Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Motivación educativa, parte 1.
Mi vida no ha
sido fácil, pero¿ cuál lo es? A mis 45 años, he aprendido que las cosas no siempre salen como uno las planea. Hace ya una década que perdí a mi marido en aquel maldito accidente en la fábrica. Fue un golpe del que creí que no me recuperaría, pero aquí estoy, de pie, cosiendo no sólo vestidos, sino también los pedazos rotos de mi vida. La indemnización que recibí nos mantuvo a flote a mi hijo Arturo y a mí. No es que vivamos con lujos, pero tenemos lo necesario. Mi verdadero sostén,
sin embargo, ha sido mi máquina de coser. Con ella, he logrado convertir mi pasión en un pequeño negocio que me da algo más que ingresos extras, me da un propósito. Las vecinas me recomiendan mucho, y eso me llena de orgullo. Siempre salen con sus prendas deseando estrenarlas y llamándome de elogios. Y yo sonrío, porque en cada puntada hay un poco de mí, de mi historia, de mi lucha. Pero no todo es tan sencillo. Arturo, mi hijo, tiene 18 años y
parece haberse quedado atrapado en una especie de niebla. No logró entrar a la universidad por sus bajas calificaciones y aunque trato de no culparme, no puedo evitar pensar que quizás todo habría sido diferente si su padre estuviera aquí. Lo entiendo, de verdad que lo entiendo. La falta de un padre deja un vacío que no se llena fácilmente. Pero también sé que Arturo ya es mayor y que tiene que aprender que la vida no espera a nadie. A veces, cuando lo veo perdido en sus pensamientos, me
pregunto si he hecho lo suficiente por él. Si le he dado las herramientas para enfrentar el mundo. Pero luego recuerdo que yo también tuve que aprender a caminar sola y que tal vez es su turno de encontrar su propio camino. Este es mi mundo ahora, un apartamento modesto, una máquina de coser que no para y un hijo al que quiero con toda mi alma, pero que necesita despertar. Y este mundo estaba a punto de
saltar por los aires. Capítulo 1 La mañana comenzó como
cualquier otra. Yo terminaba un vestido que una clienta necesitaría para esa tarde. Pasó la mañana y Arturo aún no había salido de su cuarto y el sonido de los videojuegos se filtraba por la puerta cerrada. Suspiré. Era casi mediodía y allí seguía, encerrado, como si el mundo exterior no existiera. Arturo, llamé, golpeando suavemente la puerta.¿ Vas a quedarte ahí todo el día? Ya voy, mamá, respondió desde dentro. con esa voz cansada que usaba cada vez que intentaba
hablar con él sobre su futuro. No ya voy, Arturo. Sal de ahí y hablamos. Necesitas organizarte. El tiempo no se detiene y no puedes seguir posponiendo todo. La puerta se abrió lentamente y apareció él, despeinado y con los ojos medio cerrados, como si acabara de despertar de un sueño profundo. Mamá, ya lo sé. Pero todavía tengo tiempo. No es como si el mundo se fuera a acabar mañana. Eso es lo que tú crees, dije, cruzando los brazos. Pero el mundo no espera, hijo. Y si no te
preparas ahora, después será demasiado tarde.¿ Y qué quieres que haga? Preguntó, pasándose una mano por el pelo. Ya hago lo que puedo. Lo que puedes no es suficiente, respondí, intentando mantener la calma. Repartir publicidad te ves en cuando no es un plan de vida. Necesitas estudiar, mejorar tus notas, pensar en tu futuro.
Ya lo haré, mamá. Te lo prometo. Pero hoy no es el día.
Arturo, hoy no es el día es lo que llevas diciendo desde hace meses.¿ Cuándo va a ser el día?¿ Cuándo ya no tengas opciones? Él suspiró, mirando al suelo como si buscara una respuesta en las baldosas. No entiendes, mamá. Es que, es difícil. No sé qué quiero hacer, y todo esto me abruma. Lo sé, hijo, dije, suavizando mi tono. Pero no puedes quedarte paralizado por el miedo. La vida es así, a veces no sabes qué hacer, pero tienes que avanzar igual. Ya lo sé, murmuró, sin levantar la mirada.
Pero dame un poco más de tiempo. El tiempo no es infinito, Arturo, dije, acercándome para poner una mano en su hombro. Y yo no estaré siempre aquí para recordártelo. Él asintió, pero su expresión no cambió. Sabía que mis palabras no habían calado del todo, pero también sabía que no podía forzarlo. Arturo tenía que encontrar su propio camino, aunque a veces me costara aceptarlo. Bueno, dije finalmente. Al menos sal de tu cuarto y come algo. No puedes
vivir de videojuegos y aire. Él esbozó una media sonrisa, y por un momento, vi en sus ojos al niño que solía correr hacia mí cuando se hacía daño.
Vale, mamá. Ahora voy.
Mientras él se dirigía a la cocina, yo me quedé un momento más en el pasillo, mirando la puerta de su cuarto. Sabía que podía hacer más de lo que ya estaba haciendo, aunque fuera duro. pero también sabía que, tarde o temprano, Arturo tendría que enfrentarse a la realidad. Y esperaba que, cuando llegara ese momento, estuviera preparado. La insistencia y la constancia eran dos de mis virtudes, aunque a veces sentía que chocaban contra un muro llamado Arturo.
Por más que intentaba motivarlo, buscaba las palabras adecuadas, las frases que lo hicieran reaccionar, nada parecía funcionar. Mi hijo seguía sumido en su mundo de videojuegos y excusas mientras yo me desgastaba tratando de sacarlo de allí. Ese día, el calor era sofocante. Me vestí con un ligero vestido que me quedaba bien, uno de esos que realzaban mi figura y me hacían sentir orgullosa de mi cuerpo. A mis 45 años, aún conservaba unas curvas que llamaban la atención
y no iba a negar que eso me gustaba. Me miré un momento en el espejo antes de salir de mi cuarto, ajustándome el escote que, sin querer, mostraba un poco más de lo habitual. Arturo, llamé desde el pasillo, voy al supermercado.¿ Vienes conmigo? No, mamá, estoy cansado, respondió desde su cuarto, con esa voz apática que tanto me exasperaba. ¿Cansado? Pregunté, incapaz de contener la frustración.¿ De qué estás cansado si no haces nada en
todo el día? No le di tiempo a responder. No, no
digas nada. Ya estoy harta de tus excusas, dije, tomando las llaves del coche con un movimiento brusco. Me voy sola. Salí de casa con paso firme, pero la preocupación por Arturo no me abandonaba. Mientras recorría las calles hacia el supermercado, intentaba concentrarme en la lista de la compra, pero mi mente no paraba de dar vueltas alrededor de mi hijo.¿ Qué más podía hacer?¿ Cómo hacerle entender que la vida
no esperaba? Al llegar al supermercado, me esforcé en elegir las mejores frutas, pero mis pensamientos seguían enredados en el dilema con mi hijo. Fue entonces cuando una risa juvenil me sacó de mis cavilaciones. Un grupo de chicos, de la edad de mi hijo más o menos, estaban cerca, mirándome disimuladamente y riéndose entre ellos. Al principio, pensé que se reían de mí.¿ Será el vestido?¿ Me habré manchado
sin darme cuenta? Pero entonces me di cuenta de que uno de mis pechos se asomaba más de la cuenta, mostrando incluso la fina tela de mi sostén. Sentí un impulso de taparme, pero algo en mí decidió jugar con la situación. Me incliné sobre las naranjas, exagerando un poco el movimiento, y de nuevo escuché las risas de los jóvenes.
Esta vez, levante la cabeza y los miré directamente. Sus caras se sonrojaron, y entre empujones y risas nerviosas, salieron corriendo del pasillo.« Soy una mujer de buenas curvas», de esas que llaman de armas tomar mis caderas son generosas redondas y bien marcadas y mi culo bueno siempre ha sido mi orgullo es grande firme y con esa forma que hace que los pantalones me queden como pintados mis tetas son otro de mis encantos son grandes redondas y
siempre han sido lo que más atención atrae si tengo algunos kilos de más pero no me avergüenzan al contrario sé cómo realzar mis atributos, sobre todo mis tetas, que siempre llevo bien resaltados con los escotes adecuados. No soy una chiquilla, tengo 45 años, pero mi cuerpo aún sabe cómo llamar la atención. Y aunque a veces me preocupa el paso del tiempo, sé que mis curvas siguen siendo mi mejor carta de presentación. Una sonrisa se dibujó en mis labios.
Por un momento me olvidé de mis problemas. Me sentí bien, incluso un poco traviesa. Estaba acostumbrada a que algún hombre me mirara con deseo por la calle, pero me sorprendió provocar esa reacción en aquellos muchachos. Era una sensación extraña, pero reconfortante. Sin embargo, la tranquilidad no duró mucho. De camino a casa, el problema con mi hijo volvió a rondar mi mente. Debía hacer algo,¿ pero qué? Suspiré, recordando a mi marido. Ojalá estuviera aquí conmigo. Él siempre supo
cómo manejar las cosas, cómo encontrar las palabras adecuadas. Pero no estaba, y yo tenía que seguir adelante, aunque no supiera muy bien cómo. Mientras conducía, me repetí una y otra vez que no podía rendirme. Era el futuro de mi hijo, y aunque no supiera motivarlo, no iba a dejar de intentarlo. La vida nos había puesto a prueba antes y habíamos salido adelante. Esta vez no sería diferente. O al menos eso esperaba. Para mi desgracia, los estudios de mi hijo no iban a ser mi única preocupación.
Poco a poco, empecé a notar en Arturo un comportamiento extraño, algo que no encajaba con su rutina habitual. Pasaba largas horas encerrado en su habitación, más de lo normal. Al principio, Pensé que seguía jugando a sus videojuegos, pero cuando me paraba frente a su puerta, intentando escuchar qué hacía, no se oía el ruido habitual de los disparos y las explosiones. En su lugar, había un silencio inquietante, roto sólo por
algún suspiro o movimiento rápido. Y luego, cuando salía, se le veía sofocado, con la cara ligeramente enrojecida y una expresión entre avergonzada y distraída. No hacía falta ser detective para atar cabos y saber lo que estaba pasando. Al principio, intenté convencerme de que era algo normal. Es un chico de 18 años, me decía. Es parte de su desarrollo, de su exploración. Pero la frecuencia con la que ocurría empezó a preocuparme. No era solo algo ocasional, parecía haberse convertido
en una rutina. Y aunque entendía que era natural, También sabía que no podía ignorarlo por completo. El problema era que hablar de eso con él me resultaba incómodo. No sabía cómo abordar el tema, cómo encontrar las palabras adecuadas. Si mi marido estuviera aún entre nosotros, él sería el encargado de tener esa charla. Él sabría mejor que nadie que le pasaba por la cabeza a un joven de 18 años.
Pero no estaba, y la responsabilidad recaía sobre mí. Cada vez que pensaba en sentarme con Arturo para hablar de sexo, me invadía una sensación de ansiedad.¿ Cómo empezar?¿ Qué decir?¿ Cómo evitar que fuera incómodo para los dos? Me repetía que debía hacerlo, que era necesario, pero siempre encontraba una excusa para posponerlo. Hoy no es el día, me decía. Tal vez mañana. Pero los días pasaban, y yo seguía
sin encontrar el momento adecuado. Me daba cuenta de que, al igual que Arturo con sus estudios, yo también estaba posponiendo algo importante. Y aunque me justificaba diciéndome que no quería invadir su privacidad, en el fondo sabía que era miedo. Miedo a no saber cómo manejar la situación, miedo a decir algo equivocado, miedo a que mi hijo me viera como una intrusa en su mundo. Sin embargo, también sabía que no podía seguir evitándolo. Arturo necesitaba orientación y yo,
como su madre, tenía que dársela. No podía permitir que mi incomodidad se interpusiera en algo tan importante. Así que, mientras guardaba la compra en la cocina, me prometía a mí misma que encontraría el momento adecuado para hablar con él. No podía seguir posponiéndolo. Era hora de enfrentar mis miedos y hacer lo que fuera necesario por mi hijo. Pero,
como siempre, la pregunta seguía ahí,¿ cómo hacerlo? Capítulo 2 Intenté ignorarlo,
intenté sacar la valentía necesaria para hablar con él, pero ni una cosa ni la otra. El dilema se estaba convirtiendo en una constante en mi mente, un eco que resonaba en cada rincón de mi cabeza. Cada vez que oía la puerta de su habitación cerrarse, mi imaginación volaba hacia ese lugar que no quería visitar, Arturo, encerrado, solo,
con su polla en la mano, masturbándose. A veces, respiraba aliviada al oír el sonido de los videojuegos y me decía a mí misma que solo sería una etapa, algo pasajero. Pero en mi subconsciente siempre quedaba ese resquemor, esa duda que me corroía por dentro.¿ No estaría obsesionándose con ello?¿ No estaría yéndose de las manos? Entendía que era normal en un joven querer apaciguar sus hormonas. A fin de cuentas, ya era mayor de edad. En realidad, me sorprendía que
no hubiera empezado antes. O quizás, simplemente, yo no me había percatado. pero ahora era imposible no notarlo. La puerta cerrada, los suspiros ahogados, el silencio que lo envolvía todo. Era como si la casa entera estuviera suspendida en una tensión que solo yo parecía sentir. No sabía qué hacer.¿ Debería hablar con él? Si su padre estuviera vivo, seguro sabría cómo abordar el tema. Pero yo no era su padre. Además,¿ y si la situación no era tan grave?¿ Y si
sólo estaba exagerando? Un día, mientras almorzábamos, respiré hondo y me dispuse a hablar con él. Era el momento. Tenía que ser el momento. Arturo, dije con un hilo de voz, casi como si las palabras se me hubieran atragantado. Dime, mamá, respondió. levantando la cabeza del plato y mirándome con esos ojos oscuros que siempre me desarmaban. Lo miré durante unos instantes, buscando las palabras adecuadas, pero mi valentía se esfumó junto
al aire de mi pecho. No podía hacerlo. No podía sacar el tema así, de la nada, mientras comíamos arroz con pollo. No, nada, dije en voz baja, volviendo la mirada a mi plato. sintiendo como el rubor me subía por las mejillas. Él no dijo nada, se encogió de hombros y siguió comiendo como si nada hubiera pasado. Yo, sin embargo, ni siquiera terminé mi plato. Me levanté a los pocos segundos y recogí mi plato, sintiendo como el
nudo en mi estómago se hacía más grande. Ya no tengo más hambre, dije, dispuesta a ir a la cocina y refugiarme en el ruido del agua corriendo. Mamá,¿ te encuentras bien? Te noto rara, me preguntó, con esa voz suave que siempre me hacía sentir culpable por ocultarle cosas. Sí, hijo. No pasa nada, solo estoy cansada, mentí, sin girarme para que no viera la expresión de frustración que cegaramente tenía pintada en la cara. Seguí mi camino a la cocina,
sintiendo como el peso de la situación me aplastaba. Empecé a fregar los platos, frotando con más fuerza de la necesaria, como si pudiera lavar mis preocupaciones junto con los restos de comida. A los pocos minutos, Arturo se acercó, dejando el resto de platos y vasos sucios de la mesa. Te dejo esto aquí. Me voy a mi cuarto, dijo, colocando todo junto al fregadero con esa naturalidad que siempre me desconcertaba. Vas a ponerte a estudiar. Pregunté, esperando qué excusa me pondría esta vez.
Uf,
ahora tengo la comida aún aquí, dijo, señalando su cuello con una sonrisa que me hizo sentir aún más impotente. Voy a reposar un poco. Arturo, no te confíes. Debes ponerte las pilas, le recriminé, intentando que mi voz sonara firme, aunque por dentro me temblaba todo. Tranquila, lo tengo controlado, respondió, y con esas palabras, se marchó. Controlado, controlado. Yo sé muy bien en lo que tienes controlado, tu polla me dije a mí misma, enfadada, mientras seguía frotando los platos
con más fuerza de la necesaria. Seguro que iba a pajearse de nuevo. Lo intuía, y me lamentaba por no haber hablado del tema con él durante el almuerzo. Entre la frustración de no saber cómo hablar con mi hijo del tema y la imagen que intentaba bloquear de él acariciándose su polla en su cuarto, me tenía hecha un lío. Era como si un remolino de emociones se apoderara de mí. Por un lado, la preocupación de él se estuviera obsesionado con la masturbación, y por otro, la leve excitación cuando
pensaba en él pajeándose, imaginándome cómo sería su polla. Me sentía culpable por aquello, pero,¿ quién podría culparme? Desde que murió mi marido, no había estado con ningún hombre. Mi vida sexual murió con él, y de repente todo este asunto con mi hijo volvió a despertar algo en mí que llevaba mucho tiempo aletargado. Entonces empecé a recordar aquella época, cómo pasé el luto de mi marido y cómo durante años mi apetito sexual había desaparecido junto a la relación
que había construido con él. Pero los años pasaron y, no de la noche a la mañana, pero esa llama volvió a arder poco a poco. Me masturbaba casi a diario, pero no fantaseando con otros hombres, sino con mi difunto marido. Echaba de menos el sexo con él y aún lo echo de menos. Con él nunca me faltó, en ese ámbito no tenía quejas. Teníamos otros problemas, como cualquier otra pareja, pero en la cama siempre hubo complicidad, química, pasión. Nunca le dije que no a nada. Le dejaba hacer de
todo y él a mí lo mismo. Mamadas hasta hacerle correr en mi boca, follar en cualquier posición, e incluso sexo anal, aunque esto último no con demasiada frecuencia. No es que tuviera una polla extremadamente larga, pero sí bastante gruesa y mi culo se resentía durante un tiempo antes de poder volver poder meterla por tan estrecho agujero de nuevo. Él,
por su parte también cumplía mis fantasías. Me encantaba que fuera atrevido en público, que me hiciera un dedo en cualquier lugar, el coche, el cine o incluso por debajo de la falda de la mesa de un distinguido restaurante. Me miraba a los ojos leyendo a la perfección mis sensaciones, acariciando mi clítoris en el momento justo, metiendo sus dedos a la velocidad exacta haciendo que explotara en un intenso y húmedo orgasmo. Conocía a la perfección cada rincón de
mi cuerpo. pero esa llama igual que se encendió un día, otro día volvió a apagarse. No me había dado cuenta, pero recordando todo eso mientras fregaba había empezado a presionar mi coño contra el tirador de la puerta que había bajo el fregadero. Fue como mi cuerpo actuara por su cuenta, buscando ese placer que llevaba tantos años negándole. Me retiré ligeramente, sorprendida del impulso de mi subconsciente, y me concentré en
enjuagar todo intentando controlarme. pero, la verdad es que estuve todo el resto del día inquieta, con un ligero cosquilleo que iba desde mi bajo vientre hasta mi coño. Cuando salí de la cocina me detuve un momento, escuchando. Al principio, no se oía nada. Pero luego, pude distinguir algún suspiro que otro, junto con el crujir de su silla. Mis sospechas se confirmaron. Me dirigí a mi habitación y me
senté en mi cama, sintiéndome impotente y frustrada. Por un momento, la imagen de Arturo sentado frente a su ordenador, con la polla en la mano, apareció en mi mente. Me pregunté si la tendría como su padre como sería, grande, pequeña, fina o gruesa. Cuando sentí un intenso cosquilleo en mi coño, rápidamente intenté pensar en otra cosa. No me parecía apropiado tener esos pensamientos con mi hijo. Una ducha es lo que necesitaba ahora mismo para aclarar mi mente, me dije.
Me levanté y me dirigí al baño, sintiendo como la excitación seguía acumulándose en mi cuerpo. El agua caliente cayendo sobre mi piel me ayudó a relajarme un poco, pero no pude evitar que mi mente volviera a ese lugar que no quería visitar. Mi hijo, su habitación, sus suspiros. Era una situación que no podía seguir ignorando. Pero,¿ cómo abordarla?¿ Cómo hablar de algo tan íntimo sin que resultara incómodo
para ambos? Mientras me secaba, me miré al espejo. Una mujer de 45 años, con algunas arrugas que delataban el paso del tiempo, pero aún con un cuerpo que se mantenía en forma. Me acaricié suavemente mis tetas, siempre he considerado que eran grandes y si bien en mi juventud se mantenían erguidas ahora su propio peso habían empezado a tirar
de ellas hacia abajo. Tenía los pezones duros, no sé si por el frío o por la excitación, recordando cómo le gustaba a mi marido meter su polla entre ellas, cómo aparecía y desaparecía hasta que derramaba todo su semen por ellas. Me pregunté si mi hijo alguna vez me había visto de esa manera. La idea me hizo estremecer, no sé si de miedo o de algo más. Pero una cosa era clara, no podía seguir evitando esta conversación.
Tenía que hacer algo. Ese día me acosté temprano, con la esperanza de levantarme al día siguiente más calmada, haciendo un gran esfuerzo para no meterme los dedos. De nuevo, sin poder evitarlo, me pregunté qué estaría haciendo mi hijo en su cuarto, si estaría pajeándose otra vez. Intentaba pensar otra cosa, pero las palpitaciones en mi coño me obligaron a bajar mi mano por mi vientre hasta acariciarme suavemente por encima de mis bragas. Me mordí el labio intentando controlarme,
pero mi excitación era demasiado grande y me rendí. Lentamente metí mi mano por debajo, acariciando mi vello púbico hasta llegar a los inflamados labios sintiendo cómo se humedecían mis dedos. Comencé a acariciarme, recordando cómo mi marido me lo hacía. que era el quien me susurraba obscenidades al oído, que era su polla la que estaba dispuesta a entrar en mí, pero de repente la imagen de mi hijo se coló
en mi fantasiosa mente. Me imaginé su joven torso desnudo, su polla dura y cómo serían sus gemidos ahogados mientras me follaba. Me sentí culpable, pero no podía parar, al contrario, hundí más adentro mis dedos y empecé a moverlos rápidamente, sintiendo como la excitación se acumulaba más y más hasta tener una intensa corrida. Me quedé allí inmóvil, jadeando con las bragas medio bajadas y mi coño chorreando, sintiendo como la culpabilidad creciente se mezclaba con el deseo en mi mente.
Sabía que tenía que tener una charla con él, pero antes
tenía que aclararme atormentadamente. Capítulo 3 Los días
pasaron, y aunque seguía sin reunir el valor necesario para tener esa charla con Arturo, al menos había logrado algo, no volver a masturbarme desde aquella noche. Y créeme, las ganas no me faltaban. Cada vez que me acostaba, sentía ese cosquilleo en el coño, esa necesidad que me hacía retorcerme entre las sábanas. Pero me resistí. No quería caer en lo mismo que él, no quería que mi frustración se convirtiera en algo más. Así que me puse una meta, el domingo sería el día. Sí o sí, me sentaría
con él y hablaríamos. No sólo de la masturbación, sino también de sus estudios. Tenía que hacerlo, por su bien y por el mío. pero la vida tiene una forma peculiar de acelerar los planes. Una mañana me encontré sola en casa. No tenía encargos nuevos y los que tenía no podía continuar por falta de materiales. Así que decidí aprovechar el tiempo y hacer limpieza. Empecé por la ropa sucia,
recogiendo todo lo que estaba tirado por los rincones. Fui metiendo la ropa en la lavadora hasta que alcancé una de mis braguitas. Eran de encaje, delicadas, y siempre las lavaba a mano para que no se estropearan en la lavadora. Las tomé con una de mis manos, y en ese momento noté algo extraño. Estaban húmedas. No sólo eso, sino que también tenían una textura pringosa, como si algo se hubiera secado en ellas. Me temí lo peor. Las acerqué a mi nariz, con un nudo en el estómago, y
reconocí el olor inmediatamente. A pesar de los años, ese olor no se olvida. Era el olor a semen. El recuerdo de mi marido, de nuestras noches juntos, vino a mi mente de golpe, pero esta vez no era el quien había dejado su marca en mi ropa interior. Era mi hijo. Recordé que esa mañana había estado bastante tiempo dentro del baño. No hacía falta ser un genio para
saber qué había hecho. Me sentí furiosa, traicionada.¿ Cómo se le había ocurrido a Arturo pajearse con mis bragas?¿ Y no conforme con eso, también se había corrido sobre ellas? Esto ya se pasaba de la raya. No podía consentirle esto. No podía permitir que nuestro hogar, mi espacio, se convirtiera en el escenario de sus fantasías. Las bragas seguían en mi mano y las miré con una mezcla de ira y disgusto.¿ Qué clase de pensamientos habrían pasado por su
mente mientras las usaba?¿ Habría imaginado algo conmigo? La idea me hizo estremecer, no sé si de rabia o de algo más profundo que no quería reconocer. Pero una cosa era clara, esto no podía seguir así. Dejé las bragas en el centro de la mesa baja frente al sofá, sintiendo como la furia hervía en mi interior. En cuanto llegara, tendría una charla muy seria con él. No podía esperar hasta el domingo. Esto ya no era sólo una cuestión de hormonas o de estudios. Esto era una violación de
mi espacio, de mi confianza. Y no estaba dispuesta a permitirlo. Terminé de hacer las tareas de la casa y me senté en el sillón junto al sofá, esperándolo. Me tomé una tila para calmar mis nervios, pero apenas había terminado de beber la infusión cuando escuché la puerta de la calle abrirse. Respiré hondo, intentando mantener la compostura mientras miraba las bragas manchadas con su corrida sobre la mesa baja. Esperé a que cerrara la puerta y lo llamé, intentando
que no me temblara la voz. Arturo, hijo,¿ puedes venir un momento? Dije, con un tono que intentaba ser firme pero que, en el fondo, temblaba. Dime, mamá, respondió Arturo. quedándose helado al ver las bragas que había usado para pajearse esa mañana. Siéntate, le dije, muy seria y cortante.¿ Por qué está eso sobre la mesa? Preguntó mientras se sentaba, evitando mi mirada. No sé, dímelo tú, dije, cruzando mis brazos y clavando mis ojos en los suyos. Pues no sé, mamá.
Imagino que son tuyas, dijo, haciéndose el tonto, pero su voz temblaba.¿ En serio?¿ También me vas a mentir? Le pregunté, furiosa, sintiendo cómo la ira hervía en mi interior. Él se quedó en silencio, con la mirada baja. Me dio un poco de pena, pero en esto no podía ceder. Había cruzado la línea y no podía permitir que esto siguiera así. Vamos, explícame, insistí, con un tono que no admitía excusas. Explícame,¿ por qué mis bragas están manchadas? Es que, mamá, las vi ahí
y sentí curiosidad. Quería saber cómo olía una mujer, empezó a explicarme, titubeando, como buscando las palabras para minimizar lo que había hecho. Me cité gui. Y no se te ocurrió otra cosa que pajearte y correrte sobre ellas, ¿no? Dije, alterada, sintiendo como el calor de la vergüenza y la ira me subía por las mejillas. Él me miró con los ojos como platos, quizás sorprendido por la crudeza de mis palabras.
Pero no había tiempo para medias tintas. Esto ya había ido demasiado lejos.¿ Te parece bien lo que has hecho? Le pregunté, con un tono que no dejaba lugar a dudas. Lo siento, dijo, volviendo a bajar la cabeza.¿ Es la primera vez que lo haces? Pregunté, pero él seguía con la mirada baja. Vamos, confiésalo todo ya. Tan solo una vez más, hace unos días, dijo por fin, sin levantar la cabeza.¿ Qué bragas usaste? Pregunté, sintiendo como el nudo en mi estómago se hacía más grande. Eran azules, con
los bordes blancos. Perdón, confesó finalmente. Joder. Exclamé para mí misma, recordando que esas eran las bragas que llevaba puestas en ese momento. Me sentí cachonda. No, no podía ser. Tenía que controlarme. Hijo, Eso que has hecho está mal, dije, relajando el tono, pero manteniendo la firmeza. Lo siento, mamá. No lo volveré a hacer. Eso espero, dije, sintiendo como la tensión en la habitación era palpable.¿ Estás enfadada conmigo? Preguntó,
con una voz que sonaba vulnerable, casi infantil. Me quedé unos segundos mirándole, decidiendo qué decir. A fin de cuentas, era un joven descubriendo su sexualidad. No podía ser demasiado dura con él, pero tampoco podía permitir que esto siguiera así. No estoy enfadada, pero sí molesta. No puedes hacer eso con mi ropa interior y tampoco puedes estar siempre encerrado en tu cuarto. Intentaré controlarlo, mamá. Hijo, eso es algo natural. No hay nada malo en hacerlo, pero no puedes obsesionarte
con ello o hacerlo muy seguido. Entiendo, dijo él, con una voz que sonaba más tranquila, pero aún con un deje de vergüenza.¿ Y por qué lo has hecho? Dime, pregunté, ya por mera curiosidad, sintiendo como la situación tomaba un giro que no había anticipado.
Ya te dije, mamá. Tenía curiosidad. Sí, pero eso explica la primera vez.
Y la segunda? Pregunté, sintiendo como la conversación se adentraba en un territorio peligroso. Es que, me cuesta terminar, y cuando usé tus bragas fue rápido.
Y por qué te cuesta tanto?
Pregunté, con una curiosidad que no
podía evitar. Pues será que no lo hago
bien, no sé, dijo, algo avergonzado.¿ Y cómo lo haces? Pregunté, sintiendo cómo las palabras salían de mi boca antes de que pudiera detenerlas. Pues hago así, dijo, sacándose la polla para mi asombro.
Y me froto la punta. Arturo, guárdate eso, por favor.
Cómo se te ocurre? Grité, escandalizada, no sé si por el hecho de que se la sacara o por el tamaño que incluso sus manos se veían pequeñas a su lado. Perdón, dijo, subiendo el pantalón de nuevo. Bueno, a ver, no sé si eso te da placer, pero no es la forma de hacerlo. Entonces,¿ cómo lo hago? Preguntó, extrañado. Pues, dije, tomándome unos segundos para responder. Debes rodearla con tus dedos
y luego subir y bajar.¿ Tirando hacia arriba y hacia abajo? Sí, bueno, no, tirando no, dije, ya sin saber muy bien qué decir. Tienes que hacer que la piel suba y baje. ¿Entiendes? No muy bien, dijo, mirándome con los ojos muy abiertos. Suspiré hondo, preguntándome qué iba a hacer con él. Todo estaba siendo muy raro, la situación estaba tomando una deriva que no había imaginado. Pero,¿ qué iba a hacer? No tenía a nadie más para educarle en este tema. A ver,
vuelve a bajar el pantalón, dije, suspirando. De nuevo apareció ante mí su tremenda polla, y se notaba que aquello lo excitaba. pues esta vez estaba casi erecta. Era más grande que la de su padre, incluso
Venga, inténtalo, le pedí. Él hizo lo que le dije, pero con movimientos torpes y muy fuertes.
No, así no. Más suave, dije, sentándome cerca de él sin apartar mis ojos de su monumental polla. Tiene que ser como una caricia. Él lo intentaba, pero era muy tosco. A ver, déjame a mí, pero esto no puedes contárselo a nadie. De acuerdo. Le dije, no sé muy bien si por cariño y preocupación por él o por mis ganas de acariciar semejante ejemplar. Sí, mamá, lo prometo, dijo, sin vacilar. Retiré su mano y agarré su polla lentamente.
Se notaba caliente, dura y tersa. Comencé a subir y bajar, tirando hacia debajo de su piel hasta que el glande emergía completamente. ¿Ves? Así suave, le explicaba, mientras él suspiraba, mirando mi mano. Y cuando empiece a soltar este líquido, lo esparces para que no te duela, continué, mientras lubricaba el tronco de su miembro con su fluido preseminal. Entiendo, mamá, entiendo, mmm, dijo,
cerrando sus ojos. pues ya sabes cómo es, pero recuerda, no debes hacerlo tan seguido, dije, soltando su polla y dejando mi mano llena de sus fluidos. Está bien, mamá, pero puedes seguir un poco más. Se siente muy bien como lo haces tú, dijo, con una voz que sonaba casi suplicante. ¿Qué?¿ Estás loco? Ya he hecho más de lo que debería, Le dije, aunque una parte de mí estaba deseando acariciar de nuevo su polla. Por favor, mamá. Me quedé unos segundos pensativa, sin saber muy bien qué hacer.
Era una locura lo que me pedía, pero vi una oportunidad de solucionar el segundo problema, sus estudios. Lo haré solo con dos condiciones, dije, intentando ponerme seria.
¿Cuáles
mamá? Te prometo que las cumplo, preguntó, con un brillo expectante en los ojos. No puedes contárselo a nadie, pero cuando digo a nadie es a nadie. Será un secreto
entre nosotros. Hecho, soy una tumba.¿ Y la segunda?
La segunda condición es que, a partir de hoy mismo, te pondrás a estudiar y a estudiar en serio.
Eso no vale, eso es chantaje, protestó. Ah, pues no hay paja.
Así de simple, dije, haciendo ademán de levantarme. Espera, espera, dijo, sujetándome del brazo. Está bien, también cumpliré esa condición, tirándome del brazo, intentando llevar de nuevo mi mano hasta su tranca. Y nada de cerrar la puerta de tu cuarto, añadí, haciendo fuerza con mi brazo. Pero eso ya es una tercera condición. Dijiste dos, volvió a protestar Lo tomas o lo dejas, le dije, ofreciéndole un ultimátum. De acuerdo, no cerraré la puerta de mi cuarto, dijo,
con un deje de resignación. Yo volví a acomodarme de nuevo junto a él, remangando mi blusa. Dentro de mí había como dos fuerzas luchando en ese momento. Por un lado, una voz me gritaba que estaba loca, que como iba a hacerle una paja a mi propio hijo. Y luego estaba la voz que me susurraba que siguiera, que agarrara su polla, que le sacara hasta la última gota de su semen. Lo siguiente fue decirle que se quitara los pantalones,
así que es fácil adivinar qué voz ganó. Ahí estaba yo, con mi hijo, en el sofá de casa, Él con su espectacular polla erecta y yo dispuesta a hacerle una tremenda paja que no olvidaría. Aunque, bien pensado, que lo hiciera mal o bien no influiría, pues que te haga una paja tu madre es algo que no se olvida. Volví a envolver con mis dedos su miembro, empecé a acariciarlo suavemente, bajando hasta acariciar sus huevos y luego subiendo. Aún no me creía lo que estaba a punto de hacer.
pero fui acelerando la velocidad de mis movimientos. Arturo, mientras, con sus ojos entrecerrados, suspiraba mientras sus manos apretaban el asiento. Ninguno de los dos decía nada, solo se oía el sonido de mi pulsera por el movimiento de mi mano sacudiendo su polla y sus suspiros. Mamá, mamá, dijo, con la voz entrecortada. Sabía lo que venía a continuación y aumenté el ritmo. Unos segundos después, empezó a escupir una potente y abundante corrida. El primer chorro fue tan fuerte
que cayó sobre mis bragas que aún estaban sobre la mesa. Paradójico, de reñirle por pajearse con mi ropa interior, habíamos pasado a yo hacerle correr sobre ellas. Una locura. Seguí acariciándole la polla con mi mano llena de semen, haciendo que se deslizara por su tronco con suavidad. ¡Guau! Mamá. Ha sido, increíble, dijo, mientras yo soltaba su miembro. Anda, ve a limpiarte y
luego a estudiar. Lo prometiste, le recordé. Sí, enseguida, dijo, levantándose, quedándose su polla ya flácida a la altura de mi cara. Él se fue al baño, mientras yo me dejé caer sobre el sofá, observando mi mano llena de su semen. La locura de mi cabeza se fue disipando, y empecé a ver la magnitud de la barbaridad que acababa de hacer.¿
Qué supondría para nosotros a partir de ahora? Bueno, al menos he conseguido que se ponga a estudiar, me dije a mí misma, buscando apaciguar la culpabilidad que ahora me embargaba. Cogí las bragas y me limpié la mano con ellas, mientras observaba hasta donde había llegado su corrida, la mesa, el suelo. Me sentí aliviada al ver que, al menos, el sofá no se había manchado. Fui a por unos útiles de limpieza. Lo limpié todo, dejándolo como si no
hubiera pasado nada. Dios, qué cachonda estaba en ese momento. Ahora, la que necesitaba una buena corrida era yo, pero hasta la noche no podría. No podía dejar que Arturo notara que me había puesto cachonda con todo aquello. Quería que, para él, aquello hubiera sido algo educativo. Pasé por su puerta con las bragas en la mano, manchadas con sus dos corridas, para comprobar que cumplía con su parte. Y sí, la estaba cumpliendo. Me fui a mi cuarto y me senté,
intentando recomponerme, pero mi coño reclamaba atención. Me puse frente al espejo y levanté mi falda. Mis bragas estaban empapadas. Necesitaba hacer algo, no podía esperar hasta la noche. Así que le dije a Arturo que iría al supermercado. Me monté en el coche, pero tomé otro camino. A través de unos caminos de tierra, llegué a una zona apartada de la sierra que había cerca de donde vivíamos. Me aseguré de que no había nadie alrededor, eché el asiento
hacia atrás y me quité las bragas. Pasé suavemente mis dedos por mi coño, soltando un suspiro. Era tanta la excitación que apenas podía rozar mi clítoris. Uno, dos y hasta tres dedos llegué a meterme, mientras con la otra mano alternaba por mis pezones, apretándolos hasta que comenzaban a doler. Gemía y gemía, hasta que me corrí. Me quedé en la gloria, necesitaba aquello tanto como el mismo aire para respirar. Me volví a colocar las bragas, arranqué el coche y
volví a casa. Al llegar, Arturo estaba sentado en el sofá,
bebiendo un refresco. Ya he vuelto, dije.¿ Y la compra?¿ No habías ido al supermercado?
Preguntó, al verme con las manos vacías. Joder, es verdad. Le había dicho que iba al supermercado. Fui a por fruta, pero estaban carísimas, contesté, diciendo lo primero que se me ocurrió.¿ Y tus estudios? Pregunté, intentando desviar el tema.
Paré unos minutos a descansar.
Ahora sigo, contestó. Miré el reloj y me di cuenta de que había estado estudiando bastante. Estudia una hora más, y por hoy está bien. Yo voy a darme una ducha e iré preparando la cena, le dije, metiéndome por el pasillo.
Está bien, mamá. Enseguida voy.
Camino a mi cuarto, iba pensando, con una sonrisilla en mis labios, en cómo había cambiado su actitud. Y
sólo había tenido que hacerle una paja. Capítulo 4 El repetitivo
sonido de la máquina de coser sonaba distante mientras yo estaba perdida en mis pensamientos. Parecía que había funcionado. Arturo llevaba tres días seguidos estudiando, la puerta de su cuarto ahora permanecía abierta siempre, y parecía que el tema de la masturbación lo tenía controlado. Sin embargo, era yo la que andaba obnubilada, cachonda todo el día, pensando en la polla de mi propio hijo, en cómo expulsó aquella tremenda corrida bajo las caricias de mi mano, cómo palpitaba cada
vez que escupía su leche. Cada noche necesitaba meterme los dedos, necesitaba correrme y sacarme ese extraño nerviosismo que me carcomía. Una parte de mí necesitaba tener de nuevo esa vigorosa tranca entre mis dedos, aunque quien lo necesitaba de verdad era mi coño. Pero ya lo que hice aquella tarde fue demasiado. Aquello debía enterrarse y jamás volver a repetirse.« Mamá, ya estoy aquí», sonó la voz de Arturo desde la
puerta de la pequeña habitación. sobresaltándome y haciendo que se liara el hilo de la máquina de coser.— Hola, hijo, me asustaste.¿ Ya estudiaste hoy? Le pregunté, intentando disimular el temblor en mi voz.— No, aún no a eso iba ahora, dijo, acercándose a darme un beso en la mejilla.— Está bien, cariño, dije. recibiendo su beso y sintiendo como un escalofrío recorría mi espalda. Me quedé allí deshaciendo el estropicio de la máquina de coser, pensando en ese beso. Hacía mucho que no era así
de cariñoso conmigo. Como todo adolescente, cuando crecen, se vuelven tan apáticos. Hice una pausa y fui a ver qué tal le iba. Yo también quería darle un beso. Arturo, ¿cómo? Empecé a decir, pero lo que vi me dejó congelada. Por Dios, Arturo, cierra la puerta al menos. Mamá, perdona, pero dijiste que nada de cerrar mi puerta, dijo, aún acariciando su erecta polla con una naturalidad que me dejó sin palabras. Pero para eso sí. Eso se hace en
la intimidad. Además, no ibas a ponerte a estudiar. Y guárdate eso ya dentro de los pantalones, dije en tono serio, aunque por dentro me estaba relamiendo, mirando su falo con una mezcla de deseo y culpa. Sí, mamá, pero quería relajarme un poco antes. Desde que me lo hiciste tú, no he vuelto a hacerlo, dijo, con una voz que sonaba casi inocente, pero sus ojos brillaban con una intensidad que me hacía temblar. Arturo, los estudios primero. Tienes que
aprender a controlarlo. Venga, ponte a estudiar inmediatamente, le ordené, intentando mantener la firmeza en mi voz, aunque mi cuerpo estaba traicionándome. Está bien, mamá, dijo con resignación, pero no dejó de mirarme con esos ojos oscuros que parecían ver más allá de lo que yo quería mostrar. Voy a seguir con la costura. Que no tenga
que venir a llamarte la atención otra vez, de acuerdo. Sí, mamá. Descuida. Eso
espero, dije, yéndome, pero no pude evitar sentir como el calor se acumulaba entre mis piernas. Mamá, espera. Dime, dije, volviéndome hacia la puerta, sintiendo como mi corazón latía con fuerza. Si estudio mucho,¿ podemos repetir lo del otro día? Dijo, avergonzado, pero con una voz que sonaba casi suplicante. ¿Qué?¿ Estás loco? Dije, fingiendo estar escandalizada, aunque en el fondo, esa voz que me tentaba estaba ganando la batalla. Anda, porfa, cuando lo
haces tú, se siente muy rico. Anda que listo. pero sólo para lo que te interesa, le dije, dispuesta a decirle que no, pero esa voz de nuevo me tentaba. Bueno, luego te preguntaré de lo que has estudiado, y entonces ya veremos, era una locura, pero yo también debía sacar algo de esto. Y ahora, sus estudios eran mi principal preocupación. Trato hecho, mamá. Voy a estudiar mucho, dijo, abriendo los libros con una determinación que me hizo sonreír. De trato
he hecho nada. He dicho ya veremos, dije, marchándome hacia la habitación que usaba como taller de costura, con unos calores terribles subiendo por mi cuerpo.¿ Qué acaba de hacer? Esa voz en mi cabeza se apoderaba de mi voluntad y nublaba mi sentido común. Habrían pasado como dos horas y mi espalda ya se resentía. Dejé todo tal cual para continuar al día siguiente. Por hoy era suficiente trabajo. Pasé por su habitación y lo encontré sentado en su escritorio, concentrado,
tomando apuntes de un libro. Mi mente era un torbellino de dudas y deseos.¿ Qué iba a hacer?¿ De verdad iba a hacerle otra paja? La voz en mi cabeza me susurraba que sí, que lo merecía, que había estudiado mucho. Pero otra parte de mí, más racional, me gritaba que esto era una locura, que no podía convertirse en una costumbre. Sin embargo, la tentación era demasiado fuerte. Hijo, voy a preparar la cena, le dije desde la puerta, intentando mantener un tono normal, como si no estuviera al borde de
una decisión que podría cambiar todo. Vale, mamá.¿ Cuándo me vas a preguntar? Dijo, entusiasmado, levantando la cabeza de sus apuntes.¿ Y lo otro? Volvió a preguntar, con una mirada que mezclaba la inocencia de un niño con la intensidad de un hombre. Ya veremos, cariño. Primero, comprobaré si te lo has aprendido, respondí, intentando mantener la compostura, aunque mi corazón
latía con fuerza. Vale, mamá. Entonces estudiaré mucho hasta la cena, dijo, volviendo a los libros con una determinación que me hizo sonreír, aunque por dentro estaba temblando. Me dirigí a la cocina, aún indecisa de lo que iba a hacer. No debía volver a hacerlo, pero quizás era la única manera de motivarle para que el año que viene pudiera entrar en una buena universidad. O al menos, eso me decía a mí misma para justificar lo que estaba tentada de hacer.
Nos pusimos a cenar, y yo comía despacio, temiendo lo que vendría después, alargando esta dulce agonía. Él, por el contrario, comía rápido, alardeando de todo lo que había estudiado. Hijo, por favor, no hables con la boca llena, le reproché, intentando mantener la normalidad en la mesa. Perdón, mamá. Pero ya verás, me he estudiado el tema tres entero, dijo, entusiasmado, con una sonrisa que me derretía por dentro. Yo solo asentí, sintiendo como el nudo en mi estómago se hacía más grande.
Dios mío,¿ qué debía hacer? Yo también tenía ganas de volver a sentir su joven virilidad entre mis dedos, de ver ese torrente de leche salir a borbotones. Empecé a ponerme cachonda, con esa voz que no dejaba de susurrarme que hiciera lo que no debía hacer. Llegó el momento. Terminé de recoger un poco la cocina y allí estaba mi hijo, sentado en el sofá con un libro sobre
sus rodillas.« Venga, mamá. Pregúntame», dijo, abriendo el libro y señalando las páginas.« Aquí empieza y aquí termina el tema», me explicó, pasándome el libro. Bien, déjame ver primero, dije, tomando el libro y ojeándolo con una calma que no sentía. Lo ojeé un poco y luego empecé a hacerle preguntas. El muy hijo de Pú, de su madre, que era yo, se lo supo todo, hasta algunas que le hice con trampas. Ahora,¿ qué excusa le pondría para no tener que hacerle la paja? Entonces, mamá,¿
lo vas a hacer? Dijo, entusiasmado, sin darme tiempo a pensar. Está bien, pero una vez más y se acabó, dije, tras dudar unos segundos. Lo había hecho muy bien, se lo merecía, me dije a mí misma para quitarme el remordimiento. Espérame aquí, le dije. Me levanté y fui a la cocina a por unas servilletas. No quería repetir el estropicio del otro día. Me senté junto a él y le bajé el pantalón y luego el calzoncillo. Su polla apareció como un resorte, casi erecta.—¿ Estás listo
le pregunté, llevando mi mano hasta su falo. Sí
dijo, suspirando al notar mis dedos. Comencé con caricias suaves, recorriendo su tronco, bajando hasta sus huevos. Se les notaba cargados, seguro iba a echar una corrida abundante. Ahora sí, la agarré completamente y comencé a pajearlo lentamente.
¡Ay! exclamó al cogerle un pellizco en su piel.
Perdón, cariño. Está un poco seca, espera, dije, inclinándome sobre la punta de su polla y dejando caer un poco de saliva sobre la punta. Así mejor, dije, esparciendo mi saliva con mi mano. Bastó ese acercamiento para que su aroma impregnara mis fosas nasales, teniendo que resistir la tentación de atrapar su cabeza con mis labios. Pero una mamada ya sería demasiado. Seguí con mi tarea, pero esta vez me recreé más. Usando mis dos manos, recorrí a su polla,
que no llegaban a taparla por completo. Era enorme. Aumenté el ritmo de mi mano izquierda mientras la derecha masajeaba sus huevos.
Uf, uf,
mamá, mamá, ya viene, suspiraba él. Eso es, cariño, suéltalo, suéltalo, dije, soltando sus huevos y colocando la servilleta para atrapar su corrida. Tiré de su piel todo lo atrás que pude cuando sentí la primera palpitación en el tronco de su polla. y un espeso borbotón de semen emergió de su cabeza, y luego otro, y otro. Madre mía, qué cantidad de leche soltó, y qué potencia. Sentí cada chorro golpear mi mano, incluso con la servilleta. Vaya, cariño, tenías mucho acumulado, dije
con orgullo mientras seguía acariciándole suavemente. Guau, mamá. Creo que me ha gustado más esta vez. Anda, ve a limpiarte, dije con la satisfacción de un trabajo bien hecho. Y cepíllate los dientes después, ya iba a aprovechar para corregir todo en lo que no me hacía caso. Sí, mamá. Me quedé allí, sentada con la servilleta llena de su semen aún en mi mano. Cuando escuché el sonido del grifo del baño, no pude resistirme a oler la servilleta.¡
Qué cachonda me pone ese olor! tanto que instintivamente lamí un cúmulo que había. Lo degusté en mi boca, sabía a Gloria. Ahora necesitaba masturbarme urgentemente, pero debía esperar a que él se durmiera. Ya estaba todo en silencio. Ahora era el momento, pero hoy necesitaba algo más. Bajé una caja del altillo del armario donde guardaba un consolador. Hacía mucho que no lo usaba, pero lo tenía bien guardado
y estaba en perfecto estado. Lo agarré y dejé el bote de lubricante, tenía el coño empapado, no haría falta. Y no me equivoqué, bastó pasarlo un poco por mis labios vaginales para mojarlo un poco y, sin contemplaciones, me lo clavé hasta la base. Bien abierta de piernas, me lo metía y sacaba a dos manos de mi coño. Tuve que poner mis propias bragas en mi boca para amortiguar los gemidos. Dios, como me corrí, con la imagen de la tremenda polla de mi hijo en mi mente.
Más calmada, recogí todo y me acosté. Pasaron varias horas hasta que concilié el sueño. Mis pensamientos eran un torbellino. Lo que estaba haciendo era imperdonable.¿ Qué pasaría si alguien se enterase? Le estaba quitando el vicio de pajearse a mi hijo haciéndolo yo mismo. el relevo, teniendo que correrme a diario. Mi único consuelo es que al menos estaba estudiando. Y así, queridos lectores, me encuentro en este punto de incertidumbre.
Arturo sigue estudiando, y su futuro en la universidad parece más encarrilado,¿ pero qué pasará de aquí a entonces? Ya le he pajeado en dos ocasiones, y mi voz racional me dice que ha sido más que suficiente, que debo parar. Pero esa otra voz, la que controla mis impulsos más lascivos, está decidida a empujarme hacia la más lujuriosa perversión.¿ Hasta dónde
llegará esta situación? Sólo el tiempo lo dirá. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
