Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Gemelas, parte 6 Hacía bastante tiempo que no veía a mis padres. Siempre procuraba llamarles por teléfono a mediodía, previniendo que por la noche tuviera alguna invitación para cenar con Fina. Hola, mamá,¿ cómo estáis? Y la abuela. Hola, hijo, nosotros estamos bien,
pero la abuela no avanza mucho. En principio, el médico nos dijo que con un poco de rehabilitación y tiempo, la cadera se le soldaría, pero...¿ Entonces todavía no venís? Eso quisiera yo. Aquí no es que estemos mal, pero dejarte a ti solo ahí... No sabes cuánto lo siento, hijo.
No te preocupes, mamá, yo estoy bien.¿ Y papá? Ah, él está bien, mejor que yo. Casi siempre está en el bar jugando al dominó.¿ Entonces no te ayuda con la abuela? Lo justo. Menos mal que mi prima viene por las mañanas.¿ Qué prima? Mi prima Elsa. Ah, claro. A lo mejor ya no te acuerdas de ella.
Es la hija de mi tía Herminia. No sé si te acuerdas, es la que tiene una hija un poco más joven que tú. Es muy buena chica y me ayuda mucho, sobre todo para mover a la abuela. Me alegro, así no se hará tan pesado.¿ Y tú, cómo te arreglas solo? Bien, al principio iba perdido, sobre todo con las comidas, pero ahora ya le he cogido el truco. Con tus recetas y alguna que me han dado por aquí,
no tengo problemas. No te preocupes por mí. A ver cuándo vienes a vernos. Uf, ya quisiera
yo. Había pensado ir la próxima semana, que son dos días seguidos de fiesta. Como trabajo hasta los sábados. Bien, Tony, te esperamos. Y portate bien, que nadie tenga nada que decir de ti. No, mamá, soy muy formal. Las conversaciones eran casi siempre iguales. Mi madre me llenaba de recomendaciones y yo me quedaba más tranquilo. Lo cierto era que no me sentía solo, jejeje. Las obras de reforma de la tienda de Cintia iban muy adelantadas. El decorador era
un buen profesional y se ocupaba de todo. Yo procuraba no aparecer por allí. Después de la experiencia con Marta, no quería que me manejara a su voluntad. Cuando los últimos electricistas se fueron, vinieron las limpiadoras. Cintia contrató a una empresa de limpieza que dejó la tienda a punto de llenarla de género. Entonces me llamó.« Tony,¿
podrías venir un rato?». Necesito hablar contigo.¿ Estarás a solas? Claro,¿ por qué lo dices? Por si aparece tu madre. No es que me sepa mal, pero así, sin avisar. Ja ja ja, no, tranquilo. El otro día la reñí.
Yo la conozco y no es mala mujer, pero tiene un defectillo, le gusta follar más que a las gatas. Está bien, a ver si me escapo un rato. La tienda, aunque todavía vacía, estaba preciosa, limpia, luminosa, ordenada y bien planificada. Cintia me enseñó todo, hasta los probadores, que estaban a la última moda. En la trastienda estaban las estanterías y un pequeño despacho. También había un cuarto que creí que
sería para las cajas vacías, pero me lo aclaró. Les pedí que me dejaran este espacio por si me hace
falta algún día. Nunca se sabe. Ah.¿ Y qué has previsto como personal? Bueno, cuando
cerré para la reforma, todos cogieron vacaciones. Antes hablé con ellos y parece que la mayoría ya tienen solución. Como son mayores, casi todos quieren jubilarse, excepto uno, se llama Julio, es el más joven. Es el que más me preocupa porque solo voy a contratar chicas. Ya veremos qué puedo hacer con él. Sí, una lástima. A mí me pasa lo mismo. En mi tienda casi todos son mayores, pero de jubilarse aún. Y ya me advirtieron que no podría pasar a vendedor si no hay plaza libre y me
tendré que buscar la vida. Por eso no te preocupes, aquí siempre tendrás un sitio. Pero si solo coges a chicas.
Pero me hará falta
un encargado, y
tú me gustas mucho.¿ Y tú también? Ja ja ja. Mi madre dice que hacemos una buena pareja.¿ No dirá mejor, un buen trío? Ja ja ja, no,
aunque no niego que lo habrá pensado, ja ja ja.¿ Cuándo inauguras? No lo sé, todavía estoy viendo ropa y todo lo demás. Tengo muchas amigas que me aconsejan. Incluso me han sugerido que ponga a alguien para coser vestidos. Ellas me traerían clientes y les haría prendas que copiarían de las revistas. Para eso te vendría bien ese cuarto. Eso pensé, pero aún no lo tengo decidido. También tendría que buscar a alguna modista. Vaya lío. Cintia estaba preciosa.
Llevaba un vestido muy corto de licra, se le pegaba como una segunda piel. Era de color lila, y con sus piernas tan largas, tenía que hacer milagros para no enseñar las bragas. Cuando estábamos en el despacho, me hizo sentar en el sillón de director y ella se sentó sobre mis piernas, de cara a mí. El vestido se deslizó sobre sus muslos hasta quedar casi a la cintura. Siguió hablando como si tal cosa, hasta que notó el
bulto que le martilleaba entre las piernas. Sin dejar de contarme cosas de sus proyectos, fue soltándome el cinturón y, cuando tuvo la polla en su mano, la dio el tanga y se sentó sobre ella. Fue una conversación como otra, pero follándome lentamente. Era como una reunión de trabajo con un bonus. Solo se interrumpió cuando se corrió abrazada a mí. Se había bajado los tirantes del vestido y lo había
dejado arrugado en la cintura. Me cogió las manos y las llevó a sus tetas, y así sufrió sus espasmos con la boca abierta para poder respirar. Seguidamente, siguió moviéndose más rápidamente hasta que sintió en su interior la humedad caliente de mi leche al inundarla. Todavía seguimos hablando de sus proyectos, y al levantarse, fue a buscar una mopa para limpiar las manchas del suelo. El tren me dejó en el pueblo. Recordé cuando venía a pasar el verano
con mis abuelos. Allí me perdía por las calles con mis amigos. Ahora apenas me acordaba de ellos. Todos habían seguido sus vidas e incluso cegaramente algunos habrían emigrado a la ciudad. En casa de mi abuela, mi madre me abrazó como si no me hubiera visto en siglos. Antes pasé por el bar donde estaba mi padre. Le di una palmada en el hombro y él me sonrió y me enseñó las fichas que llevaba del dominó. Era una buena partida, iba a dominar cogiendo muchos puntos. Para él,
era suficiente saludo. Mi madre no dejaba de abrazarme. La encontré un poco pálida, cegaramente porque no tomaba mucho el sol. Imagino que mi padre lo haría por ella. Los dos abrazados fuimos a la habitación de mi abuela. Olía muy bien, la habían perfumado y se notaba que estaba muy bien atendida, aunque la encontré bastante desmejorada. Yo la recordaba llena de energía cuando me llamaba a gritos en la calle para cenar, porque mis amigos y yo, hasta que no nos llamaban,
no entrábamos en casa. Mi abuela también me llenó de besos y me dijo que había crecido mucho y que había cambiado la voz. Al rato de estar con ella, me di cuenta del ruido que venía del piso de arriba. Pregunté y mi madre me dijo que su prima Elsa estaba cosiendo a máquina unas cosas de una vecina. La máquina de coser de su casa estaba muy vieja y la de mi abuela funcionaba un poco mejor. Elsa bajó al oír la algarabía de las dos mujeres. Para mí
era como una desconocida, apenas la recordaba. Su historia parecía estar velada. Yo solo sabía que tenía una hija, pero del padre de la niña no se hablaba nunca. Elsa era mucho más joven que mi madre, era la más pequeña de sus primas. Lo que pasaba es que en el ambiente rural no se arreglaba tanto como en la capital, aunque vestía con gusto dentro de lo que cabe. La sonrisa que me dedicó me gustó, se notaba sincera, y eso que no me veía desde pequeño. Mi madre enseguida
sacó pastas y en un momento hizo chocolate. Nos sentamos todos a la mesa y mi abuela, desde su cama, compartía la conversación y el chocolate también. La pobre mujer tenía la cabeza muy bien amueblada, pese a su edad. Me estuvieron preguntando de todo. Mi madre padecía por todo, aunque yo la tranquilizaba. En cambio, Elsa me apoyaba, creía en mí, pues su hija también era bastante resolutiva, aún
siendo menor. Esta estaba estudiando en otro pueblo más grande, en una academia, preparándose para emplearse en una oficina, si tenía suerte. Les tuve que contar cómo me apañaba respecto a las comidas, la ropa y lo demás. Les conté casi todo, excepto las cenas con Fina y algunas cosillas más. Les fui diciendo los progresos que hacía en la tienda y lo bien que me trataba de José. Mi madre se arrellanó en su silla, satisfecha, mirando a su prima, que la envidiaba un poco porque su hija todavía no
había despuntado. Cuando le llegó el turno a Elsa, me contó que se mantenía a duras penas haciendo lo que pudo aprender. No tenía estudios, pero cuando fue a la escuela, su maestra sabía bordar y coser, y como ella era muy laboriosa, aprendió mucho, ya que le siguió enseñando después de clase. Me dio una idea. Pensé en Cintia, en su tienda nueva y en su problema para encontrar a
alguien que le hiciera los vestidos a medida. Aproveché para ir sonsacando a Elsa si ella se atrevería a hacer un vestido desde cero, tomar medidas, hacer patrones, probarlo y coserlo después. Ella me contestó sin dudarlo que sí, aunque tendría que ponerse al día en algunas cosas. Lo que hacía ahora no eran más que ensanchar faldas, hacer dobladillos o acortar camales de pantalón. Estuve insinuando si, de presentarse la ocasión de prosperar, estaría dispuesta a cambiar de aires.
Ella lo pensó, pensó en su hija, pero al final me dijo que lo intentaría. Confiaba en que mi abuela se mejoraría y la chica le ayudaría hospedándose en su casa, así las dos se ayudarían mutuamente. El otro obstáculo era donde se instalaría. Yo ya no quise ahondar, pero mi madre inmediatamente le ofreció su casa. yo me quedé frenado. Por mi cabeza pasó la idea de que si venía a mi casa, yo no tendría la libertad que disfrutaba
en ese momento. Mis salidas de noche a casa de fina se acabarían, y la verdad, no me gustaba nada la idea. Pero todo quedó en el aire. Le fui quitando la idea, y al final fue como un comentario mío, una idea loca, pero seguí pensando en esa posibilidad. Estuve el fin de semana largo y tuve la oportunidad de conocer a mi prima Regina. Tenía dos años menos que yo, se parecía mucho a su madre y estaba casi tan desarrollada como ella. Como me dijeron, estaba estudiando contabilidad y
gestión de empresa. A mí me pareció bien, aunque pensé que también podría trabajar como aprendiza o mejor como vendedora con Cintia, aunque no dije nada, egoístamente, pues entonces sí que perdería toda libertad en mi casa. Nada más volver a mi casa, le conté a Cintia la conversación con Elsa. A ella le entusiasmó, aunque yo le advertí, pues no habíamos quedado nada en serio y también tenía miedo por
ver la reacción de Marta, su madre. Al ser tan pija, no sabía si le gustaría el aspecto un poco campesino de Elsa. De todas formas, pensé que una vez en la capital, se modernizaría bastante, ya que en apariencia era muy guapa y tenía muy buen tipo, además de una edad que no llegaría a los 35 años. Las cosas fueron rápidas. A los dos días, me llamó Cintia, entusiasmada. Había hablado con sus amigas y con su madre y todas le
habían aconsejado seguir por ese camino. Ya se veían haciendo de modelo para ir sacando sus vestidos a su gusto. Mi ruego para que tuviera paciencia no surtió efecto porque cada vez estaba más exaltada. Cuando volví al pueblo, hice una reunión familiar. También estaba mi padre, aunque con prisa para irse a echar la partida. Saqué el tema de Cintia y estuvimos debatiendo los pros y los contras, pero la idea fue tan bien acogida que apenas vieron inconvenientes.
Incluso mi padre vio la oportunidad de que, en cuanto mi abuela estuviera bien, mi madre estaría más acompañada y él se perdería todavía más en el bar con los amigos. Cuando se lo conté a Fina, se quedó apagada. Inmediatamente pensó lo mismo que yo, las cenas prolongadas se nos iban a acabar. No sería sencillo que yo pasara toda la noche con ella, sabiendo lo estrictos que eran mis padres, y menos si se enteraban de que me iba a dormir con Fina, que me llevaba unos cuantos años y
era separada. Como salida, le comenté a Fina que, en todo caso, iría a comer. No era lo mismo, ni mucho menos, pero desde la hora de salida a la de entrada por la tarde, podríamos retosar, haciendo la comida más corta, claro. Ella sintió como un mal menor, no era lo ideal, pero Soledad también se alegró. Cuando Cintia le propuso aquello, se quedó un poco triste por no poder ayudarle, pero tenía razón, ella sola no podía. De todas formas, se ofreció a ayudar a Elsa con cualquier
problema que tuviera en la costura. Las cosas iban rápidas, demasiado. Cintia iba haciendo entrevistas para contratar a las chicas y los dependientes antiguos iban gestionando el papeleo para jubilarse anticipadamente. Cintia les prestó toda su ayuda, orientándoles y gestionando algunos informes y trámites. Solo quedó Joaquín, el más joven, que
lo tenía más difícil. Marta también se movía. No sé cómo, pero Teresa me dijo una mañana que se había enterado por otras personas de que yo les iba a dejar para irme a trabajar a otra tienda que iban a abrir. Me quedé lívido. Por mi cabeza rondaban toda clase de dudas sobre cómo podían haberle dicho tal mentira, y no tardé en sospechar que Marta debía tener algo de culpa. Aquella mañana fue un drama. Teresa me apreciaba de verdad y no me creyó cuando le juré y perjuré que
era mentira. Se lo había dicho su amiga Marta y eso pesaba mucho. Le tuve que contar todo el encuentro que tuvimos, como conocí a Cintia y su propuesta. Teresa no era tonta y conociendo a Marta, me preguntó a bocajarro si me la había follado ya. Casi me caigo al suelo sentado. Ella lo notó y bajó la cabeza, decepcionada y abatida. Sabía lo buena folladora que era Marta, le había contado muchas de sus aventuras y sabía lo fácil que se abría de piernas. Me vi obligado a
contarle todo, con todo el detalle que pude. Le dije que, en efecto, la había follado cuando nos pilló a su hija y a mí y que, lejos de escandalizarse, se unió a nosotros. Y yo, enfadado, la había castigado con una regla de madera y follado por el culo sin anestesia. Teresa se rió con ganas, le gustó que yo le diera su merecido por puta y luego quiso que le demostrara cómo la había castigado. Ella misma se inclinó sobre el brazo del sofá, levantando su bata, apoyando la cabeza
en el asiento. Esperó que yo le zurrara el culo igual que a Marta, pero fui condescendiente y lo hice con la mano abierta. Aún así, quedó con las nalgas rojas. Luego le metí la polla por el mismo sitio que a su amiga, aunque con un poco de saliva. Clara no se perdió ni un detalle. Ella misma, detrás de la puerta, se tronchaba de risa viendo a su señora ponerse en aquella postura para que yo le demostrara cómo
había sodomizado a la snob de su amiga. Al salir, me estaba esperando y me dijo, todavía muerta de risa, que un día también quería ella probar aquel maltrato. En previsión de futuros cambios, Fina y yo también prodigamos las cenas por si venían tiempos peores. Cada día me enseñaba cosas nuevas, era una folladora nata. Ella misma se crecía y pensaba en cosas nuevas que, según me confesaba, no se había atrevido a hacer nunca y menos con su exmarido.
Esto me vino bien, pues fui atesorando una experiencia que luego prodigaba con Soledad o con Teresa y Clara, por supuesto. Cuando Ausa vino a mi casa, llevaba dos maletas y un bolso inmenso. En él llevaba todo lo que tenía de patrones, libros de confección, tijeras, agujas y demás. Venía dispuesta a todo, y me alegré. No parecía la misma, seguramente allí en el pueblo se había comprado ropa nueva más moderna e incluso se había maquillado levemente para lucir
todavía más guapa. Aparte del tema de las cenas con Fina, Elsa resultó una bendición para mí. Ella misma se ofreció a ocuparse de la comida y la limpieza. Yo me propuse ayudarle, pero ella quiso agradecer el hospedaje y no me dejó. Como habíamos dispuesto con mi madre, ocupó una habitación contigua a la mía, era más grande y con más luz, así podría practicar la costura. También le ofreció su máquina de coser. Yo le prometí que la revisaría, la engrasaría y la pondría a punto, pues llevaba mucho
tiempo inactiva. El cambio fue radical. A partir de ese día, yo comía como un rey, a mis horas, vestía con ropa lavada al día y tenía tiempo para mí. Incluso me permitía, desde el primer día, tener que comer fuera a mediodía, cuando Fina me quería agasajar con una siesta breve pero intensa. Con dinero, las cosas discurren rápidas. Cintia compró lo necesario en poco tiempo, se organizó para recibir a los diversos representantes e incluso me propuso una cosa
que le agradecí muchísimo. En Madrid se celebraba una feria de joyería y complementos para los profesionales del comercio. Allí había de todo lo que se pudiera imaginar y como iba con el talonario de cheques de su padre, me invitó a acompañarla. Se celebraba en un fin de semana y un sábado por la tarde salimos en tren para allá. Tomamos una habitación en un hotel de categoría reservado por
una amiga que tenía una agencia de viajes. Esta amiga también nos recomendó un restaurante de lujo para cenar la primera noche. Al día siguiente comeríamos en la misma feria para no perder tiempo y por la noche del domingo volveríamos a casa. La complicidad empezó en la misma estación. Parecíamos una pareja de recién casados. Cintia me contó que su madre insistió desde el primer momento en acompañarnos, pero ella se negó rotundamente. Además de querer comprar a su gusto,
quería disfrutar de una noche completa conmigo. Y se lo agradecí. Esa noche fue especial. Me acordé de Fina y le estuve muy agradecido por haberme enseñado todas las exquisiteces que a ella le gustaban. Cintia tampoco era una chica muy versada en sexo, por eso todo le pareció perfecto. Cuando se corría, parecía que estaba en el cuento de las mil y una noches. No exageraba. Aquella noche procuré ofrecerle los consejos de Teresa, la ternura de Soledad y la
chispa de Clara. Incluso, en un momento, el castigo que le di a su madre. Ella misma lo notó y también le gustó. Lo cierto es que no vimos nada de Madrid. Los planes que hicimos en el tren no se cumplieron. Después de cenar, bien cenados, nos encerramos en el hotel y no salimos de la habitación hasta el otro día. Fue un maratón de follar, chupar, lamer y acariciar. Cintia compró sin miedo. La economía que le dejó su
padre se lo podía permitir. Visitamos todos los stands de las cosas que le interesaban y conseguimos buenos precios de todo lo de última moda. Así, cuando volvimos en el tren por la noche, acabamos agotados. El vagón iba casi vacío, y más según iban pasando las estaciones y los pasajeros abandonaban el tren. El golpeteo de las ruedas me hizo un efecto de sonífero y poco a poco me dormí contra el cristal de la ventanilla. Soñé con todo lo que había vivido en el fin de semana. Lo sentí
tan auténtico que, cuando me desperté, me estaba corriendo. Y lo sorprendente era que era real. Cintia tenía su cabeza recostada sobre mis piernas. Parecía que estaba durmiendo también, pero no. Tenía la mejilla sobre mi bragueta, que estaba abierta hasta abajo, dejando salir mi polla, tan dura que se le marcaba el bulto en la otra mejilla. Con la lengua y el paladar, me estaba dando un masaje que, entre una estación y otra, hizo vaciarme de leche caliente hasta que
se le salió por los labios. Una vez repuesto de la sorpresa, cogí mi chaqueta y cubrí a Cintia con ella. Apenas se le veía el pelo, pero ella siguió chupando hasta hacerme repetir. Esta vez apenas salió leche, pero se lo agradecí metiendo la mano por debajo de la ropa hasta llegar a su cintura y más abajo. Esta vez, la que se corrió en silencio fue ella, aunque los movimientos del vagón sirvieron como excusa de sus temblores. Elsa
estuvo aclimatándose una semana en mi casa. Le enseñé todas las dependencias y armarios para que dispusiera como mejor quisiera. Me interesaba que aprendiera todo y pronto. Además, le llevé por el barrio y le presenté a los comercios básicos para que le atendieran como a mi madre. Cuando le anuncié a Cintia que mi prima ya estaba en casa, le dije que podíamos vernos y así conocernos mejor. Por una parte, quería que ellas se fueran conociendo e intimando.
A mi prima también le había entusiasmado el proyecto de Cintia y eso me daba esperanzas de que se entendieran bien. Efectivamente, llevé a mi prima Elsa a la tienda, que ya no estaba tan pelada como antes. Ya había género y eso animaba la imagen. A Cintia también se le notaba más emocionada. No dejaba de tocar los artículos, curioseando como si fuera una clienta más, comprobando cómo debía exponerlos para mayor atractivo. Las dos mujeres simpatizaron desde el primer momento.
Elsa se había puesto sus mejores galas para dar una buena impresión. Dentro de su sencillez, no desentonaba mucho con Cynthia, que, si bien vestía con elegancia y ropa de lujo, era bastante comedida, nada parecida a su madre. En pocas palabras, le explicó sus proyectos en cuanto a la confección y Elsa se sintió más tranquila, pues en un principio no se encontraba capacitada para meterse en un nivel tan alto
en costura. Por supuesto, quedaron contentas las dos y decidieron que Elsa se acercara por la tienda para ayudar a Cynthia a montar todo, colocar etiquetas y, de paso, ir buscando una máquina profesional para coser y remallar. Al salir de la tienda de Cintia, le propuse acercarnos a mi tienda. Quería enseñarle mi puesto de trabajo y, a la vez, presentarla a mis compañeros. No sé bien si fue buena idea. En cuanto entramos en la tienda, Elsa y Fina se
cruzaron una mirada que me dejó preocupado. Apenas fue un cruce, pero en el gesto noté que algo había pasado entre ellas. Ninguna de las dos hizo ningún comentario. Se besaron y saludaron igual que con los demás, pero algo diferente cruzó entre ellas. Luego, en casa, me contó que estaba encantada con todo, incluso con mi tienda, aunque la diferencia en cuanto a decoración y demás era abismal. También opinó de los dependientes, que eran muy mayores, pero tuve que ser
yo quien insinuara la pregunta sobre Fina. Hubo un silencio, pero al final dijo que le había parecido un póster de publicidad. No quise hurgar más, pero recabaría la opinión de Fina a ver si coincirían. Elsa se preocupaba mucho de mí, casi mejor que mi madre. Demostraba que estaba agradecida por la oportunidad de mejorar en su futuro. Me trataba como a un rey. Acostumbrado a tener la casa apenas habitable, ahora estaba impoluta. Me tenía la ropa lavada,
planchada y plegada a diario. Yo no tenía que preocuparme de nada y siempre procuraba hacer las comidas que más me gustaban. De no ser por el postre que me ofrecía Fina, no hubiera faltado ningún día a comer en casa. Fina se sinceró conmigo. A ella le había gustado Elsa, pero, según decía, tenía algo que no le acababa de gustar. Yo no le daba importancia. Supuse que era algo de
celos femeninos o problemas de territorialidad. Según me insinuó, no le gustaba que vistiera tan modosa, tan discreta y tan formal. Para mí, era ella la que siempre iba demasiado provocativa, aunque me encantaba verla así, porque ella se crecía y demostraba ser un pibón, sobre todo en la cama. Fina no le faltaba razón. Elsa vestía muy discreta. Toda su ropa era de colores neutros. Apenas tenía alguna prenda que resaltara. No tenía ninguna falda un poco más alta de la
rodilla y de escotes ni hablar. Hasta los zapatos tenían apenas tacón y el maquillaje que usaba era tan imperceptible que parecía el color natural de la piel. Yo soñaba con el momento en que Fina me insinuaba que le apetecía comer en su casa. Sabía que, aunque breve, íbamos a pasar una sobremesa follando a tope. Ella procuraba ser todo lo contrario que Elsa. Siempre llevaba una lencería de
lo más sexy y un coño perfectamente depilado. Yo disfrutaba comiéndoselo, porque sabía que ella me agradecía mi adoración por él. Una mañana de domingo desperté con una erección exagerada. Empecé a recordar y tratar de adivinar qué estaría haciendo fin en su casa y pensé en hacerme una paja en su honor. Ella, cuando se lo contaba, se ponía más cachonda de lo normal. Disfrutaba en calentar las pollas de
los hombres de cualquier forma. Lo pensé mejor, porque recordé que Elsa me lavaba todos los días mi ropa interior y no quería dejar huellas en mis calzoncillos, como hacía cuando estaba solo. Preferí irme al cuarto de baño. Mi intención era hacerme una buena paja mientras me duchaba. Era un momento muy gratificante recibir el chorro del agua caliente en los huevos, mientras me relajaba casi como estando con Clara.
La casa estaba en silencio. Elsa no se oía. El domingo no madrugaba tanto y salí de puntillas hacia la ducha. Debajo del pijama, la polla apuntaba hacia adelante y corrí hasta estar dentro del baño. Ya iba a pasar desnudo a la ducha cuando me miré en el espejo. Ahora sí que tenía la polla dura y roja ante la expectativa de una buena sacudida en solitario. En ese momento, me di cuenta de la diferencia mía con casi todas las chicas que conocía. Menos Soledad, que iba con una
melenita muy recortada, las demás llevaban el coño depilado. Hasta Clara, que en un principio lucía un felpudo muy poblado, últimamente se había decidido a depilarse también, posiblemente al ver a Teresa. De todas maneras, ella no conseguía que se vieran sus labios, ya que sus muslos rollizos los ocultaban. Mirando el espejo, la imagen de mi polla erecta, toda rodeada de vello rizado, me dio la idea de recortarlo un poco para ver el efecto y también con la secreta curiosidad de ver
la cara que pondría más de una. Primero probé con unas tijeras, recorté algo de las puntas de los pelos, pero poco a poco fui probando hasta que ya apenas quedaba vello. Al final, me decidí y cogí la maquinilla de afeitar. SAS Me dejé la polla y los huevos como un niño de cuatro años. Cuando estaba admirando mi obra con la polla casi vertical, se abrió la puerta del baño. Inmediatamente se oyó un grito casi desgarrador y, seguidamente,
un portazo. A mí se me cayó la maquinilla al suelo y la verga se bajó como fulminada por un rayo. Nunca pensé que no estaba solo en casa. Antes nunca cerré la puerta y esta vez solamente la entorné. La puerta de la habitación de Elsa también se oyó cerrarse de golpe. Yo no sabía qué hacer. Estaba asustado y me metí en la ducha. No llegué ni a abrir el agua caliente. Con el chorro helado me remojé y salí corriendo, liado con una toalla, a mi habitación. Me
metí en la cama, tapándome hasta la cabeza. Conociendo a Elsa, había cometido un fallo imperdonable. Ya era tarde, pero no me atrevía a levantarme. Ya se oía a Elsa trajinar por la casa, pero no quería encararme a ella. Me daba mucha vergüenza que me hubiera pillado con la polla en alto y a punto de ordeñarla. Todavía con la ventana cerrada, oí llamar con los nudillos. Era Elsa, que
tímidamente evitaba una escena parecida. Tampoco se me habría ocurrido terminar mi faena en la cama y menos limpiarme la leche con mis calzoncillos o mis calcetines, como de costumbre.¿ Se puede pasar? Sí, claro, pasa, Elsa. Buenos días, Tony,¿ tienes algo de ropa para lavar?
Voy a meter la ropa blanca y... No, no creo. Bueno, si quieres, tengo
los calcetines. Te cojo también los calzoncillos, así lleno más la lavadora.
Como quieras.¿ No te vas a levantar?¿ Es tarde o estás enfermo? ¿Enfermo? No, nada de eso. Simplemente estoy, no sé. Bueno, entiendo. Yo también estoy así. En realidad, vengo a pedirte disculpas. Yo. disculpas porque la culpa fue mía por no cerrar la puerta
tranquila no volverá a pasar no verás a lo mejor piensas que soy una exagerada una mojigata en fin y tendrías razón no mujer de eso nada seguro que fue la sorpresa aunque el grito que diste fue como si me hubiera colgado jajaja
es verdad Es que nunca vi nada igual. Lo siento.
Venga, Elsa, admito que te hayas asustado por el imprevisto, pero de eso a no haber visto eso. No, te lo juro,
no te engaño. No pasa nada. Imagina si hubiera sido al revés. Eso no podría pasar.
Soy muy pudorosa y me cierro bien. La conversación era tensa. No sé si la habría podido mantener en condiciones normales. Aquella mujer estaba verdaderamente angustiada y la total oscuridad de mi habitación facilitaba las confidencias. Ninguno de los dos nos veíamos las caras, ya que era parecido a estar en un confesionario. Mira, Elsa, yo sé que vistes de una manera muy decente. No me disgusta, es tu forma de ser. Aunque ya habrás visto que aquí, en la capital, se
lleva ropa más. Sí, como tu compañera. Me parece que se pasa un poco. Si hubiera querido fijarme, le habría visto hasta.
No, mujer, bueno, sí. Le gusta lucirse un poco. La verdad es que tiene un cuerpo. Sí, está muy buena. Parece que lo sabes de buena tinta, jajaja.
No, me explico. Aunque no te negaré que más de una vez le he mirado las bragas. Y seguro que las tetas también.
Sí, claro. Es que se me van los ojos.
Seguro que hace un momento te estabas acordando de ella.
Uf,
lo siento, Elsa, pero, sí, no lo puedo evitar.
Me estaba poniendo un poco.¿ Has dicho un poco? Nunca pensé que los hombres tenían eso así.¿ Cómo que no pensaste?
No me digas que no has visto, tocado y más una polla así. La verdad es que no. Ya me contarás cómo nació tu hija. Eso del Espíritu Santo ya está muy visto. Pues es verdad, nunca toqué a nadie, ni siquiera lo vi. Ja ja ja, por favor, Elsa, que aunque sea más joven que tú, ya no me creo lo de la cigüeña. Ya sé algo de esas cosas. Seguro que más que yo, sí. No me creo nada de lo que dices. En los pueblos también funcionan las cosas igual que en todos lados. En mi caso no.
Nadie me cree, pero fue así. Vale, convénceme. Es sencillo. En el pueblo había varios jóvenes cazaderos, pero había uno que sobresalía de los demás, era el riquillo del pueblo, guapo, buen mozo, con dinero, con coche y tierras. En fin, el novio que todas las chicas buscábamos. Tú ves, eso es normal. Claro, y él se fijó en mí. En aquella época, las chicas debían hacerse valer, por lo menos algunas. Yo, una de ellas. O sea que se lo ponías difícil. Claro,
el chico tenía fama de conquistador. Siempre iba
presumiendo de las chicas que ligaba. Normal. No, normal no. Para una chica decente no, y yo lo soy mucho. Ya veo. Seguro que sí. Sigue. Pues nada, él intentaba por todos los medios besarme y más. Lógico. No tanto. Yo no quería. Para mí, llegar virgen al altar era vital.
Pues,¿ qué quieres que te diga? En aquella época y en el pueblo, la que tenía fama de, lo tenía claro. Y si salía
preñada, ya podía emigrar. Pues tú, Bueno, yo, apenas le
dejé que me diera algún beso. Pues de un solo beso no se preña a nadie, o eso creo. Claro, pero una tarde me llevó a ver un campo en su coche. Me dijo que quería ver si los higos estaban ya maduros. Ya
ves. Ja ja ja, y tan maduros.
El caso fue que me besó. Allí, en la soledad, debajo de la higuera, me acarició las tetas por encima de la ropa. Era la primera vez en mi vida. Tengo que reconocer que el chico olía bien, recién afeitado, guapo y con mucha labia. Luego me sacó las tetas y me las besó también. Joder, Elsa, pues no estuvo mal la excursión. Pero se quiso propasar
y ya no le dejé. Se puso como loco. Vaya, qué frenazo.¿ Y qué hizo? Él no se conformó. Me tiró al suelo
y me levantó la falda. Allí, sin poder moverme, noté cómo se aprovechaba de mí. Joder,
qué tío más bruto.¿ Y qué pasó luego? Nada. Me dejó llorando. Me había desflorado y llenado de leche. Luego subió a
su coche y se fue. Supongo que no volverías con él. Por mí no, pero mis padres querían que me casara con él. Ya sabes, la honra, el dinero, la necesidad. Pero quiso repetir y no le dejé. Entonces empezó a contar a sus amigos lo que había hecho. Todos se rieron y cuando
descubrí que no me bajaba la regla. Joder, qué putada. A la primera. Sí, me quedé embarazada.¿ Y se lo dijiste?
Claro, pero se rió de mí y, encima, me dijo que, seguro, sería de alguno más. En fin, que tuve que irme del pueblo a criar a mi hija y hasta ahora.
Qué cabrón!
Así que es verdad que no has visto a ningún hombre desnudo? De cintura hacia abajo, no. Nunca. En la oscuridad de la habitación, no se podía ver el bulto de mi polla debajo de la sábana. Yo estaba desnudo, recién salido de la ducha, y del frío anterior ya no quedaba nada. Al revés, estaba sofocado de calor. Me tuve que destapar hasta la cintura. A mi lado, sentada en la cama, oía la voz de Elsa, que me hablaba con un tono de tristeza y amargura que me conmovió.
No sabes cuánto lo siento. Saber que una cosa tan sencilla y sin importancia se puede complicar tanto. Yo no es que sea ningún, pero sí que he visto alguna mujer desnuda y no le doy importancia. Al fin y al cabo, todos nacemos desnudos y así seguimos. Bueno, no es igual ver a un chiquillo pequeño que ver lo que vi antes en el baño.
Es cuestión de edad. Al fin y al cabo, más o menos. De eso nada. Te puedo asegurar que me asustaste. Creí que eras un fenómeno.¿ Fenómeno yo? Ja, ja, ja, normalito del todo.¿ Qué va? Lo tienes enorme. Eso no puede ser normal. Que sí, mujer. Lo que ocurre es
que, bueno, te diré un secreto. Hoy se me ocurrió cómo me verías si me depilaba, toda, ya sabes. Así que probé. Así parece que hay más de lo que hay en realidad. No, solo sé que lo que vi no me lo contó nadie. Aunque sí me di cuenta de que no tenías pelos. Pues sí que te fijaste bien, detalles y sin pelos, jajaja. Jajaja, eres un bromista. Nada, me alegro de que no te hayas enfadado conmigo por dejar la puerta abierta.¿ Por qué enfadarme? La culpa fue
mía por no llamar. Nada, olvidemos lo ocurrido, pero prométeme que no vas a tener tanto reparo en ver cosas. Piensa que siempre que estoy solo voy así. Ahora ya no, estando en compañía. Claro, yo también procuraré hacerme a la idea, pero ha sido tan de repente que... Creo que lo mejor es que te acostumbres. Como ves, ahora ya estás tranquila y se te ha pasado la vergüenza. Claro, ahora
porque ya no veo nada. Aunque no lo veas por la oscuridad, lo cierto es que sigue estando lo que viste, y te advierto que está más cerca de ti de lo que piensas, jajaja.
Ah, sí. Bueno, pero como yo no lo veo. Ja, ja, ja.¿ Qué te hace
pensar así?¿ Y si yo te dijera que está igual o más que cuando lo viste? No me engañes, que ya no soy una niña. Venga, a ver si te convences. Como no nos vemos, déjame la mano y juzga. No fue fácil que dejara la mano muerta. En principio, no me quité la sábana de encima y pasé la mano con ella sobre mi pierna. Notaba la tensión que ponía, pero al notar que era el muslo, se relajó. Despacio, pero con cuidado, fui aproximando su mano a la polla
hasta que la pasó por encima. Yo procuré no moverla para que no se asustara y con varias pasadas hice que cerrara los dedos alrededor del tronco. Enseguida retiró la mano, pero volví a probar y ya lo hizo con suavidad. Después intenté que recorriera todo a lo largo para que calculara la longitud y se asustó un poco. El siguiente paso fue dejarle la mano sobre los huevos y eso ya le gustó más, pues se atrevió a amasarlos. El tacto era suave y al notar las bolitas de los
testículos jugó un poco con ellos. ya más tranquila, volvía por su mano. Ya la dejaba sola sobre la sábana. Debajo, mi verga palpitaba dando cabezadas, y con mucho cuidado fui tirando de la tela de la sábana hacia abajo, quedando al descubierto la polla con su mano encima. Cuando sintió el tacto, el calor y la dureza, noté que se tensaba. Soltó la barra de carne dura como si estuviera al rojo vivo, se levantó como movida por un resorte y, en la oscuridad de la habitación, me dedicó toda clase
de improperios e insultos. Eres un cabrón. No sé cómo he podido confiar en ti. Todos los hombres sois iguales. Solo queréis aprovecharos de la inocencia de las mujeres. Pero,
Elsa, mujer, no te entiendo. Creí que...¿ Qué creíste?¿ Qué porque soy una tonta ibas a conseguir de mí
lo que no consiguió nadie? No, no es eso. Simplemente, mi intención era la de quitarte esa aversión por la, ejem, la anatomía masculina. Solo eso, no pienses mal de mí. Vaya, ahora dices que no piense mal. Entonces,¿ por qué me has hecho tocar algo que yo no quería? La culpa la tengo yo por confiar en ti. Creí que eras de otra forma. De verdad, me da pena que pienses eso de mí. Con la historia que me has contado, pensé que necesitabas de la tranquilidad y el anonimato de
la oscuridad que hay aquí. Creí que, al no ver nada, podría superar esa fobia por las cosas de los hombres. Te aseguro que no hay nada de malo. Ahora va a resultar que eres el alma caritativa que quiere librarme de mis manías. Seguro que no cerraste el baño adrede. Por favor, Elsa, creo que eres muy injusta conmigo. Ya te expliqué lo que pasó, con todo detalle, y tú
lo entendiste. No comprendo el cambio que has dado. Incluso me acariciaste la polla, que estaba tan dura como la viste, y ahora, con solo rozar la piel, me montas esta escena. No lo entiendo. Pues sí que eres corto. Seguro que querías aprovecharte de mí, como el cerdo de mi exnovio. Vale ya, Elsa. No te permito que me hables así. Comprendería que me dijeras que he ido demasiado rápido, pero de eso a querer aprovecharme de ti. Sí, seguro que pensaste que sería como esa, fina. A saber qué haces
con ella. Mira, Elsa, no quiero que hables así de mí, pero no se te ocurra hablar mal de fina ni de cualquier otra persona. Me parece que hemos empezado mal. Yo creí que ibas con intención de tener buena relación. Claro, seguro que pensaste que con la excusa de primo, me arrimo. Eso ya es muy viejo. Creo que vamos a tener una relación un poco delicada. Sin dejarme replicar, desapareció en la oscuridad. Oí cerrar su habitación de un portazo y
luego llorar sobre su cama. Yo no entendía nada. Estaba claro que no hay dos personas iguales y que el tocarme o no era cosa suya, pero simplemente quería darle ocasión de que se relajara y olvidara esa mala experiencia, aunque estaba su hija, que se lo recordaría siempre. Pero me equivoqué de medio a medio. Ahora ya no sabía qué hacer. La convivencia iba a ser horrible. No sabía
cómo manejar aquella situación nueva para mí. Comprendí que la suerte que había tenido con las mujeres hasta entonces no iba a ser para siempre, pero así de brusca. Me quedé en la misma posición, tumbado en la cama con las piernas abiertas, a donde antes se sentaba Elsa. Pero la polla había desaparecido como el gajo de un caracol. Ahora estaba hundido, humillado, confundido
y, sobre todo, muy enfadado. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
