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Las vueltas de la vida, parte 2
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Lo vi alejarse rumbo a Bahía Blanca, alejándose de mi lado, deseando que no fuera para siempre. deseando que tuviera el mejor futuro. Aunque, en el fondo, sabía que esa podría ser una despedida definitiva. Solo el tiempo lo dirá. Lloré desconsoladamente junto a Mirtha, que me abrazó también llorando. Me dijo que entrara un momento y preparó el mate. Tengo que agradecerte, Carolina.¿ Qué cosa, Mirtha? que lo hayas apoyado
para que aceptara ese trabajo. Sé lo que Martín te quiere y estoy segura de que, si se lo hubieras pedido, se hubiera quedado. Mirta, no te voy a mentir, me cuesta y me va a costar mucho su ausencia. Pero en ningún momento pensé en pedirle que se quedara. Es su oportunidad, su futuro, y no podía dejarlo pasar. Sin dudas lo quieres mucho también, con el alma, Mirta. Pero tengo fe en que volveremos a estar juntos. Así lo siento. Luego de los mates, me fui a casa y me
puse a estudiar. Si no hacía nada, estaría todo el día pensando en Martín. Cuando mamá llegó, tomé también unos mates con ella y estuvimos hablando un buen rato de mí, de Martín, de mi nueva vida y de mi futuro. A eso de las siete de la tarde, Martín me mandó un mensaje, contándome que ya estaba instalado en el departamento, terminando de arreglar sus cosas y pensando en qué cenaría. Cruzamos varios mensajes, y así lo preferí. Escuchar su voz,
sin dudas, me haría llorar. Al día siguiente, decidí comprar un cuaderno donde escribiría lo que me iba pasando y lo que iba sintiendo. Terminé las cursadas de ese año, aprobándolas todas, y trataría de rendir los tres exámenes finales en diciembre. Ya que al no ver a Martín, tenía más tiempo para dedicarle a los estudios. Con Martín cruzábamos mensajes casi todos los días, donde nos contábamos nuestras cosas, pero sin habernos puesto de acuerdo, no hablábamos de sentimientos.
Yo no quería decirle que lo seguía amando, ni que lo extrañaba, ni las ganas que tenía de abrazarlo, besarlo y hacer el amor con él. Sin dudas, sería mucho más difícil para los dos. También, una vez por semana, pasaba a visitar a Mirta o la llamaba por teléfono, sabiendo que había quedado sola aquí. Siempre le decía que, cualquier cosa, me llamara. Ese diciembre aprobé los tres finales con excelentes calificaciones. Si todo iba bien, el año siguiente
cursaría el último año de la carrera. Las fiestas de fin de año llegaron, y aunque lo pasamos en familia, me faltaba el abrazo de Martín. Me imagino lo que deben haber sido para las fiestas allá, solo, sin su familia. Aunque esa vez, hablamos por teléfono un buen rato. A mediados de enero, una tarde luego de comprar unas cosas en el centro, pasé a visitar a Mirta. Mientras tomábamos unos mates, me contó que Martín le había conseguido un departamento en Bahía Blanca para que se fuera para allá.
En verdad, me puse muy contenta por ella. Sé lo que lo extrañaba, y sin dudas, también era un alivio para Martín tener a su madre cerca. En una juntada con mis amigas, les conté que Martín se había ido a vivir a Bahía Blanca. Las guachas se pusieron contentas, diciendo que por fin me lo había sacado de encima. Eso me cayó muy mal, tan mal que, con lágrimas en los ojos, me levanté y me fui. No parecían mis amigas. Salí del bar triste y enojada con ellas.
Tomé el primer taxi que encontré y me fui para casa. De camino, dos de mis amigas me llamaron por teléfono, pero no quise atenderlas. No quería hablar con ellas. Ya en casa, Maite, una de ellas, me mandó un mensaje que leí cerca de las dos de la mañana. Decía, perdón, Caro, por lo que pasó esta noche. Fuimos unas boludas, no tendríamos que haberte dicho todo eso sabiendo lo que sentís por ese chico. Espero puedas perdonarnos. No contesté ese mensaje.
Ni siquiera lo había nombrado, refiriéndose a él como, ese chico. Por el momento, no quería saber nada de ellas. Si no podían entender y respetar mis sentimientos, no sabía hasta qué punto eran mis amigas. Ese 17 de abril fue el día más triste de mi vida. Estábamos con mamá tomando unos mates en casa al llegar de la facultad cuando
sonó su teléfono. Al atenderlo, una voz de mujer le dijo a mamá que mi padre se había descompensado al salir del trabajo y que había caído en la calle y que en una ambulancia lo estaban llevando al hospital. Le dijo que lo habían tenido que reanimar, pues su corazón se había detenido. Cortó la comunicación y salimos las dos,
así como estábamos, para el hospital. Al llegar al hospital, nos dijeron que lo habían llevado a la unidad coronaria, indicándonos dónde era, para poder tener allí alguna información de papá. Mamá estaba abatida. casi no podía estar de pie. Nos sentamos en la sala de espera frente a la unidad, esperando que alguien nos dijera algo. Casi una hora después, un médico salió y preguntó por los familiares de Juan Arroyo.
Le hice una seña con la mano de que éramos nosotros y se acercó para darnos la peor noticia, el corazón de papá se había detenido para nunca más latir. Fue un golpe muy bajo para mí, pero sobre todo para mamá, que tuvo que ser atendida, pues al recibir la noticia se descompensó también. Dos días estuvo internada y luego volvimos a casa. Recién esa noche, cuando mamá se
quedó dormida, hablé por teléfono con Martín para contárselo. No pude evitar las lágrimas durante la llamada y, aunque nunca se lo decía, le terminé diciendo que nada me hacía más falta en ese momento que un abrazo suyo. Martín me dijo que le hubiera gustado estar a mi lado en ese momento tan difícil, pero le dije que entendía que su trabajo no le permitía hacerlo. A partir de allí, Martín me llamaba varias veces a la semana para ver cómo andábamos mamá y yo. Mi vida, de repente, había
dado un giro inesperado. La partida de Martín me había afectado y mucho, pero la muerte de papá me destrozó tanto que ese año no pude seguir cursando el último año de la carrera. No tenía cabeza y tampoco quería dejar a mamá tanto tiempo sola. Desde la muerte de papá, no había levantado cabeza, la tristeza embargaba sus días. Para colmo de males, el sueldo de papá era el principal
ingreso de la casa. Aunque mamá había cobrado el seguro por fallecimiento, el sueldo de ella alcanzaba tan solo para sobrevivir, por lo que decidí ponerme a buscar trabajo. Lo primero que conseguí fue como vendedora en una casa de ropa, pero la dueña me dijo que tan solo sería por tres o cuatro meses, ya que una de las empleadas había tenido su hijo y cuando ella regresara, mi trabajo terminaba.
Tenía que trabajar ocho horas, pero como en ese tiempo no iba a la facultad, no tuve problema con el horario. El 10 de octubre de ese año dejé de trabajar en la casa de ropa. Aunque la dueña me dijo que lo había hecho muy bien, y que si volvía a necesitar una empleada, me volvería a llamar. Nuevamente, me puse a buscar trabajo, pero tan cerca de fin de año, ya empecé a buscar un trabajo de mediodía para que
me permitiera retomar y terminar la carrera. A mediados de noviembre, vi un aviso pegado en la vidriera de un bar buscando empleadas y decidí preguntar. Expliqué mi situación y el encargado me dijo que podía ofrecerme un turno de seis horas, desde las 2 de la tarde hasta las 8 de la noche como mesera. Al decirle que para mí estaría muy bien, en ese mismo momento, me dijo que podría trabajar allí desde el mes de diciembre. Eso me puso contenta, dentro
de lo que podía estarlo. Por fin podría terminar la carrera y llevar dinero a casa mientras tanto. Antes de comenzar a trabajar, tuve que ir unos días para ver cómo sería mi trabajo, conocer a mis compañeros y compañeras, y probarme el uniforme, que consistía en una camisa blanca con el logotipo del bar y un delantal marrón. El pantalón podía ser un llano uno azul. Al llegar a casa, se lo conté a mamá y las dos nos sentimos aliviadas. Un ingreso más en casa, aunque no fuera muy abultado,
nos permitiría estar algo más tranquilas. La última semana de noviembre, aunque no cobraría por esos días, fui al bar para aprender lo que sería mi trabajo. El primero de diciembre comencé a trabajar oficialmente. Mi trabajo sería como mesera junto con tres compañeros, aunque nos iríamos turnando, siendo siempre cuatro por la cantidad de mesas que tenía el bar, en
el local, en la vereda y en el patio trasero. Rápidamente, me adapté al trabajo y, por suerte, los compañeros y compañeras eran buena onda, sobre todo Luciana, con la que congeniamos enseguida. Era de mi misma edad, al igual que yo, estudiante universitaria, pero de psicología. Ese fin de año no fue ni parecido a los que había vivido en mi vida. Estando las dos solas, casi fue como cualquier otro día. Ese verano, como recién había comenzado a trabajar, no tuve vacaciones,
pero no me importó. En marzo volví a la facultad para cursar el último año de la carrera. Si bien retomaba los estudios, al estar trabajando ya no pasaba tanto tiempo en casa. Lo que más lamentaba era dejar sola a mamá, que desde la muerte de papá no había vuelto a ser la misma. Todo parecía encauzarse poco a poco. Al estar tantas horas fuera de casa, mamá había vuelto a ocuparse de muchas cosas que el año anterior hacía yo, limpiar, cocinar,
lavar la ropa y salir a hacer las compras. Una noche de finales de marzo, al llegar del trabajo, mamá me dijo que la tía Liliana la había llamado por teléfono para avisarle que el fin de semana largo del 2 de abril vendría a casa porque necesitaba hablar con mamá. No le dijo los motivos, pero presentí, aunque no se lo dije a mamá, que tenía que ver con la casa donde vivíamos. El primero de abril llegó la tía,
a quien no veíamos desde hacía unos años. Se quedaría dos días en casa y, luego de contarnos algunas novedades de su vida mientras tomábamos unos mates, antes de que me fuera a trabajar, nos dijo. Margarita, Carolina, el motivo por el que he venido es porque estamos en un gran problema que no podemos resolver.¿ Qué pasó, Lili? Preguntó mamá, preocupada. Hace poco más de tres años, Julio pidió un préstamo
hipotecario para montar un negocio con un socio. Durante un tiempo, funcionaba bien e incluso tuvieron que contratar dos empleados, pero todo se torció luego de un robo que los dejó tecleando y, para rematarla, uno de los empleados le hizo un juicio y tuvieron que pagar mucho dinero. El negocio, luego de eso, ya no fue lo mismo. Tratando de remontarlo, acumularon más deudas. Eran más los gastos que los ingresos si decidieron cerrarlo, teniendo que indemnizar al empleado que quedaba. Ay, Lili.¿
Y ahora Julio se quedó sin trabajo? Estuvo un par de meses sin trabajo, hasta que consiguió como conductor de un remis, pero las deudas nos están ahorcando. Si no le pagamos al banco la deuda atrasada, nos van a ejecutar la hipoteca y perderemos la casa. Lili. qué situación. Por eso es que necesité venir a hablar con vos. Nuestra única salida sería vender esta casa. Sé lo que significará eso para ustedes, pero no tenemos otra salida. Te entiendo, Lili.
Sé que la mitad de esta casa te corresponde y que desde que estamos aquí hemos dejado de pagar alquiler. Si esa es la salida, tendremos que buscar otro lugar para vivir. Lo siento mucho, Marga. Te juro que si la situación no fuera esta, nunca te diría que te fueras. Ya lo sé, pero sos mi única hermana y no podría permitir que te quedaras sin tu casa. Pongamos la casa en venta. Con Caro buscaremos algún lugar para alquilar. Se los agradezco y les pido mil perdones por esto,
pero no tenemos otra manera de juntar ese dinero. Como si fuera poco, nuestra situación daba varios pasos hacia atrás. Tendríamos que volver a alquilar, pero entendía a mamá. Es su única hermana y no iba a permitir que se le complicara su vida, supongo que también por haber estado viviendo allí tanto tiempo sin pagar alquiler. Antes de que la tía Liliana se volviera a Carmen de Patagones, fueron
a una inmobiliaria y pusieron la casa en venta. En el tiempo que tardara en venderse, Empezamos a buscar con mamá un lugar para mudarnos. Increíblemente, dos semanas después, la inmobiliaria llamó a mamá para decirle que había un interesado en comprarla, no tanto por la casa en sí, que no era grande ni nueva, sino por la ubicación y
el tamaño del terreno. Mamá habló por teléfono con su hermana para contarle si luego de verla el interesado la compraba, mi tía tendría que volver a viajar para firmar los papeles de la venta. Cuando el interesado vino a verla, nos dijo que definitivamente la compraría. Su idea era hacer allí una casa más grande, aunque aún no sabía si ampliarla o directamente hacerla nueva. Por suerte, nos dijo que no había problema en desalojarla inmediatamente, que nos daba tiempo
de buscar un lugar y mudarnos. Rápidamente, tuvimos que conseguir, con mamá, un lugar para vivir y encontramos un pequeño departamento que el dueño tenía detrás de su casa a un precio razonable. La tía Liliana viajó nuevamente, se firmaron los papeles en la inmobiliaria y el comprador transfirió el dinero a las cuentas de mamá y de la tía, quien ese mismo día se volvió a su casa. Aunque tendría que regresar una vez más cuando se firmara la
escritura definitiva del traspaso. Esa semana empezamos con mamá a preparar nuestras cosas para la mudanza. Hicimos el contrato de alquiler y ya teníamos las llaves de nuestra nueva casa. El día que tuve Franco en el trabajo, fuimos las dos y la limpiamos a fondo. Una semana después, contratamos un camión de mudanzas y desocupamos la que fuera nuestra casa en los últimos años. A mamá le costó mucho deshacerse de las cosas de papá, pero el departamento era
más pequeño y no nos cabían tantas cosas. Una nueva etapa comenzaba en nuestras vidas y a mamá pareció afectarle el cambio. Volvió a venirse abajo y, para colmo, yo seguiría estando fuera de casa muchas horas. Si bien con la mitad del dinero de la venta de la casa estábamos un poco más aseguradas, seguíamos cuidando los gastos. La
inflación iría comiendo poco a poco ese pequeño capital. Habíamos comprado algunas cosas, un lavarropas nuevo, El viejo estaba hecho pelota, una heladera mediana pero con freezer, algo de ropa para las dos y una bicicleta para mí, para no tener que depender de los colectivos para moverme. El trabajo en el bar seguía muy bien. Aunque el sueldo no era
gran cosa, las propinas ayudaban un poco. Los compañeros cambiaban cada cierto tiempo, seguramente al conseguir un trabajo mejor, pero con Luciana seguíamos compartiendo turno y se podría decir que nos hicimos amigas. Incluso fuera del horario de trabajo, nos encontrábamos para tomarnos una cerveza o cenar. Mamá no levantaba cabeza. Cada día la veía más bajoneada, como sin ganas de nada. Hasta tenía que insistirle para que comiera bien, y eso
me preocupaba. Estaba en el último año de la carrera, si volvía a dejarlo para estar más tiempo con ella, No me recibiría tampoco ese año y necesitaba hacerlo para poder conseguir un mejor trabajo como contadora. Faltaban un par de semanas para las vacaciones de invierno y, una noche, al llegar a casa, me encontré a mamá sentada en el sillón, con los ojos hinchados de llorar, con la mirada perdida y sin fuerzas. Le hablé y me miraba
como ausente, como si no me viera ni escuchara. Al mirar junto a ella, sobre el sillón, Vi dos blísteres de medicamentos, sin ninguna pastilla. Me di cuenta de que era clonazepam. Le pregunté cuánta se había tomado, pero no pudo ni siquiera decírmelo. Me asusté tanto que, sin perder tiempo, la saqué de casa, nos subimos a un taxi y la llevé a un hospital, llevando los blísteres vacíos. En la guardia conté lo que había sucedido y la ingresaron
en urgencias. Casi un par de horas después, una médica me dijo. Le hemos hecho un lavado de estómago, le colocamos un suero y se quedará internada para poder controlarla.¿ Está consciente, doctora? En este momento no, pero sus signos vitales están estables. Ella tiene algún problema anímico o de salud. En verdad, desde que mi papá falleció el año pasado, no ha estado bien. Para colmo, tuvimos que dejar la casa en que vivíamos. Sin dudas esos cambios le han afectado.
Ya te lo dirá el médico de piso, pero seguramente esté cursando una depresión y tenga que recibir atención psiquiátrica y psicológica. Hace un tiempo lo vengo pensando, pero las veces que se lo comenté, no quiso hacerlo. Creo que si ha llegado hasta esta situación, esa atención será necesaria. pero quédate tranquila, que está bien. Seguramente duerma varias horas. Yo te diría que vayas a descansar y vuelvas mañana temprano. Deja tu número de teléfono en la enfermería de la
terapia intensiva, así te pueden llamar por cualquier cosa. Muchas gracias. Tranquila, que va a estar bien, pero necesita atención. Me despedí de la amable doctora y fui al segundo piso. Hablé con la enfermera de la terapia, le dejé mi teléfono y me dijo que el horario de visita, al día siguiente, era de doce a doce y media del mediodía. Llegué a casa y ni ganas de comer tenía. Me saqué la ropa para darme un baño y me largué a
llorar desconsoladamente. Por suerte había llegado a tiempo. No quería ni llegar a pensar en que hubiera pasado si mamá lo hubiera hecho horas antes.¿ Cuántas personas queridas se iban a ir de mi vida? Primero Martín, después papá.¿ Cómo haría para seguir si mamá también me dejaba? Al día siguiente, le expliqué al dueño del bar lo que había ocurrido con mamá y me dijo que me tomara una semana para poder estar con ella. Esa semana tampoco fui a
la facultad. Mamá estuvo dos días en terapia, luego la pasaron a una habitación común donde estuvo tres días más. pero el tratamiento psiquiátrico lo tendría que hacer sí o sí. El psiquiatra que la atendió me dijo que era más que urgente, que estaba en una condición mental muy delicada y podría volver a pasar algo inesperado. Antes de que le dieran el alta en el hospital para volver a casa, busqué un psiquiatra y una psicóloga para que atendieran a mamá.
Como ella no tenía cobertura médica, el tratamiento lo tendríamos que pagar nosotros, pero no me importó. Usaría el dinero de la venta de la casa, la salud de mamá estaba en primer lugar. Luego de dos días en casa, la acompañé a la consulta con el psiquiatra. Me pidió que la esperara afuera y, luego de casi una hora, me hizo pasar. Señorita, hemos hablado con su madre y ha entendido que necesita atención para poder estar mejor. Muy bien, doctor.
Dígame lo que hay que hacer y lo haremos. En este caso, el tratamiento necesario debe ser intensivo y hemos acordado que estará internada unos días en una clínica para que la puedan atender. Muy bien, doctor. Así será. Señorita, le voy a pedir su número de teléfono para poder avisarle el horario de internación. Muy bien, doctor. Nos pusimos de pie, el doctor saludó a mamá, que seguía como perdida, y antes de que saliéramos, el doctor me dijo en voz baja que a las dos de la tarde me llamaría.
Llegamos a casa sobre el mediodía. Preparé algo rápido para comer y luego recogí y ordené todo. A las dos en punto, me llamó el doctor. Me dijo que me alejara de mamá para que no escuchara y lo que me dijo me hizo estallar en lágrimas. Mamá estaba peor de lo que pensaba y necesitaría estar tratada, medicada y
contenida las 24 horas del día. Me informó que la internaría en esa misma tarde a las 6 y que debía preparar un bolso con varias mudas de ropa y efectos personales, ya que, en una primera instancia, estaría un par de meses en la clínica. No pude dejar de llorar mientras hablaba con el médico, pero era lo que había que hacer, lo necesario para que mi madre pudiera salir de ese pozo y volver a estar bien. De regreso de la clínica,
no pude evitar llorar un largo rato. El médico, al recibirnos, acompañó a mamá hasta dentro de la clínica y yo lo esperé, a pedido suyo, en la sala de espera. Al volver, me dijo que durante un mes no podría verla, es decir, hasta mediados de agosto, pero que él me
informaría de su estado y de su progreso. Al día siguiente, Volví a la clínica y en la administración me comunicaron los honorarios de la estadía en la clínica, más los honorarios de los profesionales que la tratarían, el psiquiatra, un psicólogo, un médico clínico y las enfermeras, la medicación y algunos otros gastos que podrían surgir, como estudios de laboratorio y alguna otra ropa. Era un montón de dinero, pero eso
no me importaba. Si Dios quiere… Ese año terminaría la carrera y podría conseguir un buen trabajo, y si ese dinero se gastaba en la salud de mamá, ya luego podríamos remontar nuestra situación. Ese mes fue muy duro para mí. Nunca en la vida me había sentido tan sola y la única persona con la que hablaba era Luciana, mi compañera de trabajo, que me escuchaba, me hacía compañía y me aconsejaba. Pasaron los 30 días. el psiquiatra me iba diciendo
cada semana cómo iba la salud de mamá. En un examen médico, le habían descubierto un problema de tiroides y de hipertensión, para los cuales comenzaron a tratarla. Contando los días con la esperanza de poder verla y abrazarla, el médico me dijo que no estaba evolucionando como esperaban y que estaría 30 días más. La puta madre, el dinero de la casa poco a poco se iba terminando. Lo único que esperaba era que alcanzara para el tratamiento de mamá
y ya luego veríamos. Pasaron 15 días y, en un llamado del psiquiatra, me comunicó que a mamá la tendrían que operar de un pólipo intestinal. Era una operación que no revestía peligro, pero que podría llegar a complicarse si se dejaba pasar, por lo que la internarían dos días para luego volver a la clínica. Y fue con esa operación que el dinero que había en la cuenta casi se terminó. Incluso si mamá tenía que pasar otro mes en la clínica,
no alcanzaría para cubrir el costo de su internación. Trataba de seguir con mi vida, estudiando y trabajando, pero lo que más me costaba era volver a casa y estar sola. Extrañaba a horror esa mamá. La operación de mamá fue sin problemas y volvió, dos días después, a la clínica psiquiátrica. En esa llamada telefónica, el doctor me dio la peor noticia. Mamá estaría al menos un mes más, pero podría llegar a ser más tiempo. Esa noticia me hizo largarme a
llorar desconsoladamente. El dinero que quedaba no alcanzaría para cubrir ese tiempo que mamá tenía que seguir en internación y todas mis alarmas saltaron.¿ De dónde podría yo conseguir ese dinero? Intentaría conseguir un préstamo bancario, no tenía a quién pedirle dinero prestado. Faltándome tan poco tiempo para terminar la carrera, no quería llegar a pensar en volver a dejarla para
trabajar todo el día y conseguir más dinero. Una tarde en el trabajo, en un descanso, no pude evitar las lágrimas, y en un momento Ignacio, el dueño del bar, se me acercó y me preguntó.« Carolina,¿ estás bien?»« Perdón, Ignacio. Tengo algunos problemas que me están agobiando». pero ya me lavo la cara y vuelvo al trabajo. Tranquila.¿ Es por el tema de tu mamá? Sí, Ignacio. Tiene que seguir internada y encima hace unos días la tuvieron que operar.
Nada grave, pero esa operación y el costo mensual de la clínica me han dejado sin dinero y la verdad no sé qué hacer. Si quieres, puedo adelantarte dos o tres sueldos para que pueda salir del apuro. No quiero abusar, Ignacio. No estarías abusando. Yo te lo estoy ofreciendo. Sos la mejor empleada del bar y si puedo darte esta pequeña mano, quiero hacerlo. Mi situación no es tan holgada, luego del divorcio.
La mensualidad que le paso a mi exesposa por nuestros tres hijos no me deja mucho margen, pero puedo adelantarte ese dinero para que pueda salir del paso. Sé que vos no me vas a fallar. Eso dalo por seguro, Ignacio. Me estás dando una gran mano y te lo agradezco de corazón. Volví al trabajo un poco más reconfortada, aunque esa noche hice cuentas y, aunque disponer de tres sueldos me ayudaba, al ser un trabajo de media jornada, no era mucho, y aún así, no alcanzaba a cubrir un
mes de internación de mamá. Un par de días después, le pedí a Ignacio que me tuviera en cuenta para trabajar los días que tenía Franco o para cubrir hasta las once de la noche si algún compañero faltaba, para juntar unos pesos más, todo lo que pudiera. Una semana después, el psiquiatra me citó en la clínica para ese viernes a las diez de la mañana, por lo que tendría que faltar a la facultad. Llegué a la clínica minutos antes de las diez y el doctor ya me estaba esperando.
Me hizo pasar al consultorio y hablamos un momento. Carolina, te hice venir hoy porque, luego de que conversemos un momento, podrás ver a tu madre por 15 minutos, al menos por esta vez, luego veremos. Ella va mejorando, aunque lentamente, vamos viendo ciertos progresos. No pude evitar las lágrimas mientras me iba contando el estado de salud de mi madre y me decía en ese momento que estaría al menos un par de meses más, con lo que eso significaría económicamente.
Pero en ese momento no pensé en eso, tan solo quería abrazar a mamá.« Gracias, doctor. Muero por verla. Te pediría que la trataras como si nada hubiera pasado, con la mayor naturalidad, como si se hubieran visto ayer. También, que evites decirle que la extrañas y que quieres que salga lo antes posible, tiene que seguir sintiendo que estar aquí es, en este momento, lo mejor para ella. Sequé mis lágrimas, respiré hondo varias veces y pasé con el doctor a una sala, que supuse era el comedor por
las mesas y sillas dispuestas por todo el lugar. Toma asiento, Carolina, ahora regreso con tu madre. Minutos después, la vi entrar. Tuve que hacer fuerza para no llorar. Me puse de pie y la recibí con una sonrisa. Nos abrazamos, me dio un beso en las mejillas y nos sentamos a conversar. Como me había dicho el médico, le hablé animadamente, contándole que todo iba bien en la facultad y en el trabajo, y ella me contó un poco de sus días allí. Los minutos pasaron volando y cuando me di cuenta, el
doctor venía a buscar a mamá. La visita se había terminado, y con una sonrisa, me despedí de ella, diciéndole que pronto volvería a visitarla. Salí de la clínica bastante desanimada. Creí que faltaba poco para que volviera a casa, aunque la había visto animada, no podía dejar de pensar en el dinero que haría falta y en la manera de conseguirlo. Ese fin de semana, trabajé ambos días, incluso cubrí a un compañero el domingo por la mañana, con lo que entré a las ocho de la mañana y salí a
las ocho de la noche. El martes nos volvimos a encontrar con Luciana, ya que el lunes había sido su día franco. El día estaba lluvioso y a eso de las seis de la tarde se largó a llover torrencialmente, por lo que en ese momento en el bar solo había una mesa ocupada, sin duda esperando que dejara de llover para irse. Me fui a la sala donde solemos descansar, me senté y no pude evitar las lágrimas. Cuando Luciana
vino a sentarse conmigo, estuvimos conversando. Le conté de mi situación económica y de que Ignacio me había adelantado tres sueldos. Llegó la hora de irnos y no paraba de llover. En bicicleta hasta casa tenía casi 20 minutos y llegaría empapada. Luciana me propuso dejar la bici en el bar y quedarme esa noche en su casa, que estaba a solo tres cuadras del bar, y terminé aceptando. Llegamos al edificio
y entramos las dos. Era un departamento en el tercer piso, más bien pequeño pero muy bien arreglado, con todo lo necesario para vivir. Luciana me dijo que se daría un baño y le dije que mientras tanto yo preparaba el mate. Cuando salió del baño, me dijo que se tenía que cambiar para salir, aunque seguía lloviendo. Me dijo que me quedara, que cenara lo que había en la heladera y que me sintiera como en mi casa. Volvió a la cocina ya cambiada, eran las nueve menos diez de la noche,
y me dijo. Caro, a las nueve y cuarto o nueve y media, me encuentro con alguien.¿ Algún pretendiente? No exactamente. Te voy a contar algo que nadie sabe nadie. Ni de mi familia ni de mis amigos, pero a vos te lo voy a contar. Cuéntame, Lu, nunca nadie se enterará por mí. Seguramente te habrás preguntado alguna vez cómo es que, viniendo de una familia laboradora que no le sobra nada y trabajando media jornada en el bar, puedo vestir ropa cara, zapatos y zapatillas de marca, incluso poder
bancar este departamento. En verdad, Lou, nunca pensé en eso. Caro, todo esto me lo puedo permitir porque tengo otra fuente de ingresos. En verdad, es mi principal fuente de dinero lo que me permite todo esto, además de tener también mis ahorros.¿ Y en qué trabajas, Lu? Bueno, quizás no podría decir que es un trabajo como tal, pero lo que hago es tener encuentros con hombres por dinero. Jódeme. Sí, Caro, aunque no me gusta la palabra, me prostituyo. No te
puedo creer. La verdad es que no me enorgullece, es por eso que nadie lo sabe. pero te lo cuento a vos porque quizás hacer algo así te podría sacar de los apuros económicos por el tema de tu mamá. Tampoco se lo conté a nadie, pero Ignacio, sabiendo lo de mamá y mi situación, me adelantó tres salarios para poder pagar el mes de internación, ya que no llegaba de ninguna manera. Por eso te lo digo, quizás sea una forma de poder salir adelante en este tiempo difícil
para vos. La verdad es que no sé si podría hacer algo así. no sé si me animaría. Te voy a contar cómo empecé yo. Aldana, una compañera de la facultad, me lo contó. Ella lo hace para bancarse la carrera y después de pensarlo unos días, decidí hacerlo también. No te voy a decir que me resultó fácil al principio, creo que tenía las mismas dudas que vos, pero tomé coraje y acepté un encuentro con un cliente de ella. No te puedo explicar lo nerviosa que estaba, pero por
suerte fue un tipo tranquilo. Le expliqué que era mi primera vez y estuvo bien, la verdad.¿ Y desde cuándo lo haces? Hace cosa de un año, y la verdad es que, al menos hasta ahora, no he tenido problemas. La mayoría de los hombres son de buena posición, profesionales, casi todos casados y con hijos, y lo que menos quieren son problemas. Todo es muy discreto, siempre en hoteles o departamentos.¿ Por eso alquilaste el departamento?¿ Para que los
hombres puedan venir aquí? En realidad no. Ningún hombre sabe dónde vivo, ni a qué me dedico, ni siquiera mi verdadero nombre. Para esto me llamo Roxana y tengo un teléfono que uso solo con mis clientes, que por suerte son bastantes, con lo que me aseguro unos buenos ingresos. La verdad es que me sorprendes.¿ Y qué serían buenos ingresos? Mira, Caro, para que te des una idea, con cuatro, llamémosle, servicios,
al mes, gano lo mismo que en el bar. Y con cada cliente estoy más o menos una hora, hora y media, solo con algunos un poco más.¿ En serio? Sí, Caro, y por lo general tengo tres o cuatro servicios por semana. a veces algunos más, así que imagínate lo que gano. No te puedo creer. Piénsalo. Puede ser una solución para vos en este momento. Esto no quiere decir que te dediques a esto por siempre, pero te puede servir hasta que tu mamá salga de la clínica o hasta que
te recibas y consigas un buen trabajo. No sé. Piénsalo, Caro. Ya me tengo que ir. Vuelvo a más tardar en un par de horas. Siéntete como en tu casa. Nos despedimos, salió del departamento y me dejó pensando, y claramente, bastante alterada.¿ Yo no podría hacer algo así? Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
