergüenza y rabia.¿ Es que no ves que Alan está frente a ti? Mi madre reacciona al instante. Cierra las piernas de golpe, se envuelve en una sábana blanca que estaba tirada al pie de la cama y baja la mirada, avergonzada. Pero Arlette.
Arlette no hace nada de eso. Está ahí, recostada junto a su jei, en su bata blanca transparente, con esa seguridad que siempre la caracteriza. Me mira fijamente, sonriendo como si esto fuera lo más normal del mundo. No te asustes, sobrino, dice, arrastrando las palabras, como siempre hace cuando quiere parecer tranquila. Tu mamá no está haciendo nada malo. Y por Alan no te preocupes. Él no mira con morbo a mi prima porque sabe que es tu mujer. Además, yo soy
su novia, de alguna manera. Alan sabe que le cortaría los huevos si intentara pasarse de listo. Pero tía. Exclamo, sintiendo como mi cara arde. Quiero gritar, correr, hacer algo. Pero mis pies están clavados al suelo. Arlette se incorpora un poco, apoyándose en un codo. Sus senos suben y bajan con cada movimiento, y no puedo evitar mirarlos, aunque sé que no debería. Respira hondo, Tito, dice, con ese
tono calmado que me pone aún más nervioso. Relájate. Sugei está aquí porque hemos hablado de lo complejo que será muy pronto el asunto del sexo. He querido enseñarles un poco sobre cómo tendrán que lidiar con eso a partir de ahora.¿ Me estás diciendo que nos darás clases de estimulación? Pregunto, sin poder creer lo que escucho. Mi voz suena estrangulada, como si alguien me estuviera apretando el cuello. Arlette se ríe, una risa fuerte y descarada que resuena en toda la habitación.
Digamos que les daré un pequeño taller práctico sobre estimulación sexual en mujeres embarazadas. Joder, tía. Grito,
llevándome las manos a la cabeza. Esto no puede estar pasando. No de verdad. Pero está pasando. Aquí, en esta habitación,
con mi madre, mi tía, mi primo y yo. Todos juntos, enredados en algo que no entiendo del todo, pero que me tiene atrapado.
Quiero irme. Quiero correr
y no mirar atrás. pero algo me detiene. Algo en la forma en que Arlette me mira, en la forma en que su gay se muerde el labio, nerviosa. Esto no está bien, digo, y me indigna que mi madre no repare en lo que digo. La tía Arlette se inclina hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su cabello oscuro cae como una cortina alrededor de su rostro, pero sus ojos verdes me taladran con esa mirada que
parece desnudar hasta el último rincón de mi mente. No sé si es su postura, su tono o simplemente la situación, pero cada vez que habla, siento que estoy atrapado en una red que no puedo romper. Mira, Tito, dice, con esa voz gruesa y segura que siempre usa cuando quiere que preste atención, lo que tienes enfrente no es solo una mujer embarazada. Es tu responsabilidad. Y créeme, si quieres que Sugei esté bien durante estos meses, vas a tener
que aprender un par de cosas. Trago saliva. Mi garganta está seca, como si hubiera corrido un maratón bajo el sol. Quiero apartar la mirada, pero no puedo. Sus senos suben y bajan con cada respiración y aunque intento concentrarme en lo que dice, mi mente divaga. ¿Qué?¿ Qué quieres decir? Balbuceo, sintiendo como mis mejillas arden. Arlette sonríe, una de esas sonrisas que mezclan diversión y cinismo. Se endereza y cruza las piernas, dejando que la sábana resbale un poco más
de su cuerpo. Lo que quiero decir, cariño, es que una mujer embarazada, como tu madre, necesita mucho más que comida y descanso. Su cuerpo está cambiando, sus hormonas están alteradas, y si no le prestas atención a su lado, íntimo, hace una pausa, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras, bueno. Podría volverse insoportable para ella. Y para ti también. Su hey se remueve incómoda bajo la sábana, pero no dice nada.
Sus ojos azules están fijos en mí, llenos de algo que no logro descifrar.
¿Vergüenza? ¿Deseo? No lo sé. Solo sé que no puedo dejar de
mirarla. El sexo no se detiene porque haya un bebé en camino, continúa Arlette, ahora con un tono más serio, como si estuviera dando una clase magistral. De hecho, muchas mujeres embarazadas tienen más ganas de intimidad que nunca. Pero hay reglas. Maneras de hacerlo sin lastimar al bebé. Posiciones que funcionan mejor. Formas de tocarla que la harán sentir adorada en lugar de incómoda. Me quedo helado. Nunca había pensado en eso. Bueno, claro que había pensado en su jey,
en su cuerpo, en cómo me hace sentir. Pero esto, esto es diferente. Esto no es sobre mí. Es sobre ella. No puedes simplemente penetrarla y ya, dice Arlette, señalándome con un dedo acusador. Si no aprendes a estimularla, a darle placer, no solo estarás fallándole a ella, sino también a ese bebé que viene en camino. El estrés, la frustración, todo eso afecta. Alan, que hasta ahora ha estado callado, suelta una risita baja. Me giro hacia él,
molesto.¿ De qué te ríes, cabrón? Le digo
entre dientes. Relájate, primo, responde, levantando las manos en señal de rendición. Solo estaba pensando que podrías aprender mucho de mí. Yo he tenido que adaptarme con Arlette. Y créeme, no es fácil mantener contenta a una mujer tan exigente como ella. Alan. Regaña a Arlette, pero no parece realmente molesta. Más bien, parece disfrutar del espectáculo. Respiro hondo, tratando de calmarme.
Esto es demasiado. Demasiado intenso. Demasiado
extraño. pero por alguna razón no puedo negar que tiene sentido. Entonces,¿ qué sugieres? Pregunto,
mirando a Arlette. Mi voz suena más firme de lo que esperaba. Ella
sonríe, satisfecha. Primero, necesitas entender su cuerpo. Como cambia, que le gusta, que no y segundo, hace una pausa dramática, mirando a su G y antes de volver a mí, necesitas practicar.
Practicar. Repito, incrédulo. Exacto. Practicar. Y quién mejor para enseñarte que yo. Después de todo, soy la experta aquí. Mis ojos se abren como platos.
Esto no puede estar pasando. Arlette se levanta de la cama con esa gracia felina que parece natural en ella. Sus pechos, apenas contenidos por la bata blanca, suben y bajan mientras camina hacia su jey. Su trasero enorme se balancea con cada paso. Se detiene justo frente a mi madre, como si estuviera evaluándola, pero no hay nada frío en su mirada. Todo lo contrario, sus ojos brillan con una
mezcla de lujuria y determinación. Vamos, Sugei, dice Arlette, su voz baja pero firme, cargada de una autoridad que no deja espacio para discusiones. Quítate eso. No podemos enseñarle a Tito cómo estimularte si te escondes bajo esa bata. Sugei traga saliva, visiblemente incómoda. Sus manos tiemblan ligeramente cuando agarra los bordes de la bata negra transparente que cubre su
cuerpo voluptuoso. No, susurra. La tela resbala por sus hombros lentamente, dejando al descubierto su piel cremosa y el inicio de sus senos inmensos, sin llegar a mostrarlos completamente. Mamá es hermosa. Más hermosa de lo que jamás pensé que podría ser, incluso después de todo lo que hemos pasado juntos. pero no puedo evitar sentir un nudo en el estómago. Alan está ahí, observando cada movimiento de su gay con esos
ojos oscuros que siempre parecen estar calculando algo. Mi primo tiene esa sonrisa dibujada en su rostro, como si esto fuera algún tipo de espectáculo organizado solo para su entretenimiento. Y yo, yo me siento dividido entre la excitación y los celos.¿ Cómo puede estar tan tranquilo mientras mi madre se desnuda frente a él?¿ Cómo puede mirarla así? No puedo hacer esto, murmura Suhei, cruzándose de brazos como si quisiera protegerse del escrutinio. Su voz es apenas un susurro,
pero todos la escuchamos claramente. Sus mejillas están rojas y sus ojos azules buscan los míos, suplicantes. No con él aquí. Se refiere a Alan, claro. Sé exactamente cómo se siente. También quiero que desaparezca. Que todos desaparezcan,
excepto ella. Excepto yo. Pero Arlette no
piensa igual. Oh, vamos, cariño, interviene Arlette, acercándose a su hey y colocando una mano tranquilizadora sobre su hombro desnudo. Nadie aquí va a juzgarte. Todos estamos en esto porque queremos ayudarte. Pero entiendo tu incomodidad. Si necesitas confianza, entonces creo que deberíamos nivelar el campo de juego. Quiero decir, todos debemos estar en la misma sintonía. Arqueo una ceja,
sin entender del todo lo que quiere decir. Pero antes de que pueda preguntar, Arlette comienza a desabrocharse la bata. Lo hace despacio, sin prisas, como si fuera completamente normal. La seda cae al suelo con un susurro, revelando sus senos grandes y firmes. Sus pezones oscuros y prominentes captan mi atención y siento una punzada en mi entrepierna mientras la observo. Luego, mi mirada se desliza hacia sus caderas anchas y su trasero poderoso. Esas nalgas en las que
Alan se enterró la última vez. Me sorprende la elegancia despreocupada con la que mi tía se ha desnudado delante de mí sin un ápice de vergüenza.¿ Qué demonios estás haciendo? Pregunto, sintiendo como mi corazón late desbocado en mi pecho. Lo que sea necesario para que todos nos relajemos, responde Arlette, encogiéndose de hombros como si acabara de servir una taza de café en lugar de quitarse la ropa. Si tú y Sugei se sienten incómodos porque Alan y yo estamos vestidos,
entonces solucionemos eso. Aquí nadie tiene nada que ocultar, ¿verdad? Miro a Alan, quien ya ha comenzado a desabotonarse la camisa. Su torso musculoso queda expuesto poco a poco, y aunque intento apartar la mirada, no puedo evitar notar lo cómodo que parece con todo esto. Es como si estuviera acostumbrado a este tipo de situaciones. Tal vez lo esté. Después de todo, él y Arlette tienen una relación que rompe todas las reglas. Esto está mal, digo, más para mí
mismo que para los demás. Mi voz suena ahogada, como si alguien me hubiera apretado la garganta. Esto no debería estar pasando. Relájate, primo, dice Alan, quitándose los pantalones y quedándose en boxers, donde se marca una erección impresionante que me hace sentir inseguro. Solo estamos creando un ambiente seguro, para que se sientan cómodos. Nada más. A esto llaman como,
desnudarse delante de nosotros, pienso. Como si ver a mi madre semidesnuda y a mi tía completamente desnuda pudiera considerarse cómodo. Sugei sigue inmóvil, abrazándose a sí misma como si quisiera desaparecer. Sus ojos están llenos de lágrimas no derramadas y sé que está tan perdida como yo. Karo Orlab no parece dispuesta a dar marcha atrás. Vamos, Tito, dice, acercándose a mí con pasos seguros. Si quieres aprender a cuidar a Sugei,
tienes que participar. Todos tenemos que estar en igualdad de condiciones. Trago saliva. Mi mente grita que esto está mal, que debería salir corriendo, pero mi cuerpo no responde. Estoy atrapado, como en una telaraña tejida por Arlette. Y lo peor es que, a pesar de todo, no puedo negar que esto me excita. Vamos, Tito, dice Arlette, acercándose más a mí. Sus senos se mueven con cada paso, pero no es solo eso lo que me pone nervioso. Es su mirada.
Esa mirada que parece ver directamente a través de mí, como si supiera exactamente lo que estoy pensando. Si quieres ayudar a Suhei, tienes que estar en esto al 100%. Trago saliva, sintiendo como mi corazón late desbocado. Sé que tiene razón, pero no puedo evitar sentirme avergonzado. Miro hacia abajo, hacia mis manos temblorosas, y luego hacia Alan. Su cuerpo musculoso, su confianza arrogante y, sobre todo, su erección impresionante. Comparado con él, yo parezco un niño jugando a ser adulto.
Me da pena, murmuro, tratando de ganar tiempo. Mi voz suena débil, incluso para mí mismo. Arlette se ríe, una risa fuerte y descarada que resuena en toda la habitación. Se detiene justo frente a mí, tan cerca que puedo sentir el calor de su piel. Oh, mi pequeño sobrino, dice, colocando una mano en mi hombro, no en mi entrepierna, lo que me alivia un poco. Estamos en familia. Estar desnudos debería ser la cosa más natural del mundo. Quiero creerle.
Quiero pensar que tiene razón. Pero no puedo evitar imaginar a Suhey comparándome con Alan. Con cualquiera.¿ Cómo podría competir? Alan interviene entonces, con esa sonrisa aladina que siempre lleva pegada a la cara. Relájate, primo, dice, acercándose también. No es una competencia. Esto no va de quien la tiene más grande o más gruesa, si eso es lo que te preocupa. Va de hacer que Sugei se sienta bien. De que tú aprendas a darle lo que necesita. Sus
palabras deberían tranquilizarme, pero no lo hacen. Me siento expuesto, vulnerable. Como si estuvieran leyendo un libro abierto sobre mis inseguridades. Finalmente, después de lo que parece una eternidad, me decido. Lentamente empiezo a quitarme la camiseta. Luego los pantalones. Mis boxers son lo último en caer y aunque intento mantener la cabeza en alto, no puedo evitar mirar hacia abajo. Hacia mí. Hacia Alan, que también ya se ha quitado el boxer.
La diferencia es evidente. Miro hacia mi tía y hacia Alan, pero ninguno parece burlarse. Trago saliva. Estoy rojo de vergüenza. Mamá está sentada en la cama, aún cubierta parcialmente por la sábana. Sus ojos están clavados en mí, llenos de algo que no logro descifrar. Esto es ridículo, digo, sintiendo como mis mejillas arden de vergüenza. No puedo hacer esto. Pero Arlette no me deja rendirme. Se acerca aún más, hasta que nuestras pieles casi se tocan. Sus pezones rozan
mi pecho y retrocedo ligeramente, incómodo. Escúchame bien, Tito, dice, su voz baja pero firme. Sugei no está aquí porque quiera una verga grande. Está aquí porque te quiere a ti. Porque confía en ti. Así que deja de compararte y concéntrate en lo que realmente importa. Sus palabras me golpean como un puñetazo en el estómago. Tiene razón. Claro que tiene razón. Pero aún así, no puedo evitar sentirme pequeño. Arlette vuelve su atención hacia Suhey, quien sigue abrazándose a
sí misma bajo la bata. Se mueve con gracia, acercándose a mamá y se sienta junto a ella en la cama, acariciando su cabello rubio con delicadeza. Vamos, Suhey, dice, su tono ahora más suave, casi maternal. Todos estamos aquí para ayudarte. Para enseñarte. Pero necesitamos que confíes en nosotros. En Tito. Sugei cierra los ojos por un momento, como si estuviera luchando contra algo dentro de ella. Luego, lentamente, deja caer la bata, exponiendo su cuerpo desnudo. Joder, murmuro, casi sin aliento.
Mamá está completamente desnuda ahora, sus curvas voluptuosas iluminadas por la luz tenue de la habitación. Sus senos grandes y firmes descansen pesado sobre su pecho, su vientre apenas redondeado por el embarazo, sus piernas largas y torneadas. Es hermosa. Más hermosa de lo que jamás pensé que podría ser. Y aunque todavía siento ese nudo en el estómago, algo dentro de mí cambia. Mira a tu hijo, Suhei, dice Arlette, con esa voz ronca que siempre parece arrastrar las palabras.
Míralo bien. Este chico te adora. Haría cualquier cosa por ti.¿ No es así, Tito? Trago saliva, sintiendo como mi garganta se cierra. Quiero decir algo, pero las palabras no salen. Solo puedo mirar a Suhei, cuyos ojos azules están fijos en mí, llenos de algo que nunca antes había visto. Es una mezcla de deseo, ternura y tal vez, culpa. Yo, yo solo quiero hacerte feliz, digo finalmente, mi voz temblorosa pero sincera. Me acerco un poco más a ella, aunque
mis piernas parecen hechas de gelatina. No me importa nada más. Solo tú. Sugei sonríe débilmente, pero hay algo en esa sonrisa que me rompe por dentro. Se inclina hacia adelante, apoyándose en sus manos, y su cabello rubio cae sobre sus hombros como una cascada dorada. Tito murmura, su voz apenas un susurro. Esto es tan extraño, pero también... Arlette interviene entonces, colocándose entre nosotros dos. Su piel aceitunada brilla bajo la luz tenue y sus labios gruesos se curvan
en una sonrisa descarada. Bien, ya basta de sentimentalismos, dice, dando una palmada para captar nuestra atención. Aquí estamos para aprender, ¿recuerdan? Así que pongámonos manos a la obra. Se gira hacia mí, señalándome con un dedo acusador
Tito, ven aquí.
Acércate a su jei. Vamos a empezar con algo básico, el tacto. Una mujer embarazada necesita sentirse deseada, tocada con delicadeza. Pero también necesita confianza. Así que deja de lado tus miedos y concéntrate en hacerlas sentir bien. Mis manos tiemblan cuando las levanto, dudando por un momento donde ponerlas. Relájate, dice Arlette, colocándose detrás de mí y guiando mis manos hacia los hombros de Sugei. Empieza por aquí. Suavemente. Haz que sepa que estás presente. Mis dedos rozan su piel
y un escalofrío recorre mi espalda. Sugei cierra los ojos, dejando escapar un suspiro casi imperceptible. Sus senos suben y bajan con cada respiración, y aunque intento mantener mi mente enfocada, no puedo evitar notar lo hermosa que es. Alan se mueve en el fondo, acomodándose en una silla mientras observa la escena con atención. Quiero gritarle que se vaya, que nos deje solos, pero sé que no serviría de nada. Arlette tiene razón, esto no es una competencia. Así, muy bien,
murmura Arlette. Ahora sigue bajando. Con delicadeza.
Haz que sienta tus manos, pero sin presionar demasiado. Mis manos resbalan lentamente por los brazos de Suhei hasta llegar a sus costados. Su piel es suave, casi sedosa, y puedo sentir como su cuerpo se relaja bajo mi toque. Hmm jadea Suhei, abriendo los ojos para mirarme. Hay una mezcla de vergüenza y placer en su expresión, algo que me
hace querer protegerla de todo y todos. Arlette se aleja un paso de nosotros, sus labios gruesos curvándose en una sonrisa que parece más propia de una gata jugando con su presa. Cruza los brazos bajo sus senos grandes, empujándolos hacia arriba como si quisiera recordarnos lo voluptuosa que es. Sus ojos verdes brillan con esa mezcla de cinismo y lujuria que siempre parece llevar consigo. Bien, chicos, vamos a
hacer esto interesante, dice, su voz arrastrada pero firme. Se gira hacia Alan, quien está recostado en la silla con esa actitud silenciosa que a veces lo caracteriza y le hace un gesto con la mano. Ven aquí, Alan. Te necesito para algo. Alan se levanta sin dudarlo, como si estuviera esperando esta orden desde el principio. Su cuerpo musculoso se mueve con esa confianza que siempre lo caracteriza, y aunque intento apartar la mirada, no puedo evitar notar como
su erección es evidente bajo los boxers.¿ Para qué le hablas, tía? Pregunto, mi voz temblorosa mientras veo como Alan se acerca a Arlette. No estoy seguro de querer saber la respuesta. Relájate, Tito, responde Arlette, lanzándome una mirada tranquilizadora, aunque sé que no lo dice en serio. Esto es parte del aprendizaje. Sugei necesita ver cómo funcionan las cosas, cómo se estimula a una mujer embarazada. Y tú, señala hacia mí con un
dedo acusador, tú vas a aprender observando y replicando. Suhey se remueve incómoda en la cama, sus mejillas sonrojadas mientras mira entre Arlette y Alan. Parece tan nerviosa como yo, pero también hay algo en sus ojos azules que me dice que no va a detener esto. Acuéstate junto a mí, Suhey, ordena Arlette, señalando un espacio vacío en la cama. Suhey obedece lentamente, su cuerpo voluptuoso deslizándose sobre las sábanas mientras
se acomoda boca arriba. Sus senos grandes suben y bajan con cada respiración, y aunque intento concentrarme en otra cosa, es imposible ignorar lo hermosa que es. Arlette se coloca al otro lado de Sugei, dejando un espacio para Alan entre ellas. Luego me mira directamente, sus ojos verdes clavándose en los míos. Tito, quiero que observes bien lo que Alan me hará. Vas a hacerle lo mismo a Sugei. Exactamente igual. ¿Entendido? Asiento con la cabeza, sintiéndome estúpido, como
si no supiera cómo tratar sexualmente a una mujer. Primero, las manos, dice Arlette, tomando las manos de Alan y colocándolas sobre sus senos carnosos. Él las mueve con facilidad, acariciándolas suavemente, como si supiera exactamente qué hacer. Sus dedos juegan con sus pezones, y aunque intento apartar la mirada, no puedo evitar notar como Arlette deja escapar un pequeño gemido. Así, suave pero firme. Haz que sienta tus manos, pero sin lastimarla,
al menos al principio. Miro a Suhey, que está observando todo con los ojos bien abiertos. Sus senos grandes están ahí, esperando. Me inclino hacia ella lentamente, tratando de imitar lo que Alan está haciendo con Arlette. Mis dedos rozan su piel suave, y cuando llego a sus senos, los acaricio con torpeza al principio, pero luego encuentro un ritmo. Eso es, muy bien, murmura Arlette, observándome con aprobación. Ahora sigue bajando. Alan, muéstrale
cómo hacerlo. Alan baja sus manos lentamente por el cuerpo de Arlette, acariciando su vientre antes de llegar a sus muslos gruesos. Arlette abre sus piernas sin vergüenza. Sus labios íntimos se abren, revelando su humedad brillante. Su aroma es indescriptible, una mezcla intoquicante. Alan, como si hubiera nacido para este momento, se agacha frente a ella y comienza a lamerla con devoción,
intercalando un dedo entre sus pliegues húmedos. Aquí es donde tienes que ser cuidadoso, dice Arlette, cerrando los ojos por un momento mientras Alan continúa estimulándola. Una mujer embarazada es más sensible. Al principio necesitas ser suave, después puedes intensificar. Trago saliva, sintiendo como mi corazón late desbocado. Miro a Sugei, que me observa con una mezcla de nerviosismo y deseo. Lentamente, bajo mis manos por su cuerpo, siguiendo el camino que
Alan ha trazado con Arlette. Cuando llego a sus muslos, ella abre las piernas ligeramente, dándome permiso silencioso para continuar. Tía, pero todo lo que supuestamente me estás enseñando ya lo sé,¿ por qué entonces me haces hacer esto delante de ustedes? Pregunto, mi voz temblorosa. No tengas vergüenza de hacerle a tu madre, delante de mí y de Alan, lo que siempre le haces en privado, dice Arlette, abriendo los ojos para mirarme.
Tienes razón. Me has cachado en la trampa. Más que enseñarte, mi propósito real es que ambos, tú y ella, rompan esquemas.¿ Crees que dudó de tus habilidades para complacerla? Claro que no, por algo la tienes embarazada. Lo que quiero ahora es que se liberen sexualmente. Liberarnos.¿ Cuál es el propósito de que mi madre y yo nos toquemos o tengamos sexo delante de ustedes, tía? No lo entiendo. Mi propósito es que un día ambos se atrevan a dar ese paso, Tito,
como lo hablé antes con Suhey.¿ Cuál paso? Exponer su relación incestuosa al mundo entero. que en algún momento toda nuestra familia, incluyendo a tu padre, sepa que tú amas a tu madre.¿ Acaso no te gustaría que el mundo entero supiera que Suhey es tu mujer?¿ Acaso no te gustaría vivir una vida normal, sin prejuicios morales, criando a ese pequeño bebé sin tener miedo de que otras personas sepan que tu madre es tu pareja? El aire en la habitación se siente más pesado ahora, cargado de gemidos
suaves y respiraciones entrecortadas. Alan sigue moviendo sus dedos entre los pliegues de Arlette y ella deja escapar un gemido bajo, casi gutural, que resuena en toda la habitación. Sus labios gruesos se separan ligeramente mientras inclina la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello aceitunado. Parece completamente perdida en el momento, como si nada más existiera. Sí, tía, admito, una verdad que
me cuesta pronunciar. Grita Arlette, su voz apenas un
susurro ronco. Entonces. No tengas miedo de tocarla delante de nosotros, por algo se empieza. Abre más las piernas, dándole acceso completo a Alan, y su cuerpo se arquea ligeramente cuando él introduce un dedo y su lengua en su sexo depilado. Otro gemido escapa de su garganta, esta vez más fuerte, más desesperado. Sugei está ahí, observando todo con los ojos bien abiertos. Su pecho sube y baja rápidamente, y puedo ver cómo sus pezones se endurecen bajo mi mirada. Está nerviosa,
lo sé, pero también hay algo más en su expresión. Ah, sí, cabrón, chúpame la concha, así, así. Grita la tía Arlette sin pudor. Trago saliva, sintiendo como mi corazón late desbocado. Miro a Suhey, que me observa con esos grandes ojos azules llenos de expectativa. Lentamente, bajo mis manos por su cuerpo, siguiendo el camino que Alan ha trazado con Arlette. Cuando llego a sus muslos, ella abre las piernas ligeramente, dándome permiso silencioso para continuar.
Mis dedos rozan su piel suave, y aunque estoy nervioso, puedo sentir el calor que emana de su cuerpo. Deslizo un dedo entre sus pliegues húmedos y rosados, y su gei deja escapar un gemido suave, casi inaudible al principio. Pero cuando presiono un poco más, explorando con cuidado, su respiración se vuelve más rápida, más entrecortada. A. Tito murmura, cerrando los ojos mientras su cuerpo tiembla bajo mi toque. Sus senos grandes suben y bajan con cada respiración, y
puedo ver cómo sus pezones endurecen aún más. Los gemidos de Arlette y su hey llenan la habitación, entrelazándose en una sinfonía de placer que me hace perder el control poco a poco. Alan sigue moviendo su boca con confianza entre las piernas de Arlette, y ella no deja de gemir, cada vez más alto, más desesperada. Ah, sí. Méteme otro dedito, papi, otro dedito. Dice Arlette, su voz ahora más firme, más demandante.
No lo miro, porque tengo enterrada mi cara en la humedad caliente de mi madre, que me toma del pelo y me hace restregar contra su sexo, pero supongo que Alan obedece sin dudarlo, aumentando el ritmo de sus caricias. Ah, hijo. Su hey también comienza a moverse bajo mis manos, su cuerpo respondiendo a cada toque con pequeños temblores. Sus gemidos son más suaves, más contenidos, pero puedo sentir cómo su placer crece con cada segundo que pasa. Tito, no pares. Susurra,
su voz apenas audible entre sus jadeos. Cierra sus piernas sobre mi cabeza, invitándome a seguir, y yo obedezco, deslizando un dedo en su carnosidad rosada, junto a mi lengua. Sus gemidos se vuelven más fuertes, más desesperados, y aunque intento mantener el control, es imposible ignorar lo que está pasando. El sonido de nuestros cuerpos moviéndose juntos, los gemidos de Sugei y Arlette, los chapoteos, la respiración entrecortada de Alan, todo se mezcla en un torbellino de sensaciones que me
hacen perder la cabeza. Los gemidos en la habitación se detienen por un momento cuando Arlette suelta una risa fuerte, esa que siempre parece llenar el espacio como una tormenta. Se incorpora un poco, apoyándose en los codos, y nos mira a todos con esa mezcla de cinismo y descaro que sólo ella puede manejar. Sus senos grandes suben y bajan con cada respiración, pero no parece importarle estar completamente
desnuda frente a nosotros. Esperen, esperen, dice, levantando una mano como si fuera una maestra interrumpiendo una clase desordenada, mientras yo saco la cara del sexo caliente de mi madre, que me deja todo empapado. No podemos seguir sin hablar de algo importante. Algo que todas las futuras mamás deberían considerar. Hace una pausa dramática, dejando que sus palabras floten en
el aire mientras nos observa uno por uno. Suhey, que aún está recostada junto a mí, me mira confundida, como si estuviera tratando de descifrar qué diablos tiene en mente Arlette ahora. Alan, por su parte, se queda quieto, pero puedo ver como una sonrisa aladina comienza a formarse en sus labios. Tienen que recordar que yo también estoy embarazada. Y aunque tú, Tito y Alan están haciendo un trabajo delicioso en nuestros sexos, hay algo que no podemos ignorar,
el skirt.¿ El skirt? Repite su hey, incorporándose un poco. Sus enormes senos sudados se balancean lentamente. Exacto, responde Arlette, asintiendo con entusiasmo. El skirt no solo es placentero, sino que también tiene beneficios para una mujer embarazada. Ayuda a liberar tensiones, mejora la circulación en la zona pélvica y, bueno, hace una pausa, sonriendo de manera traviesa, hace que te sientas increíblemente bien.¿ Beneficios del Skirt?¿ Esto es real? Pero
hay algo más, continúa Arlette, inclinándose hacia adelante. Recuerden que queremos llamar a nuestras bebés, en caso de que sean niñas, Cassandra, como la abuela. Así que propongo lo que les dije anoche para poder deliberar, hagamos un concurso de Skirt. La primera que logre llegar al orgasmo con un buen chorro gana el derecho de usar el nombre Cassandra para su bebé. La habitación queda en silencio otra vez. Sugei me mira y puedo ver el conflicto en sus ojos azules. Por
un lado, parece incómoda, casi avergonzada. Pero por otro, hay una chispa de curiosidad en su mirada, como si la idea la intrigara más de lo que quiere admitir.¿ En serio? Murmuro, frotándome la cara con las manos. No puedo creer que esto esté pasando. Oh, vamos, Tito, dice Arlette, rodando los ojos como si fuera el adulto explicándole algo obvio a un niño. No seas aguafiestas. Será algo rico y rápido. Además, si quieres que Sugei tenga un embarazo saludable y feliz,
necesitas aprender a hacerla chorrear. Se gira hacia Alan, quien todavía está sentado al pie de la cama, observando todo con esa sonrisa silenciosa. Vamos, cabrón, pon el ejemplo, le dice a su pareja. Alan asiente, como si hubiera estado esperando esta orden desde el principio. Metiendo en la cama, las sábanas frías pegándose a la espalda. Alan se acomoda a mi lado, la cibo, y noto como una de sus miradas se posa sobre los senos de mi madre.
Arlette se acomoda a gatas, se sube a la cama con esa actitud de perra en celo, sus senos rebotando, y luego se coloca sobre Alan, con sus enormes y carnosas nalgas abriéndose para aplastar la cara de su hombre. Ya está mojada, el olor ácido llega hasta mí. Arlette suspira fuerte mientras se monta sobre la cara de su hijastro. A ver, cabrón, lamé como si te fuera la vida en eso. Exclama mi tía Arlette, pero antes le escupe la cara a Alan mientras éste recoge cada fluido con
la punta de su lengua. Luego, ella se abre completamente, aplastando su sexo depilado contra su boca. Alan gruñe, ahogado, pero sus manos se aferran a sus nalgas carnosas como garfios. Sugei titubea todavía, sus muslos temblorosos rozándome los hombros.
Un,
tito, susurra, pero Arlette voltea con los ojos inyectados. Deja de ser tan mustia delante de tu hijo, Sugei, y siéntate en su cara y muévete como la zorra que siempre has querido ser. Le ladra, mientras Alan le estruja a Arlette los senos con fuerza, haciendo que ella gima, sí. Así, cabrón. Aprieta los más duro. Suge y duda. Sus muslos tiemblan cuando se para las piernas, dejando ver ese sexo rosado e hinchado. Los labios entreabiertos, brillantes. Me agarra de los cabellos,
forcejeando por equilibrarse hasta que siento su peso sobre mi boca. Gimo, pero el sonido se pierde entre sus labios abultados. Chúpame, chúpame. Ay, Tito, empieza ella, moviendo las caderas sin ritmo sobre mi cara. La lengua se me llena de su sabor agrio, a orín y miel rancia, pero amo su sabor delicioso. Es mi madre, la que alberga a mi futuro hijo. Y le estoy comiendo el coño en la misma habitación donde
está la degenerada de mi tía y su hijastro. No te ahogues, sobrinito, y traga todos los fluidos de tu madre. Se burla Arlette y mientras mi madre se levanta un poco para reacomodar su posición empapada, miro rápidamente hacia mi costado y veo que Alan le escupe en el ano y frota su lengua ahí.¿ Te gusta que te laman el culo, verdad, zorra? Le gruñe Alan con tal familiaridad y ella responde con un gemido largo, estridente. Más, dame más, cabrón,
méteme la lengua en cualquiera de mis agujeritos. Es evidente que ella no quiere ganar el concurso, simplemente busca disfrutar y obtener una victoria sobre nuestras mentes que consiste en liberarnos sexualmente. De pronto, los gemidos de su jei llenan la habitación junto a los jadeos de Arlette. Estamos perdidos en un torbellino de placer, cada pareja luchando por su propia satisfacción mientras intentamos mantener un ritmo.¿ Te gusta, primita? Exclama Arlette entre jadeos. Di
que te gusta sentarte, poniendo tu concha mojada sobre la cara de tu hijo. Sí. Arlette. Me gusta. Mi lengua
le rasga los pliegues a su jey, salados y densos. Alagan, empujando mi nariz contra su hueso público. Quiero aire, pero solo hay piel, carnosidad y el líquido espeso que le escurre.¿ Quién te está comiendo el coño, primita? Mi hijo. Mi hijo me está comiendo el coño. Que no te dé miedo decirlo, Sugei, grita fuerte que el hijo de puta de tu hijo te está comiendo el coño. Ah
ah, ah. Sí. Sí. Mi hijo me está comiendo el coño.
Mi hijo me está comiendo el coño. Los gritos de mi madre van acompañados de los espesos fluidos que empanan mi cara. Con una mano me estoy masturbando y con la otra le agarro y estrujo una de sus enormísimas tetas. Y puedo ver cómo mamá se está agarrando de las barras de la cama y el sonido metálico contra la pared se vuelve estridente.¿ Quién te preñó, zorra? Le pregunta mi tía a mi madre, en un increíble acto de cambio de personalidad que ha transmutado de maestra y consejera
a una versión femenina del pendejo de Nacho. Mi hijo, prima. Mi hijo me preñó. Los chapoteos y jadeos inundan la habitación matrimonial donde suelen dormir Arlette y su marido Federico. Pero esta madrugada, el padre de Alan no está aquí, somos nosotros quienes profanamos este sitio santo, volcados en una perversa escena incestuosa. A
Soyosa la tía Arlette. Qué rico, cabrón. A un lado,
Arlette está enloquecida. Alan le lame el culo, los dedos enterrados en su coño mientras ella se frota contra su boca. Sí, cabrón, así. Chilla, arqueándose hasta casi doblarse. Su gey se sacude. Siento su clítoris latiendo contra mi lengua, hinchado como una cereza a punto de reventar. Me concentro ahí, succionando, mordisqueando, hasta que un gemido largo le hiela la voz. Mi niño, mi niño. Y entonces, aunque no es un chorro aún, noto una descarga caliente que me inunda la barbilla y el cuello.
Sugei se convulsiona, gritando, mientras yo intento no ahogarme en ese torrente. Bien, cabrona, bien. La felicita la tía Arlette, como si estuviera orgullosa de su obra de arte. Disfruta plenamente del sexo con tu amado hijo, aquí nadie te juzgará. La escena, vista desde una perspectiva externa, debe ser brutal, dos voluptuosas mujeres, primas para variar, tetonas y nalgonas, siendo complacidas por sus respectivos amantes. Mamá vuelve a sentarse sobre
mi cara. Empieza a moverse más rápido, embistiendo mi cara como si quisiera romperme la nariz. Lo siento, hijo, se disculpa a ella. Pero Arlette la interrumpe con una risotada áspera. Cállate y deja de disculparte con tu hijo, prima. Empina el culo y dale unos ricos entones. Que te meta la lengua hasta que alcance el feto. Me sorprendo de las vulgaridades que pronuncia mi tía, pero me concentro en
comerme a mi madre, quien yace fascinada sobre mí. Shogigami abre más las piernas, hundiendo su coño hinchado y brillante en mi boca. Un nuevo chorro me golpea la garganta, caliente y espeso. Sí, así. Grita ella, agarrándose de las rejas de la cama, según puedo mirar. El cuarto es un infierno de gemidos y salpicaduras. Alan saca la lengua para jadear y Arlette le escupe directamente en los labios. No pares, maldito. Le ordena, apretándole la cabeza entre sus muslos.
Su coño, rojo e irritado, gotea sobre su frente. Él vuelve a enterrar la cara, lamiendo frenético, mientras un chorro repentino le inunda la cara. Te amo, cabrón, te amo. Grita Arlette, arqueándose hasta que su vientre rosa su propia saliva. Otra vez, hijo. Me anticipa mamá, tirándome del pelo. Siento su clítoris, duro como una nuez, palpitando contra mis labios. Chupo, muerdo, le clavo la lengua hasta que ella se convulsiona. Me
voy a correr. Mierda, Tito, voy a... Un chorro fuertísimo me golpea la garganta, salpicándome los ojos y, esta vez, un poco más allá de las sábanas, pues mi madre tiembla y se levanta, logrando que el chorro salga expulsado más allá de mí. Oh, sí, prima, sí. Ruge Arlette, deteniéndose para ver cómo la mezcla de fluidos me escurre por el cuello. Su gey se desploma a mi lado, jadeando,
su vientre vibrando. Da, ganamos, hijo. Balbucea, avergonzada, pero Arlette ya está de pie, su coño chorreando sobre la barbilla de Alan. Nos ganaron por preferir chuparme el culo, Alancito. Arlette finge reclamarle a su hijastro, pateándole el hombro. Él solo sonríe, lamiéndose los labios. Tú eres mucho hoyo, mi amor, murmura, y ella lo calla sentándose de nuevo sobre su cara, frotándose como una poseída. Me parece que tenemos una Cassandra en la familia. Se ríe Arlette, claro, falta ver que
en verdad sea niña. Yo intento recuperar el aire, pero su hey ya se arrastra sobre mí buscando mi boca. Y nos besamos. Nuestras lenguas se enredan dentro de nuestras bocas y yo le comparto su propio sabor genital. Ella prueba sus fluidos desde mi boca. Mientras tanto, Arlette gime como gata en celo. Sí, cabrón, ahí, mama, chupa, clava. Mientras Alan le dedica una doble penetración con lengua y dedos. Al poco rato, ella también tiene un orgasmo. Y todo termina.
El silencio que sigue después del clímax es pesado, casi incómodo. El aire en la habitación todavía está cargado de gemidos ahogados y el olor dulce del sexo. Sugei se levanta lentamente para volver a besarme, sus mejillas sonrojadas mientras se cubre con las manos, como si de repente se sintiera demasiado expuesta. Alan y Arlette están en su propio mundo, él todavía recostado con una expresión satisfecha, ella sentada ahorcajada
sobre él, despeinada pero radiante. Arlette se gira hacia mí con esa sonrisa aladina que parece nunca abandonar sus labios gruesos. Sus pechos suben y bajan con cada respiración, y sus ojos verdes brillan con esa mezcla de cinismo y diversión que tanto la define. Cruza los brazos bajo su busto, empujándolo hacia arriba y lanza una mirada a la cama debajo de nosotros. Vaya, vaya, dice, arrastrando las palabras con ese tono irónico que siempre usa cuando quiere hacer una
broma cruel. Miren nada más el desastre que tenemos aquí. Creo que la cama está más mojada que la propia piscina. Miro hacia donde señala y me doy cuenta de que tiene razón. La cama está completamente mojada, chorreada por los rastros evidentes de lo que acabamos de hacer. Las sábanas blancas están marcadas con manchas oscuras y puedo sentir como mi rostro se calienta de vergüenza. Esto no solo es embarazoso, es surrealista. Qué ironía, ¿no? Esta es la misma cama
matrimonial donde duermo con Federico. Si supiera lo que pasa bajo su techo cuando él no está. ¡Uf! Sugei deja escapar un jadeo ahogado, cubriéndose la boca con una mano. Sé que está pensando lo mismo que yo, los cuernos que le pusimos a papá. No solo hemos traicionado a Lorenzo, sino que, de alguna manera, estamos involucrando a Federico, el
marido de Arlette, en esta red de engaños. Alan se ríe entre dientes, apoyándose en un codo para mirar a Arlette con esa sonrisa arrogante que siempre lleva pegada en la cara. Deberías grabar este desastre y mandárselo, dice, bromeando, pero con un tono que sugiere que no está del todo equivocado. Arlette lo golpea juguetonamente en el hombro, aunque sé que no está realmente molesta. Ay, Alan, no seas bruto, responde, aunque su sonrisa traviesa dice lo contrario. Pero tienes razón,
quizás algún día le dé una sorpresita a Federico. Después de todo, él tampoco es precisamente un santo. Lo que le hizo a tu madre por mí. Uf, no sé cómo lo perdonaste. Me quedo callado, incapaz de procesar completamente lo que acaba de decir. Arlette se levanta de la cama, caminando desnuda hacia el baño adjunto a la habitación. Sus poderosas nalgas se mueven con esa confianza que siempre parece emanar de ella, y antes de cerrar la puerta, lanza
una última frase sobre su hombro. Bueno, chicos, espero que hayan aprendido algo hoy. Y recuerden, el skirt no solo es divertido, sino también saludable para el embarazo. Ahora, alguien tendrá que ayudarme a limpiar este desastre antes de que Federico regrese. La puerta del baño se cierra detrás de ella, dejándonos en un silencio incómodo. Miro a Suhey, que evita mi mirada, y luego a Alan, quien parece tan relajado como si esto fuera algo normal. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy.
Hasta la próxima.
