Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos
Gemelas, parte 22. Al oír el grito de Rosa, nos preocupamos todos
Aunque la vimos salir al doctor con una sonrisa de oreja a oreja, no supimos cómo reaccionar. Al instante, salió Rosa con la cara pálida, lo que todavía nos descolocó más. Por una parte, parecía que el doctor nos traía una buena noticia y por otra, Rosa le contradecía. Les fuimos siguiendo con la mirada hasta que se sentaron los dos y nos quedamos mudos mirando al ginecólogo. No sé ustedes, pero yo estoy contento. Pocas veces me equivoco, pero esta
vez estaba seguro. Señora Teresa, su hija Rosa está embarazada. Eso no puede ser.
Cómo dice eso?
Lo siento, parece que no ha sido una buena noticia, pero sí, no tengo dudas. Está de poco tiempo, pero sin duda está en estado de buena esperanza. Pero doctor, eso no puede ser, yo no he, protestó Rosa. Eso ya no lo puedo explicar yo, pero sí, Rosa, sí. Vas a tener un niño, o niña, de eso sí que estoy seguro. Nos mirábamos entre todos. Yo las miraba y ellas a mí, intrigadas. La primera que estaba segura de que yo no tenía nada que ver era Azucena.
Ella estuvo con nosotros y siempre vio cómo Rosa me rechazaba con firmeza. Teresa tenía sentimientos encontrados. Por una parte, le hacía ilusión que su hija tuviera un hijo, pero, por otra, conociendo a Rosa, no comprendía cómo y hasta dudaba si sería capaz de criarlo como debía, ya que no era nada maternal. Nos despedimos del doctor, nos acompañó a la entrada y nos despidió con una sonrisa amable, incluso paternal. A mí me palmeó la espalda, posiblemente compadeciéndome
por las mujeres que tenía como familia. Volvimos a mi casa en mi coche. En el asiento de atrás se sentaron las hermanas, una a la otra se consolaban. Azucena calmaba a Rosa, diciéndole que no podía ser verdad, que el médico estaría equivocado, y Rosa le aseguraba que ella no, pero Azucena sí debía seguir intentándolo, ahora que sabía que yo estaba perfectamente. Apenas arranqué el coche, me sentí como nuevo. Aún siendo de noche, me parecía que hacía un sol radiante.
Miraba a todos lados y sentía que el mundo giraba a mi alrededor. Teresa iba a mi lado, nos mirábamos de reojo. Parecía que intentaba descubrir si yo era el padre de aquel niño imprevisto y quise sacarla de dudas. Alargué la mano y, con dos dedos, desabroché dos botones de su blusa y metí la mano. El tacto caliente de su piel me aceleró la sangre y apreté sus tetas, confirmando con la cabeza que sabía lo que pensaba. Ella se asombró en un principio, pero luego entornó los ojos,
alegrándose por ello. Aún así, quiso asegurarse y apoyó la mano sobre mi bragueta y apretó fuerte. Lo que se encontró le gustó, pues la polla estaba a reventar, escapada por debajo del elástico del bóxer, por el efecto de la caricia que le di en las tetas. Al llegar a casa, les dije a las gemelas que subieran a casa adelante, porque iba a encerrar el coche en el garaje. Teresa quiso seguirlas, pero la retuve por el brazo, diciéndoles a sus hijas que necesitaba a su madre para que
me dirigiera en la maniobra de aparcar. Al cerrarse el portón de la cochera, Teresa intentó inclinarse sobre mí, pero la detuve y le dije. Espera, Teresa, vamos al asiento trasero.¿ No prefieres que te coma la polla, aquí mismo? Si solo fuera eso, aquí delante me valdría, pero te quiero toda. Quiero follarte por todos los sitios posibles.
Me alegra ver que ya te has recuperado, Tony. no lo sabes bien
Teresa estaba admirada de mi cambio y, sobre todo, de mi decisión. Ahora me sentía seguro de mí mismo y sabía lo que quería, y no aceptaba discusión. Bajé del coche, después de deslizar los asientos delanteros, y pasé al asiento trasero. Me pareció mucho más ancho, no me había fijado antes, pero me sorprendió la amplitud del espacio. Me quité los pantalones y me senté en el medio, con un pie
a cada lado del túnel, con la verga vertical. Esperé a Teresa, que prefirió cruzar entre los asientos, sin bajar del coche, y allí mismo se arrodilló frente a mí y me cogió la polla con las dos manos, inclinando la cabeza hasta que sólo le veía el cogote. No la dejé que estuviera mucho rato incómoda entre mis piernas y la invité a que se arrodillara en mi asiento,
pasando las piernas por mis costados. Teresa lo hizo gustosa, y solo tardó en quitarse la falda y ladearse las bragas para sentarse sobre mí, hundiéndose la verga mojada con su saliva. Ah.
Como has cambiado en unos minutos. Parece un milagro.
Hay que ver cómo es la mente. Hace un momento estaba obsesionado, desahuciado, y ahora vuelvo a ser como antes. Y
lo que me alegro. Ya te
noto llenando mi
coño hasta el fondo. Espero que esta
vez me embaraces de verdad.¿ Quieres decir que no desistes? Ni hablar. Tu polla merece cualquier cosa y si me das un hijo, será la culminación de mi vida. Creí que, al tener ya un nieto en camino. No quiero precipitarme, pero has sido tú, ¿verdad? Si te soy sincero, no me explico lo que pasó, porque en aquel momento estaba completamente hundido, pero sí, me corrí dentro de ella, y según lo que dijo el doctor. Me gustaría que me contaras cómo fue con todo detalle. Conociendo a mi hija,
me parece tan inverosímil que no acabo de creérmelo. Tu hija me animó como ninguna. Me dijo cosas que nunca pensé de ella, y eso fue lo que me movió un poco, lo suficiente para meterle la polla y correrme en ella. Tu hija tiene mucha voluntad. Sí, para lo que quiere, sí. Mientras Teresa se balanceaba sobre mis muslos con la polla hundida, le fui contando lo que pasó en la habitación de Rosa, desde que le regalé el
gatito hasta que llegaron ellas. Estaba admirada de la comprensión de su hija y del interés que puso por curarme de mi obsesión. Se abrazó a mi cuello cuando se corrió, mejor dicho, cuando nos corrimos a la vez. Le llené con mi leche de primera calidad hasta rebosar su coño. Aún así, ella no se levantó de mi polla hasta que comprendió que mis espermatozoides ya habían tomado por asalto su útero sediento. Cuando entramos en mi casa, las hermanas
todavía estaban consolándose una a la otra. Azucena incluso envidiaba a Rosa, que no se sentía nada feliz con la noticia. Teresa puso paz, porque sabía que yo era el causante de la barriga que iba a tener Rosa. Así que no les dejó seguir, y Azucena, tras mirar a su madre, supo que, en efecto, ya nada tenía remedio, pues yo era el padre del bebé. Aquella noche nos acostamos, yo con mi mujer y Teresa en su cama. Rosa se fue a la habitación que eligió cuando repartimos los muebles
y la casa se quedó en silencio. El gato
se había quedado con Clara. ¿Tony, duermes? No, no puedo dormirme.¿ En qué piensas? En todo lo que ha pasado últimamente.¿ Y tú? Yo pienso en mi hermana. En estos momentos, debe estar pasándolo mal. Lo sé,
pero antes quería explicártelo a ti. No hace falta que me expliques nada. Ya me lo contó Rosa, pero creo que deberías ir a consolarla tú. Ya lo pensé. Para ella es muy duro. Es cierto, pero es mi hermana y
no la quiero ver sufrir. Gracias, Azucena. Eres un sol. Voy con ella. Me levanté y fui a la habitación de Rosa. En efecto,
estaba llorando. No concebía que estuviera embarazada. Solo pensaba en su futuro. A ella no le gustaban los niños. Nunca tuvo planes de tenerlos. En cambio, a su madre y su hermana, que querían, no las había podido embarazar. Lo siento mucho, Rosa. Yo no me di cuenta, fue sin querer.
Ya lo sé,
Tony, ya lo sé, pero yo también fui responsable. Te animé para que te corrieras en mí. Es cierto, y te agradezco que intentaras quitarme el peso que me anulaba el entendimiento, aunque no fuera sincera.¿ Por qué piensas que no te decía la verdad? Porque muy poco antes, tu comportamiento conmigo era totalmente diferente. No me dejabas acercarme a
ti ni de broma, y luego. Es cierto, pero te prometo que, en ese momento, lo que te dije era cierto todo.¿ Quieres decir que entonces deseabas que te hiciera el amor? Entonces y ahora. Apenas dijo eso, me giré hacia ella y la besé con todo ardor. Ella me recibió de la misma manera y mis manos la rodearon, atrayéndola hacia mí. Rosa giró la cabeza para que siguiera besándole el cuello y las orejas y en poco tiempo
estaba chupándole los pezones. Un momento después, estaba sobre ella, empujando mi polla dura y gruesa en la entrada de su coño. Rosa dijo la verdad, me recibió con todo su cariño. Estaba tan mojada que apenas me deslicé en su interior hasta que los huevos chocaron contra sus nalgas. Follamos con desesperación, e incluso cuando se corrió, quiso que yo lo hiciera con ella, esta vez con toda mi
potencia y toda mi leche acumulada. Ya no había ningún peligro ni temor, no podía quedar embarazada más de lo que ya estaba. No obstante, seguimos follando hasta que se dio la vuelta y me dijo que quería probar lo que le hice a su hermana. Rosa se arrodilló en la sábana y me esperó, sujetando las nalgas abiertas. Apoyé el capullo en su agujero palpitante y escupí. Cuando la saliva llegó al capullo, presioné y me hundí en ella
suavemente hasta hacer desaparecer mi verga. Cuando volví a mi cama junto a Azucena, me abrazó, me olió y me dijo que estaba muy orgullosa de mí. Me dio un piquito y se giró hacia el otro lado para dormir. Estaba claro que ella no estaba ovulando. La que se moría de envidia era Clara. Al enterarse del embarazo de Rosa, se le llenaron los ojos de lágrimas. A ella le habría hecho muy feliz darle esa noticia, pero... Fina se
alegró en el alma, yo no parecía el mismo. Y Elsa, al enterarse por Susa, se lo contó enseguida a Soledad, quien me llamó pidiéndome que no tardara en ir a visitarla. Cuando me llamó Marta, me felicitó por mi paternidad, Teresa ya la había puesto al tanto, ya que estaba eufórica por ser abuela, sin renunciar a ser madre también. Una de las primeras que estrenó mi mejoría fue Pili, la novia de Ángel. A ella no le había llegado la noticia de mi recuperación, ya que vino a consolarme de
mi desgracia. Preguntó a Fina, quien le dijo que estaba en mi despacho. Al entrar, me abrazó, deseando con toda su alma que me recuperara de tan mala enfermedad. Yo la dejé hablar y le dije que simplemente necesitaba un poco de motivación, a lo que ella se prestó enseguida. Le miré el culo y entendió al segundo. Allí mismo, ante mi sillón de director, se bajó los pantalones elásticos
y se sentó de espaldas a mí. Lo hizo casi de golpe, pensando que mi polla estaría flácida, pero se encontró con que ya estaba en plena forma, quedando empalada con mi verga áspera en su culo. Aún así, hizo de tripas corazón y, al momento, gemía de placer al sentirse atravesada por mi polla ardiente. Su novio Ángel me dio un buen susto, pues vi que en ese momento
bajaba al sótano buscando a su novia. Se había enterado de que estaba allí, pero Fina, con una rápida reacción, le contuvo con la excusa de que le ayudara a cambiar el rollo de papel de la registradora. Y como seguía insistiendo en bajar, le entretuvo ajustando las teclas sin necesidad, hasta que Pili apareció, sonriente, subiendo la escalera con un paso un poco desequilibrado. En pocos días demostré a todas que volvía a ser el mismo de antes, incluso mejor,
ya que tenía el ego por las nubes. Me di cuenta de que me había obsesionado inútilmente, aunque les advertí de la recomendación del doctor para que no se confiaran con mi leche. Fina me demostró que estaba contenta de verme sano otra vez, mostrándome su nueva adquisición en su habitación. Le encantaba comprarse ropa, sobre todo lencería, aunque yo, apenas la vi y la felicité, se la quité para que no me molestara sobre su piel. A soledad la visité
cuando sabía que estaba sola en casa. Se merecía una buena hora de sexo exclusivo, y lo gozamos. También estaba preocupada por mí, porque me preguntó por mi mujer y le conté que tenía razón, que en cuanto pasara su ovulación, bajaría el ritmo. No le conté lo de Rosa para no escandalizarla. Llamé a casa de mi abuela. Quería que mi madre supiera que estaba bien, pero me dio una mala noticia. A mi padre le había dado un ligero
ataque y estaba en el hospital. El hombre, además de acalorarse en sus discusiones con los compañeros de juego, nunca despreciaba la invitación de una copa de coñaco de anís y, por lo que parecía, tenía muchos amigos que le invitaban. Quise ir a verlo y se lo conté a Elsa, quien también quiso aprovechar para ver a su abuela, así que fuimos los dos juntos. Lo de mi padre resultó ser algo más que un susto. Mi madre no quiso alarmarme,
pero estaba junto a él, cuidándole en el hospital. Mi padre se alegró de verme y mi madre nos rogó que cuidáramos de la abuela. A mi abuela le vino de perlas que Elsa viniera conmigo y entre los dos nos quedamos tres días hasta que vino mi madre. Por la mañana nos ocupábamos de mi abuela y la casa y después de comer nos subíamos al piso de arriba. En su habitación o en la mía pasábamos la tarde
follando hasta la hora de cenar. Por supuesto, en cuanto terminábamos, le dábamos la medicación a mi abuela y subíamos a seguir en la cama hasta que casi desfallecíamos. A Susa le conté más cosas que ella a mí. También quería subirse arriba, le encantaba cabalgarme, pero ahora preferí follarla a ella de todas las maneras. Yo mismo me sorprendía de que había cambiado mi carácter y me sentía más seguro de todo. Teresa volvió a su casa junto a Rosa,
así que ahora tenía que repartirme. Incluso Clara esperaba que la regara de vez en cuando, aunque solo podía ser cuando no estuviera ninguna de las dos, es decir, cuando acudían a la peluquería un día a la semana. En cuyo caso, disfrutábamos sin freno. Ella me prometió que haría todo lo posible para no quedar preñada, aunque yo no terminé de creerla. Por eso procuraba echarle la leche a donde no tuviera riesgo, en la cara, en la boca, en las tetas o en el culo. Era una chica
multifuncional y yo iba alternando. Pero todo este plan de vida agitada duró poco. Rosa, por desgracia, se empezó a sentir mal. El ginecólogo confirmó que debía descansar y que necesitaba más atenciones, el embarazo no le sentaba bien y su madre pensó que había que hacer algo con ella. En una reunión, después de comer todos juntos, incluida Clara, sin consultárselo a Azucena, les propuse. Creo que lo mejor que podemos hacer es que os vengáis todas a nuestra casa.
Allí podremos cuidar mejor a Rosa, no quiero que mi hijo ni mi cuñada tengan ninguna incomodidad. Me parece muy bien, cariño, respondió Teresa. Te me has adelantado, se lo iba a proponer a mi madre. Ah, y que venga también Clara, por supuesto. Claro que sí, añadí. Ella es de la familia, y el gato, que no se le olvide, jajaja. Todos rieron. Por supuesto, había habitaciones para todos, y Clara era una más, que ayudaría con gusto a cuidar a Rosa, además de su hermana y su madre, y también de mí. Al
día siguiente estaban instaladas. Hice dos viajes en el coche, trayendo lo imprescindible de ropa y demás, con la idea de volver a por cualquier cosa que fuéramos necesitando. En un principio, Rosa dormía en su cuarto, pero Azucena estaba intranquila porque el embarazo le provocaba muchas angustias y no dormía nada bien. Al final, me propuso que se acostara con ella en mi cama y que yo me cambiara a la de ella. Solo tuve un momento de duda, no iba a dormir con mi mujer, pero podía mejorar
en el cambio. Y ante la tierna mirada de Teresa, me convencí. Desde entonces, subí al piso de arriba, donde estaban las habitaciones de Teresa y Clara, y elegí la cama que más me gustó. Una tarde de sábado recibimos la visita de Marta y su hija Cintia. Las dos estaban preciosas. Marta, con sus años, se mantenía muy lozana y su hija era de belleza natural. Estuvimos hablando de todo. Marta era una mujer que, con pocas palabras, ataba cabos y dedujo que el niño que esperaba Rosa no podía
ser más que mío, aunque no opinó. En un momento en que decayó la conversación, Cintia se levantó y miró por el amplio ventanal desde donde se divisaba el mar. Allá a lo lejos podía verse un velero y, más allá, un mercante fondeado que esperaba para poder atracar en el puerto. Me ofrecí a enseñarle la casa nueva, y ella se mostró muy interesada. Teresa y sus hijas la habían amueblado con mucho gusto, y sin problemas de dinero, quedó muy acogedora.
Le expliqué que era un dúplex, es decir, que por una escalera interior se accedía al piso de arriba donde estaban las habitaciones y, sobre todo, una terraza espectacular. Cuando le cedí el paso para que subiera por la escalera delante de mí, pude observar el culo tan bien formado de Cintia. Y cuando llegamos arriba, le mostré las habitaciones, sobre todo la de Rosa, donde estaban mis cosas. Nada más entrar, cerré la puerta y la empujé contra ella.
Le levanté la falda y le besé el cuello. Cintia estaba muy excitada, pero las conversaciones se oían muy fuertes desde el piso de abajo y le dio miedo seguir. Aún así, pasó la mano por mi pantalón y advirtió que yo estaba completamente recuperado. No podía dejar pasar la ocasión, así que salimos a la terraza. Desde allí ya no oíamos a nadie, y le mostré el horizonte. Cuando se apoyó en la barandilla, le dije que se mantuviera quieta y que echara los pies hacia atrás, separándolos a la vez.
Con el viento, la falda se le subió a la espalda, y al ver el tanga negro de hilo, lo separé. Sin avisar, me acerqué, posando la polla en sus nalgas. Le dije al oído que se arqueara, separando un poco más las piernas, y lo hizo al momento. Con la cabeza baja y el culo en alto, le metí la polla de un empujón en el coño, hasta hacerle besar la barandilla. No paré, y ella tampoco. Ella culeaba, viniendo a mi encuentro mientras yo la buscaba, chocando ruidosamente en
el chapoteo de su coño. Cuando se corrió, gritó, pero solo se oyó en la lejanía, confundiéndose como si fuera una gaviota. Al sentir que mi momento llegaba, le dije que se arrodillara a mis pies y tragara lo que iba a salir. Ella abrió la boca, esperando que se la llenara, pero el viento desvió la ráfaga, que se coló por su escote, perdiéndose por el canalillo y mojando todas las tetas. Cuando me volví, pude ver a Clara
mirándonos desde detrás de la cristalera. Su mano desaparecía entre su falda cuando me sonrió y se ocultó de mi vista. Al volver a entrar en la casa, me crucé con Clara y le dije que preparara una lista larga para ir al día siguiente a recoger cosas a la casa de Teresa. Ella saltó de alegría, mordiéndose el labio, porque sabía lo que significaba esto, ya sabía que íbamos a ir a por unas pocas cosas, dejando algo para próximas ocasiones.
Cintia estaba incómoda con las tetas empapadas de leche, temía que la blusa de seda que llevaba se manchara y se descubriera el pastel. Al momento, dijo que se iba, aunque su madre insistió para que se quedara un rato más. Ella adujo que había quedado con unas amigas y se le estaba haciendo tarde, así que pidió un taxi desde mi casa y se marchó. Cuando se despidió Marta, no quise que anduviera de noche sola por ahí y me
ofrecía llevarla en mi coche. Ella se excusó sin mucha fuerza para que no la llevara, pero no me dejé convencer y la llevé a su casa. Me invitó a subir a tomar algo y al final fue ella la que tomó, y mucho. Casi se atragantó con la andanada de leche que no se pudo tragar su hija. Marta me contó que había sufrido mucho por mí, pensando en lo mal que se portaba la vida conmigo. Llegué un poco tarde a casa, pero me excusé diciendo que había
mucho tráfico, al ser sábado por la noche. Rosa no mejoraba ni con los cuidados de su hermana, y yo acabé durmiendo todas las noches en la cama de Teresa. Clara nos veía cuando madrugaba y no decía nada, se conformaba con su ración al ir a recoger cosas de la vieja casa de Teresa. Eran las mujeres más cabales que conocía, junto a Soledad. Las únicas noches que yo dormía en mi cama matrimonial eran cuando me avisaba a
su cena o su hermana. Casi siempre era Rosa la que me anunciaba que su hermana estaba en sus días fértiles. Entonces me quedaba con ellas, y esas noches recibía su ración de semen superpreñador. Azucena no se resignaba a que Rosa tuviera un hijo sin desearlo, mientras que ella, que sí quería, no se quedaba encinta. En aquellas contadas ocasiones, Azucena era la que ayudaba a Rosa, que era la que más polla recibía. Procuraba que su vientre, cada vez
más sostencible, no tuviera ninguna postura peligrosa. Sólo cuando yo me iba a correr, Rosa se retiraba y me dirigía a su hermana, que recibía mi polla para vaciar mis huevos. A mí ya no me importaba demasiado cuál fuera la madre, ninguna de las hijas merecía tal título, pues no me demostraban amor auténtico. En realidad, habría preferido que fuera Teresa, pero la casualidad o el destino eligió a Rosa. Para cambiar de aires y siguiendo el consejo del ginecólogo, alquilé
un chalet en la playa. Allí fuimos unos días. En el salón, con vistas al mar y la brisa fresca, Rosa estaba mejor. Con su prominente vientre, descansaba todo el día tumbada en una hamaca, no podía permitirse el lujo de salir al sol, ya que su piel lechosa y pecosa le provocaba quemaduras. En cambio, Azucena, en bikini, se bronceaba en poco tiempo, dándose baños de sol que la achicharraba en la terraza, dándole un bonito color de piel.
Teresa estaba ocupada pendiente de Rosa, y Clara apenas salía por la mañana, ya que tenía mucho trabajo con todos nosotros en un sitio tan reducido. Cuando invité a Fina, no pensé que aceptaría, pero cuando me llamó desde el vecino pueblo costero para que fuera a recogerla en la parada del autobús, me sorprendió. Al verla sentada sobre una pequeña maleta, me gustó. El conjunto que llevaba causaba sensación en los lugareños que, aunque estaban acostumbrados a los forasteros,
no habían visto a una mujer tan sofisticada. Apenas salimos del pueblo en dirección a la playa, Fina metió las manos entre la camiseta que llevaba, sacó el sujetador, suspiró libre de ataduras y me lo dio a oler. El perfume de Fina era único e inconfundible, y yo le correspondí buscando por debajo de su camiseta rayada para encontrar aquello que provocaba unos bultos saltarines inconfundibles. Nunca pensé que aquellas junqueras fueran tan útiles. Cuando aparqué entre ellas, el
coche de color plateado se difuminó entre la maleza. No esperé a que el coche estuviera completamente parado cuando mi asiento se deslizó hacia atrás. Fina no esperaba tal recibimiento, y menos cuando le cogí de la nuca y la incliné para que fuera chupando el regalo de recibimiento que le ofrecía. Me dejó seco, y antes de volver a arrancar, le di un pañuelo de papel para que se limpiara la barbilla, llena de leche espesa. Fina no salía de
su asombro. En cierta ocasión, me dijo, en su cama, que le gustaba mi nueva forma de follar, ahora era más directo, más expeditivo, y a ella le encantaba también el sexo salvaje. Era cierto, después de mi bajón moral, me sobrepuse y trataba a mis mujeres como se merecían en realidad. Al llegar al chalet, el ambiente que vio le deprimió bastante, y entonces comprendió mi fogoso recibimiento. Me veía enclaustrado entre aquellas mujeres, sobre todo las gemelas, y
ella misma quiso poner un poco de alegría. Apenas llegó, y luego de los consabidos saludos, se despojó de la camiseta, dejando al aire sus opulentas y provocadoras tetas bronceadas. Rosa exclamó con asombro su sorpresa, y Azucena entró para enterarse del motivo. Al ver a Fina, se miró y comprobó que ella misma, debajo de su bikini blanco, tenía las marcas del bañador que el sol no había podido broncear. Se vio ridícula al lado de las tetas de Fina y,
con un movimiento reflejo, se quitó la prenda. En realidad, no hubo cambios, ya que la piel seguía blanca donde no le habían llegado los rayos del sol. Daba la sensación de que llevaba un sujetador blanco. Teresa no quiso ser menos y, lentamente, viendo a su hija, quiso demostrar que, aunque no estaba morena, por lo menos sus tetas merecían enseñarse. Rosa no quiso quedarse atrás, aunque ella añadió su vientre, que ocultaba sus bragas marcadas con el bulto en su ombligo.
Ya estaba pesada y se colocaba en la mejor postura para que el niño no le molestara mucho. Clara, desde la cocina, nos veía y me llamó con una excusa tonta. Ya veo que tienes una buena exposición de tetas ahí fuera, pero no quiero que falten las mías, así que te las enseño solo para ti. Agradecí su detalle y le bajé el sujetador, sacándoselas para, seguidamente, chuparle los pezones, que le saltaron orgullosos. Ninguna se interesó cuando les propuse bajar
a la arena para dar un paseo, excepto Fina. Ella venía dispuesta a pasar un día de playa y no a la sombra del chalet. Fuimos paseando por la arena fresca de la orilla, el agua iba y venía sin fuerza, mojándonos los pies. Sobre toallas en la arena se veían parejas hablando o simplemente tomando el sol, la mayoría de ellas en topless. Fina me aseguró que ella no usaba sujetador en la playa desde hacía muchos años, por eso no se inmutó cuando se lo quitó delante de las mujeres,
aunque el ejemplo fue seguido por todas. El sol calentaba de firme, y la visión de Fina a mi lado, zarandeando las tetas al andar, me dio motivo para meterme en el agua y disimular mi erección. Le di una palmada en el culo y salí corriendo hacia el agua. Era lo que estaba esperando, Fina arrancó detrás de mí, y cuando me alcanzó, caímos rodando entre las olas. El agua no cubría aún, pero allí encontró, debajo del bañador,
lo que tanto le gustaba. Entramos un poco más adentro, y ya con el agua por el pecho, me bajé el pantalón a la vez que ella me enseñaba sus bragas en la mano. Se las lío en el brazo, y yo hice lo mismo con mi bañador. Nos abrazamos, y Fina sintió en su pubis la presión de mi polla. No se lo pensó y me hizo una demostración de apnea de competición, aguantó sin respirar en el agua un buen rato, y no sólo eso, sino que, mientras se
tragaba mi polla con toda la cabeza sumergida. Dejaba que yo manejara sus tetas, que se mecían entre dos aguas. Al emerger, quiso respirar poniéndose en la posición del muerto, flotando sobre el agua frente a mí. Mi cabeza avanzó entre sus piernas hasta pasar la lengua entre sus labios mojados, esta vez de agua salada. Fina no se esperaba esta caricia y separó las piernas más. Cuando se quiso dar cuenta, mi boca aspiraba su quítoris, sin pensar en el agua
de mar que podía tragar. Me dio la tos, y ella se plegó, dejándose hundir y resbalar sobre mi pecho. No fue buena idea, o sí, porque mi polla la esperaba y en ella se clavó sin sentir. Con el agua al cuello, estuvimos follando con el chapoteo de las piernas, mirando hacia la arena del fondo como su coño recibía a mi polla con gusto. Cuando volvimos al chalet, donde estaban todas, hacía un sol de justicia. Rosa seguía en el salón, tumbada a lo largo del sofá, abanicándose con
un pay-pay. Su tripa sobresalía exageradamente y ella buscaba la postura más cómoda para sujetarla, ya que de vez en cuando, desde dentro, le recordaban que no estaba de vacaciones. No había nadie más, solo en la cocina se oía a Clara. Subí a la terraza, donde encontré a Azucena y a Fina, que acababa de subir. Mi mujer se había quitado el sujetador y al ver a Fina se quedó acomplejada por
el cuerpo totalmente moreno de mi compañera. Fina siempre se despojaba del bikini en cuanto tenía ocasión de tomar el sol, para ello buscaba rincones solitarios en las playas no muy concurridas. Fina volvió a sorprenderla cuando se quitó la parte de abajo. Entonces acabó de comprobar que iba perfectamente depilada y bronceada. Los labios de Fina, tantas veces lamidos por mi lengua, se mostraban tan apetitosos que mi polla respondió debajo de mi bañador. Azucena no quiso ser menos y también se
quitó el resto de las dos piezas. En ese momento subió Teresa y vio a las dos chicas desnudas. Azucena parecía que llevaba un bikini blanco, que en realidad era su piel sin broncear, solamente los dos puntos de los pezones definían la piel, mientras que Fina era casi una mulata. Teresa no quiso ser menos, y ni mi mujer ni yo esperábamos que se atreviera, pero en un principio se quitó la parte de arriba del bañador hasta la cintura. Como le quedaba un poco ridículo, terminó de tirar el
bañador de una pieza sobre una silla de plástico. Venga, Tony, anímate, parece que estás cohibido delante de unas chicas desnudas.¿ Nunca viste ninguna? Cohibido no, es que me conozco. jajaja, además presumido, venga, fuera ese bañador. Ya no esperé más y tiré de la prenda hasta sacarla por los tobillos. La polla saltó, dándome un placer en el ombligo como un resorte, y las tres se echaron a reír, complacidas. Una a la otra comentaba la mejoría tan radical que tuve, las tres
lo sabían bien. Era imposible no alterarse, porque tumbadas a mis pies podía admirar la sensualidad serena del cuerpo de Teresa, la explosiva de Fina y la lánguida de Azucena. Voy a por unas bebidas. Bien pensado, y que no se te olvide un poco de hielo para refrescarte eso, jajaja. Bajé a la cocina y, al pasar por el salón, vi que Rosa se había quedado dormida. Nada más entrar en la cocina, encontré a Clara comprobando si el pollo
estaba horneado debidamente. Sin mediar palabra, me pegué a ella y le demostré en qué situación bajaba de la terraza. Clara no se inmutó al sentir mi verga desnuda incrustada entre sus nalgas, mal cubiertas por su falda, así que no tuve más que levantarla y dejarla sobre su espalda. Le bajé las bragas y, apenas forcé la polla para que bajara lo suficiente hasta encararse en el coño de
la chica y empujé. Clara se tuvo que apoyar en el banco de la cocina, cerró el horno a toda prisa para no quemarse y aguantó, como pudo, los envites que le di. Poco a poco fue separando las piernas para que mi polla encontrara la vía más recta y al alcanzarla pude clavarla hasta que sintió que le faltaba la respiración. Era una chica que disfrutaba de mi polla, yo lo sabía y no exigía demasiado. No obstante, tenía la facilidad de concentrarse en lo que la taladraba y
no tardaba mucho en correrse. Cuando me vacié en ella, le dije el motivo de mi visita. Clara estaba acostumbrada, sobre todo desde que recobré la lucidez, a que la sorprendiera en cualquier momento y la follara en unos polvos más o menos urgentes, por eso no preguntó el motivo de mi excitación. Entre los dos preparamos una sangría, una combinación típica de bebidas y frutas en una jarra con hielo, y cuando la tuve mezclada, subí con ella a la terraza.
Hubo un cruce de miradas, Fina y Teresa se dieron cuenta de que, por la punta del capullo, ya un poco caído, me asomaba una gota de leche todavía húmeda, y adivinaron, en silencio, que Clara acababa de recibir una buena dosis. Aún así, todavía tardó en bajarme la polla mientras tomábamos un vaso de la sangría helada. Cuando devolví a Fina a la parada del autobús en el pueblo, antes hice una pausa en la junquera de la mañana.
No la dejé que se pasara al asiento trasero, simplemente le hice bajar y allí, al abrigo de las miradas indiscretas, con su puerta abierta y la cabeza sobre su asiento. La acabé de follar para que terminara el día contenta. Ella, por prudencia, antes de volver a subir al coche, puso una toalla debajo del culo para no manchar la tapicería con la leche que le iba escurriendo del culo. En opinión de las mujeres más expertas, Rosa llevaba en su
vientre un niño. Yo no entendía los argumentos tan peregrinos de ellas para adivinar el sexo del bebé, unas aseguraban que era por la postura al andar de la madre, otras por el rostro, si parecía más guapa, era que llevaba un niño. En fin, haciendo cuentas y sacando la media, dedujimos que llevaba un niño. Eso hizo que nos planteáramos el nombre que le pondríamos. Teresa se empeñó en llamarlo Antonio, como yo, pero yo me enroqué para ponerle José, como
su abuelo. Al final, llegamos a un acuerdo, se llamaría José Antonio. Luego, cuando llegara el momento y siendo un crío, posiblemente se quedaría en algún diminutivo, como el Tony, mío. Lo que no esperábamos fue que la voz autorizada del ginecólogo nos rompiera los esquemas. Cuando fuimos los cuatro para otra revisión y después de oír los ruidos en el vientre de Rosa, quiso hacerle una ecografía. Entonces nos anunció que no era un niño, nos aseguró que era una niña.
La pollita que buscaba no la encontró, y en parte nos quedamos decepcionados. A Teresa le habría gustado tener un nieto, ya estaba saturada de niñas con sus gemelas y quería variar. Ciertamente, si era una niña, debía ser muy grande, porque la panza de Rosa era cada vez más exagerada. Entonces ya se barajaban las especulaciones sobre el peso. Las gemelas, según Teresa, habían nacido muy grandes, por lo que tuvieron que darle un corte en la vagina en el momento del parto
para luego volverla a coser. Cosa que agradecí más tarde, porque le habían dejado un coño tan estrecho que parecía una adolescente. No obstante, en la siguiente exploración, por un momento disfruté viendo al ginecólogo. Nunca esperaba verlo tan azorado. Al salir de la sala donde tenía el escáner de la ecografía, venía cabizbajo y abatido. Lo comprendí al oírlo hablar. Lo siento mucho, señoras, y a usted, caballero. Les pido perdón por todo lo que les hice pasar. Es la
primera vez que me equivoco. Para mí será una mancha para toda la vida. No nos asuste, doctor. No me diga que mi mujer no está embarazada. Con ese vientre, pienso en todo, casi sería mucho peor. No quiero ni pensar de que podía estar enferma. Perdone, joven, es que no me expliqué bien. Sí, su esposa está embarazada y bien embarazada, pero siempre les dije que, por las trazas,
parecía llevar un niño en su vientre. Ahora, tengo que reconocer que no, no es un niño, es una niña y, además, no está sola, Azucena lleva dos niñas en sus entrañas, lleva gemelas. Se oyó un silencio espeso. A todos nos llegó la noticia como un mazazo, menos a Teresa. Ella sabía lo que era eso y había pasado por sus cosas buenas y sus cosas malas, pero el tener dos nietas ahora era como un regalo. En cambio, a Rosa, si antes no le apetecía cuidar de un bebé, ahora
le sobrepasaba la responsabilidad y se agobiaba. Su hermana Azucena también se veía desbordada, pues para ella, un niño era su límite de apetencia. Cuando llegamos a casa, Clara fue la que más me felicitó. Para ella, hubiera sido la dicha mayor de su vida, pero no era su hora. Unos días después, Clara, al subir de la compra, sacó del buzón del correo una carta. Nos la dejó sobre la mesa y nos dijo que debía ser de publicidad, pues el sobre era muy vistoso y parecía de una
agencia de viajes, porque estaba en idioma extranjero. Supusimos que debía ser de la agencia que nos proporcionó el viaje a París, y por no tirarla, la metí en un cajón. Pasó el tiempo y nos olvidamos de ella, había cosas más importantes que atender. Rosa se ponía cada vez más molesta con su embarazo, el vientre se desarrollaba como un fenómeno. Yo sentía que la pobre chica, sin querer tener hijos,
tuviera que pasar por aquel calvario. En cambio, mi mujer, que quería, no lo conseguía, lo que le estaba afectando ya, pues estaba perdiendo la ilusión y, por ende, el interés de follar. De hecho, cuando Rosa ya no podía ni le apetecía, ya no me avisaban ni de los días de ovulación de Azucena y yo tampoco lo echaba de menos. La relación sexual con las gemelas se fue enfriando cada vez más. Por otro modo, Teresa llenaba mi tiempo y
yo su coño sin ninguna limitación. Incluso Clara procuraba que no faltaran los viajes a la casa vieja, para recoger algunas cosas, a la cual íbamos regularmente, donde nos despachábamos en su cama. La apatía de las hermanas era clara y ya no me afectaba, me había acostumbrado a ella. Tras el resurgir sexual momentáneo de Rosa, ahora se había extinguido, cegaramente con motivo, no se encontraba animada para nada, y su hermana Azucena, mi mujer, tampoco se acordaba. La llamada
de teléfono que recibimos parecía que se habían equivocado. Fui yo el que descolgó el auricular y ya iba a colgar por no entender lo que decían, cuando entendí malamente la palabra repetida Rose, Rose. Deduje que podía hacer referencia a Rosa y me hizo prestar un poco de atención. Le pasé el teléfono a Azucena, que al momento se tensó y empezó a contestar en inglés. Las dos gemelas
habían estudiado en Irlanda y lo hablaban casi perfectamente. Azucena, tras una breve conversación, le pasó el teléfono a su hermana Rosa, que se incorporó y estuvo hablando animadamente. Parecía ser que se trataba del colegio donde ellas habían estado estudiando sus carreras y según nos explicaron después de colgar, les habían escrito una carta, que yo casi destruí, en la que le notificaban que tenían una propuesta de trabajo muy interesante para ella. A Azucena le contaron que, en realidad,
el trabajo era para dos personas. En un principio habían pensado en ellas dos, pero no le habían dicho nada a ella porque se habían enterado de que estaba casada y el trabajo era apropiado para personas solteras, libres de compromisos familiares. ya que no era en España, sino que debían hacer primero un cursillo intensivo en Escocia, para después trasladarse nada menos que a un lugar remoto de Australia.
Por las condiciones de trabajo que prometían, dedujimos que era muy interesante, con un sueldo astronómico y un futuro impresionante. Ahora el problema era doble, Azucena estaba casada conmigo y Rosa a punto de ser madre doble. A mí se me ocurrió una cosa que dije casi sin pensar, o por lo menos o no así, pero que caló en las mujeres. Creo que si el empleo que te proponen es tan fabuloso, no deberías despreciarlo. A veces el tren solo pasa una vez, y si no lo tomas. Pero
es imposible del todo. Mi hermana está embarazada, a punto de parir nada menos que dos niñas, y yo estoy casada, por lo que la empresa no contempla a personas comprometidas, así que no podemos aceptar. Creo que, si reconocemos la realidad y pensamos con calma, podemos solucionar el problema entre todos. Ah, sí. Pues ya me dirás cómo lo hacemos. Yo estoy dispuesta a todo, con tal de no perder esta ocasión, por sacrificada que sea. No creo que sea demasiado sacrificio para nadie,
solo es pensar con sensatez y actuar en consecuencia. Espero que no os enfadéis ninguna conmigo, pero soy realista. Después de pasar por el infierno que sufrí, veo las cosas muy diferentes y claras, así que lo mejor que pienso es que... A ver, Tony, dilo de una vez, nos tienes esperando, dijo Teresa, impaciente. Sí, Teresa, os lo voy a decir, aunque para mi plan necesito tu colaboración, que es vital. Por mí sabes que puedes contar para lo
que sea. No creas que es algo baladí. Te voy a pedir una cosa que representará un cambio radical en tu vida y eso implica además a otras personas. Miré a Clara, que estaba desorientada como las demás, pero aún así creyó en mí y movió la cabeza afirmativamente, aceptando cualquier idea mía. Así que cogí aire, llenando los pulmones, y miré a las dos gemelas. Azucena estaba ansiosa por saber mi idea, soñando ya con su nuevo empleo, y Rosa, triste, sabiendo que otra vez iba a ser la perdedora de
la familia. Azucena se iba a hacer con aquella oportunidad única que en principio era para ella. Así que las observé y, con toda la seriedad y aplomo del mundo, las fui mirando a cada una a los ojos, decidido a hacer lo que mi conciencia me dictaba. Ya era hora de que tomara las riendas de la familia y ahora estaba seguro de mí mismo. Así que las miré sin miedo. Teresa estaba conmigo, se le notaba, aún sin saber qué y cómo iba a respaldarme. Clara estaba dispuesta
a por todas. Azucena sonreía, viéndose ya en su nuevo cargo de ejecutiva en una gran empresa, y Rosa soñando en lo mismo, pero con dos niñas tirando de sus faldas sin dejarla avanzar. En cambio, yo miraba a las gemelas con toda mi indiferencia. Ninguna respiraba, intentando adivinar mis pensamientos, hasta que tosí para aclararme la voz y, serenamente, desgrané mi plan que atañía a las cuatro. Hasta aquí llegó el capítulo
de hoy. Hasta la próxima.
