Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Hipnosis erótica, parte 16.
Trío incestuoso. Tía
Sofía estaba tumbada boca abajo, inmóvil, en silencio, como si no se hubiera dado cuenta de lo que acababa de pasar. Yo seguía sobre ella, aún con la verga enterrada en su interior, con el cuerpo rígido, mi torso girando hacia la puerta. La sensación era un torbellino entre el placer que aún recorría mi piel y el impacto de lo que estaba viendo.
Ahí estaba mamá. Supongo que debí
preverlo. Yo mismo había plantado el bichito de los celos. Además, también teníamos la costumbre de vernos a altas horas de la madrugada traicionando a papá mientras dormía. Aunque se suponía que con la presencia de la tía debía tener más cuidado. En fin, debió ser la misma presencia de la tía lo que la habrá hecho ir a ver si estaba en mi cuarto, y luego, al no encontrarme, me buscó
en el lugar más obvio. Ahí estaba, apoyada en el marco de la puerta, con un camisón negro corto, tan ajustado y semitransparente que no dejaba nada a la imaginación. El encaje rodeaba sus senos firmes y delineaba esa cintura de avispa que parecía un desafío a las leyes de la naturaleza. Su cabello castaño y lacio caía como una cascada sobre sus hombros y su lunar en el pómulo resaltaba,
dándole un toque irresistible. Era una visión que quemaba. Me miraba con los labios entreabiertos, inmóvil, como si su mente estuviera luchando por procesar lo que tenía delante. Pero sus ojos, sus ojos oscuros brillaban, no de sorpresa, sino de confirmación. Ella ya sabía. Lo sospechaba desde hacía tiempo, y ahora estaba frente a la prueba irrefutable. Antes sus ojos tenían la inconfundible imagen de su pequeño hijo encastrado en su cuñada.
Me quedé helado. Había dominado muchas cosas de mamá, su mente, su cuerpo, sus impulsos. Pero esa mirada, esa chispa de desafío y control que aún latía en sus pupilas, me desarmó. Mami, dije, sin poder terminar la frase. Se suponía que no debía amedrentarme. En esa casa, el que mandaba era yo. Pero sabía
que nunca debía subestimarse a una mujer despechada. Yo había sugestionado lo suficiente a mamá como para convertirla en mi mujer, y a ella no le hacía ninguna gracia que tuviera a otra, por más que le repitiera hasta el cansancio que la más importante siempre sería ella. Frunció el ceño, apenas un movimiento, pero suficiente para hacerme dudar de que fuera a ceder tan fácilmente. Aún así, tenía unas bajo la manga. Había implantado en ella, hace tiempo, un código.
un recurso para situaciones como esta en las que necesitaba someterla a mi voluntad de manera inmediata. No lo había usado así a rato, porque siempre era más seguro usar la manera tradicional, ponerla en trance de manera paulatina. Pero ahora no me quedaba más que usar ese recurso. Estás muy cansada, mami. Mi voz sonó más grave, como una caricia oscura que la envolvía. Lo que mereces es un profundo descanso. Dije las últimas palabras con el tono y
la intensidad que había aprendido, esperando un efecto inmediato. Sin embargo, ella titubeó. Dio un paso al frente, pero sus labios seguían entreabiertos, como si intentara resistirse a algo. Ya sabes, insistí, con calma, sin soltarla con la mirada. Deberías relajarte. entrar en un profundo descanso. Su pecho subía y bajaba con cada respiración agitada, los contornos de su cuerpo se marcaban
bajo el fino camisón negro. Cerró los ojos por un instante, como si se rindiera ante un sueño profundo que la invadía de golpe, y cuando los abrió, su mirada ya no era la misma. El desafío se había apagado, por suerte. Había conseguido lo que quería. Me separé de Sofía con cierta dificultad, como si mi verga se negara a separarse de su húmeda hendidura. Su calor, su aroma, todo parecía aferrarse a mí. Fue en ese momento cuando Sofía pareció
notar que algo raro sucedía. Giró el rostro hacia la puerta, todavía algo aturdida, y ahí vio su cuñada. Mamá permanecía tranquila, casi imperturbable. pero en sus ojos oscuros se adivinaba una mezcla de desconcierto y expectación, como si en el fondo de su mente hubiera una batalla. Me dirigí a mi tía con un tono pausado, acariciando cada palabra como si fueran las cuerdas de una melodía. Está todo bien, le aseguré, suavemente,
acercándome más a ella. Vos seguís durmiendo, ¿no? Mis palabras eran firmes, pero también cálidas, como un susurro que envolvía su mente. Estás teniendo un lindo sueño. Ahora solamente vas a disfrutar. Nunca había puesto en trance a dos personas juntas, y mucho menos las había hecho interactuar, pero esta era una buena ocasión para experimentar con eso. Sabía que mamá ya estaba en el punto máximo de su misión. Hasta podía instarla a darme placer sexual ya sin ponerla en trance.
En cambio, La tía no sólo no había sido sugestionada tantas veces como mamá, sino que a priori no era tan susceptible a la hipnosis. Es decir, representaba un riesgo. No obstante, la lujuria me hizo decidirme por someterlas ahí mismo, a las dos juntas. Mamá y tía convertidas en mis esclavas sexuales. Sofía, completamente desnuda, parecía responder a mis palabras sin cuestionarlas, con una expresión que oscilaba entre la entrega total y el dulce letargo. Giré hacia mamá y extendí
la mano hacia ella. Vení, le dije. El aire de la habitación se sentía denso, como si yo mismo estuviera sumido en un sueño del que no quería despertar. Era irreal, las dos mujeres estaban allí, sumergidas en un trance profundo, bajo mi absoluto dominio. A pesar de que había estado trabajando en la hipnosis hacía tiempo, no dejaba de fascinarme
los efectos que causaba. Las dos representaban un placer prohibido, una fantasía que se suponía que debía quedarse como tal y no traspasar al terreno de la realidad.¿ Y las dos juntas? Ya no sé ni qué representaban las dos juntas. Supongo que lo inconcebible. Si no fuera por la hipnosis, sería imposible tenerlas a las dos en ese dormitorio. Sobre todo teniendo en cuenta lo que pensaba hacerles hacer. En ese momento, ambas estaban bajo mi control, como piezas perfectas
en un juego que yo manejaba. Mamá tomó mi mano con delicadeza y subió a la cama, sus movimientos firmes pero fluidos, como si no hubiera dudas en su mente. Se arrodilló lentamente, con el torso recto, su cabello castaño agitándose suavemente sobre su espalda. Sus labios gruesos, siempre sensuales, formaban una ligera curva que sugería sumisión y deseo. Sofía le dije con firmeza a la tía, girándome hacia ella.—
Ponete frente a mamá. Sofía obedeció sin titubear. Su cabello negro, brillante como el ala de un cuervo, contrastaba con la palidez de su piel y dándole ese aire etéreo que parecía sacado de un cuadro renacentista. Su cuerpo esbelto y delicado era un reflejo opuesto al de mamá, quien irradiaba una sensualidad explosiva que se derramaba en cada curva. Eran
como un espejo, pero un espejo que mostraba dos bellezas distintas. Mamá, de piel marrón cálida, irradiaba fuerza y un atractivo físico que desbordaba, su cintura de avispa, sus caderas pronunciadas y ese culo que parecía desafiar la gravedad eran imposibles de ignorar sofía en cambio era pura fragilidad y gracia su cuerpo delgado pero perfectamente proporcionado con una elegancia natural que contrastaba con la voluptuosidad de su cuñada quítale el camisón
le indiqué a sofía con una voz suave pero cargada de autoridad Ella llevó las manos al borde del camisón negro que vestía mamá y, con movimientos lentos y precisos, lo levantó. La tela parecía deslizarse como agua, revelando cada centímetro de piel. Debajo del camisón, mamá llevaba un conjunto
de encaje negro que parecía diseñado para ella. El corpiño ajustado moldeaba sus tetas perfectamente, mientras la tanga se ceñía a sus caderas como si formara parte de su piel y mientras la diminuta tela de atrás se perdía en las profundidades de ese exquisito orto. El encaje no ocultaba nada, más bien, acentuaba cada curva, cada contorno, convirtiendo su cuerpo en una obra de arte imposible de ignorar. Era como una pequeña armadura, pero no para protegerla, sino para exponerla
aún más. Cada detalle, desde las transparencias hasta los finos bordados, estaba hecho para hipnotizar. Ambas seguían arrodilladas, enfrentadas, con los torsos erguidos y la mirada perdida en un vacío que sólo yo podía llenar. Mamá, con su lunar en el pómulo, su cabello lacio cayendo en cascada, parecía encarnar la pasión más salvaje. Sofía, con sus ojos oscuros y su piel de porcelana, era la representación de la serenidad y la gracia.
Y ahí estaban las dos, bajo mi control absoluto. Las dos están muy relajadas, dije, con un tono firme pero envolvente, dejando que mis palabras flotaran en el aire como una caricia. Esto es un sueño erótico. Ambas lo disfrutan. Ambas van a gozar. Me acerqué lentamente, dejando que mi presencia llenara la habitación. Con delicadeza aparté el cabello lacio de mamá detrás de su oreja, dejando al descubierto su cuello terso.
Giré hacia Sofía y llevé una mano a su mejilla, acariciándola suavemente, sintiendo la textura de su piel de porcelana bajo mis dedos. Sofa, terminá de desvestirla, le susurré, con voz baja pero autoritaria. Ella obedeció sin dudar. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos, pero no por eso menos fascinantes. Se acercó más a mamá, sus tetas se rozaron. Por un instante pareció abrazarla, pero sus manos, hábiles y firmes, se deslizaron hacia la espalda de mamá con otras intenciones.
Los dedos buscaron el broche del corpiño, desabrochándolo con una suavidad calculada. Unos segundos después, bajó las tiras por los hombros bronceados, dejando que la prenda se deslizara por sus brazos hasta caer sobre la cama, como si el encaje negro ya hubiera cumplido su propósito. Frente a mí, los senos desnudos de mamá quedaron expuestos. Eran perfectos, redondeados, firmes, con la piel tersa y los pezones oscuros contrastando con
su tono cálido. Era una visión que cortaba el aliento, sobre todo porque estaban frente a los de tía Sofía, más pequeños, pero igualmente hermosos. Al igual que pasaba con ambas mujeres, los senos también tenían un contraste cautivador. Noté que ambas tenían los pezones erectos, y éstos se rozaban levemente debido a la cercanía de sus cuerpos. Respiré hondo, sintiendo como el ambiente de la habitación parecía densificarse, como
si el deseo flotara en el aire. Todo iba bien, aunque noté que los movimientos de Sofía seguían siendo algo mecánicos, casi automáticos, más como un robot que como una mujer. Mamá, por su parte... Simplemente se dejaba llevar, sin ofrecer resistencia. Lo están haciendo muy bien, dije, dejando que mi voz se impregnara de aprobación y confianza. Ahora disfrutarán de sus caricias y sus besos. El deseo que las embargará será enorme. No importa que nunca hayan intimado con una mujer. Será
la experiencia más excitante de sus vidas. Mis palabras parecieron surtir el efecto deseado. Sentí un cambio sutil en el aire, como si una chispa invisible hubiese encendido algo dentro de ellas. Ya no sólo acatarían mis órdenes, sino que sentirían lo que To les dijera que sintieran. Esta vez, fue mamá quien tomó la iniciativa. Su mano, segura y decidida, se deslizó hacia la cintura delgada de Sofía. Sus dedos largos
y femeninos se apoyaron allí, atrayéndola hacia sí. Si antes sus tetas se rozaban, ahora se restregaban unas con otras. Mamá inclinó ligeramente el rostro, sus labios gruesos y sensuales buscándolos de Sofía. Esta última permaneció inmóvil por un instante, pero luego sus labios se separaron, dejando un espacio que la otra ocupó sin dudar. El beso fue un espectáculo en sí mismo, un baile lento y desesperado al mismo tiempo. Los labios de mamá atraparon los de Sofía con una
intensidad que parecía buscar devorarlos. Podía ver cómo se acariciaban mutuamente, como si sus bocas fueran instrumentos diseñados para descubrirse. Sofía respondió al contacto, abriendo más los labios para permitir que la lengua de su cuñada invadiera su boca. Fue un movimiento lento al principio, un roce tímido entre lenguas, que poco a poco se convirtió en una exploración más profunda y apasionada. El sonido húmedo del beso llenaba el espacio,
un eco de la conexión entre ellas. Las lenguas se entrelazaban con desesperación, un vaivén de sensaciones que parecía borrar cualquier rastro de duda o resistencia. La mano de la tía, que al principio había descansado en el muslo de mamá, comenzó a subir lentamente, como si cada centímetro de piel que tocaba fuera un descubrimiento. Sus dedos finalmente llegaron a los senos desnudos de mamá. Con movimientos suaves y deliberados, Sofía trazó un camino con sus dedos hasta alcanzar el
pezón erecto. Lo pellizcó con delicadeza, arrancando un leve jadeo de los labios de su compañera sexual, aunque ninguna rompió el beso. Desde donde estaba, podía ver cómo sus cuerpos comenzaban a alinearse, los contornos de ambas creando un contraste hipnótico. La piel pálida de Sofía brillaba bajo la luz tenue, mientras que el tono cálido y bronceado de mamá parecía absorberla. Sus cabellos, el negro azabache de la tía y el castaño de mamá, se mezclaban como un río oscuro que
fluía entre ellas. Era una imagen poética que me producía las reacciones más primitivas. Mi verga ya no daba más de lo dura que estaba. Era como si me pidiera a grito ser enterrada en algunas de las hendiduras de esas dos hembras que estaban completamente dispuestas a recibirla. El beso continuaba, más profundo, más intenso, mientras las manos de ambas comenzaban a explorar sus cuerpos con más confianza. Era como si el tiempo se hubiese detenido, atrapándolas en un
momento de pura sensualidad. Llevé mis manos a la tanga de mamá y se la bajé lentamente. Mientras ellas volvían a besarse, yo la despojaba de la única prenda que tenía. Ahora, ambas casi parecieron olvidarse de mí, cosa que al principio me descolocó. Se acomodaron en la cama, mamá encima de Sofía, y se comieron a besos mientras se acariciaban. Sus manos se movían por todas partes. No eran como las caricias de un hombre, que se concentraban especialmente en el culo
o en los senos. Se tocaban con pericia, con ternura y delicadeza, como si supieran muy bien de qué manera y a qué ritmo debían hacerlo, mientras largaban suaves gemidos. Me encantaba verlas. La imagen de ambos cuerpos desnudos revolcándose en mi cama era una imagen de ensueño, mi mayor fantasía. Podía estar horas mirándolas, pero ya quería participar.
Me acerqué a ellas.
Déjenme un poco para mí, dije, pero ella, perdidas en la lujuria lésbica en la las había metido, ni parecieron escucharme. Me acomodé detrás de mamá y me abracé a ella mientras arrimaba la boca por encima de su hombro para besar a Sofía. Luego, apartándome un poco, giré el rostro de mamá, agarrándola delicadamente del mentón y le comí la boca también. Ahora tendrías que darle su merecido a esta chica, ¿no?
Le susurré a mamá.¿ Cómo puede ser que la muy putita venga a tu casa y se termine cogiendo a tu hijo? Una parte de ella pareció asimilar lo que le estaba diciendo. Los celos estaban ahí, en una parte de su conciencia. Sofía pareció levemente asustada, pero seguía completamente sumisa. Tranquila, Sofía, le dije. Es solo un juego. No te vamos a hacer nada malo. Es más, seguro que te va a
gustar cuando mamá te coja. Tranquila, todos lo vamos a disfrutar. Entonces, mamá llevó dos dedos de uñas largas hacia la entrepierna de Sofía. Esta se estremeció cuando recibió los dedos, hundiéndose suavemente en ella y gimió de placer. Muy bien, mami, le dije. De a poco, dale más duro. La tía es tan putita como vos. Le gusta que se la cojan. Y vos, Sophie, relájate, vas a ver que te va a gustar. Es más, creo que siempre te gustó mamá.
Creo que siempre se gustaron. Mamá empezó a hundir una y otra vez los dedos en el sexo Sofía, quien se agitaba en espasmos del placer. Era fascinante ver su cuerpo arquearse, sus labios separarse cada vez que gemía, y sus ojos brillosos, quizás un reflejo de que muy en su interior había algo que le decía que esto no estaba bien. Y sin embargo, ahí estaba, gozando de los dedos de su cuñada. Entonces, me acomodé detrás de mamá. Estaba todo muy lindo, pero ya era hora de que
dejara de ser un mero espectador. Hice un movimiento pélvico y me hundí en ella mientras ella se hundía en Sofía. Estábamos los tres perfectamente sincronizados en un baile sensual y perfecto. Los gemidos de todos llenaban la habitación y el olor a sexo se alzaba en el aire. El deseo prohibido se estaba concretando en su máximo nivel. Siempre que obtenía lo que quería, me preguntaba si acaso eso no me aburriría, si acaso eso no haría que no pudiera disfrutar de
estas situaciones tanto como debería. Y sin embargo, cuando finalmente pasaban estas cosas, me daba cuenta de que el deseo se renovaba, adquiría nuevas formas y siempre había algo nuevo por hacer y ahora lo estaba disfrutando. Las dos estaban ahí conmigo, nuestros cuerpos revolcándose uno encima del otro, yo embistiendo sobre mamá, ella embistiendo sobre Sofía. Y mientras nos encastrábamos mutuamente, nos besábamos, nos acariciábamos. Era un placer inconmensurable,
algo imposible de explicar. Llevé mi mano hasta los senos de la tía, envolviendo el cuerpo de mamá en el acto. Ella, a su vez, ahora hundía sus dedos con furia dentro de su cuñada, quien no paraba de gemir cada vez más escandalosamente. Yo imité a mamá y comencé a embestirla con salvajismo. Mi verga se había enterrado por completo en ella, y mis bolas peludas chocaban una y otra vez contra su gordo culo. Llegué al clímax más rápido de lo
que me hubiera gustado. Pero antes hice algo especial, para coronar esa noche de trío incestuoso. Retiré mi verga de mamá, encontrándome lo húmedo, impregnado de sus flujos. Les ordené que siguieran besándose, aunque realmente no hacía falta hacerlo. De hecho, mamá seguía cogiéndose a Sofía con los dedos. Me acerqué muy cerca de sus rostros y me puse de rodillas. Empecé a sacudir mi verga una y otra vez hasta
que la eyaculación salió disparada con potencia y abundancia. El líquido blanco y pegajoso cayó sobre los rostros de ambas, incluso endedándose un poco en los cabellos de Sofía. Cosa que no era la intención, pero no importaba. La imagen era obscena y hermosa. Algo salido del infierno o del paraíso. Entonces les di la orden obvia. Se tragan hasta la última gotita, les dije. Me pregunté cómo llevarían a cabo
esa instrucción. Podían hacerlo de varias maneras. Y ahí fue cuando empezó la escena más obscena y erótica de la noche. Empezaron a lamerse el rostro una a otra, absorbiendo el semen con sus lenguas, en una lucha en la que ambas querían ser las primeras en obedecer mi orden. Cuando tía Sofía quitó una gota gruesa de la mejilla de mamá, ella agarró el mentón de la tía, la hizo girar levemente y pasó la lengua por su boca, donde había
un hilo que atravesaba ambos labios. Siguieron así un rato, hasta que ambas quedaron limpias de semen, pero con un rastro de saliva en toda la cara. La imagen era digna de un retrato, pero todavía no había terminado de disfrutar de ellas. Mamá siguió penetrando a Sofía por un buen rato. Yo las veía, disfrutando del enredo que eran sus cuerpos, los cuales estaban algo sudorosos. El cuerpo de Sofía se estremecía, una y otra vez, ante las arremetidas
de mamá. largaba gemidos de placer inconfundibles, cosa que confirmaba que mis órdenes iban mucho más allá de un accionar físico, sino que también influía en sus emociones. Eso ya lo sabía, pero ver ahora cómo esas dos hembras hermosas disfrutaban de un buen sexo lésbico, me producía un placer tan grande que, pese a que acababa de eyacular, ya tenía la vergadura
de nuevo. Después de un rato, La tía llegó al clímax, con un orgasmo con el que largó un grito que, probablemente, papá hubiese escuchado, si no fuera porque estaba bajo los influjos de la hipnosis. Ahí quedó tía Sofía, con el cuerpo blanco, bajo la tenue luz de la habitación, agitado, su pecho desnudo, subiendo y bajando. El placer brotaba por todos sus poros. Mami, le dije a mamá, que se había hecho a un lado, desnuda, con la mano empapada
por los flujos de su cuñada. Creo que este no es castigo suficiente para alguien que se coge a tu hijo,
¿no? Claro, musitó. Ponele la concha
en su cara, le dije después. Y vos, tía, chupásela, agregué después, dirigiéndome a Sofía. Mamá obedeció al instante, Se acomodó encima de Sofía, rodeó su cabeza con sus rodillas y dejó caer su cuerpo. El sexo hizo contacto inmediato con la cara de Sofía, quien empezó a lamer con fruición, estirando el cuello levemente para alcanzar su objetivo. Yo aproveché me posicioné, arrimando mi pelvis entre los muslos de la tía. Empecé a penetrarla, levantando sus piernas, apoyándola sobre mi hombro.
Sofía empezó a gemir ante mi invasión, pero no interrumpió las lengüetadas que le daba al sexo de mamá. Era una imagen perfecta, mamá de espaldas, con su gordo culo apoyado en la cara de Sofía, casi ahogándola, mientras yo mismo la penetraba con salvajismo. Mi mamá se movía, amacándose, largando gemidos, disfrutando de la mamada que le producía su cuñada. Y yo me montaba a esa tía feminista con rabia.
Le tenía mucho cariño, pero también me gustaba humillarla. No entendía por qué, pero me gustaba y no sentía culpa. La muy putita estaba ahí, totalmente sometida. Así debía ser. De pronto, mamá llegó al orgasmo, y cuando lo hizo, restregó su sexo con crueldad en la cara de Sofía. Si se quedaba unos minutos así, la podría ahogar, así que tuve que ordenarle que se apartara. La pobre estaba pálida. Suspiró profundamente, tomando todo el aire que pudiera, con el
rostro lleno de flujos de mamá. Entonces, ante esa imagen tan excitante, yo mismo acabé. Retiré el miembro y eyaculé fuertemente sobre la vulva de tía Sofía. Vení, le dije
a mamá. Tanto que te gusta mi leche, acá la tenés. Mamá, por un momento, pareció dudar, pero sólo faltó una orden más para que se moviera, cambiando de posición, metiendo la cabeza entre los muslos de tía Sofía, lamiendo como una gatita que lamé su plato de leche, y succionando toda semen que había depositado en la putita de su cuñada. Podría seguir por horas, pero me pareció que no era bueno tentar a mi suerte. Si mantenía a la tía
despierta por mucho tiempo, quizás al otro día sospecharía algo. Vos, mamá, vas a acordarte de todo hasta el momento en que entraste en la habitación, porque ahí no estabas en trance, ordené. Pero quiero que recuerdes que después hablamos y te convencí de que no dijeras nada sobre esto. Mamá asintió. Luego me dirigí a la tía. Y vos, Sophie, andá a bañarte y vení a dormir. y recordar todo esto como un sueño confuso y borroso, nada más que como eso.
Las dos mujeres, completamente desnudas, agarraron las pocas prendas que tenían y se fueron. Yo me fui a mi dormitorio, totalmente satisfecho, pensando en cuál sería mi próximo paso. Cruzando otro límite. Fragmento de diario. Escribo esto en la madrugada, con la respiración aún agitada, con el cuerpo todavía sensible por todo lo que pasó. No debería estar escribiendo. Debería estar durmiendo, descansando como cualquier mujer normal, como cualquier esposa,
cualquier madre. Pero hay algo que no me deja cerrar los ojos. Algo que
no me deja en paz. Soy un monstruo.
Eso es lo que me digo a mí misma mientras mis manos tiemblan sobre el teclado, mientras intento ordenar estos pensamientos que parecen escaparse de mí como arena entre los dedos. Es raro, porque esta sensación me viene solo de vez en cuando. A veces estoy totalmente rendida ante mi corrupción. En esos momentos, mis deseos oscuros por mi hijo no me torturan. Y hasta me parece absurdo sentir culpa. Pero, en momentos como este, es todo lo contrario. Veo todo
lo que hago con Nico como algo perverso. Podría decir que me siento atrapada, que me convertí en una prisionera dentro de mi propia mente, que todo esto es un error del que no sé cómo escapar. Pero no sería cierto. Porque no quiero escapar. Bueno, quizás, mientras escribo estas líneas, si quiero hacerlo
Pero... Dios. Cierro los ojos y vuelvo a ver cada
momento con claridad, con una nitidez cruel. No puedo engañarme. No puedo fingir que no sucedió. No puedo mentirme y decir que no lo quería. Recuerdo cómo empezó todo. Las pequeñas cosas, los detalles. Las miradas lujuriosas de Nico. Las conversaciones extrañas que teníamos. La confusión mental que me embargaba a veces cuando no estaba del todo segura de cuánto tiempo había pasado o que había estado haciendo. Hubo resistencia, claro.
Hubo dudas. Hubo noches en las que me abrazaba a mí misma, temblando, repitiéndome que nada de esto era real, que todo era producto de mi imaginación, de mi cansancio, de mi agotamiento mental. Pero no puedo negar lo que soy. No puedo negar lo que hice.¿ Qué clase de mujer se convierte en esto?¿ La excusa de la hipnosis puede atenuar
mi culpa? Me cogí a mi hijo. Me cojo a mi hijo. Y lo
disfruto. Lo leo y me estremezco. Siento asco y también siento un delicioso temblor en todo mi cuerpo mientras mi entrepierna se humedece. Porque, en el fondo... Siempre supe que había algo en mí que no encajaba en la imagen de esposa perfecta, de madre intachable. Siempre fui más que eso. Siempre quise más. Sólo que nunca me atreví a verlo con claridad hasta ahora. No puedo apartar de mi mente
la imagen de Nico. Su mirada, su voz, su control absoluto sobre mí.¿ Cómo pude dejar que me dominara de esta manera?¿ Cómo pude entregarle cada parte de mí sin oponer suficiente resistencia? Cierro los ojos y siento su piel contra la mía.¡ Qué locura! No es que simplemente tenga relaciones con él. Nico siempre lo quiere hacer de la manera más morbosa. Y yo me excito al imaginar lo que tiene pensado hacer conmigo la próxima vez. Es un
reflejo involuntario. El escalofrío en mi espalda, el calor en mi vientre.
Es una maldición. Mi propio deseo me destruye. Me consume. Me rompe.
Intento pensar en Carlos, en el hombre con el que construí una vida.¿ Dónde está ahora?¿ Qué diría si supiera la verdad? Me mataría. O peor, me miraría para siempre con desprecio, con ese tipo de repugnancia que no se puede ocultar. Y aún así, acá estoy. Escribiendo esto con las piernas aún temblando, con el cuerpo todavía impregnado del olor de Nico. Porque sí, me acaba de coger, como tantas otras veces. Él me moldeó. Él me cambió, poco a poco, con paciencia. Como un escultor que talla su
obra con precisión milimétrica. Me enseñó a desearlo. A necesitarlo. A no poder vivir sin él. Claro, cegaramente sacó de mi interior algo que ya estaba ahí, incluso oculto de mí misma. Pero eso no quitaba que me había manipulado. Y lo peor es que ahora lo sé y no me importa.
Hay algo en esta sumisión que me da placer. Hay algo en este horror que me reconforta. Soy suya. No puedo seguir escribiendo. No debo seguir escribiendo.
Pero tampoco puedo detenerme. Mis dedos se siguen moviendo sobre el teclado como si tuvieran voluntad propia, como si este diario fuera la única forma de procesar lo que me pasa. Un ejercicio terapéutico quizás. Me levanto de la silla y camino por la habitación. No quiero ver mi reflejo en el espejo. No quiero mirarme a
los ojos. Pero lo hago. Y lo que veo me aterra. Esa no soy yo.
O tal vez sí lo soy. Tal vez esta es la versión más pura de mí misma. La que no puede fingir más. La que acepta lo que es. Quizás Nico solo me sacó del clóset.¿ O acaso el poder de la hipnosis podía modificar la personalidad de una adulta? La verdad es que prefiero pensar que mis deseos incestuosos siempre estuvieron ahí, esperando ansiosos porque alguien nos ayude a salir. Me dejo caer en la cama. Mi cuerpo está agotado, pero mi mente sigue despierta, girando en espirales de pensamientos
que no puedo detener. Mañana voy a fingir que todo está bien. Como siempre. Aunque, en realidad sí que me siento bien. Me siento viva. Me siento deseada, con la lujuria siempre despierta, ansiosa porque mi hijo me satisfaga. Porque, después de todo, esto es mi vida ahora. Y, en el fondo, sé que no quiero que cambie. Esto que siento ahora es sólo un momento de frustración.
Fragmento de diario.
Otra vez me pasa lo mismo. Otra vez la confusión se apodera de mí, los recuerdos se entremezclan hasta que ya no sé que fue real y que fue una simple sensación pasajera. Me digo a mí misma que lo que pasó ayer fue real, que lo que sentí fue genuino, pero mientras más lo pienso, más dudas me surgen, como si mi propia mente se negara a darme una respuesta clara.
SOFÍA No quiero pensar
en ella, pero no puedo evitarlo. Todavía la veo en mi cabeza, Todavía puedo recordar la manera en que se movía, la forma en que se reía, la naturalidad con la que ocupaba un lugar en la casa como si siempre hubiera pertenecido allí. No era su presencia lo que me molestaba, era la forma en que Nicola miraba. Algo en mí se revolvió cuando lo vi acercarse a ella, cuando lo escuché hablarle con esa voz calma, con ese tono que
yo conocía tan bien. Fue un instante, un segundo en el que algo dentro de mí se
encendió como una alarma. Celos. Dios, qué patética me siento
al admitirlo. Celos. Como si tuviera algún derecho sobre él, como si tuviera algún motivo válido para sentir esa opresión en el pecho, esa irritación sorda que se fue acumulando hasta que apenas podía disimularla. Me vi a mí misma, tensa, con los labios apretados, fingiendo indiferencia mientras todo en mi interior gritaba que algo no estaba bien. Sofía se reía y él la miraba. Ella le tocaba el brazo mientras
hablaban y él no se apartaba. Lo vi todo, y por más que intenté hacerme la desentendida, la molestia estaba ahí, vibrando en mi piel, consumiéndome con un ardor sordo y creciente. No podía decir nada. No podía hacer un escándalo, no podía actuar como si tuviera algún tipo de reclamo que hacer. Claro, como madre, Tenía todo el derecho del mundo de exigirle a mi cuñada que no sedujera a su sobrino. Pero es que, objetivamente hablando, no estaba haciendo nada malo. Era
sólo mi intuición. Era como si estuviera segura de que estaba pasando algo entre ellos. Sentía los celos de una mujer a la que su novio estaba prestando demasiada atención a otra mujer. Pero me dolía. Me dolía de una manera irracional. de una manera que no podía explicarle a nadie sin parecer una loca. Así que me callé. Me mantuve en mi lugar, con una sonrisa vacía, sintiéndome más ridícula con cada segundo que pasaba. Nico igual intuyó mi
incomodidad y trató de aplacarla acariciando mi culo. Cada caricia que me hace mi hijo es indescriptible, porque, de alguna manera, mi piel es increíblemente sensible a sus caricias. Es como si cualquier sensación placentera fuera diez veces más intensa. Puede hacerme acabar solo con hacerme masajes en el hombro. Es todo por la hipnosis, claro. Pero eso no sirvió para
aplacar mis emociones. Así que a la noche, fui a su cuarto, y cuando confirmé que no estaba ahí, fui al cuarto de invitados, donde supuestamente mi cuñada Sofía debía estar durmiendo. Pero no lo estaba, claro. Primero escuché los gemidos, lo que hizo que me sintiera con el derecho de irrumpir. Y ahí estaban. Mis miedos materializados. Nico estaba encima de Sofía, penetrándola. Cuando giró a verme, todavía tenía la verga hundida en su tía. A partir de ahí,
es todo confuso. Creo que me habló, sí. No te preocupes, ma. Todo está bien,
me había dicho. Recuerdo haberlo mirado, haber sentido su mano en mi hombro, la calidez de su contacto, la seguridad en su tono. Todo lo que estaba mal dentro de mí se apagó de golpe, como si alguien hubiera cortado la electricidad en medio de una tormenta. Respiré hondo, cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, ya no había enojo, ya no había tensión. Entonces volví a mi cuarto y dormí tranquila. Es ahí donde la confusión vuelve a instalarse.¿ De verdad me pasó eso?¿ De verdad me
tranquilizó con sólo esas palabras o fue algo más? Algo que no puedo ver con claridad. Me digo a mí misma que simplemente exageré las cosas, que me dejé llevar por emociones irracionales, que Nico sólo me ayudó a volver a mi centro. pero una parte de mí no está convencida. Los recuerdos son nítidos, sí. Pero el sentido común me decía que no podía haberlos dejado ahí, como dándoles permiso a que siguieran cogiendo, sin más. Algo más había pasado.
Algo diferente a lo que recordaba.¿ Era importante saber la verdad?
No era mejor ignorarla? Tal
vez sí. Tal vez solo debo dejarme arrastrar por su dominio. Es justamente cuando empiezo a cuestionarlo cuando me siento mareada, confundida. Es mejor aceptar que simplemente soy su sirvienta sexual. Tal vez solo tengo que aceptar mi lugar y ya. Después de todo, cuando lo hago, no sufro,
solo gozo. Fragmento de diario Hoy
me desperté con una sensación deliciosa en el cuerpo. una sensación que no me era ajena. Como si mi piel aún recordara lo que pasó, como si los rastros de esa tarde estuvieran grabados en mí, en cada músculo, en cada terminación nerviosa. Si hasta ahora había hecho cosas denigrantes y amorales, esta vez crucé una nueva línea. Los recuerdos vuelven, nítidos, casi crueles en su precisión. No puedo evitar revivir cada instante, cada detalle, como si mi mente estuviera obsesionada con esa escena.
Hago la culpa y la vergüenza a un lado, y me dejo llevar por ese recuerdo morboso, prohibido. No puedo luchar con el deseo que siento por mi hijo, así como tampoco puedo luchar contra el control que ejerce sobre mí. Así que simplemente dejo de luchar, y disfruto. Desde que lo hago, los momentos de aturdimiento son cada vez menos. Era una tarde tranquila. Carlos estaba en el trabajo, la casa en silencio, el sol filtrándose por las ventanas, llenándolo
todo con una luz dorada. Una cosa que me pasaba era que no estaba todo el tiempo tensa por un posible encuentro con mi hijo. De hecho, la mayor parte del día ni me acordaba de la relación que tenemos ahora. Yo estaba en la cocina, distraída con alguna tarea mundana cuando Nico apareció detrás de mí.
¿Mami, te depilaste? Me preguntó de repente. La pregunta me tomó por sorpresa. Pero luego
lo recordé. Sí, me había hecho una depilación definitiva, solo porque él me lo había ordenado. Ya ni siquiera hacía falta que me pusiera en trance para que hiciera lo que
quisiera. Sí, le respondí.
Me encontraba con un vestido floreado, de tela fina que se adhería a mi cuerpo como una segunda piel. Nico simplemente se acercó y me dio un beso en la boca, como si él fuera mi verdadero marido. Ya estaba acostumbrada a eso, y de hecho, me gustaba
que lo hiciera. A ver, me dijo.¿ Querés ver cómo quedé? Le pregunté, aunque la respuesta era obvia. ¡Claro! Vení, vamos al living, me
dijo. Me agarró de la mano y me llevó hasta la sala de estar, con esa seguridad que siempre me desarmaba. Manipulaba mi cuerpo con la misma facilidad con la que manipulaba mi mente. Lo más loco de todo esto es que ya sentía como mi tanga se empapaba. Estaba ansiosa porque mi hijo me poseyera. Sólo que no tenía idea de lo que iba a pasar. Nico se sentó, apoyando la espalda en el sofá, poniéndose cómodo, como si estuviera
a punto de mirar una película. Vi que aún no tenía una erección y lo primero que pensé fue en endurecerle la pija cuanto antes. Quítate el vestido, mami, me dijo. Estaba frente al televisor, bañada por la tenue luz de la sala. Agarré el borde inferior del vestido y empecé a subirlo lentamente. Sabía que le gustaba que lo hiciera así. Sentí el aire del ventilador dándome en mi piel desnuda y, sobre todo, en mi entrepierna, que ya estaba mojada. Dejé
el vestido sobre uno de los sofás. No tenía corpiño, Nico prefería que no lo usara. Así que solo me quedé con esa tanguita blanca. La tela que cubría la parte de adelante era diminuta, pero, como estaba completamente depilada, no asomaba ningún vello público que arruinara la imagen perfecta.¿ También me
la quito? Pregunté, llevando la mano a la tanga. No. Vení que te la quito yo.
Rodeé la mesa ratona y me puse delante de él, mi pecho subiendo y bajando por la respiración agitada. Eso era algo bueno. Cada vez que iba a tener sexo con mi hijo, era tan emocionante como si lo fuera a hacer por primera vez. Extendió la mano con una lentitud casi tortuosa. Agarró la tirita que envolvía mi cintura y tiró de ella hasta romper la tanga. A Nico le gustaba hacer eso, arrancarme la tanga, haciéndola hilachas. A veces incluso lo hacía con los dientes, lo que me
parecía divertido. Quedaste perfecta, me dijo. Acarició mi pubis. Me miró desde abajo, fascinado. Vi cómo se le endurecía la verga, cosa que me hizo sentir orgullosa. Está súper suave, agregó después. Estoy suavecita por todas partes, le dije. Giré, poniendo mi culo en sus narices. Nico no tardó en acariciarlo. Sabía que eso le gustaba mucho. Podía estar horas acariciándome el culo. Y a mí me gustaba mucho también. Aunque, había algo que a ambos nos gustaba más, y Nico no tardó
en hacerlo. Primero estrujó mis nalgas con ambas manos. Luego, sentí cómo las separó. qué profundo tenés el orto, mami, me dijo. Y qué bien se sienten tus nalgas. Entonces, simplemente arrimó la cabeza y metió la lengua en mi ano. La sensación era algo cosquillosa, pero también muy placentera. Sentía cómo me llenaba el culo de saliva y cuando el aire del ventilador me daba ahí, me generaba una sensación agradable. Me incliné levemente para que Nico pudiera comerme el orto
con facilidad. Estaba completamente expuesta en la situación más obscena que alguien podría imaginar. Y se sentía maravilloso.
Está rico? Pregunté.
Siempre había tenido mucho cuidado de mi higiene. Pero desde que tenía esta nueva relación con mi hijo, alcancé niveles obsesivos. Sabía lo mucho que le gustaban los besos negros, así que, para complacerlo, cada para de horas me hacía una buena limpieza anal. Ahora, por ejemplo, había estado haciendo algunas tareas hogareñas y había transpirado levemente. Así que me fui al baño unos minutos. No fuera a hacer cosa que a mi hijo le dieran ganas de comerme el culo justo
cuando lo tenía sudado. Delicioso, mami, me dijo él. Ya sabes cómo me gusta tu orto. Y ahora lo tenés más suavecito que nunca. Se suponía que iba a ser una sesión de sexo normal, todo lo normal que puede ser una tarde de lujuria entre una madre y un hijo. Cuando Nico se satisficiera de lamerme el ano, me cogería. Y cegaramente me haría gozar hasta el punto de hacerme acabar más de una vez. Su eficiencia era increíble. Nunca me había sentido tan plena sexualmente desde que Nico me
sometió a la hipnosis. Pero, como dije,
esa tarde cruzaría una línea. Fue entonces que sucedió la tragedia.
La puerta principal de la casa se abrió. Apenas la oí, todo mi cuerpo se convulsionó. Lo peor era que Nico seguía con su cara enterrada entre mis nalgas. Yo no giré. pero lo vi a través del reflejo de la televisión.
Ahí estaba. Carlos. Mi marido entró. Vi cómo tenía la boca
abierta, sin poder emitir palabra. Se acercó a nosotros. Y yo seguía parada frente a mi hijo, totalmente desnuda. Nico, murmuré, como para que se diera cuenta de lo que estaba pasando. Me quise apartar de él, pero me agarró con fuerza de las caderas y siguió lamiéndome.
Qué es esto? Preguntó Carlos.¿ Qué están haciendo? Lo midé. Estaba pálido, con los
ojos desorbitados. Y Nico no se detenía. Su papá estaba a unos centímetros de nosotros y Descubriendo la traición más grande que había sufrido en su vida, y Nico seguía comiéndome el orto. Pensé que le iba a agarrar un infarto. De hecho, llevó una mano a su pecho. Comprendí que ahí terminaba todo. O se moría, o nos mataba a nosotros. Aunque el pobre Carlos jamás había sido violento. Tranquilo, pa, dijo por fin Nico. No pasa nada. Está todo tranquilo.
Solo estás soñando. Ya sabes. Es como esos sueños que son muy vívidos. Esos sueños que parecen muy reales. Pero estás tranquilo. Es como esos momentos en donde conservas la calma a pesar de que la situación parece muy compleja. Ya te sentís bien, ¿no?
Sí, estoy bien, pero, dijo Carlos. Solo sentate ahí y mira. Estos sueños reflejan un deseo oculto que tenés. ¿Qué? Yo no, balbuceó Carlos. Pero, sin embargo, se quedó ahí. Y de verdad lucía mucho mejor. El color había vuelto a su rostro. Nico,¿ qué pasa? Él. No te preocupes por él. Está
hipnotizado», dijo Nico, susurrando.« Me tomó mucho más tiempo que con vos someterlo de esa manera, pero por fin lo logré. Ahora, ni siquiera vamos a tener que preocuparnos porque nos vaya a descubrir».«¿ Pero no se va a acordar que nos vio así?»« No. Porque en realidad no lo puse en trance recién ahora, sino que ya lo hice hace horas», dejándole la orden de buscar una excusa para salir antes
del trabajo. Pero,¿ por qué? Nico se encogió de hombros, haciendo un gesto infantil que hizo que toda esa escena fuera aún más extraña. Porque puedo, respondió. Creo que va a ser divertido. Entonces se puso de pie, quedando de perfil a su padre. Se bajó el cierre del pantalón.
¡Hey! gritó Carlos, pero no se movió de su sofá.
Vos solo ocupate de mirar todo, pa. Después solo vas a recordar que volviste temprano del trabajo, porque te sentías mal. Te fuiste a dormir, para recuperarte, y entonces tuviste un sueño muy extraño. Un sueño que, sin embargo, te excitó.
Qué sueño más raro! dijo Carlos.
Nico sacó su verga afuera. No hacía falta que me dijera qué debía hacer. Agarré un almohadón del sofá y lo puse en el suelo para luego arrodillarme sobre él. Lo miré desde abajo. Tenía una
sonrisa perversa. Estaba embriagado de poder.« No te pierdas de nada, pa», dijo.
Envolví su verga con mis dedos y y sentí como su cuerpo temblaba ante ese simple gesto. Arrimé mi rostro, separé mis labios y envolví el glande con ellos. Nico soltó un gemido. Hice mi trabajo. Si había algo que sabía hacer, era una buena mamada. Sobre todo desde que se las hacía a mi hijo. Deslicé mi lengua lentamente por el tronco y cuando llegó al glande, ejercí más presión. Me separé un segundo de él, aunque un hilo de baba igual seguía uniendo mi lengua con su verga. Miré
de reojo a Carlos. Estaba con la boca abierta. Noté que estaba fascinado. Nico le habría implantado la idea de disfrutar viendo cómo se cogía a su mujer, o era algo que Carlos ya tenía en su mente y sólo necesitaba un empujón para salir. Fuera como fuese, seguí chupándole la pija a mi hijo. Esta vez me la metí entera. La sentí en mi garganta, pero como ya estaba acostumbrada,
no tuve problemas en hacerlo. Realmente debía estar dando una imagen patética, con un denso hilo de baba cayendo al suelo, mientras Nico me cogía por la boca, mientras su papá nos miraba. Pero, aún así, lo estaba disfrutando. Siempre disfrutaba de darle placer a Nico. Después de unos minutos, apoyó su mano en mi nuca, haciendo mucha presión, y eyaculó en mi boca, claro.
Mostrale a papi cómo te tragaste todo, dijo Nico. Giré, mirando a mi marido. Tenía la verga al aire
Se había estado masturbando mientras nos veía. Me pareció aún más patético que yo. Pero al menos él no recordaría. Aunque, quien sabía, quizás Nico lograba manipularlo hasta el punto de aceptar esta humillación incluso estando consciente, como había hecho conmigo. Saqué la lengua y le mostré que la tenía limpia. Ni rastros del semen de nuestro hijo. Pedazo de puta, me dijo él, y justo en ese momento, eyaculó, largando
su semen en el piso. Y vos, cornudo, le dije yo, no tanto porque me había sentido ofendida, sino porque me produjo morbo hacerlo. Y lo vení siendo desde hace meses. Carlos se puso serio, pero no dijo nada más. Después de unos minutos, Nico me cogió de nuevo. Me tumbó en el piso y me la metió en el culo, otra vez en las narices de mi marido. No me compartió con él. pero Carlos parecía muy conforme masturbándose mientras
nos veía como si estuviera viendo una película porno. Ahora, encerrada en mi dormitorio, mientras Carlos duerme a mi lado, entiendo que no solo yo estoy bajo el control de Nico. Su padre, su tía, Honey y quien sabía cuántos más caerían ante su poder. Y todo esto solo para satisfacer sus deseos sexuales. Y lo que más me preocupa no es eso, sino la idea de que algún día deje de ser su favorita. Eso es lo único que temo. Siempre vas a ser mi preferida, me
dice Nico. Sí, lo dice
ahora. O, mejor dicho, lo dijo hace unos segundos. Se metió en mi cuarto y leyó la última entrada de mi diario
Acá no, Nico, le digo.
Estoy con la laptop en mi regazo, mientras Carlos duerme a mi lado, y Nico empieza a acariciarme las tetas por encima del camisón. No pasa nada. Si el viejo no se despierta con nada.
Ya sabes, la hipnosis. Pero, igual, le digo. Él no cede.
Es un niño caprichoso. Voy a hacer la laptop a un lado y voy a dejar que se meta en mi cama. Igual, sé que Carlos no se va a despertar. Esto no va a tener final. Mi única salvación es que Nico se aburra de mí y no quiero que lo haga. No lo voy a hacer, me dice él
Y ahora, deja de escribir, que ya te quiero coger. Fin. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
