GEMELAS - PARTE FINAL (Relato Erótico) - podcast episode cover

GEMELAS - PARTE FINAL (Relato Erótico)

Aug 07, 202546 min
--:--
--:--
Download Metacast podcast app
Listen to this episode in Metacast mobile app
Don't just listen to podcasts. Learn from them with transcripts, summaries, and chapters for every episode. Skim, search, and bookmark insights. Learn more

Episode description

The podcaster did not provide a description for this episode.

Transcript

Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Gemelas,

Speaker 3

parte final El notario nos

Speaker 2

recibió muy pronto, y sentados delante de él, esperamos a que releyera el testamento de De José con sus últimas voluntades. Vamos a ver, el difunto de José, por otra parte amigo mío, dictó que deseaba que Tony, aquí presente, se casara con una de sus hijas y que tuvieran hijos para sucederle y que su familia tuviera descendencia. Exacto, mi marido insistió en ello, por eso estamos aquí, señor notario. Perfecto, y según la documentación que me presentan, han cumplido sus deseos.

O sea,¿ Tony se casó con su hija Azucena, y lo de los hijos? Teresa palpó el vientre de Rosa para aclararle el siguiente deseo de su marido. Los hijos están aquí, bueno, serán hijas, pero sobre eso no dijo nada mi marido. Vaya, eso no lo esperaba. Así que está casado con una hija y tiene los hijos con la otra. De eso tampoco opinaba de José. con mi mujer, Azucena, no he podido tenerlos, así que... Es que somos una familia muy unida y a todos nos ilusionaba tener familia.

Según comprobé, en realidad, el finado no dijo nada respecto a ese detalle, y por mi parte no hay inconveniente. Así que puedo iniciar los trámites para que, una vez cumplidos los requisitos de De José, se pueda ejecutar la herencia y poner a su nombre el negocio de la camisería. Me parece muy bien. En cuanto a mí, es mi intención darle mis apellidos a las gemelas que van a nacer y hacerme cargo de ellas como padre, con la ayuda de Dios y de Doña Teresa, aquí presente, además

de su madre, claro. De eso estoy seguro. No hace falta ver las caras para adivinar lo ilusionados que están con las bebés. Si hacen el favor de firmar aquí abajo, ya les tramito toda la documentación y solo les llamaré para recoger las escrituras. Se firmaron los documentos que hicieron falta y todo quedó claro en la notaría. De allí nos fuimos a otro despacho, esta vez el de un abogado,

amigo de Marta, especialista en divorcios. Allí los trámites fueron todavía más breves, al haber un acuerdo entre las dos partes. Se limitó a unas cuantas firmas y, al salir, prácticamente nos sentíamos libres de compromiso. En fin, creo que es lo mejor que podíamos hacer, ¿verdad, Azucena? Pienso igual que tú, Tony. Lo intentamos, pero no salió bien. Por mi parte, así fue, y siento que no te quedarás en cinta, ya que reconozco que pusiste todos los medios a tu alcance, aunque

no sentías por mí todo lo que pienso que sería necesario. Bueno, chicos, no es tiempo de haceros reproches. La verdad es que ha sido una buena idea la tuya, Tony. Así mi hermana podrá realizar su sueño y aprovechar la ocasión. Yo la voy a extrañar mucho, al irse tan lejos no la podré ver como quisiera, pero con lo importante que es la empresa, no dudo que podrá venir a vernos a la menor ocasión. Eso te lo juro desde ahora, hermanita, no creas que te vas a poder deshacer de mí, jajaja.

Eso nunca, amor. Teresa abrazó a las dos, con cuidado de no apretar la panza de Rosa, que ya estaba a punto de parir. Cuando llegamos a casa, Azucena estaba pletórica pensando en su nueva etapa, y yo más, al haberme quitado el peso de un matrimonio fallido que tanto me había machacado. En un principio no fue fácil convencerlas. Cuando les expuse mi decisión, les pilló por sorpresa, pero yo estaba tan decidido y convencido que no les di

otra opción. Estaba harto de hacer el paripé de un casamiento en el que yo solamente era la herramienta para cumplir el deseo de De José, que, aunque muy loable, me obligaba a cumplir con cosas que no me gustaban desde el principio. Después de muchas reticencias, les toqué el punto débil y claramente les dije que sus preferencias sexuales, que yo admití, no fueron nunca de mi agrado, pese a que ayudé a facilitarlas, ya que ellas sobreponían todo

a mis sentimientos. Teresa se puso de mi lado, y Clara, que estaba delante, también asintió, aunque no era de su incumbencia, pero estaba al tanto de toda la historia desde un principio. Rosa, al comprender mis razones y admitiendo que ella también estaba sojuzgada por la presencia de su hermana, admitió que, en efecto,

habían abusado de mi buena voluntad. En ese momento les agradecí que me hubiesen dado libertad, mirando a Teresa, para intentar solucionar el tema de la descendencia, aunque fue Rosa la que, sin querer, resultó ser la generosa mamá. Tony, me alegro mucho de que hayas tomado esa decisión, y aunque sea mi hija, comprendo que no has sido feliz al casarte con ella. Yo sabía que pasaba y reconozco que fue un error. Ahora solo deseo que Rosa tenga

sus hijas y todo vuelva al camino normal. Lo que no acabo de entender es por qué dijiste eso de que contabas conmigo y menos todavía que incluyeras a Clara. No es por nada, pero no comprendo esas peticiones tan extrañas. No te preocupes, Teresa. A su tiempo ya te iré aclarando todo, aunque presiento que tú misma lo vas a ver. Creo que ya voy conociendo a tus hijas y sé por dónde van a salir. Azucena contactó enseguida con el colegio irlandés y se puso en contacto con la empresa,

que la captó enseguida. Aunque les extrañó que no fuera Rosa la que iba a aceptar el trabajo, la respuesta que dio Azucena alertó a Teresa, que estaba cerca del teléfono. Sí. Rosa, mi hermana ahora mismo no puede, está a punto de tener a sus hijas, pero no tardará en ponerse en contacto con ustedes también. Nos complace mucho oír eso. Nos encantaría tenerlas a las dos juntas en nuestra empresa. No se preocupe, les tendré informados. Teresa no entendía nada y

me miró extrañada. Yo no le aclaré nada, pero sonreí para mis adentros pensando que mi intuición no me estaba fallando, pero mi decisión estaba tomada. Tony,¿ qué quiere decir mi hija? Ya lo has oído, Rosa tiene tantas ganas de volar como Azucena. Yo creí que te casarías con ella. Ahora que vienen las niñas. No es mi idea. Como ves, tu hija antepone su trabajo y su posición social a todo, y el estar con su hermana pesa mucho. Una vez me dijo que estaba influenciada por Azucena, ya no sé

qué pensar, a lo mejor la tiene idealizada. Entonces,¿ qué va a pasar con las niñas? Eso me lo tienes que decir tú. Por mi parte, me voy a hacer cargo de ellas, son mis hijas y las criaré lo mejor posible, pero no me vendría mal una ayudita de su abuela.¿ De verdad serías capaz de eso? Por supuesto que puedes contar conmigo. Lo que no entiendo ahora es lo de Clara. También pensé que no te vendría mal un apoyo de Clara. Es más joven y así no

será la carga tan pesada para ti. Criar un bebé debe ser muy pesado, y dos, pero si no quieres, no hay problema, yo me haré cargo de todo.¿ Qué va? Al contrario, me encantaría que Clara nos ayudara. Sería la persona ideal, le encantan los niños, lástima que no sean de ella. Bueno, de momento puede ser la tía de las gemelas, se hará de querer. Seguro que sí. Déjame que te dé un beso. las hermanas nos miraron con sorpresa.

Parecía que no estaban afectadas por su nuevo futuro, pero no entendían que nosotros no estuviéramos tristes y preocupados con lo que se nos venía encima. Rosa se notaba que no estaba afectada, al contrario, para ella se le quitaba un peso de encima, aunque hizo un poquito de drama para justificarse y soltó unas lagrimitas lamentando que no podría ver crecer a sus gemelas. Al principio, Azucena, desde Escocia,

nos escribía todas las semanas. Nos contaba todas las cosas que le pasaban, el idioma, aunque igual, era un poco diferente al inglés irlandés, el carácter de las gentes también y todavía más el ambiente, pero estaba muy contenta. En cada carta le dedicaba un párrafo a Rosa, animándola a reunirse con ella. El parto fue por cesárea. Pasamos una noche horrible en la sala de espera. Al principio intentaron que pariera de forma natural, pero ante las complicaciones que surgieron,

decidieron cortar por lo sano. Así que tuvo que estar unos días hospitalizada. Ese fue uno de los motivos, no el único, para que no pudiera darle de mamar a las dos niñas, que nacieron sin problemas, aunque de pequeño tamaño. Los médicos le recomendaron dejar la lactancia aparte y alimentarlas con biberón, ya que así podían controlar mejor la cantidad y,

sobre todo, la calidad de la leche. Las inscribí en el registro civil con los nombres de Cruz y Dalia, este último en honor a la flor, aunque en el último momento decidí ponerle a la segunda niña el nombre de su abuela, Teresa, con el acuerdo de esta. Desde el primer día, Clara se volcó con las niñas. Su madre, aún convalesciente, apenas podía sostenerlas en brazos, y su abuela estaba siempre al quite. Yo procuraba dividirme para atender a las dos, aunque reconocía que con las dos mujeres no

podía competir. Aún así, me sentí dichoso de que me dejaran cambiar el primer pañal, que resultó muy divertido, jajaja. Desde el principio, las dos cunas las instalamos en mi habitación. Rosa, para descansar más, se instaló en su habitación mientras que Teresa se venía a mi cama. Allí, los dos, como un matrimonio, estábamos pendientes de cualquier necesidad de las crías. Durante el día, era clara quién se ocupaba de ellas

y la verdad es que tenía muy buena mano. Con muchos cuidados y más ganas de curarse, Rosa se incorporó pronto a la tarea de cuidar a sus hijas, aunque pronto demostró que su idea de la maternidad no era lo que se esperaba de una chica recién parida. Así lo comprendimos todos y no le pedimos nada que no saliera de ella, que cada vez era menos. Por eso no nos extrañó que no tardara en llamar a Azucena para que fuera allanando el camino para irse con ella.

Según nos confesó, veía a sus hijas mucho mejor atendidas que si fuera ella misma la encargada de hacerlo. Para ella, atender a sus lloros, sin saber si tenían hambre, sueño, les dolía algo o simplemente lloraban por llorar, resultaba una montaña. Mientras tanto, Teresa o Clara las entendían como si hablaran. El día que acompañamos a Rosa al aeropuerto, su madre lloraba. Yo creo que más por sus nietas que por su hija. Sabía que no había nada de maternal en ella, solo

las había parido, que ya era mucho para ella. Yo no lloré, al contrario, me sentí aliviado. Ahora mis hijas podrían crecer como a mí me gustara, sin ser coaccionadas por la relación tan tóxica de la madre y la tía. Se dice que los niños crecen rápido, sobre todo en la casa de los demás, y es cierto. pero en mi caso se me hizo corto. Todos los días jugaba con ellas y Teresa me ayudaba en todo. Clara estaba pendiente de las dos y pronto empezaron a andar, o

mejor dicho, a gatear. A Teresa le encantaba cuidar de las niñas, pero el trabajo duro lo llevaba Clara. Teresa se daba cuenta y no solo de eso. Ahora ya no quedaba nada por traer de su casa antigua y una noche me dijo, Tony, te agradezco que me cuides y me trates como si fuera tu mujer. Siempre te he admirado por ello. No puedo más que quererte. Desde el principio, para mí has sido mi mujer, tú lo sabes. Sí, pero los años pasan y hay que admitirlo. Yo me

voy haciendo mayor. Pues no lo he notado. Desde aquel primer día que follamos no he notado diferencia, jajaja.¿ Qué tonto eres?¿ Te crees que no tengo espejo? Y más conociéndote como te conozco. Yo me siento muy a gusto contigo y mejor todavía dentro de ti. Y yo cuando soy tuya también, pero... No la dejé terminar. Rodé sobre ella y acerté entre sus piernas a la primera. Mi polla se sabía el camino de sobra. Follamos con ardor.

Ella ya no se movía como antes, pero yo sí, y le fui poniendo en las posturas que sabía que le gustaban más y que no exigían mucha pericia. Se corrió como siempre. Sus orgasmos eran ruidosos y, sobre todo, sinceros. Pero cuando todavía estaba respirando agitadamente, me dijo,« Tony, sabes que no soy egoísta». Ya lo sé, de siempre. También sabes que no

Speaker 3

estoy ni ciega ni sorda. Claro, no faltaba más.¿ Qué quieres decir? Tú ya sabes. No quisiera acapararte

Speaker 2

Tú eres joven y necesitas a una mujer joven a tu lado. Bueno, no te voy a negar que eso no es un problema para mí. Ya lo sé. Tu lista es larga y, sobre todo, importante. Tienes buen gusto, pero el día a día es importante. No sé a dónde quieres ir a parar. Solo te diré que desde hace un tiempo ya no hay nada que traer desde mi casa,¿ o no? Ja, ja, ja, vaya con Teresa.

Speaker 3

Eso no me lo esperaba. ¿Acerté? De pleno.¿ Quieres decir qué? Clara

Speaker 2

se merece tus atenciones. No digo que yo renuncie a ellas, pero creo que tú puedes contentarnos a las dos. Eso los aseguro. Te lo agradezco mucho, Teresa. Aprecio mucho a Clara y siempre ha sido una de mis mejores parejas en la cama. Pero tú has sido y serás la primera. Incluso te confieso que me hubiera casado contigo sin vacilar. No creas que no lamento la diferencia de edad. Además, aunque lo intenté, ya no estaba en edad de ser

madre y eso que lo intentamos, ¿verdad? Mucho. No creo que muchas parejas hayan follado tanto y tan bien como nosotros, jajaja. No me lo recuerdes.

Speaker 3

Ha sido fantástico. Ahora es tiempo de pensar en ti mismo. Anda y disfruta.

Speaker 2

Acompaña a Clara. Es una mujer excelente y será una buena madre, pero no me olvides tampoco, por favor. Eso nunca. Aquel segundo polvo fue tierno, con amor. Teresa era una mujer de pies a cabeza, que comprendía todo lo que pasaba a su alrededor mejor que nadie. Por eso sorprendió tanto a Clara que, antes de levantarse, me metiera en su cama. Tuvo un momento de duda y temor. Por un momento pensó que era cosa solo mía, pero me miró y miró a la habitación de Teresa y ya comprendió.

Me abrazó cuando la rodeé con mis brazos. Rodé sobre la sábana hasta ponerme encima y ella, al sentir mi dureza, acercó su pubis a mí para recibirme. No tuve que buscar mucho. Sus labios estaban calientes, abiertos y mojados, y mi polla se escurrió dentro de ella con tal suavidad que, de un solo empujón, llegué al fondo de su ser. La crianza y la educación de las niñas fue cada vez mejor. Si Clara hasta ahora se portaba como la chica cariñosa que cuidaba de ellas, ahora era como una madre.

Parecían que eran suyas y las trataba con tanto amor que sorprendía a Teresa y, por supuesto, a mí. El día, posiblemente, más feliz de su vida, fue cuando las niñas, que apenas decían alguna palabra suelta, le llamaron tía. Esa palabra le emocionó tanto como a mí cuando aprendieron a decir papá. A Teresa no tardaron en llamarla mami y toda la casa se llenó de risas y alegría. El tiempo volaba. Las hermanas, según nos contaban, estaban muy ilusionadas. Después del

cursillo en Escocia, marcharon a Sydney, en Australia. Allí, en una empresa que comercializaba con piedras preciosas, como las esmeraldas, diamantes, rubíes o el jade. Las dos estaban muy bien consideradas y pronto controlaron la producción y distribución de las diferentes minas que hay repartidas por aquel continente. Al principio, Rosa y Azucena escribían mucho, más que nada contando sus experiencias. También vinieron una vez por Navidad y casi no creyeron

lo que vieron. Las niñas estaban muy encariñadas con Teresa, pero también con Clara. También notaron el cambio de trato de Clara conmigo y viceversa. No pareció que les afectara mucho, aunque le preguntaron a Teresa que había desierto. Teresa, sin inmutarse, les contó que era con su bendición, y ellas, como vieron que todo funcionaba bien y conociendo a las dos mujeres y a mí, no pusieron reparos. Su vida estaba

a muchas millas de aquí. Aún así, cuando se dieron cuenta de que Clara ocupaba mi corazón y la cama, se sintieron desplazadas. A la vez que subían sus expectativas, sus cartas se fueron espaciando. Azucena preguntaba por Teresa y las sobrinas, por mí, cada vez menos. Fui pasando a un lugar menos importante. A mí no me molestaba. Con Rosa pasó algo parecido. Primero eran sus hijas y su madre, luego yo, pero también sus hijas fueron perdiendo protagonismo y

yo mucho más. Su madre era más importante para ella, y su hermana todavía más, pues siempre contaba sus éxitos antes que los suyos propios. El día que mi madre me llamó, me alertó nada más oír su voz. Inmediatamente pensé en mi padre, pero no, esta vez era mi abuela. La mujer, ya muy mayor, había decaído en poco tiempo y, pese a los cuidados de mi madre, no pudo remontar una neumonía. Mi prima Elsa marchó unos días antes de fallecer y ayudó a mi madre en todo, fue un

gran consuelo. Yo llegué dos días antes y pude ver cómo se portó con mi madre. Se lo agradecí por la noche, cuando mi padre roncaba y mi madre velaba a mi abuela, durmiendo abajo con ella. Al entierro acudió mucha gente. Mi abuela era muy querida por todos, y fue una gran pena su pérdida. Hacía tiempo que no follaba con Elsa y me gustó revivir momentos felices. Ya no nos acordábamos de Joaquín, aquello era agua pasada y le sirvió de escarmiento. Ahora era una modista con renombre,

sin duda también gracias a Soledad. Con esta no perdí el contacto, y siempre que podía, iba a su tienda a hacerle una visita de cortesía. Era una amiga de verdad, sensata y sincera. Yo pensé que mis padres volverían a la ciudad, pero ellos, sobre todo mi padre, ya estaban habituados al ambiente del pueblo y se quedaron a vivir en él. Solo venían a la capital para visitar a sus nietas o para comprar alguna cosa. Mi prima Susa seguía teniendo sus cosas en su habitación, pero apenas pasaba

por casa. Siempre estaba de viaje y no era raro verla acompañada de los modelos más guapos del momento. Me alegré por ella, aunque cuando venía, quedábamos en mi casa para que me contara sus éxitos. Como de costumbre, me cabalgaba tan cariñosamente que me corría en ella varias veces. La carrera de Susa fue fulgurante. Casi me había acostumbrado a verla en las revistas. Se había hecho un nombre en el mundo de la moda y muchas veces solo la llamaban para dar caché a las marcas. En su empresa,

la consideraban como el modelo a seguir. Ella acudía a los eventos, distribuía el trabajo y, al ser experta en todas las materias, aconsejaba a las modelos de pasarela sobre su look, que acogían con agrado. Confina era diferente. Estar con ella era como estar en casa con zapatillas, era la tranquilidad, el reposo del guerrero. Con ella no había que preguntar, Fina se anticipaba a todo y me hacía sentir como un emir en su harén. Conocía mis gustos

como nadie y yo le correspondía. Nunca pedía nada, pero yo procuraba que tampoco le faltara nada de lo que le pudiera apetecer. En la boda del aprendiz, Ángel me hizo el honor de nombrarme su padrino y Fina fue la dama de honor de su novia, Pili. La chica sabía del gusto exquisito de Fina y la admiraba profundamente, siguiendo a ciegas cualquier sugerencia suya. Sabía de su gusto por los vestidos y maquillajes y quería tener una boda sonada. El día de la boda, estábamos en casa de Pili

para acompañarla a la iglesia. Ya estábamos retrasados cuando Fina se asomó a la puerta de la habitación de la novia. A mí me extrañó porque me llamó en un tono que se prestaba a confusión por su complicidad. Al entrar, me encontré a las dos. La novia estaba muy nerviosa, y Fina ya estaba harta de que no dejara de llorar, porque no estaba convencida del todo del paso que iba a dar. No daba ningún argumento en contra ni a favor,

simplemente eran los nervios preboda. Todavía no se había puesto el vestido, y Fina me dijo que pasara a la habitación donde estaba el vestido blanco expuesto en un maniquí. Billy, a su lado, estaba sentada en su cama, llorando desconsoladamente. Era una pena porque el maquillaje y el rímel se le estropeaban después de que Fina se hubiera esmerado con ella. Así que me sugirió que debía hacer algo con ella para convencerla. En un caso así, no sabía cómo actuar,

pero Fina tuvo una idea luminosa. Me acercó a ella y la tumbó sobre su cama, boca abajo. Luego le bajó las braguitas blancas con puntillas, a juego con la liga y el sujetador, y me miró con cara de pena. Ella misma escupió entre las nalgas de Pili, y yo me preparé para apoyarme entre los dos cachetes. Fina actuó de maestra de ceremonias y me cogió la polla, encarándola

hacia el culo de Pili. Al parecer, fue como un bálsamo para la joven novia, porque apenas sintió el tacto caliente de mi polla, paró en seco de llorar y separó las piernas. Fina miró mi capullo y, como le pareció todavía seco, se lo metió en la boca para lubricarlo. Luego lo apuntó al culo de la joven y me dio una palmada en el culo. Billy clavó las uñas en la sábana y mordió la almohada, pero no gritó nada.

Al contrario, aspiró aire y gimió con un largo suspiro cuando sintió la polla abrirle la carne hasta el final. De buena gana habría cambiado al coño, que supuraba espuma blanca cuando se corrió, pero fina no me dejó. El novio debía estrenarla en la noche de bodas. Yo lo comprendí porque mi noche de bodas no fue muy feliz, pero apuré demasiado porque ya estaba aferrado a la cintura de Pili. Aún así, Fina se interpuso y, de un tirón, sacó la polla y la encaró a la boca de Pili. Esta,

cuando pudo tragar, sonrió agradecida. Los nervios le habían desaparecido por encantó y estaba dispuesta a todo. Al entrar en la iglesia, cógida de mi brazo, me apretó con la mano y se relamió el labio. Yo no me había dado cuenta, pero Fina, al llegar al altar, le advirtió que todavía le quedaba un poco de leche seca en la comisura. La boda fue muy emotiva. Algunas amigas de la novia lloraron y se disputaron el ramo cuando lo

lanzó hacia atrás, según la tradición. El novio me agradeció confidencialmente, ya terminando el convite, que mi consejo le había dado muy buenos resultados y yo me alegré de ello. Las gemelas fueron distanciando sus cartas. Teresa lo encontraba normal, o eso decía, pero a mí no me extrañaba. Imaginaba que las hermanas estarían viviendo como en una nube, tanto de día como de noche. Así que me centré en mis hijas, que crecían a pasos agigantados, dándonos alegrías todos los días.

Las alegrías infantiles eran muy celebradas. Cada día era una cosa nueva a la que aplaudíamos, Teresa, la mami, Clara, la tía, y yo, el papá. Para ellas éramos su mundo y estaban encantadas. No les faltaba de nada y vivían felizmente. Pero todavía nos faltaba recibir una alegría más, y eso fue el día que celebrábamos el primer cumpleaños de las niñas. De soplar las velas de la tarta se encargó Clara. Eran dos velas diferentes pero del mismo tamaño.

Las niñas eran, obviamente, demasiado pequeñas para soplar, pero Clara quiso hacerlo y lo hizo tan fuerte que apagó las velas e incluso las tumbó. Además, lo hizo como si para ella fuera un esfuerzo sobrehumano. Teresa la miró confundida, pero al momento su expresión cambió y me miró. Yo miré a Marta y su hija, fina y soledad, además de Elsa y Susa, que no quiso perderse la celebración. Allí estaban todas mis mujeres. Yo me sentía honrado porque

todas me respetaban y me querían. Nunca les pregunté, pero entre ellas había un vínculo secreto que respetaban, yo y mi polla. Clara salió corriendo del salón, tapándose la boca con fuerza. A lo lejos, oímos como la pobre tenía unas arcadas horribles. Todos los presentes comprendimos lo que le pasaba a Clara, la tía Clara estaba preñada. Cuando volvió con los ojos enrojecidos, por los esfuerzos para echar lo que le molestaba en el estómago, venía sonriente. Ya lo

sabía y no lo podía ocultar ni disimular. Se me echó a los brazos y miró a Teresa. Esta se unió a nuestro abrazo y cogió a las niñas, juntándolas con nosotros. Ahora sí que éramos una familia de verdad. La boda con Clara fue muy íntima y emotiva. Apenas acudieron 20 personas. Recibimos unos buenos regalos traídos por DHL desde Sidney, aunque las gemelas se excusaron de venir por motivos de trabajo. Teresa se convirtió en la suegra madre abuela de todos.

Cuando nació Antoñito, las niñas se alegraron mucho de tener un primo hermano, o al revés, y las dos se aprovecharon de que él mamara mucho para darle alguna chupada a las tetas de Clara. No niego que yo también lo hice, por curiosidad y por placer. A ella le gustaba que, cuando Antoñito había acabado su ración, fuera yo a liquidar existencias y le vaciara la leche que manaba sola. Clara parecía un ama de cría, las tetas le iban a estallar de tanta leche que Antoñito podía disfrutar sin

temor a quedar con hambre, junto a su padre. La tienda iba bien, por lo que me animé a hacer una reforma total en un verano, porque la ciudad parecía vaciarse, con sólo turistas por la calle. Hicimos la reforma y, cuando abrimos después de vacaciones, todo el mundo quedó extasiado. Los dependientes casi no se atrevían a tocar nada, la iluminación, los escaparates, las estanterías y, por supuesto, la caja registradora,

que cambiamos por los últimos modelos. La caja antigua de Fina la restauramos y la pusimos en el escaparate en homenaje a de José. Él era el artífice del negocio y se merecía un sitio de honor. Los niños crecieron prácticamente juntos. Antoñito jugaba con las gemelas como uno más, ellas incluso lo cuidaban como si fuera su hijo. Clara criaba a los tres niños por igual. Nunca le vi preferencia por el niño al ser suyo. Las niñas, desde un principio, se encariñaron con su hermano y lo mimaban

como si fuera un muñeco. Yo viví una temporada muy feliz. Todo iba bien. Las niñas crecían en la armonía de una familia normal. Nunca hubo recelos entre Clara y Teresa, las dos eran mis esposas. Clara, como más joven, era la que recibía mis mayores atenciones, aunque Teresa, a la menor excusa, me recibía en su habitación. Sobre todo en los días en que Clara no estaba receptiva, esos días Teresa era mi esposa oficial, sobre todo en la cama.

Yo apreciaba mucho a la abuela de mis hijas. La mujer se desvivía por cuidarlas y darles la educación que en su momento descuidó con sus hijas. Por eso no me preocupaba cuando tenía que llamarles la atención por cualquier chiquillada. Sabía que era una madraza con ellas y que las llevaba por buen camino. Igual que Clara, que con su instinto maternal cuidaba de los tres niños con un celo que me sorprendía a mí mismo, sobre todo cuando estaban

enfermos o simplemente cuando estaban estudiando. Que ella misma controlaba para que no se despistaran y estuvieran atentos. Yo me obligué a reestudiar con ellos para resolver algunos temas ya olvidados. Una noche, Clara me comentó que notaba a Teresa un poco rara. No le comprendí, y ella me insistió en que parecía que estaba un poco apagada. En un principio, lo atribuía que ya era mayor, yo mismo lo notaba

cuando iba a hacerle alguna visita a su cama. Teresa ya no era la mujer tan fogosa, con aquellos orgasmos ruidosos que alborotaban a sus hijas. Ahora lo sufría con una suavidad que la relajaba, más que excitarla. Pero un día me preocupé. Estaba sobre ella, apoyado con los codos y las rodillas en la sábana, y la polla entrando y saliendo entre sus labios. No descargaba mi peso sobre ella, eso ya lo iba haciendo desde hacía algún tiempo para

que solamente disfrutara de mi verga sin mi peso. Cuando se llevó las manos a la cabeza, al momento sentí que su vientre temblaba y se contraía. Inmediatamente pensé que se estaba corriendo, como siempre, pero al terminar siguió con las manos en la cabeza, como si le doliera. Su costumbre, después de correrse, era darme una sesión de besos tiernos, agradeciendo el feliz momento que había sentido. Aquel día fue diferente, y lo peor fue que me rogó que la dejara sola.

Eso me extrañó mucho, sobre todo porque yo no me había corrido todavía. Normalmente, ella esperaba a que me vaciara dentro para sentir el calor de mi leche en su coño excitado. Respeté su voluntad, pero no me fui de su lado. Simplemente me lavé y esperé para ver su reacción. Yo estaba boca arriba con la polla como un obelisco, esperando a que ella, una vez pasado el momento de máxima excitación, se dedicara a mi polla a su gusto. Para mí, sus caricias eran igual de importantes y excitantes,

pero no se movió. Quedó sujetándose la cabeza, sobre todo del lado derecho. Seguí mirándola de reojo, esperando su recuperación, que no llegó. La polla se me bajó y yo seguí esperando, pero ya me extrañó bastante. Me incliné sobre ella. Tenía una expresión de paz que nunca le había visto. Aún así, esperé, pero noté que su respiración no era muy regular. Estaba acostumbrado a oír como su corazón palpitaba, después de correrse, como un tambor, pero ahora parecía un

eco en su pecho izquierdo. Me levanté y fui a la cocina. Clara estaba preparando los desayunos de los chicos, que ya eran mayores e iban juntos al colegio. Clara, al volverse hacia mí, sonrió al verme desnudo con la polla caída. No es que la llevara siempre plantada, pero viniendo de la habitación de Teresa, le chocó. Cuando los niños se fueron a clase, le conté lo que me había pasado, letra por letra. Clara, en un principio, no le dio importancia. A ella también le pasaba que, al correrse,

le dolía la cabeza por la tensión. Pero al decirle que no reaccionaba después, quiso ver que había de cierto. Cuando entramos en la habitación de Teresa, todavía se apretaba la cabeza. Estaba como yo la había dejado, desnuda, con las piernas entreabiertas y los labios del coño mojados de flujo. Estaba claro que se había corrido. Clara me demostró que era una mujer de recursos cuando apoyó la oreja sobre

la teta izquierda para escucharle el corazón. Me miró preocupada al oír que los latidos no eran regulares y me recomendó que llamara al médico urgentemente, mientras ella le ponía el camisón y le secaba las ingles. Cuando vino el médico, nos dijo que sospechaba que el corazón no le funcionaba bien o que posiblemente había sufrido un ataque cardiovascular. Una ambulancia se la llevó al hospital, mientras nosotros fuimos detrás

con el coche. Cuando llegamos, ya estaba en urgencias y nos dijeron que el pronóstico era grave, Teresa había sufrido un ictus que, aunque se había cogido a tiempo, podía repetirse en cualquier momento. Por desgracia, se repitió. Nos lo dijo su médico de cabecera cuando salió del box. Nos contó que Teresa sufría desde hacía tiempo de las arterias, pero nunca quiso decir nada. Como yo conocía al doctor desde hacía mucho tiempo, le insinué si podía haberse provocado

por una excitación fuerte y repentina. El médico captó mi indirecta y me tranquilizó. Él sabía que habíamos intentado tener hijos desde hacía mucho tiempo y comprendió que yo me refería a un orgasmo o algo parecido. Así me quedé más tranquilo. Fue el momento más triste de mi vida. La suerte que tuve es que tenía a mi lado a Clara, a los niños y a todas mis mujeres, que se volcaron en apoyarme y darme ánimos. Rosa y

Azucena vinieron lo antes que pudieron. Sidney estaba a muchísimas horas de vuelo, y retrasamos un poco el entierro para que llegaran a tiempo. Al ver a las gemelas, me parecieron muy cambiadas. Ninguna de las dos había encontrado pareja, conociéndolas, era lo normal. Allá, tan lejos, se habían unido todavía más. Lo que sí noté es que las niñas apenas les hicieron caso a su madre y a su tía. Para ellas eran parientes lejanos. De hecho, a su madre le llamaban Rosa, no mamá, y a su tía Azucena le

llamaban simplemente Asu. Ninguna de las dos mostró especial cariño por las niñas, que apenas habían visto más que cuando venían unos días de vacaciones. Después del entierro, las gemelas estuvieron en casa dos días más. Aprovecharon para salir por la ciudad a hacer unas compras. Yo, en mi tienda, estaba descorazonado, solamente animado por Fina y mis compañeros. Cuando me avisaron de la notaría, no me figuraba para qué era. Para mí, el mundo se había parado, pero el notario

me leyó el testamento de Teresa. En sus últimas voluntades, me dejaba la casa donde vivíamos y otras propiedades. La tienda ya era mía, además de una suma importante de dinero. El resto de la herencia se lo dejó a sus hijas gemelas. A mí no me importaba, con lo que me dejó, podía vivir y criar a mis hijas y encontraba lógico que sus hijas recibieran la mayor parte de

sus bienes. Pero al terminar de leer las últimas voluntades, el notario leyó otro documento que, según dijo, era la renuncia de las gemelas a su parte de la herencia en favor de Cruz y Tere, mis hijas, nombrándome a mi sututor hasta la mayoría de edad. La vida fue muy triste sin Teresa, pero con el tiempo se fue suavizando. Clara me ayudó mucho a superar la pérdida de la mujer más importante de mi vida. Mis hijos también ayudaron mucho a sobreponerme y poco a poco volvimos a la

normalidad familiar. Aquella tarde de verano, me acosté un rato para hacer la siesta. El calor apretaba y aunque la brisa venía del mar, hacía calor. Yo tenía la ventana de mi habitación entreabierta, con la persiana casi bajada y el toldo echado, dando una semipenumbra que refrescaba la estancia. Ahora estaba tranquilo, medio dormido. Mi mujer, Clara, estaba en la terraza de arriba tomando el sol, tapándose la cabeza con una sombrilla. Al poco, entraron mis hijas, que ya

estaban mayores, a punto de ir a la universidad. Eran unas chicas muy alegres y bonitas, Cruz, tan pelirroja como su madre, y Tere, tan morena como su tía Azo. Aunque estaba medio dormido, me extrañó algo al verlas. Yo, desde pequeñas, las había visto crecer, como es natural, y vi su desarrollo en todos los sentidos, pues no teníamos tabúes. Como estaba medio dormido, apenas me di cuenta, pero encontré algo raro. Los vestidos iguales que llevaban, con escote cuadrado,

abultaban bastante más de lo normal. Cruz, la pelirroja, se subió a mi ancha cama y me dijo, toda alborozada. Mira, papá, mira lo que me ha regalado Toñín. Al mismo tiempo, se arrodilló a mi lado. Tere hizo lo mismo por el otro lado de la cama. Mientras Cruz se inclinaba y me enseñaba el regalo que mi hijo le había hecho por sus buenas notas, con cierta emoción, vi la bola de pelo color azafrán que se movía debajo del vestido. Es un gatito precioso.

Speaker 3

Tócalo y verás. sí que es bonito y que suave. Pero ten cuidado, papá, que me araña

Speaker 2

Quítamelo, papá, quítamelo. Me apuré a sacarlo del vestido de mi hija, pero el menino se escurría entre mis dedos. Sin querer, toqué aquellos pechitos tan tiernos y duros que, al inclinarse cruz, aparecían mucho más grandes. Me recordó la misma situación con su madre. El gato se escurría entre mis dedos y mi hija intentaba sujetarlo por fuera del vestido. Las tetas de mi hija vibraban con su dureza y mi polla no respetó nada. Al momento, empezó a crecer

debajo de la sábana. Tere se tronchaba de risa al vernos luchar por sacar al gato, que podía con los dos, hasta que, por fin, el menino encontró la salida y saltó asustado fuera del vestido de cruz. En mis dedos quedaron los arañazos del gato, además de la sensación del tacto de los pezones tiernos de mi hija. El gato se escondió en el primer sitio que encontró. Estaba tan asustado que se perdió entre los pliegues de mi sábana.

Las hermanas quisieron sacarlo de su escondite en el preciso momento en que el gato se había pegado a mi lado. Al quitar la tela, vieron con asombro que el gatito me estaba chupando la polla con su lengua, tan áspera como una lija. Papá.¡ Qué barbaridad!

Speaker 3

Perdonad, hijas, no sé cómo me ha pasado. Debe haber sido el gato. No te preocupes,

Speaker 2

papá, no pasa nada.

Speaker 3

Es que es la primera vez que veo una cosa así de grande. Lo siento, niñas. No, deja.¿ Puedo tocarlo? Pues. No

Speaker 2

esperó respuesta. Cruz alargó la mano y me cogió la polla dura, con las venas hinchadas y el capullo enrojecido de tensión. Parece mentira, tan duro y tan suave.

Speaker 3

Da hasta ganas de besarlo. Puedo.

Speaker 2

No supe qué decir. Encogí los hombros sin responder, pero Cruz se inclinó y le dio un piquito en la punta del capullo. Me miró a los ojos y volvió a repetir el besito, y luego otra vez, sin dejar de mirarme. Tere la miraba a ella y luego a mí, hasta que se inclinó también y le quitó la polla de la mano a su hermana. Apretó la verga y bajó el prepucio hasta el final. Luego me dio otro beso por su parte y al siguiente abrió la boca

y se metió el capullo entero. Me miró y como no pude decir nada, se acabó de meter el resto. Dios mío,¿ qué puedo hacer? Cerré los ojos y miré al cielo, buscando a Teresa. Ella estaría viéndonos desde algún lugar, feliz y contenta, pero yo quería saber su opinión por lo que estaba pasando. Tere, déjame ahora a mí, no seas avariciosa. Ya no abrí los ojos. Me relajé mientras las dos gemelas me agarraban la polla y se la repartían,

lamiendo y chupando con avaricia. Tan relajado estaba, sin mirarlas, que apenas noté cuando empecé a lanzar leche hacia arriba, sin preocuparme de

Speaker 3

adónde caería. Fin. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.

Transcript source: Provided by creator in RSS feed: download file
For the best experience, listen in Metacast app for iOS or Android