Lleva tua immaginazione a un altro livello. calientes. Hoy presentamos. Seduciendo a mamá, parte 2. Las bragas de mamá. Me he masturbado siete veces durante la madrugada, en duerme vela, y en todas ellas el semen ha brotado con abundancia mientras imagino a mi madre a gatas entre mis piernas. Su boca rosada, pegada a mi glande, sus uñas puntiagudas, cepillando los vellos de mis testículos, y su mano libre, masajeando el tronco de mi pene.
Cuando cierro los ojos, puedo ver sus gestos lascivos de una madre deseosa que le practica una afelación a su hijo. La punta de su lengua recorre mi longitud de abajo hacia arriba y viceversa. Sobre todo, puedo ver sus senos flotando y bamboleándose bajo su pecho, los pezones rozando la cama. Ella, gloriosa, sensual y majestuosa, con su rostro cubierto por mi semen después de eyacular sobre ella. Y la fantasía termina para dar paso a otras nuevas.
En todas ellas, mamá es la protagonista de mis lujurias y perversiones. De mi mente atormentada que no deja de idear situaciones morbosas. Mi miembro tiene un tamaño normal, quizá promedio. Al menos, cuando tuve sexo con mis novias, ninguna se quejó de mi desempeño, aunque todas parecían tan inexpertas como yo. Pero no es lo mismo acostarse con una joven que con una mujer experimentada, y por eso nunca me he atrevido a insinuarme a ninguna de ellas.
Mamá, en cambio, no se parece en nada a esas niñas ingenuas con las que he estado. A juzgar por lo que vi en la ducha, ahora la percibo como una mujer reprimida pero, en el fondo, muy apasionada y consciente de su sexualidad. Como me tienes, mamá, como me la has puesto. Ni siquiera he podido dormir bien. No sé qué hacer con las impurezas de mi mente. Esto no está bien. No es normal.
No puedo seguir masturbándome mientras pienso en mi madre de una forma tan obscena, tan grotesca y enferma. Me avergüenza lo que pienso, pero es inevitable controlarlo. Esto me supera. Está fuera de mí. Cada vez que lo hago, mi presión arterial se dispara, mi corazón late con fuerza y siento taquicardia. Es tu madre, Tito, es tu madre. Tienes que tranquilizarte. Pero basta con cerrar los ojos para volver a oírla gimiendo como las actrices porno de las películas que a veces veo.
Son las cuatro de la mañana. He escuchado unos quejidos en el cuarto de mamá. Sí, estoy enfermo. Quiero escucharlos hacer el amor a papá y a ella. Quiero saber cómo son sus gemidos cuando la penetra, sus suspiros cuando su sexo abraza una polla de verdad. Cuando un hombre la enviste con ímpetu. Cuando se corre sobre un falo real. Pero no lo hacen. El tejido ha debido ser por otra cosa. Mi teoría es cierta: papá no la toca.¿Por qué no la toca?¿Desde cuándo no hacen el amor?
Si ella no fuera mi madre. Si yo fuera papá, Dios mío, no dormiríamos en toda la noche de tanto hacer el amor. Ella lo merece, está buenísima. Es hermosa. Tiene necesidades. Necesita un hombre. Por desgracia, ese hombre no puedo ser yo, porque soy su hijo. Aún así, continúo pensando en mamá de forma irreverente. Las obscenidades no quieren salir de mi mente. La imagino en una cama, a cuatro patas.
Sus grandes nalgas apuntando hacia mi cara. Ellas separándoselas para que yo pueda ver sus intimidades. Y delante, sus senos colgando, mientras yo, detrás, apunto mi miembro erecto hacia su sexo. Estará muy velluda. ¿Se depilará? Dado como es papá, me parece imposible que mi madre se atreva a hacerlo. Ha pasado más de una semana desde el último episodio inolvidable en el que la encontré autocomplaciéndose en la tina de baño con el mango de un utensilio de cocina.
Y yo, como un vil degenerado, me he seguido masturbando en su honor. Mis deseos insaciables por volverla a espiar se han multiplicado. No soy el mismo desde ese día. Ya no la puedo ver igual. No es que le haya perdido el respeto, pero siento que la burbuja que la protegía y que me la mostraba como un ser superior, celestial, impenetrable, protector y maternal, ahora se ha roto.
En lugar de ver a la mujer que me dio la vida y que me ha criado, ahora veo a una mujer capaz de fornicar compasión, incluso conmigo, su Hijo. En mis fantasías, veo a una mujer que podría chuparme el pene hasta atragantarse si se le da la gana y beberse mis corridas cuando tenga sed. Una mujer deseosa que podría besarme y recorrer mi boca con su lengua. Y eso es lo malo, no quiero sentir nada de esto. No es normal. No sabría cómo controlarme si algo se me fuera de las manos.
Para mí, es como si estuviera dejando de ser mi madre para convertirse en una mujer hermosa, apetecible, simplemente en la esposa de mi padre. Es como si quisiera que no me llamara nada, pero luego lo pienso y el morbo que siento al saber que soy su hijo y ella mi mamá me supera. Tengo una mente enferma, lo sé, pero no es mi culpa. No puedo controlarlo.
Incluso ella misma me nota diferente, lo sé porque me lo ha dicho. Me nota diferente, aunque nunca hizo referencia a mi erección cuando nos abrazamos y sintió mi dureza contra su entrepierna. Gracias a Dios, al día siguiente todo siguió normal y no mencionó esa escena tan bochornosa. Lo malo es que nunca entendí eso de, tranquilo, mi bebé, esto suele pasar.¿Qué es lo que suele pasar?
¿Que su hijo de 18 años se excite al verla vestida de esa manera tan sensual?¿O que a mi edad sea normal excitarse por cualquier cosa? No entiendo. Encima, me estoy volviendo loco por verla otra vez igual que ese día. Por sentir esa sensación transgresora de espiar a mi propia madre. Me ilusiona poder verla desnuda de nuevo. Deleitarme en vivo con su majestuosa figura. Recorrer con mis ojos su voluptuosidad. Admirar su piel brillante, blanca, y sus atributos femeninos expuestos ante mí.
Quiero sentir la adrenalina de mirarla por la rendija de la puerta del baño, sabiendo que podría ser descubierto. Esa adrenalina que solo los pecadores entienden. Quiero verla desnuda, estirándose los pezones, mordiéndose los labios, sacando la lengua como si saboreara un falo invisible. Quiero verla tocándose otra vez. Acariciando su entrepierna. Abrié los pliegues húmedos de su vagina. Contemplar cómo su orificio se abre y se humedece. Joder, lo que estoy pensando.
De no ser por los minivideos y las fotografías que guardo celosamente en mi móvil y que tomé esa noche, creería que todo fue un sueño. O una pesadilla, donde la actriz porno es mi progenitora. Juro que me lo he pensado mucho antes de volver a caer en tentación, pero no me importa arriesgarme otra vez. Incluso ya he estudiado sus rutinas para saber los días en que se baña a la hora en que la encontré la última vez.
Al parecer, siempre se ducha a las 11 de la noche, cuando ya estamos todos en casa, poco antes de meterse a la cama con papá. Excepto los martes y los jueves, que se mete a la tina como a eso de las 7.45 de la tarde, justo cuando suele llegar sudada del Zumba. Tiene sentido. Ella es muy limpia y no tolera sentirse sudorosa. También tiene sentido que esos dos días sean cuando se anime a masturbarse, aprovechando que no hay nadie en casa. Y esta noche de jueves quiero hacerlo otra vez.
Me he propuesto fingir que voy a las clases de guitarra con mi tío Fred y regresar a la misma hora que el otro día. Con suerte, lo consigo, y la veo desnuda, y. Mierda. Su Hey, le dice mi padre a mamá a la hora de la comida. Está embarrado de cemento en los pantalones y huele muy fuerte a sudor. Mamá, que es muy comprensiva, no dice nada. Está acostumbrada a verlo y olerlo así.
A mí me da asco. El sábado prepara mi uniforme de los astilleros, porque a las 5 tenemos un partido amistoso con los campestres en la Liga de los Veteranos, en el Estadio Olímpico de Saltillo. Por si quieres venir. El equipo de fútbol de los astilleros representa a nuestro vecindario, y los campestres son los enemigos naturales de los astilleros, de un barrio más céntrico de la ciudad.
Papá es amante del fútbol, fiel seguidor de Maradona, el Puma Borja y de todos los de su generación. Americanista de corazón, tiene un par de trofeos en el estante de la sala que ganó cuando era joven. Actualmente, cada vez que puede juega con su equipo, que 20 años atrás lo dejó exhausto. Aunque, al menos en la Liga de Veteranos, lo único que suelen ganar son reumas en las piernas. Me alegra que retomen el equipo y hagas deporte, dice mamá, que está sirviendo la comida. Otra vez esas mayas.
Aunque parecen las mismas, no lo son. Estas también son blancas, le marcan su culo, sus piernas bonitas, incluso la raya que parte sus nalgas, pero tienen textura. Buena falta que te hace, Lorenzo, que ya las cervezas te han hecho una buena barriga, comenta mamá. Papá tiene mi estatura, pero está gordo, a diferencia de mi delgadez.
Su cara de pocos amigos me hace preguntar qué mierdas le dio mamá cuando lo conoció, siendo ella más de 10 años menor que él y con esa cara tan bonita y esos hojas azul bosque. Ya vas a empezar, sujei. Esta panza es de felicidad, ríe mi padre, mordiendo trozos de carne de pollo. Es que en la calle comes cualquier cosa, lo reprende mamá, que se sienta en la pequeña mesa y comienza a partir su carne con elegancia. Miro sus labios, gruesos y rosados, y los imagino chupando mi pene.
Además, me extraña que hoy te hayas dignado a venir a comer, Lorenzo. Luego compro carne de más y solo comemos tus hijos y yo, y después tú no quieres comerte tu porción porque no te gustan los guisos del día anterior. Lucy ríe como una tonta. Mi hermana es muy bonita. Heredó la belleza de mi madre e incluso el tono de su voz.
Solo espero que cuando sea mayor también herede sus pechos y su culo. De momento, es muy menuda, aunque parece una muñequita de estantería, con sus mejillas rojas, sus ojitos azules y su boquita mullida. El color de su pelo es más dorado que el de mamá, lo que la hace verse muy tierna. Si tan solo fuera menos odiosa, Luciana, o Lucy, como le decimos todos, sería perfecta.
Bueno, mujer, tú siempre echandome bronca. Vine hoy porque me tocó hacer un pedido en la ferretería de Don Paco y me quedó la casa de pasada, se justifica papá. No es bronca, solo digo lo que es. En adelante, quiero que me avises cuando vayas a venir a comer, para no esmerarme en hacer tus platillos favoritos y así comprar menos carne. Sí, sí, mi querida Suhei, sí, papá le da el avionazo. Por lo pronto, alístame mi uniforme para el sábado y prepárate por si quieres venir.
Mamá medio sonríe. Me gusta cuando sonríe. Su hermosa carita se ilumina. El azul de su iris brilla más y sus mejillas se ponen coloradas. Mi madre es demasiado hermosa para pensarla simplemente como mi madre. No puedo, cariño, se excusa mamá. El sábado voy a entregar 150 pastelitos de chocolate y unos postres con relleno de nutella para una fiesta infantil.
A mí no me hagas responsable si matas a alguien por tanta glucosa,¿eh?¿Su hey? Le dice mi padre en tono de burla, mientras sigue comiendo como un glotón. Cállate, gruñón, que ahora te preocupa el azúcar de mis postres cuando tú te la pasas comiendo porquerías en la calle. Pues tienes que saber que todas mis recetas son sanas y libres de gluten. Bla, bla, bla, se queja papá. Mamá me mira y los dos nos reímos. Me encanta nuestra complicidad.
Regaña a tu hija, Lorenzo, le dice mi madre minutos después, justo cuando está sentada frente a mí, con su blusita blanca que marca su brasier, que ha estado haciendo la dieta Keto y esta mañana por poco se desmaya. ¿Qué dieta es esa? Pregunta papá. Es una dieta cetogénica basada en consumir lo mínimo de carbohidratos. ¿Y eso es malo? Por supuesto que es malo, Lorenzo. Luciana no tiene edad para esas cosas.
Está en pleno desarrollo. Su cuerpo se sigue formando. Está más flaca que un palo de escoba, pero seguro algún obiecillo le dijo que se veía gorda y ya hasta anoréxica se nos va a volver. Lucy le lanza un gesto de desprecio a mamá, y yo le doy un codazo, aprovechando que la tengo a mi derecha.¿Cómo que noviecillo? Se escandaliza papá, incrédulo de que su niña consentida ande de calenturienta.
Mamá da un golpe en la mesa para atraer la atención de todos y dice. Estamos hablando de su mala alimentación, Lorenzo, no de noviecillo. Ni caso le hagas, papi, responde mi rebelde hermanita, que ya tiene sus 16 años, que su jey también lo ha hecho antes. ¿Ha hecho qué cosa? Pregunta papá, más pasmado que antes, tener noviecillos. Mamá tuerce los ojos. Lo de la dieta Keto, papá. Su hei la ha hecho antes, yo la he visto, dice Lucy. Me están volviendo loco las dos. exclama papa.
Mejor nos callamos todos y nos ponemos a comer, sentencia mamá. Yo me encargaré de que esta loquita termine con la tontería esa de que está gorda, y lo del noviecillo lo hablamos después. Y tú, Lucy, no me llames su hey, que todavía soy tu madre. Ah. Se queja mi hermana. Y sin rechistar, la conmina mamá. Comamos tranquilos todos, que al pobre de mi niño guapo no lo dejamos comer en paz.
Mamá se levanta, se pone detrás de mí, coloca sus pechos casi en mi cara y se agacha para darme un beso. Menos mal que estoy sentado y nadie ha advertido el bulto que me ha crecido en el pantalón. Mi padre observa los cariños que mamá me prodiga y bufa.¿Entonces me preparas el uniforme de los astilleros, su hey? Pregunta cuando mamá vuelve a su sitio. Le sonrío desde lejos y le mando un beso. Ella me lo devuelve como si fuera una novia que quiere complacer a su novio.
O tal vez solo se comporta como una madre que quiere a su hijo, y yo ando viendo cosas que no son. Sí, hombre, sí. Lo que no voy a poder es acompañarte. Te digo que tengo mucho que hacer el sábado. Yo te ayudo a decorar los pastelitos, ma, ofrezco mi ayuda a mi sensual progenitora, hablando por primera vez. Papá Rafunfuña, da un golpazo en la mesa y me mira furioso.
Tú, en lugar de acompañarme al partido, Tito, prefieres quedarte decorando pastelitos con mamá. Eso no es de hombres, cabrón, a ver si de pronto te me vas a volver maricón. Lorenzo, por Dios, deja al niño en paz, le reprocha mamá, furiosa. Lucy se burla de mí. Al menos alguien se preocupa por ayudarme en esta casa. Tito es hombre, su jei, no debe estar metido en la cocina haciendo pastelito. Ya de por sí me he llevado la decepción de que a mi único hijo varón no le gusta el fútbol.
Y ahora tengo que cargar con la cruz de que prefiera decorar pastelitos con su madre en lugar de acompañar a su padre a verlo jugar en un deporte de hombre. Bufo. Cada vez que se pone en ese plan me fastidia. Tomo la palabra y digo: prefiero quedarme a ayudar a mamá, ya que Lucy los sábados se larga con sus amiguitas en lugar de colaborarle. A mí no me metas en tus asuntos, amargado, me refunfuña mi hermana, lanzándome miradas furiosas desde sus ojos azules.
Si quieres ayudarle a su jey con los pastelitos, allá tú. Yo prefiero irme con mis amigas a un café. Como quieras, mi amor, le dice papá a su niña. ¿Por qué a ella no la obligas a que te acompañe a ver el fútbol y conmigo te pones tan intenso, papá? Me quejo ante las injusticias de su quehacer como padre. Porque ella es mujercita, y es normal que prefiera salir con sus amigas a tomar el té que venir conmigo.
En cambio, se supone que tú eres el hombre, y deberían gustarte las cosas más, varoniles, no eso de decorar pastelitos con mamá. Ningún se supone, me defiendo. Soy hombre, un hombre al que le gusta poder ayudar a mamá, aunque eso implique decorar pastelito. Dicho esto, me levanto y me marcho de la mesa. Cuando papá se pone así, en plan vamos a humillar a Tito, no hay quien lo aguante. Ven acá, pinche muchacho, me grita.
Lo dejas en paz, Lorenzo, me defiende mamá. Ya estarás contento. Comienzas a decirle cosas al niño y no lo dejas comer en paz. Ningún niño, que ese cabrón huevudo ya es todo un hombrecito. Pero síguelo teniendo entre tus faldas, y al rato, en lugar de ayudarme a mí en la construcción, terminará poniéndose tus bragas. Lo hice, caray, y de nuevo siento fuego en el cuerpo.
Hice como que me salía y como que iba a las clases de guitarra con el tío Fran. Me hice el idiota durante 15 o 20 minutos y luego volví a casa con el corazón martillándome fuerte. Entre sigiloso, mucho más sigiloso que la primera vez, cuando incluso azoté la puerta al cerrarla. Es curioso que ahora estuviera tan nervioso y mis movimientos fueran tan cautos, siendo que la primera ocasión, ni con todo mi escándalo, mi madre advirtió mi presencia. Oh, sí.
Claro que no. Me lo habría reclamado. Con tanto silencio, oí la regadera desde el vestíbulo. Se estaba bañando, y tan solo saberlo hizo que mi polla se endureciera. Ascendí escalón por escalón hasta llegar al pasillo que, gracias a Dios, estaba semioscuro, lo que tomé como una señal a mi favor al considerar que no me vería desde adentro. El punto extra de mi buena fortuna lo encontré cuando escuché música procedente del baño con un volumen moderado.
Esta vez podría camuflar mis sonidos, en caso de cualquier cosa. La otra vez no había música, pero me convenía que esta vez sí la hubiera. El sudor en mi frente hizo de las suyas mientras mi mano empuñaba la perilla de la puerta y tardaba en decidir girarla. Estaba nerviosísimo. Si las gotas de la regadera se escuchaban caer sobre el piso, era porque ahora no estaba dentro de la tina. Lo deduje, y el corazón se me aceleró.
Cuando di la vuelta completa a la perilla, mi mano me temblaba. Apenas fue necesario entreabrir un poco para encontrarme con un espectáculo para mis ojos. No teníamos mampara que dividiera el área de la ducha con el inodoro, sino una cortina de plástico que, estoy seguro, Nadie corría para ducharse porque teníamos la costumbre de que cuando alguien se duchaba en el baño de arriba, íbamos al de abajo para hacer nuestras necesidades.
Nunca nos permitíamos estar dos personas en el baño al mismo tiempo. Entre otros motivos, porque era muy incómodo. Por eso la pude ver completa, desnuda de pies a cabeza, como un espejismo maravilloso a través del vapor que desprendía el agua caliente que caía sobre el hermoso cuerpo de mamá. Ella miraba hacia la pequeña ventana vertical que estaba en la parte superior de la ducha, que proveía de luz natural durante el día, y por eso estaba de espaldas, con el culo apuntando hacia mí.
En esa posición tan espectacular para mis ojos, las redondas nalgas de mi madre se me ofrecieron como un cóctel a un mendigo muerto de hambre. Su voluptuosidad me dejó aterido y perplejo. La polla se me hinchó dentro de mis pantalones y se puso tan tiesa que me provocó dolor. Eran más grandes, abundantes y firmes de lo que creía, y para su edad estaba más que perfecta.
Apenas pude contener un gemido cuando vi la maravillosa escena de los chorros de agua que salían de la regadera escurriéndose entre sus curvaturas, poniéndome como una moto. No puedo explicar la candente sensación de mi corazón retumbando dentro de mi pecho mientras veía ese gran espectáculo. Ella se movía mientras se enjabonaba y su enorme cola vibraba por lo alto. El agua la mojaba toda, la abundante espuma se juntaba entre sus pies. Mi miembro comenzó a trepidar.
Su pelo se pegaba en la espalda y apenas se puso de perfil, quedando de forma lateral, medio de frente, aparecieron delante de mi susturgente seno. Como la última vez, esos gordos pechos parecían flotar en el aire. Los pezones de pronto estaban cubiertos por espuma, pero luego quedaron desnudos cuando el agua los descubrió.
No pude creer lo bonitos y grandes que eran. A mi edad, apenas he estado con tres chicas en la intimidad, pues soy un poco tímido, dos de mi edad, y la tercera me ganaba por cinco años. Pero ninguna tenía las proporciones de mi madre.¿Qué teta? ¡Qué culo!¡Qué piernas tan duras y firmes para soportar semejante cuerpo! Mamá tiene 43 años, una mil fecha y derecha, y aún así, las curvas de su cuerpo, cuyo mérito se lo debe a la zumba, son mucho más definidas que las de una chica de mi edad.
Es que no hay quien le llegue ni quien se le parezca. Será que me falta mundo, pero yo no he visto nunca, en persona, unas tetas y un culo como ese. Encima, la música de una tallidez Marcas hacía juego con la escena que yo miraba. Acariciame. Con manos locas enloqueceme. Con uñas y sonrisas, ámame. El agua caía sobre su cuerpo desnudo, y sus gordas nalgas rebotaban en cada uno de sus movimientos mientras se enjabonaba. Acariciame. Y ahógame en tus brazos.
Cuídame. Y mátame despacio. Metió sus deditos en su entrepierna y comenzó a gemir. Acariciame. Tan suave como el aire, amor. Tan fuerte como el huracán. Tembló de gozo, de estupor, de ardiente placer. Domíname como un amante. Despacio, constante. La forma en que se estiró los pezones después, en que sus dedos se escondieron en su entrepierna, y los gemidos que la canción pretendía ocultar, me volvieron loco.
Escuché la letra de nuevo y me dije que no era normal que se acariciara a sí misma oyendo eso. Era como si estuviera ilusionada, enamorada.¿Mamá tenía un amante? Pero en dónde Como la última vez, hice algunas grabaciones de fotos y videos, y ahora me aseguré de que los videos duraran más. Cuando ella lanzó un prolongado gemido que me recordó a las putas de los videos porno, terminé con mi pene nadando en mi propio semen.
Perturbado, mareado y caliente, escapé de casa y me puse a dar vueltas por la manzana como la última vez. Ahora casi es la medianoche. Todos deben estar dormidos. Mi calentura es tan abrazadora que he tenido que meterme a la ducha. Aun cuando mi intención es relajarme, creo que me altero más. Las braguitas negras de mamá están allí, colgadas en las llaves que controlan el agua de la regadera. Me estremezco y me agito. No recuerdo que las hubiera dejado colgadas antes.
¿Es porque sabía que yo me metería a duchar?¿Las había dejado para mí? Imposible. Mi locura me está llevando a deducir estupidez. Pero ya no importa. Lo que importa es lo que veo. Son negras, con encajes, minúsculas, e imaginar esa diminuta prenda colocada en su gordo culo me pone mal. Pongo las bragas en mi nariz y me doy cuenta de que huelen a su sexo, huelen a su humedad.
Tienen un pegote que delata su centro. Ella se ha estado mojando durante el día pensando en no sé qué o no sé quién, y me pregunto de nuevo si tiene un amante. No puede ser verdad. ¿Por qué otro motivo se podría mojar una mujer de 43 años cuando tiene una actividad sexual nula con su marido?¿Qué cosa lleva a una mujer madura a tocarse en la ducha cuando piensa que no hay nadie en casa? Yo no sé. No quiero pensar que otro hombre se la esté beneficiando. No sé si lo soportaría. Pero entonces.
De momento, no me importa. Sólo me importan sus braguitas, pequeñas para el tamaño de su culo. Y paso mi lengua en el centro de la tela, donde antes estuvo restregada contra su vagina mojada. Lamo la mancha y siento el sabor a hembra. A madre cachonda. A madre con incontinencia sexual. Luego las pongo en mi nariz y las aspiro. Así que así huele una madre.¡Qué delicia, joder, qué puta delicia es tragarme ese aroma a mujer cachonda!
Y oliéndolas me saco el miembro y me lo masturbo. Aprieto fuerte el tallo con mis dedos. Estoy muy duro. Muy cachondo. Y duro como una piedra. Pensando en que ese aroma que desprenden sus braguitas negras es lo que sería tener mi nariz y mi boca en su jugosa vagina, me corro. Y lo hago justo a tiempo para que mi corrida se contenga entre los encajes de la ropa interior de mamá.
Termino agitado, casi mareado. No puede ser posible tanta obscenidad de mi parte, tanta locura. Mi mente tan enferma. Pero todo está hecho. He visto a mi madre en cueros, con sus pechos y culo al aire. Y ahora me he vuelto a masturbar y me he corrido sobre sus bragas, que quedan manchadas de pegotes blanquecinos. Espero a relajarme para meterme a bañar. Después haré con las braguitas lo que hice con mi boxer la última vez, en jugarlas para que no quede rastro de mi corrida.
Pero entonces respiro, cierro los ojos, y mientras limpio mi polla con las braguitas de mamá, ocurre lo imprevisto, algo terriblemente escalofriante. Alguien ha abierto la puerta del baño, y yo me he quedado con el alma en un hilo. Miro hacia la entrada y, sorprendido y muerto de vergüenza, la veo, y ella me ve. Y todo es una puta locura, de la cual no sé cómo saldré. Dios Santo. Dice mamá, llevándose las manos a la cara.
Y lo que mi madre ve dentro del baño debe ser lo más monstruoso con lo que una madre puede encontrarse, la verga de su hijo parada, y sus braguitas negras enrolladas a la altura de su glande, y lo peor. Empapadas de semen. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
