Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy
presentamos
Hipnosis erótica,
parte 8. Masaje erótico a mamá. Es cierto
que haberme cogido a mamá era el logro máximo en lo que respecta a mi experimentación con la hipnosis ericksoniana. pero no dejaba de pensar en maneras más morbosas de poseerla. Además, no siempre iba a tener a papá lejos para aprovecharme de ella durante toda la noche. Y de todas formas, ponerla en trance durante tanto tiempo era sumamente riesgoso. Si a eso le agregaba el hecho de que sabía, por
su diario, que mientras estaba consciente tenía pequeñas resistencias... No me quedaba otra que reconocer que no podía someterla sexualmente con la frecuencia que me hubiera gustado. Pero, por otra parte, había otra cosa que me daba muchas esperanzas. Me refiero al hecho de que, con tantas sugestiones, había logrado que a mamá se le implantaran ciertas ideas que no parecían propias de ella. Se suponía que la hipnosis no permitía eso.
Pero leí en un artículo que una persona que entra en trance con mucha frecuencia es más susceptible que otras a tener ciertas ideas o comportamientos que no tendría si no estuviera bajo la influencia de tantas sugestiones. En resumen, la constante hipnosis a la que sometía a mamá estaba
modificando lentamente su carácter. Así que en los días posteriores al que me cogía mamá mientras ella pensaba que estaba soñando con un viejo amante, Me dediqué exclusivamente a sugestionarla con un montón de ideas, con el objetivo de modificar su manera de pensar. Una de las ideas que me resultaban más prometedoras fue la de asociar mi perfume con el deseo. Durante las sesiones, conseguí que mi madre asociara el aroma de mi perfume con una sensación inexplicable de excitación.
Aún no estaba del todo seguro de cuán efectiva era esa sugestión mientras no estaba en trance. pero en una ocasión se acercó a mí y arrimó su nariz a mi cuello, generándome un rico cosquilleo.
Qué rico!— había dicho ese día.— Es el mismo perfume que uso siempre— comenté yo.— Ya lo sé,
pero— dijo ella, y de repente se sonrojó.— No sé, me pareció muy rico. Otra jugada fue convencerla de que estaba contracturada y y luego implantarle la idea de que, cuando recibiera un masaje en el hombro de mi parte, una oleada de placer recorría su cuerpo, dejándola completamente relajada y, lo más importante, profundamente excitada. Para ella, sus hombros se habían convertido en una zona erógena, aunque esto pasaría siempre y cuando los masajes vinieran acompañados del olor de mi perfume.
Pero el movimiento más arriesgado fue implantarle recuerdos falsos. Hice que en varias ocasiones su mente recordara momentos en los que supuestamente se sintió atraída por mí. Esos recuerdos, aunque no son claros, son suficientes para que ella crea que hubo momentos en el pasado donde mi cercanía la hizo sentir algo más que simple afecto materno. Por ejemplo, esa
vez que hablamos sobre sexo anal. Con respecto a esa charla logré que recordara lo sucedido como algo incómodamente excitante y Algo que la dejó con una sensación que ahora vuelve cada vez que piensa en mí de esa manera. Lo mismo con respecto a la vez que me ayudó a bañarme y eyaculé sobre ella. Me regodeé al leer en su diario un fragmento que me confirmaba que esos recuerdos empezaban a funcionar de verdad. No dejo de pensar en eso. En Nico desnudo, con su hermosa verga dura.
Nico eyaculando sobre mí. Fue un momento ridículo, absurdo, sin ningún sentido, y yo había permitido que sucediera. Había actuado como una tonta al no esperar a que se le bajara la erección. Y mucho más al acariciar su miembro. Ya no es un niño. Pero no dejo de pensar en eso, y en el día en el que le expliqué cómo se debe hacer el sexo anal. Pienso en todo eso y siento una extraña incomodidad. Pero no es por él. con Nico siempre me siento cómoda. Demasiado cómoda.
Como si fuera mi confidente, mi protector. Y eso es justamente lo que me causa incomodidad, el hecho de que hablar de sexo anal con mi hijo y de recibir su semen en mi cuerpo no me haya molestado en absoluto, sino más bien me generaba sensaciones imposibles. Sensaciones que, apenas aparecen, las aparto de mí, por temor. Y por eso no sé describir cuál es ese sentimiento, y no quiero saberlo. Esa sensación a la que se refería era la excitación, obviamente.
El hecho de que no mencionara esa palabra directamente en su diario me hacía pensar que, o bien realmente era una sensación que no terminaba de reconocer, o bien le daba tanta vergüenza que ni siquiera se atrevía a confesárselo a su diario íntimo. pero la cuestión es que esas sugestiones ya empezaban a surtir efecto en ella. Con cada sesión, mi control sobre ella se profundizaba más. No iba a parar hasta que se me entregara por completo, ya sin
estar en trance, creyendo que se encontraba soñando. Decidí que iba a poner a prueba lo del masaje, a ver que tan bien funcionaba. Mamá caminaba por la casa, absorta en sus tareas cotidianas. El día estaba tranquilo, pero su rostro mostraba una ligera tensión, cosa que inmediatamente me hizo pensar que la idea de que estuviera contracturada estaba funcionando. Llevaba unos jeans ajustados que realzaban cada curva de su cuerpo,
dejando poco a la imaginación. La tela se adhería a sus muslos y caderas, marcando con precisión su contorno, sobre todo era gordo y erguido culo que tenía. Arriba llevaba una remera simple y ajustada, que destacaba la forma natural de sus tetas. Vi, estaciado, la marca de los pezones marcadas en la tela. Otra sugestión que había funcionado y de la que ni siquiera me había acordado, mamá se sentía sumamente incómoda con ciertos corpiños, y en este caso
había optado por no usar ninguno. Mientras ella se inclinaba para recoger algunas cosas del suelo, No pude evitar notar la suave forma de sus senos moviéndose bajo la remera, libres de cualquier tipo de soporte. También era un espectáculo cuando se inclinaba y ponía su culo en pompa, lo que me despertaba todo tipo de deseos incestuosos. Esos gestos tan simples eran puro erotismo y sensualidad. En un momento, se detuvo y llevó la mano a su hombro, masajeando
con una expresión de incomodidad. Era sutil, apenas un gesto, pero lo suficiente para captar mi atención. Sus hombros, ahora convertidos en una zona de placer para ella, parecían tensarse con frecuencia, y yo estaba siempre listo para aprovechar esos momentos.¿ Te duele el hombro? Le pregunté, acercándome lentamente desde la cocina. Ella me miró por encima del hombro y asintió con una ligera sonrisa de cansancio. Sí, está un poco tenso,
creo que estuve moviéndome demasiado hoy. Habré hecho un mal movimiento, dijo, sin sospechar nada. Me acerqué más, notando como el aroma de mi perfume llenaba el espacio entre nosotros. Sabía que eso empezaba a tener un efecto sobre ella, aunque aún era algo que no podía reconocer abiertamente. Puedo darte un masaje, si querés. Seguro te ayuda a relajarte, le ofrecí, adoptando un tono suave, casi casual. Ella dudó por un segundo, sus ojos recorrieron la habitación como si buscara una excusa
para decir que no. Pero no la encontró. Bueno, está bien, respondió finalmente, volviendo a llevar la mano al hombro. Me acerqué a ella con una sonrisa, sabiendo que esto era sólo el comienzo. El hecho de que la hipnosis no siempre me garantizaba que las sugestiones calarían tan hondo como pretendía era algo que no me molestaba en absoluto, sino todo lo contrario, porque eso me generaba adrenalina, y me ponía muy ansioso, esperando a ver el resultado final de
mis esfuerzos. Fragmento de diario Quizás simplemente estaba imaginando cosas, pero no pude evitar sentir que algo no estaba bien en mi reacción.¿ Por qué me dejé llevar tan fácil? Era sólo un masaje, sólo un simple masaje, pero entonces,¿ por qué sentí ese estremecimiento cuando sus manos me tocaron por primera vez? Me coloqué detrás de mamá, observando cómo se acomodaba en la silla del comedor, con los hombros
ligeramente inclinados hacia adelante. Mi mirada se detuvo por un segundo en la curva de su espalda y en cómo la tela de la remera se ajustaba a su figura, realzando cada detalle. Más abajo, una bombacha blanca se dejaba ver con timidez. Y las formas contundentes de su culo se apreciaban incluso mientras estaba sentada. Se me hizo agua
la boca. Coloqué mis manos sobre sus hombros, con un toque suave al principio, dejando que mi pulgar se deslizara lentamente por la línea de su cuello, donde sabía que la tensión se acumulaba. Sentí el calor de su piel bajo la fina tela de la remera y empecé a aplicar una presión leve, casi como si fuera un masaje inocente. Me pregunté si las sugestiones estaban en marcha, y un leve temblor en su cuerpo me hizo pensar que sí. Ella suspiró al sentir mis manos, y por un segundo,
todo pareció normal. Sin embargo, a medida que mis dedos seguían recorriendo la zona de sus hombros, pude ver cómo su respiración comenzaba a cambiar. Era un detalle sutil, pero inconfundible. Cada vez que presionaba un poco más, sus tetas se levantaban ligeramente con un suspiro más profundo, como si algo dentro de ella empezara a despertar. Mi perfume también debía estar haciendo su parte, envolviendo el aire a su alrededor,
mezclándose con sus pensamientos. Debía ser como si su mente no pudiera separarse del placer que ahora debía comenzar a invadir su cuerpo. Sus dedos, que descansaban sobre sus piernas, se tensaron apenas, agarrando con suavidad el borde de su llan, como si estuviera tratando de contener lo que sentía. No hacía falta que lo dijera. Podía verlo en la forma en que su cuerpo respondía. Su espalda se relajaba bajo mis manos, pero al mismo tiempo, noté que la tensión
no desaparecía por completo. Estaba ahí, manifestándose en pequeños gestos, un suspiro más prolongado, el leve temblor en su respiración.¿ Se siente bien? Pregunté con voz tranquila, aunque no carente de la sivia, inclinándome un poco más cerca de ella. Sí, murmuró, casi en un susurro, pero había algo más en su tono. No era sólo alivio lo que sentía. Lo sabía, y ella también comenzaba a notarlo. Mis manos bajaron un poco más,
deslizando los pulgares por el contorno de sus homóplatos. Cada vez que mis dedos se movían más cerca de su cuello, su cuerpo parecía reaccionar de forma más intensa, como si la piel bajo mis manos estuviera hipersensible a cada toque. No podía evitarlo. Podía ver su imagen a través de los vidrios del aparador viejo que estaba en el comedor. Observé cómo sus labios se separaban ligeramente y y como
el rubor comenzaba a subir por sus mejillas. En este punto ya no tenía dudas, mamá se estaba calentando con mis masajes. Seguía intentando mantener la compostura, pero sus intentos de disimular el placer que estaba experimentando eran cada vez más evidentes. Cada vez que mis manos bajaban hasta el borde de sus hombros y volvían a subir hacia su cuello, ella se inclinaba un poco más hacia adelante, como si
intentara aliviar esa tensión que no sabía cómo manejar. Sus pezones, marcados bajo la remera, ya no podían ocultarse, ahora estaban erectos, y eso sólo confirmaba lo que ya sabía.« Tenés los hombros muy tensos», comenté, como si no notara lo que realmente estaba ocurriendo. Ella sintió lentamente, sin decir nada. El hecho de que no intentara interrumpir mis masajes me llenaban de esperanzas. Fragmento de diario A medida que el masaje continuaba,
algo en mi interior cambió. Al principio, fue como cualquier otro masaje, pero de pronto, no sé, empecé a sentir algo diferente. Mi cuerpo se relajaba bajo sus manos, pero al mismo tiempo, algo más crecía dentro de mí, algo que me resultaba incómodo, pero también extrañamente irresistible. Intentaba concentrarme en el alivio que Nico me estaba proporcionando, pero no podía dejar de notar cómo mi respiración se volvía más profunda,
más irregular. Mis propios suspiros me sorprendieron por lo intensos que se tornaron, casi como si fueran gemidos. Era ridículo, me decía. Solo era un masaje, un simple gesto de alivio físico, pero entonces,¿ por qué sentía esa extraña corriente de placer que no tenía nada que ver con el
dolor que me estaba quitando? El calor de sus manos en mi piel se sentía diferente, demasiado íntimo, y a pesar de que intentaba ignorarlo, mi cuerpo parecía responder de una manera que no podía controlar.¿ Por qué mi pecho subía y bajaba de esa manera?¿ Por qué mis pezones estaban tan sensibles? Intenté disimular, claro que lo hice. Apreté los labios, intenté mantener la compostura. No quería que Nico
notara nada raro. Pero cada vez que sus manos bajaban por mis hombros, esa sensación volvía, más intensa, más difícil de ignorar. Mi mente intentaba buscar una razón lógica, pero todo lo que encontraba era una confusión creciente. Algo no estaba bien, algo en mí estaba cambiando, y no podía detenerlo. Y lo peor de todo es que Nico seguía con su masaje, tan tranquilo, como si no notara nada. Mis manos seguían trabajando en sus hombros, y cada vez que
aplicaba más presión, su respiración se volvía más errática. Sabía que estaba al borde de algo mucho más intenso, pero también notaba que ella intentaba, con todas sus fuerzas, no dejarse llevar por completo. La tensión en sus músculos se sentía diferente ahora. No era sólo el dolor o el cansancio lo que la mantenía tensa, sino algo que no podía controlar, algo que luchaba por salir. Ahora que todo iba tan bien, me puse codicioso y decidí llevar las
cosas un poco más lejos. Mi tono de voz, calmado y suave, se mantuvo firme cuando le sugerí lo siguiente. Te vendría mejor si te saco la remera. Puedo masajearte directamente sobre la piel, te va a ayudar más. Ella se tensó bajo mis manos, claramente sorprendida por la propuesta. Hubo un momento de duda, lo sentí en su cuerpo, pero las sugestiones habían hecho su trabajo mejor de lo que creía. Ya estaba demasiado inmersa en la sensación de
alivio mezclada con el placer que no podía entender. y a eso se agregaba la extrema confianza y seguridad que le generaba. No sé, dijo, su voz temblorosa, esgrimiendo una de esas resistencias que había advertido en su diario. No te preocupes, no voy a mirar, respondí, casi en un susurro, manteniendo mi tono calmado y seguro. Obviamente le estaba mintiendo. No sólo la miraría por el reflejo del vidrio del mueble del comedor, sino que disfrutaría de la vista desde arriba.
Ella confiaría en mí. Con una exhalación temblorosa, accedió. Lentamente comenzó a levantar la remera por encima de su cabeza. En ese momento supe que lo que seguía sería algo mucho más íntimo. Cuando la tela se deslizó por sus brazos y quedó libre de la prenda, La apoyó sobre otra silla que teníamos al lado, con una mano temblorosa,
revelando lo que yo ya sabía, no llevaba corpiño. Por un segundo, intentó cubrirse con los brazos, como si acabara de recordar que no se lo había puesto, sus mejillas se ruborizaron visiblemente. El nerviosismo era claro, pero no era suficiente para detener lo que estaba ocurriendo dentro de ella. No seas tonta, no te estoy mirando. Además, ya hiciste topres conmigo, dije, aunque mis ojos se deleitaban con la imagen que ahora me regalaba.
Fragmento de diario Todo cambió cuando
me pidió que me quitara la remera. Me sentí una tonta. Ya de por sí dudé de mostrarme en corpiño frente a él. Pero en ese momento recordé que ni siquiera me había puesto uno. pero ya me la había quitado y estaba con las tetas al aire, frente a mi hijo. Nico me recordó que ya había hecho topres frente a él. Y me prometió que no me miraría.¿ Por qué me dijo eso? Debía darse por sentado que no debía mirarme las tetas. Sin embargo, recordé aquella vez en la que
me quedé en tetas mientras tomábamos sol. Me había sentido muy cómoda, muy relajada. Y en esa ocasión no me había mirado.¿ Por qué iba a hacerlo? Y ahora, de repente, me sentí así, relajada, tranquila.¿ Por qué debía preocuparme ponerme así frente a mi propio hijo? Aunque, de todas formas, mis pezones erectos me hacían sonrojar. Sus senos, ahora completamente expuestos,
eran perfectos. Firmes y redondos, los pezones oscuros ligeramente erectos, Marcaban el aire entre nosotros como un testimonio de su excitación. Su piel brillaba bajo la luz tenue del atardecer que entraba por la ventana. Podía ver el leve temblor en sus manos mientras intentaba mantener la compostura, pero ya era demasiado tarde. Ella sabía que algo en su interior había cambiado,
algo que no podía controlar ni evitar. Ella trató de mantener las manos sobre su pecho en un intento de cubrirse, pero a medida que mis dedos recorrían su piel, sus brazos cayeron lentamente hacia los costados, como si el peso de lo que estaba sintiendo la hubiera vencido. Su respiración, profunda y entrecortada, era lo único que rompía el silencio en la habitación. Y aunque intentaba disimular, sus pezones rígidos y los leves gemidos que escapaban de su boca eran
pruebas irrefutables de lo que estaba experimentando. Yo, por mi parte, tenía la verga durísima. Me daban ganas de usarla en ella. Pero, a pesar de mis instintos, siempre había sido alguien disciplinado. En este momento mi intención era confirmar que mis masajes en sus hombros le producían placer sexual, y si bien me había dado señales de ello, aún faltaba lo más importante, el orgasmo. Mis manos volvieron a sus hombros, esta vez
directamente sobre su piel desnuda. El contacto era diferente, más íntimo, y podía sentir el calor que irradiaba de su cuerpo directamente en mis dedos. A medida que empezaba a masajearla de nuevo, un suave escalofrío recorrió su espalda, dejándola aún más vulnerable al tacto. La piel de sus hombros era suave y cálida, y su respiración se aceleraba con cada movimiento.
Sus tetas, expuestas y completamente visibles, se movían levemente con su respiración agitada, y sus pezones, endurecidos, parecían estar en sintonía con el placer que trataba de ocultar. Los muslos se apretaban, y por momentos, en lo que parecía ser un movimiento por reflejo, se frotaban entre sí. Era obvio que su cuerpo la estaba traicionando, mostrándome lo que sus palabras no podían decir. Relájate, mamá. No pasa nada, le susurré al oído, acercándome un poco más, dejando que el
calor de mi aliento tocara su cuello. No hubo respuesta verbal, pero su cuerpo me lo dijo todo. Cada vez que mis manos se deslizaban por su piel, su respiración se volvía más pesada, sus labios se entreabrían, y los pequeños gemidos que apenas salían de su boca me confirmaban que estaba a punto de rendirse por completo. Sentí que estábamos
llegando al punto de no retorno. Los suaves gemidos que escapaban de su boca, casi inaudibles, eran todo lo que necesitaba para saber que su cuerpo había sucumbido a las sensaciones que yo había desencadenado. Sus pezones, endurecidos y claramente visibles, eran el reflejo físico de lo que estaba sucediendo dentro de ella, una lucha interna que intentaba reprimir, pero que ya no podía controlar. Seguí masajeando sus hombros, con movimientos
lentos y firmes. Mi pulgar se deslizaba suavemente por el borde de su cuello, bajando hacia su clavícula, mientras mis otros dedos presionaban sus homóplatos, sintiendo como su piel se estremecía bajo mi toque. Cada movimiento que hacía provocaba una nueva reacción en ella. Su respiración era entrecortada, profunda, y cada vez que inhalaba, su pecho subía y bajaba de manera más pronunciada. Sabía que estaba cerca de alcanzar el clímax,
pero también era claro que intentaría disimularlo. Creo que ya me siento mejor, Nico, dijo de repente, su voz temblorosa, como si buscara una excusa para escapar de lo que estaba ocurriendo. Pero yo no se lo iba a permitir tan fácilmente. No iba a dejar que se fuera justo cuando estaba a punto de presenciar cómo acababa. Ya había logrado que alcanzara el clímax varias veces, aquella noche en
la que la poseí entre sueños. Pero esto era diferente, porque, si bien estaba influenciada por mis sugestiones, se encontraba perfectamente consciente de lo que estaba pasando, y eso me producía un morbo indecible. No te preocupes, mamá, podemos seguir un poco más, respondí con suavidad. Solo un par de masajes más y vas a estar completamente relajada. Fragmento de diario. Todo ocurrió demasiado rápido, aunque en ese momento pareció una eternidad.
Las manos de Nico seguían masajeándome, y con cada movimiento sentía que mi cuerpo iba perdiendo la batalla. No podía evitarlo, mi respiración se aceleraba, mi pecho se levantaba y caía al ritmo de una excitación que no podía reprimir. Y lo peor era lo que no se exteriorizaba. mi entrepierna palpitante,
mi tanga empapada. Intentaba no dejarlo ver, intentaba mantener la compostura, pero cada vez que sus manos tocaban mi piel, una oleada de placer me recorría y mi mente simplemente se desconectaba. Era terriblemente vergonzoso e insólitamente placentero. Era casi como si esos dedos estuvieran apretando mis pezones. Un placer electrizante recorría mi cuerpo. Pero tenía que detenerme, porque no faltaba mucho
para que el goce llegara a su máximo nivel. Le dije que estaba bien, que ya había sido suficiente, pero él me pidió seguir un poco más, solo un poco más, y aunque mi cabeza me decía que me detuviera, mi cuerpo no le hizo caso. De algún modo, sabía que estaba a punto de llegar a un punto del que no habría vuelta atrás. Pero al menos Nico no sabía lo que pasaba por mi cabeza. Eso me aliviaba, aunque fuera un poco. Mi voz era tranquilizadora pero el mensaje
estaba cargado de intención. Mis manos continuaron su trabajo bajando lentamente desde sus hombros hacia la parte superior de su espalda. Ella se tensó por un momento como si estuviera intentando reprimir las sensaciones que la estaban embargando pero su cuerpo la traicionaba. Los pequeños temblores en sus piernas El leve arqueo de su espalda y los suaves gemidos que salían de sus labios eran señales claras de que estaba a
punto de perder el control. Mis manos, ahora en su espalda baja, presionaban ligeramente mientras mis dedos rozaban su piel desnuda. Sentí como su respiración se volvía más errática, cada vez más cercana al clímax. Sabía que estaba haciendo todo lo posible por disimular, tratando de convencerse a sí misma de que lo que estaba sintiendo era algo normal, pero no podía ocultarlo por más tiempo. Fragmento de diario Sentí como mi cuerpo se tensaba, como si cada músculo se preparara
para un estallido inevitable. Intentaba contener los gemidos, intentaba mantener mi respiración bajo control, pero cada vez era más difícil. Mis piernas temblaban ligeramente, mis manos se aferraban al borde de la silla, y todo en mí gritaba por detenerme, pero no pude. El placer que me invadía fue más fuerte que cualquier resistencia, y aunque intenté disimularlo, mi cuerpo me traicionó. Alcancé el clímax en silencio, con la respiración contenida y un gemido que apenas pude sofocar. Fue un
momento fugaz, pero tan intenso que me dejó temblando. Había acabado. Mi hijo me produjo un orgasmo. Finalmente, su cuerpo se tensó de manera involuntaria. Sus piernas se apretaron con fuerza y sus manos se aferraron con firmeza al borde de la silla. Su respiración se detuvo por un breve instante antes de que un leve gemido, casi sofocado, escapara de sus labios. Había llegado al clímax y aunque intentó reprimirlo,
su cuerpo no pudo evitar mostrar las señales evidentes. Sus muslos temblaban levemente y su pecho subía y bajaba con fuerza. Ya está, estoy bien, susurró, su voz apenas un suspiro, jadeante, tratando de recuperar la compostura, aunque su cuerpo aún vibraba con las sensaciones que acababa de experimentar. Pero yo lo sabía, y ella también. Había alcanzado el clímax bajo mis manos, intentando disimular, pero no pudo ocultar el placer que la
había atravesado. Mi tía feminista Desde que me enteré de que la tía Sofía vendría de visita, supe que no iba a ser una noche cualquiera. Cada vez que venía, aunque fuera de pasada, la casa se llenaba de esa energía tan suya, una mezcla de sofisticación y algo que siempre me había parecido, provocador. y hacía bastante que no la veía en persona. Quizás por eso estaba ansioso, inquieto, casi como si estuviera esperando una presa en vez de
una visita familiar. Sofía era una celebridad en la familia. Era presentadora de un noticiero en un canal de cable de ideología progresista, lo que congeniaba con ella. Empezó de cronista y rápidamente ascendió a panelista y finalmente a conductora. Era hermosa y joven, y la cámara la amaba. Era la hermana menor de papá. Solo tenía 27 años. Aún recuerdo todas las veces que me había cuidado cuando mis padres
se veían obligados a dejarme solo en la casa. Incluso cuando ya estaba lo suficientemente grandecito como para quedarme solo, Sofía venía a cuidarme. Siempre había sentido fascinación por ella, y, con el tiempo, eso se convirtió en un evidente deseo sexual que sólo era eclipsado por lo que sentía por mamá. Y ahora que había avanzado tanto con la hipnosis, no podía dejar de pensar que debía utilizarla también en ella.
Cuando escuché su risa en la vereda, mientras papá le decía algo, me acomodé en el sillón, dispuesto a observar cada detalle. Entró con su cartera de cuero colgada al hombro y el inconfundible pañuelo verde asomando como siempre. Sofía nunca iba a ningún lado sin su símbolo de lucha y eso le daba un roque singular que no alcanzaba a definir. Ahí estaba, toda su figura esbelta entrando con esa elegancia y sensualidad natural que siempre la hacía destacar.¿
Cómo estás, Nico? Estás enorme. Dijo en cuanto me vio, y me abrazó de manera rápida, pero pude notar la presión de su cuerpo contra el mío. La suavidad de su piel. Estaba tan cerca que hasta pude percibir su perfume, algo sutil pero embriagador. Me tomé un segundo para observarla mejor mientras saludaba a mamá. Llevaba el pelo negro, lacio y perfecto, cayendo sobre sus hombros, resaltando su piel clara
y esos labios que siempre parecían tan tentadores. Una blusa algo ajustada dejaba ver el contorno de su cuerpo y la forma de sus senos, sin que pareciera demasiado evidente. Un yanque le abrazaba las caderas y piernas con precisión. Parecía hecha para llamar la atención, para hacer que cualquiera quisiera mirarla. O algo más. Era muy diferente a mamá, quien tenía el cuerpo mucho más voluptuoso. Sofía era más delgada, con las tetas y el culo menos generosas, aunque no
por eso menos apetitosas. Los senos estaban erguidos, y parecían tener una forma perfecta, y el culo pequeño en comparación al de mamá, pero muy pulposo y de una forma perfecta. Mientras la veía hablar, ya sabía lo que quería hacer. Esa noche iba a experimentar la hipnosis ericksoniana con mi querida tía. Y, Gracias a la experiencia que tenía con mamá, quizás no debería esperar tanto para obtener placer sexual de ella. A lo mejor, esa misma noche me echaba un polvo
con mi joven tía. Ella hablaba y se reía con papá, contando anécdotas de su trabajo como si nada, y yo solo podía pensar en cómo iba a ponerla en trance. A Sofía, la mujer que en otro contexto sería intocable, inalcanzable. Se acomodó en el sillón y cruzó las piernas, dejando que la tela del llan se ajustara aún más sobre sus muslos. Con cada gesto, cada palabra, aumentaba mi deseo
de tenerla bajo control. Sus gestos, su seguridad, su feminismo, todo eso pronto se apagaría cuando la asumiera en el trance.¿ Qué es de tu vida, Nico? Hace mucho que no charlamos, me dijo, girándose hacia mí con una sonrisa fácil, como si fuéramos solo tía y sobrino poniéndose al día. Le devolví la sonrisa, aunque
en mi mente ya planeaba lo que haría con ella. Bien, tía. Terminando la escuela. Esperando
que aparecieras. Se te extrañaba, le respondí con un tono despreocupado, disimulando mis intenciones. Durante toda la charla, no pude evitar analizarla. Sus gestos, la forma en que sus labios se movían mientras hablaba, la mirada segura que lanzaba al recordar sus experiencias en televisión y en debates. Yo asentía y le respondía aquí y allá, pero mi mente ya estaba en otra parte, imaginando todo lo que quería hacer con ella. Después de la cena, la sobremesa se hizo larguísima hasta
que casi se hizo la medianoche. Papá y mamá decidieron ir a dormir. Sofía iba a ir a la habitación de huéspedes, pero yo no quería perderme esa oportunidad de estar a solas con ella. Sofía,¿ por qué no vemos una película? Hace tanto que no lo hacemos, le dije, mostrando una sonrisa casual.
Ella pareció dudar un segundo, pero luego asintió, relajada. Claro, sí. Es tarde, pero... No importa,
igual mañana no tengo que trabajar. Además, es verdad, hace rato que no hacemos algo así, dijo, dejando su cartera a un lado y acomodándose. La llevé a mi habitación, donde había más privacidad y una pantalla grande que me había comprado con unos ahorros. Papá nunca había querido comprar un televisor moderno, y eso ahora me había servido de excusa. Ella, con total inocencia, me siguió. No tenía idea de la
manera en la que la miraba. Todo ese tiempo en donde la vi muy pocas veces, mientras yo crecía y empezaba a tener apetitos sexuales, mi deseo por ella se alimentó mientras la veía en televisión, siempre con inteligencia y vehemencia, muchas veces defendiendo sus ideales feministas.¡ Qué lindo, ¿no? Le dije. Como en los viejos tiempos, en donde vos eras mi niñera de lujo. Ella me miró y soltó una risita nostálgica,
asintiendo mientras los recuerdos parecían pasarle por la mente. Sabía que recordaba esas noches, cuando me cuidaba y ponía películas para entretenerme mientras mis padres salían. Sí, claro que me acuerdo, dijo, sonriendo. Me acuerdo de esas noches de pelis de dibujos animados y pochoclos hasta que te quedabas dormido. No puedo creer que ya haya pasado tanto tiempo. Ahora sos casi un hombre. Sus palabras parecían inocentes, pero yo tenía en mente algo
muy distinto a esas noches de dibujos animados. Y esta vez no sería yo el que me quedara dormido. No tengo pelis de dibujos animados esta vez, pero tengo algo que seguro te va a gustar. Aún traía puesta su cartera con el famoso pañuelo verde colgando, y su mirada tenía esa mezcla de seducción y familiaridad. Yo me sentía ansioso, y empecé a tener algunas dudas sobre lo efectiva que sería esta vez la hipnosis. Tía Sofía era una feminista
moderna de manual. Debía tener implantada en su mente la idea de jamás ser sometida por nadie, lo que podía complicarme la vida. pero tenía en mi favor el hecho de que ella sentía debilidad por mí. Para Sofía yo siempre sería ese sobrino pequeño al que cuidaba. Entramos y me aseguré de que se sintiera cómoda, apagando la luz principal y dejando una luz suave, lo justo para crear el ambiente perfecto. Sofía se acomodó en el borde de mi cama y yo me senté junto a ella a
una distancia prudente. Busqué una película cualquiera, solo para tener una excusa en la pantalla, mientras me concentraba en mis verdaderas intenciones. Me encanta olvidarme del trabajo un rato, comentó ella mientras miraba la pantalla. A veces en muy cansador tanta política, mi vida acelerara. Realmente necesito unas vacaciones. Pero con el respiro de hoy al menos tengo para tirar unos días. No sabes lo que me costó que me dieran dos míseros días libres. Noté el leve tono de
cansancio en su voz. Era el toque perfecto, justo lo que necesitaba. Mientras la película avanzaba, le comenté algo casual, dejándome llevar por ese tono bajo y relajado que ya había practicado antes. Se nota que sos imprescindible para el canal. Pero bueno, ya estás acá. Vos solo tenés que relajarte, dije, casi en un susurro. No te preocupes por nada.
Acá estás en casa. En familia.
Ella sintió, sin notar siquiera el cambio en mi tono. La idea ya estaba en marcha, y yo me preparaba para llevarla al lugar donde la quería, completamente a mi merced, sin que se diera cuenta de nada. La luz suave de la habitación y el murmullo de la película creaban el ambiente perfecto. Sofía estaba recostada en el borde de la cama, sus ojos atentos a la pantalla, completamente ajena a mis intenciones. Yo la observaba de reojo, midiendo cada movimiento,
cada respiración pausada. Sabía que este era el momento.—¿ Estás cómoda, tía?— le pregunté, con la voz en un tono bajo, casi envolvente. Ella sintió, con una sonrisa tranquila que me dio el pie perfecto para comenzar.— Me alegra que estés relajada. Es como si todo el cansancio de la semana simplemente desapareciera, ¿no? Dije, suavizando mi tono aún más. Ella sintió de nuevo, esta vez parpadeando lentamente. Eso me sorprendió, porque, después de todo,
parecía ser más susceptible a la hipnosis que mamá. Aunque era demasiado pronto para canta Victoria, claro. Podía ver cómo sus hombros se relajaban, y su respiración comenzaba a acompasarse de manera más lenta. Continué hablando, modulando mi voz hasta que se volviera una especie de murmullo en el ambiente, una melodía hipnótica. A veces, cuando uno se deja llevar,
todo empieza a sentirse más fácil, más relajado. Como si no tuvieras que pensar en nada, solo en dejar que tu cuerpo se relaje, sin esfuerzo, le dije, bajando el volumen de mi voz. Sofía se reclinó un poco más, y noté que su mirada se volvía distante, como si su mente estuviera comenzando a flotar, entrando en ese espacio nebuloso que tanto me interesaba explorar. Me aseguré de que no hubiera interrupciones y continué, recordando cada técnica que había
aprendido y probado ya con éxito. Y sin darte cuenta, con cada respiración, te vas soltando más y más. Cada parte de vos empieza a relajarse, todo se vuelve más fácil, más, ligero. Su cuerpo respondió, sus manos descansaban inertes sobre su regazo, sus ojos parpadeaban lentamente y su postura se fue aflojando poco a poco, dejando que el peso del cansancio la sumiera más en ese trance. Sabía que estaba cerca y ahora podía empezar a guiarla más profundo, tal como lo
había hecho antes. Es increíble cómo, sin siquiera pensarlo, empezás a relajarte, como si todo el peso se esfumara, dejándote en calma, sin preocupaciones. Y a veces, en esos momentos, los pensamientos más privados, esos que guardás bien escondidos, se sienten seguros para salir. Sofía no respondió, pero vi cómo su respiración se hacía más profunda y su mirada se perdía en la distancia. Sabía que su mente estaba receptiva,
abierta a cualquier sugerencia que le diera. Decidí probar hasta donde podía llegar, con preguntas aparentemente inocentes que, en ese estado, se convertirían en confesiones que ella jamás habría hecho en plena conciencia. Sofía, susurré, como si estuviera compartiendo un secreto, contame algo.¿ Hay algo en tu vida, algo que nunca le contaste a nadie? Ella parpadeó un par de veces, y en su voz, que apenas era un murmullo, sentí
como la barrera de su conciencia comenzaba a desmoronarse. Sí. Podés contármelo, le dije, sabiendo que la confianza que sentía por mí podría hacer que mi plan funcionase. Si se lo decía a una persona cualquiera, se negaría rotundamente. Pero yo era su pequeño sobrino. Alguien inofensivo, que la quería mucho. Todo lo que quieras compartir está bien, es seguro, nadie lo va a saber, solo yo. Ya me conoces. Sabes que podés confiar en mí. Hubo una pausa, y luego,
con voz suave y temblorosa, comenzó a hablar. Una vez, me acosté con mi jefe, murmuró, con los ojos entrecerrados. El gerente del canal. Mi sorpresa se convirtió en satisfacción mientras la escuchaba. Sabía que esto era un secreto mucho más grande de lo que podía parecer. Que una jovencita hermosa como ella se cogiera a su jefe podía tomarse como que era una puta que ascendió a cambio de sexo.
Yo sabía que no lo era. Pero si la noticia caía en manos de un programa de chimentos, por ejemplo, podría causarle muchos problemas.¿ Tu
jefe?¿ Él está casado? Pregunté, empujándola un poco más. Ella sintió
su respiración acelerándose un poco Sí, está casado. Pero no me importó, necesitaba. No lo hice por tener beneficios. Yo me gané mi lugar sola, pero los hombres poderosos son, pueden ser muy atractivos, a su manera. Seguí presionando, mi voz suave y seductora, haciendo que los secretos siguieran fluyendo.¿ Lo hiciste más de una vez?¿ Con tu jefe? Le susurré, sintiendo la tensión que ella soltaba con cada palabra. Sí, fueron varias veces, en su oficina.
Y nos vemos a veces en un departamento que, él tiene frente al edificio en donde vive con su esposa y sus hijos, le da morbo cogerme ahí, y a mí también. Se siente, como algo perverso, pero excitante también, pero nadie lo sabe. Su respiración se hizo más pesada mientras continuaba confesando, sin mostrar signos de conciencia o arrepentimiento.
Me di cuenta de que estaba en el punto perfecto para indagar en más secretos, aprovechando su estado para que me revelara todo lo que guardaba en su interior.¿ Hay algo más? Pregunté, modulando mi voz para mantenerla en ese trance profundo.¿ Otro secreto que nunca hayas contado a nadie? Hubo una pausa, y luego ella, en un tono apenas audible, respondió. Me cogí al esposo de una amiga. Me lo encontré una noche, en un evento, estaba borracha, y fue en
el baño del lugar. Mi satisfacción creció al escuchar otra de sus confesiones. Sofía, la mujer fuerte e inquebrantable, la feminista progre, estaba revelando sus secretos más oscuros. Muy bien, Sofía, susurré. Todo está bien. Podé seguir confiándome cualquier cosa, sabes que siempre va a estar seguro conmigo. Ella respiraba cada vez más profundo, y su voz parecía flotar en el aire, mientras continuaba cayendo más y más en ese trance en
el que todo lo oculto quedaba expuesto. Cada secreto que Sofía me había confesado solo la hacía caer más en mis manos. Esa tía segura, decidida y tan orgullosa de sus ideales feministas estaba ahora a mi merced, sumergida en un trance donde cualquier cosa que le pidiera parecía una simple sugerencia, algo natural. Y esa situación, esa ironía, me producía una satisfacción que me costaba disimular. Me incliné un poco más, dejando que mis rodillas rozaran las suyas, y
observé su rostro, sereno y vulnerable. Era curioso como la mujer que tantas veces había alzado la voz por la independencia de la mujer, que llevaba con orgullo su pañuelo verde como símbolo de lucha, estaba ahora completamente entregada a mis palabras, como si su fuerza no existiera, como si todo su poder quedara neutralizado bajo mi control. Yo ya tenía una erección, claro. Su sola sumisión me calentaba. Pero además,
era terriblemente hermosa. Su rostro, ahora increíblemente relajado, era de facciones preciosas, con el mentón levemente alargado y la nariz pequeña y respingona que le daba un aire elegante. El pelo tan negro contrastaba deliciosamente con su piel pálida. Era una especie de Morlena Adams del Buenos Aires. Simplemente hermosa.« Sofía», susurré, acercándome apenas un poco más. Sé que todo esto que me contaste son secretos importantes. Cosas que nunca querrías que
alguien descubriera, ¿verdad? Ella asintió, despacio, con la mirada perdida en el vacío. Esa pequeña muestra de sumisión me llenó de una satisfacción oscura, un placer que iba mucho más allá del simple control. Se trataba de algo más, una feminista acérrima, una mujer inquebrantable, completamente a mi disposición. No te preocupes, no voy a decir nada, continué, en un tono bajo y tranquilizador. Nadie va a enterarse de nada de esto. Todo lo que hablamos, todo lo que hagas acá,
va a quedar entre nosotros. Hice una pausa, dejando que mis palabras se asentaran en su mente. La observaba, deleitándome en esa expresión tranquila, casi serena, completamente ajena a la realidad de lo que estaba pasando. Mis labios se curvaron en una leve sonrisa mientras continuaba. Y hay algo más. Vos tampoco te vas a acordar de nada de lo que va a pasar ahora. Todo va a quedar solo en mi memoria, como un secreto que ni siquiera vos
sabrás que me contaste o que compartiste conmigo. Ella sintió de nuevo, y sus labios se entreabrieron levemente. Sabía que estaba lista, en el estado perfecto para cualquier sugestión. Sentía el poder fluir en mí, una sensación de dominio absoluto que me embriagaba, especialmente porque ella era Sofía. La feminista. La luchadora. La mujer que nunca cedería de otra forma. Confía en mí, Sofía, le susurré, manteniendo mi tono suave
y envolvente, como si le estuviera pidiendo algo insignificante. Solo tenés que seguir mis palabras, dejarte llevar, sin pensar en nada, sin preocuparte. Vos sabes que conmigo estás segura, ¿verdad? Ella sintió, y yo noté como su respiración se volvía un poco más profunda, su pecho subiendo y bajando lentamente, haciendo que las tetas se apretaran sensualmente en la blusa. Estaba completamente entregada,
lista para seguir cualquier sugerencia. Con cada susurro, con cada palabra cuidadosamente elegida, sentía cómo Sofía se hundía más y más en esa sumisión que yo había creado. Estaba completamente bajo mi control, y la idea de que una mujer tan fuerte, con una vida pública y un compromiso con sus ideales, estuviera ahora reducida a un simple juguete de mis palabras, era la cúspide de mi dominio. Me acerqué aún más, hasta que nuestras rodillas se tocaban por completo.
Su cuerpo estaba relajado, sus labios entreabiertos, y su mirada, aunque perdida, reflejaba una confianza ciega en mí. Aproveché ese momento, deleitándome en el poder que tenía sobre ella, en la forma en que había conseguido someterla.— Sofía,
susurré, estás completamente segura conmigo, ¿verdad? Ella sintió. Quiero que me hagas un favor
uno que nunca vas a recordar cuando despiertes, pero que vas a hacer porque confías en mí. Porque sabes que nada de esto va a salir de esta habitación. Todo va a quedar entre nosotros, al igual que lo que me contaste sobre tu jefe y el marido de tu amiga, ¿entendido? Ella sintió otra vez, y mi voz se volvió aún más baja, envolvente. Quiero que te arrodilles frente a mí,
muy despacio. sin pensarlo ella comenzó a moverse como si cada palabra la guiara como si el simple hecho de escuchar mi voz fuera suficiente para llevarla a hacer lo que yo deseaba con movimientos lentos y cuidadosos se puse de pie sin vacilaciones sólo guiada por las sugestiones que le había implantado en lo más profundo de su mente Sofía, le susurré, manteniendo mi voz en ese tono bajo y controlado, no te preocupes, nadie va a saber lo que vas a hacer, ni siquiera vos te los vas a acordar.
Todo va a quedar en este momento, entre nosotros. Ella sintió su respiración profunda y rítmica mientras se arrodillaba. Sus movimientos eran suaves, casi mecánicos, y yo me deleitaba en cada segundo, observando cómo, sin ser consciente de sus actos, me obedecía por completo. No podía cogérmela y ya. Si hacíamos ruido, podíamos despertar a mis padres. Aunque debo reconocer que me daba mucho morbo imaginando a mi madre descubriendo que me estaba cogiendo a su cuñada. Pero no lo hice.
Tampoco iba a correr el riesgo de desvestirla, aunque ganas no me faltaban. Así que simplemente apoyé mi mano en su noca, y empujé hacia abajo. No hace falta que te diga lo que tenés que hacer, no, tía. Solo déjate llevar. No te preocupes. No vas a recordar nada, tus secretos nunca se van a saber. Ella no hizo nada por un momento. Yo abrí el cierre de mi
pantalón y le mostré la verga erecta. No pasa nada, estás relajada, Solo hace lo que tanto te gusta hacer, abrí la boca, y chupámela, todo va a estar bien. Por un momento pensé que me había cedido. Creí que al fin y al cabo no podría convencerla de que lo hiciera. Pero finalmente se paró los labios, y se arrimó a mi verga, lista para obedecer. Más tarde me pregunté qué significaba eso. Se suponía que durante el trance
no haría algo que en circunstancias normales no haría. Y tampoco era el caso de mamá, a quien había sugestionado tanto que ya empezaba a modificar su percepción de la realidad. Eso sólo me dejaba una respuesta, si no estuviera hipnotizada, y yo la extorsionara con sus secretos, ella cedería, se dejaría coger por su sobrino por temor a lo que podría pasarle. Es decir, realmente no estaba haciendo algo en contra de sus principios. Esa revelación me puso eufórico. Pero
en ese momento sólo me relajé y disfruté. Ver a Sofía en esa posición, arrodillada y completamente sometida a mi control, me llenaba de una satisfacción intensa, un dominio absoluto que me producía un inmenso morbo. Ella estaba ahí, frente a mí, sus labios ligeramente entreabiertos, la mirada perdida, lista para obedecer cada palabra que yo le diera. Cuando sus labios rodearon la punta de mi verga, sentí un golpe de placer
que me recorrió de arriba a abajo. Su boca era caliente y húmeda, y apenas su lengua se movió, el placer se volvió casi insoportable. La humedad se acumulaba rápido, su saliva escurriéndose y cubriendo mi miembro con una suavidad cálida que hacía que cada roce fuera aún más intenso. No pude evitar gemir, bajito, al sentir como sus labios
se movían despacio, abarcando cada centímetro. Ella estaba completamente entregada, y la combinación de su lengua acariciando la punta y la presión de su boca me tenía al borde desde el primer instante. Era una experta. Estaba empezando a pensar que todas las mujeres de la familia eran excelentes en el sexo. Unas putas dirían otros. pero para mí eran unas diosas. Y ahora tenía a una de esas diosas
arrodillada frente a mí, rezándome. Sofía se movía despacio, y cada vez que su lengua rozaba la punta, una oleada de placer me atravesaba, dejándome temblando. Sus labios se deslizaban con una suavidad increíble, ajustándose perfectamente alrededor de mi verga, y cada vez que bajaba más, su lengua hacía círculos en la base, cubriéndome de saliva, y dejándome una sensación caliente,
húmeda y deliciosa. Era casi imposible no perder la cabeza al verla así, totalmente bajo mi control, haciéndome lo que yo quería. No pude evitar apretar un poco más su nuca, guiándola para que tomara más. La presión en mi verga aumentaba con cada movimiento, y la saliva comenzaba a escurrirse, cubriéndome hasta la base. Ella no se detenía, su boca seguía envolviendo cada centímetro de mi verga, chupándola con esa lentitud exasperante que hacía que el placer se acumulara cada
vez más. Mientras la veía moverse, me deleitaba con la imagen de su boca trabajándome sin parar, cada vez más rápido. Su lengua acariciaba la parte inferior de mi verga, frotándose de arriba abajo con una precisión deliciosa, mientras sus labios me apretaban, haciéndome sentir cada detalle. No había vacilación en ella, estaba entregada, completamente a mi merced, y yo sólo podía
quedarme quieto, dejándome llevar por esa sensación. El ritmo de Sofía aumentaba, cada vez más constante, mientras su boca envolvía mi verga con una precisión que me hacía perder la cabeza. La humedad de su saliva cubría cada rincón, escurriéndose, hasta que mi piel estaba completamente impregnada. Podía sentir cómo su lengua se movía, rozando la parte inferior, acariciándola desde la base hasta la punta, con una suavidad que sólo hacía
que el placer se volviera más intenso. A cada movimiento, el roce de su lengua se sentía más profundo, más envolvente.
Sofía no parecía apurada, su boca se movía despacio. explorando cada parte deteniéndose justo donde sabía que el placer se acumulaba sólo para deslizarse nuevamente hasta la base el calor de su aliento me envolvía y el sonido húmedo de su boca chupando se mezclaba con mis respiraciones entrecortadas cada vez más rápidas la tensión en mi cuerpo crecía mis manos apretaban su nuca guiándola a un ritmo cada vez más firme asegurándome de que no se apartara ni un
segundo Ella parecía responder a cada movimiento, aumentando la presión alrededor de mi verga, dejando que sus labios se cerraran aún más firmemente. La saliva comenzaba a escurrirse por su barbilla, mezclándose con cada succión, haciendo que todo su rostro se viera aún más entregado a lo que hacía. Ver esa cabellera negra subiendo y bajando constantemente para darme placer era
algo de una belleza incalculable. Sentía como sus labios apretaban cada vez más, sellados alrededor de mi verga, moviéndose con una destreza que hacía que mi respiración se volviera aún más pesada. Los gemidos empezaban a escapar de mi boca, apenas susurrados, pero llenos de la intensidad que me recorría. Su boca era una tortura perfecta, y el ritmo con el que chupaba hacía que todo mi cuerpo se tensara, buscando liberarse de esa presión que crecía con cada segundo.
Mientras continuaba, mi respiración se volvía cada vez más errática, el calor acumulándose en mi abdomen, cada movimiento acercándome más al clímax. Ella no se detenía. El calor, el roce, la presión, todo se mezclaba en una explosión de sensaciones que me mantenían al límite, sin poder pensar en nada más que en el placer que me atravesaba. Finalmente, sentí
como el placer alcanzaba su punto máximo. Un latigazo de tensión recorrió mi cuerpo mientras mi verga pulsaba en su boca y dejé que todo se liberara, sintiendo como cada músculo se relajaba en ese clímax. Sofía no se apartó, sus labios sellados, tragando cada gota, sin que yo se lo pidiera, su lengua aún moviéndose suavemente mientras yo me recuperaba. Luego limpié su barbilla llena de baba y ya no
quedó rastro de lo que acababa de pasar. Con una última mirada hacia Sofía, todavía arrodillada frente a mí, me preparé para sacarla del trance. Ahora, mientras se recuperaba, tenía que asegurarme de que no recordara nada, como si todo hubiera sido un sueño pasajero. Me acerqué y la ayudé a subirse a la cama, y luego, suavemente le susurré las palabras clave, haciendo que, poco a poco, sus ojos recobraran ese brillo de conciencia, como si despertara de un
sueño profundo. Observé cómo parpadeaba, sus labios moviéndose levemente, hasta que su mirada se enfocó en mí. La confusión en su rostro era evidente, no sabía cuánto tiempo había pasado ni qué había ocurrido. Se veía vulnerable, como si no entendiera completamente dónde estaba o cómo había terminado ahí.¿ Te quedaste dormida, Sophie? Le dije, manteniendo mi tono casual, como si nada fuera de lo común hubiera ocurrido. había estado
mirando la película y no noté que se durmió. Ella me miró, todavía algo aturdida, y se frotó los ojos lentamente. La notaba incómoda, como si algo en el ambiente no encajara del todo, pero no podía saber exactamente qué. Me limité a observar, estudiando cada reacción mientras ella intentaba volver en sí. Al final, después de un momento, esbozó una pequeña sonrisa y aunque en sus ojos seguía notándose una leve incertidumbre. No sé, fue como si, dudó, mirando a
su alrededor, como buscando respuestas en el cuarto. Creo que me quedé dormida. No sé cómo pasó. Le devolví la sonrisa, intentando tranquilizarla. Pero entonces, ella frunció el ceño, y la vi llevarse una mano a los labios, como si hubiera percibido algo extraño. Su rostro cambió y una expresión de desconcierto se formó en su mirada. Sus labios se entreabrieron y una ligera incomodidad apareció en su expresión.¿ Estás bien, Sophie?
Le pregunté, simulando preocupación, aunque por dentro me deleitaba en esa incomodidad que empezaba a surgir en ella. Ella sintió, aunque su gesto no era del todo convencido. Todavía tenía esa ligera confusión, y me di cuenta de que intentaba encontrar una explicación lógica para la sensación que le quedaba en la boca. Entonces, alarmado, comprendí, la tía estaba sintiendo el sabor del semen en su lengua. Aunque se hubiera
tragado todo, le había quedado rastros de la eyaculación. Sofía aún parecía incómoda, como si el extraño sabor que había notado no terminara de desaparecer, cosa que me hacía estremecer. Me observaba de reojo, con una ligera tensión en sus ojos, y pude ver cómo apretaba los labios, como si intentara
entender qué era lo que la incomodaba tanto. Me preparé para mantener la compostura, no podía permitir que ninguna señal en mi rostro delatara lo que realmente había sucedido mientras estaba bajo trance.« Bueno, creo que mejor me voy», dijo, Su voz todavía un poco confusa. Me acordé de que tengo una tarea pendiente y no quiero molestar. Eso no me gustó nada. Se suponía que se iba a quedar a dormir en el 4 de invitados.¿ Por qué cambiaba de
parecer justo ahora? Sentí que el corazón empezaba a latirme más rápido.¿ Ya te vas
Pensé que ibas a quedarte a dormir aquí.¿ No estabas con tiempo libre?
Le pregunté. Sofía sonrió, pero no era la sonrisa cálida que yo conocía. Era una sonrisa forzada, algo inusual en ella. Desvió la mirada, como si buscara evitar cualquier contacto visual demasiado prolongado. Sí, pero, no sé, me acabo de acordar de algo y, mejor me voy.¿ Será para la próxima? Respondió. su tono algo evasivo. La acompañé hasta la puerta, observando cómo intentaba mantener una expresión amable y casual, aunque la
incomodidad en su mirada la traicionaba. Me dio un último saludo, esbozando una sonrisa que parecía más un intento de actuar con normalidad, pero pude ver cómo la duda seguía reflejada en sus ojos. Sabía que el sabor residual la estaba incomodando. Había cometido un grave error. Cuando finalmente se fue, cerré la puerta y me quedé en silencio, reflexionando, con la preocupación creciendo en mi interior. Sabía que el trance había sido efectivo, pero no estaba completamente seguro de que Sofía
no sospechara nada. Esta vez, aunque había salido bien, sentía que las cosas no habían resultado tan perfectas como esperaba. Por primera vez desde que
incursioné en la hipnosis, sentí miedo. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
