Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Hipnosis erótica, parte 4.
Mamá se prueba lencería frente a mí.
El sol del mediodía iluminaba suavemente la cocina cuando mi madre entró cargando unas bolsas de compras. Vestía todo de negro, con un pantalón ceñido que delineaba perfectamente sus caderas y una remera que dejaba ver cada curva de su cuerpo y, sobre todo, sus tetas erguidas. Su cabello castaño lacio caía suelto sobre sus hombros y cada movimiento hacía que las prendas parecieran ajustarse aún más a su figura, atrayendo inevitablemente
mi mirada lujuriosa. Mamá, Te preparo un café con leche, dije, intentando sonar casual mientras mi mente repasaba las sugestiones que le había implantado en los últimos días. Gracias, hijo, sería genial. Estoy agotada, respondió, dejando las bolsas en la mesa y sentándose con un suspiro. Mientras comenzaba a preparar la bebida, mi mente no podía apartarse de lo que había hecho
en sesiones anteriores. La había hipnotizado repetidamente, implantándole ideas que ahora quería probar sin necesidad de inducirla en un trance profundo. El control que ejercía sobre ella no se detenía con la hipnosis, eso era lo que quería comprobar ahora. Desde la vez que había logrado desnudarla, seguía adelante, lentamente, pero siempre progresando. A veces me sorprendía a mí mismo la
paciencia con la que me estaba manejando. Elegí el pocillo en el que ya había eyaculado hacía unos minutos y mezclé el semen con la leche tibia, sin que ella tuviera idea de lo que estaba pasando. Revolví el contenido con calma, disfrutando del morboso placer de saber que pronto lo consumiría, disfrutando del peculiar sabor que tendría. Volví con la taza en la mano, acercándosela con una sonrisa.
Acá está, ma.
Ella tomó el pocillo entre sus manos y me sonrió antes de darle el primer sorbo. La observé con atención, disfrutando cada instante mientras veía cómo se tragaba mi semen. Mi madre bebió con satisfacción, completamente ajena a lo que estaba haciendo. El café con leche desaparecía lentamente mientras ella lo disfrutaba, tragando sin saber el verdadero grado de intimidad
que estábamos teniendo en ese preciso momento. Me mantuve en silencio, observando cómo seguía bebiendo, fantaseando con la idea de que algún día bebería todo mi semen en un contexto diferente, servido ya no en un pocillo, sino en mi propia verga. Pero para eso faltaba. Estaba seguro de que ese día llegaría, pero no sabía cuándo.¿ Y qué compraste? Pregunté, con la voz más tranquila de lo que me sentía por dentro.
Mi madre dejó el pocillo vacío en la mesa, cosa que me produjo un temblor en todo el cuerpo, y comenzó a revisar las bolsas que había traído. Nada del otro mundo, respondió, sacando un vestido corto y ceñido de una de las bolsas. Después, sacó una minifalda y una blusa ajustada. Estaba pensando en algo más fresco para el verano, pero,¿ no te parece que exageré un poco? Me miró con cierta duda, levantando la minifalda. Quizás me vea un poco,
como una puta con esto. Un estremecimiento de excitación me recorrió el cuerpo. Una de las sugestiones que le había implantado estaba funcionando. Había hecho que se sintiera más cómoda al hablar conmigo de manera más abierta, mucho más suelta en cuanto a temas que normalmente no mencionaría. Verla expresarse así, usando esas palabras, Me confirmaba que mis esfuerzos estaban dando frutos. Sonreí, tratando de no mostrar demasiada emoción, aunque la euforia y
la calentura me recorrían de pies a cabeza. No exageraste, Ma. Me parece que el vestido es perfecto. Deberías probártelo, a ver cómo te queda. Ella dudó por un momento, mirando el vestido en sus manos. Ya me lo probé en la tienda, pero, me miró con esa sonrisa que ya conocía, como si estuviera tentada, supongo que podrías decirme tu opinión de todas formas. Mi corazón latió con fuerza mientras nos
dirigíamos al cuarto que compartía con mi padre. Este era el momento perfecto para poner a prueba otra de las sugestiones. Había hecho que ella se sintiera lo suficientemente confiada como para cambiarse de ropa frente a mí sin sentir la incomodidad que normalmente tendría. Todas esas sugestiones me habían tomado mucho trabajo y tiempo, pues procuré que todo eso parecieran ideas que ella misma tenía. Y por suerte todo parecía
marchar según mis planes. Entramos al dormitorio matrimonial, un espacio que conocía bien pero que ahora parecía estar cargado de una tensión completamente nueva. El aire era denso, y mi respiración se volvió más pesada a medida que ella cerraba la puerta tras de sí. El cuarto estaba iluminado por la luz tenue que entraba a través de las persianas, creando sombras que se alargaban sobre los muebles. Todo parecía normal. pero el contexto lo hacía todo menos común, un ambiente
cargado de magia. Ella caminó con paso tranquilo hasta el armario, y con una naturalidad sorprendente, comenzó a quitarse la remera. Mi corazón latía desbocado en mi pecho, mientras intentaba mantenerme calmado, observando cada movimiento que hacía. La piel suave y bronceada de su abdomen, tensada por los músculos que se insinuaban debajo,
me hacía desear avanzar más rápido. pero debía contenerme. Finalmente, la remera cayó sobre la cama, dejando al descubierto su sostén de encaje negro, que apenas lograba contener sus tetas. Las curvas de su cuerpo parecían más marcadas a cada segundo que pasaba. Se volvió hacia mí y me miró con una sonrisa antes de continuar.« Bueno, quiero que seas sincero sobre cómo me queda el vestido», dijo. Quiero que te olvides de que soy tu madre y me digas
de verdad qué pensás. Claro, mamá, respondí, apenas capaz de ocultar la excitación que me embargaba. Ella rió suavemente y se desabrochó los pantalones ceñidos, bajándolos lentamente por sus muslos. El movimiento era pausado, casi como si quisiera provocarme, aunque sabía que no era eso. Cada segundo era una tortura deliciosa mientras veía como la tela se deslizaba por su piel hasta que finalmente cayeron al suelo, dejando sus piernas
completamente al descubierto. El sostén y las bragas negras que llevaba resaltaban contra su piel. Su cuerpo estaba tallado a mano. Se veía voluptuosa y ágil. Mi mamá era una bomba sexual, y yo, por primera vez me pregunté si mis fantasías con ella se debían sólo a eso. a que estaba buenísima. Me hacía difícil creer que cualquier chico que tuviera una madre así no se sintiera tan bien atraído. Su culo,
firme y redondo, parecía casi desafiar la gravedad. Los pantalones ya de por sí lo marcaban de una forma pornográfica, pero ahora, sin nada que lo cubriera, era imposible no notar su perfección. Era grande, pero firme, un culo hecho para ser admirado, con un contorno que se destacaba cada vez que movía las piernas. Una vez más me sorprendió el hecho de que papá no quisiera penetrarla por ahí con más regularidad.—¿ Me ayudas?— preguntó, señalando el vestido con
la mirada. Me acerqué, tratando de no mostrar cuánto me estaba costando mantener el control, esperando que no notara la erección que ya se había formado dentro del pantalón. El vestido estaba en la cama, listo para ser probado. Ella se volvió de espaldas hacia mí, dejando que mi vista se concentrara en la perfección de su orto. Tragué saliva,
sintiendo que la boca se me había hecho agua. Se puso el vestido y, mientras la tela bajaba lentamente para adherirse a su cuerpo como un guante se adhiere a una mano, veía con fascinación cada mínimo movimiento que hiciera, aunque, para ser sincero, Mi atención se la llevaba principalmente ese culazo que tenía.« Ayúdame a subir el cierre», me dijo. Mis manos temblaban mientras tomaba el pequeño cierre entre mis dedos. El contacto con su piel cálida me envió un escalofrío
por la columna. Tiré lentamente del cierre, observando cómo el vestido se ajustaba a su cuerpo, abrazando cada una de sus curvas. El material era suave. y al tensarse sobre su trasero, lo destacaba aún más, haciendo que su culo pareciera incluso más grande y firme.« Listo», dije, aunque apenas podía hablar con claridad. Ella se volvió hacia el espejo, observándose con atención mientras el vestido ceñido moldeaba su figura.
Sus senos, apenas cubiertos por el escote del vestido, Se alzaban con cada respiración y su trasero, apretado contra la tela, hacía que cada movimiento se viera aún más provocador. Giró hacia mí y sonrió de nuevo. No está tan mal, ¿no? Preguntó, totalmente inconsciente del efecto que tenía sobre mí. Decime la verdad, agregó después. Te queda, perfecto, respondí,
casi sin aliento. Te lo juro.
Ella se miró un momento más en el espejo antes de encogerse de hombros. Bueno, creo que debería probarme también la minifalda y la blusa, ¿no? Dijo, quitándose el vestido con la misma lentitud con la que se lo había puesto. De nuevo, quedaba solo en ropa interior frente a mí y cada vez era más difícil ocultar el deseo que me quemaba por dentro. Sus movimientos eran tan naturales, tan relajados, como si no hubiera absolutamente nada de raro en cambiarse
de ropa delante de su hijo. Tomó la minifalda y la blusa, y lentamente se puso la minifalda primero, ajustándola sobre sus caderas. La prenda era corta, extremadamente corta, y resaltaba el volumen de sus muslos y glúteos de manera increíble. Se dio la vuelta hacia mí mientras abrochaba los últimos botones de la blusa, que se ajustaba perfectamente a sus tetas, empujándolas hacia arriba.¿ Qué te parece? Preguntó, haciendo una pequeña
vuelta para que la viera desde todos los ángulos. La minifalda dejaba al descubierto casi toda la longitud de sus piernas y su trasero parecía sobresalir aún más bajo la tela ceñida. Mi verga latía intensamente dentro de mis pantalones y ya sentía mi ropa interior húmeda, pues esas situaciones en las que tenía una erección por un tiempo considerable me hacía alargar mucho líquido preseminal.« Estás, increíble», fue lo
único que logré decir. Ella sonrió, complacida con mi respuesta, y se acercó al espejo una vez más para verse con detenimiento. Mientras se miraba, no pude evitar dejar que mis ojos recorrieran cada centímetro de su cuerpo, desde las curvas de sus caderas hasta sus glúteos, apretados contra la minifalda. La blusa ajustada hacía que sus senos se vieran aún más grandes y y cada respiración que tomaba parecía hacerlo sobresalir un poco más. Sentía mi verga tan dura que dolía,
completamente erecta dentro de mis pantalones. No podía dejar de pensar en lo cerca que estaba de ella, lo tangible que se sentía la tensión entre nosotros. Pero sabía que aún no era el momento de actuar, no mientras seguía probando sus límites. Ella se volvió hacia mí nuevamente, con una sonrisa hermosa en el rostro. Sus labios gruesos y sus dientes algo grandes hacía que sus sonrisas siempre llamaran la atención, lo que era mucho decir para alguien que
tenía ese cuerpo que siempre llamaba la atención. Bueno, pero, más allá de que me quedan bien,¿ qué pensás? Demasiado atrevido. Preguntó, mientras giraba levemente su cuerpo, dándome una vista completa de su trasero en la minifalda ajustada. Para nada, respondí, casi jadeando. Te queda perfecto. No tiene nada de malo que sea provocador. Además, con cualquier ropa que te pongas, tu cuerpo siempre parece expuesto. Ella río, aparentemente divertida por mi reacción, pero no parecía
darse cuenta de lo mucho que me estaba afectando. La situación era todo lo que había imaginado y más. Ella, de pie frente a mí, en ropa que la hacía lucir como una fantasía hecha realidad, con esa minifalda que parecía una segunda piel de tan ceñida que estaba ahí yo, tratando de disimular la erección que crecía dentro de mis pantalones. Era el momento perfecto para llevar esto aún más
lejos. Decidí seguir adelante. Mamá
qué hay en las otras bolsas? Pregunté con una voz tranquila, fingiendo curiosidad, pero con el corazón latiendo a toda velocidad, pues sabía muy bien que había. Ella hizo una pausa antes de mirarme de reojo, un atisbo de duda en su expresión.« Bueno, nada especial, solo algunas cosas más», dijo, su tono algo evasivo. Había llegado el momento de comprobar una sugestión más. Le había implantado la idea de que no había nada de malo en hablar de ropa interior conmigo,
que era completamente natural hacerlo. Aún así, noté una leve incomodidad en su rostro, lo que me hizo preguntarme si no sería que esa sugestión no había surtido efecto. No me vas a mostrar. Dije con una sonrisa cómplice, tratando de aligerar el ambiente. Quiero ver si lo que compraste
te queda tan bien como esto. Ella vaciló por un momento, mordiendo su labio inferior como si estuviera considerando si mostrarme el contenido o no. Podía ver que algo dentro de ella aún resistía, pero, para mi alivio, esa pequeña vacilación comenzó a desvanecerse lentamente cuando volvió a abrir una de las bolsas.« Supongo que no tiene nada de malo», dijo, sacando de la bolsa el primer conjunto. Era un conjunto
de lencería blanca, con encaje delicado. Un corpiño de tirantes finos y una tanga que apenas consistía en un par de finas tiras de tela y encaje. El material parecía suave al tacto, y no pude evitar imaginar cómo se vería sobre su piel cobriza. Ella lo sostuvo por unos segundos, evaluándolo con sus ojos antes de mostrármelo con una ligera sonrisa.— Es lindo, ¿no?
Dijo, girándolo en sus manos. Quizás demasiado, pero
me gustó. La tela blanca y delicada contrastaba con la imagen de ella de pie en esa habitación, una mezcla entre inocencia y provocación. Mi respiración se hizo más pesada mientras observaba el conjunto, pero intenté mantener el control. Es, precioso, respondí, haciendo un esfuerzo para que mi voz no temblara. También compré este otro, dijo, sacando un segundo conjunto de la bolsa. Este era negro, mucho más atrevido. Un corpiño de encaje
negro y una tanga de hilo dental a juego. Además, venía con un portaligas que lo hacía ver aún más erótico. Mi madre lo levantó, mostrándome los delicados detalles del encaje, y luego dejó que el portaligas cayera suavemente en su mano.¿ No es demasiado? Preguntó, con una risa nerviosa. Me sentí un poco,¿ cómo decirlo? Desvergonzada comprando esto. Mi cuerpo se estremeció al escucharla decir eso. Sabía que esto era el resultado de la sugestión, pero la manera en que hablaba ahora,
con tanta soltura, superaba mis expectativas. Para nada, además... Estas cosas se usan solo en ocasiones especiales, no es que todo el mundo sepa que las usas. Te aseguro que a papá le va a encantar, respondí, jugando con la situación, pero mis pensamientos iban mucho más allá de ese comentario inocente. Sentía envidia de papá, pero igual disfrutaba de que mamá compartiera ese momento conmigo. Ella sonrió, pero su sonrisa parecía
más relajada de lo que yo esperaba. Dejó el conjunto negro en la cama y sacó el siguiente artículo, un body rojo, con un enorme escote en V que llegaba hasta el ombligo. El material era suave y brillante, y estaba claro que esta prenda no dejaba nada a la imaginación. Mi madre lo sostuvo frente a sí, evaluándolo como si no estuviera segura de haber tomado la decisión correcta al comprarlo. Este demás de atrevido es algo vulgar. Me sentiría una
verdadera puta con él, dijo, mordiéndose el labio. No sé si realmente me lo voy a poner. Mi garganta se hizo agua mientras observaba la prenda, imaginando cómo se vería en su cuerpo. Pero antes de que pudiera decir nada, ella dejó el body a un lado y sacó la última prenda de la bolsa, un camisón transparente, tan fino que era casi invisible. El material apenas ocultaría algo de su cuerpo. Y este es, bueno, ni sé por qué lo compré, dijo, soltando una risa ligera. Supongo que me
dejé llevar. No podía apartar los ojos de la ropa que tenía en las manos. Cada prenda era más atrevida que la anterior, y el hecho de que estuviera mostrándomelas tan tranquilamente, sin ningún tipo de vergüenza, era una señal clara de que mi control sobre ella estaba funcionando a la perfección. Estaba teniendo beneficios más allá de los momentos en los que se encontraba en trance y esa certeza me llenaba de ideas cada vez más perversas. Quizás, comencé,
eligiendo las palabras con cuidado, deberías probártelos también. Así puedo darte mi opinión. Ella río, aunque su risa sonaba algo nerviosa.¿ Probarme estas cosas acá con vos? Preguntó. aunque su tono no era de rechazo, sino más bien de una duda que sabía cómo disipar.« No tenés por qué preocuparte, mamá», dije con calma, acercándome un poco más.« No te voy a mirar mientras te cambias, y además, sólo quiero ver
cómo te quedan». Ella pareció considerarlo por un momento, Luego soltó un suspiro y, sorprendentemente, comenzó a desvestirse de nuevo, con movimientos lentos y calculados. Primero se quitó la blusa y la minifalda, quedando nuevamente en ropa interior. Esta vez, sin embargo, algo había cambiado en su comportamiento. Parecía más confiada, menos recelosa, como si todo esto fuera completamente normal para ella. Entonces, ante mi completa estupefacción, se quitó la ropa interior que
llevaba puesta, quedando completamente desnuda. Le había prometido que no la miraría, pero era imposible. Las tetas se sacudían suavemente mientras caminaba para agarrar el conjunto blanco. Los pezones oscuros me volvían loco. Y las nalgas se separaron levemente cuando se inclinó para agarrar el conjunto recién comprado, dándome por primera vez una visión clara de su profundo orto. Sin reparar en mi mirada llena de lujuria, tomó el conjunto
blanco y comenzó a ponérselo. Se colocó la tanga primero, ajustando las finas tiras sobre sus caderas. Luego, se puso el corpiño, cerrándolo con precisión detrás de su espalda. Cuando terminó, se miró en el espejo, evaluando cómo le quedaba. Y, preguntó, girándose ligeramente para que pudiera verla desde todos los ángulos.
La imagen era simplemente perfecta. El encaje blanco contrastaba con su piel bronceada y la tanga apenas cubría lo necesario, dejando al descubierto gran parte de sus glúteos firmes y redondeados. Mis ojos no podían apartarse de su cuerpo mientras ella se examinaba en el espejo.— Te calza perfecto, respondí, con una frase cargada de más erotismo del conveniente. Ella parecía complacida con mi respuesta y después de unos momentos se quitó el conjunto blanco con la misma tranquilidad con la
que se lo había puesto. Nuevamente, no pareció preocuparse en absoluto por el hecho de estar desnuda frente a mí. Claramente había confiado en mi palabra, pero yo seguía cada movimiento que hacía y la verga parecía a punto de romperme el pantalón de tan dura que estaba. Entonces tomó el conjunto negro, el que venía con el portaligas. Se puso la tanga primero, esa tira fina apenas cubría algo de su cuerpo, desapareciendo casi por completo entre sus nalgas.
El corpiño negro se ajustaba a sus senos de manera perfecta, empujándolos hacia arriba y resaltando su escote. Finalmente, trató de ponerse el portaligas, pero parecía estar luchando un poco con los ganchos.¿ podés ayudarme con esto? Preguntó, su voz completamente relajada. Me acerqué lentamente, sabiendo que este era el momento que había estado esperando. Mi corazón latía desbocado mientras me agachaba
para ajustar las ligas alrededor de sus muslos. El contacto con su piel cálida me envió una descarga de excitación por todo el cuerpo. A propósito, Dejé que mis manos rozaran sus piernas mientras ajustaba las ligas, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos. Cuando terminé, me levanté y ella caminó hacia el espejo para ver el resultado. El portaligas, junto con la tanga de hilo dental y el corpiño negro, la hacían lucir como una fantasía hecha realidad.
Se giró lentamente frente al espejo, admirando cómo le quedaba el conjunto. Es un poco incómodo, comentó, aunque no parecía demasiado preocupada por eso. Te ves, espectacular, dije, tratando de no dejar que mi voz delatara la intensidad de mis pensamientos. Ella sonrió. Era imposible no admirar su cuerpo, sobre todo, ese culo tan parado y carnoso que llevaba. Y con esa tanda absurdamente minúscula, Con ese hilo dental metiéndose en lo más profundo, lucía mejor incluso que cuando estaba desnuda.
Era una imagen pornográfica. Luego se puso el camisón transparente. La prenda era tan fina que apenas cubría algo de su cuerpo, y las curvas de sus senos y caderas se veían claramente a través del material. Era una combinación perfecta con ese conjunto negro que llevaba puesto. Se miró en el espejo. pero esta vez no pareció esperar mi comentario. Yo, por mi parte, apenas podía mantenerme controlado. Mi verga estaba tan dura que dolía, y cada segundo que pasaba se
hacía más difícil contenerme. Sabía que debía mantener la calma, pero verla ahí, frente a mí, con el camisón transparente que dejaba poco a la imaginación, hacía que cada fibra de mi cuerpo gritara por avanzar más. Mamá, te ves increíble, dije. De verdad, muchas mujeres de revistas no están tan bien como vos. Gracias, pero creo que estás exagerando.
Solo decís eso porque sos mi hijo. Al contrario. Si no fuera tu hijo, estoy seguro de que...¿ De qué? Preguntó ella, levantando una ceja.
Nada, Ya me entendés, comenté, advirtiendo que quizás había ido demasiado lejos. No obstante, no pareció incómoda por mi comentario. Quizás la sugerencia que había implantado estaba comenzando a dar resultados, o quizás, simplemente, se sentía más libre de lo normal. Entonces decidí dar un paso decisivo.¿ Sabés qué? Creo que debería sacarte algunas fotos, dije, con un tono neutro, como si le estuviera diciendo cualquier otra cosa. ¿Fotos? Preguntó ella,
visiblemente extrañada. Pero luego su mirada se relajó. Bueno, a lo mejor a tu papá le gustarían. Mi corazón latió con fuerza, casi como si quisiera escaparse de mi pecho. Esa aceptación, aunque dubitativa, era todo lo que necesitaba. El hecho de que pensara en mi padre le daba a la situación un aire de peligrosidad, porque yo no quería que él se enterara de que le estuve haciendo esas fotos. Más tarde la pondría en trance de nuevo para asegurarme
de que esto quedara entre nosotros. Pero por ahora, había que aprovechar el momento. Comencé a sacar las primeras fotos mientras ella se movía con suavidad, aún con el camisón transparente sobre el conjunto negro. Sus movimientos eran lentos, naturales, como si no hubiera nada fuera de lo común en posar frente a la cámara. Le indiqué cómo ponerse, un pie ligeramente adelantado, las manos acariciando su propia cintura y el camisón flotando alrededor de su cuerpo, apenas cubriendo lo
suficiente como para dejar algo a la imaginación. Ella obedeció, cosa que me hizo sentir que estaba tocando el cielo con las manos. Dale, ahora sácate el camisón, le dije, tratando de mantener un tono casual. Ella lo hizo sin rechistar, dejando que la prenda cayera al suelo, quedando únicamente con la ropa interior negra y el portaligas que moldeaba su figura de una forma perfecta. Mi respiración se hizo más
rápida mientras la cámara capturaba cada detalle. Sus senos apenas cubiertos por el encaje, su trasero redondeado resaltando bajo el hilo dental que se hundía entre las nalgas y la forma en que el portaliga se ajustaba a sus muslos.« Ponete en cuatro, de espaldas a la cámara», solté. Ella obedeció con una tranquilidad que me estaba enloqueciendo. Parecía divertida,
como si estuviéramos jugando. La imagen que se formó en el visor de la cámara era irreal, su culo elevado hacia mí, apenas cubierto por la diminuta tanga que se perdía en la perfección de sus glúteos. Cada vez que movía las piernas, la tanga parecía desaparecer aún más entre ellos, creando una escena que difícilmente podría olvidar. Le pedí que girara, que cambiara de posición varias veces. Ahora de perfil, luego de pie, siempre asegurándome de capturar cada curva, cada pliegue
de su piel contra la tela ajustada. Sus senos se alzaban con cada respiración, y el encaje que los cubría parecía estar al borde de ceder, mientras yo seguía tomando fotos con el celular, inmerso en una mezcla de deseo y un poder embriagador. Las imágenes continuaban llenando la tarjeta de memoria, cada una más provocativa que la anterior. Mi madre, sumisa ante cada instrucción, se movía sin cuestionar mis palabras, dejándose llevar por el momento, sin darse cuenta de cómo
su cuerpo respondía a mis deseos más profundos. Le pedí que se recostara sobre la cama, apoyando los codos y levantando el trasero, creando una curva perfecta en su figura. Así, eso es, murmuré, acercándome para ajustar la posición de sus piernas, asegurándome de que el ángulo fuera perfecto. El encaje negro contrastaba con su piel morena y los tirantes del portaligas tensaban la delicada tela, marcando la silueta de sus muslos.
La tanga apenas cubría su sexo y el movimiento de su cuerpo hacía que la fina prenda se desplazara aún más, exponiendo sus curvas de una forma que me hacía perder el aliento. Tomé varias fotos desde distintos ángulos, acercándome, capturando cada detalle. De repente me entró una idea arriesgada. Pero es que todo iba tan bien que no podía evitar preguntarme si podía ir más allá. Ahora podría sacarte la tanga, dije. Mi madre dudó. Me dije que había ido demasiado lejos.
Me había envalentonado pensando que ella seguiría con la lógica de que estaba haciendo todo eso para luego mostrárselo a papá. Me sentí frustrado al darme cuenta de que mi control sobre ella había encontrado un límite. Sin embargo, después de unos segundos que se hicieron larguísimos, con la misma naturalidad con la que había seguido todas mis indicaciones, deslizó las manos hacia el portaligas y lo desabrochó. Me pregunté si su duda inicial había sido por eso, porque mi indicación
no había sido precisa. No podía sacarse la tanga sin deshacerse del portaligas primero. Entonces lo hizo. Mis ojos no podían apartarse de la escena, la tanga se deslizaba lentamente por sus piernas hasta que finalmente la dejó caer al suelo, quedando completamente desnuda ante mí. Su culo desnudo brillaba bajo la luz suave que se colaba por la ventana y el silencio en la habitación se volvió casi insoportable. A través de la lente de la cámara del celular podía
ver cada detalle de su anatomía. Las nalgas se separaron levemente, y nuevamente pude ver ese agujero prohibido en el que algún día pensaba sumergirme, invadirlo con mi miembro viril.« Dale, mamá, gírate hacia mí», le pedí, mientras ella obedecía, quedando recostada con las piernas ligeramente separadas, exponiendo cada centímetro de su cuerpo desnudo ante la cámara. Vi su sexo de labios carnosos, y ese otro orificio por el que una vez había nacido.
pero que ahora estaba ansioso por introducirme de nuevo. Tomé fotos desde distintos ángulos, acercándome lo suficiente como para capturar el brillo de su piel, el suave movimiento de sus senos al respirar, cubierto por su única prenda, el brasier. La última serie de fotos la tomé mientras ella seguía en esa posición, sus ojos entrecerrados, como si estuviera a punto de dormirse en la comodidad de la cama. Me acerqué un poco más, observando cómo su cuerpo se relajaba
aún más, hasta que finalmente bajé el celular. El ambiente en la habitación era denso, cargado de una tensión erótica que casi podía tocarse, y aunque mi cuerpo me pedía avanzar más, sabía que era suficiente por ahora. Me acerqué a la cama y acaricié suavemente su pierna, observando cómo su piel reaccionaba al contacto. Ella apenas se movió, completamente sumida en la calma que habíamos creado juntos. Listo, mamá,
con eso es más que suficiente. Enseguida te paso las fotos, dije en un tono suave, sonriendo mientras me apartaba lentamente. Ella abrió los ojos y me miró, aún con esa expresión tranquila, ajena al peso de lo que había sucedido. Se incorporó lentamente y comenzó a vestirse sin decir una palabra, como si todo lo que había pasado fuera una simple sesión de fotos inocente. Me dije que en un rato debía asumirla de nuevo al trance. Lo más práctico sería
simplemente hacerle olvidar esa sesión de fotos. De esa manera no le contaría a papá lo que hicimos y, además no esperaría que le enviara las fotos, las cuales pensaba guardar en una tarjeta de memoria como un tesoro. Pero ahora tenía que ir a mi cuarto a limpiarme. porque, ante tantos estímulos eróticos, sin que siquiera me haya tocado, había eyaculado, ensuciando mi ropa interior.
Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
