Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Mi madre lee mis historias, parte 9. El aire acondicionado zumbaba con su ritmo monótono. Mamá tenía la cabeza apoyada en mi pecho, su cabello pegajoso de sudor contra mi piel. Yo miraba el techo manchado de humedad y me pregunté cómo demonios había llegado hasta aquí. Nada de esto había
sido planeado. Absolutamente nada. Los correos que compartimos a partir de los cuales descubrí que mamá leía mis historias, luego este viaje a la playa que yo había propuesto pensando que sería solo una semana de descanso. Una cosa tras otra, como fichas de dominó que al caer nos empujaban un poco más. La vida no tenía un guión escrito. No había un narrador omnisciente orquestando cada movimiento. Solo existen las
decisiones que tomabas y las consecuencias que seguían. Sin embargo, las casualidades de la vida nos hacen preguntarnos a veces si no es cierto que hay cierto plan frente a cada paso que damos en la oscuridad incierta del futuro. Mamá se movió. Su mano se deslizó por mi pecho, bajando lentamente hacia mi abdomen. Sus dedos trazaron el contorno de mis músculos hasta llegar a mi entrepierna. Mi verga, que había estado descansando flácida después del orgasmo, reaccionó inmediatamente
a su toque. La sangre comenzó a correr otra vez.—¡ Otra vez ya! murmuró mamá, más como observación que como pregunta.— Eres tú, Respondí simplemente. Ella se incorporó sobre un codo, mirándome con esos ojos oscuros que ahora conocía tan bien. Una sonrisa pequeña iluminaba su rostro.
Luego comenzó a moverse hacia abajo. Sus labios tocaron mi pecho. Besó. Lamió.
Mordió suavemente. Bajó más, su boca trazó una línea húmeda por mi abdomen. Sus manos iban adelante, acariciando, preparando el camino. Cuando llegó a mi verga, ya estaba semi-erecta y palpitaba con anticipación.
Mamá la agarró por la base con una mano. Firme. Segura. Luego abrió la boca y la engulló. La
sensación fue inmediata y brutal. Su boca era caliente, húmeda, perfecta. pero lo que me golpeó fue la intensidad con la que succionaba. Fuerte. Casi dolorosamente fuerte. Sus mejillas se hundían con el esfuerzo. Podía sentir la presión increíble en cada centímetro de mi verga mientras su boca trabajaba.
Gemí. El sonido salió involuntario. Ella no aflojó.
Si acaso, succionó más fuerte. Su cabeza comenzó a moverse. Arriba y abajo. Cada bajada me tragaba más profundo en su garganta. Cada subida creaba esa succión devastadora que me hacía ver estrellas. Su lengua no estaba quieta. Me recorría, me degustaba, aunque esta vez tenía un papel secundario en el acto. Entonces una de sus manos bajó. Ahuecó mis bolas, masajeándolas con movimientos circulares. La otra mano envolvió la base de mi verga, moviéndose en sincronía con su boca. Era
una coordinación perfecta. Boca, lengua, manos. Todo trabajando juntos para destruirme de la manera más placentera posible. Y
sus ojos. Dios, sus ojos. Los había levantado para mirarme. Me clavaba la mirada mientras me chupaba
el pene. Esos ojos oscuros brillaban con algo que era parte diversión, parte lujuria, parte desafío. Como si estuviera diciendo, mira lo que te hago.
Mira cómo te controlo.
No podía apartar la mirada. Estaba hipnotizado. La imagen de mamá con mi verga en su boca sus mejillas hundidas por la succión sus ojos fijos en los míos era la cosa más erótica que había visto en mi vida. Mi verga estaba completamente dura ahora. Palpitaba en su boca. Cada succión me acercaba más al borde. Entonces ella hizo algo que casi me hace terminar ahí mismo. Bajó más tomándome más profundo hasta que su nariz presionó contra mi
vello púbico. Me tuvo así por varios segundos, su garganta trabajando alrededor de mi verga, antes de retirarse lentamente.
Mierda, jadeé. Mamá se apartó.
Mi verga salió de su boca brillante de saliva. Ella lamió sus labios, saboreándome, sin
romper el contacto visual. Luego se movió. Se levantó sobre sus rodillas. Se
posicionó sobre mí, una pierna a cada lado de mis caderas. No se sentó. Se quedó en cuclillas, con los muslos tensos con el esfuerzo de sostener su peso. Su mano encontró mi verga. La
guió hacia arriba, posicionando la punta contra su entrada. Y se dejó caer. No hubo descenso gradual. Solo gravedad y urgencia. Su concha me
tragó en un segundo, engulléndome
hasta la base. Ambos gemimos. El placer era una droga que inundaba el aire. Entonces comenzó
a moverse. Y su movimiento era diferente de cualquier cosa que hubiéramos hecho antes. Saltitos. Rápidos, cortos, frenéticos. No eran penetraciones largas, sino breves y eufóricas. Arriba, abajo, arriba, abajo, en una velocidad que parecía imposible de mantener. Sus pechos rebotaban violentamente con cada movimiento. Subían y bajaban sin control, la carne se sacudía con el impacto. Su cabello caía sobre su rostro, ocultando sus facciones, dejándome solo con la
vista de su cuerpo moviéndose sobre mí. Mis manos volaron hacia sus pechos. Los agarré, estrujando la carne suave para detener algo del movimiento. Encontré sus pezones entre mis dedos y los pellizqué.
Mamá gimió. Más fuerte. Más
desesperado. Permanecimos en esa danza por varios minutos en los que el tiempo se distendía, abrazándonos. Entonces sus manos se dispararon hacia adelante. Agarraron mis muñecas. Las jalaron hacia arriba, por encima de mi cabeza, y las presionaron contra el colchón. Me inmovilizó completamente.
Ahora estaba a su merced.
Ella controlaba el ritmo, la profundidad, todo.
Yo solo podía recibir. Y lo que recibía era increíble.
Su posición había cambiado ligeramente al sujetar mis manos. Ahora estaba inclinada hacia adelante, sus pechos colgaban directamente sobre mi rostro. Con cada saltito, se balanceaban, rozando mi boca, mis mejillas. Además, las penetraciones eran ahora mucho más profundas. No pude resistir.
Levanté la cabeza y capturé uno de sus pezones con mi boca. Lo besé. Lo lamí. Lo mordí.
Mi lengua giró alrededor del pezón antes de que mis dientes se cerraran sobre él, jalándolo. Mamá huyó. Su espalda se arqueó. Los saltitos se volvieron más erráticos, más desesperados. Cambié al otro pecho. Le di el mismo tratamiento. Besos, lamidas, mordidas que la hacían gemir y acelerar. Apenas podía respirar con esas bolas de carne cubriéndome. Su concha apretaba mi verga con cada movimiento. Podía sentir las paredes pulsando, contrayéndose.
Ella estaba cerca. Yo estaba cerca. Los gemidos de mamá se convirtieron en gritos. Incoherentes, cuturales. Su cabeza se echó hacia atrás
Sí, sí, sí, chillaba. Entonces sucedió. Su orgasmo la golpeó
como un tren. Su concha se apretó alrededor de mi verga con una fuerza brutal. Todo su cuerpo se tensó, suspendido en ese momento perfecto de éxtasis.
Y eso me empujó sobre el borde. Mi propio
orgasmo explotó. Semen brotó de mí en oleadas, llenándola, cada espasmo acompañado por una ola de placer que me cegaba. Mamá colapsó sobre mí. Soltó mis manos. Su peso completo cayó contra mi pecho. Ambos jadeábamos, temblábamos, completamente destruidos. Nos quedamos así. No sé cuánto tiempo. Segundos, minutos. Mirando el techo manchado de humedad mientras nuestros corazones volvían gradualmente a ritmos normales. Desperté sin saber qué hora era. La habitación
estaba en penumbra. Ni oscuridad completa ni luz de día. Ese limbo gris que podía ser noche, madrugada o día. No tenía idea. Mamá estaba acurrucada junto a mí. su espalda contra mi pecho, su culo presionado contra mi entrepierna. Podía sentir el calor de su piel contra la mía. Estábamos completamente desnudos. Habíamos caído dormidos así después de repetidos coitos. Las sábanas nos cubrían apenas hasta la cintura. Me moví ligeramente. Mi brazo rodeó su cintura, jalándola más cerca. Mi nariz
se enterró en su cabello. Olía a sudor, a sexo, a ella.
Mamá se removió. Un sonido suave escapó de su garganta. Estaba despertando.¿ Qué hora es? Murmuró su voz pastosa de sueño. No sé, respondí contra su cuello. Presioné mis labios contra su piel. Un beso suave. Luego otro
Subí por la curva de su cuello hasta llegar a su mejilla. La besé ahí también. Mamá se volteó en mis brazos. Ahora estábamos frente a frente. Sus ojos todavía estaban medio cerrados, luchando contra el sueño. Besé su otra mejilla.
Luego su frente. Luego sus párpados cerrados, uno tras otro. Ella sonrió.
Sus brazos se enrollaron alrededor de mi cuello.
Nuestros
labios se encontraron. El beso fue suave al principio. Perezoso. Nuestras bocas se movían con lentitud. Sus manos se movieron hacia mi cabello. Mis manos bajaron por su espalda hasta huecarse en su culo. La jalé contra mí. Nos besamos así durante varios minutos.
Perdidos en la sensación. En el calor. En la intimidad
simple de estar juntos. Finalmente nos separamos. Ambos respirábamos un poco más rápido. Mamá me miraba con esos ojos oscuros que ahora podía ver mejor con la luz creciente.
Salgamos, dije de repente. ¿Qué? Parpadeó, confundida. De la habitación. Vamos a algún lado.¿ A dónde? A la playa. No sé, hay que salir de aquí al menos por un rato. Algo cambió en su expresión. Se suavizó. Una sonrisa pequeña apareció en sus labios. Está bien, aceptó. Nos levantamos. Me vestí rápido.
Encontré unos shorts y una camiseta en mi maleta. Mamá hizo lo mismo, eligiendo un vestido ligero que se deslizó sobre su cuerpo desnudo en segundos. No nos molestamos con ropa interior. No había tiempo ni necesidad. Salimos de la habitación. El pasillo del hotel estaba completamente vacío y silencioso. Nuestros pasos sobre las baldosas sonaban demasiado fuertes en el silencio. Bajamos las escaleras. La recepción estaba oscura. Rosa todavía dormía.
Salimos por la puerta principal y el aire fresco de la madrugada nos golpeó. El pueblo estaba muerto. No había un alma en las calles. Las farolas todavía estaban encendidas, creando círculos de luz amarilla sobre el pavimento. Entre ellos, la oscuridad era casi total. Caminamos tomados de la mano. El único sonido era el golpe suave de nuestros pies contra la calle y el murmullo distante del océano. La playa apareció frente a nosotros. Arena gris en la penumbra.
Olas oscuras rompiendo en la orilla. El horizonte era apenas visible como una línea más clara donde el cielo se encontraba con el mar. No había nadie. La playa estaba completamente vacía. Bajamos a la arena. Se sentía fría bajo mis pies descalzos. Caminamos hacia un lugar cerca del agua pero no demasiado cerca. Nos sentamos lado a lado, nuestros hombros se tocaban. El silencio se extendió entre nosotros. Miré hacia el horizonte. El cielo comenzaba a cambiar. Negro dando
paso a azul marino profundo. Las estrellas que habían sido brillantes minutos antes comenzaban a desvanecerse. Tomé la mano de mamá. Nuestros dedos se entrelazaron sin esfuerzo, como si hubieran sido diseñados para encajar juntos.¿ Estás disfrutando el viaje? Pregunté después de un rato. Mamá giró su cabeza para mirarme. Incluso en la luz tenue podía ver la expresión en su rostro. Felicidad genuina
Paz. Son las mejores vacaciones de mi vida. Algo se movió en mi pecho.
Una emoción que no podía nombrar exactamente. Cariño, sí. Pero. Agité la cabeza, quizá no era el momento para pensar en esto. La miré. El perfil de su rostro contra el cielo que se aclaraba. La curva de su nariz. El contorno de sus labios. El
cabello cayendo sobre sus hombros. Y de repente necesitaba besarla. Me incliné hacia ella. Mi mano libre subió a su mejilla, girando su rostro hacia el mío. Nuestros labios se encontraron.
El beso fue suave. Dulce incluso. aunque esa palabra normalmente me haría reír. Pero no había otra forma de describirlo. Mis labios presionaron contra los suyos con ternura. Sin urgencia. Era la primera vez que la besaba fuera de la habitación. Fuera del contexto del sexo y la lujuria. Solo nosotros dos en una playa vacía mientras el sol comenzaba a asomar. Mamá correspondió el beso con una calidez que superó cualquier expectativa. Sus labios se movieron contra los míos con la misma ternura.
Su mano apretó la mía. Nos separamos después de varios segundos. Nuestras frentes se tocaron brevemente antes de volvernos hacia el horizonte. El sol había comenzado a aparecer. Una línea de fuego naranja se extendía donde el cielo tocaba el mar. Los primeros rayos dispararon hacia arriba, pintando las nubes dispersas de rosa y dorado. Nos quedamos sentados, mirando como el día nacía frente a nosotros. El espectáculo duró quizá diez minutos.
Luego el sol estuvo completamente sobre el horizonte y el cielo se transformó en azul claro. La playa se iluminó, revelando detalles que la oscuridad había ocultado.
Mamá suspiró. Un sonido satisfecho. Tengo hambre, anunció. Yo también, admití.¿ Vamos a desayunar? Sí. El desayuno fue simple.
Luego salimos de nuevo a la calle, con una dirección clara en nuestros pasos. El sol ya estaba alto. El calor comenzaba a intensificarse. Las calles se llenaban con gente del pueblo empezando su día. Tiendas abriendo. Niños corriendo hacia la escuela. Caminamos de regreso sin prisa. El ambiente romántico del amanecer todavía flotaba entre nosotros. Mamá me sonreía cada vez que nuestras miradas se encontraban. Llegamos al hotel. Subimos las escaleras. Mamá sacó la llave del bolsillo de su vestido
y la metió en la cerradura. La puerta se abrió. Algo se rompió en mí. En el instante en que cruzamos
el umbral, me lancé sobre ella. Mis brazos la rodearon desde atrás, atrapándola contra mi cuerpo. Mis manos fueron directamente a sus pechos, estrujándolos a través de la tela del vestido. Mi boca encontró su cuello y mordí. Mamá gritó. Pero era un grito de sorpresa, no de dolor o protesta. Luego se rió. Una risa genuina que brotó de su garganta a pesar de la brusquedad de mis acciones.¿ Qué te pasa? Preguntó entre risas, aunque no hizo ningún movimiento
para apartarse. No respondí. Simplemente seguí apretando sus pechos, mordiendo su cuello. presionando mi cuerpo contra el suyo. Pateé la puerta detrás de nosotros. Se cerró con un golpe seco. El pestillo hizo clic cuando giró. Mamá se giró en mis brazos. Me enfrentó con esos ojos oscuros que ahora brillaban. Su mano bajó entre nosotros. Se deslizó sobre mi sword. Encontró mi
verga, ya medio dura. La agarró a través de la tela. Apretó. Gemí. Ella me miró directamente a los ojos. Una sonrisa juguetona curvaba sus labios.¿ Qué piensas
hacer con esta bonita verga tuya?
Preguntó. Su mano
se movió. Me masajeó a través del sword, sintiendo
cómo crecía bajo su palma. Cogerte. Respondí. La sonrisa de mamá se amplió. Sus ojos se iluminaron. Bien, dijo. Me lancé sobre ella. Nuestras bocas
chocaron con una fuerza que bordeaba lo violento. El beso fue furioso, desesperado, hambriento. Nuestras lenguas luchaban por dominación. Mis dientes atraparon su labio inferior. Mamá gimió en mi boca. Sus manos subieron a mi cabello, jalándolo con fuerza suficiente para doler. Caminamos hacia atrás, todavía besándonos. Nuestros cuerpos chocaban contra muebles. La mesita de noche se movió con un golpe. La lámpara se sacudió.
Llegamos a la cama. Caímos sobre ella en un enredo de extremidades.
Mis manos fueron al vestido de mamá. Lo jalé hacia arriba, exponiendo sus muslos, su culo, su estómago, sus pechos. Ella levantó los brazos y lo saqué completamente por su cabeza. Gruñí de pura lujuria. Mamá se rió. Sus manos fueron a mi camiseta, jalándola hacia arriba. Me la quité con un movimiento. Luego mis shorts. Los
empujé por mis piernas y los pateé fuera. Mi verga saltó libre. Completamente recta. Palpitando. Nos lanzamos uno contra el
otro otra vez. Manos por todas partes. Tocando, acariciando, explorando con urgencia. Mis palmas se deslizaron por sus pechos, su cintura, sus caderas. Las suyas trazaron mi espalda, mi pecho, bajaron a agarrar mi culo. Nuestras bocas nunca se separaron. Nos besábamos con una intensidad que me dejaba sin aliento. Cuando finalmente necesité aire, moví mi boca a su cuello. Besé. Lamí. Mordí lo suficientemente fuerte para dejar marcas. Mamar queaba su espalda,
ofreciéndome más piel. Sus manos se hundían en mi cabello, jalándome más cerca. Bajé más. Mi boca encontró sus pechos. Los besé con reverencia. Mi lengua giró alrededor de un pezón antes de que mis labios se cerraran sobre él, succionando fuerte.
Sí, jadeó mamá. Me moví al otro pecho.
Le di el mismo tratamiento. Lamidas largas seguidas de mordidas que la hacían gritar. Su mano encontró mi verga. La agarró firmemente y comenzó a masturbarme. Arriba y abajo en movimientos rápidos que me tenían al borde en segundos. Me posicioné entre sus piernas. Ella las abrió automáticamente, dándome espacio. Sus rodillas se levantaron. Sus muslos
se separaron. Su concha estaba empapada. Brillante con su excitación. Hinchada y lista. Agarré mi verga y la
guía hacia su entrada. La cabeza presionó contra sus labios. Empujé. Me deslicé dentro con una facilidad que todavía me sorprendía. Su concha me tragó, envolviéndome en calor húmedo que me hizo gruñir. No me detuve hasta que estuve completamente enterrado. Hasta que mi ingle presionó contra la suya. Hasta que no quedó
ni un centímetro fuera. Mamá gimió. Largo y profundo. Sus ojos se cerraron. Su boca se abrió. Entonces comencé a moverme. Bombeo con
intensidad. Salía casi completamente antes de empujar hacia adentro otra vez. Cada penetración era profunda, dura, diseñada para hacerla sentir cada centímetro de mi miembro en su interior. Mamá gimió directamente en mi oído. El sonido era íntimo, erótico, perfecto. Su aliento caliente contra mi piel me erizaba. Sus piernas se envolvieron alrededor de mis caderas. Sus talones presionaban contra mi culo, jalándome más profundo con cada embestida. Sí,
sí, susurraba entre gemidos. Así. No pares. Sus manos se movieron a mi espalda. Sus uñas se clavaron en mi piel. Podía sentir como arañaba.
El dolor solo añadía a la intensidad. Me hacía bombear más fuerte Más rápido. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación.
Carne contra carne. Húmedo y obsceno. Acompañado por nuestros gemidos y jadeos. Minutos pasaron. No sé cuántos. Perdí la noción del tiempo. Solo existía este
momento. Esta sensación. Este placer construyéndose con cada movimiento. Podía sentir mi orgasmo acercándose
Pero todavía no.
Todavía no estaba
listo para que terminara. Me retiré. Mi verga se deslizó fuera de ella con un sonido húmedo. Ponte en cuatro, ordené. Por un
segundo pensé que no me había escuchado. Mamá seguía acostada en la misma posición, jadeando, mirándome
sobre su hombro. Entonces se movió. Se giró lentamente
su cuerpo rotando sobre el colchón hasta quedar boca abajo. Levantó sus caderas. Se posicionó sobre sus rodillas. Sus manos se plantaron en el colchón frente a ella.
Estaba en cuatro. Perfectamente. Su culo elevado hacia mí como una ofrenda. Me
coloqué detrás de ella. Me arrodillé en la cama, mirando la vista que tenía frente a mí. Entonces le di una sonora nalgada sobre su nalga derecha. El sonido resonó en la habitación. Un palmada seca y fuerte que dejó mi
palma ardiendo. Mamá lanzó un gritito. Agudo. Erótico. Su cuerpo se tensó, luego se relajó. Una marca roja comenzó a aparecer donde la había golpeado. Dios murmuró. Miré. No podía apartar los ojos. Su espalda se extendía frente a mí. La curva de su columna. Los músculos moviéndose bajo la piel. Luego ese culo. Enorme. Jugoso.
Las nalgas se separaban ligeramente en esta posición, revelando todo. Era como ver la gloria
misma. Y su concha. Empapada. Brillante. Sus labios hinchados e hinchados.
Mamá se estiró más. Bajó su pecho hacia el colchón, arqueando su espalda más pronunciadamente. Su culo se elevó aún más, marcándose obscenamente. Voy a extrañar todo esto cuando volvamos, dijo en un ronroneo, su voz salía amortiguada contra las sábanas. Me
congelé. Las palabras me golpearon como agua helada. Todo mi cuerpo se petrificó. Como si esto fuera solo eso. Vacaciones. Una locura temporal. Algo que terminaría
cuando volviéramos a casa.
Mi mente corrió.
Era eso lo que pensaba? Que una vez que regresáramos todo volvería a la normalidad. Pensé en preguntarle directamente a qué se refería, qué pensaba, qué esperaba. Pero al mismo tiempo no quería saber la respuesta.¿ Por qué si preguntaba y ella confirmaba que sí, que esto era sólo temporal, qué haría yo?
¿Protestar? ¿Rogar? Decidí no pensar en ello. No ahora. Ahora sólo existía su cuerpo frente a mí. Su culo elevado. Su culo como una ofrenda para mí. Puse mis manos en sus nalgas. Las separé con firmeza. Su ano apareció. Perfecto. Me incliné hacia adelante y escupí
La saliva cayó directamente sobre ese anillo de músculo. Vi cómo se deslizaba, cubriendo la entrada.
Mamá se tensó. Hizo un sonido de sorpresa. ¿Qué? Comenzó. No le di tiempo de terminar la pregunta. Mi dedo índice presionó contra su ano. Empujé.
Resistencia al principio. El músculo luchó contra la intrusión. Pero seguí presionando, constante, hasta que cedió. Mi dedo se hundió hasta el
primer nudillo. Luego el segundo. Luego completamente dentro. Dios. Gritó mamá. Pero no de dolor. Su cuerpo no se apartó. Después de ese primer instante de tensión, se relajó. Se abrió. Aceptó. Moví mi dedo. Dentro y fuera. Lento. Sintiendo
como ese anillo apretaba alrededor de mi dedo con cada movimiento. Mamá gemía ahora. Sonidos bajos que salían de su garganta. Su
espalda se arqueaba más. Su culo presionaba contra mi mano. Retiré mi dedo. Ella gimió en protesta. Agarré mi verga.
Todavía estaba dura como piedra. La guía hacia arriba. Posicionando la punta contra
su ano. Presioné. La resistencia fue inmediata. Más
fuerte que con mi dedo. El glande era más grande, más ancho. Su ano luchaba contra la
invasión. Pero seguí empujando. Constante. Firme. El glande comenzó a abrirse paso.
Milímetro a milímetro. Podía sentir como el músculo se estiraba, como se día gradualmente. Entonces pasó.
La cabeza de mi verga se deslizó dentro. Mamá gritó. Su cuerpo se tensó completamente. Sus manos se aferraron a las sábanas. Me detuve. Le di un segundo para ajustarse.
Para acostumbrarse a la sensación. Su respiración salía en jadeos pesados. Pero después de un momento, sentí como se relajaba otra vez. Empujé más. El resto fue más fácil. Una vez que el glande estaba dentro, mi verga se deslizó más suavemente. Centímetro tras centímetro hasta que finalmente mi ingle presionó contra sus nalgas. Estaba
completamente dentro del culo de mi madre. La sensación era milagrosa. Apretado. Más apretado que su concha. El calor era diferente también. Más intenso. Más envolvente. Como estar en alta mar, pensé ridículamente. Rodeado por algo vasto e inmenso. Mamá gemía. No sonidos de dolor. Solo placer profundo y gutural. Comencé a moverme.
Suave al principio. Retirándome lentamente, luego empujando hacia adentro otra vez. Estableciendo un ritmo gentil que nos permitiera a ambos adaptarnos. Pero su cuerpo respondía. Después de algunas embestidas, sentí como ella comenzaba a echarse hacia atrás. Empujando su culo contra mí.
Encontrándome a medio camino. Eso fue suficiente invitación. Aumenté la fuerza. Las
embestidas se volvieron más duras. Más profundas. El sonido de mi pelvis golpeando contra sus nalgas llenó la habitación. Mi mano se disparó hacia adelante. Mis dedos se enredaron en su cabello. Cerré el puño y jalé. Su cabeza se echó hacia atrás. Su espalda se arqueó en un ángulo más imposible. Un grito escapó de su garganta.
Te gusta que te dé por el culo? Gruñí, penetrándola más fuerte. Sí. Chilló mamá, su voz aguda y desesperada. Sí, me encanta. Algo en mí se rompió. O se liberó. No lo sé. La intensidad se volvió excesiva.
Salvaje. Mis caderas se movían con una velocidad que rayaba en lo brutal. Cada embestida era profunda, dura
sin piedad. La sensación era astronómica. No podía creer que esperé tanto para sodomizarla.
Mamá gritaba sin control. Sonidos incoherentes que eran parte placer, parte dolor, completamente eróticos. Mi mano jalaba su cabello con cada penetración. La otra se aferraba a su cadera, manteniéndola en su lugar mientras me la cogía. Podía sentir
mi orgasmo acercándose. Rápido. Inminente. Inevitable. Me voy a venir, gruñí. Sí, gimió mamá. Sí, dame todo. Lléname el culo. Tres embestidas más. Cuatro. Entonces explotó. Mi orgasmo fue violento.
Semen brotó de mí en oleadas calientes, llenando su culo, cada espasmo acompañado por una ola de placer tan intensa que me cegó. Seguí bombeando. Más lento ahora pero sin detenerme. vaciándome completamente dentro de ella hasta que no quedó nada más que dar. Finalmente me detuve.
Mi verga todavía enterrada en su culo. Ambos temblábamos. Solté su cabello.
Ella dejó caer la cabeza contra el colchón. Sus brazos se dieron.
Se desplomó completamente boca abajo. Yo caí junto a ella. Mi cuerpo pesado. exhausto, completamente destruido. Nos quedamos así, respirando pesadamente.
Sudor cubría cada centímetro de nuestra piel
El aire acondicionado zumbaba. Las olas rompían a lo lejos. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
