Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos La novia de papá, parte 2. Todavía recuerdo el penoso día en que descubrí que papá le ponía los cuernos a mamá y lo mucho que me dolió, pues desde ahí todo se fue al carajo. Mi padre aún vivía en el pueblo, con mamá y conmigo. Papá tenía su imprenta en pleno auge, y al ser la única, y en plenas elecciones, todo el mundo le mandaba hacer volantes, trípticos
y lonas impresas con él. Pienso que el exceso de trabajo le hizo tomar la decisión de poner un anuncio donde se solicitaba un auxiliar contable. Nadie imaginó que la auxiliar contable sería una mujer, cuyos mayores atributos serían sus potentes nalgas y sus bultosas chichis. Mamá estaba enfadadísima porque se había enterado de que una tal Arleta Antillán era la nueva secretaria de papá, y no le gustaba para nada, ya que decía que esa mujer tenía toda la pinta
de ser una quita maridos. Y Nidas y mamá tenía razón. Su intuición de esposa tóxica la previno desde el principio. Arlette era conocida por casi todos los del pueblo por su gran sonrisa. Y claro, por ser guapísima y buenona. Y ante la belleza de una mujer de tal calibre, no hay quien la haga pasar desapercibida. Y había pedido trabajo a papá, y éste, dadivoso, y con la cabeza de abajo caliente, la había empleado. Mamá le hizo mil
rabietas a mi padre. Pero seamos sinceros, cuando un hombre anda caliente, no hay sermón que le haga cambiar de opinión. Así que mamá tuvo que tragar, pero a diario era seguro que cuando llegaba mi progenitor, se armara la grande en casa. Mamá, deja tranquilo a papá, por favor, le solía decir yo a mi madre, viene cansado, y lo último que necesita son tus reproches. No lo defiendas, Alan. Solía decirme ella, que te digo ya que esa tal arlete es una buscona que se abrirá de piernas a
tu padre para obtener beneficios. Y al final, esa golfa terminará quitándomelo. Estás exagerando, mamá. Mejor deja a papá tranquilo y ponte en paz. Yo sabía que papá alguna vez había tenido sus canitas al aire.¿ Pero cómo reprochárselo, siendo hombre como él? Lo único que esperaba era que mamá no sufriera nunca un disgusto al enterarse de alguna aventurilla. Además, con papá nunca nos hizo falta nada. Semanas después de que Arlette se convirtiera en la nueva secretaria de papá,
él comenzó a tener frecuentes ausencias en casa. Ausencias fuera de las horas normales en las que él volvía a casa. Y era muy raro, porque él siempre fue muy hogareño. de casa a la imprenta y de la imprenta a casa. Y mamá, mientras tanto, se ponía como loca ante cada retraso. Es un cabrón, Alan, tu padre es un cabrón. Si me llego a enterar que me engaña, te juro que
lo mato, a él y a esa zorra. Yo era un adolescente en ese entonces, y por eso me asustaban las cosas psicóticas que decía mamá, las cuales me las tomaba muy en serio, ya que cada día se trastornaba más. Y no es por justificar a mi padre, pero él siempre le tuvo mucha paciencia a mamá. Pero seguro un día se cansó de tanto. Joder, mamá, que estamos en temporada de elecciones, a papá se le ha acumulado el trabajo.
Por eso llega tarde. Por fortuna, a partir del lunes ya estaré de vacaciones de verano en la escuela y me iré a ayudarle con los trabajos. Y así pasó. El lunes siguiente, por la mañana, papá se adelantó a la imprenta, contento de que fuera a ayudarle, y mamá aprovechó para echarme lonche en una mochila y decirme. Quiero que lo vigiles, Alan, cualquier movimiento que haga tu padre
quiero que me lo digas. También quiero que escuches las conversaciones de los demás empleados y de la misma golfa esa, la tal Arlette. Cualquier cosa rara que escuches o veas me lo dices. Tengo que descubrir si tu padre anda de zorro con esa puta o no. Joder, mamá, que voy a ayudar a papá con la imprenta, no a vigilarle como si fuese su niñera.¿ Lo harás, Alan, lo harás o me volveré loca? Me gritaba llorando. Está bien, mamá, está bien, le prometí para dejarla tranquila. En principio, no
vi nada raro los primeros días. Papá en verdad estaba muy liado con todos los pedidos de la imprenta y Arlette, a la que ni siquiera me acercaba, se la pasaba metida en una oficina que le habían acondicionado al fondo del taller de impresión. El trabajo de Arlette era anotar pedidos, recados y todo lo relacionado con las entradas y las salidas financieras. Diario llegaba temprano, con sus pantalones tipo colombianos que le apretaban su enormísimo culo y unas blusas pegaditas
que le figuraban completamente sus grandes pechos. A mí me tocaba empaquetar trípticos y limpiar las máquinas luego de cada lote de impresiones. Me ponía los audífonos en las orejas para escuchar música, y a veces los dejaba apagados para escuchar cosas mientras los trabajadores de papá creían que no los oía. No me jodas, Mario,¿ has visto hoy cómo se ha venido vestida la tal Arlette? Sí, Lalo, menudo zorrón. Hoy trae unos jeans ajustadísimos que le marcan a madres
tremendas nalgotas. Y la blusita marca tetas, joder con esa minita. Pero nada como las calzas que traía ayer puestas la perra, Mario. Cuando el patrón pasó junto a Arlette, ella hizo como que se le caían unas hojas y se agachó. Joder, que se vio el culo más grande que nunca. Seguido se agacha, la zorra, para tentarnos. A veces hasta le he llegado a ver el hilo de atrás de la tanga.¿ Usa tangas? A Legua se le ven, porque no hay costuras en sus nalgas cuando se pone pantalones. No creo
que le queden las braguitas convencionales, por tal pedorrón. Por eso se pone las tangas. Es que esa mujer está como quiere. Y tiene toda la pinta de ser una buena cojelona. Y entonces vino el comentario que me confirmaría mis sospechas cuando Lalo dijo. Joder con el patrón, tremenda cola se está comiendo, el condenado. Silencio, que ahí está su hijo, dijo el otro, mientras yo hacía como que no escuchaba. El resto del día me lo pasé pensativo. Mortificado. Desesperanzado.¿
De verdad papá se estaba acostando con Arlette? Los siguientes días me los pasé observando cada movimiento de papá y de su secretaria. El poco entraba a su oficina y ella todo el tiempo parecía estar inmersa en su trabajo. Una chica dedicada, trabajadora, seria y aplicada con sus cosas. Pero siempre llamaba la atención sus atuendos tan sugerentes. No daba la sensación de que fuese una cualquiera, pero tampoco una santa. El dios de los genes la había proveído
de una gran belleza. Sus hermosos ojos verdes eran cautivadores. Pero lo que más llamaba la atención era su cuerpo, proporcionado, todo a la medida y en su lugar, de esa clase de chicas que un adolescente como lo era yo, jamás tendría la oportunidad de tener en su cama, salvo en sus fantasías. Y ella me intimidaba. Por eso nunca le hablaba. No le dirigía la palabra para nada y ella a mí tampoco. Arlette sabía de mi existencia porque debía de saber que yo era el hijo de su amante.
Pero hasta ahí. El viernes de la siguiente semana, todos salimos muy tarde. Estábamos imprimiendo etiquetas para 200 botes que se entregarían al día siguiente a primera hora con motivo de una boda. Todos nos encontrábamos en el taller trabajando a full. Todos, excepto papá. Cuando terminé de imprimir un note de etiquetas, pedí a Lalo, un cuarentón muy gordo, que me cubriera. Le dije que iría al baño. Nervioso y con el pecho temblandome, fui directo a la oficina de Arlette y
me extrañó que la puerta estuviera entreabierta. Entré y me llamó la atención que no estuviera nadie. Sabía que Arlette aún estaba en la imprenta porque su bolso estaba en el perchero. Me acerqué a su escritorio e intenté ver su celular, pero tenía clave de acceso. Por poco me da un infarto cuando escuché que alguien venía a la oficina.
Eran las voces de papá y la secretaria. Y como yo no sabía qué explicación podría darles si me hallaban allí, con mucho miedo, lo único que se me ocurrió fue esconderme debajo del escritorio, que era un gran cubo de madera con superficie de cristal templado ahumado. donde sólo podría ser descubierto si alguien fijaba muy bien la vista hacia abajo o si a Arlette se le ocurría sentarse y
meter sus piernas dentro.¿ Dejaste la puerta abierta, Arlette? Le preguntó papá a su amante cuando entraron a la oficina. No que yo recuerde, dijo ella con inocencia. Yo podía mirar el techo desde allá abajo con total claridad, pero no veía aún las figuras de papá y su amante. Bueno, Arlette, deja ver cómo van en el taller, a ver si mando a Alan a casa, que el crío lleva todo el día aquí y necesita descansar.¿ Tu hijo sigue en la imprenta, amor? Cuando Arlette le dijo amor a papá,
sentí una punzada muy fuerte en el pecho. Respiré hondo y esperé. Mi muchacho se ha empeñado en ayudarme hasta terminar. Alan es un chico muy trabajador. Es una lástima que no hable mucho conmigo, dijo ella como si de verdad le diera lástima mi rechazo. Es más, siento como que me rechaza. Cada vez que quiero saludarlo, él me rehúye. Alan es muy penoso, mija, no te lo tomes a mal. Además, imagina todo lo que le dice su madre de ti. Es hasta normal que no quiera hablarte. Si tú lo dices...
Yo seguía allí escondido, bajo el escritorio de cubo, mirando la lámpara del techo asustado, nervioso. Y cuando se quedaron en silencio, agudicé el oído, descubriendo que se estaban besando. Joder, papá, joder. Escuché los chapoteos y ciertas fricciones de ropa. Y yo, como idiota, sólo podía mirar los techos pintados de blanco y una luz pálida que me encandilaba. Me has tenido muy abandonada estos días, Fede. Con mi hijo rondando por aquí, hermosa,
no es fácil acercarme a ti. Lo sé, amorcito, pero podríamos darnos unas escapaditas. Que más quisiera, Arlette, que más quisiera. Tienes que compensarme, papi, que necesito tenerte entre mis piernas. Joder. Sin verlos, podía imaginar a papá besando a Arlette, apretándole las nalgas con sus dos manos, restregándole sus genitales en la entrepierna de aquella mujer, mientras ella le restregaba sus grandes pechos en sus pectorales. Te prometo, Arlette, que encontraré
un momento para compensarte. Y de pronto oí algo que dijo Arlette que me dejó pasmado. Sácatela, amor. Su voz era la de un auténtico zorrón. Joder, Arlette, aquí no, dijo papá nervioso. Tengo ganas de verga, Fede, de que me la metas a la boca y hacer gárgaras de tu semen.
Mierda. Mierda. Mierda.¿ Pero cómo se
expresaba esta mujer? Hablando de verga y de gárgaras de semen como si tal fuera la cosa. Se me hacía inaudito que mamá alguna vez le hubiese dicho tal obscenidad a mi padre en la intimidad. Con razón ahora papá estaba tan encaprichado con la tal Arlette. Ella le daba justo lo que él buscaba en una mujer. Y yo de que me la mames, querida, tengo unas enormes ganas de que me la mames, como sabes, hasta que te tragues mi lechita. Pero no aquí, Arlette, no ahora, te
digo que por aquí anda Alan. Al mismo tiempo que me indignaba tal escena, también mi pene se me endurecía en mi pantalón. Para mí no era habitual, a esa edad, escuchar a una mujer pedir verga con tal soltura. Ahí me di cuenta de que papá y Arlette ya tenían una relación bastante sólida, a tal grado que podían decirse tales guarradas sin ningún pudor. Joder, Arlette, no me acaricias el bulto. Le decía papá.
Un,
papito, mira cómo se te ha puesto de gorda y de dura, respondía Arlette.¿ Por qué no te la sacas, Fede, y me la pones en mi boca? Quiero chupártela. Vale, vale, pero más tarde, nomás deja despedir a mi hijo y regreso para darte lo que te gusta, chiquita. Pero Fede, mi puchita ya está chorreando.¿ Vas a irte y dejarme toda mojadita? Entre mi rabia y mi calentura, sufrí casi un paro cardíaco cuando aparecieron arriba del cristal dos enormes
nalgas que se aplastaron contra la superficie. Era el culo de Arlette, que se había sentado en el escritorio y apoyaba sus dos palmas por los lados. Era cuestión de tiempo que me descubrieran ahí abajo. De momento, las poderosas nalgas de aquella golfa aquí tamaridos estaban desparramadas por toda la superficie del cristal y yo ahí abajo, agitado, apenas con aire contenido. Arlette, joder, espera. Fóllame, amor, fóllame, estoy chorreando. Lo haré, mija, lo haré, pero aguanta un poco. Ábreme
de piernas y siente cómo está ardiendo mi coñito mojado. Uf, mi vida, no sigas, que me estás poniendo malo. Quiero tu verga dura aquí, dentro de mi rajita encharcada, que me tienes abandonada, Fede. Déjame ir, mujer, no tardo ni cinco minutos, solo le diré a Alan que se vaya y regreso, para meterte mi rabo hasta hacerte bramar de placer. Y Arlette, como una ramera, restregaba las nalgas contra el cristal.
Lo removía, y yo, todo erecto, veía como sus glúteos se ensanchaban y se pegaban sobre la superficie del escritorio. Pero no tardes, papi, no tardes. Y papá logró desprenderse de las garras de la zorra y le oí salir de la oficina. Las sospechas de mamá eran ciertas. Mi papá le ponía los cuernos nada menos que con la señorita putona y, al parecer, mamona y calentona. Yo estaba temblando allí abajo del escritorio. Sería cuestión de segundos para que me descubriera.¿ Y qué haría o qué diría yo?
Un pajillero ridículo escondido en ese tonto lugar. Arlette, agitada, se recompuso, pareció acomodarse la blusa y se puso de pie. Entonces, de pronto, cuando ya no la vi, escuché algo que me dejó paralizado. Muy bien, Alan, dijo Arlette con voz severa,¿ no sabes que es una falta de educación andar espiando a la gente, sobre todo cuando estamos en plena intimidad? Allí sentí que mi corazón se me saldría por el culo. Esa zorra había sabido todo el tiempo que yo estaba escondido,
y aún así despegó toda su golfería con mi papá. Mierda. Concluí que Arlette estaba harta de ser la amante de mi padre. Quería que todos los empleados la reconocieran como su nueva mujer. Sus intenciones frívolas eran obvias, que yo viera que era la amante de papá, y de ese modo, decírselo a mamá, para que ella terminara con su matrimonio de una vez por todas. Y yo, casi orinado de la vergüenza y del susto, me salí de mi escondite
y corrí oficina afuera, muerto de la pena, mientras ella gritaba. Alan.
Alan, vuelve. 2. Llegué a casa pálido. Con taquicardia que no veas
Asustadísimo. Cuando Arlette le dijera a mi padre que los había estado espiando, estaba seguro de que él me confrontaría. Y yo no sabía qué carajos iba a hacer.¿ Papá tenía derecho a echarme una bronca, aun si yo lo había descubierto en fragancia con su amante? Que se diera de santos que no le había dicho nada a mamá. Y no por defender la honra de papá, sino por ella y su salud. Sabía yo que una noticia así volvería a mamá más loca de lo que ya estaba.¿
Qué tienes, Alan? Me dijo mamá cuando me vio llegar corriendo a casa. Nada,
mamá, no tengo nada. Respondí. Al menos ven para que cenes. No tengo hambre.
Dónde se quedó Federico? No sé, mamá, no sé, no soy su puta niñera. Pero hijo, por favor. Esa noche me duché y me metí en la cama. Estaba muy angustiado por lo que había pasado. Casi una hora después de eso, papá llegó a casa y mi madre le echó bronca. Se dijeron muchas cosas, pero mi padre, como solía hacer a diario, la ignoraba. No le gustaba alimentar la discusión. Al menos en eso era justo. Los nervios me volvieron al cuerpo cuando mi padre entró a mi cuarto, llamándome.
Alan, hijo. Joder. Joder. Arlette le contó que los había estado espiando.¿ A qué hora te viniste?
Por qué no te despediste? Cuando fui a buscarte, me dijeron que habías ido al baño. Te busqué, pero ya no te encontré por ningún sitio. Me removí en la cama. Era obvio que su golfa no le había dicho nada
de mí.¿ Por qué? No lo sabía.
Al parecer, ella tenía su propio plan. Lo siento, papá, pero me dolía la cabeza. Sí, lo sé, Alan. Todo el día estuviste en la imprenta. Mira, mañana ya es sábado, quédate a descansar y el lunes vuelves. Vale, dije. Que tampoco tenía ni putas ganas de encontrarme con Arlette después del bochorno que acababa de pasar. Todo el fin de semana intenté pasarla tranquilo, pero la mortificación de saber que pronto sería lunes no me dejaba en paz. Finalmente, tuve
que volver a la imprenta. Todo el día me la pasé lo más alejado que pude de Arlette. Ella apareció ese día con una falda ejecutiva que le quedaba como un guante. Sus piernas potentes danzaron de un lado a otro. Su blusa blanca le marcaba un poco su brasier. Ella estaba como si nada hubiera ocurrido. Y su poca preocupación de saberse descubierta por el hijo de su amante me daba terror. Fue casi al término de la jornada cuando papá me dijo, Alan, lleva estas facturas a Arlette, que
las archive, por favor. Eh
No, papá, no, dije alterado.¿ Cómo que no?
Estoy limpiando las máquinas, sí. Anda, lleva las facturas que ya termino yo de limpiar el equipo. Pero papá. Alan, joder. Bufé, nervioso, recibí las facturas y fui hasta la oficina de su puta. Al llegar a su oficina, pasé casi cinco minutos ideando si entrar o echarle las facturas por debajo de la puerta. Finalmente me envalentoné y toqué
a la puerta. Sí. Soy Alan. Mi papá te manda unas facturas.
Pasa. Entré en su oficina y ella estaba sentada sobre el escritorio con sus piernas potentes brillantes ante la luz de la lámpara. Se estaba retocando el labial.
Joder. Estaba buenísima.
Su belleza es innegable.¿ Por qué tocas la puerta, Alan, si tú acostumbras a entrar sin permiso? Joder. Iba a comenzar la maldita. Te dejo las facturas, le dije, acercándome con temor al escritorio, donde se las puse. Ahora me voy. Iba corriendo, cual cobarde, hacia la puerta, para escaparme, cuando Arlette me dijo. Tu madre no me ha reclamado nada, Alan, es que no le dijiste lo que viste el viernes pasado. Sentí una punzada en el pecho. Me dio rabia su cinismo,
y le dije. Era lo que querías, ¿no, Arlette? Que le dijera a mi madre lo tuyo con papá. Pues como ves, tu jueguito no te salió. Porque por eso lo hiciste, ¿no? Comportarte de esa forma tan obscena con mi padre sabiendo que yo estaba escondido debajo del escritorio, es así, tú querías que fuera corriendo de chismoso con mamá. Para que estallara la bomba de una vez por todas.
Ella me sonrió, pero hizo una mueca de inocencia. Yo amo a tu padre, Alan, y he creído que tú podrías ser un intermediario para que la separación entre Fede y tu madre sea pacífica. Vaya cabrona.¿ De qué mierdas estás hablando, Arlette?¿ De veras piensas que mi papá va a ser tan pendejo para dejar a mi madre por ti?¿ Y por qué no? Si estamos enamorados. Arlette seguía pintándose sus gruesos labios de mamona con un tono escarlata. Cegaramente, esa noche, se iría de puta con papá a no
sé dónde. No seas ilusa, Arlette, y mejor hazte un favor y no te ilusiones. Papá ya se ha dado varias veces algún gustito con chicas por ahí, y esto que ha hecho contigo lo pudo haber hecho antes con otras chicas. La rabia me carconía la cabeza. No concebía que esa tipa estuviera pretendiendo de verdad destruir a mi familia. Mira, Alan, el pasado de tu padre, y si tuvo otras mujeres antes, no me importa, la verdad. Lo que importa es el presente.
Pues debería de importarte su pasado, Arlette, porque como podrás intuir, mi papá ha de haber tenido otras amantes antes, y a todas las ha mandado a la mierda cuando se ha cansado de ellas. La prueba es que sigue casado con mi madre. Tú eres una amante más, y si eres inteligente, lo dejarás en paz. Arlette sonreía con los mismos labios con los que había presionado el pene de papá para succionarlo y darle de lengüetazos. Mira, Alan, hay una gran diferencia entre las otras mujeres, si las hubo,
y yo. La diferencia principal es que tu padre está enamorado de mí. Ya hemos hablado antes de hacer una vida juntos, en la que, desde luego, no te incluye ni a ti ni a tu madre. La frialdad con que me decía estas palabras, aunado al hecho de que hacía un gesto como si de verdad sintiera pena, me apretaba la panza y me hacía aborrecerla aún más. Eres tú, Arlette,
la que no está incluida en nuestras vidas. No vas a salirte con la tuya, porque si tu intención era que yo informara a mi madre del romance de papá contigo, y mucho más, de la forma inmoral en la que los encontré, pues ya te digo que no pasará. Por mi parte, mamá nunca se enterará de nada. Arlette suspiró. Se cruzó de piernas y guardó su labial, mirándome con sus ojos verdes fijamente. Como digo, la cabrona tiene unos labios gruesos y hermosos, y desde siempre fueron mi perdición.
De pronto me dijo. Es una pena que no hagas nada por aminorar su dolor, Alan, porque entiendo que tu mami está un poco enferma de los nervios. No te atrevas a llamarla loca. Arlette se descruzó de piernas y, delante de mí, se acomodó sus grandes pechos. Tranquilo, querido, que yo no he dicho eso. Yo lo que he dicho es que ella está un poquito enfermita de los nervios y creo que si se entera de golpe que su marido me ama a mí y piensa abandonarla, la
pasará muy mal. Sentí un terrible terror ante lo que creí que era una gran amenaza. Me preocupaba la reacción que pudiera tener mamá si se enteraba de que esta inmunda puta se estaba comiendo a su marido.¿ Se lo piensas decir, tú, acaso? Puse a prueba su maldad. Ella volvió a hacer un gesto inocente y me dijo,« Llegadas las circunstancias, es probable que lo haga, y no por malicia, sino por el bien de todos. Mira, Alan, tu padre y yo estamos enamorados, enamorados de verdad. No se trata
sólo de un calentón, sino de amor de verdad». Federico no quiere a su lado una mujer tan frígida como tu madre. Lo ha padecido ya durante muchos años y se ha tenido que conformar. No es justo que tenga que sufrir toda la vida en un matrimonio que no lo hace feliz solo por el que dirán. Tu madre ya no lo satisface, siempre le busca pleito, lo hace infeliz. Federico aún es joven y es lógico que prefiera una mujer más alegre, más apasionada. Más puta, como tú, se
me ocurrió decirle. Arlette puso una cara de pocos amigos. Se indignó, se levantó de pronto y me miró enojadísima. No me faltes al respeto, Alan, que no te lo voy a tolerar. Tú se lo estás faltando a mi familia, Arlette, a mi madre y a mí. Tú me estás diciendo que mi padre necesita una puta y al parecer en ti la ha encontrado. De lo que no te has
enterado es que putas hay muchas en este mundo. Se cansará de ti, y así como te encontró de pronto, así mismo podrá encontrar a otra en el momento que sea. A Arlette se le pusieron sus ojos verdes muy rojos, como si quisiera llorar. La había ofendido y no me lo iba a perdonar. Estoy seguro de que si al principio sedujo a mi padre por otros motivos, ahora lo haría por el placer de arruinarme la vida. a mí
y a mi desdichada madre. Mira, Alan, es una verdadera pena que no me veas como una amiga y que me tengas en tan bajo concepto, pero creo que va siendo hora de que comiences a respetarme, porque al final, lo quieras o no, voy a terminar siendo tu madrastra. He tenido que contar todo esto para que se entienda la tensión que siento ahora que estoy sentado en la misma mesa de esa zorra. Al final, Arlette se ha salido con la suya y hace años que se robó
a mi padre. A mi débil y tonto padre. A ella la tiene viviendo como una reina en esta gran casa de la CDMX. Mi madre y yo seguimos viviendo donde siempre, allá en el pueblo. Arlette, mi madrastra, me mira con una gran sonrisa. Seguramente está recordando ese día en que nos declaramos la guerra. Es evidente que yo perdí y ella ganó, pero quiero demostrarle que lo que yo perdí y ella ganó solo fue una batalla, y
no la guerra. Estamos de nuevo frente a frente, pero ahora ya no soy ese adolescente que un día la enfrentó, muriéndose de los nervios, sin saber muy bien cómo mover las fichas del tablero. Ahora soy un hombre, y voy a valerme de todo mi encanto para volverla a enfrentar. Juro que si ella verdaderamente ama a mi padre, no le reprocharé nada nunca más, pero si está con él solo por su dinero, la cabrona no va a encontrar dónde meter la cabeza antes de hacer que papá la
corra como la perra que es. Mientras tanto, estamos sentados, ella frente a mí, con su vestido rojo pegado a su cuerpo y sus enormes tetas apuntándome a la cara.¿ Cómo vas a llamarme, Alan? Me pregunta de pronto, mientras baja papá del cuarto que me han destinado para quedarme,¿ prefieres llamarme Arlet o mamá? Sondío, porque aunque ella piensa incomodarme, voy a demostrarle que yo también soy perverso. Si te
parece bien, Arlet, quisiera llamarte mami,¿ puedo llamarte mami? Hace un gesto de sorpresa, pero cuando se relame los labios entiendo que la perversión será recíproca. Nada me encantará más que me llames mami, corazón.
Que así sea entonces, perra. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
