Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos Calientes Hoy presentamos Las Vueltas de la Vida, Parte 8 No olvides suscribirte para que no te pierdas ninguna
de las historias. Martín Adrián Villalba
La había visto un par de veces en el supermercado, y en cada ocasión me parecía más hermosa. Lógicamente, nunca me atreví ni siquiera a darle las buenas tardes, sin dudas, estaba muchos escalones por encima de mí. Me parecía una chica preciosa, y no sólo por su cuerpo, que en verdad era un sueño, sino por su cara, sus gestos, su forma de caminar. Pero me enamoré de ella esa tarde cuando, mirándome a los ojos, me preguntó por la
harina leudante. Su mirada, su sonrisa, su voz me cautivaron de tal manera que, sin temor a equivocarme, en ese preciso instante se adueñó de mi corazón. Pero yo era un chico del montón, que no sobresalía en nada, de una familia humilde, trabajadores de clase casi baja, que apenas llegaban a comer el mes entero. Buscando llevar unos pesos a casa, Conseguí trabajo como repositor en un supermercado de una cadena de locales que hay en muchas ciudades de
la provincia. Soy Martín Adrián Villalba, hijo único de Mirta Valenzuela, maestra de profesión y convicción, y de Daniel Villalba, mi fallecido padre que trabajó muchos años en una fábrica de piezas metálicas para la industria. A partir de esas primeras palabras que cruzamos, cada vez que ella venía al supermercado nos saludábamos. Después de un tiempo, comentábamos alguna cosa, y en todas esas ocasiones me parecía que le gustaba hablar conmigo.
Pero yo era tan tímido y me sentía tan poca cosa a su lado, que nunca me atrevía a decirle que me gustaba. Esa tarde que me invitó a su casa a comer unas pizzas, casi se me para el corazón, no lo podía creer. Llegué a casa totalmente ilusionado, me bañé, me afeité y me puse mi mejor ropa, quería ir bien vestido y dar una buena imagen. Nervioso es poco. Cuando toqué el timbre en su casa, el corazón me
latía a mil. Incluso no me importaba no conocer a nadie o sentirme perdido, lo único que me importaba era estar con ella. La noche estuvo muy bien, y cuando sus amigos se fueron, Le ayudé a recoger y ordenar todo. Nos sentamos a conversar en el sillón. Tenía que intentarlo, por supuesto, podría salir mal. Quizás tan solo quería que fuéramos amigos, pero en un momento me la jugué, suavemente aparté un mechón de su cabello, me acerqué a ella y le di un suave beso en los labios, esperando
su reacción, imaginando que podría recibir hasta un cachetazo. pero no, luego de ese pequeño beso me miró a los ojos y lo supe. Esta vez fue ella quien acercó su boca a la mía y nos volvimos a besar. Sonará demasiado cursi, pero en ese momento, más que mariposas en el estómago, sentía que me había sacado la lotería. Nos dijimos lo que nos pasaba el uno por el otro y, a partir de allí, comenzamos una relación, la etapa más feliz de mi vida hasta ese momento. Poco a poco
nos fuimos conociendo. Días después tomé coraje y, una tarde, les pedí permiso a sus padres para salir a pasear con ella. Tan importante era para mí que quería hacer las cosas bien. Pero en el mejor momento de mi vida, la muerte de papá me afectó mucho, me bajoneó, pero ahí estuvo ella, todo el tiempo junto a mí, y eso no hizo más que confirmar lo que sentía. Yo no había estado con ninguna chica hasta ese momento. Sí, un poco tardío mi debut, pero no se me había dado.
Siempre fui consciente de que no era un chico atractivo, ni alto, ni rubio, ni musculoso, ni divertido, pero junto a ella, sin lugar a dudas, me sentía feliz. Perdimos juntos nuestras virginidades. Aquella tarde en casa, en mi habitación, Al verla por primera vez desnuda, casi me muero, era perfecta. Su cuerpo era el más hermoso que había visto, ni siquiera el de una modelo de aviso publicitario le hacía sombra.
Tenía cero experiencia, y en ese momento, lo único que me importaba era que se sintiera bien, que lo pudiera disfrutar. Fui lo más suave y cariñoso que pude, sin apuro, respetando sus tiempos, y, por suerte, fue muy lindo para los dos. A partir de allí, puedo decir que fueron los momentos más felices de mi vida. Aunque mi sueño siempre había sido estudiar arquitectura, era consciente de que llegar a la universidad para gente de mi clase era muy complicado.
La muerte de papá condicionó aún más esa posibilidad. Su ingreso era tan importante como el de mamá o el mío, por lo que, poco a poco, la posibilidad de estudiar en la universidad se fue esfumando. Aunque fuera un trabajo no calificado, que cualquiera podría realizar sin estudios, siempre busqué hacerlo lo mejor posible. Así fue como, luego de un tiempo, llegué a ser el encargado. Pero cuando el director general me citó en Buenos Aires para ofrecerme una dirección zonal,
Confirmé que lo estaba haciendo bien. Ese ofrecimiento me trajo una dualidad de sentimientos. Tomar esa decisión era algo muy difícil, ya que aceptar ese puesto era un salto tanto en la jerarquía como en el salario, uno que nunca hubiera imaginado. Pero, por otro lado, significaba irme de la ciudad, alejándome de Carolina. Éramos muy jóvenes los dos. Carolina seguiría estudiando y estaba seguro de que sería una contadora y de las buenas,
sin dudas tendría un buen futuro. Yo no podía pretender estar a su lado siendo un simple encargado de un supermercado. Con este ofrecimiento me convertiría en un trabajador muy bien remunerado y con posibilidades de seguir ascendiendo. Tomar la decisión no fue fácil para mí, pero Carolina, antes de pensar en que estaríamos tan lejos, puso por delante mi situación. Sin dudas podría haber sido egoísta y no apoyarme en esto, pero pensó en mí, en mi futuro, y la amé
más por eso. Finalmente, acepté irme a Bahía Blanca, dejando nuestra relación en standby. No dejaba de amarla por estar lejos, pero estaba seguro de que al mejorar mi situación laboral, en algún tiempo, podría volver a pensar en estar juntos. Quizás existiera en algún momento la posibilidad de volver a la ciudad, o tal vez Carolina, ya recibida de contadora, decidiera irse para Bahía Blanca. Eran todas suposiciones, pero me sirvieron para definir mi decisión y no sufrir tanto por
la separación. Los primeros tiempos en Bahía fueron muy duros. Estar solo en una ciudad nueva no es fácil, al menos, no lo fue para mí. pero el trabajo casi llenaba mis días. Al poco tiempo, pude conseguir que mamá se fuera para allá también. Me pesaba saberla lejos y sola. Yo vivía en la casa que me daba la empresa y, a mamá, le alquilé un departamento en una linda zona. Por supuesto, la veía casi todos los días. En Bahía Blanca, la cadena tenía seis sucursales, cuatro en zona céntrica y
dos en barrios más alejados. En una de esas sucursales, una mañana al llegar, la encargada, de nombre Mara, me puso al tanto de un problema que había intentado resolver pero que la había superado. Un empleado que hacía menos de un año trabajaba allí tenía varios problemas, llegadas tarde, ausencia sin aviso, varias quejas de clientes por su trato. pero la gota que colmó el vaso fue un maltrato
verbal a la encargada por un llamado de atención. Esa misma mañana, pedí el legajo del empleado en cuestión y lo llamé para hablar con él y comunicarle que los motivos eran suficientes para despedirlo y que sería en ese mismo momento. Le llegaría el telegrama de despido a su casa y cobraría la liquidación correspondiente los primeros días del
mes siguiente. Intentó hacerse el valiente, y cuando levantó el tono de voz, me paré y le dije que si no se retiraba de la sucursal, lo haría sacar por la gente de seguridad y le haría una denuncia por agresiones, testigos sobraban. Bajó la cabeza, salió de la oficina y, minutos después, lo vi salir de la sucursal con su mochila al hombro. Antes de retirarme, puse al tanto a Mara de lo sucedido, quedando en acuerdo de que la
semana siguiente volvería a pasar por allí. Me agradeció con una sonrisa y una hasta la próxima que creo que daba a entender algo más. Volví a pasar el viernes de esa semana y me esperó con un café que tomamos en la oficina. Comentamos no solo cosas de trabajo, también le conté que venía de La Plata y que hacía poco tiempo que estaba en la ciudad. Así fue que cada vez que pasaba por allí, nos tomábamos un
café y charlábamos un rato. Hacía ya meses que lo único que hacía era trabajar, y un sábado, luego de terminar una visita en Punta Alta, volví a Bahía y paré en un bar a tomarme una cerveza. El lugar estaba bien, y la música y el ambiente hicieron que pidiera una segunda cerveza, pero esta vez con unas papas para acompañarla. Estaba terminando cuando vi entrar a tres chicas, y entre ellas estaba Mara. Se sentaron a cierta distancia
y ella no me había visto. Estuvieron tomando cerveza y conversando, yo miraba hacia allí de vez en cuando, sin querer parecer demasiado interesado. Hasta que, en un momento en que miré hacia su mesa, ella miró hacia mí y me reconoció. Me saludó con la mano y una sonrisa, y yo correspondí el saludo de la misma manera. Una de las chicas que estaba con ella se fue poco después, cuando
un chico entró a buscarla, probablemente su novio. Estaba a punto de irme cuando la otra chica comenzó a hablar con un chico en la barra y también se fue. En ese momento, Mara se levantó de su mesa y se acercó a la mía. Nos saludamos y le ofrecí sentarse. Aceptó y pedimos más cervezas. Conversamos un rato, Me contó que hacía más de un año se había separado de su novio, con quien había vivido casi tres años, y que desde entonces estaba sola. Sus amigas la insistían en
salir para, al menos, pasar la noche con alguien. Le conté un poco más sobre mí, sobre Carolina, mi madre y mi trabajo. Cerca de la una de la mañana, le dije que ya tenía que irme, ella no, pero yo tenía que trabajar al día siguiente. Me dijo que se iría en taxi, pero me ofrecía llevarla a su casa, donde la dejé alrededor de la una y media de la madrugada. De camino a casa, pensé en ella. Además de ser una chica hermosa, fuera del trabajo era muy distinta,
no tan seria y muy conversadora. Sin duda, me hubiera quedado más tiempo con ella si no hubiera tenido que madrugar. A partir de entonces, cada vez que nos veíamos conversábamos un buen rato. Hasta que, casi un mes después, me dijo que era su cumpleaños y que le gustaría que fuera a su casa el sábado por la noche. Había bastante gente, algunos compañeros de trabajo y otras personas que no conocía. A pesar de ello, estuvo pendiente de mí,
no dejándome solo. Cuando todos se fueron, comencé a ayudarle a recoger y ordenar todo. Alrededor de las tres de la madrugada, ya solo quedábamos nosotros. Tomamos un café después de ordenar todo y una cosa llevó a la otra, las miradas se convirtieron en besos, los besos en caricias, y cuando me di cuenta, estábamos los dos desnudos en su cama. Esa fue la primera vez que hicimos el amor y fue más que satisfactorio. Me quedé también el
domingo y lo hicimos dos veces más. Mara tenía un cuerpo hermoso desde cualquier ángulo y era un placer recorrerlo con las manos o la boca. La facilidad con la que alcanzaba sus orgasmos hacía que esos momentos de pasión fueran intensos. Con el tiempo, esos encuentros se repitieron. A pesar de no ser muy experimentado con las mujeres, sentía que Mara se estaba enamorando de mí. Siempre fui claro
con ella, aún tenía a Carolina en mi corazón. Creo que ella seguía conmigo, esperando que poco a poco ocupara mi corazón mientras dejaba de pensar en Carolina. En una llamada telefónica, decidí no ocultarle a Carolina lo que estaba pasando con Mara, imaginando que tal vez a ella le sucedía algo similar al conocer nuevas personas en la universidad. Poco a poco, nuestro contacto se fue espaciando y estuvimos
muchos meses sin saber el uno del otro. La relación con Mara, aunque agradable y divertida, nunca llegó a más. Estoy seguro de que Mara lo esperaba. Pasábamos buenos momentos, y no solo en la cama, también solíamos salir a cenar, bailar o tomar algo en algún bar, como si fuéramos una pareja, pero sin serlo. Creo que, con el tiempo, lo fue entendiendo y nuestros encuentros se fueron espaciando. Finalmente, me contó que desde hacía unos meses estaba saliendo con
un chico, incluso mientras manteníamos nuestros encuentros. Eso no me cayó bien, y cuando le dije que ya no nos veríamos, me respondió que en una semana se iría a vivir a Mar del Plata con él. Dejamos de vernos, y unas semanas después, me llegó su carta de renuncia. Esa mañana estaba en mi oficina, a punto de salir para la sucursal de Coronel Dorrego, cuando me llamó Ramón, el gerente de zona, para pedirme que en dos semanas fuera
a Buenos Aires para reunirme con él. Aunque no adelantó nada sobre la reunión, supuse que quería hacerme alguna propuesta de trabajo. Sería para cambiar de zona o quizás ocupar su lugar. Ya vería. La reunión sería el viernes de la semana siguiente y se me ocurrió pasar ese día en La Plata. Iría en colectivo hasta Buenos Aires y luego de la reunión regresaría a Bahía desde La Plata
para ver un par de horas a Carolina. Aunque no sabía que me encontraría, quizás estaba con alguien, pero de todas formas tenía ganas de verla después de tanto tiempo. En esa reunión, Ramón me comentó que pronto habría una vacante en un puesto similar al mío en la zona sur del Gran Buenos Aires. Me dijo que pensara si estaba interesado en volver y le respondiera. Quedamos en que en unos días le daría la respuesta que en gran parte dependía de lo que encontrara al ver a Carolina.
Antes de ir a Buenos Aires, le avisé a Carolina y quedamos en vernos en un café en La Plata. Ni bien la vi, se me aceleró el corazón. Estaba tan hermosa como siempre y su sonrisa me volvió a cautivar. El tiempo pasó tan rápido que, cuando me di cuenta, ya tenía que ir a la terminal de Omnibus para tomar el colectivo de vuelta. Pero lo más importante fue lo que sentí al verla y creo que a ella le pasó lo mismo, especialmente cuando me dijo que no
estaba con nadie. La decisión ya estaba tomada. Si todo iba bien, en poco tiempo estaría de vuelta en la ciudad y, si mis sensaciones no me engañaban, existía la posibilidad de retomar nuestra relación donde la habíamos dejado años atrás volví a bahía casi feliz y al llegar se lo conté a mamá diciéndole que pronto me mudaría a la plata no quería obligar a mamá a mudarse conmigo ya que tenía una relación amistosa con un vecino con el que pasaba mucho tiempo si ella decidía quedarse estaría
de acuerdo El lunes llamé a Ramón para confirmarle que aceptaba el ofrecimiento y quedamos en poner al día a mi sucesor en Bahía. Casi tres meses después, ya teníamos todo listo para la mudanza. Alquilé una casa en La Plata para los dos y tres días después nos mudamos. Nuestras cosas se transportaron en un camión, mientras que nosotros viajamos en colectivo, ya que el auto que usaba debía quedarse en Bahía. Me asignarían otro en la plata. No
quise avisarle a Carolina de mi regreso, quería sorprenderla. Así que, dos días después de llegar y acomodar nuestras cosas, fui al trabajo de Carolina a la hora de salida, sin avisarle. La vi salir, y al cruzar la calle me vio. Se le dibujó una sonrisa que lo dijo todo. Se acercó a mí y me abrazó. No pude aguantarme, tuve la necesidad de decirle que la seguía queriendo y que
me gustaría intentarlo de nuevo. Su cara lo dijo todo, sin duda nos seguíamos amando y, como había deseado y esperado, la vida nos daba una nueva oportunidad para estar juntos. Y así comenzamos de nuevo, a vernos casi todos los días y a estar juntos en todos los aspectos. Aquella noche en el hotel parecía que el tiempo no había pasado y volví a sentirme tan unido a ella como
hacía años. Fue una noche maravillosa, sin descanso. Sentir sus orgasmos nuevamente me excitó terriblemente y disfrutamos esa larga noche. Como no teníamos un lugar fijo para vernos, durante un tiempo pasábamos las noches en el hotel. Hasta que ya no pude aguantar más, quería amanecer con ella cada día. Le pedí que nos casáramos y viviéramos juntos. Aunque el matrimonio sería más adelante, de inmediato comenzamos a buscar un
lugar para vivir. Unas semanas después, estábamos viviendo juntos cerca de la casa de Margarita, ya que Carolina quería estar cerca de ella por cualquier eventualidad. Finalmente, Nos casamos a principios de diciembre y nos fuimos unos días a Cariló, donde pasamos unos días maravillosos, llenos de amor, playa y pasión. Al volver al trabajo, se aproximaban las fiestas de fin de año de su trabajo y del mío, y asistimos
a ambas. Esa noche, en la fiesta de la consultora, Carolina estaba hermosa, con un vestido largo que no mostraba ni insinuaba nada. pero se veía preciosa con su cabello recogido y esa chaqueta que la hacía ver muy elegante. En un momento de la noche, Carolina me presentó a su director, Francisco, y luego a Rafael, el dueño de la consultora. Ambos nos saludaron muy amablemente y nos felicitaron por nuestra reciente boda. Un rato después, entró un hombre con una mujer del brazo y se sentaron en la
mesa de Rafael. En ese momento, Carolina me dijo que ese hombre era quien reemplazaría a Rafael como director general. La cena transcurrió normalmente. La gente en nuestra mesa fue agradable, incluso estuve conversando con algunos compañeros de Carolina como si ya nos conociéramos. En un momento, mientras Carolina fue al baño, noté que aquel hombre la siguió con la mirada. No me sorprendió. ya que muchos hombres miraban a Carolina sin
disimulo debido a su belleza. Sin embargo, cuando ella regresó, él la volvió a mirar hasta que llegó a nuestra mesa. No sé por qué, pero ese hombre no me cayó bien, tenía una expresión de baboso. Lo observé y vi que miraba a todas las chicas jóvenes o bonitas que pasaban, sin prestar atención a su acompañante, quien parecía más perdida que yo en esa fiesta. Varias veces lo vi mirando
a Carolina, incluso cuando se marchó. Después de saludar únicamente a los comensales de su mesa, volvió a mirarla antes de caminar hacia la salida del salón. En febrero, nos fuimos unos días a Mar del Plata y allí decidimos ahorrar para comprarnos una casa. Yo tenía buenos ahorros y tanto Carolina como yo teníamos buenos ingresos, por lo que lo que nos faltara para comprar la casa podríamos cubrirlo
con algún préstamo bancario. Cuando Carolina comenzó a ocupar el puesto de su director, su sueldo subió aún más, lo que nos permitió comprar finalmente nuestra casa con ayuda de un crédito bancario. No podía sentirme más feliz, finalmente nuestro amor había estado siempre en nuestros corazones y la vida nos había vuelto a juntar, más unidos que nunca. A finales de julio nos mudamos definitivamente a nuestra casa comenzando una nueva etapa en nuestras vidas sin dudas tan esperada
por ambos. Pero como si todo estuviera demasiado bien algo debía suceder y finalmente sucedió. Desde hacía unos días notaba a Carolina algo tensa. Cuando le pregunté me dijo que eran cuestiones de su nuevo cargo en la empresa. Sin embargo no Esa tarde llegué a casa y la encontré llorando en el sillón. Al ver su cara, supe que algo no estaba bien, y lo confirmé cuando me dijo que necesitaba hablar conmigo. Miles de cosas pasaron por mi cabeza en ese momento, pero lo que me contó no
podía creerlo. Se me hizo un nudo en la garganta cuando dijo que se había prostituido para pagar el tratamiento de su madre. Me sentí muy mal por no haber estado a su lado en ese momento tan difícil, sin duda, con mis ahorros podría haberla ayudado. Sentí una inmensa pena por ella, imaginándola con esos hombres por dinero. Sé que no debe ser fácil para ninguna mujer dedicarse a eso, comerciar con su cuerpo, compartiendo lo más íntimo con desconocidos.
Cuando mencionó a Ernesto, Me invadió un sentimiento raro, celos que intenté dominar. Me dijo que había sido un cliente, pero que también la había hecho gozar como mujer. Esto no me gustó nada, aunque su sinceridad me mostró cuánto la avergonzaba contármelo todo. Karen, como se hacía llamar, intentaba no pensar desde su perspectiva y entendía lo difícil que debió ser llegar a eso para ayudar a su madre.
Pero mi mente hizo un clic cuando habló del director, ese hijo de puta que la miraba en la fiesta y resultó ser un cliente que la chantajeaba. Solo esperaba que no hubiera hecho lo que pensaba. Cuando le pregunté directamente y bajó la mirada, supe la verdad. Entre lágrimas, pidió perdón una y mil veces. Se había acostado con ese tipo, ese maldito que la chantajeó y pretendía seguir haciéndolo. el mundo se me vino abajo.¿ Por qué no me
lo contó antes?¿ Por qué no confió en mí? De alguna forma, habríamos encontrado una solución, un abogado, dejar la empresa, lo que fuera. Incluso habría golpeado a ese maldito. Pero ella eligió acostarse con él. Mil cosas se cruzaron por mi mente para decirle en ese momento que muchas cosas y dientes, casi la habría mandado al diablo, diciéndole que quería arreglar todo como una puta otra vez. Pero solo le pregunté si esa era la confianza que nos teníamos.
Me levanté del sillón, tenía frente a mí a una mujer desconocida, no a la que había elegido para pasar el resto de mi vida. Era una mujer que, ante un problema, había hecho cosas a mis espaldas, Me había sido infiel sólo para salvar su trabajo o su reputación, o lo que fuera. Su decisión me dolía, mucho. Desde que volvimos a estar juntos, creí que enfrentaríamos todo, lo bueno y lo malo, las alegrías y las tristezas. Pero
esto me destrozaba. Fui a nuestra habitación. El dolor era tan grande que ya ni quería tenerla frente a mí. Puse algo de ropa en un bolso y decidí irme de esa casa. No podía quedarme, no podía tomar otra decisión en ese momento. Volví a la sala y antes de salir, le dije que no me llamara ni me escribiera. Cruzar la puerta y romper en llanto fue todo uno. No entendía cómo ella, mi Carolina, el amor de mi vida,
me había sido infiel. Daba lo mismo si fue por placer o por el chantaje, el resultado era el mismo, se acostó con otro tipo. Caminé sin rumbo por un rato y mi destino final fue la casa de mi madre, el único lugar donde podría quedarme unos días hasta resolver qué hacer. Llegué a casa de mamá cerca de las nueve de la noche. Entré con mi llave y mamá, que estaba por cenar, se sorprendió al verme.— Hijo. No te esperaba. Pero al ver mi semblante,
su expresión cambió. Hola, ma.
Qué pasó, corazón? Déjame ir al baño y te cuento. Fui al baño, hice mis necesidades y me lavé la cara. Volví a la sala y me senté junto a mi mamá, que tomó mis manos. Cuéntame, hijo. Me fui de casa. Carolina me contó algo que no pude soportar.¿ Qué pasó? Llegué a casa y estaba llorando, y me contó que, después de la muerte de su padre, su madre intentó suicidarse. Las manos de mi mamá taparon su boca ante el asombro de esa noticia. Tuvo que internarla en una clínica
psiquiátrica por varios meses y, para poder pagarla, se prostituyó. ¡Ay, hijo! Pobre chica. Te juro que me dolió que haya tenido que pasar por eso. Entiendo que fue por necesidad, pero... No te alejes de ella por eso, hijo. Estoy segura de que lo hizo solo por el dinero y no debe haber sido fácil llegar a eso. Así traté de verlo, mamá. Pero eso no es todo. Desde hace un tiempo... Tiene un director que fue uno de los tipos que estuvo
con ella cuando era prostituta, un cliente. Al principio pensó que no la había reconocido, pero sí, y no sólo que la reconoció, sino que la chantajeó para volver a estar con ella. Carolina no me contó nada y, para evitar los problemas que se le venían, se terminó acostando con el tipo. Y eso sí que no lo pude soportar. No de ella. No me esperaba eso. No solo no me contó nada, sino que me fue infiel. No puedo soportarlo, mamá.
Entiendes que me engañó? Ay, hijo. Te entiendo, mi amor. Qué macana. Sé cuánto la quieres y cuánto te quiere.¿ Y qué piensas hacer? No lo sé, mamá.
pero ya no podía estar ahí. Ya no quería tenerla delante de mí. Yo te diría que te tranquilices, que pienses bien lo que vas a decidir. Yo lo voy a entender y te voy a apoyar en lo que decidas. Y aquí puedes quedarte cuanto quieras. Se acercó y me abrazó, en ese momento, era todo lo que necesitaba. Me ofreció algo de cenar, pero no podía pasar bocado. Me di un baño y me fui a la cama, a la que fue mi habitación cuando aún vivía con ella. Con la cabeza apoyada en la almohada, mirando el techo, no
terminaba de entender lo que me estaba pasando. Tanto tiempo esperando, deseando volver a su lado, estar juntos, proponerle matrimonio, comprarnos una casa, sentir en lo más profundo de mi ser que era ella, que siempre lo había sido. Con Carolina era con quien, después de tanto tiempo, quería compartir mi vida, lo que quedara por vivir. Pero, a tan solo unos meses de reencontrarnos, este revés significaba un dolor muy grande
para mí. Tiraba por tierra todo lo que había pensado, todo lo que había imaginado, toda esta felicidad que se había apoderado de mis días, de amanecer cada mañana junto a ella. deseando que fueran muchos los días que me quedaran por vivir, para volver a sentir lo mismo cada mañana al abrir mis ojos. Pero eso, eso ya había cambiado. Ya no era la vida que había soñado, un puñal en el pecho me lo había arrebatado todo. No sé en qué momento me quedé dormido, pero cuando abrí los ojos,
mi mamá, sentada en mi cama, me miraba. Al ver que despertaba, Tomó mi mano y me dijo. Aquí estoy, hijo mío, para lo que necesites. Gracias, mamá.¿ Vas a ir a trabajar?
Tengo que ir.
No puedo dejar mi trabajo a nadie, al menos sin avisar. Está bien, hijo. Ya está el desayuno preparado. Cuando quieras, ven y desayunamos juntos. Gracias, mamá. Me doy un baño y voy. Me bañé, me cambié con la ropa que había traído y desayuné con mamá antes de irme a trabajar. Mamá no volvió a tocar el tema, supongo que tratando de no agobiarme. Pero cuando me despedí de ella, me dijo.
Aquí estoy, hijo. Cuando necesites hablar, no lo dudes. No te voy a estar preguntando todo el tiempo, pero quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que sea. Gracias, mamá. Y antes de salir, le di un abrazo. El día de trabajo fue de lo más atípico. Aunque pude hacer todo lo que tenía planificado, mi cabeza estaba en otro lado. Terminé temprano ese día y me fui a tomar algo. Entré al bar. Pedí una cerveza y me senté solo en una mesa, intentando pensar en cómo seguiría mi vida
a partir de esto. Lógicamente, no dejaba de amarla, pero no terminaba de entender su decisión.¿ Qué hubiera hecho yo en su lugar? Sin duda, mi perspectiva masculina distaría mucho de la suya. Supongo que mi reacción primaria habría sido armar un gran escándalo, para que todo el mundo supiera del chantaje, al menos para que quien lo supiera dudara de la veracidad de la maniobra de ese hijo de puta.
Esa sería la respuesta más civilizada, sin duda, le habría roto todos los huesos, lo habría mandado al hospital sin el más mínimo remordimiento. Pero,¿ por qué Carolina accedió a ese chantaje?¿ Por qué no pudo ver que un tipo capaz de urdir una trampa de esa calaña continuaría extorsionándola? Y lo que más me dolía, lo que me decepcionaba de ella, era que hubiera decidido no contármelo, no confiar en mí para que pudiéramos encontrar una forma de resolverlo
sin llegar a la infidelidad. Tampoco me gustó que no me contara, al reencontrarnos, que había tenido que ejercer la prostitución. Supongo que se avergonzaba de haber tenido que hacerlo, pero habría preferido que no me lo ocultara. En ese momento, no éramos nada, no estábamos juntos, y ella podría haber estado con cuanto hombre quisiera. Supongo que también lo habría entendido. Y, como si eso fuera poco, enterarme de la relación o lo que sea con Ernesto, uno de sus clientes, con
quien fue más allá. No sólo sigue presente en su vida, sino que además disfrutó con él como mujer. Soy consciente de que yo también disfrutaba del sexo con otra mujer, pero era solo para satisfacer mis deseos físicos. Nunca tuve ningún sentimiento hacia Mara, de hecho, no me afectó cuando me dijo que ya no nos veríamos y que se mudaría con su novio, el cual no sabía que existía, a mar del plata para no volver a verla.¿ Pero sería el mismo caso para ella?¿ Realmente no hubo nada
más con ese hombre? La duda me asaltó, sabiendo lo que sé, y existía la posibilidad de que también se siguiera encontrando con Ernesto, por lo que sea que siente por él, sea atracción, agradecimiento o lo que sea.¿ Y ahora? Sin duda, Carolina me llamaría o me escribiría buscando mi perdón, intentando explicarme su error. Puedo sentir que su amor es verdadero, siempre lo sentí así. Siempre sentí que estaba conmigo por lo que sentía por mí y no por mi apariencia
o mi situación económica. Pero esta situación irremediablemente cambió mi forma de verla.¿ Quién puede garantizarme que la mujer que idealicé sea realmente la mujer con quien me casé? Como lo imaginaba, dos días después, me llegó un mensaje suyo que en ese momento no quise leer. Imaginaba lo que diría. y en ese momento no tenía respuesta para eso, necesitaba pensar muy bien lo que diría y lo que haría. Al llegar esa noche a casa, se lo conté a mamá,
que ya no me preguntaba nada, sólo cómo estaba. En varias ocasiones, lo agradecí, pues no tenía ni ganas de hablar. Recién decidí leer el mensaje una semana después, esa noche de viernes que, luego del trabajo, me tomé la segunda cerveza en ese bar que cada vez frecuentaba más a menudo. Ella no sabría que lo había leído, no tengo habilitada esa opción en mi teléfono y en el mensaje decía, Martín, sé que no debo llamarte o escribirte y esta será la única vez que lo haga. Ya no estoy en casa,
no merezco eso, tú eres quien debe vivir allí. Antes de irme, Dejé todos mis ahorros para las cuotas del préstamo. Cuando llegue el momento del divorcio, solo tendrás que avisarme y no reclamaré nada. Firmaré lo que haga falta para que esa casa sea solo tuya. Te pido una y mil veces perdón. Terminé de leer ese mensaje con lágrimas en los ojos. Incluso la pareja en la mesa frente a mí me miró, quizás sorprendida por mi reacción. Yo aún no había decidido cómo afrontar la situación, si volver
a hablar con ella, perdonarla o qué hacer. Y ella ya me hablaba del divorcio.
La puta madre.¿ Qué tengo que hacer?¿ Qué quiero hacer? Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
