Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos. Gemelas, parte 5. Aquella mañana yo estaba para pocos esfuerzos. La noche confina fue intensa en todos los sentidos, y más cuando, todavía antes de meternos en la ducha, follamos. El desayuno que me ofreció fue delicioso y reconstituyente y aún así llegué a la tienda con poco ánimo de trabajar. En cambio, ella estaba pletórica y más linda que nunca. Procuramos no salir de su casa juntos para no dar sospechas ni
a vecinos ni a posibles conocidos. Sólo cuando tomamos el café matutino empecé a sentirme persona. Aquella mañana, Fina estaba especialmente exuberante, y lo notaron hasta los dependientes y, sobre todo, Ángel, el nuevo aprendiz. El chico era bastante más lanzado que yo, se sentía mayor y siempre andaba en el corro de los dependientes, hablando de fútbol, de cotilleos y, sobre todo, de mujeres. Por eso, esa mañana no dejaban de mirar
a Fina y susurrar comentarios de lo más indiscretos. Yo notaba a Fina un poco violenta, aunque le gustaba que la admiraran y le lanzaran piropos, allí se daba cuenta de que todos le estaban deseando un buen polvo. El chiquillo era demasiado precoz para su edad. Fumaba como un carretero, y cuando estaba en el almacén se notaba porque por la escalera subía una humareda de tabaco rubio que apestaba. Así como yo dedicaba las propinas a comprarme bocadillos sabrosos,
él invertía el dinero en paquetes de cigarrillos. A los vendedores les hacía gracia porque, tan joven, tenía todos los vicios de un mayor y le reían las gracias. Aunque no todos eran iguales, a Soledad no le gustaba tampoco y a Fernando menos. Me pareció entender que le había hecho alguna insinuación fuera de lugar a su mujer, Soledad. Una mañana, Ángel hizo un comentario que nos hizo pensar. Venía de la calle, había llevado unos paquetes y dijo.¡
Qué barbaridad! Hay que ver cómo están las calles, y las tiendas no digamos. La gente va con las manos llenas de paquetes de regalos. Nos miramos todos, porque en nuestra tienda era todo lo contrario, no es que no entrara gente, pero salía sin comprar nada. Me acerqué a Fina y le dije despacio. Fina, el chiquillo ha hecho un comentario que no me ha gustado nada. Bueno, ya sabes cómo es Ángel, tiene más picardía que Ceso. No
me refiero a eso. Dijo que los comercios del centro están llenos de clientes cargados de paquetes, en cambio nosotros. Es verdad, ya me di cuenta de que las cajas cada día son más exiguas. Ya lo habrás notado. Sí, precisamente te lo iba a preguntar.¿ Has visto alguna señal al respecto? Lo que me he dado cuenta es que
los clientes se marchan sin comprar. No sé si tendrá algo que ver, pero el ambiente entre los vendedores no es tan agresivo como antes, se les nota apáticos.¿ Quieres decir que están descontentos con algo?¿ Tendré algo que ver en eso? De Teresa ya les dijo que era cosa de De José, y no creo que nadie quiera hacer lo que hago yo, con mi sueldo. Claro que no, no es por ti, pero el problema viene de antes de que estuvieras tú. De José es muy buena persona,
aunque parece que vive en otro tiempo. No se da cuenta de que la vida se ha encarecido y los sueldos. Bueno, sobre eso yo no. Claro, eso es cosa del jefe. Alguien debería abrirle los ojos. Lo malo es que ahora soy un poco el responsable, y si va mal la tienda, nos perjudicará a todos. Claro, imagina. A partir de ese momento, me senté en el despacho, saqué los libros de años anteriores e hice lo que hoy sería una estadística, comparando
la venta de todos los meses. El resultado fue horrible, los años anteriores íbamos bien, subiendo de ventas, e incluso había algunos meses que duplicábamos, pero el año actual la venta bajaba en una curva muy peligrosa. Se podía achacar a la crisis y demás, pero si lo que dijo Ángel era cierto. Esa tarde salí para observar a las demás tiendas cómo funcionaban. Era cierto, en las calles y dentro de los comercios se movía la gente y salían
con paquetes. En la nuestra, en cambio, entraban pero salían con las manos vacías. También me fijé en los escaparates y en la decoración. Claramente, nuestra tienda se estaba quedando anticuada. Allí había muchas estanterías, cajones y paneles de madera que daban la impresión de ser del siglo pasado. En cambio, en las demás, todo era luz, cristales, espejos y apenas se veían estantes, sino maniquíes y expositores con las prendas colocadas a la vista. Al día siguiente, llamé a Clara.
Hola, Clara,¿ cómo estás hoy?¿ Qué pregunta, como siempre? Eso me encanta. Quería pedirte un favor. Si es lo que pienso, puedes contar con ello.
Voy a ducharme. Ja ja ja, no, no es eso, por lo menos esta vez, ja ja ja. Quisiera que salieras a comprar, lo que sea,¿ me entiendes? Quiero hablar seriamente con la señora y no quiero que se distraiga. Vamos, que quieres follarte las imprisas. No, bueno, si hace falta sí, pero no es esa mi idea, ja ja ja. Vale, no te preocupes. Ahora le digo que tengo que salir al mercado.¿ Tardarás mucho? Lo que tarde en tomar un
taxi y ya estoy ahí. Efectivamente, cuando el taxi paró para apearse, vi a Clara alejarse por la acera con su carrito de la compra. Me abrió Teresa. Llevaba una bata de seda y me recibió con una sonrisa de lo más prometedora. Hola, Tony, me alegro de verte.
Ah,¿ sabes una cosa? Estamos solos. Eso es fantástico. Podremos hablar tranquilos.¿ Solo hablar? Bueno, y lo que te apetezca, jajaja.
Eso está mejor. Pasa. Teresa me cogió de la mano y me llevó a su dormitorio, pero yo me desvié y la dirigí hacia el salón. Allí me senté en el sofá y abrí la carpeta que llevaba debajo del brazo. Ordené los papeles sobre el asiento y miré a Teresa de reojo. Ya no llevaba la bata, ahora sólo llevaba un sujetador que simplemente le elevaba sus tetas un poco caídas y unas braguitas tipo bikini de color fucsia a juego. Llevas un conjunto precioso, Teresa.¿ Te gusta? Lo estreno hoy
para ti. Cuando me dijo Clara que se marchaba para rato, me dio la idea, imagina si viene si está ella por ahí dentro, jajaja, y nos ve. Tampoco se asustaría, a lo mejor se muere de envidia. No seas loco, que no es para tanto, pero la verdad, me encuentra sexy. Sí, mucho y encantadora, pero ven, te voy a enseñar algo que no te va a gustar. Si es lo que pienso, seguro que me gusta, Tranquila, no es eso. Se sentó a mi lado. Olía a rosas, estaba recién duchada y
untada de cremas y perfumes caros. Además, llevaba unas zapatillas destalonadas con un tacón altísimo que le hacía unas piernas larguísimas. Cruzó las piernas y, con el pie, me estuvo acariciando la pierna. Teresa, esto es serio. Mira lo que he estado mirando, me he permitido buscar las ventas de los años pasados en la tienda. No sé por qué están
bajando las cajas y me preocupa mucho. Ya sé que no tengo derecho a meterme en esas cosas, de José es el dueño, pero en este caso es como si fuera mi responsabilidad y no quisiera preocupar a tu marido. Me gustaría hablar con él sobre el tema, pero quisiera saber tu opinión, porque lo último que quisiera es preocuparle. Entiendo, Tony. Vamos a ver esas cifras. Teresa se pegó a mí
para ver los papeles que le había preparado. Mi intuición hizo que marcara con colores las ventas por meses y por años, así, de una ojeada, podía seguir el nivel de dinero que entraba en la tienda. La verdad, lo que veo es preocupante. No tenía ni idea de que fuera así, y por otra parte, tengo que felicitarte por el trabajo tan claro y detallista que has hecho. Yo, que no entiendo mucho, lo veo clarísimo. Entonces,¿ qué te parece si se lo digo a tu marido? No sé,
la verdad es que está mejor. Le están dando un tratamiento muy fuerte en una clínica privada, pero no me gustaría que retrocediera en su mejoría por nada del mundo. Si te parece, déjame los papeles. Hablaré con él sin enseñárselos en el momento que lo vea más animado y ya te cuento. Te lo agradezco, y ante todo, dile que no quiero inmiscuirme en sus papeles. No es curiosidad, es necesidad de tomar alguna solución urgente.¿ No sospechas que
puede influir? Creo que algo sí. Una cosa son los salarios, de José es una bellísima persona, se preocupa de todos y más, pero en cuanto a los sueldos, me parece que se quedó en el siglo pasado. Ja ja ja, eso es gracioso, bueno no, pero te entiendo. La verdad es que es muy despistado, como él no cobra ninguna nómina. Sí, pero los demás sí, ja ja ja. Además, la tienda está muy anticuada. Creo que nos estamos estancando y el mundo cambia rápidamente. Eso es cierto.
Cuando voy a comprar, me encantan las tiendas nuevas. Hablaré con Pepe. Gracias.
Fui recogiendo los papeles que había a mi alrededor, pero en cuanto el sofá estuvo despejado, Teresa se arrodilló sobre el asiento, teniéndome a mí entre sus piernas. Se acercó lo suficiente para dejar a mi alcance sus tetas, que asomaban sobre la puntilla de encaje. El olor a rosas me embriagaba, y esperé. Ella soltó el cierre que se veía entre las copas de la lencería, y la prenda saltó hacia los lados, dejando libres aquellas bolas coronadas de
unos pezones hinchados.« Cómeme las tetas, Tony, son tuyas». Estuve unos momentos chupando aquellos pezones oscuros que se distinguían bien del resto de la piel bronceada. No había posibilidad de error. Luego, bajó al suelo el tiempo justo para tirar de mis pantalones y dejarme con la polla vertical. Ella misma se quitó el bikini fucsia y volvió a sentarse sobre mis
piernas con las rodillas a mis costados. No tocó la polla, solamente la obligó a tumbarse sobre mi vientre, con su coño abierto la aprisionó y fue moviéndose a lo largo de la verga, provocándome una erección total. Ahora su boca buscaba la mía y la llenaba con su lengua sedienta.« Espera, hoy quiero aprovechar que estamos a solas». De un salto, se bajó de mis piernas y fue a su habitación. Volvió con el consolador que le descubrí en su mesita
y se dio la vuelta delante de mí. En la otra mano llevaba un tubo de crema hidratante y se untó el culo. Después de dos intentos, se metió el consolador en el agujero, hasta casi la mitad. Hoy quiero que me folléis los dos. Por supuesto, puedes elegir el agujero que quieras, él se adapta a tus gustos, y yo, más. Volvió a sentarse sobre mí, con las rodillas en el asiento, y frotó su coño contra mi polla. Mis huevos chocaban
con el consolador y me daban una sensación rara. Espera un momento, Teresa, pero mi socio me produce una sensación de competencia. No quiero pensar que está ahí. Pero yo quería que me follaras a la vez. No te preocupes, lo haremos a mi manera. Me abracé a ella y busqué entre sus nalgas el consolador que sobresalía. Tenía forma de polla y no tenía nada que envidiar a la mía.
Por eso le dije a Teresa que aguantara la respiración y presioné el consolador de golpe hasta que solamente quedó fuera el tope para que no se perdiera dentro de su recto. Teresa hizo una cara como si le faltara la respiración al sentirse empalada, pero me moví de forma que mi polla se deslizó entre los labios del coño y, al encontrar el hueco de la vagina, se hundió en ella. A Teresa le encantó sentirse llena, no había previsto tanto,
pero ya no había remedio. La estaca del culo le obligaba a estar erguida, y mi polla se mantenía paralela, obligándola a saltar como si desfilara a caballo. Aquello debió ser especial para ella. El capricho le gustó tanto que se corrió a los pocos minutos de cabalgar. Yo atrapé un pezón y no lo solté ni cuando subía y bajaba la teta, tirando de él y provocando que tomara
una forma realmente rara. No le avisé, preferí que, si ella quería, se diera cuenta de que mi capullo palpitaba peligrosamente. Pero ahora Teresa quería sentir mi leche caliente en su coño, y cuando lo hizo, se derritió. Con la mano, buscó el anillo del consolador y lo arrojó sobre el asiento, quería disfrutar solamente de mi polla dura y ardiente. Al salir de casa, me crucé con Clara. La sonrisa que
me dedicó era claramente una aseveración que yo confirmé. Ella se mordió el labio, se imaginaba a Teresa follando conmigo y se prometió hacer lo mismo la próxima vez. A la semana, Teresa me dio la noticia, había hablado con su marido en un momento de tranquilidad y le dijo que confiaba en mí y que lo que yo hiciera estaba bien. Ahora el problema era mío, a ver qué medidas tomaría para volver a lo de antes. Con la idea de Fina, me dediqué a sondear a los dependientes.
Todos coincidieron en que cobraban poco, y eso me dio una idea. Lo difícil era contentar a todos, sin pasarme. Estaba bien que de José confiara en mí, pero yo seguía siendo un novato, sobre todo en este menester. Se me ocurrió una idea. En las cenas de reyes, a todos se nos soltaba la lengua. La buena comida y la bebida hacían que afloraran ideas y comentarios de todos. así que les propuse hacer una cena en un restaurante cercano.
Era un local de barrio, pero que tenía un piso superior donde podíamos charlar tranquilos, pues en aquellas fechas no había demasiado gentío. Con el permiso del jefe, yo confiaba en que aquello podía darme alguna luz, y así fue. Allí se dijeron muchas cosas, aprendí a conocerles mejor, a saber de sus problemas personales y, sin la mirada del jefe, a esplayarse sin miedo. Todos hablaron claro, e incluso a Ángel se le escapó que le gustaban las tetas de fina.
Todos reímos la salida y más cuando ella, en un rasgo de generosidad, se abrió la camisa y nos mostró el canalillo deseado. Fue un detalle muy divertido. Pero lo más importante fue que, por fin, supe el verdadero problema. Todos reconocieron que éramos posiblemente la mejor tienda, en género, en variedad, cantidad y calidad, pero no había ilusión. Los vendedores no llegaban casi a fin de mes y no
estaban motivados. Prometí hablar con el jefe, aunque yo sabía que me tocaba decidir a mí solo, y me puse a pensar en la soledad del despacho. Creí que la idea era la ideal, y una tarde, después de cerrar, los reuní en el almacén. Allí les dije que íbamos a probar una solución, les iba a hacer ganar más dinero. Los aplausos fueron unánimes, pero, según pensé, no les subiría el sueldo simplemente, sino que les subiría el porcentaje de comisión en las ventas. O sea, que cuanto más vendieran,
más ganarían. La solución pareció gustarles, aunque en un primer momento se sorprendieron. Pero les hice ver que ellos valían mucho vendiendo y saldrían ganando de cobrar un poco más en la nómina. Por fin, se convencieron y casi me sacan a hombros, aunque les puse una condición, que deberían vender un mínimo, en cuyo caso no habría aumento. Con eso quería asegurarme de que no se conformarían con poco. Todos quedaron contentos. Por supuesto, a Fina también le beneficiaba
y a Ángel también. A los dos les concedía una pequeña comisión del total de venta. Así, cooperarían en los beneficios. Aquella noche, Fina también me invitó a cenar. Fue un día y una noche completa. La cajera estaba contenta. En los días siguientes, se notaba el tintineo de la caja al abrir y cerrar. Los clientes salían con paquetes y las caras se notaban ilusionadas. Yo estaba satisfecho, cruzando los dedos para que todo saliera bien. Me sentí contento conmigo mismo.
Ahora éramos una tienda más, vendiendo. Las fechas de venta se acercaban, San Valentín, el Día del Padre, la Pascua. El futuro parecía prometedor y aunque de José seguía en su clínica, ya no se preocupaba tanto. Un día, fui a verle con Teresa. Entre los dos, le dimos la buena noticia. Las estadísticas habían rebasado las cifras de otros años y la moral estaba por las nubes. Teresa me ensalzó mucho y el jefe me dio una palmada en el hombro, animándome a que siguiera así. Estaba orgulloso de mí.
Soledad no dejaba de llamar. Fina le daba toda clase de excusas, pero llegó un momento en que le dijo que estaba disgustada con Ángel, el aprendiz. Eso ya me alertó, no confiaba mucho en el chico y me decidí a ir a verla. Le dije a Fina que le dijera que iría en persona. Aquel día, aproveché que el aprendiz había salido con varios repartos, cogí tres cajas de camisas y fui a ver a Soledad. Le llamé desde el
patio y me abrió contenta. Al llegar a su puerta, me estaba esperando sonriente y nada más cerrarme abrazó, llenándome de besos. A duras penas pude liberarme y preguntarle el motivo de las quejas. En realidad, era una excusa. Ángel era un chico hiperactivo que llevaba las cajas sin cuidado y las camisas llegaban arrugadas a la tienda. Eso ya lo habíamos notado. También era muy descarado y mal hablado, además de fumador. Una vez quemó una camisa recién terminada,
aunque su marido, Fernando, hacía lo mismo. Pero, luego de exponer toda clase de motivos, Soledad sacó el cojín que hizo con mi inicial. Yo sabía lo que quería, y al verla tan ilusionada, no me opuse. Al momento, mis pantalones y mis calzoncillos estaban en mis tobillos, y ella, de rodillas sobre el cojín, llevaba un vestido de tirantes finos, con un gran escote, y se había pintado ligeramente los
ojos y los labios. Por unas cosas u otras, mi polla reaccionó rápidamente, y al momento estaba dentro de la boca de soledad. Con los movimientos de brazos de la mujer, los tirantes cayeron por sus hombros y descubrieron las dos tetas encabritadas. Eso fue lo que faltaba para tener la erección más fuerte, y ya estaba a punto de llenarle la boca de leche, pues su mano no paraba de agitarme la verga, cuando sonó el timbre de la calle. Su mano frenó en seco, soltó mi polla y me
miró extrañada. No esperaba a nadie. Yo, con la polla a treinta grados, parecía que espantaba las moscas, a punto de derramar leche. Soledad se acercó al telefonillo para preguntar y se espantó a la vez. Contestó Fernando, su marido, anunciando que subía con una invitada. Aquello fue un caos. Aún sin haber ascensor, la escalera era cómoda para subir, y yo, con los pantalones bajados y la polla tiesa, no era una buena imagen para nadie. Soledad no sabía
qué hacer, ni dónde esconderme. Yo apenas podía andar, enredado en mi ropa, pero a la mujer se le ocurrió una solución, me cogió del brazo y me dijo. Ven conmigo, corre.¿ A dónde me llevas? No
te
preocupes y sígueme. Abrió la puerta de la casa, salimos al rellano. Por el hueco de la escalera se oían las voces de los que subían y se veían las manos que se agarraban a la barandilla. Ya estaban cerca, y no había tiempo, así que no protesté. Soledad llamó a la puerta de enfrente a la suya, y al abrir, me empujó adentro. Carmen, este es Tony, ya sabes. Mi marido sube por la escalera, escóndelo, ya hablamos. No te preocupes,
me alegro de verte, Tony. Al principio, no me percaté, pero al decirme verte no comprendí por qué me miraba fijamente. Yo iba todavía con los pantalones por las rodillas, liados en los calzoncillos, no pude subirlos más y seguía con la polla dura señalando al frente.
Oh,
lo siento, ya.
Tranquilo, Tony, que no pasa nada. Es que yo. Ja ja ja, que no, que no pasa nada. Soledad ya me ha contado.¿ Qué Soledad le ha contado?
Qué le ha contado exactamente? Bueno, pues, verás, Soledad lo ha pasado muy mal. Ya conoces a Fernando, le trata muy mal, y cuando arregló su casa y cambió de aspecto, le pregunté. A mí no se me engaña igual que a Fernando, así que le apliqué un interrogatorio como él hacía, hasta que me fue contando cosas. Primero, apenas que un roce, hasta que luego me contó que tenías una verga que, y ahora veo que no exageraba. Mujer, así. Y tanto, y te diré más, que yo he pensado mucho en
probar una polla así. Ya ni me acuerdo de cuando follé la última vez. Fíjate lo que son las cosas. Mujer. Se me ocurre que sería una pena desperdiciar todo esto, ya que lo tienes a punto de disparar. Me cogió la polla por el capullo y lo zarandeó, volviéndolo a poner a tope. Reconozco que en aquel momento no pensé en nada. Realmente, en casa de Soledad estuve a punto de vaciarme de leche, pero ahora esta mujer. Carmen debía ser de una edad parecida a Soledad, pero con más curvas.
No iba pintada, ni elegante ni nada, simplemente con una bata de estar por casa, pero mi polla no era delicada. Sin decirle más, la cogí por la cintura y la empujé hacia el comedor. Delante de la mesa, la incliné sobre el tablero y le subí la falda. Las bragas no eran tan bonitas como las de Teresa ni las de Marta, pero eran más elásticas, así que las ladeé y las dejé enganchadas en una nalga. Con un pie, separé el de Carmen, y ella hizo lo mismo con el otro. La polla quedó al nivel de su coño.
Le di unas cuantas palmadas en el culo y empujé. Así, en seco, le dolió. Gritó, susurró algo como cuánto tiempo, pero se dejó caer sobre la mesa y se agarró a los cantos laterales. Aguantó mis envites, frotando la cara sobre el mantel, jadeando y gimiendo, hasta que notó que mi polla iba a explotar. Entonces, levantó la cabeza para gritar.
No. No te corras. No dije
nada y seguí a la misma velocidad. Cuando estaba a punto, saqué la verga. Estaba dispuesto a bautizarle el culo, pero vi el agujero que me llamaba, haciéndome guiños, y apunté y entré. Los gritos debieron oírse en casa de soledad, pero ya era tarde. La polla entró lo justo, el capullo solo, pero empezó a inyectar leche. Esta debió ser el lubricante que necesitaba Carmen, pues sin hacer casi presión, la polla se fue colando hasta hacer tope los huevos en su coño. Por tu madre, no te salgas ahora.
Sigue follándome. Ni me acuerdo de cuando fue la última vez por el coño, porque el culo lo estrenas tú hoy. Me alegro de haberla conocido, Carmen.
Y yo, no te digo cuánto. Vaya follada que me has dado, granuja. Envidio a soledad. Qué manera de joder. Ahora vamos a tu cama.¿ De verdad quieres seguir? No querrás que salga a la escalera con la polla así.
Ni de broma. Vamos a seguir. Carmen era separada y hacía mucho que no tenía una polla dentro, así que se puso al día conmigo. Mientras, en casa de soledad, seguía su marido con la visita. Todavía tardaron en irse. Nosotros ya habíamos acabado, yo me había corrido otra vez, y Carmen ni ella lo sabía. Así que, cuando oí que en la puerta de enfrente se despedían, pegué el
ojo a la mirilla para espiar. En efecto, era Fernando, con su cigarrillo típico apagado, salpicando cenizas sobre su panza, y una chica bien vestida, joven y guapa, nada que ver con él ni con Soledad. Se despedía cortesmente, parecía que acababan de conocerse y quedaban para volverse a ver. Mientras yo miraba por la mirilla, Carmen, pegada a mi espalda, me pasaba las manos por debajo de mi camisa, pellizcándome los pezones. Luego, bajaba la mano entre el pantalón hasta
agarrar la polla para comprobar el efecto. Me asomé a la ventana de Carmen y, al ver que la chica subía a un coche de lujo y abría a Fernando, comprendí que se marchaban. Abrí la puerta y crucé el pasillo. Soledad ya me estaba esperando. Detrás de mí, Carmen se deshacía en elogios, agradeciéndole a Soledad la confianza que depositaba en ella y ofreciéndose a cuidarme en cualquier otra ocasión. Soledad asentía, imaginando que había probado mi medicina, se rió
contenta por el éxito de la huida. Según me contó, Fernando le presentó a la chica joven, que resultó ser la hija del dueño de una tienda importante, también como la mía. Éramos competencia, pero Fernando acudía también a tomar medidas allí. El caso es que, según me contó Soledad, toda nerviosa, el padre de la chica, el dueño de la tienda, acababa de fallecer y se les presentaba el
dilema de qué hacer con la tienda. También le contó que su madre era una snob que no quería saber nada de la tienda, quería venderla y sacar dinero, pero su padre le había inculcado que siguiera con el comercio, aunque ella prefería dedicarla a otra rama. Quería vender ropa y artículos de complementos femeninos. El ir a hablar con Soledad era por saber si ella se podía ocupar de hacer alguna prenda femenina o corregir algún remiendo o, en
todo caso, hacer algún vestido a medida. El dinero que le ofreció era fabuloso, pero Soledad dijo que no, que era imposible. Con sólo enseñarle la estantería con el trabajo que tenía entre manos, convenció a la chica. Fernando quedó decepcionado con su mujer, estaba claro que él no era el que trabajaba en aquellas condiciones, pero se encogió de hombros y lamentó la decisión de su mujer. Aunque agradeció su ofrecimiento, Soledad se ofreció a buscarle alguna persona que
pudiera hacerle ese trabajo. La chica confió en Soledad y se marcharon más tranquilos. La sorpresa fue para mí cuando Fernando vino a la tienda y me preguntó solapadamente cómo me manejaba en la tienda, si me aclaraba con las cuentas y las compras, y bla, bla, bla. Al final, me contó la historia de la joven, se llamaba Cintia y era la heredera de la mejor tienda del ramo. Lo mejor era que me proponía si yo podía orientar a la chica en la organización de la tienda nueva
que pretendía reformar y abrir pronto. Para mí fue un halago. En realidad, yo no sabía demasiado para esa responsabilidad, pero Fernando me lo vendió tan bien que dije que sí, pero con la advertencia de que yo me debía a De José. Él me aseguró que simplemente sería orientar sobre distribución, decoración, escaparates, etc. Cosa que yo más o menos conocía. Una tarde, estábamos con la tienda bastante llena. Fina no paraba de darle a las teclas de la caja y los dependientes, con
la cabeza baja, enseñaban con ambición desmedida por vender. Yo ayudaba a todos para que no les faltara género, mientras Ángel subía cajas del almacén. De momento, se hizo el silencio absoluto en la tienda. Fue algo fantasmal. Todos se volvieron al unísono. Se oyeron los pasos de unos tacones que lentamente pasaban por el pasillo hacia el fondo de la tienda y lo más sorprendente es que se dirigían a mí. Buenas tardes,¿ tú debes ser Tony, me equivoco? Pues, no, sí,
soy Tony.¿ A quién tengo el gusto de saludar? Hola, soy Marta, la madre de Cintia.
Creo que ya te han hablado de ella. Cintia, la hija de... Sí, y mi hija también.
Dónde podemos hablar tranquilos? Bueno, no sé. Podemos ir a mi despacho, porque la tienda está llena o si le apetece, le invito a tomar algo aquí al lado, en la cafetería. Me parece bien. Me alegro de que tengas la tienda llena. Eso es buena señal. Todos notamos la frase última, eso de que tengas y es buena señal nos llenó los oídos. Fina y los dependientes se miraron intrigados. Los demás clientes admiraron a la dama, era alta, con un vestido largo,
por debajo de la rodilla, estrecho y negro. Encima llevaba una estola de zorro. Los zapatos eran su tarjeta de presentación, altos, tacones finísimos y elegantes a más no poder. El camarero de la cafetería, que me conocía, se quedó admirado al verme con aquella compañía y nos llevó a una mesa discreta. La señora pidió un martini blanco y yo un café corto. Marta se sentó con una pierna sobre la otra, a
mi lado, como amigos. Separó apenas la piel de zorro, lo ajustó para que viera la elegancia del vestido y la profundidad del escote. No llegué a mirar mucho porque se perdía en la oscuridad del negro y ante mi cara de sorpresa, empezó a hablar. Mira, Tony, permíteme que te tutee. El caso es que mi hija Cynthia tiene unos proyectos que yo no comparto. Mi difunto marido, que Dios lo tenga en su gloria, nos dejó un embolado, mejor dicho, una tienda que a mí me da grima
nada más pensar en ella. Pero mi hija prefiere seguir con el negocio. Cintia se parece a su padre, y, en confianza, yo preferiría sacar un buen dinero y vivir lo mejor posible, pero, como dije, a Cintia no le parece lo mejor. El caso es que me habló de ti. Parece que te han recomendado muy bien y quiere que le oriente sobre el negocio. Eh, eso me han contado también. Lo que no entiendo es lo que pretende usted de mí. No me llames de usted, por favor. Marta, a secas.
Pues te lo explico, yo quiero que me convenzas a mí también sobre la viabilidad del negocio. Tengo que aclararte que no debes tener recelos. Ya sé que os dedicáis a ropa de calidad de caballero, igual que mi difunto, pero Celia quiere poner ropa de mujer, ya sabes, lencería, preta porter, complementos, algo de perfumería, lo que se lleva ahora. ¿Entiendes? Sí, claro, pero tengo que advertirle que yo no soy el dueño de esta tienda ni tengo estudios de nada. Soy un simple. Sí, ya
lo
sé. Digamos encargado,
un chico para todo,
pero muy eficiente. Eso sí, le pongo corazón a lo que hago. Pues no se hable más. Te confieso que venía con recelo y me ha gustado lo que he visto. Eres listo y trabajador y con eso me basta. Prefiero que, si mi hija se empeña, vaya bien acompañada. Por mi parte, no tengo inconveniente siempre que no perjudique a esta tienda. Por supuesto, y te prometo que, en cuanto vea a De José, se lo comentaré.
Conoce a De José? Claro, y a Teresa.
Somos amigas. Siempre íbamos juntas a las fiestas de comerciantes, aunque nuestros maridos eran competidores. Era divertido. Se lo conté todo a fina. Me esperaba como agua de mayo cuando volví a entrar. Marta, como despedida, me dio un beso en la mejilla más largo de lo normal, no como hacen normalmente con una simple mueca. La cajera no creyó que iba a ser solamente una orientación. Pensaba que querían liarme para irme con ellas, pero yo le prometí que
seguiría en nuestra tienda. Las cosas fueron rápidas. La tienda de Cintia cerró por reformas y me llamó para que opinara con el decorador sobre cómo distribuir las secciones. Para mí no era fácil, pero el diseñador y su experiencia me facilitaron las cosas. A los dependientes no les conté nada. No quería que bajaran la guardia ni la moral, así que todo fue viento en popa. Las ventas subían y don José se alegró mucho cuando fui a verlo. Le
llevaba las cifras actuales. No quise enseñarle las del bajón para no deprimirlo, pero me pareció que se animaba mucho. Le comenté, con cierto miedo, la subida de comisiones. Él se quedó admirado. Me confesó que él no supo hacerlo porque creía que, con subir el sueldo, no sería acicate para subir las ventas. Pero, como lo hice yo, resultó. Me felicitó y me dijo que confiaba en mí como si fuera su hijo. Ya no me atreví a contarle el proyecto de Cintia y Marta.¿ Para qué? Yo procuraba
no aparecer por la tienda de la chica. De lejos, me paseaba para ver los progresos, pero no entraba. Hasta que un día me llamó. Quería que opinara sobre las líneas de productos. Así que corría a unos grandes almacenes para tener ideas frescas y poder hablar con propiedad. La tarde que fui a su casa, no estaba Marta. Estaba tomando el té con unas amigas. Cintia era muy activa, llena de ideas e ilusiones. En eso compenetramos bien. Comparamos
posibilidades y enfoques sobre lo que ella quería. En realidad, a mí me gustaba aquella aventura. Había recopilado catálogos de todos los artículos posibles, hasta gafas de sol. Los íbamos revisando, cada cual, hasta que llegó uno de lencería. Había cosas muy lindas y elegantes, pero en las últimas páginas había una sección de ropa sexy. Al verla, intenté pasar de largo, creyendo que no le interesaría. Pero ella me cogió la mano y me dijo, Espera, esto
es interesante. A lo mejor. No sé si a tu clientela le gustará esto.¿ Cómo que no?¿ A ti no te gusta?
A mí me encanta, pero yo no lo voy a llevar. Pero nosotras sí, y si a vosotros os gusta, más todavía.¿ No te gustaría verme con esto?
Claro, y sin esto también, jajaja. No seas bromista.
Fíjate. Cintia se puso la hoja del catálogo delante de ella. Solo asomaba la cabeza y las piernas por debajo. Y me miró, mordiéndose el labio. Yo le seguí la broma y me levanté. La abracé como si me la fuera a follar. El resultado fue que el catálogo cayó al suelo, entre nosotros, y quedamos abrazados sobre el sofá. Sentí el calor de sus pechos apretados contra mí y su vientre contra el mío. Al momento, ella notó la dureza de mi polla en su pubis, y allí estalló todo, una
mirada intensa y nuestras prendas saltaron por el aire. En el mismo sofá, sobre los catálogos, caímos y rodamos uno sobre el otro, hasta que yo pude quedar arriba. Ella me dejó espacio entre sus piernas y fui subiendo desde sus tetas a su garganta. Mi lengua la lamía entera y mi polla se abría camino entre sus muslos. Cynthia colgó una pierna sobre el respaldo y la otra la
dejó caer al suelo. Apenas me di cuenta cuando entré en ella, pero fue tan suave y tan dulce que me supo a poco cuando hice tope con mis huevos. Nos llenamos de besos, dimos vueltas sobre el asiento del sofá. Unas veces subí a ella y otras yo, hasta que me puse detrás de Cintia. Esta levantó una pierna, con la otra sobre el asiento. Yo apunté y metí la polla en su tierno coño desde atrás. Con las manos amarradas a las pequeñas tetas, empecé a bombear, hasta que
una risa escandalosa me dejó helado. Cintia también quedó de piedra. Vaya, los chicos como colaboran. A eso le llamo compartir ideas.¿ Qué
estáis ensayando, el Kamasutra? Ejem. Yo. Mamá.¿ Qué haces aquí?¿ No estabas tomándote?
Estaba, pero quería venir a ver qué opinaba el joven. Pero no os preocupéis, seguid como ibais. No pude más que meter la polla lentamente y sacarla igual. Cintia estaba incómoda con la situación, porque su madre no parecía tener intención de irse. Pero, después de la pillada, pensó que la conformidad de su madre era más importante. De todas formas, ya conocía a su madre, no se cortaba por nada. Marta no se perdía detalle mientras se quitaba el zorro.
Enseguida soltó el vestido. Su hija la miraba incrédula, y yo no paraba de meter y sacar lentamente, hipnotizado por aquella mujer. Marta era elegante y muy sensual. El vestido era lo único que llevaba. Solamente quedó con los zapatos y las medias negras. Se acercó a nosotros. Yo no sabía si parar o seguir. Cintia apenas respiraba, lo notaba en mis manos y en sus tetas. Y cuando Marta se arrodilló frente a nosotros en el sofá, le pasó una mano por una teta de su hija. Con la
otra mano, se apretó una suya y sonrió. Eran iguales, pequeñas pero duras. Cuando comprobó la similitud, su mano se dirigió a su coño y la otra al coño de su hija. Palpó los labios de ambas y comprobó que también eran iguales. Muy bien, hija. Me alegro de comprobar que, por lo menos en esto, te pareces a mí, no a tu padre. Sí, mamá. Como tenía la mano sobre los labios de su hija, no le costó nada posarla sobre mi polla, que seguía entrando y saliendo. Esto tampoco se parece en nada a tu padre.
Enhorabuena, hija. Sí, mamá.
Marta continuó acompañando mi polla en el vaivén al coño de su hija hasta que la rodeó con sus largos dedos y tiró de ella, dejando el capullo rojo y mojado al descubierto. Hija,¿ me dejas que saboree esto? Ya sabes que tu padre no lo usaba. Sí, mamá, como quieras. Marta se acercó y metió la cabeza entre las piernas de su hija y las mías, y, cogiendo la polla con una mano y los huevos con la otra, tiró,
llevándome a mí detrás. El suspiro que dio al rodear el capullo con los labios fue tan hondo que se hinchó su pecho, sacando las tetas de una manera tan provocativa que mi mano no pudo resistirse a acariciarla. Ahora tenía en una mano la de Cintia y en la otra la de Marta. Tenía razón, eran iguales. Me gusta ver cómo te la mete, hija. Te ayudaré. Marta apuntó mi polla, llena de saliva de su madre, al coño de Celia, y yo lo hundí a fondo. Marta me acompañaba,
cógida de mis huevos. Se oía el chapoteo de los jugos de Cintia, que incluso se escurrían de su interior al sacar el tronco. Marta se acercó otra vez. Pensé que iba a chuparme la polla o los huevos, pero lo que hizo fue recoger los jugos que perdía su hija por el coño. Lamió de abajo arriba hasta dejarlo limpio, pero, al oír gemir a su hija, se esperó a que salieran más y los fue recogiendo. Cintia gemía cada vez más.
La lengua de su madre le lamía y relamía el clítoris hasta que la joven se corrió.
Mamá. Sí, hija, sí. Córrete a gusto. Tu madre y Tony te ayudamos.
Cintia temblaba entre mis brazos. Su madre procuraba seguir lamiendo el coño de su hija y mi polla al mismo tiempo. Tony, ten cuidado, no te corras dentro de Cintia. Eso me lo reservo para mí. No te preocupes, estás en la lista. Cintia quedó desmadejada, tumbada en el sofá, parecía dormida, con las piernas separadas, el coño enrojecido y mojado, los labios abiertos, quedando el agujero redondo y hueco.« Ven, Marta, te voy a follar como te mereces».« Eso espero, Tony, eso espero».
A su madre la apoyé sobre el brazo del sofá, al lado de su hija, con la cabeza sobre el asiento. Alargué la mano y cogí la regla de madera que había sobre la mesa y le asesté varios varazos en las nalgas. Ella quiso revolverse, pero en la postura que estaba, le fue imposible. Estuve poniéndole los cachetes a rayas como una cebra. Luego, escupí entre las dos nalgas y apunté. Empujé y me hundí. Vi cómo arañaba la tapicería del
respaldo entre sollozos. Pataleaba, pero los tacones quedaban en el aire. Su hija le cogió de la mano para consolarla, porque imaginaba lo que estaba sufriendo.¿ Hace daño, mamá
Sí, hija, mucho. Me está
partiendo el culo. En este momento, le mataría, aunque tengo que reconocer que es delicioso. Te recomiendo que lo pruebes.
Me da miedo, mamá. No te preocupes, Tony es un bruto pero sabe hacerlo. Te gustará. Está bien. Tony, córrete cuando quieras. Yo ya me estoy corriendo
Aceleré. La polla se hundía hasta los huevos en aquel culo, casi igual que el de Cintia. Pero, cuando me tensé para vaciarme, Cintia se incorporó y acercó su cara al culo de su madre. Me retiró un poco, lo suficiente para sacarme la polla. Al momento, se la tragó y me abrazó por la cintura para que no huyera. Y así mismo me vacié, hasta hacerla llorar y toser. Hija, ahora veo que este chico te
tratará bien. Sigue sus consejos. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
