Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Gemelas, parte 7 Cuando me repuse de la escena con Elsa, me vestí y me despedí con un gruñido. No me esperes para comer. Y salí de casa. Estuve vagando por las calles desiertas, era domingo y apenas se veían coches y menos aún gente por las aceras. No podía comprender qué había pasado en mi cama. Yo mismo me justificaba, pero la negativa de Elsa a comprenderme me ponía furioso. Mis
pies me llevaron a casa de Fina. Cuando me abrió la puerta, caí en la cuenta de que no había quedado con ella. Fue el segundo desengaño del día. La mujer, pensando que no tendría visitas, estaba sin arreglar. No se parecía en nada al bombón que venía todos los días a la tienda, sentándose en aquellas posturas que levantaban más pollas que la viagra. Era lógico, la gente no va por ahí siempre al 100%. En ese momento, estaba haciendo lo propio en casa. Llevaba unos guantes de goma en
las manos y el pelo recogido en una coleta. La bata que llevaba no era nada sexy, y las zapatillas de estar por casa tampoco recordaban nada a sus zapatos de tacón de aguja. En ese momento, no me di cuenta de nada de eso. Simplemente entré como un toro, la cogí de un brazo y la llevé a la cocina. Estaba fregando la vajilla y el grifo del agua caliente
estaba abierto, produciendo una nube de vaho. Sin mediar palabra, la empujé hacia la pila y, allí mismo, le levanté la bata y, con el pie, le separé los suyos. Fina me miraba extrañada, sin decirme nada, solamente se apoyó en el canto de la pila, cara al grifo humeante, y aguantó estoicamente la polla que se clavó en ella sin ningún aviso, sin volverse siquiera. La traté muy mal. Parecía que estaba enajenado. La sujeté de las caderas y, sin ningún miramiento, le metí la verga sin parar, como
un loco, hasta correrme. Y no sólo eso, sino que, sin pausa, cambié a su culo e hice lo mismo, sin siquiera dilatarla ni lubricarla. Ni sus quejidos ni sus quejas hicieron mella en mí. Estaba desquiciado y no paré hasta llenarle el intestino de leche. Solo luego me senté en la silla y, apoyado en la mesa de la cocina, me puse a llorar de rabia. Fina demostró ser una mujer de verdad, se arrodilló a mi lado y me abrazó. Tranquilo, Tony, ya pasó. Ahora cuéntame qué ha ocurrido. Nunca te vi así.
Me has destrozado el coño y el culo y tú no te has portado nunca tan loco.
Estás fuera de ti. No, no me ha pasado nada. A mí no me engañas.
Algo muy fuerte debe haberte pasado, y me imagino que puede ser.¿ Cómo puedes saber nada de lo que me pasa? Ja, ja, ja, eres un crío. Todavía no has tenido ningún disgusto en tu vida. Por mucha polla que tengas y que folles como nadie, eres aún un crío. No me digas eso. Es lo que me
faltaba por oír. Ja ja ja, no te lo tomes a mal.¿ Seguro que es cosa de, tu primita?
Joder, fina, parece que tengas una bola de cristal. Ja ja ja, ay, no me hagas reír que me duele el culo, ja ja ja. Ya te dije yo que le notaba algo raro a tu prima. No sé. Es que no lo entiendo. Y tienes razón, nunca me había pasado nada, y menos con las mujeres. Reconozco que sois muy difíciles de entender. Ja, ja, ja, eso lo decís siempre los hombres
Ponte en nuestro lugar y a lo mejor.¿ Qué va? No hay forma. A ver, cuéntame lo que pasó. A lo mejor te puedo ayudar.
Le conté de peapa todo lo que sucedió, la historia de su novio y su total ignorancia de lo que es una verga, y luego la prueba que intenté hacer para que perdiera el miedo. Fina se rió a carcajada limpia. Se imaginaba a Elsa a oscuras, con la mano en mi polla dura, pensando en lo que haría aquello en su coño, calibrando su agujero con lo que tenía entre los dedos, para que, encima, yo le fuera con prisas. A mí no se me olvidaban las palabras que tuvo conmigo.
Me humilló, y también a Fina, eso no se lo dije, para que no le tomara manía. Fina me aconsejó que no le hiciera caso, que el tiempo pondría las cosas en su lugar y que, con un poco de suerte, ella también comprendería que se había pasado de la raya. Fina me llenó de besos. Me trataba como a un hijo que había tenido su primer desengaño amoroso. No era nada sexual, ella misma se dio cuenta de que no
estaba presentable. Había acudido sin avisar y era lógico, quiso que viviera la realidad de la vida y no intentó arreglarse para mí. Así como iba, me preparó algo para comer, nada extraordinario, como lo haría en mi casa, y comimos. Luego me cogió de la mano y me llevó a su cama. No se olvidó de coger una crema de agua, y estuvimos hablando casi toda la tarde de la vida. Cuando me vio más tranquilo, subió sobre mí y frotó mi polla con su coño hasta ponerla dura. Luego me
cabalgó suavemente. Fue tan dulce y comprensiva que agradecí su apoyo. Volví a ser el de siempre, tan cariñoso y dulce como la había acostumbrado, y ella me premió por eso. Me dio una mamada como nunca, en compensación a la que podía haber intentado Elsa. Quería que olvidara y perdonara a mi prima, y casi lo consigue. Estuve unos días saliendo a comer fuera de casa. Elsa no dijo nada, ella siguió haciendo todo como antes de la discusión, parecía que no le había afectado o, por lo menos, no
quería evidenciarlo. Cuando volvía por la noche, ya me tenía la cena en la mesa. Me preguntaba qué me apetecía más y todo como siempre. Eso me desconcertaba. Esa actitud tan variable me molestaba. Yo seguía enfadado, pero ella seguía tan normal. Me propuse provocarle. Quería saber si pretendía molestarme o si, en realidad, estaba arrepentida y quería volver a la armonía de antes. Un día, coincidimos saliendo a la
vez de nuestras habitaciones. Ella iba con una toalla en la mano, se notaba que estaba lista para una ducha y pensé en ponerla a prueba. Cuando apenas estaba un poco de tiempo saliendo el agua, llamé al baño y le dije que me urgía entrar. Ella, desde dentro, me dijo, apurada, que, siendo así, que entrara. Lo hice y me puse a orinar. El váter estaba justo al lado de la ducha. La
mampara era transparente y podía verla completamente desnuda. Observé que tenía un buen cuerpo y, aunque procuraba cruzar los brazos por delante de ella, podía ver que tenía un par de tetas muy apetecibles. Yo también procuré que ella me viera. Me bajé el pantalón del pijama y saqué la polla erecta. Tardé lo que pude aguantar con ella sin cogerla de la mano para que la viera bien, y lo hizo.
Me estuvo mirando de reojo, pero no dijo nada. Para mayor escarnio, dije que iba a aprovechar para afeitarme y seguí delante del espejo con la verga asomando por la bragueta. Ella hacía como que se enjabonaba de espaldas a mí, pero yo sabía que su curiosidad a la luz seguía intacta. Pero no sirvió de nada. Cuando salí, las cosas volvieron a su cauce normal. No hubo comentarios, ni buenos ni malos,
y yo seguí malhumorado. Me acostumbré a verla tan amable como siempre, aunque a mí no se me pasaba la rabia mal contenida. Yo procuraba comer muchos días con Fina. Le contaba mis estrategias y ella se reía de mí. Eran chiquilladas, pero yo no sabía cómo atacarla. Elsa acudía a la tienda de Cintia, le ayudaba en todo y, según la chica, se desenvolvía muy bien. Parecía que estuviera haciendo esto toda la vida. Elsa le ponía voluntad y
estaba contenta con ella. También entabló amistad con Soledad. Fernando la convenció para que su mujer le enseñara cosas sobre la confección. Al parecer, todo iba a pedir de boca. Yo me iba haciendo a la idea y olvidando el mal momento. Parecía que Fina tenía razón, no pasó nada tan malo. Era una de las primeras cosas que me pasaban y debía acostumbrarme. Una mañana que visité a Teresa, me preguntó cómo iban las cosas. Yo le contesté que muy bien. Era cierto, en la tienda, las ventas habían
aumentado mucho y, al parecer, todos estaban contentos. Se alegró y me dio un beso en la boca que me dejó casi mareado. Al momento, fue hacia la puerta de su habitación y la cerró. Cuando volvió, comprendí lo que quería. Estuvimos más de una hora sobre su cama. La mujer necesitaba polla y yo iba desbocado. Pero, al terminar y ya dispuesto a irme, Teresa me hizo una pregunta que me dejó descolocado. Tony,¿ qué tal tu prima Elsa? Eh,¿
qué quieres decir, Teresa?¿ Cómo sabes lo de mi prima? Ja, ja, ja, las noticias vuelan, Tony. Me he enterado de que tu prima trabaja o va a trabajar con Cynthia, la hija de Marta. No me digas que Marta te ha contado lo de mi prima. Pero, mejor, así verás que de aquello que te dijeron, que me iba a ir con ella, no es cierto.
Es verdad, perdona. Marta a veces habla de más.¿ A veces? Yo creo que siempre. Ja, ja, ja, y eso que no sabes todo.¿ Es que hay más? Pues
sí, según se mire. A lo mejor no le interesaba, porque al ser prima tuya, no sé si.¿ Qué le dijo a mi prima? Nada, algo sin importancia. Le contó que tú te la follaste un día, que le dejaste el culo como un bebedero de patos y, en fin, que a pesar de todo le encantó, que la subiste a las nubes y se corrió varias veces. No me digas que le contó todo eso a mi prima. Joder con Marta.¿ Que mi prima no sabe nada de mí? Eso le dije yo, pero ya conoces a Marta. No
puede guardar un secreto. Hasta creo que le dio detalles como para ponerse cachonda, jajaja.¿ Y qué va a pensar
mi prima de mí? Eso no lo pensó.¿ Marta pensar ella? Jajaja.
Al revés, cegaramente quería presumir de seductora. A lo mejor pensaría que, si vive contigo, también se lo harías con ella y quería informarle de que a ella también la tendrías en tu punto de mira. pues vaya desastre, y
menos ahora.¿ Qué te pasa con Elsa? No, nada. Solo era un comentario.
Cuando salí de casa de Teresa, todavía estaba más enfadado. Ahora resultaba que se corría la voz de que yo iba follando a todas las que se me ponían por delante. Y no solo eso. En aquella época salieron al mercado las nuevas fibras sintéticas, el tergal. Hasta entonces, el popelín de algodón era el rey para confeccionar las camisas, pero, al salir las fibras artificiales, resultó una innovación gigantesca, no
se arrugaban y casi no había que planchar. Tampoco se ensuciaban tanto, y fue casi la muerte para el algodón. Como resultado, se reactivó la venta de camisas, pero las de a medida fueron de capa caída. Una mañana, me llamó Soledad. Quería hablar conmigo. Yo aproveché para llevarle unas cajas vacías y fui a su casa. El recibimiento fue el previsto, las cajas quedaron en un rincón y Soledad me brindó un recital de lengua. Yo le correspondí con otro de flauta. Sobre la mesa de cortar, le comí
el coño y la follé a placer. Ella y yo quedamos más que satisfechos y luego me contó una serie de confidencias. Me contó que su marido había cambiado un poco, posiblemente porque ella le dejaba sodomizarla. Soledad había aprendido a dilatar el esfínter y a lubricarse bien cuando su marido iba a metérsela. Yo me alegré por ella y porque Fernando la fuera tratando mejor. Luego salió la conversación de Elsa. Soledad me contó que se habían hecho muy buenas amigas.
A mí me encantó. A pesar de todo, apreciaba mucho a Elsa y me gustó que se integrara en el ambiente de la capital. También me contó que mi prima le había contado su violación y su embarazo fulminante. Soledad la comprendió y la animó a olvidar. También le contó que, desde entonces, no había hecho nada con ningún hombre y Soledad, queriendo animarla, le confesó que ella tampoco había tenido suerte con su marido. pero que tenía un desahogo que le hacía ver la vida de otro color. Elsa no era
tonta y sumó dos y dos. Fue sacándole datos hasta que le insinuó que yo era su desahogo y que, cuando la visitaba, le hacía olvidar hasta su nombre. Todo esto, Soledad me lo contaba como el mayor de los secretos. A su vez, opinó que Elsa parecía tener un trauma con los hombres y que sería bueno que alguien le demostrara que la vida no es solo trabajar y que debía atender más a su cuerpo, o sea, que debía
follar y sentirse una mujer completa. Para mí, fue un masazo. Soledad, sin pretenderlo, me estaba echando encima una responsabilidad que yo no quería, y Elsa menos. Yo no quería pasar por otro momento como aquel, pues sabía lo obsesionada que estaba sobre el tema del sexo. A partir de entonces, me dediqué a observar a mi prima. En realidad, no pude notarle ninguna señal referente a sus fobias ni ningún indicio de querer solventarlas. Una tarde, me pasé por la tienda
de Cynthia. Ya casi estaba completamente arreglada. La inauguración era inminente. Me gustó ver a Elsa, trabajaba con seguridad. Cynthia estaba encantada con ella. Ya habían comprado unas máquinas para coser, eran de segunda mano, pero estaban prácticamente nuevas. Elsa estaba encantada. Con aquel material, estaba dispuesta a comerse el mundo. Al momento de llegar, entró un joven bien parecido. Me fijé, por la forma de vestir y de hablar, que era culto y amable. Me fijé en la cara que puso
Elsa al verlo y, sin querer, sentí una punzada. Me pareció ridículo, pero noté como si aquel desconocido me fuera a quitar algo. Cintia me presentó a Joaquín. Era el dependiente de la tienda de su padre, el más joven y el que no tenía trabajo de momento. Según fuimos hablando, me fue gustando más, hasta que olvidé la sensación inicial y el mal pensamiento que tuve y simpaticé con él. En mi tienda, todo iba sobre ruedas. De José iba progresando, aunque,
de momento, no parecía preparado para volver. De todas formas, yo le iba visitando y contando las novedades. Lo cierto es que, desde que él no estaba, la tienda iba mejor. Seguramente no sería por eso, pero la realidad era que, conmigo, habían subido las ventas y, sobre todo, la buena armonía. Las cosas no duran siempre. Así que, cuando una mañana notamos que el señor Juan, el dependiente más mayor, no
llegaba a su hora, nos preocupamos. El hombre presumía de no haber faltado al trabajo ningún día de su vida, pero, al rato, su hijo nos llamó, diciendo que su padre estaba en cuidados intensivos del hospital. Había sufrido un ictus y estaba verdaderamente mal. Le deseamos que se recuperara y le dije que no se preocupara por nada, que en la tienda nos arreglaríamos como fuera sin él, que lo primero era su salud, y bla, bla, bla. Lo hablé con Fina. El problema que nos planteaba la ausencia de
Juan era grave. Ahora, las ventas eran muy buenas y el personal iba agobiado, pues había momentos en que la gente se cansaba de esperar y se marchaba sin comprar. O había el riesgo de no poder atender a todos como una tienda de aquella solerá y no queríamos parecernos a un gran almacén en la frialdad de trato. Hablé con Cintia, me dio el teléfono de Joaquín y me cité con él. Estuvimos casi toda la tarde hablando en la cafetería de al lado de la tienda. Me encantó
su forma de hablar y su carácter afable. Era soltero y no tenía intención de casarse, de momento. Me alegró el comentario y disipó el mal juicio que tuve al conocerle. Después de conversar con él, le invité a ver mi tienda. Él accedió gustoso y entramos. La acogida fue espectacular. Fina abrió los ojos como platos. La verdad es que el chico era todo un galán, alto, moreno, buena planta y simpático.
Comprendí que le gustara a las mujeres. Los demás dependientes le hicieron un recibimiento de lo más amable y él, en compensación, se puso a atender a los clientes más impacientes. En un momento, le llevó a Fina una serie de tickets de compra para su cobro. Los clientes salieron encantados, con las manos llenas de bolsas y todos nos quedamos admirados. No hizo falta nada más para convencerme. Fina me miró y, sin hablar, me confirmó con la cabeza lo que debía
hacer y lo contraté. Fue todo un acierto. A partir de ese día, las ventas fueron en un aumento progresivo. A De José le encantó mi decisión y todo mejoró espectacularmente. Bueno, todo no. En los días que iba a comer a casa de Fina, en las conversaciones después de follar, iba apareciendo Joaquín. Primero era casual, pero, poco a poco, iba polarizando la conversación. Estaba claro que había dejado un buen
impacto en todos, pero, sobre todo, en Fina. Yo seguía siendo de encargado, aunque sabía que, ahora, con la incorporación de Joaquín, tenía más difícil seguir en la tienda al no haber plaza para vendedor. Un día, Joaquín me dijo que quería hablar conmigo, pero fuera de la tienda. Eso me preocupó, ya que pensé que cualquier problema laboral podía comentarlo en la privacidad del despacho de De José. Tony B.
Mira, no te enfades por lo que quiero hablarte, pero es algo que me interesa. Tengo una duda. ¿Duda? A ver, Joaquín,¿ qué quieres saber? Me intrigas. Podías haberme dicho lo que fuera en el despacho. Tranquilo, no es nada importante. Bueno, para mí sí. Pregunta lo que quieras.
Es que he visto que siempre estás cerca de Fina. Entiendo que te intereses por las ventas y demás. Fina es una chica admirable que lleva todo a la perfección, pero no sé. Veo que tenéis mucha
complicidad. Es cierto. Con Fina me llevo de maravilla.¿ Esto te preocupa? No, nada de eso. Al revés, veo que hacéis un buen equipo. Lo único es. Venga, Joaquín, dímelo ya. Lo que sea. Es que, si te digo la verdad, Fina me gusta
Desde el día que la vi, me llamó mucho la atención y, según la voy conociendo, pues. Ja, ja, ja, eso está muy bien, Joaquín. Veo que tienes buen gusto.
Lo cierto es que tengo una pregunta un poco delicada.¿ Hay algo entre vosotros?¿ Qué insinúas, Joaquín?¿ Qué si sois, vamos, qué si estáis liados o algo así? ¿Nosotros?¿ Qué va?
Qué iba a hacer una mujer como fina conmigo, un crío a su lado? Me parece que ves visiones. Uf,
me alegro. Es que, si fuera así, yo ya no le diría nada a ella.
No le dirías qué? Pues que me gusta, que me encantaría salir con ella, en fin, que me interesaría. Vaya sorpresa. Tienes razón, es una chica estupenda, y no es que te lo diga yo. Puedes preguntarle a cualquiera, es guapa, que digo guapa, está estupenda, y, además, es inteligente y, cegaramente, mucho más. Me encanta oírte.
Me has quitado un peso de encima. Si es así, a lo mejor. Nada, tranquilo. Si me pinchan,
no me sale sangre. Yo le estaba animando a Joaquina que se enrollara con Fina. no me lo creía. Menos mal que confiaba en que a Fina no le gustara la idea. Pocos días después, luego de comer en su casa, follamos como siempre, como si no hubiera un mañana. Fina se esmeró, si se puede decir así, todavía más. Me dio un recital de mamadas, cabalgadas y caricias que me volvieron loco. Ella tampoco tuvo queja de mí, por lo menos no lo demostró. Yo también le apliqué técnicas que
ella misma me había enseñado porque le volvían loca. Pero, luego, cuando estábamos reposando, esperando a que nuestros corazones bajaran de ritmo, se me quedó mirando, seria. Creí que me iba a pedir empezar de nuevo y la besé, pero ella, después de pasearme la lengua por mi paladar, me dijo, ¿Tony, te puedo hacer una pregunta? ¡Claro! Si es y me ha gustado la follada, la respuesta la puedes adivinar.
No seas tonto. Es que tengo un problema, o mejor dicho, dos. Dime el número uno. Pues, que hay alguien que se interesa por mí. Pues ya somos dos.
Yo estoy coladito por tus encantos, jajaja. No, esto es serio. Hay una persona que me ha insinuado si quiero ser su novia. La polla, que todavía se mecía en el aire, cayó fulminada. Lo que me decía Fina era que alguien que yo sabía ya le había propuesto lo que yo no quería.¿ Y puedo saber qué le has contestado? Me lo estoy pensando.
Antes quería saber qué opinas tú.¿ Te imaginas quién es? Pues no tengo ni idea, mentí.
Es Joaquín. Me ha dicho que le gusto mucho en todos los sentidos y quisiera que saliéramos juntos y, si congeniamos, que nos hagamos pareja.¿ Qué opinas?
Lo que yo opine no tiene mucha importancia. Es lo que opines tú.
Si te soy sincera, el chico me encanta. Cuando me lo presentaste la primera vez, quedé prendada y, según le he ido conociendo, la verdad es que me parece un hombre muy interesante. Entonces,¿ qué piensas responder? Creo que le voy a decir que sí, si te parece bien a ti.¿ Cómo me va a parecer mal? Si a ti te gusta y a él le gustas,¿ yo qué? No me salían las palabras. El mundo se abría debajo de mi culo. Después del fracaso con Elsa, ahora me pasaba esto, y
eso no era todo. Así que, no sé si te habrás dado cuenta de que hoy hemos follado de una manera especial. Claro, y eso que todos los días son casi así.¿ Y cuál era el número dos? Pues que hoy ha sido como una despedida. Como comprenderás, si me junto con Joaquín, no podemos seguir viéndonos. No sería ético. Me has hecho muy feliz. Eres un chico ideal en todos los sentidos, pero entiéndelo, es una oportunidad ideal para mí. El chico parece buena persona, es guapo y trabajador, y
de mi edad. Sí, claro,
de tu edad. Eso se me había olvidado. Yo soy un muñeco a tu lado. Necesitas a un hombre de verdad. No seas
cruel. Sabes que tengo razón y no me refiero a esto. Fina se inclinó y me cogió la polla y le dio un beso tierno. Me demostró que tenía toda la razón. Yo había perdido la partida. No valía la pena luchar por nada. El destino me estaba jugando una mala pasada, así que me abracé a ella y la besé, pero ya noté que sus besos no eran como antes. Fina había clausurado la relación sexual conmigo. Elsa seguía tan normal
como el primer día. Yo me desconcertaba, pues no sabía si no le importaba nada o si su obsesión era más fuerte que ella y no veía más allá. No quise demostrárselo y le seguí la corriente. Procuraba no mostrar enfado y, de vez en cuando, la probaba para ver si habían progresos. Me paseaba en ropa interior, cruzándome con ella al baño, pero no mostraba ninguna reacción. Incluso una mañana, cuando vino a recogerme la ropa, estando yo todavía dentro
de la cama, recogió mis calzoncillos. Yo terminaba de hacerme una paja magistral, pensando en las diferentes mujeres, y había echado la leche en la prenda. Me quedé espiando su reacción. Ella sintió la humedad del calzoncillo e incluso se pegó los dedos en la leche espesa. Aún así, no dijo nada. Se sacudió los dedos y pasó por delante de mí como si no estuviera. La que se benefició de aquella
actitud fue Clara. La mayoría de días que iba a casa de Teresa, al salir, me pasaba por la cocina y, allí mismo, contra la pared o sobre la mesa, le follaba en un polvo rápido pero intenso. La chica ya me esperaba y estaba mojada, posiblemente se había calentado con los dedos esperando mi visita. Cuando llegó el día de la inauguración de la tienda nueva, Cintia nos invitó a Joaquín,
a mí y también a Teresa y a Soledad. Todos queríamos celebrar con alegría el comienzo de la nueva aventura comercial. Allí estaban Marta, su madre, y, por supuesto, Cintia y Elsa, además de dos chicas nuevas, jovencitas pero muy lindas. Joaquín trajo de pareja a Fina, pues ya era notorio que salían juntos. También había otras personas, como comerciales de las marcas, amigos y dueños de otras tiendas vecinas. Las dependientas nuevas
sirvieron canapés y bebidas. Elsa ayudó, y yo colaboré como uno más con Joaquín, que se sentía muy vinculado también, y, entre todos, nos reunimos en la mesa larga del almacén. Después de picotear comida y beber toda clase de bebidas, las conversaciones y halagos fueron para Cintia, y ésta, como derivación, nos nombró a mí y a Elsa. Ocurrió un caso inesperado. Cuando nombraron a Cintia, su madre la besó, dándole la enhorabuena.
Todos aplaudimos. Estaba emocionada. Luego, cuando me nombraron a mí, también me felicitaron, las mujeres con más motivo y Joaquín más bien agradecido. Pero lo que ocurrió fue que yo no esperaba que Elsa me besara también. Al fin y al cabo, habíamos colaborado juntos, pero, luego, cuando la nombraron a ella, yo me vi obligado a besarla a ella.
No sé por qué todos se callaron, expectantes, cuando me acercaba a Elsa y, cuando le di dos besos en las mejillas, todos estallaron en aplausos y pidieron que le diera dos más de premio. La noté muy sofocada. Estaba abochornada porque Teresa y Soledad fueron las que más insistieron, ya que sabían cosas de ella que yo también sabía. Luego, en las conversaciones que tuvimos, haciendo corros, las mujeres de
mi grupo me rodearon y me llenaron de halagos. No sabía si ellas notaron algo entre ellas, pero la verdad era que todas actuaban como si estuvieran al tanto de todo. Y, por supuesto, Elsa lo notó también. Fina disfrutaba viendo cómo me trataban todas. Ella era la más informada. Me miraba y sonreía, cógida a su nuevo novio. Estaba claro que era feliz con él y que ya no contaba nada conmigo, ya que supuse que Joaquín le llenaba el coño debidamente.
Los días pasaron sin novedades. Las dos tiendas funcionaban bien. Cintia, por ser nueva y bien montada, atraía a clientes jóvenes y menos jóvenes y todos se llevaban algo. También en nuestra tienda, con la presencia de Joaquín, aumentaba la actividad, pues el chico llamaba la atención en todos los sentidos. Cuando llamé a mis padres, se alegraron de saber que todo iba bien. Me preguntaron cómo me trataba Elsa y
le tuve que confesar que casi mejor que ellos. Si les cuento lo demás, a lo mejor no lo habrían comprendido. Me dijeron que no podían venir porque mi abuela necesitaba de unas pruebas médicas y debían estar al tanto, pero quien sí quería venir era Susa, la hija de Elsa. Quería ver a su madre, y me pareció muy lógico. Mi madre me organizó para que ocupara la habitación pequeña
que quedaba. No estaría muchos días. Yo me ofrecía dejarle la mía, pero Elsa se echó las manos a la cabeza, agradeciendo mi generosidad y propuso que se acostara con ella, aunque el ofrecimiento de la tercera habitación fue la acordada. Elsa y yo fuimos a la estación a recibir a Susa. Los dos nos quedamos sorprendidos por la apariencia de su hija. Allí, en el pueblo, era una más entre las jóvenes bonitas de su edad, pero ahora, bajando del tren, era toda
una señorita, bien vestida y con un tipazo de miedo. Y, sobre todo, que tenía una resolución y una soltura que no nos esperábamos. Su madre la miraba de reojo, como si no reconociera a su hija, y ella me miraba a mí, esperando mi aprobación por su atuendo. Con la mirada que le devolví, se quedó contenta. Estaba francamente atractiva y ella me lo agradeció con un beso realmente sincero y cálido. Ese día, por la noche, salimos a dar una vuelta. Susa se cambió de ropa para salir con
un look todavía más atrevido que el otro. Su madre quería contenerla, pero Susa estaba decidida a presumir en la capital. Se me colgó del brazo y, con su madre al otro lado, fuimos a dar una vuelta por la zona de bares. Las invité a cenar en un sitio al que yo conocía desde que era aprendiz. Se portaron muy bien y, al final, nos invitaron a unos chupitos de licor de moras. Susa era muy simpática y parlanchina. Físicamente, se parecía mucho a su madre, pero, en la forma
de ser, era completamente opuesta. Eso no le hacía nada de gracia a Elsa, pero tuvo que transigir. El segundo día, la llevé a mi tienda. Quería enseñársela a Fina, era un poco en venganza. Noté que, pese a alegrarse, acusaba el golpe, pues ese día Susa llevaba un suéter bastante escotado y mostraba unas tetas juveniles, bastante desarrolladas y muy tersas, apropiadas para su edad. Al volver, pasamos por la puerta de un cine. A Susa le gustó la película de
estreno que hacían. Allí, en el pueblo, no había cine y tenía que esperar a verla por televisión mucho tiempo después del estreno. Cuando se lo dijimos a su madre, se preparó para acompañarnos, pero Susa se enfadó, echándole en cara que, en el pueblo, siempre le animaba a que saliera por ahí y que se divirtiera, pero, claro, aquí en la capital. De todas formas, tuvo que ceder porque la acompañaba su primo. El cine era de estreno y las butacas muy cómodas. Le gustó todo, la decoración, el
sonido y, sobre todo, la película. Aquella película sería difícil que la hicieran en televisión, pues tenía un argumento muy fuerte. Había escenas verdaderamente explícitas, incluso salían alguna teta a relucir. En teoría, era de terror y Susa era muy impresionable según las escenas. Había momentos en que se cogía a mi brazo cuando le daba miedo y, en otros románticos, ponía su cabeza en mi hombro, influenciada por la situación.
Yo no quise intentar nada. El cine no era propicio para escarceos, aunque no muy lejos había una pareja que se estaba comiendo las bocas de una manera exagerada. Susa los observaba y me tocaba, cogiéndome la mano para que me fijara en ellos. En sus momentos miedosos o cariñosos, me oprimía las tetas contra mi brazo. Yo procuraba no centrarme en ellas, aunque notaba claramente la dureza de sus pezones juveniles. Como resultado, tenía la polla tan dura que
me dolía. En un momento de total oscuridad en la sala, aproveché para darle una postura más cómoda debajo del pantalón para que no se partiera. En las escenas claras, Susa miraba el bulto con disimulo y se apretaba más a mí. Ya en la calle, Susa me hizo recordar los besos de aquella pareja y, con ironía, me dijo que era una indecencia, imitando a su madre, y nos reímos con complicidad.
Cuando volvimos a casa, su madre nos estaba esperando. Susa le contó, emocionada, lo bonito que era el cine, con sus butacas de terciopelo rojo y su pantalla panorámica. De la película, apenas le dijo nada, y de la pareja besucona, casi tampoco, porque yo la miré, advirtiéndola, cuando ya iba a hacerlo. Elsa todavía se esmeraba más en las comidas y en tener la casa arreglada. Yo le alababa, diciendo que me gustaba tener una compañera de piso como ella.
Se notaba que sabía de lo que hablaba, pero no hizo comentario alguno. Por la noche, nos sentamos a ver una telenovela que le gustaba a su madre. Me dejaron al medio. Elsa estaba entusiasmada con ella, la seguía desde el pueblo y no quería perder el hilo. Mientras, Susa y yo hablábamos a hurtadillas de cosas que nos provocaban risas. A veces, tanto yo como ella decíamos algo que al
otro le hacía gracia y nos tocábamos, haciéndonos cosquillas. Elsa estaba nerviosa de vernos, pues tenía que estar pendiente de la pantalla y de nosotros. Cuando empezó la publicidad, me levanté con la excusa de ir a beber agua y Elsa se dio cuenta de la erección que lucía yo. Desde la cocina, oí como la madre regañaba a su hija y ésta le contestaba que yo era su primo, que no se hiciera películas raras en la cabeza. Cuando
volví a sentarme, el bulto había desaparecido. Entre otras cosas, porque me la había recolocado de lado, contra la cadera. Al día siguiente, Elsa se llevó a Susa a su tienda. Quería enseñarle todo aquello y, de paso, según mi opinión, alejarla de mí. Lo que no calculó fue que, al día siguiente, Cynthia le pidió que se quedara a mediodía en la tienda para colocar las prendas nuevas. Susa quedaba en mi casa y solo pudo recomendarle que hiciera la comida para los dos y que se portara bien. Para mí,
fue una sorpresa agradable. Cuando llegué a mediodía, me recibió como si fuera una recién casada, agasajándome desde el principio. Al llegar, me había preparado un aperitivo y una cerveza. Ya tenía la mesa preparada y me dijo que todavía era pronto para comer. Yo lo entendí. Cuando iba a casa de Fina, comíamos a cualquier hora y nos daba tiempo para todo. Allí, en la salita de estar, me sirvió la cerveza con cuidado de no hacer mucha espuma.
Se esmeraba en hacer la vida agradable. Me acordé de soledad. Luego se sentó a mi lado en el brazo del sillón. Con una mirada coqueta me fue dando galletitas saladas como si fuera un pajarito entre risas y bromas.¿ A qué sabrán tus besos, a salados o a dulces? No lo sé. Imagino que ahora a salados, como me das galletas saladas, pero, si no, sabrían a dulce, porque tu boca debe estar muy dulce. Susan no dijo nada, pero se fue acercando lentamente.
Cuando ya estaba a pocos centímetros, se detuvo y me miró a los ojos.¿ Sabes una cosa? Cuando vi a aquellos del cine besándose de aquella manera, me preguntaba cómo serían esos besos. No me di cuenta. Creí que estabas más pendiente de la película. Bueno, también me di cuenta del bulto que aparecía debajo de tu pantalón. Sí, eso me pasa a veces cuando estoy cerca de una chica guapa. Por ejemplo, como ahora. Susa era una seductora nata, todo
lo contrario que su madre. Estaba probándome, y yo me frenaba, pensando que aquella chiquilla no sabía a dónde se estaba metiendo. En cambio, por el contrario, nos estábamos jugando el porvenir de su madre y de ella, porque, si por casualidad su madre se enteraba de lo que pretendía, la estancia y el posible trabajo se irían al traste. Sí, como ahora. Ya veo que te llama la atención, pero te puedo decir que yo y ella somos independientes. Ella tiene menos
eso que yo. Si no fuera así, ya la habrías probado. No creas que no me gustaría
También debe estar un poco salada. No lo sé. No la he probado.¿ No será porque no llegas
lo has intentado? Veo que eres muy precoz en esto del sexo. No te pareces a tu madre.
Uf,
y lo que me alegro.
Mi madre es muy puritana. Parece ser que su juventud no estuvo muy acertada.¿ te lo contó ella? No, fue mi abuela.
Me dijo que yo nací de una primera relación un poco forzada y eso la traumatizó.¿ Quieres decir que a ti no te traumatizó
la tuya? Si ya la has tenido, claro. Ja, ja, ja, no. Aunque no fue nada de otro mundo. Fue por una apuesta con mis amigas
Lo hice con el tonto de la clase. Ellas me picaron porque yo quería estrenarme con el más bueno de la clase, que estaba muy disputado. En eso me parezco a mi madre, pero ellas no me dejaron. Todas pasaron por el antes que yo, y me retaron a que empezara por abajo, y sí, lo hice. Vaya experiencia triste. En realidad, no lo fue tanto. El chico no era tonto, era simplemente feo, pero tenía una polla como un caballo. Lo que pasa es que no sabía cómo hacerlo, y yo, tampoco.¿
Y ahora sí? No creas. Estoy deseando que alguien me enseñe lo que sabe hacer, y tú, primo, no parece que seas primerizo en esto. Me agarró el bulto que aparecía debajo del pantalón y lo recorrió de arriba a abajo, como antes hizo su madre, y también, como ella, soltó de pronto. Vaya polla.
Esta no me cabe a mí. Me parece que
me he sobrevalorado. Si te animas, estoy dispuesta a sufrir un poco. Creo que tú sabrás cómo hacerme disfrutar con esta tranca. Si no eres muy exigente, a lo mejor sí, pero creo que a tu madre no le gustaría saberlo. Tampoco se lo voy a decir o se lo contarás tú. No pienso hacerlo, aunque creo que no le vendría mal. Parece ser que el sexo no va con ella. Ja ja ja,¿ por qué dices eso? Mi madre solo tiene un trauma, pero le gustan los hombres como a todas.
Lo que pasa es que...¿ Qué le pasa? Me pica la curiosidad. Pues pienso que le asusta empezar, el tener cerca una verga, a tocarla, a quemarse la mano con ella, a sentir cómo le entra hasta las entrañas, a eso, creo yo. Joder, Susa, pareces una enciclopedia del sexo. Ja,
ja, ja. Bueno, sí.
He leído mucho y espero experimentar todo eso algún día. Pues creo que tu madre, al paso que va,
no lo va a acatar nunca. No creas. A ella le pica el coño como a todas. En
casa, la he oído gritar a veces. Parece ser que se las arregla para gozar, aunque no sea con una polla, claro. No me digas que se masturba
No lo sé. No la he visto. Es muy
cuidadosa con esas cosas, pero la oí muchas veces. Debe tener algo para meterse, no sé, pero grita como una loca cuando se corre. Vaya, vaya con Elsa, jajaja. Pero no se te ocurra decirle
nada. sino a mí. Ella cree que todavía estoy en la higuera.
Pues sí que te conoce, jajaja. Susan no soltaba mi polla. Mientras hablaba, se había dejado escurrir desde el brazo del sillón hasta caer cruzada sobre mis piernas, como si estuviera en mis brazos. Con una mano, agarraba lo que tenía debajo del culo, y con la otra me remolineaba el pelo, mirándome fijamente. Mi polla palpitaba, sintiendo que la poca ropa que llevaba mi primita dejaba pasar el calor de su piel, y sus tiernas tetas estaban tan cerca de mi pecho
que sentía su presión cuando respiraba. Llevaba un sujetador juvenil que no ejercía más que presión para disimularlas y mantenerlas, para que no se bambolearan, aunque sin darles forma. Así, eran unas masas duras y calientes que me quemaban. Sin dejar de amasarme la verga, se acercó a mi cara, mirándome a los ojos. Sus labios buscaban los míos, y ya notaba su aliento tibio cuando sonó el teléfono. Yo me sobresalté. De pronto, pensé que era el timbre de la puerta y que su madre iba a entrar de
un momento a otro. En mis planes no estaba un follón como aquel. Pensé que Susa iba a saltar de mí al oír el teléfono, pero ella se incorporó lo justo. El aparato estaba a mi lado, en una mesita auxiliar. Se revolvió y, sin levantarse, lo cogió y me lo pasó. Era su madre, que quería saber cómo se portaba su hija, si había hecho bien la comida, etc., etc. Susa se había sentado de frente sobre mis piernas y se pegó a mí, poniendo su cabeza al lado de la mía
para oír lo que decía su madre. Mientras yo le contestaba, entrecortadamente, a lo que me preguntaba, Susa me iba besando por el cuello, me lamía los lóbulos de las orejas y me pasaba la mano por la nuca. Mi polla estaba a reventar. Sentía cómo se incrustaba entre las nalgas de Susa, apenas cubiertas por la tela del pantalón corto que llevaba. Ella misma se deslizaba por los muslos para que sintiera el corte del coño. Su madre tenía ganas de hablar.
Me contó lo que estaban haciendo en la tienda con todos los detalles. Posiblemente quería prolongar la conversación para interrumpir la nuestra, aunque Susa, sin freno, iba moviéndose con toda libertad. Se apretaba contra mí, frotando sus tetas contra mi pecho. Se restregaba como una gata en celo, hacía como que me olía el pecho y aspiraba hacia mi garganta. Al llegar allí, me pegaba los labios, amenazándome con darme un chupitón.
Estaba claro que Susa sabía lo que hacía. Daba la impresión de que estaba ensayando conmigo todo lo que había imaginado en su pueblo. Parecía
que tenía un trauma parecido al de su madre, pero al revés. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
