HIPNOSIS ERÓTICA - PARTE 9 - podcast episode cover

HIPNOSIS ERÓTICA - PARTE 9

Mar 31, 20261 hr
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Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Hipnosis erótica, parte 9.

Speaker 3

Sexo anal con mamá.

Speaker 2

Estaba en mi cuarto, recostado en la cama, observando como la luz de la tarde llenaba cada rincón. Tenía las cortinas apenas entreabiertas, lo suficiente para que una línea de sol dibujara una franja sobre el escritorio, pero sin iluminarme directamente. Esa penumbra me ayudaba a pensar, a ordenar mis ideas, que no eran pocas. Habían pasado varios días desde el último encuentro con mi tía. Una experiencia tan intensa que todavía podía sentir el eco de cada detalle en mi memoria,

cada instante, cada reacción. pero, a pesar de la certeza que tenía de haberla manejado a la perfección, había algo que me inquietaba. Había captado, en ese último momento, un gesto, una mirada fugaz de su parte que me dejó una inquietud. Parecía como si, en algún lugar de su mente, hubiese quedado una sombra de duda, un leve rastro de lo que había sucedido. Era extraño y, por momentos, casi me convencía de que todo había salido como debía. pero la

duda persistía y me decía que debía estar alerta. Hasta que la volviera a ver, no sabría si en verdad sospechaba algo o si todo estaba en mi cabeza. Sin embargo, mis pensamientos volvían, una y otra vez, a mamá. Ella era quien me interesaba ahora, en quien había estado trabajando día tras día, paso a paso. Había aprendido a ser paciente, a ir construyendo poco a poco, cada avance como un

ladrillo en una pared, cada sesión como una pequeña victoria. Ahora, cada vez que estaba cerca de ella, podía percibir como algo se encendía en su mirada, una chispa de deseo que antes no existía y que, en gran parte, se debía a todas las sugestiones que le había implantado. Sabía que funcionaba porque revisaba su notebook y, con ello, su diario.

La idea de que llevara un diario también era una de mis obras, una sugerencia que había logrado implantarle de forma tan sutil que ella creía que era completamente suya. Lo leía como quien examina una obra maestra, viendo cómo en sus palabras se revelaba la atracción creciente hacia mí. Era sutil, claro, pero evidente en la manera en que describía ciertos momentos, como si no pudiera evitar pensar en mí de una manera distinta, algo que la asustaba y

la atraía al mismo tiempo. Eso era lo que siempre había anhelado. pero debía seguir yendo con cuidado, porque, si me apuraba, como lo había hecho con tía Sofía, quizás las cosas salieran mal. Había conseguido mucho con ella. Desde el perfume que hacía que se sintiera un poco más vulnerable, hasta las caricias en el hombro, que ahora parecían calarle hondo, provocando en su interior una increíble excitación y un torbellino

de emociones que, aunque no entendía del todo, no podía ignorar. Pero, por más lejos que hubiera llegado, todavía existía una barrera, una que no iba a ser fácil de derribar. Mamá, a pesar de toda la atracción que sentía, de esa confusión que la envolvía, aún era incapaz de cruzar el límite por sí misma. Su moral, ese sentido de lo correcto y lo incorrecto, era una muralla que la detenía. Y eso me frustraba y me intrigaba a la vez. Porque sabía que estaba a un paso de lograrlo, de

llevarla hasta donde quería, pero no podía precipitarme. Necesitaba manejar la situación con precisión. Sabía que la barrera estaba ahí, pero también sabía cómo usarla a mi favor. Escuché el ruido de la puerta de entrada y supe que mamá ya estaba en casa. Me levanté de la cama y, con un rápido vistazo al espejo, me aseguré de que todo estuviera en orden. Crucé el pasillo y, al llegar a la cocina, la vi descargando las bolsas sobre la mesa. Vestía una remera ajustada y uno de esos jeans que

tanto me gustaban como le quedaban. No llevaba corpiño, cosa que ahora era natural en ella, y los pezones se marcaban deliciosamente en la tela de la remera. Esa imagen me hizo recordar cada uno de los progresos que había logrado con ella, cada sugestión implantada, cada pequeño paso que me acercaba a mi objetivo. Me acerqué con una sonrisa, tratando de mantenerme casual. Mamá, deja que te ayude con eso, dije, tomando algunas de las bolsas antes de que ella pudiera responder. Ay, gracias, Nico.

Hoy había un lío en el supermercado que no te imaginas. La fila interminable, y sólo tres cajas abiertas, respondió ella, soltando un suspiro mientras se estiraba y dejaba caer los hombros, visiblemente agotada.— Dale, déjame encargarme de todo, insistí con voz suave, tomando la iniciativa.—¿ Por qué no te vas a descansar un rato al sofá? La observé mientras asentía, agradecida por

mi oferta. Vi cómo se dirigía al sofá y se dejaba caer en él con un suspiro, cerrando los ojos un momento, entregada al alivio de descansar después de una tarde ajetreada. Aproveché el momento y comencé a guardar cada cosa en la alacena, pero mi mente ya estaba enfocada en lo que vendría después. Terminé de organizar las cosas

y me acerqué a ella en silencio. La luz de la tarde se colaba por las ventanas, iluminando la sala con un brillo cálido que hacía la atmósfera más íntima, casi como si el espacio estuviera preparado para lo que estaba a punto de hacer.¿ Estás cómoda, mamá? Pregunté suavemente, acercándome a ella con pasos ligeros. Ella abrió los ojos un poco, mirándome con una sonrisa adormilada. Sí, Nico. La verdad, me hacía falta un descanso. Aunque, no sé por qué

estoy tan cansada. Debe ser sólo el calor. Ahora, relájate y déjate llevar, le dije, dejando que mi voz adquiriera un tono más profundo y suave, ese que había practicado hasta perfeccionar, ese tono que usaba siempre que quería inducirla al trance. Empecé utilizando el método ericksoniano, ese que me permitía llevarla poco a poco, como quien guía a alguien a través de un camino familiar y tranquilo. Con cada palabra, noté cómo su cuerpo comenzaba a aflojarse, cómo sus hombros

caían y su respiración se hacía más lenta. Sabía que tenía que ser paciente, que debía crear el clima adecuado antes de profundizar en el trance. Es increíble cómo... Cuando te das un momento para vos misma, podés sentir como el cansancio se va disipando, murmuré, manteniendo el ritmo de mi voz suave y constante, observando como ella cerraba los ojos nuevamente, dejándose llevar. Como si cada músculo se relajara

por sí solo, sin que tengas que hacer nada. Mi mamá asintió levemente, apenas un gesto, pero suficiente para saber que mis palabras estaban surtiendo efecto. Su cuerpo parecía hundirse más en el sofá, como si se dejara llevar por una corriente invisible que la sumía en una calma profunda. Y cada respiración te lleva más y más profundo, continué, como si el aire que entra y sale te ayudara a desconectar, a sentirte en un lugar seguro y tranquilo,

donde podés simplemente dejarte llevar. Cada palabra mía era como una caricia para su mente, una invitación a soltarse sin resistencias. Sabía que estaba a punto de cruzar ese umbral en el que podría implantar cualquier idea, en el que sus pensamientos se fundirían con los míos sin que ella notara la diferencia entre lo que quería y lo que yo le sugería. Tantas sesiones de hipnosis me habían permitido llegar

a ese grado de control. Aunque los manuales de hipnosis decían que eso era improbable, yo había logrado modificar la personalidad de mamá, moldeándola poco a poco a mi antojo. Después de unos momentos, decidí usar la frase clave. Incliné un poco mi rostro hacia ella y, en un murmullo, le dije. Te ves muy tranquila, Ma. Como si estuvieras en un profundo descanso. Inmediatamente, vi como su cuerpo respondía, como si la frase tuviera el poder de desconectarla por completo.

Su cabeza cayó hacia un lado, sus hombros se relajaron aún más y, y su respiración se volvió tan profunda y calmada que por un momento me pareció estar viendo a alguien completamente dormido. Era la señal que necesitaba. Me incliné un poco más cerca y, en tono bajo y suave, comencé a darle las instrucciones que había preparado. Estás en un sueño, mamá, un sueño lúcido, donde puedes hacer todo lo que te haga sentir bien, todo lo que te permita estar en paz. No hay nada que te preocupe.

No hay barreras en este sueño, solo vos y lo que querés sentir. Sentí una oleada de satisfacción al ver cómo su rostro se mantenía sereno, ajeno a la realidad, creyendo que todo era un sueño. Observé su cuerpo totalmente relajado en el sofá, su respiración profunda y calmada, como si estuviera en un sueño muy, muy lejos de aquí. Cada palabra que le había susurrado estaba ahora grabada en su mente, guiando cada sensación y cada emoción hacia donde

yo deseaba. Sabía que, bajo mi influencia, ella interpretaría todo lo que pasara como parte de ese sueño que le había sugerido. Di un paso adelante, acercándome lentamente hasta quedar justo a su lado. Noté el leve brillo de su piel, una capa fina de sudor producto del cansancio y del calor de la tarde. lo que añadía algo más, una especie de invitación tácita, como si la misma atmósfera favoreciera

lo que estaba a punto de hacer. Mis manos se movieron despacio, con cuidado, y comencé a levantarle la remera, como quien abre un tesoro oculto, con una mezcla de ansiedad y emoción contenida. Sentí como mi respiración se aceleraba al ver un poco más de su piel, suave y bronceada, que se iba revelando cada vez que mis manos tiraban de la prenda hacia arriba. Mi corazón latía con fuerza,

pero traté de mantener el control, no podía precipitarme. Finalmente, la despojé de la remera, dejando que cayera a un lado, dejando expuesto su torso. Sus tetas se alzaban y caían con cada respiración, y la imagen me dejó casi sin aliento. Era algo que había visualizado varias veces. pero siempre me producía un estremecimiento, como si fuera la primera vez. Mi mano se deslizó lentamente hacia su hombro, acariciando la curva suave de su piel, bajando con calma, mientras sentía el

calor que irradiaba su cuerpo. Ella hizo un leve movimiento, casi imperceptible, pero suficiente para notar que su cuerpo reaccionaba a mi tacto. Sabía que debía avanzar despacio, con paciencia, aprovechando cada instante de ese trance que la mantenía ajena a la realidad. La agarré de la mano y la abracé,

sintiendo sus senos apretándose en mi cuerpo. Inclinándome un poco más, mis labios rozaron suavemente su cuello, dejando un beso lento y profundo, apenas un susurro de contacto, pero cargado de intenciones. Sentí como su respiración se alteraba ligeramente y supe que estaba funcionando. Nico, ¿qué? Musitó ella, pero su cuerpo estaba tan flojo que, al tratar de separarse de mí, no pudo apartarse de mis brazos. Silencio. Es solo un sueño. No hay nada de qué preocuparse, le dije. Un sueño.

Estoy soñando, dijo ella, soltando una risita histérica. Claro, esto solo puede estar pasando en un sueño,

Speaker 3

¿no? Silencio. Dije. Mis labios

Speaker 2

descendieron hacia sus senos y se cerraron en uno de sus pezones. Mamá gimió. Mis manos descendieran hasta su maravilloso culo, acariciándolo a través de la gruesa tela de Jan, mientras no dejaba de succionarla, como si aún fuera su bebé.

Ella me acariciaba la cabeza con ternura, mientras mis caricias se hacían cada vez más obscenas, metiéndole los dedos en las profundidades de su orto entonces me separé de ella con la verga completamente erecta me senté en el sofá y la miré detenidamente uno de sus senos estaba brilloso por la baba que le había dejado se quedó quieta como si estuviera esperando a que le diera una orden cosa que me excitó la sumisión era tan erotizante como

su voluptuosa figura Vení, le dije, bajándome el cierre del pantalón. Ella no necesitó más explicaciones. Sonrió, algo avergonzada, como si incluso sabiendo que se encontraba soñando le produjera cierto bochorno. Pero eso no era suficiente para que no se diera el gusto. Mamá se puso frente a mí y se arrodilló. Me bajó el calzoncillo y se encontró con mi verga erecta en su honor. Recordé, complacido, que, entre otras sugestiones, le había implantado la idea de que mi verga debía

ser deliciosa. Ella me miró, algo confusa, como si necesitara la confirmación de que no estaba despierta. Tranquila, le dije, acariciando su mejilla. Está soñando.

Speaker 3

No hay nada que temer. Apoyé la mano en

Speaker 2

su nuca y empujé hacia abajo. Su respiración era profunda, pausada, y sus labios, entreabiertos, se aproximaron con una suavidad que me hizo estremecer. El primer roce de su lengua fue apenas un contacto, un cosquilleo que recorrió mi cuerpo. Pero eso bastó para que me volara la cabeza. Mi mamá me estaba chupando la verga, de verdad estaba pasando, y lo mejor era que esta vez lo hacía consciente que

se trataba de mí, su hijo. En un sueño, claro, pero no dejaba de ser verdad que ella había decidido chuparme la verga. La emoción no cabía en mi cuerpo. Lentamente, ella fue aumentando la intensidad, recorriendo todo mi tronco, dejándome cubierto con su saliva. Su boca era cálida y húmeda, y cada movimiento de su lengua parecía sincronizarse con los

latidos acelerados de mi pecho. Cerré los ojos y entregándome a la sensación de sus labios deslizándose firmemente por cada rincón, mientras sus manos me aferraban suavemente, recorriendo mis muslos en un gesto que aumentaba mi placer. Su voracidad creció con cada instante. Por lo visto, la sugestión de que mi verga era deliciosa estaba funcionando. Ahora lo hacía más rápido, mientras mi respiración se volvía un temblor entre sus manos

y su boca. Veía su cabellera castaña subir y bajar, y entonces me dije esa era la imagen con la que me gustaría soñar todos los días. La fricción de su lengua era exacta, cada gemido que escapaba de ella vibraba en mi cuerpo, haciéndome perder cualquier rastro de control. Finalmente, sentí el clímax recorrerme de un golpe, y ella, sin apartarse, recibió cada gota, dejando que el sabor se disipara en su boca. Con una leve sonrisa, levantó la mirada hacia

mí y, en un susurro, comentó. Es delicioso, me recuerda al café con leche que me preparás.¡ Qué sueño más loco! Soltó una carcajada. Me pregunté qué haría si se enterara de que no estaba soñando. Podía hacer eso. Sacarla del trance, pero sin que se olvidara de lo que pasó, Y así ella creería que se había entregado de verdad. Pero mi querida madre aún no estaba preparada para tanto. Susikis no soportaría saber que le acababa de hacer una mamada

a su hijo conscientemente. Ya llegaría ese día. Pero aún faltaba.

Speaker 3

Ya podés quitarte el pantalón, ¿no?

Speaker 2

Le dije. Ella... que todavía estaba arrodillada, disfrutando del sabor a semen que aún debía tener en su paladar, se puso de pie. Se quitó las zapatillas y se bajó el pantalón, que estaba tan ajustado, que parecía una segunda capa de piel, ahora sólo lucía una tanga negra. Sonrió, algo nerviosa, mostrando esos lindos dientes, blanquísimos y grandes. Entonces yo me quité la remera y la bermuda, quedando también sólo en ropa interior. Estaba algo nervioso, porque hacer esto

durante el día siempre era un riesgo. Cualquier ruido brusco podía sacarla del trance. Había desconectado el timbre, para que no sonara, pero siempre alguien podría golpear la puerta o podría haber un ruido muy fuerte proveniente del exterior. Además, el tiempo que pensaba estar con mamá esta vez era más largo. Lo más sensato era terminar ahí, total, yo

ya me había sacado las ganas. Pero, verla desnuda, con las tetas sacudiéndose suavemente por su respiración agitada, las caderas sinosas apretadas por las delgadas tiras de la tanga, era algo que no podía tolerar.

Speaker 3

Vení, le dije. Me

Speaker 2

puse de pie y le indiqué que ocupara mi lugar en el sofá. Pero luego la hice tumbarse boca abajo. Ahí empecé a devorarla. Primero corrí su cabello a un costado y empecé a chuparle el cuello y los hombros. Esto le generaba increíble placer, gracias a mis sugestiones, pero no eran las partes de su cuerpo que más me apetecían. Mis labios y mi lengua bajaron, dejando una línea de humedad en toda su espalda hasta que me encontré con

su maravilloso culo. Acaricié sus nalgas con fruición. Luego desenterré la tirita de la tanga y la hice a un lado, y ahí empezó lo bueno. Separé suavemente sus nalgas y deslicé mi lengua, explorando cada rincón, aunque mi concentración se quedó en ese pequeño agujerito bordeado por un anillo de piel dura y rugosa. Mi lengua se movió como víbora, llenando su orto de saliva, la escuché suspirar y gemir, su cuerpo estremeciéndose con cada roce de mi lengua en

ese lugar prohibido. mientras mis manos se cerraban, como garras, en sus glúteos. Se sentía un leve sabor a sudor que me enloquecía, y ella murmuraba algo sobre lo bien que su niño le comía le culo. La intensidad creció con cada segundo, yo sentía como ella se entregaba más y más, gimiendo de placer con cada movimiento que hacía.

Mis caricias se volvían más profundas, más insistentes, hasta que sentí su cuerpo tensarse, sus respiraciones rápidas y entrecortadas, y finalmente alcanzó el clímax, sólo con mi lengua acariciando su ano. La satisfacción de haberla llevado a ese punto sin que ella opusiera resistencia era una sensación indescriptible, y verla tan vulnerable, tan entregada a mis deseos, me llenaba de un placer casi insoportable. Verla así me produjo unas terribles ganas de

cogérmela por el culo. sabía que era muy arriesgado. Si la dejaba levemente adolorida, podría sospechar algo. La otra vez, cuando la poseí, convenciéndola de que estaba con Roberto, cegaramente la había dejado con el sexo hinchado. Pero por la mañana, cuando despertó, los rastros de lo que había pasado no debieron ser muy claros, porque ella no dijo nada de

eso en su diario. Pero ahora, cuando la despertara, Ella podría notar que algo se le había introducido en el culo, pues no tenía la ventaja de que pasarían muchas horas, como la otra vez. Sin embargo, la imagen de mamá, recuperándose del orgasmo que le acababa de producir, agitada, con el culo en pompa, era demasiado tentadora. Así que me dije que me conformaría con meterle el dedo en esa

cavidad tan apretada. Separé sus nalgas de nuevo, y escupí copiosamente en el centro, viendo cómo la saliva se metía en su interior. Entonces hundí un dedo. Comencé con movimientos lentos, un roce inicial que se volvía más profundo con cada entrada. La saliva ayudaba a que la tarea fuera fácil. A medida que mi dedo penetraban, podía sentir cómo su cuerpo reaccionaba, cómo sus músculos se adaptaban y cedían ante cada empuje.

Su respiración se hacía más rápida y sus gemidos eran una clara señal de que mi toque la estaba llevando a un nuevo nivel de placer. Mamá gemía como si esa parte fuera la más erógena de su cuerpo, lo que me instaba a continuar metiéndole el dedo mientras ella arqueaba la espalda y sacudía su cabellera, tratando de que su cuerpo resistiera tanto placer. No pude detenerme allí. Lentamente, añadí un segundo dedo, profundizando la exploración mientras mis movimientos

se hacían más firmes y seguros. Ahora sí se sentía más apretado, pero, lentamente, se fue dilatando, y pronto me encontré con que los dos dedos entraban con la misma facilidad con que había entrado el índice. Cada penetración la hacía estremecerse, y sus gemidos se volvían más intensos, llenando

la habitación con una mezcla de sorpresa y deseo. La presión de sus músculos alrededor de mis dedos me enloquecía, y verla completamente entregada, su cuerpo respondiendo sin reservas, era una visión tan excitante que hacía imposible contenerme.¿ Te gusta que te lo hagan por el orto, no, mamita? Le dije, retirando los dedos de su interior. Además, parece que siempre estás lista para el anal. Estás impecable. Ya no podía contenerme.

Ver cómo el ano se había dilatado debido a mis insistentes dedos, me terminaron de convencer de que era hora de cumplir con una de mis mayores fantasías. Me acomodé sobre ella, posicionándome para cumplir con esa fantasía que había estado persiguiendo en cada uno de nuestros encuentros. Lentamente, acerqué mi verga tiesa a ese espacio tan prohibido. preparado para penetrarla con la misma paciencia y firmeza que había aplicado

en cada uno de mis movimientos hasta ahora. Empujé, y el glande se encontró con ese anillo de cuero, que aún tenía restos de mi saliva. Al sentir ese primer contacto, su cuerpo reaccionó con un leve temblor, la espalda se arqueó, y de sus labios se escapó un lee gemido, apenas un anuncio de lo que vendría después. Con cautela, avancé, dejando que cada milímetro se abriera paso en su interior.¿ Así me enseñaste, no, mami? Le dije, recordando esa hermosa

tarde en la que había hablado de sexo anal. La estrechez me rodeaba, cada avance era una mezcla de presión y placer intenso, y mi respiración se entrecortaba mientras la penetraba despacio, sintiendo como su cuerpo se adaptaba a cada movimiento. Ella soltó un gemido profundo, cargado de placer y sumisión, como si, incluso en su trance, su cuerpo reconociera la

intensidad de ese momento. Sentía cada pulso, cada pequeño ano de su cuerpo alrededor de mi verga, y continué avanzando, centímetro a centímetro, hasta que finalmente estaba completamente dentro de ella. Después de unos minutos, la cosa cambió drásticamente. Mis penetraciones se hicieron más intensas, hasta crueles. Y los gemidos de ella eran tan desaforados, que por momentos temí que un vecino la oyera. Ni que hablar de que papá llegara

temprano del trabajo. Si bien no solía hacerlo, siempre podía pasar. Pero ya era tarde para preocuparme por eso. Estaba enviciado con esa pequeña hendidura de mamá. No podía creer que mi verga entera entrara y saliera de ella con tanta facilidad. Cuando la penetración era muy profunda, mis testículos chocaban con sus gordas nalgas, lo que hacía que la escena fuera

digna de una película porno. Mamá acabó de nuevo, cosa que en ese punto no me sorprendió, porque yo me había encargado de que esa parte de su cuerpo le resultara mucho más placentera de lo que ya era para ella. Me reí al penar que, a partir de ahora, intentaría hacer sexo anal más de seguido, y probablemente no solo con papá. Sabía que eyacular adentro sería un problema, pero ya tenía el orgasmo encima y no me pude contener.

Solté todo el semen dentro del culo de mamá. No sé si fue por la presión que sentía en la base del tronco, pero la leche salió disparada con muchísima fuerza. Retiré la verga lentamente y me la encontré increíblemente limpia.« Andá a lavarte, mami», le dije.« Y no tardes mucho». Ella caminó hacia el baño. Vi como un hilo de semen empezaba a salir de su orto y se deslizaba lentamente por las nalgas. Yo me vestí y ordené todo. Ella volvió después de unos minutos. La ayudé a vestirse

y la hice sentarse en el sofá. Está todo bien, le dije. Cuando cuente hasta tres, te vas a despertar en el sofá, en la misma posición en la que estaba cuando te entregué el vaso de agua, y vas a pensar que todo fue un sueño. Uno, dos, tres. Mamá despertó, más agitada de lo que esperaba, mirando a todas partes, hasta que finalmente me miró a mí.

Speaker 3

Nico, ¿qué? Preguntó. Te quedaste dormida, mami, dije yo. Estuviste así casi una hora. Fue muy gracioso. ¿Gracioso?¿ Por qué? Preguntó. Bueno, te movías mucho y... Gemías. Parecía que estabas teniendo un sueño hot. ¿Cómo? Dijo ella, ruborizándose. Ay, Nico, qué vergüenza. ¿Y, dije algo? Em, no.

Speaker 2

Solo oí que mencionaste algo sobre lo mucho que te gustaba que te lo hicieran por el culo.¿ En serio? Preguntó, poniéndose más roja todavía. Pero supongo que también se sintió levemente aliviada al creer que yo no sabía que había estado soñando justamente conmigo. Mamá, no te preocupes. Además, ya sabía que te gusta el sexo anal. Sí, ya lo sé, pero esto es muy vergonzoso. Me puse detrás de ella y apoyé las manos en sus hombros, masajeándolo suavemente, sabiendo

muy bien lo que eso le producía. No te preocupes, mami, estas cosas quedan en familia. Solo tené cuidado de no quedarte dormida frente a desconocidos. Ella soltó una carcajada. Lego se apartó de mis manos, quizás temiendo tener otro orgasmo, como ya le había pasado. Estás creciendo, Nico, me dijo,

Speaker 3

poniéndose de pie. Y vos estás cada día más hermosa, mami.¿ En serio lo pensás? ¡Claro! si no fueras mi mamá.—¿ Si no lo fueras, qué?— preguntó, visiblemente perturbada.— Bueno, si no lo fueras, me hubiera encantado cogerte.— Bue, bueno. Pero de hecho soy tu madre— murmuró. Rodeé el sofá y fui a su encuentro. Le di un fuerte abrazo. Sí

Speaker 2

y sos la madre más hermosa del mundo, le dije. El primo Honey Mi primo Honey siempre fue el tipo de persona que llama la atención sin esfuerzo, con un año más que yo, 16, y una confianza que parece inquebrantable. Desde que éramos chicos, tuvo esa facilidad para caer bien, para imponerse en cualquier grupo. Siempre fue así, descarado, provocador,

y sobre todo, fanfarrón. A pesar de eso, en general nos llevamos bien, pero hay algo en su actitud que solía incomodarme profundamente, especialmente cuando el tema de conversación es mamá. Desde hace tiempo, adoptó la costumbre de hablar de ella como si no fuera su tía, lanzando comentarios sobre lo buena que está y las cosas que le haría.« Tu vieja está para el crimen», solía decirme, con esa sonrisa

burlona que tiene. Yo trataba de seguirle el juego y a veces le respondía con ironía, pero no podía evitar sentir celos cuando decía esas cosas. Porque él no es sólo palabras, él tiene esa mirada, esa forma de decir lo que suena demasiado real, como si de verdad se lo planteara. Para colmo, era de esos chicos por los que las mujeres morían. Tenía rulos como Maradona, aunque los llevaba cortos. Era morocho, de ojos verdes, y encima tenía un cuerpo de músculos bien definidos. Todo un atleta. Sin

embargo ahora mamá era mía. Lo sabía. Ella todavía no se atrevería a tener una relación incestuosa con su hijo, pero yo sabía que me deseaba. Seguía leyendo su diario con regularidad y en él confirmaba todo. Ni hablar desde que creyó soñar que cogía conmigo. Así que ahora tenía una perspectiva diferente con respecto a Honey. Se me ocurrió que su deseo exacerbado por mamá podía jugarme a mi favor. Era muy difícil que ella aceptara tener relaciones conmigo aún.

Pero si empezaba a tener otro tipo de relaciones incestuosas, por ejemplo con algún sobrino, eso podría allanarme el camino. Honey era el hijo del hermano mayor de papá, así que era el ideal para empezar a empujarla a los brazos del incesto. Siendo sólo un sobrino político para ella, si bien le generaría ciertos recelos, las sugestiones que le estuve implantando los últimos días serían suficiente para que caiga en la trampa. No me sorprendería en lo absoluto que,

si tuviera la oportunidad, intentara algo con ella. De hecho, una parte de mí hasta siente curiosidad por ver hasta dónde se atrevería a llegar. Pero claro, Él nunca había hecho más que expresar la lujuria que le producía mamá. Si pretendía que hiciera más, tendría que empujarlo. Es por eso que a los estuve provocando la última vez que chateamos. Le tiré frases como solo hablas porque sabes que nunca harías nada de lo que decís o vos sos puro

bla bla, primo, ni en tus sueños te animarías. Esas provocaciones parecieron encenderle la chispa e hicieron que se entusiasme aún más. Ahora sólo quedaba ver si se animaba. Esa tarde, él llegó de visita justo cuando papá aún no llegaba del trabajo. Yo ya había planeado cómo aprovechar la ocasión, porque sé que, con las sugestiones que implanté en mi madre, las cosas están más a mi favor de lo que

él podría imaginar. Durante un rato estuvimos solos, en mi cuarto, jugando a los videojuegos, y él no tardó en sacar a relucir su personalidad. Cada vez que lo escuchaba fanfarronear sobre mamá, mi plan se reforzaba. Decidí probarlo, ver si esta vez era tan valiente como decía. Así que mientras él seguía con sus comentarios, yo lo desafié aún más, esta vez con un tono más serio, como si lo retara de verdad. Si tanto te gusta, anda a decirle algo, a ver si te da bola. Seguro que no te animás.

Sabía que la idea lo tentaba, vi cómo se le iluminaba la mirada cuando le hice la última provocación. Dale, honey, ahí tenés la oportunidad. Yo me voy, te la dejo sola. A ver si haces algo más que hablar. Le inventé una excusa para irme de casa, diciéndole que me había olvidado de ir a inscribirme en el club de natación y que justo ese día era el último en que podía hacerlo. En cuanto le dije esto, él me respondió con una sonrisa que reflejaba una mezcla de desafío y

una confianza irritante. Era justo la reacción que esperaba. Sin decir más, me dispuse a irme. Me despedí lanzándole una última mirada, como para dejar claro que no creía que se atrevería, que sólo es un hablador.

Speaker 3

Te vas?— me preguntó mamá.— Pero,¿ vas a dejar sólo a tu primo?

Speaker 2

Él vino hasta acá solo para verte. Estaba preparando un café con leche con masitas para convidarnos. Le conté también la mentira de natación. Ella, sugestionada, confió en mi palabra. Además, no solo vino a verme

Speaker 3

a mí, le dije.¿ Sabes que sos su tía preferida? ¿Qué?¿ Él te lo dijo? Preguntó ella, con inocencia. no hace

Speaker 2

falta que lo haga. Tan pronto como cerré la puerta, empecé a sentir la emoción de lo que está por suceder. Dejé la casa en silencio, sabiendo que mi primo se quedó solo con ella. Y aunque él se creía que todo fue casualidad, cada detalle estaba planeado por mí. Estuve trabajando durante semanas en las sugestiones con mi madre y implantando poco a poco la idea de que las relaciones intrafamiliares pueden ser intensamente placenteras y morbosas. Y ahora, todo

ese trabajo estaba a punto de dar frutos. Me imaginé a mi primo sentado en el salón con esa sonrisa confiada, hablando con mi madre sin que ella tuviera idea de sus verdaderas intenciones, o, mejor dicho, sin que él tenga idea de lo que ella era capaz de hacer gracias a lo que le implanté. Pensé en el contraste de ambos, mi primo, con su actitud fanfarrona, convencido de que es el quien lleva la iniciativa, y mi madre, quien ahora tiene en su mente esas ideas que he ido sembrando

una tras otra. Era como si estuviera viendo una escena perfectamente montada, con cada uno interpretando el papel que les he asignado. Ambos mis marionetas. Si a eso le agregaba el sometimiento de tía Sofía, podía decir que casi toda la familia estaba sumida a mi control. Mientras caminaba por las calles, haciendo tiempo, mi mente seguía recreando lo que

podría estar ocurriendo en ese momento. Visualizaba a mi madre respondiendo a sus comentarios, más abierta, más dispuesta, como una extensión de ese sueño lúcido en el que le he hecho creer que estaba. Había trabajado en cada palabra, en cada sesión de hipnosis, para que sus inhibiciones desaparecieran por completo. La idea de que mi primo esté siendo envuelto en el juego que creé me provocaba una mezcla de satisfacción y ansias. La espera me resultaba difícil, pero sabía que

no podía volver tan pronto. Aunque, claro, tampoco podía demorarme mucho. Debía darle el tiempo suficiente para que el ambiente entre ambos se calentara, para que mi primo se sienta seguro de que todo está bajo su control. Después poco más de quince minutos, decidí regresar. Me pareció un tiempo prudencial. Caminé hacia casa, lo que me tomaría siete u ocho minutos más. Si todo había salido como lo planee, mi primo ya no sólo sería palabras, habría cruzado la línea y,

con ello, caería directamente en la trampa que le había puesto. Aunque, por otra parte, también se ganaría mi respeto. Con cada paso que daba, sentía que el control que tenía sobre la situación se volvía más sólido. Mi corazón latía con fuerza, no por nervios, sino por la excitación de saber que cuando abriera la puerta, algo muy interesante me estará esperando. Al abrir la puerta de la casa, me invadió una sensación de triunfo anticipado. Avancé en silencio, mi corazón latiendo

con fuerza. Era como si el aire en la casa estuviera impregnado de una tensión que yo mismo había creado, un eco de todas las sugestiones que implanté en la mente de mi hermosa madre, todas funcionando en perfecta sintonía. Caminé hacia la sala, mis pasos cautelosos, hasta que finalmente los vi. Ahí estaban, mi primo y mi madre, juntos

en una situación que hasta hacía poco habría parecido imposible. Él, el adolescente lujurioso que desde hacía años deseaba a su tía, y ella, la hermosa Mif que desde hacía poco empezaba a tentarse con las mieles del incesto. La escena me resulta casi hipnótica. Mis ojos recorrieron cada detalle, captando la expresión de cada uno, los movimientos, la complicidad que, en el fondo, yo creé. Escuchaba sus jadeos, mientras él la penetraba con unas energías que me sorprendieron. Por un momento

pensé en cortarles el momento, anunciar mi presencia. De hecho, había estado seguro de que tendría que hacer eso. Sin embargo, en ese momento no estaba al alcance de su vista, mientras que ellos sí de la mía. Así que no lo hice. Además, si lo hiciera, me vería en la obligación de enfrentar a Honey y se podría generar una situación violenta. así que simplemente le saqué unas fotos, manteniéndome a la distancia, sin hacer ruido. Luego usaría esa imagen

en mi favor. Sentí una terrible punzada de celos al escuchar que los gemidos de mamá se tornaban más intensos. Era una sensación extraña. Me sentía como si mamá me estuviera metiendo los cuernos, pero, a la vez, disfrutaba del morbo de oírla, y de saber que esa escena se estaba produciendo solo porque yo quise que así fuera. Fragmento de diario No sé en qué momento comenzó esto. Siento que mis pensamientos se volvieron un remolino de ideas que,

a la vez, no entiendo. Me parece casi imposible de creer que me esté pasando esto, a mí, con él, y lo peor es que no me siento mal, no me siento culpable. Es como si una parte de mí, una que siempre estuvo dormida, ahora despertara para reclamar lo que cree suyo. Todo había empezado con Nico, claro. Incluso hasta había tenido un perturbador sueño en el que tuve sexo con él. Fue vergonzoso cuando me confirmó que había

estado gimiendo entre sueños. Pero lo peor era que también me había empapado la entrepierna porque había tenido un orgasmo mientras dormía la siesta. una verdadera locura. El sueño había sido tan real que hasta sentí cierto dolor en el ano, como si de verdad hubiera sido penetrada. Me reproché por haberme dejado llevar de esa manera, por más que se tratara de un sueño. Pero por suerte, más allá de algunas situaciones vergonzosas y humillantes, jamás pasaría ese límite con Nico.

En cambio, el otro. Nunca había mirado a mi sobrino Honey de esta forma. Siempre fue el chico simpático y divertido de la familia, ese muchacho despreocupado que solía hacerme reír con sus ocurrencias. Lo había visto crecer. Sin embargo, últimamente, algo cambió. Comencé a recordar detalles a los que antes no le daba importancia. la manera en que me miraba, la confianza con la que se movía, su presencia, hasta el recuerdo del tono de su voz tenía un efecto

en mí que no puedo explicar. Es como si, de pronto, su existencia me provocara algo diferente, algo que antes no estaba ahí. Al principio, me sentí confundida. Pensé que era sólo una reacción pasajera, una idea absurda que desaparecería en cuanto me distrajera. Pero no fue así. Cada vez que lo veo en el barrio, esa sensación crece, se hace más intensa, como si estuviera plantada en lo más profundo

de mi ser. Traté de racionalizarlo, de convencerme de que era una locura, pero no importa cuántas veces lo intentara, siempre regresaba al mismo punto. Es como si mi mente estuviera jugando conmigo, tentándome, llevándome a imaginar cosas que no debería. Llegué a pensar que esto podría ser una simple curiosidad, un juego de mi imaginación, pero ni siquiera esa explicación me satisface. No es solo curiosidad, es una atracción tan

intensa que a veces me resulta casi sofocante. Lo pienso y me descubro imaginando cómo sería tocarlo, sentirlo más cerca, dejarme llevar por esa energía que parece envolverlo. Y eso me asusta y me atrae a la vez. Me encuentro en una especie de trance cada vez que paso más tiempo del debido pensando en él, como si algo en mi mente me empujara a querer más, a desear cosas que antes habrían sido impensables. Y justo ayer tuvo que venir de visita, cosa que últimamente no hacía muy de seguido.

Cuando lo vi llegar, no pude evitar sentir esa electricidad en el aire. Estaba sola en casa, ya que Nico tuvo que irse de urgencia, diciendo algo sobre hacer natación. Traté de mantener la compostura, pero me sentía como una adolescente. En ese momento, el pobre Carlos ni siquiera estaba en mi cabeza. Había algo en su mirada, en la forma en que me hablaba, que parecía dirigirse a esa parte

de mí que está completamente fuera de control. Cuando bajó por las escaleras, me miró de una forma que evidenciaba su lujuria de una forma muy evidente y sentí que algo dentro de mí se rompía, que las barreras que siempre me habían protegido se desmoronaban una a una.—¡ Qué hermosa estás hoy,

Speaker 3

tía!— me dijo, de la nada.— Gracias— respondí, nerviosa.— Bueno, en realidad,

Speaker 2

no es que hoy estés hermosa— dijo después.—¿ Cómo? Entonces, sos un mentiroso, dije yo, cayendo en su juego como una tonta. Lo que quiero decir es que siempre estás hermosa, dijo, con una mirada y un tono que no dejaba lugar a dudas de que estaba coqueteando conmigo. Era un niño. Le llevaba 20 años. Lo había visto crecer, le había cambiado los pañales y ahora me encontraba en esa insólita situación. Quería ignorarlo, convencerme de que sólo era mi imaginación, que

nada de esto tenía sentido. Pero la realidad es que no pude evitarlo. Me sentía como atrapada en una especie de hechizo, un estado en el que la razón y el juicio desaparecían y sólo quedaba el deseo.¿ Y cómo va eso?¿ Ya no trabajas de peluquera?

Speaker 3

Me gustaba ir a cortarme el pelo con vos. Por ahora no,

Speaker 2

dije, sonriendo. Me hablaba de cosas triviales, como si todo fuera casual, pero sus palabras parecían tener un doble sentido, una especie de subtexto que sólo yo podía percibir. De pronto recordé que, cuando cortaba el pelo, solía tener la costumbre de, sin querer, hacer que los clientes apoyaran sus cabezas en mis tetas por un momento. Ese gesto inocente podía hacer que un hombre tuviera toda clase de fantasías. Además,

También rozaba mis caderas con sus rodillas. Me di cuenta de que había tenido esa escena, en apariencia inocente, varias veces con mi sobrino, y que Honey probablemente lo había tomado como una provocación. Me sorprendí a mí misma acercándome más a él, mi cuerpo actuando por sí solo, casi como si estuviera en trance. Mis pensamientos eran un caos, una mezcla de ansiedad y deseo, una parte de mí gritando que me alejara, mientras otra se rendía por completo a esa atracción que sentía.¿ Querés

Speaker 3

merendar? Pregunté, nerviosa. No, aunque tengo hambre. Eso sí, dijo él.

Speaker 2

Entonces, sucedió. Fue un momento breve, pero eterno a la vez, en el que nuestras miradas se cruzaron de una forma que hizo que todo se desmoronara. Algo en su expresión, en la manera en que me miró, me dio permiso, una especie de señal que hizo que mis últimas dudas se disiparan. Y en ese instante, todos mis temores, todas mis ideas de lo que estaba bien o mal, simplemente desaparecieron.

Lo único que importaba era él y el deseo irrefrenable que sentía de acercarme más, de explorar esa atracción que me había consumido por completo. Sin pensarlo, me dejé llevar. Mis manos, casi temblorosas, buscaron las suyas, y sentí un estremecimiento cuando nuestros dedos se entrelazaron. Fue como si mi cuerpo hubiera estado esperando ese momento desde hacía mucho, como si esa conexión hubiera estado ahí, latente, a la espera

de que algo la despertara. Sentí su respiración en mi piel, su proximidad encendiendo cada fibra de mi ser, y me di cuenta de que ya había tomado una decisión, si es que alguna vez tuve la oportunidad de elegir. Lo quería, lo deseaba de una forma que no podía describir, y en ese momento, todo lo demás dejó de importar.¿ Es verdad que soy tu tía preferida? Él sonrió con una risa hermosa y malvada a la vez. Sabía que era una pregunta estúpida, pero quería saber

Speaker 3

la respuesta. Obvio que sí.¿ Y por qué? Pregunté.

Speaker 2

Porque siempre me calentaste, me dijo él, con una seguridad que no parecía la de un chico de su edad. En el instante en que sus labios rozaron los míos, sentí una chispa que recorrió todo mi cuerpo, como una corriente que despertaba cada parte de mí. Era como si, por fin, estuviera cruzando un límite que siempre había estado ahí, pero que nunca me atrevía a traspasar. Su boca era suave, firme, y besaba muy bien. pero ese beso dulce no tardó

en convertirse en algo mucho más obsceno. Sus manos fueron, raudas, a mi trasero, cosa que no me sorprendió. Mientras no dejaba de besarme, sus dedos se hundían con fuerza en mis glúteos. Mis tetas se apretaban en su torso, y comencé a sentir su erección. Mis manos comenzaron también a explorar, moviéndose por sí solas, recorriendo la línea de su mandíbula, su cuello, sintiendo la calidez de su piel bajo mis dedos. Cada toque me hacía desearlo más, cada roce alimentaba esa

atracción que se había convertido en una necesidad imperiosa. No sé en qué momento sucedió, pero cuando me di cuenta, estábamos en el sofá, nuestras manos recorriéndose con una urgencia que parecía imposible de detener. Sus labios bajaron por mi cuello, dejando un rastro de calor que hacía que mi piel se erizara. Cada beso, cada caricia era una liberación, un

recordatorio de todo lo que había reprimido hasta ahora. Me aferré a él, mis dedos entrelazados en su cabello, tirando ligeramente mientras su boca se movía sobre mi piel, explorando, descubriendo cada rincón. Mis pensamientos se desvanecieron por completo, y todo lo que quedaba era el placer de ese momento. Sentía sus manos bajando por mi espalda, para encontrarse con mi trasero, que parecía enloquecerlo, como a la mayoría de los hombres que conocía. Luego sus dedos firmes y decididos

se deslizaban bajo mi blusa, levantándola poco a poco. El aire frío en mi piel contrastaba con el calor de sus caricias, haciendo que todo se sintiera aún más intenso. Levanté los brazos, dejándole quitarme la blusa, y en ese instante, Me di cuenta de lo expuesta que estaba, pero en lugar de sentirme vulnerable, sentí una fuerza desconocida, una libertad que nunca había experimentado antes. Lo miré a los ojos, y en su mirada encontré la misma intensidad, el mismo

deseo que me estaba consumiendo. Nico puede llegar en cualquier momento, dije, recordando de repente a mi hijo. La imagen de Nico me dio un fuerte golpe de realidad. Pero no era sólo el hecho del temor que me generaba la posibilidad de que mi hijo me viera cogiendo con su primo. Había algo más. Como si sintiera que a quien estaba traicionando no era sólo a mi marido, Carlos, sino también

a Nico. No te preocupes. Él tiene para rato, dijo Honey, con una sonrisa fanfarrona y segura que me resultaba encantadora. Sentí sus labios en mi clavícula, su respiración cálida y entrecortada mientras sus manos me aferraban con más fuerza. No había palabras, sólo ese lenguaje silencioso de gestos y miradas que nos unía en un nivel que nunca habría imaginado. Mi corazón latía con una fuerza descomunal y mi cuerpo se movía en sincronía con el suyo, siguiendo el ritmo

de esa atracción que se había vuelto imparable. Nos revolcamos en el sofá, y sentí el peso de su cuerpo sobre el mío, una sensación que me llenaba de una satisfacción indescriptible. Me despojó de mi pantalón, con un movimiento increíblemente veloz, dejándome en ropa interior. Mis piernas desnudas se enredaron con las suyas, acercándolo aún más, sin dejar espacio para nada más que ese momento. Fue entonces cuando sus labios encontraron los míos de nuevo, esta vez con una

intensidad que casi me hizo perder el aliento. Sentí sus manos deslizándose con firmeza, tocando, acariciando, explorando cada rincón de mi cuerpo, encendiendo cada fibra de mi ser, pero siempre concentrándose en mis tetas y en mi trasero. No había espacio para la razón, para la moral, solo existíamos él y yo, entregados a ese instante en el que todo lo prohibido se volvía tentadoramente posible. Sin pensarlo, comencé a desabrochar su camisa, mis dedos temblorosos por la emoción y

el deseo. Él se movió para ayudarme, y cuando su torso quedó descubierto, no pude evitar recorrerlo con mis manos, sintiendo el contorno de sus músculos bajo mis dedos, la calidez de su piel, y la intensa virilidad que irradiaba de su ser. Bajé la cabeza y dejé un rastro de besos en su pecho, deleitándome en cada reacción, en cada suspiro que escapaba de sus labios. Me aferré a su cintura, mis uñas marcando su piel, como si necesitara dejar una huella de este momento. Ya no aguanté más.

Speaker 3

Separé las piernas y, jadeante, le dije. Cógeme. Dale, cógeme de una vez.

Speaker 2

Él sonrió y, en un santiamén, corrió la bombacha a un lado y me penetró. Sentí su verga desnuda hundiéndose con increíble facilidad en mi sexo empapado. Honey empezó a embestirme y, pasados unos minutos, la potencia de sus penetraciones eran tan salvajes que todo mi cuerpo se retorcía de placer. Por un instante me morí de miedo cuando creí escuchar la puerta. Pero luego no pasó nada, así que seguí sumergida en el goce que me producía la verga de

mi sobrino. No se había puesto preservativo, y yo no me quejé, porque necesitaba que me la metiera con urgencia. Pero, cuando creí que su orgasmo ya era inminente, le dije.

Speaker 3

Dame tu leche. Dámela toda en la boca. La quiero tomar.

Speaker 2

Mis gemidos se tornaron tan intensos que hasta a mí me aturdían. Al final acabé yo antes que él. Y Honey me dio el gusto. Me metió la verga en la boca. Saboreé el sabor de mis propios flujos impregnados en su falo y me tragué hasta la última gota de su semen. Por favor, vestite, le rogué, mientras yo misma me vestía, aún agitada. Y, no le vas a contar a nadie, ¿no? Obvio que no, dijo él, aunque su sonrisa no me daba tanta seguridad. No sé qué

me está pasando. No sé cómo es que terminé acostándome con mi sobrino adolescente, no sé por qué siento ese deseo perturbador por mi propio hijo, y ni siquiera sé por qué estoy escribiendo todo esto acá. Al menos me genera un desahogo, es algo terapéutico. Quizás por eso escribo. Volver a casa y encontrarme con esa escena fue, sin duda, el desenlace perfecto de lo que había planeado. Verlos juntos, atrapados en ese momento, Fue la prueba de que el

control que ejerzo sobre ella es absoluto. Cada palabra, cada sesión de hipnosis, cada detalle finalmente se alinearon como las piezas de un rompecabezas perfecto. Lo que más me satisfacía es saber que tenía este secreto guardado sobre mi madre. Lo difícil sería tener a Honey a raya. No fuera a creer que podía disfrutar de mi mami cada vez que quisiera. Y Le pregunté, otra vez en mi cuarto, mientras jugábamos a la Play Station. Si te lo digo,

no me lo creerías. Sos un fantasioso, le dije yo, como si realmente no creyera que fuera posible que pasara algo entre él y mamá. Para mi sorpresa, en lugar de seguir fanfarroneando, él simplemente se encogió de hombros. Johnny, Le dije mientras los dos teníamos la vista en la pantalla. Te ves un poco cansado. A veces hay que relajarse. Y ahí comencé a ponerlo en trance. Sabía que con él iba a ser más difícil, pero con dos o tres sesiones más, lo tendría bajo mi control.

Speaker 3

Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.

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