Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Mi madre lee mis historias. Parte 4. Desperté la mañana siguiente con esa sensación de haber soñado algo importante, pero sin recordar qué. La luz entraba por mi ventana con la violencia típica de las nueve de la mañana. El sonido familiar de mamá preparando café en la cocina me motivó a levantarme. La vida continuaba, indiferente a mis crisis internas.
Ella estaba de espaldas, vertiendo café en su taza favorita, esa de cerámica azul que había tenido desde que yo era niño. Llevaba su ropa de trabajo, una blusa color vino y pantalones negros que se ajustaban a sus caderas de una manera que ahora no podía dejar de notar. Su cabello caía en onda sobre sus hombros, todavía ligeramente húmedo de la ducha.— Buenos días— dije. Ella se volteó.
Una sonrisa apareció en su rostro, cálida y genuina. sin rastro de incomodidad o arrepentimiento.« Buenos días, hijo», respondió.«¿ Quieres café?» Y entonces, sin pensarlo realmente, sin planificarlo, me acerqué a ella. Me incliné y presioné mis labios contra su mejilla en un beso que duró un segundo más de lo estrictamente necesario. Al hacerlo, nuestros cuerpos se juntaron. Y el calor de ambos nos abrazó de una manera tierna. Algo cambió en
su expresión. Nada dramático. Solo un suavizamiento alrededor de sus ojos. Un brillo que no había estado ahí un momento antes. Su mano se levantó y tocó mi brazo. Sus dedos apretaron suavemente mi bíceps.—¡ Qué lindo detalle!— murmuró. Justo lo que necesitaba para empezar mi día. No era un tono maternal normal. O tal vez sí lo era, y yo estaba proyectando. No lo sabía. De nada, respondí, apartándome para
servirme mi propio café. Esa mañana estableció un patrón. Al día siguiente, cuando entré a la cocina, ella ya estaba ahí. Esta vez, yo llegué primero a donde ella estaba. Me acerqué y le di un beso en la mejilla. Su sonrisa fue inmediata, iluminando su rostro entero. Sus manos encontraron en mi cintura por un momento un toque que me electrificó. El tercer día, cuando me despedí de ella antes de
que saliera al trabajo, volví a besarle la mejilla. Esta vez, Sus brazos me rodearon completamente, jalándome hacia un abrazo que duró varios segundos. Pude sentir la presión de sus pechos contra mi pecho, y me moría de ganas de enterrar la cara ahí.— Que tengas un buen día— le dije cuando se separó.— Tú también, mi amor— respondió, y esas últimas dos palabras resonaron en mi cabeza durante horas después
de que se fue. Para el fin de esa semana, los besos en la mejilla eran parte de nuestra rutina. Buenos días, buenas noches, a veces cuando pasábamos uno junto al otro en el pasillo. Pequeños momentos de contacto que se sentían simultáneamente inocentes y cargados de algo excitante. Y sus abrazos. Dios, sus abrazos. se volvieron más frecuentes, más largos, más intensos. Sus manos se deslizaban por mi espalda, acariciando
los músculos a través de mi camiseta. A veces, sus dedos rozaban la parte baja de mi espalda, peligrosamente cerca del límite de mis pantalones. No había nada sexual en ello, lo repito, pero es que con mamá Todo se volvía delicioso. Una noche, mientras estaba parado frente a la estufa, calentando
la cena, ella apareció detrás de mí. No la escuché acercarse. Simplemente, de repente estaba ahí, sus brazos rodeándome desde atrás.« Huele delicioso», murmuró contra mi hombro, y no se apartó de inmediato. Se quedó ahí, abrazándome, su calor irradiando a través de mi camiseta. Pude sentir la presión suave de sus pechos contra mi espalda, el roce de sus muslos contra los míos. Mi pene comenzó a endurecerse. No podía evitarlo. Conté hasta diez en mi cabeza, rogando que se apartara antes de
que notara mi reacción. Finalmente lo hizo. Sus manos se deslizaron por mis costados antes de soltarme completamente.—¡ Avísame cuando esté listo!— dijo con tono alegre, como si nada inusual hubiera pasado. Y tal vez no había pasado nada inusual. Tal vez esto era sólo una madre siendo cariñosa con su hijo. Esa era la tortura, la ambigüedad, la imposibilidad, de saber con certeza qué significaba todo esto. Era martes
por la tarde cuando revisé mi correo secundario. Había establecido límites claros en el uso de esta otra cuenta para evitar que se cruzara con mi vida personal. Vi la dirección del remitente y mi corazón comenzó a galopar. Nuevamente, el mismo correo. Querido autor, Finalmente publicaste. Y mierda. Valió completamente la pena la espera. No voy a mentirte. Tu última historia me puso tan cachonda que tuve que detener la lectura a la mitad para masturbarme. Literalmente, no pude
esperar a terminarla. Mis bragas estaban empapadas. Mi concha palpitaba y necesitaba alivio inmediato.¿ Quieres saber exactamente qué hice? Déjame pagarte con los detalles que prometí. Me quité la ropa completamente. Me gusta estar desnuda cuando me masturbo, sentir el aire contra mi piel, no tener nada entre mis dedos y mi cuerpo. Me recosté en mi cama con las piernas abiertas. Normalmente, empiezo despacio, acariciándome la vagina con calma. y cuando estoy
suficientemente cachonda, me penetro. No esta vez. Esta vez, no pude controlarme. Empecé directo, con dos dedos, casi con furia. Normalmente, me gusta el sentimiento de espera, una pequeña pero deliciosa tortura. Sin embargo, no me fue posible esta vez. Tal vez necesito un poco de ayuda. En fin. Pero dos dedos, no fueron suficientes. Añadí un tercero, me metí un tercer dedo en la concha. Gemí contra la almohada, tratando de mantener silencio, pero sin lograrlo completamente. Me vine súper rico.
Y después, cuando recuperé el aliento, terminé de leer tu historia y tuve que masturbarme otra vez. Así que gracias por despertar esta lujuria en mí. por hacerme sentir viva de esta manera, con las bragas todavía húmedas. Tu lectora fiel. Dios mío, cómo me calentaba leer a mi madre diciéndome estas cosas. Estaba cachondísimo. Normalmente, después de recibir un correo así, habría respondido de inmediato. Habría escrito algo provocativo, algo que
mantuviera la conversación caliente. que la empujara a revelar más. Era parte del juego. Pero ahora, al mirar su correo, sentí algo diferente. Un sentido de control, de poder. Decidí hacerla esperar. Cerré el correo sin responder. Abrí un documento nuevo, determinado a seguir escribiendo, a capitalizar esta ola de excitación y energía. Escribí tres párrafos. Luego me detuve. Las palabras se sentían vacías, mecánicas. No fluían como solían hacerlo. Lo
intenté de nuevo al día siguiente. Mismos resultados. Las escenas que antes habría escrito con facilidad, ahora se arrastraban, forzadas y sin vida. El jueves, me encontré mirando fijamente la pantalla en blanco durante dos horas sin escribir una sola palabra útil.¿ Qué me pasa? Me pregunté, frustrado. Me tomó un par de horas más, pero finalmente lo entendí. Antes, la escritura en sí misma era lo que me excitaba.
Pero ahora tenía a mamá, tenía sus correos explícitos, tenía sus toques en la vida real tenía la posibilidad tangible de algo más. La escritura se había convertido simplemente en un medio para un fin. Una herramienta para mantener la conexión con ella. Para recibir más de esos correos calientes. Para provocar más interacciones físicas. Ya no me excitaba por sí misma. Me excitaba solo porque ella la leía. Mierda, murmuré recostándome en mi silla. Estoy completamente jodido. Cerré el documento.
Abrí mi banca en línea en su lugar, algo que no había hecho en semanas. La cantidad en mi cuenta de ahorros me sorprendió. Había estado trabajando consistentemente, viviendo con gastos mínimos. El dinero se había acumulado sin que realmente lo notara.¿ Cuándo fue la última vez que tomé vacaciones? Años. Habían pasado años. Y entonces la idea llegó, completamente formada, como si hubiera estado esperando en mi subconsciente todo este tiempo.
Mamá llegó esa noche con una sonrisa cansada pero liberada. Hola, dijo al verme. Déjame ayudarte. Ofrecí, tomando la bolsa del supermercado de su mano. Gracias, mi amor. Me incliné y presioné mis labios contra su mejilla en nuestro ritual establecido. Pero esta vez, mientras lo hacía, mi mano libre encontró su cadera. Mis dedos se curvaron alrededor de la curva donde su cintura se encontraba con el inicio de su trasero.
no exactamente tocando su culo, pero peligrosamente cerca. Tan cerca que no había manera de que no notara la intención. Ella simplemente dejó que mi mano descansara ahí durante el beso. Cuando nos separamos, sus ojos se encontraron con los míos por un segundo más de lo necesario. Había algo en su mirada, algo que no pude descifrar completamente, pero que hizo que mi pulso se acelerara.¿ Cómo estuvo tu día? Pregunté, dirigiéndome a la cocina con las compras. Agotador, suspiró, siguiéndome.
Mi jefe decidió que necesitábamos reorganizar todo el sistema de archivo. Hoy, inmediatamente, sin aviso previo, comenzó a desempacar las compras mientras me contaba los detalles. Yo escuchaba a medias, más enfocado en encontrar el momento correcto para lo que quería proponer. Suena horrible, comenté cuando hizo una pausa. Definitivamente necesitas un descanso. Definitivamente, coincidió. Perfecto. Ella misma había abierto la puerta. De hecho, dije... tratando
de sonar casual. Quería hablarte sobre eso. Estaba pensando que deberíamos tomar unas vacaciones, tú y yo. Ir a la playa por una semana. Ella se detuvo, una lata de frijoles suspendida a medio camino hacia la alacena. Se volteó para mirarme, sorpresa clara en su rostro. ¿Ahora?¿ Por qué no? Me encogí de hombros. apoyándome contra el mostrador con lo que esperaba fuera una despreocupación convincente. Tengo dos proyectos grandes que termino en dos semanas. Después de eso, estaré libre.
Y tú acabas de decir que necesitas un descanso. Sí, pero, frunció el ceño, considerando, no sé, es un poco pronto.¿ Cuánto aviso necesitas dar? Al menos dos semanas. Idealmente más. Perfecto. Entonces, pides los días ahora y nos vamos en tres semanas. Eso te da tiempo suficiente. Ella puso la lata en la alacena lentamente, aún procesando la idea. No sé, hijo.¿ Cuándo fue la última vez que pediste vacaciones? Pregunté, presionando mi ventaja. Ella abrió la boca, luego la cerró. Pensó
por un momento. El año pasado. No, espera, hace dos años, cuando fui a visitar a tu tía. Pues ya está, te las deben. Ella hizo un cálculo mental, aunque no supe bien qué estaba calculando. Está bien, dijo. Revisaré mañana en la oficina. Veré si puedo conseguir los días libres. Ya está. Al día siguiente, mientras terminaba de darle los toques finales a un diseño, mi celular sonó con la alerta de los mensajes. Vacaciones apartadas. Siete días en la playa.
Tú y yo. Te amo. Perfecto. Voy a buscar hoteles hoy mismo. Esto va a ser increíble. Su respuesta llegó rápidamente. Segundos después. Ya me emocioné, jajaja. Nos vemos en la noche para planear más detalles. Los siguientes días pasaron en un santiamén de preparativos. Salimos de la ciudad a las seis de la mañana, con el sol todavía bajo en el horizonte. Mamá manejaba su Nissan. Yo iba en el
asiento del copiloto con la ventana entreabierta. dejando que el aire fresco de la mañana entrara mientras la ciudad se transformaba gradualmente en suburbios y luego en carretera abierta. El hotel estaba a tres cuadras de la playa principal. Hotel Mar y Sol, decía un letrero desteñido sobre la entrada. Era un edificio de dos pisos con paredes de estuco que alguna vez habían sido blancas, pero ahora Mostraban manchas grises y amarillentas. La pintura se descascaraba alrededor de las ventanas.
No era el Ritz, ni siquiera cerca, pero tenía un encanto hogareño que me gustó inmediatamente. Una mujer de unos 60 años salió a recibirnos cuando aparcamos. Su rostro estaba bronceado y arrugado por años bajo el sol. pero su sonrisa era cálida y genuina.—¡ Bienvenidos!— exclamó.—¿ Ustedes son los García?— Sí— respondió mamá, bajando del auto.— Tenemos reservación por una semana.— Perfecto, perfecto. Soy Rosa, la dueña. Mi esposo y mis hijos ayudan
a manejar el lugar. Si necesitan cualquier cosa, solo díganme. La habitación estaba en el segundo piso.— Aquí tienen— anunció entrando— dos camas matrimoniales, baño privado y vista al mar si se asoman por esa ventana. Entré detrás de mamá. La habitación era simple pero limpia. Las dos camas Estaban separadas por una mesita de noche con una lámpara vieja. Las paredes estaban pintadas de un azul pálido que alguna vez había sido más vibrante. El piso era de baldosa fría.
El baño, que podía ver a través de una puerta abierta, era pequeño, con una regadera sin mampara ni cortina, solo un desagüe en el piso y una alcachofa montada en la pared. Es perfecto, dijo mamá y parecía genuinamente complacida. Rosa nos dejó solos después de explicar los horarios de desayuno y darnos una llave extra. Cerré la puerta detrás de ella y me volteé para encontrar a mamá ya abriendo su maleta sobre una de las camas.¿ Quieres ir
a la playa ahora? Preguntó sin mirarme. Claro, déjame cambiarme. Me puse mi traje de baño rápidamente en el baño, un short azul que me llegaba a medio muslo. Cuando salí, mamá aún estaba vestida con su ropa de viaje, pero había añadido una falda larga y ligera y se había cambiado a una playera suelta. ¿Lista? Pregunté. Dame un segundo. Recogió toallas, bloqueador solar y sus lentes de sol y en una bolsa de playa. Luego salimos juntos, caminando por
las calles empedradas hacia el sonido de las olas. La playa no estaba llena. Era día laboral y el pueblo no era un destino turístico mayor. Había algunas familias con niños pequeños, un par de personas mayores sentadas bajo sombrillas, pero en general teníamos mucho espacio para nosotros. Mamá eligió un lugar cerca del agua, pero no demasiado cerca. Extendió las toallas lado a lado sobre la arena caliente. Luego, sin ceremonia, se quitó la playera. Mi respiración se detuvo. Debajo,
llevaba la parte superior de un bikini amarillo. No era particularmente revelador en diseño, nada de esos triángulos minúsculos que apenas cubren. Era un top de bikini normal, de copa completa, pero en el cuerpo de mi madre se veía obsceno. Sus pechos eran grandes, llenando completamente las copas, y eran naturales, completamente naturales, lo que significaba que colgaban con el peso que viene después de 46 años y de haber amamantado. No
estaban firmes como los de una chica de 20. Tenían esa caída suave, esa pesadez real, que hizo que mi boca se secara instantáneamente. Podía ver cómo la tela se estiraba para contenerlos, cómo creaba una línea de escote profunda entre ellos. Luego, se quitó la falda.¡ Puta madre! La parte inferior del bikini era igual de simple que la superior. Cubría lo que necesitaba cubrir. Pero el cuerpo que revelaba era, era,
no tenía palabras. Sus caderas eran anchas. Y sus muslos, Dios, sus muslos, eran gruesos, carnosos, rozándose uno contra el otro cuando caminaba. No había espacio entre ellos, solo carne suave y pálida, que mi imaginación ya estaba pensando en tocar. Tenía un poco de barriga. Nada escandaloso. Sólo esa suavidad natural que viene con la edad y la vida sedentaria. Pero era su culo lo que me hizo olvidar cómo respirar. Era enorme. No había otra palabra para describirlo. Prominente. Redondo.
Cada nalga era una masa generosa de carne que se movía ligeramente con cada paso que daba. La tela roja del bikini se perdía entre ellas, tragada por la profundidad del valle. Cuando se inclinó para ajustar su toalla, ese culo se levantó hacia el cielo, las nalgas separándose ligeramente, y tuve que voltear la mirada antes de que notara que me había quedado mirando con la boca abierta.—¿ Vienes?— preguntó,
caminando hacia el agua.— Sí. Ya voy. Necesité un momento para ajustar mi traje de baño, que de repente se sentía incómodamente apretado. Mi pene estaba medio erecto y creciendo, presionando contra la tela de una manera que sería... El agua fría ayudó. Me sumergí hasta la cintura, dejando que el océano enfriara mi cuerpo sobrecalentado. Mamá nadaba cerca. El agua hacía que su piel brillara, destacando cada curva, cada pliegue. Pasamos horas así, nadando, flotando, regresando a las toallas para
tomar el sol. Cada vez que salía del agua, la veía acostada sobre su estómago, su trasero elevándose de manera obscena, y tenía que volver al agua para esconder mi erección renovada. Ella parecía completamente ajena a mi tortura. Conversaba animadamente sobre lo bueno que se sentía el sol, lo refrescante que era el agua, lo feliz que estaba de haber venido. El camino de regreso al hotel fue una tortura exquisita. Cada paso que mamá daba hacía que su trasero se
bamboleara de una manera que me tenía completamente hipnotizado. Las nalgas... Se movían con un ritmo propio, independientes una de la otra, pero perfectamente sincronizadas. La tela amarilla del bikini había desaparecido entre ellas, creando la ilusión de que estaba casi desnuda de la cintura para abajo. Caminaba dos pasos detrás de ella, incapaz de apartar la mirada. Mi pene presionaba dolorosamente contra mi traje de baño húmedo. Cada movimiento al caminar creaba
una fricción que era simultáneamente placer y agonía. Llevaba la bolsa de playa estratégicamente frente a mí, escondiendo la evidencia obvia de mi excitación. Las tres cuadras de regreso al hotel se sintieron como tres kilómetros. Finalmente, llegamos al edificio desteñido. Subimos las escaleras hacia el segundo piso, y yo seguí hipnotizado por el movimiento de su cuerpo delante de mí.
Cada escalón hacía que sus nalgas se contrajeran y relajaran, un espectáculo que me tenía al borde de la locura. Entramos a la habitación. El aire acondicionado débil había mantenido el espacio apenas más fresco que afuera. Mamá Dejó caer la bolsa de playa sobre una de las camas con un suspiro de alivio. Dios, necesito una ducha, anunció, estirándose de una manera que hizo que sus pechos se levantaran. Esta arena se mete en todos lados. Se dirigió al
baño sin esperar respuesta. Escuché el sonido de la puerta cerrándose. Luego, el agua comenzando a correr. Me quedé parado en medio de la... El sonido del agua cayendo sobre el azulejo llenaba el silencio. La imaginé parada bajo el chorro. El agua corriendo por sus pechos, por su estómago, por entre sus muslos. No lo hagas, me dije. No cruces esa línea. Pero mis pies ya se estaban moviendo. Caminé hacia el baño. Mis dedos tocaron la manija, fría contra mi piel sobrecalentada.
Toqué la puerta. Dos golpes rápidos. ¿Sí? Su voz sonó sorprendida desde el otro lado. No esperé su permiso. Giré la manija y abrí la puerta. El vapor del agua caliente había comenzado a llenar el pequeño baño. A través de la neblina la vi, parada bajo la alcachofa de la ducha, sin cortina ni mampara que la ocultara. Completamente desnuda, completamente expuesta. Sus manos volaron para cubrirse. Una cruzó sobre
sus pechos, aplastándolos contra su torso. La otra bajó para tapar su sexo, dedos presionados contra el vello oscuro que crecía ahí.«¿ Emanuel?», exclamó, sus ojos abiertos de shock.«¿ Qué haces?». No respondí con palabras. En lugar de eso, enganché mis pulgares en el elástico de mi traje de baño y lo bajé. Su respiración haciéndose visible por el movimiento de sus hombros.« La arena», dije, y mi voz salió ronca.« Me está picando también».¿ Te molesta si me baño contigo?
La pregunta era absurda. Ambos sabíamos que era absurda. Pero ella no me distome hecho. No gritó. No me ordenó salir. En lugar de eso, después de una pausa que pareció durar una eternidad, asintió lentamente. Apartó la mirada por un momento. Luego volvió a mirarme. Sus ojos... encontrándose con los míos brevemente antes de deslizarse hacia abajo. Mi pene palpitaba, latiendo con cada latido de mi corazón. Podía sentir el pulso en mis sienes, en mi pecho, en cada centímetro de
mi piel. Ella apartó la mano de sus pechos lentamente, dejándolos expuestos bajo el chorro de agua que caía. Sus pezones estaban erguidos, oscuros y duros. La otra mano la movió ligeramente, liberando la vista de su sexo. Cuerpo. Pero era imposible no sentir su presencia, no notar cada movimiento que hacía. Ella comenzó a enjuagarse también. Sus manos se deslizaban por su cuerpo con una lentitud que parecía deliberada. observé cómo sus dedos recorrían su piel, cómo el agua
se deslizaba por cada curva. Su cabello mojado se pegaba a su espalda, cayendo en mechones oscuros y alargados. El espacio era tan estrecho que inevitablemente nos rozábamos. Mi pene, todavía erecto, tocaba su cadera o su muslo cada vez que uno de nosotros se movía. Cada roce era una descarga eléctrica que me hacía contener la respiración. El vapor se disipó lentamente, revelando nuestros cuerpos brillantes de agua. Nos quedamos ahí, de pie, mirándonos a los ojos. El silencio
era pesado. cargado de una energía que podía sentir en cada terminación nerviosa. Mamá me miraba con una intensidad que nunca había visto antes. Sus ojos, usualmente tan cálidos y familiares, ahora brillaban con algo más profundo, más complejo. Había una mezcla de emociones en su mirada, sorpresa, vulnerabilidad, Tal vez incluso un atisbo de miedo. Pero también había algo más, algo que no podía identificar completamente, pero que sentía en
mis huesos. Yo la miraba de vuelta, tratando de transmitir todo lo que sentía en ese momento. La lujuria, la confusión, la necesidad, el amor. Todo se mezclaba en un torbellino de emociones que me dejaba sin palabras. Nos quedamos ahí, en ese pequeño espacio, con el agua escurriéndose de nuestros cuerpos, nuestras respiraciones sincronizándose. Era un momento de conexión tan profunda que sentía que podía ver en su alma y que ella podía ver en la mía. Hasta aquí llegó el
capítulo de hoy. Hasta la próxima.
