Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos. Herencia, parte 1. Me desperté sobresaltada y tardé en acostumbrar la vista en plena oscuridad para recordar que estaba en la habitación de un hotel. Palpé con mi mano a Pablo, mi chico, que dormía plácidamente a mi lado. De nuevo, el ruido inconfundible del cabecero de la cama de la habitación de al lado, lo que me hizo recordar que se trataba
de mi hermana Laura y su marido, Fran. Por un momento pensé que no, que todo era fruto de mi imaginación, pero los gemidos de mi hermana eran inconfundibles.« Sí, Fran, sí, joder, sí, me matas, sí». Se podía escuchar su voz entre jadeo y jadeo. Me apoyé en el cabecero de la cama y no podía dejar de escuchar cómo Laura gemía ante las acometidas de mi cuñado y le hacía soltar unos buenos gritos cada vez que sus cuerpos chocaban, no podía verlo,
pero sí casi sentirlo. Imaginando a mi hermana boca abajo en la cama y cómo los brazos fuertes de Fran le sujetaban por las caderas y la penetraba sin cesar. De pronto un sonido ahogado por parte de ella y un largo gemido le llevaron a un inconfundible orgasmo y luego, tras varios choques de cuerpos desnudos en un baile frenético y contundente, pude escuchar los gemidos de él, corriéndose con
varios bufidos y respiración entrecortada. Después se siguieron escuchando murmullos indescriptibles, pero yo imaginaba el cuerpo perfecto de mi cuñado Fran, sudado, apoyado sobre el de mi hermana, y en ese momento me hubiera gustado ser yo en lugar de ella. Mi chico, a mi lado respiraba profundamente, ajeno a lo que ocurría en la habitación de al lado y yo, me quedé con un calentón increíble, sentada en la cama, sin poder pegar ojo, y pasando mis dedos por mi rajita, comprobando
que estaba empapada. Me levanté de la cama, con mi cuñado Fran en la mente, a la vez que observaba a Pablo durmiendo sin enterarse de nada. Me dirigí al baño cerrando con sigilo la puerta y observar mi cuerpo en el espejo ataviada con un camisón negro de encaje en el que sobresalían dos puntos en la zona de mis pechos, mis pezones estaban más erectos de lo normal, duros, mi melena negra revoloteada y un leve sudor me impregnaba la cara. Mirándome así, parecía haber sido yo la que
había sido objeto de aquel polvazo antológico. Desde luego, oír al otro lado de la pared gemir a mi cuñado y a mi hermana me había sobresaltado y excitado considerablemente, cerraba los ojos y movía mi cabeza queriendo negar la
situación que en esos momentos estaba viviendo. Al abrir de nuevo los ojos, observaba a través del espejo cómo mis manos desobedecían mi mente y se deslizaban a través de la fina tela del camisón amasando mis pechos generosos, tan sensibles a mis caricias y como mis dedos pinzaban mis pezones y me hacían abrir mis labios húmedos por la lascivia que se apoderaba de mí en esos momentos. Me
veía en el espejo y veía reflejada la lujuria. Apoyé una de mis manos en el lavabo mientras con la otra subí mi camisón y entreabriendo mis piernas un movimiento rítmico cada vez más intenso se apoderó de la humedad de mi coño, mis dedos se deslizaban con pasmosa facilidad debido a mi humedad, primero un dedo y después dos se abrieron camino como pollas largas intentando saciar un deseo incontrolable, imaginando que el miembro de Fran me atravesaba, que no
era mi hermana a la que poseía, que era yo la que sentía su respiración alterada. Junto a mi oído. Una corriente intensa invadió mi cuerpo y mordiéndome los labios, para que Pablo no oyera nada, se convulsionó mi cuerpo manteniéndome en tensión y un orgasmo profundo salió de mi interior mientras mis dedos frotaban con frenesí mi clítoris que terminó estallando.«¡ Uf, joder!», exclamé viéndome la cara de cachonda
en el espejo. Me mojé la cara y tras un rato, salí del baño para acostarme de nuevo, aunque Pablo seguía durmiendo plácidamente y me quedé mirando al techo pensando en lo sucedido. Mi cuñado seguía siendo mi obsesión desde siempre, pero en esa noche, escuchándole cómo volvía loca a mi hermana, entre convulsiones, choques de cuerpos y gemidos intensos, fue todavía más fuerte, hasta que el silencio reinó en mi habitación y parecía haberse apoderado también de la del otro lado
de la pared. No sé desde cuándo mi atracción por mi cuñado Fran se ha convertido en deseo, se puede decir que desde que era una cría, justo cuando él empezaba a salir con mi hermana Laura. De eso hace más de quince años y desde entonces ha sido una fantasía recurrente en mi mente y casi la única inspiración de mis pajas nocturnas, como la de esa misma noche. Incluso follando con Pablo, no he podido evitar muy recurrentemente a que sea la cara de Pablo la que imagine
y que su polla sea la que me taladre. Traté de relajarme y quise quitar importancia a lo sucedido, pues yo quería a Pablo por encima de todo y me satisfacía plenamente, no había ninguna queja, pero Fran era tan perfecto, y ahora tras escucharle al otro lado, imaginarle, un lugar extraño. Este viaje relámpago de los cuatro, no sé, todo era tan loco que creo que me sentí aún más poseída por ese espíritu, pero bueno, me calmé y quise achacarlo a uno de mis incontrolados calentones y no debía dar
más vueltas a lo ocurrido, un relax. Profundo me invadió hasta que me quedé dormida.« Vamos Silvia, despierta, se nos hace tarde y hemos quedado con tu hermana y Fran en la cafetería del hotel para tomar juntos el desayuno», la voz de Pablo sonó sacándome del plácido sueño que me invadía. Volvió a acostarme a adaptarme a ese lugar, pues mi sueño había sido profundo y entonces recordé que estábamos en la habitación de un hotel.¿ Qué hora es? Pregunté dando un salto para levantarme de la cama. Son
casi las nueve y media. Joder, a las once tenemos el funeral. Dije asustada,¿ cómo no me has despertado antes? Estabas tan dormidita, soñando algo bueno, cegramente, y no quise despertarte. Uf, me ducho y bajamos. Dije metiéndome en el baño a toda prisa. Media hora después, tras ponerme el traje de chaqueta y falda a juego, de color negro, nos bajamos
a la cafetería. Allí nos esperaban Laura que parecía impaciente mirando su reloj.«¿ Ya te has vuelto a dormir, marmota?» Me dijo mi hermana, echándome la bronca de hermana mayor, aunque ella sabe que cuando pillo el sueño, este que no me ha despertado. Dije echándole la culpa a Pablo,
aunque no la verdadera razón de haberme dormido. Miré a mi hermana que también se había puesto un vestido negro para esa ocasión y buscando por el restaurante alcancé a ver a mi cuñado que se estaba sirviendo un zumo. Estaba impresionante con aquel traje negro y corbata del mismo color, bueno, Pablo estaba muy elegante también, pero Fran siempre tenía un
plus de elegancia, que era difícil de superar. El cuerpo de Fran siempre ha sido especialmente llamativo, no por ser un tío especialmente cachas, pero con todo en su sitio y se cuida mucho, por lo que me encanta lo bien proporcionado que está, además de ser muy guapo. Vestido, siempre resulta elegante y atrayente y embañador, con ese cuerpo tan bien labrado, es una fuente infinita de fantasías en
mi mente. Mi cuñado se acercó a la mesa y guiñándome un ojo me soltó uno de sus piropos con esa sonrisa que me derrite por dentro.—¡ Qué guapa cuñadita!— Gracias, tú también— contesté dando un sorbo a mi café y juntando mis piernas pues notaba un cosquilleo en mi sexo
cada vez que él se dirigía a mí—. Allí charlamos de lo que había cambiado el pueblo, después de tantos años, casi desconocido con nuevas urbanizaciones, aunque lo que nos había traído a este viaje, tan lejos de casa, no era la de regresar presosamente por placer a ese pueblo, sino el funeral de nuestro tío abuelo Ernesto que había fallecido
repentinamente a sus ochenta y pocos. Recuerdo de haber pasado largos veranos en ese pueblo en casa del tío Ernesto y por entonces nuestra relación era intensa con él, pero nuestros padres trasladaron a la familia al otro lado del país y la distancia y el tiempo han ido borrando parte de los recuerdos de aquel lugar y sobre todo no haber estado más con el tío Ernesto, algo de
lo que nos arrepentimos, tanto mi hermana como yo. Yo era pequeña en las andanzas de aquel pueblo, pero sí recuerdo al tío Ernesto que me quería mucho y tenía un cuarto lleno de cuentos que yo devoraba como una loca, hasta que mi madre me echaba la bronca y me decía, Silvia, cariño, te vas a quedar ciega. Oye, qué pena que no hayamos venido antes al pueblo. Dije yo, intentando que no se notara mi ardor interno teniendo a mi cuñado enfrente y recordando el polvo que le había regalado a mi
hermana esa pasada noche. Ya, pobrecito el tío Ernesto.¿ Te acuerdas cuando veníamos de niñas? Comentó mi hermana era tan bueno con nosotras y lo pasábamos tan bien. En este pueblo no parece haber muchas diversiones intervino mi chico. Bueno, Laura era una adolescente, añadí. Pues peor me lo pones. Comentó riendo Pablo. La verdad es que pasé muy buena adolescencia. Claro de eso hace mucho no había internet. Volvió Pablo con sus grasietas.¿ Ya me estás llamando vieja?
Protestó. Di que no, que mi hermana era la tía buena que venía de la ciudad.« Dije».« Ah, sí», comentó
Fran mirando a su esposa. En ese momento noté cierto enrojecimiento en los carrillos de Laura, porque siempre ha sido algo cortada con eso.« No, bueno, veníamos a ver al tío y poco más. Además recuerdo que tú eras el ojito derecho de nuestro tío abuelo, pero tienes que reconocer que sí que eras muy llamativa».« Era», comentó Laura ladeando su cabeza. Vaya,¿ así que una adolescente atractiva? Comentó Fran
lo que me perdí entonces. Oye, que yo era una cría, protestó mi hermana pues siempre nos gusta vacilarla con eso de envejecer.¿ Qué edad tenías cuando os fuisteis
No me acuerdo. Comentó Laura. Yo diecito diecisiete. Respondí segura. hum, diecisiete, como cuando yo te conocí». Dijo entonces
Fran mirándome fijamente.« Sí, también era una cría, jajaja». Precisamente yo tenía esa edad cuando Fran empezó a salir con mi hermana y ya me impactó desde el primer momento.« Bueno, vamos para la iglesia que no quiero que lleguemos tarde»,
comentó mi hermana para que apurásemos el café. Nada más llegar al velatorio que se celebraba en la misma parroquia del pueblo, las miradas de los hijos y sobrinos de Ernesto nos miraron con cara de pocos amigos y me llegó a parecer escuchar algo como,¿ y estas dos qué
coño hacen aquí? Sin duda, el hecho de haber abandonado el pueblo, no se lo llegaban a perdonar a mi padre y es que, por entonces, no había muchas oportunidades y los que se quedaron, nos miraban con recelo o con envidia, o ambas cosas, Pero lo cierto es que en el pueblo o te dedicabas al campo o poco más había que hacer. Nos sentimos cohibidos al entrar y ver la cantidad de gente que había acudido al velatorio.
Habían transcurrido casi 25 años desde la última vez que habíamos vuelto y la sensación que nos embargó era la de unos perfectos desconocidos y extraños en aquel lugar. Los asistentes al funeral nos miraban como bichos raros y seguramente se preguntaban qué hacíamos allí, siendo familiares tan lejanos y con tan poco contacto en estos últimos veintitantos años. Un hombre a puesto de tez morena que aparentaría unos cuarenta y
cinco años se acercó a nuestro encuentro.—¿ Laura? Su voz grave y dubitativa extendiendo el dedo índice hacia mi hermana sonó entre el murmullo de la gente. Mi hermana se volvió y en un principio se quedó estupefacta sin saber muy bien qué decir hasta que reaccionó con un gesto de sorpresa, pues ella sí que lo reconoció.«¿ Carlos?». Mi hermana se adelantó a nosotros extendiendo los brazos. Él mismo,
una sonrisa de complacencia apareció en sus labios. Estaba claro que ella no había dudado al verle, pero parecía querer hacerse la desentendida. Ambos se fundieron en un abrazo y un beso demasiado cerca de la boca. Aquello parecía un amor de juventud entre mi hermana y ese Carlos y a continuación miré a Fran, por si había notado algo raro, como yo, pero al contrario que Laura, mi cuñado no es nada celoso y charlaba con mi novio como si
tal cosa. Mi hermana por un momento se dio cuenta de dónde estaba y carraspeando, cogiendo del brazo a ese hombre se acercó a nosotros, presentándonos.« Mira, él es mi marido, Fran, él es Carlos», dijo presentando primero a mi cuñado.« Encantado, Fran», respondió Carlos estrechando fuertemente su mano.« Y ella es mi hermana pequeña, no sé si te acordarás de ella».« Bueno, hace mucho, pero sí, eras una mocosa».« Jeje». Sonreí aunque no me hizo gracia su comentario. Luego presentó a mi
novio y Carlos. Tras estrecharle la mano, me cogió a mí de ambas manos mirándome de arriba a abajo.«¿ Así que eres la pequeña y traviesa Silvia que no dejabas de corretear en la casa e ir detrás de los gatos que salían disparados cada vez que te veían?», dijo Carlos soltando una carcajada. Luego pareció darse cuenta de que estábamos en pleno velatorio y bajó la voz ante los
cuchicheos de los allí congregados. En un principio no lo recordaba, pues yo por entonces tendría nueve o diez años, pero rápidamente mi mente empezó a funcionar y recordar un joven con media melena por el que suspiraban las chicas del pueblo y entre ellas mi hermana. Le recordaba un poco chulo y prepotente, pero debo reconocer que, viéndole en ese momento, estaba imponente a sus cuarenta y tantos. Se trataba de
nuestro primo segundo. Carlos se quedó hablando con Laura, supongo que mostrándole discretamente que familias se habían juntado allí y luego nos llevó a la primera fila, donde se encontraban sus dos hermanas que superaban los 50 años y la verdad muy desmejoradas respecto a la idea que tenía de ellas, delgadas y morenas de pelo largo, sus aspectos, al contrario que su hermano Carlos, habían cambiado considerablemente y los kilos habían hecho mella en sus cuerpos, así como las canas
en el pelo. Ellas respondieron al saludo con cierta reticencia y yo, la verdad, seguía sintiéndome algo incómoda, observada por las miradas de esas dos mujeres y del resto de gente que estaba en el velatorio. Pero que era contrastado por la amabilidad que desprendía Carlos que parecía comportarse como
todo un anfitrión. En un lado, apartada del resto de la gente, estaba sentada una mujer que debía ser de la edad de Carlos junto a un joven que la consolaba, mientras ella permanecía con la mirada perdida y fija sobre el ataúd donde reposaba nuestro tío abuelo.¿ Quién es? Preguntó discretamente Laura a Carlos. Es Celia, la viuda y su hijo Martín. Laura y yo nos miramos con sorpresa, pues esa mujer era al menos cuarenta años menos que nuestro
tío abuelo. Sin duda Ernesto había rehecho su vida tras la muerte de su esposa, una mujer que nos quería como si fuéramos hijas suyas, sabíamos de la muerte de nuestra tía abuela, pero de que volviera a casarse, pues. No y viéndola tan apartada tampoco debía ser del gusto
del resto de parroquianos. Un cruce de miradas hubo entre Carlos y Celia, que indicaban que había demasiada complicidad entre ambos y la viuda nos saludó con una forzada sonrisa, aunque se veía que estaba tremendamente afectada.—¿ Y tu mujer?— preguntó Laura.— Me separé hace tres años— respondió Carlos frunciendo
el ceño.— Vaya, lo siento. Yo seguía viendo pasar gente y levantándome a saludar cada vez que Carlos amablemente nos iba presentando, vecinos o algún otro familiar, aunque yo no reconocía a casi nadie, al contrario que Laura, que ella sí tenía más recuerdos. Entonces me senté de nuevo en el banco entre mi novio y Fran y éste se acercó a mi oído. Al notar sus labios tan cerca de mi oreja hizo que todo el vello de mi
nuca se erizase. Me da la sensación de que la muerte de vuestro tío puede sacar muchas cosas ocultas a la luz me susurró y una sonrisa apareció en sus labios. Notar su voz susurrante en mi oído me alteró y un calor se apoderó de mí, aparte del propio calor que hacía en aquel lugar, teniendo que quitarme la chaqueta
que posé sobre mis rodillas. No pude evitar recordar los sonidos que la noche pasada se habían podido oír al otro lado de la pared y a pesar de estar en medio de ese velatorio mi mente no dejaba de imaginar el cuerpo de Fran desnudo y que era yo la que estaba debajo de él, mientras me follaba de aquella forma en la que debía estar haciéndolo a mi hermana. Me abaniqué con uno de los recordatorios para bajar un poco el sofoco. A mi izquierda Pablo me miraba de
reojo, viéndome agitada.«¿ Todo bien?», me preguntó.« Sí, bien, Pablo». Algo sofocada.« Pues me recuerdas a cuando estás cachonda». Me susurró en mi oído.« Joder, hijo, eres incorregible».
Le regañé, pero en el fondo me conoce demasiado bien. Al otro lado, Fran volvía a susurrarme señalando con disimulo a uno y a otro de los familiares por si yo los conocía, pero lejos de reconocerlos, tener la boca de Fran tan pegada, lo que hacía que se elevase mi temperatura, escuchar la voz de mi cuñado. Para volverle a imaginar desnudo, cuando de repente noté como por debajo de mi chaqueta los dedos de mi chico se posaban en mi muslo subiendo la falda.¿ Tú estás loco o qué?
Le dije volviendo mi cara y abriendo los ojos como platos, retirando con disimulo su mano.¿ Es que me gusta verte así y estoy cachondo? Anoche no pudimos rematar la faena y aquí en el velatorio,¿ no te resulta morboso? Era cierto, en el viaje, mi chico y yo íbamos en el asiento de atrás, Fran conducía y Laura iba adelante sin dejar de hablar, como siempre, pero Pablo estaba caliente y se empeñaba en meterme mano, aunque yo estaba algo incómoda, a pesar de la confianza. No me gusta hacer esas
cosas en público, aunque fueran mi hermana y su marido. Además, notaba cierto apuro, cuando Pablo metía su mano por mi escote empezando a palpar mis pechos y veía a Fran a través del retrovisor que no me quitaba ojo. El caso es que mi novio me puso a mil, pero al llegar al hotel, mi novio se quedó frito al momento, en cambio mi cuñado debió cumplir y de lo lindo. No había más que ver la cara de felicidad de mi hermana a pesar de estar un velatorio. Ahora quería resarcirse,
aunque el lugar no era el más adecuado. Pablo volvió a jugar con sus dedos bajo mi falda y se la volvía a apartar.«¿ Es que no te das cuenta del sitio en el que estamos?» Le susurré en voz baja acercándome a su oído y bastante sorprendida por la situación. Me pone muchísimo la situación, un velatorio, una parroquia… Una sonrisa se apoderó de Pablo mientras mantenía la vista al frente donde el resto de los familiares velaban a mi
tío abuelo Ernesto. Por suerte el propio ataúd ocultaba a los de enfrente la mano traviesa y juguetona de mi novio. La mano de Pablo volvió al ataque y plegaba mi falda subiéndola por el interior de mi muslo, mientras yo intentaba cerrar mis piernas infructuosamente pues su mano ya se había colado. Mi cuñado al otro lado no dejaba de hablarme,
mientras mi novio seguía avanzando. Tenía que reconocer que la situación era muy morbosa, debido a la situación y el momento, disimulando para que los asistentes y el propio Fran no se diese cuenta. No pude impedir la punta del dedo corazón de mi chico rozar a mi tanga e iniciar a un movimiento de arriba a abajo humedeciendo mi entrepierna.— Te gusta, cabrona, si ya estás mojada. Me susurraba Pablo al oído sin dejar de acariciar mi rajita empapando mi tanga.
Fran me hablaba sobre la viuda y su hijo, aunque yo no era capaz de hilar la conversación y lo único que hacía era sonreírle disimulando, aunque en el fondo deseaba que ese dedo de mi novio fuese el suyo el que me rozaba. Empecé a notar mis pezones se endurecían y se marcaban en mi camisa blanca. Pablo había retirado el tanga a un lado y acariciaba directamente mi coño y de forma inmediata ese dedo se coló dentro con suma facilidad provocándome una excitación intensa y por un
momento cerré los ojos. Noté que todo me daba vueltas y como si una fuerza externa se apoderara de mí, posé mi mano derecha sobre el muslo de Fran. Fran. Dije en un susurro que salía de mi garganta, creyendo yo misma que era su dedo el que jugaba en mi coño.¿ Te ocurre algo, Silvia
La mirada de sorpresa de Fran se clavó en mí. No. Esto, creo que estoy mareada. Creo que voy a salir.
Dije tartamudeando. Mi novio tuvo que sacar su dedo apresuradamente cuando yo me incorporé y me pidió acompañarme, justo cuando se acercaban al banco Laura y Carlos.¿ Qué te pasa, Silvia? Me preguntó mi hermana. Es el calor. Dije tosiendo, aunque lo que no quería es que se notase debilidad en mi voz. Mis carrillos ardían y mi coño latía con fuerza. Sí,
hace mucho calor. Acompáñame fuera que te sentirás mejor», intervino Carlos, dándome la mano.« Vosotros quedaros aquí», advirtió Laura tanto a Fran como a Pablo.« Mi hermana, Carlos y yo salimos a una especie de jardín que había fuera de la parroquia y en la que habían dispuesto varias mesas con bebidas y algo de picar, una cosa extraña, pero por lo visto era algo muy tradicional en el pueblo cuando
fallecía alguien». Nos acercamos a una cubitera de hielos con varias bebidas y Carlos sin preguntar nos sirvió dos copas de vino blanco a Laura y a mí.« Verás cómo con esto te entonas», dijo él sirviéndonos a ambas.« A ver si nos vamos a emborrachar». Intervino Laura a la
que le afecta la bebida tanto como a mí. Allí ciertamente pude apaciguar ese calor que tenía por todo mi cuerpo, pero no había desaparecido en absoluto el gusto y el palpitar en mi coño, pues mi chico, por un lado, la voz de Fran por otro y mi alocada imaginación, me habían dejado al borde del orgasmo.« Sigues colorada», me comentó mi hermana viendo mi cara.« Sí, es que esto es un poco fuerte». Dije refiriéndome al velatorio, aunque no
era esa la verdadera razón de mi calentura. Bueno, mañana estaremos de vuelta a casa, ya verás qué rápido pasa todo. Estas cosas siempre te afectan mucho, cariño. Carlos fue reclamado por uno de los encargados de la funeraria y me quedé a solas con Laura. Oye, este Carlos, es algo más que un amigo de juventud, ¿no?
Es nuestro primo? Le comenté.— Bueno, primo segundo— dijo ella.— Ya, pero esas miraditas entre vosotros.¡ Qué boba eres!— Vamos, Laura, si no había más que veros
como os mirabais.— Está bueno el tío. Mi hermana estaba apurada y bebió de un trago la copa de vino sirviéndose otra.—¿ No me lo vas a
contar o qué?— insistí.¿ Tú no te acuerdas de él?
Tengo un leve recuerdo, estaba muy bueno y estabais todas locas con él, pero claro, yo era una niña. Además, como era de la familia, tampoco me fijaba en él como. Pues fue él quien, mi hermana se detuvo para dar otro fuerte trago.
Qué pasa? Fue quien me desvirgó.¿ En serio?¡ Qué cabrón! Dije en alto. silencio calla que nos van a oír y qué tal qué tal oye no seas cotilla hace siglos de eso y todavía no
conocía a fran bueno no sé tiene pinta de tenerla grande dije de pronto algo achispada con esa segunda copa que yo también me había servido y esa excitación que no había desaparecido de mi cuerpo No, para nada, normalita, muy normalita, pero la primera vez no se olvida. Depende de lo que consideres normalita.
Comenté. Desde luego más pequeña que la de Fran.
Fran la tiene grande? Lo pregunté instintivamente recordando los gemidos de ella la noche anterior. Mi hermana estaba apurada, pero yo incliné la cabeza al ver que ella no respondía. No era la primera vez que hablaba de sexo con mi hermana, pero sí la primera en hacerlo de algo tan íntimo como hablar del tamaño del miembro de su marido.¿ Qué pasa? Pregunté ante su silencio. Sí, es que la de Fran no se puede comparar a ninguna. Dijo bebiendo
algo cortada.¿ Tan grande es? Creo que mi hermana no quería responder, se había dado cuenta de su error y no era consciente por culpa del vino, ni yo de estar hablando de la polla de su marido y lo cierto es que nunca habíamos conversado de algo tan directo. Pero justo cuando empezaban a temblarme las piernas al escuchar eso, apareció Fran en el jardín.¿ Qué hacen mis chicas favoritas tan solas?
De qué hablabais? Dijo
poniéndose entre ambas y agarrándonos por la cintura. No, de nada. Dijo Laura bebiendo nerviosa otro trago al darse cuenta de que había sido demasiado explícita conmigo. Creo que mi tanga seguía corrido a un lado bajo mi falda y notaba como un pequeño río se deslizaba entre mis piernas mirando a la boca de Fran e instintivamente miré a su paquete. Fran vestía un pantalón algo ajustado y que le contorneaba
perfectamente las piernas. Tanto mi hermana como mi cuñado eran adictos a acudir dos o tres veces a la semana al gym, no como yo que por circunstancias del trabajo me limitaba mucho el tiempo. Además de esa forma de sus músculos bajo el pantalón, también se podía notar ese bulto mágico en la entrepierna en forma de media luna y si en esos momentos suponiendo que estaba en reposo,
que sería de ese bulto en plena erección. Levanté la mirada y comprobé cómo Fran me miraba y me sonreía,¿ se habría dado cuenta de que le estaba mirando, el paquete? Me subieron todos los colores a mi cara deseando desaparecer de allí, volví a dar unos sorbos a la copa de vino, la tensión sexual que me embargaba superaba todo lo imaginable y es que cuando eso me pasa no
soy capaz de tener autocontrol. La gente empezó a dar cuenta de las viandas y bebidas que habían puesto sobre la mesa y entre el vino y el calentón que me invadía quería despejarme un poco fuera de aquel ambiente. No faltaba de nada y más que un funeral, aquello parecía una boda. Voy a dar una vuelta por el jardín y entrar en la iglesia les dije intentando escapar de allí.¿ Te acompañamos? me dijo mi hermana agarrada del brazo de su marido a la vez que le daba
un pico en los labios. como me hubiese gustado sentir esos labios de Fran contra los míos.« Yo os espero aquí, esto tiene una pinta estupenda para degustar», respondió mi novio que no perdía de vista todo lo expuesto en las mesas y siempre es bastante glotón y allí abundaba el jamón, unos pinchos exquisitos y por supuesto un buen vino. Le di un pequeño beso en los labios a mi novio y con mis ojos cerrados volví a imaginar que era mi cuñado quien me besaba.¿ Qué demonios me estaba pasando?
Nos dispusimos a recorrer el jardín que rodeaba a la iglesia y mi hermana se empeñaba en reconocer a la gente que había allí, a la que yo apenas recordaba y a los pocos que reconocí, con el paso de los años, habían cambiado muchísimo. Bueno, también suele pasar que notamos el cambio en los demás y pensamos que nosotros no hemos cambiado nada. Laura.
Una voz femenina sonó en la cercanía. Carmen.
Exclamó mi hermana. Estaba claro que haría muchos años que no veníamos al pueblo, pero mi hermana era muy reconocida por sus vecinos. Un abrazo efusivo se apoderó de ellas y nos la presentó como una de sus amigas de
juventud con la que compartía botellones y calimochos. A diferencia de Laura, Carmen se veía más mayor, con algunos kilos de más y no cuidaba su aspecto como lo hacía mi hermana, pero, aun así, desprendía una belleza que dejaba claro que ambas habían roto algunos corazones en el pueblo.« Adelantaos, en un momento os alcanzo», sugirió mi hermana que volviendo la cabeza empezó a conversar animadamente con su amiga queriendo
rememorar sus hazañas de juventud. Quería despejarme y, al final, lo que había conseguido era quedarme con mi cuñado paseando por el jardín, cuando lo que necesitaba era lo contrario. Noté mi corazón latir acelerado, casi podía sentir los latidos en mi pecho.« Nos han abandonado, cuñadita, así que visitemos los alrededores». Dijo Fran,¿ te apetece? Sí, claro. Visitamos entre otras cosas, la vieja iglesia, con sus santos adornando cada esquina y aquella hilera de velas encendidas que llegué a
recordar de mis visitas al pueblo. En el centro al lado del altar se encontraba el féretro de mi tío abuelo que en esos momentos era velado por unas pocas personas, principalmente mujeres muy mayores y seguimos por un pasillo largo, cuando sonó el móvil de Fran. Sí, un momento, por favor.
Tapando con la mano izquierda el aparato, me hizo un gesto de que salía fuera de la iglesia para contestar la llamada y continué por el pasillo observando las diferentes pinturas e imágenes que adornaban las paredes de la iglesia y principalmente la de San Andrés que era el patrón del pueblo. Al llegar a una puerta que supuse debía ser la sacristía empecé a oír unas voces que susurraban, aunque no logré adivinar lo que decían, lo que sí estaba claro es que eran las voces de un hombre
y una mujer. Como soy muy cotilla, me pudo la curiosidad, la puerta estaba ligeramente abierta y asomé la cabeza con discreción. Padre, necesito que antes de mañana el notario rectifique la cláusula en la que el 80% de sus propiedades pasan a manos de los hijos de su primera mujer y sobrinos, soy su mujer legal y quiero más de ese 20% restante. He estado cuidándole y aguantándole durante 20 años además de darme
un hijo que no quería. Hija mía, es algo en lo que no puedo intervenir, por mucha amistad que tenga con don Manuel, es la voluntad de tu marido y hay que respetarlo. yo puedo absolver pecados,¿ pero llegar a eso? Vamos, padre, usted tiene mucha amistad con él y estoy seguro de que puede conseguirlo, además un buen incentivo donaría para la reforma de la iglesia. Respondía la voz de una mujer,
pues el otro, estaba claro que era el párroco. Intenté acercarme más a la ranura entreabierta y con mucho sigilo entreabrí un poco más y comprobé a un hombre de más de sesenta años vestido con su sotana, era el sacerdote, hablando, con Celia, la mujer de mi tío Ernesto. Imposible, los designios del Señor son inescrutables y hay que respetar su decisión. Como comprenderás, hay cosas que yo no puedo cambiar, dijo
el párroco dándose la vuelta.¿ De verdad, padre? Sonó la voz de Celia mientras empezaba a desabrocharse los botones de su camisa.« Tápate, hija, no está bien lo que haces. Tu marido está de cuerpo presente a escasos metros de aquí». La voz del cura temblaba con su vista clavada en esos globos de Celia. Eso no dijo cuando estaba vivo mi marido y se presentaba en mi casa y yo callaba,
como bien me repetía.« Celia, hija, te estás confundiendo». Me quedé sorprendida tanto por lo que esa mujer revelaba, como el hecho de que fuera con el párroco, bastante más viejo que ella. Celia terminó de desabrocharse todos los botones de su camisa dejando al descubierto dos hermosos pechos cubiertos por un sujetador negro. Viendo que el hombre insistía en que se detuviera en esa actitud, Celia terminó de desabrochar dejando a la vista del cura dos mamás impresionantes coronadas
por dos pezones gruesos rodeados de una oscura aureola. La mujer se agarró aquellas tetas para moverlas lascivamente ante la cara libidinosa del párroco. Dios mío, Celia. Dijo el hombre y es que aquella
mujer tenía unos pechos enormes y bien plantados. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
