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LAS VUELTAS DE LA VIDA - PARTE 12

Feb 26, 202638 min
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Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos Las vueltas de la vida, parte 12. No olvides suscribirte para que no te pierdas ninguna de las historias. Ernesto Benítez Berro Llegué a la ciudad de La Plata a los 19 años para estudiar en la universidad. Desde la escuela secundaria quería ser ingeniero y siete años después obtuve mi título con excelentes notas y conseguí mi primer trabajo en una

empresa de electromecánica y montajes. A pesar de haber sido el mejor promedio de mi promoción durante mis años de estudiante, las salidas y fiestas eran constantes. No me perdía ninguna experiencia y más por insistencia que por mis poco agraciadas facciones, tuve muchas experiencias sexuales, variadas y frecuentes. Fue una etapa hermosa de mi vida. Solo me enamoré de una chica en esa época, pero no fui correspondido y no llegué a nada con ella. A los 27 años conocí a Esmeralda

en un proyecto de la empresa donde trabajaba. Ella era la secretaria del ingeniero de la otra empresa con la que colaborábamos. El proyecto duró casi dos años y al finalizar ya éramos novios. Cuando la conocí, me pareció la mujer más hermosa, aunque no tenía atributos sobresalientes ni una cara de revista. Para mí, era la más linda del mundo. Nos casamos cuando yo tenía 29 años y ella 27 años. luego de un noviazgo intenso, sobre todo en lo sexual. En

ese momento, pensé que me había sacado la lotería. Rogelio, el padre de Esmeralda, tenía una pequeña empresa familiar de montajes menores. Sin embargo, Esmeralda no se llevaba bien con él, ya que siempre fue un tipo tosco, de pocas palabras y bastante autoritario. Cuando me conoció, le caí bien y en cada reunión familiar me decía lo mismo, que cuando se retirara, yo me haría cargo de su empresa. Siempre le respondía que sí, aunque sabía que lo que menos

le gustaba era estar en casa. Casi un año después, nació nuestro primer hijo, Ramiro, y dos años más tarde, Candela, la pequeña malcriada por todos. Decidimos, junto a Esmeralda, que dos hijos eran suficientes si cerramos nuestra fábrica. Un par de años después, debido a problemas de salud, mi suegro tuvo que aflojar con el trabajo. En una cena de domingo, me ofreció trabajar en su empresa por el mismo sueldo que ganaba donde estaba. Después de hablarlo en casa y

con la insistencia de Esmeralda, acepté. Los primeros tiempos no fueron fáciles con el viejo. No había forma de hacerlo entender sobre algunas mejoras o actualizaciones, estaba acostumbrado a trabajar siempre igual y le costaba modernizarse. Poco a poco, los días que él no iba a la empresa, aprovechaba para hacer las cosas a mi modo, demostrándole que se podían hacer en menos tiempo y mejor. Fui ganándome su confianza

mostrando los avances gradualmente. Un año después, había más trabajo y obras más importantes, al grado de tener que contratar dos empleados más. La verdadera bisagra de la empresa vino cuando Rogelio sufrió un infarto que lo mandó a reposo por tres meses. En ese tiempo, la empresa explotó de trabajos, contratando cuatro empleados más. Cuando el viejo volvió, me miró con su habitual cara de mala leche, pero reconoció que tenía razón y que la empresa necesitaba sangre joven. Me

ofreció hacerme cargo, y así fue. La empresa creció mucho más de lo que hasta yo creía posible. Conseguí un par de obras importantes que nos posicionaron como una alternativa sólida en el mercado, siendo elegidos por firmas importantes. Hablé con Rogelio y compramos un galpón más grande, nuevas máquinas y contratamos más empleados. Al viejo le entraba tanta plata

que no lo podía creer. Compró una casa más nueva y más grande, cambió el auto por uno importado, hizo viajes con mi suegra, compraba ropa nueva y se daba la gran vida. A nosotros también nos iba bien. Pudimos comprar nuestra nueva casa en un excelente barrio y un segundo auto para que Esmeralda pudiera moverse con nuestros hijos. La empresa me demandaba cada vez más tiempo y supongo que Esmeralda no me reclamaba nada, ya que su padre

había puesto la empresa a su nombre. Fue en esa época, con Ramiro a punto de terminar la secundaria y Candela a mitad de ella, cuando Esmeralda empezó a cambiar. Nuestra relación seguía bien, pero nuestra vida sexual había ido decayendo poco a poco, algo entendible por las responsabilidades del trabajo

y los hijos, aunque en verdad la extrañaba. Esmeralda empezó a cambiar de vestuario, de amistades y de ocupaciones dejó de trabajar tras su primer embarazo y nunca quiso volver a hacerlo comenzó a ir al gimnasio según ella para recuperar su cuerpo después de los embarazos creí que el fin era recuperar nuestra vida íntima pero nuestra sexualidad seguía floja teniendo relaciones muy de vez en cuando una o dos veces al mes su principal preocupación pasó a ser

su imagen su forma de vestir, el auto nuevo cada año, las salidas con amigas y las reuniones con sus distintos círculos de amistades, lo que le fue quitando tiempo a nuestra pareja. Las amigas del gimnasio, las madres de los compañeros de nuestros hijos, las vecinas del barrio y hasta las antiguas compañeras de estudio. Toda ocasión era buena para

arreglarse y salir. Varias veces hablé con ella. buscando que volviéramos a tener más tiempo juntos, incluso hacer algún viaje o pasear aunque sea los domingos, pero siempre había algún plan suyo en medio. Las llegadas tarde comenzaron a ser habituales, incluso de madrugada, aunque siempre en condiciones.¿ Podría haber sospechado que había algún otro hombre? Sin dudas, pero seguía confiando

en ella. Mis sospechas podían tener fundamento, pero prefería seguir confiando en que, pasado el entusiasmo de la nueva situación económica, las cosas volverían a su cauce en nuestra relación. Sin embargo, un nuevo hecho me sorprendió, tanto que fue un punto de inflexión en nuestro matrimonio. Una mañana de domingo, después de desayunar y antes de que se fuera a almorzar con las madres del grupo, me dijo que estaban planeando un viaje con las chicas del gimnasio, ni más ni

menos que a Europa. La miré sorprendido, no me esperaba algo así, pero antes de irse, me dijo que las chicas lo estaban organizando y ella no podía quedar afuera. Ante mi cuestionamiento sobre cuando haríamos un viaje nosotros, me dijo que luego lo podríamos pensar. Claramente el dinero no era problema. El verdadero problema para mí fue su creciente desgano hacia nuestro matrimonio. Nunca había un plan para nosotros,

y en ese momento dudé de que lo hubiera. Fue durante ese viaje que, quizás por necesidad o como una revancha, tuve mi primer encuentro sexual extramatrimonial. No tenía intención de tener una relación paralela, solo necesitaba tener sexo, algo que hacía tiempo mi esposa me daba a cuentagotas o directamente

no me daba. No quise averiguar si era verdad lo que pensaba, pero mis sospechas fueron que ese viaje no lo hacía con sus amigas o al menos no sólo con ellas, que algún hombre también viajaba o quizás lo encontraría en su destino. A partir de ahí, cada vez con menos culpa, comencé a utilizar los servicios de chicas prostitutas una vez a la semana, sin que nadie lo supiera. Trataba de que nadie me viera, ni siquiera se lo conté a mis amigos o a Rafael, con quien hablábamos mucho.

En el fondo, me daba vergüenza contar algo así. Las contactaba por teléfono, íbamos a un hotel, teníamos sexo y hasta luego. Con algunas de ellas estuve varias veces, siempre tratando de pasar un buen momento y también de hacérselo pasar a la chica de turno. Así conocí a Roxana, una chica muy simpática y amable con la que me encontré cada semana durante varios meses, hasta que una semana la llamé como siempre y, Como estaba ocupada, me pasó el teléfono de otra chica. Como ya me había hecho

el hueco para ese día, decidí llamarla. No me gustaba mucho cambiar todo el tiempo, me sentía más cómodo repitiendo con la misma chica. Me daba más confianza. La llamé y quedamos en encontrarnos. Su nombre era Karen, y cuando me mandó una foto de su cara, me pareció una chica preciosa. pero cuando nos encontramos en persona, me pareció

aún más linda. Conversando de camino al hotel, me di cuenta, por su forma de hablar y expresarse, de que tenía estudios, que no era como otras chicas que se dedicaban a la prostitución por no poder o por no saber hacer otra cosa. Sin embargo, fue en la habitación del hotel, cuando notablemente nerviosa me permitió que le quitara la ropa. que quedé completamente estupefacto ante el cuerpo de mujer más

armoniosamente proporcionado que había visto en mi vida. Incluso en revistas o propagandas de TV o de modelos famosas, sin dudas, era la mujer más hermosa que había tenido ante mí. Y como si eso no fuera suficiente, ante mi esmero por darle placer y no hacerla sentir un mero cuerpo con el que saciar mis instintos sexuales, su orgasmo me deleitó,

tanto como me sorprendió. Había estado con muchas chicas y había aprendido a darme cuenta cuando fingían la excitación y el orgasmo, pero el de ella fue un orgasmo de verdad, mi boca en su sexo la había excitado y eso me hizo sentir muy bien. Me coloqué el preservativo y suavemente, tratándola como lo que era, una reina sin dudas, la

penetré sintiendo su humedad. Como hacía tiempo, tuve que concentrarme en no acabar tan rápido, tenía toda la intención de hacerla llegar nuevamente al orgasmo y lo logré en el momento en que su cuerpo comenzó a temblar ya no pude aguantar y me dejé ir en su interior dentro del preservativo como frutilla de ese exquisito postre antes de levantarnos de la cama me agradeció el haber gozado con un beso en la boca ya estaba deseando que fuera la semana siguiente para volver a estar con ella Hacía

mucho tiempo no disfrutaba de esa manera, se lo agradecí y le pregunté si podía volver a llamarla y cuando me dijo que sí, me sentí pletórico. Mientras estaba en el baño vistiéndose, preparé como cada vez el dinero dentro de un sobre era la manera menos violenta que encontré para pagar los servicios de las chicas. En el interior puse el doble de lo que su tarifa marcaba y era una forma de agradecerle y de incentivarla a que

siguiera encontrándose conmigo. Volvimos a quedar la semana siguiente y me resultó tan tierna cuando me dijo que no me cobraría porque la semana anterior le había dado el doble, que me dieron ganas de comérmela a besos. Volví a disfrutar y a hacerla disfrutar a ella, sabía que por su trabajo estaría con otros hombres, pero yo quería que conmigo fuera diferente, que no se sintiera tan solo una puta. Mi clara intención era que se sintiera mujer en cada encuentro.

Tenía pactado un viaje a Punta del Este por la empresa, dos reuniones con empresarios uruguayos por un proyecto importante y se me ocurrió proponerle que me acompañara. No sabía si aceptaría, pero de aceptar me sentiría muy bien. Al proponérselo, no lo rechazó de plano, lo que me dio cierta esperanza, pero la semana siguiente, en nuestro nuevo encuentro, Me confirmó que aceptaba, y eso me hizo sentir tan bien como

hacía tanto tiempo no me sentía. Cada encuentro con esa chica era mejor que el anterior, y no solo en lo referente al sexo, era muy interesante hablar con ella, sin dudas una chica culta e inteligente. El día del viaje llegó, le envié un auto a buscarla y nos encontramos en la subida de la autopista que va a Buenos Aires. No quería que se sintiera como la prostituta que me acompaña por dinero, si bien tendríamos sexo, no quería que sintiera que tan solo la llevaba para eso.

En el fondo, me gustaba mucho su compañía. Elegí un buen hotel, uno de los mejores cinco estrellas de la ciudad. Luego de tomar la habitación, fuimos a cenar a un excelente restaurante y al regresar, cuando le dije que necesitaba bañarme, me volvió a sorprender diciéndome que lo podíamos hacer juntos. Ya dentro de la amplia bañera, y luego de enjabonarnos uno al otro, nos enjuagamos y nos quedamos dentro del agua.

Sus manos se ocuparon de mi erección, acariciando mi pene suavemente, y como si aún pudiera seguir sorprendiéndome, su cuerpo terminó sobre el mío y la penetré por primera vez sin preservativo. Sin dudas, estaba en el aire, Sus movimientos me estaban llevando a la eyaculación, ya sin retorno, y cuando se lo dije, me contestó que lo hiciera en su interior. Llegamos casi juntos al orgasmo, que me agradeció besándome en

la boca, jugando su lengua con la mía. Nos quedamos un momento así, abrazados, y yo sintiéndome más que bien. Hacía gozar a semejante mujer y hubiera querido que ese momento no terminara nunca. Salimos del agua, nos secamos, y como un gesto de ternura, le sequé su cabello con el secador del hotel. Luego nos fuimos a la cama, nos acostamos desnudos, y Karen se durmió apoyada en mi pecho y yo abrazándola y acariciando su espalda. Esa chica en verdad me hacía sentir vivo, me hacía sentir tan

hombre como hacía tiempo no me sentía. Salí temprano a la primera de las reuniones, aunque me hubiera gustado más quedarme con ella, para qué mentir. Dejé pedido que les hubieran el desayuno y me fui. Al terminar la provechosa reunión, nos encontramos para almorzar. De camino al hotel, paramos en un local para que Karen comprara una bikini, y luego de pasar por el hotel, nos fuimos a la playa. Me sentía tan a gusto hablando con ella que hasta

el sexo pasó tan solo a ser algo más. En esa conversación, Karen, en realidad Carolina, me contó muchas cosas de su verdadera vida, de su familia, de su trabajo, de sus estudios y de la razón que la llevó a prostituirse. Cuanto más la conocía, más la admiraba y más ganas me daban de ayudarla. También me contó de su amor, un amor de adolescentes con un chico que aún estaba en su corazón, aunque hacía tiempo que no lo veían ni hablaban, porque él estaba con otra chica.

Luego de la reunión de esa tarde, volví al hotel y salimos a cenar a un lindo restaurante, y de regreso al hotel, volvimos a hacer el amor. Porque a nuestros encuentros no podía llamarles tener sexo, para mí era hacer el amor y de una manera tan deliciosa que no quería que se terminara. Tres orgasmos me dio esa noche, la última de ese viaje, y lo volvimos a hacer sin preservativo, permitiéndome eyacular nuevamente en su interior. Tocó regresar

a Buenos Aires y de ahí a La Plata. Me dio la dirección de su casa y allí la dejé, no sin antes dejarle el sobre con doscientos mil pesos, que bien merecidos los tenía. De camino a casa, iba pensando en que mi vida, muy a mi pesar, volvía a su normalidad, al trabajo y a sentirme en segundo plano en casa. No pude dejar de pensar en lo bien que me había sentido, en cuán diferente podría ser mi vida si recibiera aunque sea un poquito de la

atención que me había dado Carolina. Si bien yo había pagado por eso, sé que su manera de tratarme, su interés por mis cosas y sus conversaciones fueron genuinas. A esa chica no se le da bien actuar y creo que por eso se sinceró conmigo, contándome su vida. Me sentía tan atraído por esa mujer, que si acaso llegara a tener una mínima oportunidad con ella, dejaría toda mi

vida para estar a su lado. Pero a mi edad soy consciente de muchas cosas, de la diferencia de edad, del amor de ella por ese muchacho, de su situación y de la mía. Pensar en algo así sería tan solo una locura, no podía dejar que mi ser se enamorara de ella, en definitiva terminaría sufriendo. pero me gustaba tanto tenerla cerca, que sabiendo que en poco tiempo dejaría

de trabajar, ya me ponía triste. Sin embargo, más allá de eso, me parecía una mujer íntegra, con valores, inteligente y decidida, que tan sólo merecía un viento a favor, una oportunidad, y yo estaba dispuesto a apoyarla. Por cuestiones de trabajo y por acompañar a mi hija a Buenos Aires a comprar algunas cosas para la facultad, Estuve dos semanas sin poder encontrarme con Carolina. Pero el jueves de esa última semana de noviembre, le mandé un mensaje y

quedamos en encontrarnos al día siguiente. Esa vez me puso una condición, y mientras me escribía, ya sabía lo que me diría. Conociéndola, pondría pegas en el dinero, ya que lo que le había dado por el viaje era mucho más de lo acordado. Y así fue, me dijo que solamente nos encontraríamos si no le pagaba, de lo contrario, tan solo tomaríamos un café. Acepté el trato, pero esa misma tarde, pasé por una casa de ropa femenina, dejé 30 mil pesos, y me entregaron un vale para que Carolina

pudiera comprarse la ropa que quisiera. Como siempre, el encuentro fue sensacional. Poder disfrutar con esa mujer era la gloria. Al volver al café, le entregué el sobre. Se quejó, pero al ver que no era dinero, lo aceptó. Sabía que el momento llegaría, días más, días menos, el final de los encuentros semanales con ella estaba cada vez más cerca. Cuando le escribí para encontrarnos, sabía que podía ser el

último encuentro. Ese mediodía del primero de diciembre, Carolina me escribió para contarme que a su mamá le darían el alta antes de las fiestas y en ese momento ni siquiera supe si habría un encuentro más. La semana siguiente no pude encontrar tiempo para vernos y recién pude esa semana de mediados de diciembre. Le escribí para vernos ese viernes sabiendo que podría decirme que ya no, pero me alegró que aceptara vernos al día siguiente. La pasé a

buscar como siempre y fuimos al hotel. No quise preguntarle si esa era la última vez, preferí disfrutar del encuentro, del placer que me daba y el que yo le hacía sentir. Volvió a ser algo exquisito, verla llegar al orgasmo era impagable y su trato hacia mí me hacía estar en las nubes. No quise pensar en cuánto iba a extrañar eso. Salimos del hotel y, antes de que se bajara del auto, Me lo dijo, esa semana ya no había estado con otros hombres y ese había sido

nuestro último encuentro. Que me dijera eso me halagó, me hizo sentir que para ella también había sido algo bueno, especial y diferente. Dijimos de seguir en contacto, pero sólo como amigos, y estuve más que de acuerdo en eso. Me fui a casa con una mezcla de sentimientos. Por un lado, Iba a extrañar esos momentos que, como hombre, me habían hecho sentir tan pleno, y por otro, me alegraba saber que esa chica dejaba de prostituirse, que volvía a estar con su madre, que se recibiría de contadora

y que conseguiría un buen trabajo. Sabiendo el día en que rendía su último examen, la noche anterior le mandé un mensaje deseándole suerte, pero no le dije que al día siguiente estaría allí cuando se recibiera. La vi salir del aula esa tarde, ya con lágrimas en los ojos, y abrazarse con la que supuse era su madre. Fue un momento muy emotivo, pensando en lo que estaría sintiendo en ese momento por el que tanto esfuerzo había puesto. Cuando me vio, se acercó con esa hermosa cara de sorpresa,

también me abrazó y la felicité por su logro. Me presentó a su madre como un amigo, y dije que nos conocíamos del bar donde ella trabajaba. Luego de conversar un momento, me fui a casa contento por ella. Se merecía que le fuera bien en la vida, y se me ocurrió darle una mano más, empecé a pensar en algunos amigos y conocidos que le podrían ofrecer un primer trabajo. Sabía que donde fuera que lo consiguiera, lo haría muy bien.

Pasaron las fiestas, como hacía ya años, sin pena ni gloria, jugando a la familia feliz, aunque cada vez nos esforzábamos menos por aparentarlo. A mediados de enero, recibí un mensaje de Carolina diciéndome que quería verme y, por supuesto, le dije que sí. Quedamos en encontrarnos para tomar un café el miércoles, que ella no trabajaba en el bar. Me inventé un par de reuniones para ese día y le

propuse a Carolina almorzar juntos. La pasé a buscar por la puerta de la catedral y fuimos a un restaurante de Cedival que me gusta mucho. Mientras esperábamos la comida, saqué del bolsillo de mi saco un papel donde había anotado el nombre y teléfono de conocidos y amigos a los que podría llamar para conseguirle un trabajo, entre ellos a Rafael. Si se decidía a llamarlo, yo le diría a Rafael que era una amiga y que probara contratarla,

que no se arrepentiría. Tomábamos el café luego del almuerzo, cuando Carolina me miró a los ojos recordándome lo que yo le había dicho varias veces respecto del dinero que le daba como agradecimiento. Sin saber hacia dónde iba la cosa, en un momento me dijo que quería ser agradecida conmigo, y sin esperármelo, Sin siquiera haber pensado en esa posibilidad, me sorprendió diciéndome de pasar un buen momento en un hotel.

Sin tarifas, sin regalos. Creo que hasta el corazón se me aceleró de la emoción de escuchar esas palabras, aunque luego me aclarara que sería la última vez. Lo inesperado de la propuesta me subió la adrenalina. Salimos del restaurante y fuimos al hotel de una cadena internacional que está en una de las salidas de la ciudad. Si iba a ser la última vez, que fuera en un cinco estrellas. Tomamos la habitación y al igual que en Uruguay, nos bañamos juntos y, luego de secarnos, nos fuimos a la cama.

Fue una tarde sublime, lejos de los encuentros semanales, tuvimos varias horas y lo hicimos dos veces, cosa que hacía años no me pasaba. Sus orgasmos volvieron a extasiarme, y que me cabalgara me terminó de volver loco. Sin dudas fue una despedida a todas luces. Nos fuimos del hotel como a las siete de la tarde y la dejé

cerca de su casa. De camino, llamé a Rafael diciéndole que una amiga contadora, recién recibida con excelentes calificaciones, buscaba trabajo y que le había dado su número de teléfono. También llamé a Augusto y a Raúl Fernández, pero ninguno de los dos tenía puestos vacantes. Al día siguiente, Carolina me dijo que Rafael le haría una entrevista y, dos días después, me confirmó que la había contratado a prueba por tres meses, pero ya sabía yo que lo haría definitivamente.

Estuve un par de semanas sin encuentros con chicas y Roxana me pasó el teléfono de otra amiga suya. Si bien no se podía comparar con Carolina, esta chica, de nombre Marianela, al menos tenía un trato amable y en la cama estaba bien. Los meses fueron pasando y las únicas satisfacciones me las daba la empresa, que cada día

crecía más, con proyectos importantes. La relación con Esmeralda ya sentía que no tenía retorno, cada vez estábamos más alejados, tan solo vivíamos en la misma casa, pero con vidas diferentes. Casi nada compartíamos, muchos días ni siquiera la cena. Cada vez que hablaba con Rafael, le preguntaba por el trabajo de Carolina, y siempre me contestaba que había sido un

acierto contratarla, que su trabajo era impecable. Una noche que nos encontramos para cenar, me contó que, como expansión de la consultora, abriría una sede en Buenos Aires, que se le presentaban buenos negocios allí. Una vez armada la sede, él se iría para allí y pondría en su lugar a Eduardo, un amigo suyo que nunca me había caído bien,

pero en el que él tenía plena confianza. En esa época, Marianela, la única chica con la que había estado cada semana, me dijo que se iba a vivir a Santa Fe con su novio y que ya no nos veríamos, dejándome el teléfono de una amiga suya. Estuve un par de semanas sin contratar chicas. A pesar de los meses que habían pasado, no podía dejar de recordar los encuentros con Carolina, sin dudas los mejores que había tenido. Como si supiera que estaba pensando en ella, una tarde recibí un llamado

suyo después de un tiempo sin hablar. Me contó que ese chico del que siempre había estado enamorada había vuelto a la ciudad, que habían vuelto a estar juntos y que le había propuesto matrimonio. Me alegré mucho por ella, su vida estaba en el camino que se merecía, con un buen trabajo donde Rafael la consideraba, con su madre bien de salud, nuevamente con su amor y por casarse. Una tarde de café con Rafael, me invitó a la inauguración de la sede de Buenos Aires, que comenzaría a

funcionar en septiembre, y le dije que allí estaría. Esa tarde noche, en esa renovada casona llena de gente, con servicio de catering y música, al llegar, saludé a Rafael, que estaba con Eduardo, y en ese momento me dijo que Eduardo se haría cargo de la sede de La Plata. Pasaron unos meses y, en un mensaje, Carolina me contó que estaba ocupando provisoriamente el lugar de su director, que por problemas de salud había tomado licencia y me sentí

orgulloso de ella. De lo bien que lo estaba haciendo. La noche del cumpleaños de Rafael estuvimos hablando un momento de Carolina y me dijo que estaba más que conforme con su desempeño y que llegado el momento en que Francisco, su director, se jubilara, ella sería quien ocuparía su lugar. Esa noche también estaba Eduardo, canchereando como siempre, sin darle pelota a Miriam, su esposa, que por momentos parecía perdida. Pasó más de un mes, y un mediodía, mientras estaba

en la empresa, sonó mi teléfono. Era un número desconocido y, como en tantas otras ocasiones, lo atendí. Me sorprendí al descubrir quién llamaba Martín, el esposo de Carolina. Varias cosas pasaron por mi cabeza, pero no esperaba que me dijera que quería verme en persona. Accedí sin problemas, quedando en encontrarnos esa misma tarde en un café del centro. Al cortar la comunicación, me quedé pensando en lo que lo

llevaba a querer hablar conmigo. Sin dudas, tenía que ver con el hecho de que Carolina y yo nos conocíamos. Quizás ella le había contado que se había tenido que prostituir ese tiempo y quería saber qué relación teníamos. De camino al bar, decidí no mentir ni ocultar nada. Lo que pasó con Carolina, hasta que le dieron el alta a su madre, ocurrió en el tiempo en que ellos no estaban juntos. Después de eso, ya no volvimos a

estar juntos íntimamente. Entré al café y lo reconocí, había visto fotos de el que Carolina me había enviado del día de su casamiento. Nos saludamos y me senté. Me dijo que obviamente, lo que hablaríamos tenía que ver con Carolina. Estaba al tanto de que Carolina se había tenido que prostituir y de lo que habíamos tenido en ese tiempo, así como de la relación que teníamos actualmente. También sabía del viaje a Punta del Este. pero ese no era el motivo de la charla. Fue cuando me dijo que

Carolina había renunciado a la consultora que me sorprendí. Me llené de indignación y bronca cuando me contó lo que le había hecho Eduardo, justo a Carolina, una mujer súper responsable en su trabajo. Si nunca me había gustado ese tipo, ahora ya no quería ni verlo. Me terminó de conmover cuando me contó que, buscando zafar del problema que le había montado, Carolina se había rendido al chantaje y se había acostado con Eduardo. Esa charla con el esposo de

Carolina me dejó pensando. Sin dudas, ese chico estaba muy enamorado de ella. A pesar de haberle sido infiel, se preocupaba por su situación y me pareció un buen chico. Ese mismo día le mandé un mensaje a Rafael para vernos, pero me dijo que estaba complicado para venir a La Plata. Le dije que iría yo para Buenos Aires en cuanto pudiera. Nos encontramos un par de días después y me contó el tema de Carolina y la versión que le había

dado Eduardo me terminó de hacer enfurecer. Le terminé contando algo de mi historia con Carolina, diciéndole que habíamos tenido algo, y por suerte pude hacer que Rafael dudara de la versión de Eduardo, pero sin pruebas, no desconfiaría de él. Unos días después, me encontré un sábado por la mañana con Sergio, un buen amigo con el que, al menos un par de veces al mes, nos tomábamos un café en un bar del centro. Cuando ya nos estábamos por ir, me llegó un mensaje de Martín. Le dije si quería

venirse al centro y almorzar. Aceptó y un rato después, nos encontramos en el restaurante de 10 y 47 y ese muchacho me volvió a sorprender. Me contó que estuvo siguiendo a Eduardo, que supo dónde vive, cómo es su familia, dónde se lleva a las minas para acostarse con ellas y tuvo el coraje de inventarse una historia para conocer a Miriam y no sólo conocerla, sino también llevársela a un hotel. Me contó algunos detalles de lo que había averiguado y

me sorprendió queriendo hablar directamente con Rafael. Definitivamente iba hasta el fondo con todo eso. Eduardo no iba a zafar, de lo único que se salvó fue de una paliza, que merecía ampliamente. Creo que Martín es un chico pensante, si hubiera sido un loquito, primero le hubiera bajado todos los dientes. Sin dudas, Martín estaba más que enamorado de Carolina, de lo contrario, no hubiera hecho todo aquello. Pero entendía su distancia con ella, no se esperaba lo que hizo.

Hablé con Rafael y quedamos en vernos en Buenos Aires. Le avisé a Martín y fuimos a verlo. Los presenté y al principio Rafael parecía desconfiar, pero Martín le fue contando todo lo que había averiguado. A ese chico no quisiera tenerlo enfrente. Rafael le dio cabida a la versión de Martín, sobre todo cuando le contó que Miriam ya estaba al tanto de todo también. Por suerte, tuvo el tacto de no contarle que se había acostado con ella, ya que es amiga de su esposa. Finalmente, Rafael decidió

intervenir y descubrir a Eduardo. Creo que en el fondo tenía claro que un tipo sin escrúpulos como él podía haber armado un plan así. Ese jueves por la tarde noche, hablé por teléfono con Rafael y me contó que había hablado con Martín. Miriam había descubierto a Eduardo con otra mujer en ese departamento y se había podrido todo. El mismo viernes al mediodía, Rafael me volvió a llamar para contarme que se había aparecido con un périto y el

abogado de la empresa y que lo había descubierto. De ahí se fueron a la casa de Eduardo y encontraron los papeles de la empresa, y antes de irse, le hizo firmar el traspaso de las acciones que tenía de la consultora a nombre de Miriam. El boludo se había quedado con una mano atrás y la otra adelante, y bien merecido se lo tenía. Sabiendo lo que sabía y estando al tanto de que Martín no tenía comunicación con Carolina,

decidí llamarla para contarle. Ella siempre supo que yo soy amigo de Rafael y creí conveniente que lo supiera, para que se quedara tranquila, sabiendo que nada iba a pasar. Pero nunca nombré a Martín ni lo que había hecho, pensé que si ella lo tenía que saber, debería ser por boca del propio Martín. Aunque se alegró de la noticia, me di cuenta por su tono de voz que no estaba bien. Sin dudas, a pesar de zafar del quilombo,

su vida con Martín se había roto. Ser testigo y en cierta forma partícipe de lo que había pasado con Eduardo, de lo que había hecho Martín por Carolina, me hizo pensar en muchas cosas, sobre todo en lo que era mi vida en ese momento. Más allá del trabajo y del dinero, me sentía vacío. Llamé a Martín, necesitaba explicarle y pedirle perdón por haber hablado con Carolina sin preguntarle

o consultarle antes. Nos encontramos en el café de la última vez, y no sólo le pedí perdón por lo de Carolina, también me abrí con él, creo que como hacía tiempo no lo hacía con nadie. Quizás fue porque él no es de mi entorno y porque, además, me parecía un gran hombre, con el coraje para tomar decisiones. Últimamente, Yo sólo tomaba decisiones respecto al trabajo, pero no así en lo que tenía que ver con mi vida. Antes de tomar la decisión que venía madurando en mí, quise

buscar un argumento verdadero antes de hablar con Esmeralda. Haría lo que nunca había querido o podido hacer, saber, ya no si me era infiel, eso lo daba por hecho, necesitaba averiguar con quién o quiénes. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.

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