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GEMELAS - PARTE 8 (Relato Erótico)

Jul 11, 202546 min
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Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos. Gemelas, parte 8. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para frenar a Susa. Aquella chica me estaba provocando de una manera que era imposible no ceder a sus pretensiones, pero me armé de valor y la aparté hacia atrás. Me había abrazado a la vez que me chupaba la oreja, así que me

apoyé en su pecho y empujé. Mis dos manos aplastaron sus tetas duras pero tiernas, y no tuvo más remedio que aflojar su abrazo, dejándome una cara de decepción que me partía el alma. Yo solo pensaba en su madre. Si ella llegara a enterarse, lo más fácil es que se enfadara mucho conmigo, con mi madre y, por supuesto, con su hija, sin contar las repercusiones con Cintia y

su trabajo. Por eso aparté de mí aquella tentación y me levanté del sillón como si me quemara el culo.¿ Por qué te vas, Tony?¿ No quieres que estemos un rato juntos?¿ He hecho algo malo? No, Susa, tranquila. Es que me da miedo las consecuencias y, lo siento, necesito salir a que me dé el aire.¿ Y qué voy a hacer yo aquí sola? No lo sé, lo que quieras. Si te parece, sal a ver escaparates, ve a algún centro comercial, cómprate algo, lo que te parezca. Susa me

rogaba que me tranquilizara, que volviéramos a empezar. No comprendía que era su culpa, creía que su inexperiencia lo había estropeado todo. Pero apenas me excusé, no podía explicarle todo lo que era evidente, así que me arreglé y salí a la calle sin comer. Luego, en un bar lejos de mi casa, comí un bocadillo sin apenas ganas. El aire fresco me sentó bien. El asedio de Susa me tenía agarrotado. Lo más fácil hubiera sido darle lo que me estaba pidiendo a gritos, pero mi sentido de la

responsabilidad no me lo permitió. Ya en la calle, no supe a dónde ir. En otro momento hubiera ido a casa de Fina, pero ahora ni eso podía hacer. Allí estaría Joaquín con ella y, posiblemente, estarían follando antes de volver a la tienda por la tarde. Así que di dos vueltas y, al final, me encaminé hasta la tienda de Cintia. Llamé y, cuando Elsa me vino a abrir,

su cara se iluminó de alegría. Noté su expresión, que denotaba mucho gozo al verme allí, así se le quitaba la preocupación de saber que su hija estaba a solas conmigo. Estuvo muy cariñosa, me besó como si no me hubiera visto en años. Cintia se extrañó de tanta efusividad y me lo hizo saber con la mirada. Elsa estaba parlanchina, encantada de verme, y me explicó lo que estaban haciendo antes de abrir la tienda por la tarde. A la hora de abrir el comercio, me fui a mi tienda.

Fina me miró y captó que algo malo me había pasado, y me preguntó. Se preocupaba de mí como antes, pero yo no quise explicarle mis nuevos problemas. Ahora ya no era lo mismo. Más tarde, cuando ya estaba cerrando la tienda, me extrañó mucho encontrarme a Elsa en la acera. Hola. Qué casualidad.¿ Cómo es que has venido? Ya ves, como estuve a mediodía trabajando, Cintia me ha dejado salir antes y he pensado que podíamos volver a casa juntos. Lo

decía con una simpatía especial. Estaba contenta y animada. Fina pasó por nuestro lado y se saludaron. La cajera me miró tan sorprendida como yo, pero no dijo nada. Joaquín se la llevó colgada de su brazo y eso fue motivo para que la alegría de Elsa aumentara, pues pensó que el tema de Fina y mío no era cierto. Fuimos paseando a casa. Por el camino, invité a mi prima a un refresco y no paró de hablar hasta

que llegamos a casa. Todavía no había llegado Susa. Le expliqué a su madre que le había convencido para que saliera, que se divirtiera, en fin, lo que ella hacía también. Susan no tardó mucho en llegar, y cuando lo hizo, quedamos asombrados. Se había comprado un vestido precioso, muy juvenil y a la moda, además de unas botas altas y un bolso pequeño. En la mano llevaba algún paquete más que iba a dejarnos boquiabiertos. No dijimos nada. Susa pasó

por delante nuestro moviendo las caderas, presumiendo de guapa. La verdad es que estaba preciosa. Además, se había maquillado un poco y con su juventud era un bombón de chica. Pero,¿ qué has hecho? Ya ves, lo que me habéis dicho siempre. He salido y he comprado cositas. Hay que ver las monadas que hay en los grandes almacenes. Claro, para eso están, y parece que te han encandilado, jajaja. Susa se dio la vuelta en redondo para que admiráramos la ropa que

se había comprado. Se la había dejado puesta en el probador y llevaba la suya en las bolsas. Su madre reconoció que le sentaba bien toda la indumentaria que traía. Susa demostraba tener un gusto excelente y también sabía pintarse la cara. Tanta ilusión le hacía la ropa que se había comprado que Susa no se cambió ni para cenar. Iba por la casa como si fuera a una fiesta de sociedad. Su madre prefirió callar al verla tan ilusionada y una vez terminada la cena, quisimos ver la tele

un rato, pero Susa tenía otro plan. Hoy nada de ver la tele. Os

Speaker 3

voy a enseñar lo que me he comprado.¿ Os gusta? Me encanta.

Speaker 2

Parece que te has hecho mayor en una tarde. Tengo que reconocer que estás muy guapa, pero, hija,¿ no te has pasado? No, mamá, y eso que no lo has visto todo. Sentaros en el sofá que os voy a enseñar todas mis compras. A mí me encantan. Hicimos lo que nos decía y, pacientemente, uno al lado del otro, nos sentamos mientras ella quedaba de pie frente a nosotros. A Elsa se le notaba orgullosa de su hija. Susa se paseó por el comedor como si estuviera en una

pasarela de moda. Lo hacía bien. Se había comprado una falda con mucho vuelo y una camisa estampada. Las botas le lucían mucho porque la falda era bastante corta. Se paseaba dando la vuelta rápida, mostrándonos el vuelo que tenía la falda, y también nos enseñó la camisa, que era de marca y de moda. Nosotros aplaudíamos para contentarla y porque se lo merecía. Realmente estaba muy linda. Estás preciosa, prima. Pareces una modelo de alta costura. Ja ja ja, eso es.

Estaba pensando lo mismo. Susa tiene una figura que... Eso lo he pensado, pero no lo he dicho, ja ja ja. Vaya par de jueces, y eso que no habéis visto lo mejor.¿ Lo mejor?¿ Qué hay más? Claro, no iba a comprarme esto y no aprovechar con otras cosas lindas. A ver. Susa se plantó delante de nosotros y fue desabrochando la camisa. Su madre sonreía confiada, imaginaba que habría hecho alguna travesura, pero no así. Cuando los botones se

iban abriendo, Elsa se removía en el asiento. Estaban apareciendo entre las solapas de la camisa de Susa unas redondeces que prometían muchas cosas. En efecto, fue quitando botones hasta que se pudo apreciar un canalillo hasta entonces nunca visto. El motivo de aquello era que su madre la obligaba a llevar un sujetador de adolescente que aplastaba como un deportivo. En cambio, la chica se había comprado un sujetador de verdad,

con sus copas, puntillas y transparencias. Cuando apenas quedaba un botón, Susa terminó de abrir la camisa y nos enseñó aquella imagen preciosa para mí, pero escandalosa para Elsa.¿ Qué has hecho, Susa? Esa prenda no es adecuada para ti.¿ Cómo que no? La dependienta me aseguró que me sentaba ideal. Además, ya estoy harta de vestir como una niña. Ya soy una

Speaker 3

mujer. Eso es verdad. Tú calla, Tony. Seguro que a ti sí que te gusta. Por supuesto, me encanta.¿ Tú ves, mamá? A Tony le gusta y él entiende de moda. Sí, claro. Él

Speaker 2

entiende demasiado de moda femenina. pues eso no es todo. Ahora sí que me temí lo peor. Elsa no podía cerrar los ojos, esperando alguna catástrofe, y Susan no la decepcionó. Se soltó la camisa del todo y la dejó en una silla, soltó la falda y se la quitó por los pies y quedó derecha frente a nosotros, adoptando una pose de modelo. Tragué saliva. No pensaba que Susan tendría aquel cuerpo. Ya no era la adolescente mona que yo conocía hasta ahora. Ahora era una mujer hecha y derecha,

y más con el vestuario que lucía. Además del sujetador sexy que llevaba, también se había comprado unas braguitas tipo bikini, del mismo color azul turquesa. Susa, para que viéramos el efecto ideal de la prenda, tiró de la cintura y la subió hasta las caderas.¿ Veis cómo me hace las piernas más largas? joder, prima, qué tipazo tienes. Tony, tú

no abras la boca. En efecto, Susa tiró hacia arriba y la prenda se estiró hasta las caderas, haciendo el efecto de las piernas larguísimas, y no fue esto lo peor. Al tirar tanto de la cintura, la prenda se tensó completamente entre las piernas de la chica, y esto hizo que se le marcaran los labios del coño juvenil, que, por cierto, lo tenía bastante prominente. De eso me di cuenta al momento siguiente, porque su madre no podía ni hablar.

Susa se decidió a explicar todas las ventajas de la prenda. Veis. Así queda mejor, las piernas muy largas y sin estorbos. Susa. Pues sí, la prenda elástica se le había metido entre los labios del coño hinchado, y lo mejor era que, según tiraba de la prenda, se iba estrechando en el pubis. Así pude ver que no aparecía el esperado cepillo mullido de vello, en las ingles no tenía ni un pelo.

Pero Susa no quiso dejar dudas, y la tira de tejido que quedaba sobre sus labios la separó y dejó ver que el coño entero estaba depilado, como el de Fina o el de Teresa. Entonces me di cuenta de que el pubis opulento no era por el vello, sino por un monte de Venus muy carnoso. Elsa casi se desmaya. Su hija nos estaba enseñando su coño completamente depilado, además

muy bien depilado. Los labios se separaban, dejando ver un clítoris rosado, y un poco más abajo, unos labios plegados, hasta que la poca tela plegada cubría el resto y se perdía entre las piernas de la chica. La cara de Elsa era un poema. Estaba roja, no sé si de ira o vergüenza, pero yo le animé y casi le convencí de que Susa ya era una mujer y sabía comportarse como ella. Parece que comprendió algo. Supuse que se acordaría de cuando ella era de su edad, cuando

iba con los chicos del pueblo. Entonces hubiera querido llevar aquellas prendas y también se convenció de que a ella lo que le pasó no tenía nada que ver con la ropa que llevaba entonces. Así que el mal ya estaba hecho, y Susa sabía lo que hacer. Para no escandalizar más a su madre, Susa volvió a su habitación y se cambió. Al salir, ya no llevaba ni la falda ni la camisa. Volvió con su sujetador de niña y unas bragas con dibujitos de Disney. Lo pudimos ver porque,

al salir, iba poniéndose un pijama mientras venía. Elsa me miró y comprendí que se dio cuenta de la diferencia de una ropa a otra. Con aquella era lo que ella estaba acostumbrada a vivir, en cambio, las prendas nuevas eran lo que debía renovarse ella misma. Ya no hubo reproches. Para Elsa fue como una lección, aunque tenía que hacer el papel de madre ofendida. Yo procuré no echar más leña al fuego y me callé. Aquella noche me costó dormirme. No se me iba de la cabeza la transformación de Susa.

De parecer una adolescente alocada, se había convertido en unas horas en una mujer de bandera. En mi mente tenía grabadas aquellas tetas moldeadas por aquel sujetador tan insinuante y aquel bikini tan sexy que Susa mejoró todavía más, dejando que solamente cubriera su piel. Ya estaba durmiendo cuando sentí el calor de una piel a mi lado. Por el olor, deduje que era Susa. El tacto de su pijama corto me lo confirmó.

Speaker 3

Qué haces en mi cama?¿ Estás loca? Calla, déjame que te pregunte.¿ Qué te ha parecido lo que me compré?¿ Me he pasado

Speaker 2

Sí, bueno, no, en fin, qué sé yo. A mí me gusta mucho, pero a tu madre la has hundido.¿ Hundido por qué? A mí me ha parecido que también le gustó. Claro, precisamente por eso, porque le trae recuerdos de su juventud y lo que le pasó, y ahora tú, en fin. Pero a ti te gustó, ¿verdad? Si no llegas a estar tú, a saber qué habría dicho mi madre. Te estoy muy agradecida.

Speaker 3

Sí, mucho. Estás verdaderamente buena.¿ Y lo otro?¿ Qué es lo otro? Lo que me hice, lo hice con tu maquinilla de

Speaker 2

afeitar. Espero que no te moleste. No, mujer, te han quedado unos labios de lo más.¿ De lo más qué, primo? Joder, Susa,¿ qué quieres que te diga, que están para comérselos? Gracias. Cuando me estaba pelando, estaba pensando en ti, ¿sabes? Venga, Susa, anda, vete a tu cama, que me vas a poner malo y si tu madre nos oye. No nos oye, ya verás cómo no.

Speaker 3

Por qué lo sabes? Porque sí. Y tenía razón.

Speaker 2

De la habitación de Elsa empezaron a oírse gemidos y lamentos. En principio, parecía que estaba sufriendo, pero cuando empezó a jadear, comenzamos a creer que era otra cosa mejor. Debajo de la ropa de mi cama y oyendo a Elsa gemir, la temperatura subió mucho, mucho, y la polla también. Susan no tardó en apertirlo y quiso colaborar. Se me arrimó y posó una teta sobre mi brazo, y me fue dando besos desde el hombro hasta el cuello, buscando mi boca.

Yo pretendía rechazarla como el otro día, pero los gemidos de su madre al otro lado de la pared no ayudaban. Y la encontró. Sus besos no se parecían en nada a los de Fina ni a los de Teresa. Eran besos torpes y bastante inocentes, pero la voluntad que aplicaba compensaba todo. No tardó en comprobar cómo crecía la polla y el efecto que me producían sus besos, y le gustó. Esta vez, la ropa no fue tanto impedimento, y enseguida encontró la manera de meter la mano por debajo del

pijama y agarrar la verga directamente. La oí suspirar. Aquello no era como había pensado, se había quedado corta. Y cuando palpó los huevos, supo que todo aquello era lo que estaba deseando desde hacía mucho. Primo, tus besos son muy dulces. Claro, como no me has dado galletitas saladas. Espera, voy a ver una cosa. La cabeza de Susa desapareció entre la ropa de la cama y al momento sentí la humedad de sus labios en mi capullo. La chica me estaba lamiendo la cabeza de la polla con todo

el deleite. Le dio un par de vueltas al frenillo y pronto se tragó el capullo entero. MMM, también está deliciosa, está un poco salada, pero da igual. Mis manos la dejaron hacer. Simplemente desabroché el pijama y lo bajé hasta las rodillas, así no tendría dificultad alguna. Al mismo tiempo, acerqué la cara a la entrepierna de Susa, que estaba a mi lado, y aspiré. No me equivocaba, el aroma cálido y dulce de sus jugos me llenaron los pulmones.

Apenas rosé la cara con su muslo cuando pasó su pierna por encima de mi cara y se sentó sobre mi boca. El pijama de ella estorbaba, pero mi lengua remojó la tela, y ella comprendió que todo aquello no servía para nada. Mientras en la habitación de al lado ya no se oían gemidos ni jadeos, ahora eran gritos ahogados. Su madre se estaba deleitando el coño con algo. El primer encuentro entre Susa y yo fue breve por culpa de su madre. Temíamos que acabara demasiado pronto, pues estaba

muy acelerada, así que no fuimos menos. Susa se corrió enseguida, me mojó toda la cara, y yo hice lo mismo. Levanté el culo, dejando la polla como el asta de la bandera, y me corrí sin miedo. Susan no sabía que mis contracciones anunciaban la riada de leche y el primer chorro se perdió en la sábana. Ella sólo pudo relamer el capullo con las últimas ráfagas escasas. Cuando Susan salió silenciosamente de mi habitación, llevaba el pantalón de su pijama en la mano. No pude verle el culo por

la oscuridad, pero adiviné que sería tentador. Su madre todavía respiraba agitadamente, su orgasmo debió ser atronador y la dejó exhausta. Cuando arreglé la ropa de mi cama, me di cuenta de lo húmeda que estaba la sábana y no era lo peor. Además, estaba acartonada. La leche, al secarse, había dejado una mancha amarillenta que me aterrorizó. Imaginaba a Elsa descubriendo el manchurrón de semen, seguro que imaginaría la paja

que me habría hecho en solitario. Pero me propuse devolverle la pelota diciéndole que fue por los gemidos que escuché. Pero no hubo ningún comentario por su parte ni por la mía. Aquel detalle pasó sin pena ni gloria. Elsa sustituyó la sábana por otra limpia sin más. Por la mañana estaba completamente cambiada. Estaba simpática con su hija y conmigo, como si no hubiera ocurrido nada. Incluso advertí que hablaba a su hija de una manera más adulta. Soledad también

advirtió el cambio de carácter de Elsa. Una mañana fui a su casa. Me había llamado, y yo sabía que cuando me llamaba era porque estaba deseosa de follar. Ahora ya no usaba el cojín del principio, lo tenía en el taller como amuleto, para recordar las genuflexiones que me hacía. Ahora íbamos directamente a la cama, no a la suya de matrimonio, sino a otra que tenía en una habitación que siempre estaba llena de retales de camisas y no

se notaban las batallas amorosas. Estuvimos follando como siempre. Soledad era una mujer que no había que pedirle las cosas, ella adivinaba y se anticipaba a mis deseos, y siempre al final se ofrecía para que le hiciera lo que más me gustara. Yo sabía sus gustos y procuraba incidir en ellos, para luego rematar con los míos. La conversación de sobremesa que seguía era para comentar las últimas noticias. Así me enteré de que Elsa daba signos de avances.

Le insinuó a Soledad que ella también tenía otro desahogo. Soledad también sabía sonsacar, y pronto se enteró de que Elsa tenía un consolador, algo rudimentario pero efectivo. Le confesó que, al ver a su hija tan sensual, se le removieron los instintos primarios y se masturbó como hacía mucho tiempo. Me gustó saberlo, aunque ya lo sabía en directo. Por lo menos, ya no era tan hermética al sexo, aunque todavía quedaba mucho camino por andar. En cambio, para Susan

no había tanto. Ya había estado muchos días con nosotros, más de los que pensaba, y mi madre se lo recordó cuando llamó. Sus compañeras de clase le habían dicho que tenían un examen pronto y que debía volver. Fui yo el que quiso que volviera al pueblo vencedora, con ánimo para acometer todos los retos. Aquella tarde, Elsa tenía que tomar medidas a su primera clienta. Era la ocasión

de demostrar sus habilidades. Se arregló muy guapa. A mí me encantó al ver que se parecía mucho a su hija, casi parecían hermanas, porque ella era muy joven cuando tuvo a su hija. Yo la acompañé a su tienda y la dejé en su puesto de trabajo. Cintia fue la primera en asegurarle que estaba muy guapa y que debía cuidarse más. Elsa se convenció y se puso muy contenta. Al salir de la tienda de Elsa, llamé a la mía. Le dije a Fina que no me encontraba muy bien

y que me volvía a mi casa. El tiempo estaba muy nublado y amenazaba lluvia, por lo que parecía que no iba a haber mucha venta. Llegué a mi casa en dos zancadas. Susa parecía que adivinó que iba a volver porque estaba maquillada, pero con una bata de su madre. Quedé un poco decepcionado al verla así, aunque cambié de parecer cuando ella abrió la bata y me enseñó que llevaba el conjunto que se compró. Desde allí, la cogí de la mano y la llevé a su habitación. Susa

quiso quitárselo poco que llevaba, pero preferí quitárselo yo. Con los dientes, le solté el cierre del sujetador y, centímetro a centímetro, fui besando su piel hasta llegar a los pezones, que me aguardaban tan duros que parecían medias castañas. Los lamí, chupé y comí con deleite, mientras ella me peinaba el pelo con sus dedos. No me conformé con sus tetas y bajé hasta el ombligo. Quería demostrarle que todo su

cuerpo era adorable, y lo conseguí. Susa no se conocía lo suficiente hasta que yo le fui mostrando todos los puntos erógenos que tenía, gracias a las lecciones de Fina. Al llegar al pubis, Susa se corrió, no pudo aguantar más. No quise atacarle el clítoris porque estaba muy sensible, pero le estuve lamiendo las ingles depiladas. Quise que supiera las ventajas de no llevar vello. Ella elevaba las caderas para

ofrecerme su coño abierto, aunque yo tenía otras intenciones. Cuando rodeé su entrepierna con mi boca, le di una muestra de nuevas sensaciones. Estaba seguro de que la primera vez que folló no le hicieron nada de esto, otra lección de fina. Pasé la lengua entre el coño y el culo y recorrí la zona mojando con saliva caliente hasta subir por la espalda hasta la nuca. Ella, aplastada contra la sábana, suspiraba esperando nuevas sensaciones, hasta que notó que

entre sus muslos subía algo caliente y duro. Mi polla se abría paso entre ellos hasta llegar a su coño. Susa era muy lista y levantó un poco las caderas, y yo fui entrando en su coño tan suavemente que no se quejó hasta tenerla toda entera adentro. Ella misma inició el movimiento, y yo, desde atrás, mantuve la verga quieta, recibiendo el cuerpo de Susa al ritmo que prefería. Asimismo, se volvió a correr. Cayó sobre la sábana, abatida entre temblores,

hasta que se dio la vuelta. Yo trepé hasta arrodillarme a sus costados, le cogí las tetas y atrapé mi polla entre ellas. Aquello le encantó a Susa, que esperaba con la lengua fuera para recibir al capullo brillante cuando subía hacia su cara. Susa demostró inventiva. Cuando sintió mi capullo llegarle hasta el fondo, ideó nuevas poses para ella.

Me cabalgó, eligiendo las direcciones y las penetraciones, se puso de perrito para que ahondara a mi gusto y me chupó la polla cada vez mejor entre una posición y otra. Hubiera querido correrme dentro de ella, de hecho, Susa me lo rogó, pero no quise problemas y lo hice sobre sus tetas y en su boca. Bueno, realmente quería en su cara, porque ella, al ver venir la leche, se apartó un poco. Fue una tarde completa. Lo hicimos de

todas las maneras, menos una. El culo lo dejé para la próxima ocasión, porque estaba seguro de que la abría. Cuando faltaba media hora para cerrar la tienda, me levanté y me vestí. Mientras Susa quedó arreglando la cama, fui a una cafetería y me tomé un vaso de leche y un croissant. Estaba desfallecido. Elsa estaba todavía más guapa cuando volvió. Su estreno como modista había sido todo un éxito. La clienta era una señora de mucho dinero y quedó

encantada con el trato y prometió correr la voz. así que mi prima se iba a hacer un buen cartel. Cuando acompañamos a Susa al tren de vuelta al pueblo, parecía una persona completamente diferente. Ahora había salido del pueblo y visto muchas cosas, había aprendido más y había follado como ella soñaba. Ahora sus amigas no podían enseñarle nada, al revés, podría presumir de mucho y saber cosas que antes solamente había leído. Elsa seguía tan formal como siempre,

pero el carácter le había cambiado mucho. Ahora ya parecía más jovial, menos cerrada a las novedades y con la mente más abierta. A mí me trataba como siempre, pero me miraba de otra forma. Parecía haber hecho examen de conciencia y había comprendido que su obsesión no era nada lógica. Al volver a estar solos ya hablábamos más de todo. Los días que estuvo Susa le habían abierto la mente

y estaba más tranquila respecto a mí. Por eso, cuando nos sentábamos a ver su serie preferida, no le importaba que yo estuviera a su lado en pijama, leyendo alguna revista. Como solía ser fresco, se tapaba con una mantita y pasando los días, la compartió conmigo. El estar los dos debajo de la manta no ayudaba mucho a estar indiferente. A mi mente acudían las imágenes de Elsa en la ducha, el día que me colé. No me esperaba su buena figura y, sobre todo, la escena de Susa cuando nos

enseñó sus compras. Elsa parecía haber visto una alucinación al ver a Susa con la naturalidad que se comportaba con las prendas compradas y la reacción indiferente que mostré yo. Uno de esos días en que hacían doble sesión de películas en la tele, yo me aburría soberanamente. Después de releer las revistas, me puse a hacer los pasatiempos que incluían, y poco a poco se apoderó de mí una modorra que terminó por vencerme. No sé el tiempo que estuve

traspuesto hasta que me despertó una sensación de calor. El caso era que, por el pecho, sentía fresco, en cambio, por debajo de la manta, todo lo contrario. Sin llegar a despejarme, noté que tenía una opresión en el pantalón del pijama y algo más despierto comprendí que lo motivaba la erección que sufría. Lentamente me iba despabilando hasta que sentí el peso de la mano de Elsa sobre mi muslo. No era nada molesto, pero el calor de sus dedos

se me marcaba en la piel. Realmente no hacía nada, simplemente apoyaba la mano, aunque eso era suficiente para que mi polla entrara en alerta. Conociendo a mi prima, preferí no demostrar que me estaba enterando y todavía crucé un brazo sobre mi cara, para mayor comodidad, a la vez

que me escurrí en el asiento más cerca de ella. Elsa, de momento, sacó la mano, creyó que había despertado, pero una vez que oyó mi respiración pesada y regular, se convenció de que estaba profundamente dormido, ya que la postura que había adoptado era la lógica. No tardó en cambiar de posición y acercarse más a mí. Lo hizo con sumo cuidado y subió la manta hasta casi el cuello, dejando hueco por debajo. Todavía tardó en animarse, se le notaba dudar hasta que fue acercando otra vez su mano.

Ella me observaba para notar cualquier movimiento sospechoso en mí, ya que yo estaba sumamente cómodo para hacer ningún extraño. Sentí el tamborileo de los dedos sobre mi muslo. Parecía que andaba sobre un campo de minas, iba probando y, poco a poco, se iba acercando. Estaba a mi derecha y la bragueta le facilitaba el camino. Su mano ya estaba sobre mi muslo confiadamente, solo movía las yemas de los dedos como si fueran exploradores en avanzadilla. Sentí que

la tela del pijama ya no servía de separación. Ahora pasaría a campo descubierto, piel contra piel. Mi muslo peludo le advertía que, a partir de ahí, el peligro podía aparecer de momento, pero aún así siguió después de unos intentos. Yo procuraba mantener la polla lo más inmóvil posible, aunque ella quería trotar y saltar. Me puse a pensar en otras cosas, pero mi pensamiento siempre volvía a las escuetas bragas de Susa, la prenda elástica se incrustaba en aquel

coño tan sabroso que no podía olvidarlo. Un dedo tocó el nacimiento de mi polla. A su lado, pegado, estaba el huevo, que se erizó al instante. Noté el susto que le dio al sentir que se encrespaba y se pegaba a la polla como un caracol se repiega al sentirse rosado. Al primer dedo se unieron otros que fueron aventurándose a lo largo del tronco hacia la punta. Tocaban como si pulsaran las teclas de un piano, solamente toques cortos pero precisos, para luego avanzar más adelante. En pocas

etapas llegó al capullo. El prepucio fue una curiosidad para ella. Le llamó la atención el poder retirarlo del capullo y volverlo a cubrir. Lo hizo un par de veces, y al notar que palpitaba más, lo dejó quieto. Lo que más le sorprendió fue sentir la gotita pegajosa que aparecía en la punta. Por un momento, creyó que yo me iba a correr y dejar su mano como dejé la sábana el día que me acompañó su hija. Y se apartó,

pero no dejó de curiosear. Agarró con toda la mano el tronco y volvió a bajar, esta vez hasta abarcar los dos huevos juntos. Sus dedos parecían los de un pulpo amasándome. A cada roce, la polla daba un impulso y amenazaba con salirse del pijama hasta que lo consiguió. Ahora ya no tenía que esforzarse tanto. Con la mano más cómoda, agarró la verga y la puso vertical. Su curiosidad era enorme porque levantó la manta para ver lo

que estaba agarrando. El grito que dio me gustó. Ahora podía ver a la luz lo que el día nefasto solamente tocó a oscuras, podía ver el color casi morado del capullo y las venas hinchadas de mi polla. Tapó la manta con prisa, pero volvió a mirar, incrédula. Sí, era real lo que tenía en su mano. La postura no era cómoda para ella. Con la mano izquierda, apenas podía manejarse, así que se giró hacia mí y cambió a la mano derecha. con esta sí que podía manejar

mi verga vertical. Me seguía observando. Yo, oculto con mi brazo, la espiaba. Las expresiones de su cara lo decían todo, unas veces era de asombro, otras sonreía feliz y otras miraba con susto. Mi postura era totalmente relajada. Estaba casi tumbado en el asiento del sofá, cubierto por la manta hasta el cuello, con los pies colgando y con los brazos sobre la cara. El botón del pijama tiraba de la tela y molestaba, por eso sus dedos acudieron primero

a él para liberarlo. Al soltarlo, las dos partes del pijama saltaron y dejaron el campo libre. Desde mi ombligo hasta medio muslo, todo quedó despejado, y en el medio se izaba el obelisco de mi polla con los huevos como base. la programación del televisor dejó de interesarle. Ahora, el verdadero espectáculo estaba debajo de la manta y ella prefirió ser la espectadora de lujo. Su mano empezó a

sujetar la polla vertical, esperando calcular las medidas. Noté cómo medía con los dedos y el grosor con la mano cerrada. Estaba calculando dimensiones, quizá comparando con otra cosa, posiblemente con el artífice de sus gemidos solitarios. Yo presumía de un profundo sueño, incluso me permití roncar. Ella, confiada, siguió investigando hasta que fue cogiendo ritmo. Yo procuraba ofrecerle el apoyo en su total desarrollo, para que disfrutara de su primer

apoyo oficial, y lo hizo. Lo que no creí posible fue que yo, que comúnmente aguantaba bastante, la situación me venciera, y tras unas cuantas sacudidas, la verga empezó a palpitar peligrosamente. El instinto femenino le advirtió que algo importante iba a ocurrir, y sin apenas tiempo, cogió una esquina de la manta y envolvió mi capullo en el momento en que empezaba la erupción de leche. Mi postura, más la relajación que me producía y el placer que Elsa me dedicaba, provocó

que no parara de eyacular hasta quedarme seco. Elsa estaba sofocada, como alguien que ha hecho una travesura y estuviera a punto de ser descubierta. Así que se apresuró a envolver la polla con la manta, limpiarse la mano de leche, volver a abrochar el pantalón y sentarse correctamente. En la tele estaban haciendo dibujos animados, y en ese momento decidí despertarme. Elsa estaba erguida como alguien que ha sido sorprendido infraganti,

pero yo no le dije nada. Al contrario, me excusé. Ay, perdona, Elsa, me he dormido sin darme cuenta y me he escurrido. Seguro que no he dejado sofá para ti. No, no te preocupes, a mí con poco me sobra. No sé cómo he podido dormir tanto. Lo siento, es una falta de educación. Es que me ha entrado una pesadez de párpados que me he quedado como si estuviera entre los brazos de Morfeo, o mejor, de Venus. Vamos, como si estuvieras en una nube. Eso es, como en una nube.

Hasta he soñado, vaya sueño que he tenido. Aunque lo siento, no te lo puedo contar porque es muy fuerte para ti. Te sonrojarías, pero uf, vaya sueño. Sí que se sonrojó. Ella misma recordaba la paja que me había hecho y la corrida en su mano. Debajo de la manta olía tanto a semen que atufaba, pero ella se seguía tapando para que no viera la mancha que dejé. En aquel momento sonó el teléfono. Lo descolgó ella. Era Susa desde el pueblo. Le preguntó qué hacía, y su madre no

acertaba a decírselo. Al final, le contó que estaba haciendo la cena y que yo estaba en mi cuarto. Lo cierto es que todavía tenía la polladura y ella, cegaramente, el coño empapado. Todo siguió igual. Los días pasaron y mi prima siguió comportándose con toda normalidad. Me tenía desconcertado, así que estuve tentado en contarle a Fina lo que había pasado en el sofá, pero no me decidí. Pensé que a ella esas tonterías mías ya no le interesaban.

La relación con Joaquín iba cada vez mejor, se les notaba las miradas y las risitas cómplices cuando él le llevaba alguna venta y cuchicheaba con ella. Así que fui yo el que llamó a Soledad. Necesitaba contárselo a alguien, y quién mejor que ella. Aproveché un día en que el aprendiz estaba muy ocupado repartiendo paquetes para llamarla. Le dije que iría con la excusa de llevarle algo. Cuando me abrió, me gustó. Se había cortado el pelo muy corto, casi a lo chico, lo que le daba una apariencia

mucho más joven. Me recibió con una sonrisa muy coqueta. Entré en la casa y, detrás de la puerta, nos besamos con ardor. Me quiso llevar hacia la habitación de los retales, la cama ya estaba despejada, pero yo la dirigí hacia el taller de costura. Allí la cogí por la cintura, la levanté en vilo y la senté en la mesa alta. Apenas se sentó, con los pies colgando, le subí las piernas. Soledad se dejó caer hacia atrás, y sin más, metí la cabeza entre sus muslos, besándole

a diestro y siniestro. Me di cuenta de que llevaba un modelo de bragas bikini muy parecido al que estrenó Susa, aunque de color negro. Aunque duraron poco, en el momento en que lamí las ingles, tiré de ellas y las saqué por los pies. No tardé en recorrer todos los rincones de su coño con la lengua. Cuando le puse las piernas verticales, me abracé a ella y mi polla entró entre sus labios mojados de saliva. Ella, al sentirla entrar despacio, susurró. No sé qué tendrá tu polla que

nos gusta tanto. Perdona, Soledad,¿ te he oído decirnos? La chica me miró pícara y me contestó con toda intención. Claro, nos encanta. Tiene una dureza, una suavidad y un calor que quema la piel. No sé por qué me escama tu comentario.¿ A quién te refieres con nos? Ah, no sé. Según me han contado, sospecho que hay alguien que parece que se ha decidido a dar un paso adelante. No es mucho, pero para según quién, es un paso de gigante.

No habrá sido Elsa, ¿verdad? Puede. Me ha contado que el otro día estuvo explorando dentro de tu pijama, debajo de una manta encubridora, aunque tú no te enteraste, jajaja.¿ Y qué te contó? Me lo contó todo, con gran detalle. Me dijo que te dormiste a su lado y ella, pues, quiso saber a plena luz si lo que tocó a oscuras era igual de atractivo.¿ Y qué más? Pues que, después de muchas dudas, al final te tocó la verga, y como resucitó en su mano, siguió masajeándola hasta que

la cogió y la acarició. Sí.¿ Y qué más te dijo? Cuéntamelo todo. Ya ves, lo que no se esperaba. Que estuvo midiendo, palpando hasta los huevos, y cuando ya estaba moviendo la mano por el capullo, empezó a derramar leche como un volcán. Es una pena que no te enteraras.¿ Qué hubiera pasado si yo me despierto y la pillo con la polla en la mano, haciéndome una paja? Ja, ja, ja. No me lo imagino, porque ella estaba muy apurada. Aún así,

la curiosidad y la calentura fueron más fuertes que el miedo. Además, cuando te corriste, echaste tanta leche que no podía pararla y tuvo que limpiarte con la misma manta que os cubría, ja, ja, ja. Menos mal. Pero se quedó tranquila cuando te despertaste sin haberte enterado. Esto le animó para intentarlo más adelante. Ja ja ja, pues Elsa no sabe lo mejor, que yo no estaba durmiendo, estuve despierto desde el primer momento. No

seas cabronazo,¿ y no le dijiste nada? Nada. Le dejé que siguiera sola, así podía ver cómo se desenvolvía, y la verdad es que no lo hizo mal del todo. Joder, Tony, eres terrible. Ella, tan apurada, y tú aguantando

Speaker 3

marea, jajaja. Jajaja. Jajaja. Jajaja.

Speaker 2

Mientras Soledad me contaba todo lo que Elsa le dijo, yo seguía follándola. Con las piernas abrazadas a mi pecho, le metía la polla lentamente en el coño empapado. Yo sentía en mi polla sus contracciones cuando ella se reía a gusto y eso me provocó que me corriera sin avisarle. Cómeme, Tony, cómeme. Soledad también estaba casi a punto de correrse y al hacerlo yo primero, temió que no pudiera terminar ella. Por eso me pidió que no dejara su coño solo y

que se lo comiera a fondo. Separé las dos piernas sin dejarlas bajar y lamí los labios con sabor a mi leche. Me centré en el clítoris brillante y despejado hasta que ella levantó su vestido hasta el cuello y sacó las tetas, tirando de los pezones mientras gritaba, corriéndose con las piernas en alto. Fue divertido, y una pena que Elsa no nos hubiera visto. Pero debía dejarle a su ritmo, prefería que fuera ella la que se fuera animando,

así no volvería a las andadas. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy.

Speaker 3

Hasta la próxima.

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