Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Mi madre lee mis historias. Parte 2. Emanuel, hijo, dijo mamá por tercera vez. Y solo entonces su voz penetró la niebla de mis pensamientos. Parpadeé. Y levanté la mirada del plato de pasta que había estado empujando de un lado a otro durante quién sabe cuántos minutos. Ella me observaba con esa expresión que conocía demasiado bien. Preocupación mezclada con
un toque de exasperación maternal. ¿Qué? Respondí, consciente de que sonaba defensivo. Perdón, estaba pensando en un proyecto. No era técnicamente una mentira, solo que el proyecto en cuestión era descifrar si la mujer sentada frente a mí, partiendo meticulosamente su pechuga de pollo, era la misma que me había escrito sobre su humedad incómoda y cómo mis relatos la hacían meterse los dedos. Valenverga, pensé, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello. No puedo pensar en eso ahora,
no mientras estoy cenando con ella. Estás raro, observó mamá, tomando un sorbo de agua.¿ Pasa algo? Sí, quise decir. Creo que eres tú. Creo que te la pasas leyendo las guarradas que se me ocurren. Creo que te masturbas pensando en las palabras que escribo. No, todo bien. Dije en cambio, forzando una sonrisa. Solo ha sido una semana larga. Era miércoles. Ella arqueó una ceja, pero no insistió. En lugar de eso, volvió su atención a la ensalada. Observé
sus manos mientras lo hacía. Manos que conocía tan bien como las mías propias. Los dedos largos, las uñas cortas y sin esmalte. Necesitaba información. Necesitaba confirmar o descartar esta teoría antes de que me volviera completamente loco. Pero tenía que ser sutil. Natural.— Oye— dije después de un momento, tratando de sonar despreocupado—,¿ qué hay de nuevo contigo últimamente?¿ Algún nuevo hobby? Ella levantó la vista, sorprendida por la pregunta.¿
Hobby nuevo? Repitió. No realmente.¿ Por qué? No sé, simple curiosidad. Me encogí de hombros, pinchando un pedazo de pollo sin mirarlo. Trabajas todo el día, llegas a casa, cenas conmigo,¿ y luego qué? Ves televisión. Básicamente, respondió con ironía y una sonrisa amplia. No todos estamos en casita rascándonos la panza. Aunque después de pensarlo un par de segundos, añadió. A veces leo. Mi corazón dio un salto.¿ Qué tipo de
cosas lees? De todo, dijo vagamente. Novelas, artículos, cosas de internet. No realmente. ¿Qué? Sonrió y adoptó una mirada pensativa. Tengo un montón de series en lista, dijo finalmente. Pero todavía no me decido por ninguna. Ya sabes cómo es. Además, tengo el problema de siempre. Picarme y no detenerme hasta acabar. Intenté vislumbrarse algo de lo que decía. Algún gesto, alguna mirada.
Algún movimiento la delataba o la exoneraba. Pero mamá simplemente siguió comiendo, tranquila, aparentemente ajena al huracán de pensamientos que arrasaba mi cerebro.«¿ Y tú?», preguntó después de un momento.«¿ Cómo va tu trabajo?».« Bien», respondí automáticamente.« Lo de siempre». Terminamos la cena con una conversación superficial sobre nada importante. Ella mencionó algo sobre un compañero de trabajo molesto. Actuamos como Emanuel y Julieta, madre e hijo, compartiendo una cena
normal en un miércoles normal. Pero no había nada normal en cómo mi mente no podía dejar de analizar cada palabra que salía de su boca, cada gesto. cada pausa. Esa noche, sentado frente a mi computadora en la penumbra de mi habitación, la luz azul de la pantalla iluminaba mi rostro. Abrí mi correo y comencé a escribir. Mis dedos temblaban sobre el teclado. Literalmente temblaban, como si tuviera frío.—¡ Concéntrate!— me ordené. No completé ese pensamiento. Estimada lectora, tu último
mensaje me dejó pensando. Mencionaste que mis historias resuenan con tu propia experiencia, y eso me hizo preguntarme qué tipo de persona eres en la vida real. No físicamente, aunque admito que mi imaginación ha construido varias versiones de ti. Más bien,¿ Qué tipo de vida llevas que te permite conectar tan bien con la manera en que torpemente escribo? Ya que compartiste algo personal, déjame corresponder. Tengo una debilidad
por las mujeres maduras. Siempre la he tenido. Hay algo en la confianza que viene con la experiencia, en la forma en en que una mujer de cierta edad habita su cuerpo sin las inseguridades que plagan a las chicas de mi edad. Las chicas suelen decirme que soy atractivo, probablemente porque soy alto y delgado. Pero honestamente, nunca me he sentido completamente cómodo con mujeres de veintitantos. Siempre parecen
estar actuando, interpretando un papel. Es raro admitir eso, probablemente, pero algo en tus mensajes me hace sentir que puedo ser honesto. Releí lo que había escrito. Las palabras, mujeres maduras, brillaban en la pantalla como neón. Era un cebo, un anzuelo, para saber su edad sin preguntarlo directamente. Inteligente. Cierto. pero la respuesta no llegaba. Esperé. Cinco minutos. Se convirtieron en diez. Diez en veinte. Y me di cuenta de lo patético
de mi situación. No había más remedio que hacer algo. Así que simplemente encendí la PlayStation y apagué el cerebro. Al día siguiente, la escuché salir a las siete y media. La puerta principal Se cerró con ese clic distintivo, que conocía tan bien, seguido por el sonido de sus tacones, alejándose por el pasillo del edificio. Esperé. Recién entonces, me permití considerar lo que estaba a punto de hacer. No
es tan grave. Me dije, mientras me dirigía hacia su habitación, dos horas después, cuando estuve completamente seguro de que no había olvidado nada y no regresaría. Solo voy a echar un vistazo, buscar evidencia, confirmar o descartar una teoría. Es prácticamente científico. Incluso, yo sabía que eso era una mierda de justificación. Pero hey, una mierda de justificación es mejor que actuar con completo dolo. Mi mano se posó en la manija de su puerta. Por un momento, vacilé. Había
una línea aquí, una frontera que nunca había cruzado. Giré la manija. La habitación estaba sumida en una penumbra suave. Las cortinas de gasa blanca estaban entreabiertas, filtrando la luz del sol de media mañana en franjas doradas que se proyectaban sobre el piso de madera. Su cama estaba perfectamente tendida, como siempre. Mamá Era meticulosa con esas cosas, con mantener su espacio ordenado y presentable incluso cuando nadie más lo vería. Me quedé parado en el umbral, sintiendo el peso de
la transgresión. Cada célula de mi cuerpo me gritaba que esto estaba mal, que debería dar media vuelta y salir antes de cruzar completamente esa línea. Pero la necesidad de saber, de confirmar mi sospecha, Era más fuerte que cualquier sentido de decencia. Entré, cerrando la puerta detrás de mí, como si alguien pudiera verme. Lo primero fue su computadora. La encendí y la pantalla cobró vida, pidiéndome una contraseña. Claro, pensé. Obvio que está protegida. Probé lo obvio primero. Su fecha
de nacimiento. Acceso denegado. Mi fecha de nacimiento. Acceso denegado. Nuestros nombres en varias combinaciones. Acceso denegado. Denegado. Denegado. Después de 10 intentos, la computadora amenazó con bloquearse temporalmente y me rendí, cerrándola con más fuerza de la necesaria. La frustración Me quemaba en el pecho. Había estado tan seguro de que podría acceder, de que encontraría algo concreto. Correos guardados. Historias marcadas como favoritas. Algo. Me obligué a respirar profundo. El
olor a jazmín llenó mis pulmones. Sin ideas claras. Y ya que estaba traspasando una línea y traicionando la confianza de mi madre, al menos que valiera la pena. Así que sin realmente proponérmelo, empecé a husmear por todos lados. Comencé con el escritorio. Los cajones superiores contenían exactamente lo que esperarías. Facturas organizadas por fecha, recibos, documentos laborales en
carpetas etiquetadas meticulosamente. Nada personal. Nada revelador. Solo la vida administrativa y aburrida de una mujer de 46 años con un trabajo de oficina. El closet fue igualmente decepcionante. Filas de blusas colgadas por color. Pantalones de vestir doblados con precisión. Zapatos alineados en el fondo como soldados en formación. Todo impecable.
Todo normal. Estaba a punto de darme por vencido cuando noté que su mesita de noche tenía de hecho un par de compartimientos, lo cual era raro para mesitas de noche, pero no lo juzgué, simplemente lo abrí. Y entonces, mi corazón comenzó a acelerarse. Lencería, pero no el tipo práctico y funcional que había visto colgando en el tendedero del baño. Esta era Era otra cosa completamente diferente. Tangas de encaje
negro tan delicadas que parecían romperse con solo mirarlas. Bragas rojas con transparencias estratégicas que no dejaban nada a la imaginación. Un sostén de encaje tan fino que podía ver a través de él. Medias de seda con la costura trasera que subía por la parte posterior de las piernas. Incluso, había un body bien doblado.¡ Puta madre! Susurré, y mi voz sonó obscenamente fuerte en el silencio, como se le encajaría entre los pliegues de su sexo. No debería estar
pensando eso. No debería estar imaginando eso. Pero seguí tocando. Debajo de la lencería, había algo más. Un cilindro púrpura. Al principio, No registré qué era, porque mi cerebro estúpido no era capaz de sumar dos más dos. Pero cuando lo saqué y lo sostuve en mi mano, el peso y la forma lo dejaron dolorosamente claro. Un vibrador. No era pequeño. Tenía tal vez unos 20 centímetros de largo y era considerablemente grueso, con una superficie de silicona suave que
capturaba la luz filtrada de la ventana. El vibrador moviéndose dentro de ella mientras su otra mano sostenía su teléfono o su laptop, leyendo mis palabras, dejándose llevar por las escenas que yo había creado. Mi verga se endureció dolorosamente. El vibrador se sentía pesado en mi mano. Casi dejé caer el frasco de lubricante cuando finalmente forcé a mis dedos a soltarlo, devolviéndolo cuidadosamente a su escondite junto con la lencería que ahora no podía dejar de imaginar en
el cuerpo de mamá. Cerré el cajón con manos que no dejaban de temblar. La habitación de repente se sentía sofocante. El olor a jazmín, que antes había sido agradable, ahora era abrumador, llenando mis pulmones, adhiriéndose a mi piel. Salí rápidamente, cerrando la puerta detrás de mí, y regresé a mi propia habitación, donde me tiré en la cama. No pude evitar masturbarme con furia. Había cruzado una línea de la que no podría regresar. Había visto cosas que no debería
haber visto Sabía cosas que no debería saber. Y lo peor de todo era que no me arrepentía. No realmente. Una vez que me vine, en ese estado reflexivo entre la lucidez postorgásmica y la culpa que sigue al pecado, esta última murió rápidamente. Después de todo, escribir historias me había vuelto un poco cínico. Así que decidí pasar a la acción. Pasé toda la tarde del viernes preparando la cena.
No algo elaborado, porque mis habilidades culinarias son limitadas y cualquier intento de cocina gourmet terminaría en desastre, pero sí algo más cuidado que mi usual calentar las sobras de ayer. Lo que realmente importaba era la atmósfera. Sin embargo, mientras me esmeraba por dejar presentable Nuestra modesta cocina. Tuve que repetirme sutilmente. No estás tratando de seducir a tu madre. Eso sonaba mejor que estoy manipulando la situación para obtener
información sobre su vida sexual. Escuché su llave en la cerradura a las seis y cuarto. Los tacones en el pasillo. Luego su voz. ¿Emanuel?¿ Qué es ese olor? Apareció en el umbral de la cocina, todavía con su ropa de trabajo, una blusa gris perla y pantalones negros que se ajustaban a sus caderas de una manera que ahora, después de haber visto su lencería secreta, no podía dejar de notar.
Su rostro mostró sorpresa genuina cuando vio la mesa puesta.—¿ Qué es todo esto?— preguntó, una sonrisa empezando a formarse en sus labios. Pensé que podríamos tener una cena linda.¡ Qué estupidez! Porque después de todo el trabajo que había invertido en este momento, al menos podía haber pensado en cómo iba a presentarle la idea a mi progenitora. Ella se rió, ese sonido cálido que siempre me había gustado.¿ Quién eres y qué hiciste con mi hijo? Muy graciosa, respondí,
Sirviendo vino en ambas copas. Siéntate antes de que se enfríe todo. Mamá se sentó, todavía con esa expresión de sorpresa divertida. Tomó su copa y la olió apreciativamente. Vino de verdad. Estoy impresionada. Comimos en un silencio cómodo al principio. Luego, como siempre, comenzamos a hablar. Mamá tenía esa costumbre de hablarme de la gente de su oficina como si yo los conociera personalmente, algo que no me molestaba en lo absoluto. Observé cómo el vino la iba relajando. Su postura se
volvió menos rígida, sus gestos más amplios. Después de la segunda copa, había un rubor suave en sus mejillas que la hacía verse más joven, más accesible. Ahora, Pensé, si vamos a saltar, que sea ahora. Oye, dije con un tono que esperaba sonara casual.¿ Qué opinas sobre las novelas porno? Primero, claramente, la reacción fue la esperada. Pausa, asombro, confusión. Luego el color subió por su cuello. Un rubor profundo, que se extendió desde el escote de su blusa hasta sus mejillas,
tiñéndolas de un tono rosado que era imposible ignorar. ¿Qué? Preguntó, y su voz salió un poco más aguda de lo normal. Ya sabes, continué, manteniendo mi tono ligero, aunque mi corazón martillaba. Novelas eróticas, historias porno. Bueno, como somos lectores los dos, Me preguntaba si alguna vez te has metido en ese género. Ella bajó el tenedor lentamente, con movimientos medidos, como si estuviera ganando tiempo para formular una respuesta. Tomó un sorbo
de vino, luego otro. Sus dedos tamborilearon suavemente contra el tallo de la copa. Es una pregunta interesante, dijo finalmente, y había algo en su tono que no pude descifrar. Diversión, incomodidad, ambas. No tienes que responder si te hace sentir rara, ofrecí, aunque cada fibra de mi ser necesitaba que respondiera. No, no es eso, dijo mamá, y se rió un poco, un sonido nervioso que nunca le había escuchado antes. Es solo que no es algo... de lo que uno normalmente
habla con su hijo. Mierda, pensé. Fui demasiado directo. La asusté. Pero entonces, ella continuó. Pues, he leído algunas. Las palabras quedaron suspendidas en el aire entre nosotros. He leído algunas. No un rechazo. No una negación escandalizada. Una admisión simple. Directa. que me golpeó como un puñetazo al estómago.¿ En serio? pregunté, y mi voz salió casi como un susurro.¿ Por qué suenas tan sorprendido? Soy una adulta, Emanuel, y contrario a
lo que puedas pensar, las mujeres también tenemos intereses. La forma en que dijo intereses Hizo que mi mente se llenara instantáneamente con imágenes del vibrador púrpura escondido en su cajón. De ese pene de plástico enterrándose en su sexo, chapoteando entre sus jugos. No, sí, claro. Me apresuré a decir. Tiene sentido. Es solo que nunca pensé que podrías decir algo así. Pero si solo respondí porque tú me preguntaste. Exclamó,
aunque divertida. Bueno, dije, sintiendo que estaba caminando por un alambre fino sobre un abismo.¿ Tienes alguna recomendación? La pregunta fue audaz, demasiado audaz. Lo supe en el momento en que las palabras salieron de mi boca. Pero necesitaba una respuesta. No me importaba empujar demasiado. De hecho, no pensaba que pudiera empujar demasiado. Mamá me miró largamente. Sus ojos marrones estudiaron mi rostro como si estuviera tratando de leer algo
escrito en un idioma extranjero. Tomó otro sorbo de vino, más largo esta vez, casi vaciando la copa. Entonces se rió. No fue la risa nerviosa de antes. Esta fue algo diferente, más profunda, cargada con algo que no pude identificar. pero que hizo que mi piel se erizara. Lo pensaré, dijo finalmente.¿ Lo pensarás? Repetí como un idiota. Sí, respondió, levantándose de la mesa y recogiendo su plato. Lo pensaré y te aviso.
Y con eso, la conversación terminó. Ella se dirigió a la cocina, dejándome sentado en la mesa, con mi mente dando vueltas en círculos cada vez más frenéticos. La ambigüedad era tortura. Los siguientes tres días fueron una agonía de anticipación y frustración. Revisaba mi correo cada hora, a veces cada media hora. Actualizaba la página, cerraba el navegador y lo volvía a abrir. Nada, ninguna respuesta al mensaje donde había compartido mis preferencias por mujeres maduras. Ningún nuevo correo
de 3M4, 2M1 y 2, arroba yimail.com. Tal vez la asusté. Pensaba cada vez que la bandeja de entrada aparecía vacía. O tal vez le vale madre, porque ni siquiera sospecha que es su hijo quien le pregunta esto. Pero no podía dejar de revisar. El lunes pasó. El martes. El miércoles. Fue justamente en la noche de ese miércoles, cuando, después de inútilmente intentar dormirme, abrí la computadora una vez más, y lo vi. Para. Mi. Asunto.¿ Dónde está mi próxima historia?
Mi dedo se detuvo sobre el ratón. La respiración se me atascó en la garganta. Durante un segundo que se sintió como una eternidad, simplemente miré el asunto del mensaje sin abrirlo. Hazlo. Me ordené. Abre el puto correo. Hice clic. Querido autor. Llevo varios días esperando un nuevo relato. Quizá incluso ese que prometiste. El que sería incómodo y diferente. Empiezo a preguntarme... Si estos intercambios de correos te están distrayendo de tu verdadero trabajo. Espero que no sea el caso.
Después de todo, soy tu lectora fiel, no tu amiga por correspondencia. Mencionaste en tu último mensaje algo sobre las mujeres maduras y cómo las chicas de tu edad no te satisfacen. Fue una confesión interesante y aprecio la honestidad. para corresponder con el mismo nivel de sinceridad. Yo no tengo una verdadera debilidad. Bueno, eso no es completamente cierto. Tengo una debilidad, solo una, las buenas vergas. No entraré en detalles, porque no planeo quitarte el tiempo que podrías
estar usando para escribir. Así que solo hay algo que voy a compartirte. Ese es mi único vicio. si es que puede llamarse así. Ahora, volviendo al tema importante.¿ Cuándo puedo esperar esa historia nueva? No me hagas rogar. Aunque pensándolo bien, tal vez rogarte podría ser divertido también. Con impaciencia. Tu lectora. Leí el mensaje dos veces. Tres. Cada vez,
las palabras buenas vergas me golpeaban como una bofetada. El lenguaje era tan crudo, tan directo, tan completamente inesperado, viniendo de, de quien fuera, que estuviera detrás de este correo. Pero eso no fue lo que finalmente rompió mi mente. Fue cuando mis ojos, en su tercera lectura, se fijaron en la dirección del remitente. No en el contenido, en el remitente. 3M, 4M, 2M1 y 2 arroba gmail.com Había visto esa dirección docenas de veces. La había leído en voz alta en mi cabeza. Había
tratado de analizarla antes sin llegar a ninguna conclusión. Pero ahora, con el contenido explícito del mensaje aún fresco en mi mente, algo hizo clic. No, susurré. No puede ser. Pero mis manos... Ya estaban temblando mientras escribía en una nota. Three equals E. M equals M. Four equals A. E, M, A. Manuel. El guión bajo separaba la segunda parte. Divi, M bien si divi. Tu, mil, tu. Divi, tuxtoshi divi. Mi año
de nacimiento. Emmanuel, 2002. Tiga. M. Empadua. M. Satuidua. El aire abandonó mis pulmones como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el estómago. La habitación giró. La pantalla de mi computadora se difuminó y tuve que parpadear varias veces para que las letras volvieran a enfocarse. Es ella. Dije las palabras en voz alta, y al escucharla salir de mi boca, la realidad se solidificó de una manera que no podía ser ignorada o racionalizada. Es ella. Es mamá.
Es mi puta madre. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
