Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Mi madre lee mis historias, parte 8. Retiré mis dedos de su concha lentamente. Julieta temblaba contra mí, todavía recuperándose, su respiración pesada hacía que todo su cuerpo subiera y bajara. Cerré la llave de la regadera. El chorro se detuvo y el silencio que siguió se sintió extrañamente vacío, solo interrumpido por el goteo ocasional y nuestras respiraciones. Aflojé mi
agarre alrededor de su cintura. Mamá se enderezó gradualmente, sus piernas estaban todavía un poco inestables. Se volteó para mirarme. Su rostro estaba sonrojado, gotas de agua colgaban de sus pestañas. Una sonrisa pequeña jugaba en sus labios. Eres terrible, dijo, pero no había reproche real en su voz. Salimos. Tomé mi toalla del gancho y comencé a secarme. Mamá hizo lo mismo, pasando la tela por su cuerpo con movimientos automáticos.
El vapor todavía flotaba en el baño pequeño, empañando el espejo. Caminamos de regreso a la habitación. El aire acondicionado débil golpeó mi piel húmeda. Mi verga todavía estaba dura, apuntando hacia adelante sin vergüenza. No había encontrado alivio en la ducha. Solo había dado placer. Mamá dejó caer su toalla sobre su cama. Se estiró, sus brazos se elevaron sobre su
cabeza y un gemido satisfecho escapó de sus labios. Han sido vacaciones maravillosas, comentó casualmente, como si estuviéramos hablando del clima. La miré. Desnuda. Gotas de agua todavía brillaban en su piel. Su cabello mojado caía en mechones oscuros sobre sus hombros. Sus pechos pesados. Su estómago suave. El vello entre sus muslos todavía húmedo. cómo se me anotojaba comerle el coño y sentir sus vello público hacerme cosquillas en la nariz.
Y yo ahí parado con la verga más dura que había tenido en mi vida.
Algo en mí se rompió. O tal vez se encendió. No lo sé. Crucé la
distancia entre nosotros en tres pasos. No me detuve hasta que mi cuerpo estaba a centímetros del suyo. Tan cerca que mi verga rozaba su piel. Tan cerca que mi aliento tocaba su rostro cuando hablé.
No dije nada. Solo la miré. No sabía qué decir, sentía que
toda mi vida se limitaba a ese momento. Mamá levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los míos. Vi algo ahí. Deseo, sí. Pero también diversión. Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Como si estuviera disfrutando verme así de desesperado. Su mirada bajó brevemente a mi verga, luego volvió a subir. Una sonrisa pequeña curvó sus labios. Me incliné hacia adelante. Mi boca encontró la suya. El
beso fue intenso y desesperado. Mis labios se estrellaron contra los suyos con una urgencia que me sorprendió incluso a mí. Nuestras lenguas se encontraron, endedándose, saboreándose. La mano de mamá bajó entre nosotros. Sus dedos se cerraron alrededor de mi verga. Gemí en su boca. La sensación era jodidamente perfecta. Ya sé que habíamos hecho otras y mejores cosas, Pero eso no quitaba que sentirla masturbándome directamente sin tapujos y completamente
desnuda era un puto paraíso. Me abandoné completamente. Mi mente ya corría hacia adelante. Imaginando cómo me la cogería esta vez. En qué posición, de qué manera su pelvis iba a chocar contra la mía. En qué iba a enterrar mi cara entre sus enormes tetas. Su mano aceleró. Subía y bajaba por mi verga con un ritmo que me tenía al borde. Mi respiración salía en jadeos contra su boca. Mis caderas comenzaban a moverse involuntariamente, empujando hacia su palma.
Entonces me empujó. Ambas manos contra mi pecho. Me alejé, desconcertado
mirándola sin entender qué había pasado. Mamá caminó hacia su cama. Se metió entre las cobijas, jalándolas hasta su cintura. Se recostó contra las almohadas con una expresión que sólo podía describir como pícara. Hoy no tengo ganas de hacer que te vengas, dijo simplemente
Me quedé parado ahí. Desnudo. Mi verga palpitaba dolorosamente. Completamente confundido. ¿Qué? Logré decir. Lo que escuchaste, respondió, acomodándose mejor. No tengo ganas. La frustración me
golpeó como una
ola
Caliente. Molesta. Mezclada con una excitación que no disminuía sino que se intensificaba con su rechazo. Caminé hacia mi cama. Me senté en el borde, mirándola. Ella me devolvió la mirada con esos ojos divertidos. Mi mano bajó a mi verga. La agarré firmemente. Si ella no iba a terminar lo que había empezado, lo haría yo mismo. Comencé a jalarme. Mi mano se movió arriba y abajo con un ritmo rápido, desesperado. No aparté los ojos de ella. De su cuerpo bajo
las sábanas. De sus pechos que se elevaban con cada respiración. De su rostro que me observaba con esa maldita sonrisa. Puedes hacer lo que quieras, comentó mamá después de un momento. Pero es una lástima desperdiciar tu leche así.
Sus palabras me golpearon. La elección de palabras me desarmó. Ella estaba jugando conmigo. Solté
mi verga. El esfuerzo de detenerme fue físicamente doloroso. Mi cuerpo protestaba, exigía liberación. pero me obligué a parar.
Me levanté. Caminé hacia el interruptor de luz junto a la puerta. Lo apagué. La habitación
se sumió en oscuridad. Regresé a mi cama. Me acosté sobre el colchón, las sábanas frescas contra mi piel sobrecalentada. Mi verga seguía dura, presionando contra mi estómago. Buenas noches, dijo la voz de mamá en la oscuridad
Buenas noches, respondí. Cerré los ojos.
Traté de relajarme. Traté de pensar en cualquier cosa que no fuera el cuerpo desnudo de mamá a pocos metros de distancia.
No funcionó. Los minutos pasaron. Luego horas. Podía escuchar la respiración de mamá. Constante. Profunda. Dormida. Yo seguía despierto. Incómodo. Frustrado. Cachondo más allá de lo soportable. La noche se
extendió interminablemente. Desperté con la sensación de haber dormido dentro de una lavadora. Mi cuerpo estaba adolorido, mis ojos ardían y mi boca sabía a mierda. La luz que entraba por la ventana era demasiado brillante para ser temprano. Giré la cabeza hacia la mesita de noche. El reloj marcaba las once y media
de la mañana. Mierda. Habíamos dormido casi doce horas. Me
senté lentamente. Cada músculo protestó. No sólo por el sueño inquieto sino por la tensión que había mantenido toda la noche. Mi verga finalmente había cedido en algún momento de la madrugada, pero ahora volvía a despertar con interés mañanero. Escuché movimiento en la cama de mamá. Se estiró bajo las sábanas, un gemido largo escapando de sus labios.¿ Qué
hora es? Preguntó su voz ronca de sueño. Once y media. Mierda, se sentó,
frotándose los ojos. No recordaba la última vez que dormía tanto. Yo tampoco. Aunque en mi caso había sido más un estado de duermevela tortuoso que sueño real. Mamá apartó las sábanas y salió de la cama. Desnuda como había dormido. Caminó hacia su maleta sin ninguna prisa, sin cubrir su cuerpo. Yo también me levanté. Mi verga colgaba semierecta, pero la ignoré. Me acerqué a mi propia maleta y saqué ropa, shorts y una camiseta.¿ Qué quieres hacer hoy? Preguntó mamá mientras
se ponía unas bragas y un sostén. Algo tranquilo, respondí.
Estoy cansado. Yo también, admitió.
Tal vez solo desayunar y ver luego. Terminamos de vestirnos en silencio. Mamá eligió un vestido ligero de verano, amarillo pálido que le llegaba a medio muslo. Yo me quedé con los shorts y playera. Salimos del hotel. El sol estaba alto y el calor ya era intenso. Caminamos por las calles del pueblo buscando un lugar para desayunar. La mayoría de los restaurantes estaban llenos de familias dominicales, pero encontramos uno pequeño con dos mesas disponibles en la terraza.
Nos sentamos bajo una sombrilla. El mesero trajo menús y agua. Pedimos huevos para mí, chilaquiles para ella, café para ambos. No puedo creer que solo nos queden tres días, comentó mamá, mirando la calle. Se ha pasado
volando. Sí, concordé. Tendremos que volver a la realidad pronto, continuó. Asentí. No quería pensar en eso. La comida llegó. Comimos despacio, sin prisa.¿ Dormiste bien? Preguntó en algún momento. La pregunta me tomó desprevenido. La midé.
Había algo en su expresión. Una sonrisa apenas perceptible en las comisuras de sus labios. Ella sabía.
Sabía que no había dormido una mierda. No mucho, admití. Qué lástima, dijo, y tomó otro bocado.
Terminamos de comer. Pagué la cuenta y salimos de regreso hacia el hotel. El sol golpeaba sin piedad. Mamá se pegó a las sombras de los edificios mientras caminábamos. Mi mente trabajaba. Procesando lo que había pasado anoche. El juego que mamá había jugado. Su rechazo después de excitarme. Su comentario sobre desperdiciar mi leche. No había sido crueldad. Había sido una prueba. Quería ver si yo entendería. Si jugaría su juego o si simplemente me rendiría y me masturbaría
como un adolescente sin autocontrol. Y yo había pasado la prueba.
Apenas. Con gran esfuerzo. Pero la había pasado. Llegamos
al hotel. Subimos las escaleras hacia nuestra habitación. Rosa nos saludó desde la recepción. Respondimos automáticamente. Entramos al cuarto. El aire acondicionado había mantenido el espacio fresco. Mamá cerró la puerta detrás de nosotros. Me senté en mi cama.
Mamá caminó hacia la ventana, mirando hacia la calle. Entonces recordé. Los
correos. Los malditos correos anónimos que había intercambiado con 3M4- 2M1L2 arroba gmail punto com. Con ella. Una conversación específica volvió a mi mente con claridad perfecta. Cuando le había preguntado qué tan puta se consideraba. Su respuesta, soy bastante puta cuando saben tratarme como tal. Y luego había continuado. Había descrito cómo le gustaba que la cogieran. Tomándola del pelo. Llamándola puta. Tratándola con esa mezcla de rudeza y deseo
que la hacía gemir. Ruégame que te coja le había dicho ese hombre. Y ella había rogado. Había suplicado. Había sido completamente suya en ese momento. La pieza final cayó en su lugar. Mamá no quería dulzura. No quería que le pidiera permiso o que fuera cuidadoso con sus sentimientos. Quería que me la cogiera. Que la dominara. que la tratara exactamente como la puta que ella misma admitía ser. No más. Tal vez me estaba equivocando, pero tenía que intentarlo.
Me levanté de la cama. Mamá seguía mirando por la ventana, ajena a la decisión que acababa de cristalizarse en mi mente. Mamá se alejó de la ventana. Caminó hacia su maleta y comenzó a buscar su bikini. Los movimientos eran casuales, relajados. Pensaba que íbamos a tener otro día normal de playa. Se quitó el vestido por encima de la cabeza. Quedó en ropa interior frente a su maleta, rebuscando en el contenido.
No le di tiempo de encontrar nada. Me quité la camiseta. La tiré al piso.
Los shorts siguieron. En segundos estaba completamente desnudo, me sorprendió que incluso mi verga se puso dura al toque. Crucé la habitación hacia ella. Mis pasos eran silenciosos sobre el piso de baldosa. Mamá seguía concentrada en su maleta, sin darse cuenta de que me acercaba. Llegué detrás de ella. Mi mano se disparó hacia adelante. Mis dedos se enredaron en su cabello. Cerré el puño y jalé. Su cabeza se echó hacia atrás bruscamente. Su cuello se expuso. Su
espalda se arqueó. Un grito de sorpresa escapó de sus labios. Me incliné sobre ella. Mi boca rozó
su oreja. Mi voz salió baja, controlada. Tengo otros planes para hoy. El
gemido que soltó fue perfecto. Una mezcla de dolor por el jalón de cabello, sorpresa por la acción repentina y algo que sonaba peligrosamente cercano al placer. Mi boca
se movió hacia su cuello. Abrí la boca y mordí. Mamá gimió. Esta vez no había ambigüedad. Era puro placer. El sonido fue directo a mi verga.
Mi mano libre subió hacia sus pechos. Los encontró todavía cubiertos por el sostén. Lo ignoré. Simplemente apreté la carne a través de la tela, estrujé con fuerza, confiado en que la prenda protegería la piel del otro lado. Ella se retorció contra mí. Su culo presionó contra mi verga que ya estaba completamente dura. Solté su cabello. Mis manos fueron al broche de su sostén. Lo abrí con un movimiento rápido. La prenda cayó al piso. Volví a agarrar sus pechos, esta vez sin nada entre mi piel y
la suya. Los estrujé sin delicadeza. Los amasé. Los jalé. Sentía como los pezones se endurecían contra mis palmas. Una de mis manos bajó. Se deslizó por su estómago, sobre su vientre, hasta llegar a sus bragas. No me molesté en quitárselas. Simplemente metí mi mano dentro. Mis dedos encontraron su concha.
Empapada. Completamente jodidamente empapada. Sonreí contra su cuello. Te mojas rápido,
comenté, mis dedos se deslizaron entre sus labios. Solo cuando me tratan bien, respondió, con voz entrecortada. La frase me confirmó todo. Ella entendía. Sabía exactamente qué estaba pasando y lo quería. Retiré mi mano de sus bragas. Ambas manos fueron a sus caderas.
La giré bruscamente. Luego la empujé
Mamá cayó hacia atrás sobre la cama. Rebotó ligeramente sobre el colchón. Una sonrisa enorme se extendió por su rostro. Excitación pura brillaba en sus ojos. Me lancé sobre ella. Mis manos agarraron sus muslos y lo separé con fuerza. Las bragas todavía las tenía puestas. Las jalé hacia un lado, exponiendo su concha rosada y brillante. Mi verga encontró su entrada sin necesidad de guía.
Ajusté mi ángulo. Agarré mis caderas. Y la penetré. Una estocada. Dura. Profunda. Enterrándome
hasta el fondo en un solo movimiento brutal. Los ojos de mamá se pusieron en blanco. Literalmente rodaron hacia atrás en su cabeza. Su boca se abrió en un grito silencioso. Su espalda se arqueó violentamente, levantándose del colchón. No esperé a que se ajustara.
No le di tiempo para acostumbrarse a tenerme dentro. Comencé a acogérmela. Rápido. Duro. Justo lo que necesitaba una puta como ella.
Mis caderas se movían como pistones. Entraba y salía de ella con una velocidad que rayaba en lo violento. Su concha estaba apretada. Demasiado apretada. No se había adaptado a mi tamaño todavía. Podía sentir la resistencia cada vez que la penetraba. Pero esa resistencia solo hacía que la sensación fuera más intensa. Mamá gritaba. Sonidos entrecortados salían de su garganta con cada embestida. Sus manos se aferraban a las sábanas. Sus piernas temblaban alrededor de mis caderas.
Me incliné hacia adelante. Intenté besarla.
Ella me vio venir. Cuando mis labios estaban a centímetros de los suyos, su boca se abrió. Pero no para
recibirme. Me mordió. Sus dientes se hundieron en mi labio inferior. Fuerte.
Lo suficiente para que sintiera el sabor metálico de sangre en mi lengua. Gruñí. El dolor se mezcló con el placer en una combinación que me hizo empujar más fuerte dentro de ella. Cambié de táctica. Si ella quería jugar rudo, jugaríamos rudo. Moví mi peso. Me dejé caer sobre ella, aplastándola contra el colchón con todo mi cuerpo. Mis manos buscaron las suyas. Las encontré todavía aferrándose a las sábanas. Las agarré por las muñecas. Las jalé hacia arriba, por
encima de su cabeza. Las sujeté ahí con una de mis manos, inmovilizándola. Ahora no podía moverse. Mi peso la mantenía pegada al colchón. Mis manos controlaban sus brazos. Solo podía
recibir lo que yo le daba. Y le di todo. Mis caderas se
movían con una fuerza renovada. Cada embestida hacía que todo el colchón se sacudiera. El cabecero golpeaba rítmicamente contra la pared. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación. Mamá se retorcía debajo de mí. No tratando de escapar. Tratando de encontrar más. Sus caderas se levantaban para encontrarme. Su concha apretaba mi verga con cada penetración.
Sí, jadeaba. Sí, así. Más fuerte.
Obedecí. Aunque no pensé que fuera posible penetrarla más fuerte, encontré la manera. Mis caderas golpeaban contra las suyas con una fuerza que probablemente dejaría moretones. Podía sentir mi orgasmo acercándose. Demasiado pronto. Mucho más jodidamente pronto de lo que quería. Pero no podía parar. El placer era demasiado intenso. Su concha demasiado apretada. Los sonidos que hacía demasiado perfectos
Mierda, gruñí. Me voy a venir. Sí, gimió mamá. Sí, dame todo. Tres embestidas más. Cuatro. Entonces
salí. Mi verga se deslizó fuera de ella en el último segundo posible. La agarré con mi mano libre y comencé a masturbarme.
Explotó. Semen
brotó de mi verga en chorros gruesos y calientes. El primero aterrizó en su mejilla. El segundo cruzó su nariz y frente. Los siguientes cubrieron sus pechos, creando líneas blancas sobre su piel bronceada. Seguí jalándomela hasta que salió cada gota. Hasta que mi verga dio su último espasmo y no quedó nada más que dar. Mamá yacía debajo de mí. Mi semen le cubría el rostro y los pechos. Una gota colgaba de su mentón. Otra se deslizaba lentamente desde
su frente hacia su cien. Su lengua salió. Lamió alrededor de sus labios, recogiendo lo que podía alcanzar. Sus ojos me miraban con una expresión que sólo podía describir como felicidad. Mierda, susurró. Me desplomé junto a ella. Mi pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas. Podía sentir mi corazón martilleando contra mis costillas. Mamá se volteó hacia mí. Su rostro todavía cubierto con mi semen. Una sonrisa jugaba en sus labios. No esperaba
eso, dijo. Yo tampoco había
esperado muchas cosas esta semana. Pero aquí estábamos. Y ya había descubierto la medicina de mamá, así que no pensaba dejar las cosas así. Mi mano se movió. No conscientemente. Simplemente sucedió. Mis dedos encontraron su cabello otra vez. Se enredaron en los mechones pegajosos de sudor.
Mamá me miró. Curiosidad había en sus ojos. Cerré mi puño. Agarré su cabello firmemente. Luego jalé.
Su cabeza se movió hacia abajo. Hacia mi entrepierna donde mi verga descansaba contra mi muslo, todavía brillante con sus jugos y los restos de mi semen. Límpiame, ordené. La palabra salió con más autoridad de la que sabía que tenía. No era una petición
Era una orden. Mamá se tensó. Por un segundo.
Sus ojos se entrecerraron ligeramente. Vi el destello de resistencia ahí.
Jalé su cabello más fuerte. Lo suficiente para que doliera. Ella se rindió.
Su cuerpo se relajó. Se movió hacia abajo por la cama hasta que su rostro quedó a la altura de mi entrepierna. Mi semen todavía le cubría las mejillas. Una gota colgaba de su mentón.
Abrió la boca. Su lengua salió. Y engulló mi verga. La sensación fue eléctrica
Demasiado intensa. Mi verga estaba sensible después del orgasmo, cada terminación nerviosa todavía disparando señales de placer-dolor. Gemí. El sonido salió involuntario y crudo. Mamá no se detuvo. Sus labios se cerraron alrededor de mi tronco flácido. Su lengua comenzó a trabajar, lamiéndome, limpiando cada centímetro. Podía sentir todo. La textura áspera de su lengua. El calor húmedo de su boca. La manera en que sus labios presionaban contra mi piel
mientras me chupaba. Ella la mía con deliberación. No era un trabajo rápido. Tomaba su tiempo. Su lengua se deslizaba a lo largo de mi verga, recogiendo la mezcla de nuestros fluidos. Sus propios jugos mezclados con mi semen. El sabor tenía que ser intenso.
Pero no se quejó. No
hizo ninguna mueca de disgusto. En su lugar, gemía suavemente. pequeños sonidos de placer que vibraban contra mi piel, como si estuviera disfrutando esto tanto como yo. Su boca se movió hacia abajo, hacia la base de mi verga. Su lengua lamió ahí donde había más acumulación de nuestros fluidos. Luego subió otra vez, trazando la vena que corría a lo largo del tronco. Cuando llegó a la cabeza, la rodeó completamente con sus labios. Succionó. Fuerte. Extrayendo las últimas
gotas de semen que todavía podían estar escondidas. Joder. La sensación era demasiado. Placer tan intenso que bordeaba el dolor. Mi verga palpitaba en su boca, hipersensible pero incapaz de apartarse. Mamá continuó. Sus manos se unieron a su boca ahora. Una envolvió mi tronco, sosteniéndome en su lugar. La otra huecó mis bolas, masajeándolas suavemente mientras su lengua seguía trabajando. Podía sentir como mi cuerpo respondía. La sangre comenzaba a
correr otra vez hacia mi entrepierna. Mi verga, que había estado completamente flácida momentos antes, empezaba a llenarse. Gradualmente.
Lentamente. pero definitivamente. Se endureció en su boca. Primero sólo un poco
de firmeza. Luego más. Sus labios tuvieron que ajustarse mientras crecía, expandiéndose para acomodar el tamaño aumentado. Mamá se dio cuenta. Sentí su sonrisa alrededor de mi verga. Dejó escapar un gemido bajo y satisfecho. Continuó succionando. Ahora no era solo limpieza. Era estimulación activa. Su cabeza comenzó a moverse. Arriba y abajo. Tomándome más
profundo con cada bajada. Mi verga seguía creciendo. Más
dura. Más gruesa. Llenando su boca completamente hasta que las comisuras de sus labios se estiraban. Finalmente se apartó. Mi verga salió de su boca con un sonido húmedo y obsceno. Estaba completamente erecta otra vez. Apuntando hacia el techo. Brillante con su saliva. Mamá se sentó sobre sus talones. Me miró con una expresión que sólo podía describir como admiración. Juventud, divino tesoro, murmuró y una risa suave escapó de sus labios. Tenía toda su atención, su cuerpo,
su voluntad. Había establecido el control de una manera que no dejaba dudas. El día era mío. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
