SEDUCIENDO A MAMÁ - PARTE 1 (Relato Erótico) - podcast episode cover

SEDUCIENDO A MAMÁ - PARTE 1 (Relato Erótico)

Apr 16, 202532 min
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Summary

Este relato erótico sigue a Tito, un joven universitario cuya vida se trastorna al presenciar a su madre masturbándose. La experiencia lo sumerge en un torbellino de emociones conflictivas, desde la excitación y la culpa hasta la vergüenza y el miedo, mientras lucha por reconciliar la imagen de su madre amorosa con la mujer sensual que acaba de descubrir, culminando en un tenso encuentro y un final ambiguo.

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Transcript

Un Día Anormal y Mi Vida

Lleva tua immaginazione a un altro livello. calientes. Hoy presentamos. Seduciendo a mamá, parte 1. Todo es normal, todo, incluso que los gatos parezcan hablar mientras maullan, que a veces haga frío en verano o que caigan torrentes en primavera. Que tu novia te engañe con tu mejor amigo o que no apruebes las materias de la facultad, aunque siempre tengas excelentes notas en los exámenes.

Todo es normal, todo, excepto excitarte al ver a tu madre desnuda mientras se masturba con el mango de un utensilio de cocina. Joder. Sucedió hace poco, apenas dos horas atrás, y no lo he podido digerir. Me siento excitado. Me siento culpable. Me siento bien. Me siento mal. Todo es tan raro, tan perverso y tan extraño. No puedo dejar de masturbarme desde entonces. No puedo olvidar su cara deliciosa ni lo que hacía con esa cosa que tenía en sus manos.

Mi nombre es Tito, bueno, Ernesto, pero me dicen Tito por el diminutivo de Ernestito. Tengo 19 años y estudio arquitectura en la Universidad de Saltillo, más para satisfacer los deseos frustrados de mi padre, que se conforma trabajando como constructor, que por mi propio placer. Por las tardes de los martes y los jueves, cuando me queda tiempo, suelo ir a clases de guitarra en un taller de música que ofrece mi tío Frár, hermano menor de mi papá, para pasar el rato.

Pero hoy, sin avisarnos siquiera, el irresponsable de nuestro profesor decidió no presentarse. No suelo salir con amigos, pues los pocos que tenía los dejé de frecuentar cuando me ocultaron que mi exnovia, Liliana, se estaba acostando con Julián, quien se suponía era otro de mis amigos. Todos sabían sobre la relación adúltera que llevaban a mis espaldas, menos yo, que, como siempre, el cornudo es el último en enterarse.

Lo peor es que fui la burla durante los últimos tres meses en mi círculo de amistades, paseándome con mis cuernos por todo el vecindario, y yo sin saberlo. No. Gente hipócrita y de doble cara no quiero en mi vida. Mejor estar solo que mal acompañado.

El Descubrimiento Impensado en el Baño

Prefiero refugiarme en la facultad, leer libros de fantasía, ver porno de asiáticas o MILFs, asistir a mis clases de guitarra o incluso ayudar a decorar los postres que hace Suhei, mi hermosísima mamá. Como dije, hoy mi flamante tío no fue al taller de guitarra, que se lleva a cabo en un pequeño centro comunitario del barrio con usos múltiples. Como está a 20 minutos de mi casa, no hace falta pedirle el coche a mi papá o trasladarme en bicicleta para llegar.

A veces me gusta caminar y contemplar las montañas de la Sierra Madre Oriental que rodean la ciudad de Saltillo, donde vivo. Caminé despacio para evitar llegar pronto a casa, pues llegar significaba retomar un proyecto pendiente con el profesor Moncayo, que debía entregar antes del fin del semestre. Levanté dos o tres bolsas de frituras que encontré en la acera, puta gente cochina, y me las guardé en la mochila justo cuando llegué a casa.

Desalentado, tiré la guitarra en el sofá, cerré la puerta de un puntapié y me dirigí a orinar al baño del segundo piso, que, para colmo, queda frente a mi cuarto. Lo que no preví fue que al abrir la puerta me encontraría con una imagen de lo más dantesca. Lo normal habría sido que, al entrar al baño y ver a mi madre en latina, desnuda, con las piernas abiertas y haciendo no sé qué, me diera la vuelta y me fuera de ahí, no quedarme como idiota viendo esa imagen tan procar.

Mierda. Con un suspiro seco, entrecerré la puerta de inmediato y me quedé observando por la rendija. Mi mamá ni siquiera se dio cuenta de que había abierto la puerta. Estaba tan concentrada que tampoco escuchó mi fuerte suspiro. Dos enormes pechos sonrosados flotaban sobre el agua de la tina como globos de carne recién hinchados. La espuma apenas cubría la mitad de sus areolas y la punta de sus endurecidos pezones.

Sus pequeños y ovalados talones estaban levantados, apoyados en los bordes de la tina, formando una V. Esa posición obscena me dejó helado momentáneamente.

La Doble Cara de Mamá

Dios Santo. Mi mamá es la mujer más hermosa que puedan imaginar. También la más discreta, amable y angelical. Por eso me quedé en shock con lo que vi. Nunca había notado que fuera tan seca. tan demencialmente sexy Sus ojos son grandes, tiernos, entre verde y azul, y su cabello cenizo, tirando a rubio, color que suele acentuar cada dos meses con su amiga Denise, le llega justo a la altura de su pecho.

Sus labios son gruesos, como almohadillas suaves, y del mismo color que sus pezones, ahora lo sé, son rosados. Su rostro es delgado pero ovalado. Su mirada es dulce, discreta, cautelosa. De semblante ingenuo, nada malicioso, siempre irradiando buena vibra. Por eso quede aturdido con ese gesto tan prosaico y lujurioso. Mordiéndose los labios, bufando de placer, sumergida en un deseo insaciable. ¿Pero qué es esto? Esa no parecía mi madre, aunque lo fuera.

Esa mujer en latina, de semblante lujurioso, con los pechos al aire y las piernas abiertas, no era la misma que me consentía todos los días, la que iba a misa los domingos. Asistía a sus reuniones bíblicas dos veces por semana y se desvivía por atender a mi padre y ser ejemplo de rectitud para mi hermana menor. No, no era ella, aunque lo fuera. En serio estoy aturdido, impresionado. Mamá, grité en mi mente confundida.

Vi movimientos estudiados de sus manos, ocultas bajo el agua a la altura de su entrepierna. Iban hacia abajo y hacia arriba, o lo que es lo mismo, de adentro hacia afuera. Hiperventilaba. Su voz era suave pero desesperada. Sus ojos grandes, entrecerrados. Su cara de viciosa contrastaba con su antigua mirada maternal. El detalle de su boca entreabierta, emitiendo jadeos insistentes, le confería un dejo de perversidad a la escena.

Sus pezones grandes y erectos parecían duros. La tina desbordándose por sus movimientos indecoros. El agua escapaba, ella estaba húmeda, toda. Ayahadeaba. El aire se me fue ante lo que presenciaba. Luego puse atención para distinguir qué era eso que mi mamá había sacado del agua a la altura de su entrepierna y me llevé una sorpresa violenta.

Era el mango de un utensilio de cocina, con un forro que, obviamente, mi mamá había comprado para no hacerse daño durante su masturbación. Lo había comprado solo para darse placer. Dudo que con mi papá usé en condona estas alturas. Es más, dudo que tengan relaciones. Deduje que si mi mamá se autocomplace es porque su relación sexual con él se ha extinguido.

El Secreto del Mango y Mi Deseo

Quizá los años apagaron la llama del deseo, la monotonía. Los 54 años de mi padre, su mal genio o la panza chelera que le cuelga cualquier cosa. Puede ser cualquier cosa. El caso es que mi mamá estaba ganosa, ansiosa de sexo. Ambicionaba tocarse. Volverse a sentir mujer. Ella jadeaba, el agua chapoteaba. El piso estaba mojado, como debía estar su sexo. Yo estaba nervioso, impresionado.

No pude ver directamente, porque estaba bajo el agua, pero no pude evitar imaginar cómo era su vagina, aún cerrada, porque a Lucy y a mí nos parió por cesárea, una cesárea vertical que casi no se nota. Le he oído decir a sus amigas una cesárea que al menos de allá abajito me mantiene virgen a mis 44 años. 44 años bien llevados. Y ella está mejor que nunca. Recordé esos comentarios e imaginé su vagina del color de sus labios rosados.

Sus labios mayores hinchados, igual de gruesos que los de su boca. En ese momento, tal vez enrojecidos por los constantes vaivenes de su masturbación. Por los roces del mango cubierto con el condón. El mango del rodillo con el que aplana la masa de sus postres. Y ella se masturbaba con él, solo el mango, que tampoco es tan grueso ni tan largo. Y ella se conformaba. Ella se tocaba.

Dios, mamá, como me has puesto, pensaba mientras me sobaba el paquete frenéticamente. Tal vez su clítoris estaba hinchado, sensible, y ella lo estimulaba con sus dedos libres. No lo sé, no lo podía ver, pero con sólo observar su gesto lujurioso, podía imaginarla, con sus dedos aferrados al rodillo, clavándose el mango dentro de su sexo empapado. El condón friccionando su interior mojado, ya abierto por tantas embestidas.

Ella gimiendo, rogando en silencio que el utensilio masturbatorio fuese de carne flexible que pudiera adecuarse al interior de su coño. Un coño abandonado por el insensible de mi padre. Su voz, lo mejor de todo, es su voz, tan dulce, tan maternal, tan inocente y, a la vez, tan obscena. Gemidos dulces, fácilmente confundibles con el oscilar del agua en Latina.

Quizás luego introdujo en su intimidad dos dedos, tal vez tres, junto con el rodillo, dejando el agujero más abierto, más pegajoso, más mojado por el agua.

El Clímax Secreto y Mi Huida

Sus gemidos se intensificaron. Jesús, exclamó ella. El agua oscilaba mientras ella se movía en cadentes vaivenes. Una sirena masturbándose en la bañera. Su coño seguía invadido por el mango del rodillo. Sus ojos verde azul permanecían cerrados. Su pelo rubio cenizo se pegaba a su cara. Su boquita entreabierta, con la lengua asomando. El jabón rodeaba el contorno de sus gordas mamas y sus pezones se movían libres, gloriosos, gorditos y duros, a simple vista.

Oh, mamá, digo ahora mismo mientras aprieto mi mano en mi tronco y jalo el cuero arriba y abajo, sintiendo una presión en el pecho y un calambre en los testículos, recordando lo que vi hace rato. La imagen de una madre cachonda, libidinosa, ansiosa de polla, me pone más duro que antes. Con el carácter de papá y su conducta intachable, no me extraña que mamá no tenga un consolador en casa, teniéndose que conformar con ese utensilio de madera.

Ni siquiera me la puedo imaginar yendo a comprarse un falo de goma después de ver sus telenovelas, después de hornear los postres que hace bajo pedido, o después de ir a sus reuniones de la iglesia con sus amigas anturrona. Después de dar sus clases de Zumba. Porque también baila, y ese detalle a papá le gusta menos. Dice que mamá no puede ser una santurrona que va los viernes al taller de Biblia y el resto de los días se la pasa bailando esas canciones obscenas de niña surgida.

En realidad, nunca la he visto bailar esas canciones de niña surgida. Bueno, sí, pero cuando era más niño. Ahora que soy mayor, no. De hecho, ahora que lo pienso, no había reparado en lo mucho que me gusta mi madre, en lo increíblemente bien que está. En que sus pechos cuelgan como melones de carne, pero no por la edad, sino por lo pesados y carnosos que son. Mi madre sigue en mis ojos, aunque los tenga cerrados.

Su gesto distorsionado por los calambres de su vagina que anuncian el orgasmo. Sus piernas temblando cuando las hormonas se disparan, cuando explota, cuando se corre. Y un largo uhún que me trastorna. Ahora me masturbo, pero también me masturbé hace rato, detrás de la puerta, viendo a través de la rendija. Incluso tuve los huevos de grabarla. Y tras un prolongado jousi, ella se corrió.

El alma se me fue al culo cuando el orgasmo la hizo explotar y gritar de placer. Ella se agarró los pezones y los jaló. Jadeó, sabiéndose sola en casa, jadeó con un grito que me pareció bastante sexy y vulgar. Se estremeció en el agua. Parecía que se estaba electrocutando. Sus piernitas temblaron. Pronto, muslos y talones cayeron al interior de la tina y sus grandes pechos rebotaron sobre el agua.

Me corrí en los pantalones solo de oírla, de verla, de sentirla sin sentirla. Además, gemí de gusto, de gozo, de adrenalina. Fue un gemido odible. Apenas pude cerrar la puerta cuando mamá exclamó, con un jadeo nervioso: Lucy, Lorenzo, Tito. Maldición.

La Vergüenza y la Culpa

Lucy es mi hermana, Lorenzo es papá, y Tito soy yo. ¿Quién anda allí? Preguntó, como en las películas de terror, luego de oír ruidos extraños por la casa. No podía decirle que era yo. No podía descubrirme. No sabría cómo explicarle que me había corrido en los pantalones mientras me masajeaba mi pene por fuera, viéndola masturbarse. Viéndola desnuda.

Viendo cómo sus pechos flotaban como globos de carne sobre la espuma y el agua de la tina. Que verla así me la había puesto dura. Que me había excitado. Que todo mi cuerpo se había calentado. Que, en un arranque de irreverencia, saqué mi celular y le tomé dos videos cortos y cuatro o cinco fotos, la mayoría borrosas por los nervios de no enfocar bien. Y por eso me di la media vuelta, bajé por las escaleras, agarré la funda de mi guitarra y corrí a la calle, huyendo como un cobarde.

Apenas con aliento, di varias vueltas a la manzana, agitado, suspirando nervioso. Ni siquiera recuerdo si cerré la puerta de la entrada o la dejé abierta. Ya no me importa. Lo que importa es la sensación de asco que me doy, por haber violado su intimidad, por haberme excitado mirándola a tocarse, encajándose ese mango en la vagina. Por haberme manchado los pantalones de semen como consecuencia de haberme calentado con mi propia madre.

Yo no puedo juzgarla. Yo no puedo emitir ningún juicio sobre el por qué se masturba en el baño cuando nadie está en casa. Sus razones tendrá. Y papá tiene la culpa, eso sí lo puedo afirmar. Tuve que ponerme la guitarra por delante para disimular la mancha de mi corrida. Vaya estropicio. Y vaya vergüenza. Yo caminando como un imbécil por la calle, sintiendo el semen en mi boxer. Era incómodo y humillante.

Sobre todo era enfermizo. Me había corrido viendo a mi mamá desnuda. Y, por otro lado, ella también se masturbaba pensando en no sé quién. ¿Será que hay otro hombre aparte de papá? No, eso no. Eso nunca. No lo creo. Ella no es de esa. Continué caminando, asustado, impresionado, y esperando que mi hermana llegara primero a casa, después de sus clases de inglés, como solía hacer.

Agarré aire. Me faltaba el oxígeno. Me faltaba aire puro. Vi la hora y confirmé que ya había pasado un tiempo prudencial.

El Regreso a Casa y la Tensión

Luego, sin dudarlo mucho, me aparecí en mi domicilio. Una casita modesta de Infonavit, de esas que compras con dinero que te presta el gobierno, supuestamente con subsidios del Estado, pero que terminas pagando hasta la tercera edad, o la cuarta, si corres con suerte. Para que después sean otros los que las disfruten. Es de dos pisos, pero pequeña.

7 metros de frente y 20 de fondo. Paredes grises, aunque por las lluvias del verano, que esta vez comenzaron en mayo, ahora estamos a principios de junio, se han descolorido varias partes de la fachada. Tenemos estacionamiento, pero el único auto que tenemos, un jaris rojo del 2015, se queda afuera. Papá acondicionó la cochera para que sirviera como un pequeñísimo local de repostería donde mamá se entretiene.

En realidad, mamá solo hace postres bajo pedido, y cuando no pasan por ellos o hace demás, abre el local y los vende. Esta vez estaba cerrado. Ayer nos comimos los pastelillos de nata que sobraron del último pedido. Ya vine, dije con la boca seca al abrir la puerta. Lucy estaba cenando unos huevos revueltos con chorizo, a juzgar por el aroma, y porque desde el vestíbulo, que en realidad es la sala de estar, se ve la cocina al entrar.

Desde allí vi a mi hermana sentada en un comedor de cuatro sillas, de espaldas a mí. Mi cielo, la cena está lista, me dijo mamá como si nada. Como si no la hubiera encontrado masturbándose. Su voz dulce y maternal no coincide con los sonidos lujuriosos de hace rato. Me ducho y bajo, ma, le dije nervioso. Huevitos con chorizo, mi bebé, me preguntó. Yo sigo siendo para ella su bebé. A mis 18 años, sigo siendo su nene consentido. Me trata con mucho amor.

Un cariño que desborda cuando me mira. Dice que tuvo preeclampsia, ya no me acuerdo bien, y que le costó tenerme pegado en el vientre, que le subía la presión en exceso y que no podía con los calores. Que varias veces estuve a punto de salirme por el mismo sitio por donde ahora quería meterme, y que me dieron por muerto cuando nací, pero que al rato me oyó llorar y su felicidad fue inmensa.

A lo mejor por eso me quiere tanto, por lo mucho que batalló para tenerme. Mi hermana Lucy, que tiene 16, dice que soy su consentido, y que me quiere más que a ella. Lucy es físicamente como mamá, pero en versión insoportable y en miniatura. Mamá le dice lo que todas las madres, a los dos los quiero por igual, pero a veces pienso que sí me quiere más a mí. Noto su predilección. Aunque no sé, podría estar equivocado. El caso es que nuestra relación es especial.

Ella me abraza, acaricia mis mejillas y peina mi cabello con sus dedos con una devoción enternecedora. Yo suelo sobar sus bonitos pies, pues termina cansada después de tantas horas de estar de pie haciendo sus postres y, peor aún, por los días que le toca ir a las clases de zumba. Incluso le he llegado a pintar las uñas, por lo que mi papá me ha llegado a insinuar que soy un maricón.

Él no entiende la devoción que siento por mi madre. Mucho menos lo entendería ahora si le dijera cómo me siento después de lo que pasó. Siempre me han gustado las formas tan delicadas y pequeñas de sus pies y sus pantorrillas. Por eso me gusta acariciarla. Es que toda ella es hermosa. Una mujer preciosa y sensual. Mamá y yo nos tenemos confianza, creo. Ella conversa mucho conmigo. Me cuenta sus problemas y yo, a veces, los míos.

Claro que ni ella, ni papá, mucho menos la chismosa de mi hermana Lucy, supieron sobre lo que pasó con mi exnovia. Me daría mucha vergüenza decirles lo gilipollas que soy. De hecho, ellos ni siquiera saben que he tenido ya tres novias, pues prefiero evitar sermones y mejor presentarles a la chica con la que crea que sí voy a prosperar. Aunque bueno, el instinto de los hombres no es tan sabio como el de las mujeres. Por poco cometó la estupidez de presentarles a Liliana.

Mamá me defiende de los constantes regaños y sermones que me da mi padre, cuya consentida, como todo equilibrio, es Lucy, y además ella suele consentirme con todo, incluso cocinando mis comidas favoritas. De vez en cuando la encuentro echada en el sofá de la sala y recuesto mi cabeza en su regazo, y ella a veces acuesta la suya sobre mis piernas y se queda dormida.

Pero nunca tuve problema con ello, nunca antes tuve pensamientos raros sobre nada de lo que he descrito. Para mí todo era normal. Genuino.

Obsesión y Segunda Masturbación

Sano. Un amor filial sano entre madre e hijo. Pero ahora todo cambió. Ahora ya no sé qué pasará y me asusta que nada sea como antes. No después de haberla visto desnuda, en esa tina, con los senos al aire, hermosos, brillantes, y con el mango en la mano, masturbándose bajo las aguas. Joder. Entiendo que no puedo verla como mujer, porque ella es mi madre y yo su hijo. Pero ya no sé cómo enfrentarme a esto que se ha encendido de pronto en mi cabeza. Estoy como enloquecido.

Entonces, mi bebé, huevitos revueltos con chorizo o con jamón, insistió mi madre. Mejor con jamón, ma. No te entretengas tanto, mi niño, que estarán pronto en la mesa. Vale. Corrí directo a mi cuarto. No quería que ni Luciana ni mamá vieran la mancha en mi bragueta. Saqué un nuevo boxer, mi toalla con estampado de Harry Potter y fui al mismo baño donde había encontrado a mi madre de forma tan obscena.

Solo entrar, ver la bañera donde aún debían estar impregnados los flujos de su corrida, se me volvió a poner muy dura. Allí me masturbé otra vez, mirando uno de los videos de sus tetas al aire que apenas duraba 13 segundos. Y no me pude controlar. Eran sus jadeos tan candentes, sus movimientos tan eróticos. Su carita hermosa convertida en una lascivia absoluta, y sus pechos grandotes flotando en las aguas como si alguien se los hubiera inflado, lo que me hizo enloquecer.

¿Cómo puedes estar tan buena, mami, y ser eso, mi mami? Lo que habría dado por haber visto su vagina, aunque supuse que también era rosada como sus pezones y su boca. Me corría por botones, hasta casi quedar seco, agarré mucho aire y me volví a enjuagar. Lavé mi boxer sucio en el lavamanos para que mi madre no se encontrara con el semen seco cuando los lavara, me sequé, me vestí y, por fin, me presenté en la cocina.

El Cuerpo de Mamá Vuelve a Excitarme

Papá solía llegar los martes hasta las diez de la noche, pues se juntaba con sus amigos en el billar del barrio. Allí, en la cocina, encontré a mamá de espaldas, cortando trozos de bolillo para acompañar mi cena. Y mis ojos casi explotaron. Mamá estaba enfundada en unas mallas blancas de licra que le marcaban sus desmesuradas nalgas. ¿Cómo era posible que en tantos años nunca me hubiera percatado de ello, incluso cuando mis amigos me decían lo buenaza que estaba?

¿Por qué tuve que verla desnuda y en una situación tan comprometedora para que el diablo se me metiera y ahora todo en ella me pareciera tan lujurioso, prosaico y obsceno? Encima, las putas mallas le quedaban como un guante, y si tan solo hubiesen sido color carne, habría sido como verla desnuda. Para empeorarlo todo, con cada movimiento al cortar el pan, las vibraciones de sus impulsos llegaban a sus caderas y de allí pasaban a sus nalgas, que oscilaban en círculo.

Y mi pene se volvió a endurecer. Lo más monstruoso fue cuando vi que se le transparentaban unas bragas negras, cero combinación con el tono de las mallas, y que, por su color tan fuerte, traslucían hacia afuera. Mierda, mamá. Y a mamá no le importaba no haber encontrado unas bragas blancas que hicieran juego con sus mallas, no le importaba que sus bragas se le vieran a la perfección por las transparencias de la tela.

Que el centro de ella se estuviera siendo mordido por la raya de su culo. No le importaba verse tan provocativa porque, para ella, ese outfit no era provocativo. Encima, debía pensar que le valía un pepino como se vistiera si ahora estaba en su casa y sabía que nadie la iba a criticar, ni siquiera Lucy, que era una criticona en potencia.

Ella sabía que no tenía un hijo pervertido que, de unas horas para acá, no paraba de fantasear con ella y de ponerla en situaciones perversas donde ella era la protagonista. donde él era el que le metía su falo en lugar del mango del utensilio. Apenas probé bocado, y mamá se preocupó. No quise mirarla demasiado. Me daba vergüenza. Creí que si la miraba directamente a los ojos, descubriría que la había espiado como un vil pajillero.

Cuando les di las buenas noches a ella y a Lucy, me levanté y me fui. Mamá me alcanzó antes de que subiera las escaleras.¿Te vas sin darle el beso a mamá? Me detuve. Me volví hacia ella y traté de sonreír. Perdón, ma, en serio, perdón, no sé dónde tengo la cabeza. Su voluptuosa figura se acercó a mí. Con sus dedos acarició mis mejillas y, casi al instante, mi fa lo respingó.

De cerca, me di cuenta de que no llevaba sostén, que sus enormes pezones se le marcaban bajo la blusa blanca que llevaba, y que la luz directa de la lámpara del techo, que colgaba justo arriba de nosotros. Era la causante de que se transparentara la sombra de su pezón y su areola. Estás bien, hijo, me dijo ella, preocupada. Ni siquiera te terminaste el chocolate. Su Hey, tampoco se comió el postre, regáñalo, me denunció mi hermana, gritando desde la mesa.

Sí, Lucy llamaba a mamá por su nombre, su hey. Tú dedícate a tus asuntos, niña, y por enésima vez te digo que no me llames su jey, que todavía soy tu madre. Mi hermana se puso a reír, y yo tragué saliva ante la imponente presencia de mi madre. Ella me dedicó una mirada maternal, pero yo solo podía recordar su gesto de zorra mientras se masturbaba.¿Cómo podía tener una mente tan enferma y pensar eso de mi progenitora, por Dios? ¿Cómo podía cambiar tanto ella, de una situación a otra?

La que tenía delante era la amorosa madre de siempre, pero entonces miraba sus tetas, sus pezones marcados, las mallas que comprimían sus piernas anchas y sus grandes nalgas. Y recordaba a la otra mujer obscena que había visto en la tina del baño.

El Abrazo Final y Su Sonrisa

Sí, ma, le dije nervioso, haciendo todo lo posible para que no me descubriera mirándole sus pesadas mamas. Estoy bien. Te amo, mi bebé, me dijo. Yo también te amo, mamá. No esperé que me abrazara esa noche, aunque siempre me abraza y me besa antes de irme a dormir, como si fuera su bebé. Lo extraño y vergonzoso a la vez fue que se me parara la polla justo cuando sus grandes pechos se pegaron a mi cuerpo, al grado de sentir sus duros pezones que mandóme la piel.¿Por qué estaban duros?

Y, encima, el fresco aroma de su pelo filtrándose por mi nariz no me ayudó en nada. Fue todo una convergencia de sus sesos, sus tetas estrujándose contra mi pecho, mi madre era alta, medía 1.73 de altura, y yo apenas 4 centímetros más, por eso estábamos casi al mismo nivel. Sus manos rodeándome la espalda y acariciándomela con sus largas uñas.

Su boca húmeda pegada a mi cuello. Su pelo rubio cosquilleándome la nariz. Mis manos posadas en la parte baja de su espalda, sabiendo que un movimiento más abajo le tocaría las nalgas. Y ella dijo un ups cuando sintió mi polla endurecida rozando su entrepierna, seguido de un lo siento, de mi parte, muerto de pena, cuando intenté echarme hacia atrás y disculparme por mi erección.

Pero lo que me dejó más confundido fue su extraña sonrisa, su besito en mi mejilla y su respuesta final. Tranquilo, mi bebé, esto suele pasar. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.

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