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GEMELAS - PARTE 21 (Relato Erótico)

Aug 04, 202553 min
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Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Gemelas, parte 21 Mi vida cambió radicalmente, ya no tenía ilusión por nada. Iba a trabajar y, si no había mucho trabajo, me encerraba en mi despacho esperando la hora de cerrar. Al principio evitaba ir a casa de Teresa, aunque ella trataba de animarme. Incluso los primeros días, preparaba su cama con la misma ilusión que siempre, disimulando su frustración. Para ella también había cambiado todo, ahora ya no podía esperar tener

un hijo conmigo. Según pasaban los días, ya no me ofrecía entrar en ella porque sabía que era imposible. Mi polla parecía un condón vacío después de usar, así que se contentaba con darme esperanzas, con tan poca convicción, que aún me hacía hundirme más en mi depresión. A Azucena, los primeros días, le preocupó bastante, ya que se disipaba su esperanza de tener el hijo ansiado, por lo menos conmigo. Eso, añadido a que ya no estaba receptiva, hizo que perdiera

interés en la cama. Fina no me creía, ella era una de las testigos que más confiaron en mí. Pero después de empeñarse en devolver a la vida a mi polla con toda clase de caricias y argumentos, tuvo que desistir, ya que mi verga, otras veces orgullosa, ahora parecía un pimiento asado. Soledad fue muy comprensiva, no mencionó nada respecto a meterme en su cama. Fue muy discreta, yo, en mi desesperación, le conté lo que dijo el médico y supuso que no querría sentir la humillación de enseñarle lo

que ya sabía que no podía usar. Mi prima Elsa hasta derramó alguna lágrima, me recordó que estaba muy agradecida por haberle despertado al sexo y me deseó que me curara pronto. Susa fue más generosa y me propuso seguir intentando tener las conversaciones acostumbradas, aunque la polla no se me pusiera dura debajo de sus labios al pasearlo sobre mí. Para mí, la mayor humillación representaba ir derrotado al laboratorio

para hacerme el análisis de semen. Yo había oído algo del tema y me reía de todo eso, creía que era una leyenda urbana, que irían allí, se harían una paja y volverían a casa presumiendo de machos. Por eso me resistí mucho tiempo, arrastrando mi desgracia por los rincones, como un triste despojo humano. Era tal la desconfianza que, hasta para orinar, me costaba encontrarla, parecía que se había encogido como un caracol dentro de su caparazón, entre mis

huevos que colgaban flácidos como globos vacíos. La más discreta fue Rosa, que, como sabía que no me dejó tener ningún roce con ella, no quería hacer leña del árbol caído. Marta no sé cómo se enteraría, pero me llamó por teléfono con voz lacónica, recordando lo bien que lo habíamos pasado cuando la follaba, en tiempo pasado, así que casi era un adiós a una bonita época. También me dijo que Cintia, al enterarse, solamente había comentado. Pobre chico, lo

hacía tan bien. Todo eso me aplastaba todavía más, la libido se esfumó de mi mente como una nube. Ya no encontraba a ninguna chica atractiva ni pensaba en nada relativo a mis anteriores relaciones. La tarjeta que me dio el ginecólogo me quemaba en la cartera, muchas veces estuve a punto de romperla y olvidarme de todo y de todos. Hasta pensé en cambiar de trabajo, marcharme lejos, divorciarme de Azucena y dedicarme a vivir como un ermitaño, donde nadie

me conociera. Para mí se había acabado la tienda, los hijos, el deseo de De José. En algún momento me vi mirando al techo, queriendo hablar con mi jefe, dondequiera que estuviera, pidiéndole perdón por haberle fallado. Estaba tan perdido que hasta lloraba en mi soledad. Tan mal estaba que se me olvidó el cumpleaños de las gemelas. El mismo día me acordé, cuando iba hacia casa de Teresa. Cambié de rumbo y fui a los grandes almacenes buscando algo que cubriera mi fallo.

Busqué aquel collar de ámbar que le gustó a Teresa para Rosa, pero, para mi desgracia, ya lo habían vendido. Recordé la tienda de mascotas, busqué en el escaparate y no vi al gatito. Ya estaba desesperado cuando oí un ligero miau que venía desde dentro de la tienda. Miré y casi se me saltaron las lágrimas, allí estaba el gatito rojo con ojos azules. Por lo menos Rosa tendría su regalo, para su cena ya buscaría una excusa, porque no tenía ni idea, a lo peor le compraba unas flores.

Al llegar a casa de Teresa, entré con mis llaves. Busqué a Teresa en su habitación y no estaba. Desde la habitación de Rosa oí que me llamaba y la encontré sentada en su cama, se iba a levantar en ese momento.« Hola Rosa,¿ está tu madre?» No, se ha ido con Clara al mercado. Hoy es nuestro cumpleaños y quiere hacer una cena especial para todos. Uf, gracias. De todas formas, no me importa, en realidad, vengo para felicitarte a ti. Toma, te he traído un regalo, espero que

te guste. A ver. No, sí, es el gatito precioso, uy, qué lindo, déjame cogerlo. En la tienda me habían metido el gatito en una caja redonda, como de sombrero, con un lazo primoroso y llena de agujeros para que el animalito respirara sin problema. El menino asomó los ojitos azules, apenas llegaba con sus patitas al canto de la caja.

Rosa lo sacó para abrazarlo. El gato era tan minúsculo que engañó a la chica, porque con su pelo aparentaba ser más grande y se le escurrió de los dedos, con la mala suerte de que el gatito pelirrojo se coló por el escote del camisón. Rosa salió de la cama y se arrodilló sobre la sábana.¡ Qué gato más lindo, pero qué uñas tan afiladas tiene, quieto gatito, quieto, que

me arañas! Espera Rosa, déjame que te ayude. No, espera, ya parece que quiere salir, pero no, por favor, eso no. Rosa se inclinó hacia mí, enseñándome lo que el gato estaba haciendo, a la vez que se quería librar de él. Pude ver, en el hueco que formó su camisón corto, que el gatito le estaba mordiendo un pezón. Cegaramente se creyó que era su madre y quería mamar, pero en realidad le clavaba sus dientes como agujas en la tierna protuberancia de la teta de Rosa. sácalo, Tony, sácalo, por favor,

que me hace mucho daño. Metí las dos manos por el escote, el animalito se escondía entre sus tetas, esquivándome. Se notaba que estaba a gusto entre la suavidad y el calor de las tetas de la pelirroja, porque no había forma de atraparlo. Rosa hacía todo lo posible para ahuecar el camisón y facilitar que pudiera atraparlo, pero lo único que conseguía era que mis manos se perdieran entre sus tetas, que ya lucían los pezones tan salidos que

el gato los mordisqueaba al verlos. No era fácil coger aquella bola de pelo, tenía miedo de tirar de él cuando estuviera clavando las uñas o los dientes, así que fui con cautela, agarrando las tetas para formar como una

cuna y poder sacarlo. En un momento en que tuve las dos tetas de Rosa en mis manos, la chica me miró.« Tony, me siento fatal por todo el mal que te he hecho».«¿ Por qué dices eso, Rosa?»« Precisamente tú eres la que menos me dolió, desde el principio me lo dejaste claro, no querías saber nada de mí».« Pero, en realidad, las cosas no son así». No sé si te acordarás de aquella vez, de crías, cuando jugamos en la tienda y te chupamos la polla. Sí, claro,¿ cómo olvidarlo?

Me tuvisteis intrigado mucho tiempo. Lo siento mucho, entonces ya me gustaste, pero éramos unas niñas tontas, jugábamos con fuego sin saberlo. El caso es que a mí me llamaste la atención, aunque no lo supe hasta que surgió lo de mi padre. Pasó demasiado tiempo. Sí, demasiado. Entonces fue mi hermana la que impidió que demostrara algo. Sabes que somos gemelas, pero mi hermana es la mayor, la que nació antes, solo fueron unos minutos, pero eso me marcó

desde pequeña. Ella es mi referencia y eso. No lo noté nunca. Porque desde un principio me convencí de que ella era la primera en todo, la más lista, la más bonita. la más bonita? Eso no es cierto. No te burles de mí, fíjate. Rosa estaba de rodillas frente a mí, yo seguía con las manos perdidas en su escote, sujetando al gato entre sus tetas duras. Notaba los pezones apretados, arrugados por las lengüetadas que el gatito le daba con

su lengua áspera. Rosa, de pronto, se sacó el camisón corto por la cabeza, dejándome con las manos sujetando sus tetas. El gato saltó asustado y se escondió entre los pliegues de la sábana arrugada. Rosa siguió mirándome a los ojos sin protestar por tener mis manos sobre sus tetas, yo tampoco me di cuenta de que ya no había motivo para tenerlas así, y seguí con sus pezones entre mis dedos.¿

Ves a qué me refiero? Mi hermana es morena, tiene una piel blanca, delicada y perfecta, mientras que yo tengo el pelo y el vello que parece de azafrán, con la piel llena de pecas. Fíjate en mis tetas, parecen el sol con las estrellas alrededor. Me fijé, abrí las manos y, entre mis dedos, estaban aquellos pezones, tal como Rosa los describía. Eran rojos, abultados y con toda una corte de pecas anaranjadas a su alrededor, que se repartían por el pecho y descendían hasta abajo, entre las piernas.

Pero no por eso quité las manos, volví a apretarlas sin mover los dedos. Ella no me dijo nada ni hizo mención de apartarse, y siguió hablando con el corazón. Es verdad que yo no tengo instinto maternal, los niños no me atraen nada y, con mi hermana, en la cama me conformé. Por lo que no supe tratarte como debía, antepuse mi egoísmo a mi razón. Ahora me arrepiento y estoy decidida a sacarte del pozo en el que has caído.

Déjame que te ayude, déjame, Tony, por favor. Yo no supe contestar y, sin dejar las tetas, vi como Rosa me quitaba el cinturón y me bajaba los pantalones hasta quitarmelos. La polla, que otras veces, con menos motivos, estuvo como una barra de hierro, ahora, con las tetas tan deseadas durante tanto tiempo en mis manos, seguía tan muerta como antes. Vi la cara de desilusión de Rosa, pero se repuso y me hizo tumbar a su lado. Levantó el capullo,

tirando del prepucio con dos dedos, y lo soltó. La polla cayó desmadejada en una posición grotesca, los huevos vacíos se me escurrían entre los muslos, tratando de huir avergonzados y humillados. Aún así, Rosa intentó todo. Me puso sus tetas sobre la boca para que chupara, lamiera o mordiera sus pezones, cada vez más salidos, pero no obtuvo respuesta por mi parte. Aún así, ella no se rendía, estaba

arrepentida de corazón y quería redimirse. Se puso sobre mí y estuvo moviéndose sobre mi polla desmayada, frotándola con su coño abierto alrededor de ella. Yo notaba levemente la dureza del clítoris sobre mi tronco, pero seguía igual, la verga iba de aquí para allá a voluntad de los labios de Rosa. La pelirroja insistía infatigable. Se fue adelantando hasta poner su coño, mojado por el paseo, sobre mi boca

para que se lo comiera. Lo hice sin ganas, le lamí el coño jugoso, pero la polla siguió tan muerta como al principio. Rosa no sabía qué inventar, recordó el éxito que tuvimos cuando ellas, en París, hicieron el 69 frente a mí y se puso en la misma posición. Yo le lamí a su coño y ella se metía mi

polla en la boca a puñados. Aquello seguía igual. Me hizo separar las piernas y me lamió el culo, recordando el efecto que le hizo a su hermana mis dedos, y metió un dedo para probar, mientras tenía su boca llena de carne blanda y arrugada. Parece ser que algo notó en el paladar porque se animó. Se levantó cuando su coño chorreaba jugos blancos provocados por mi lengua, y cogió la almohada, apartando al gato que se había acostado

debajo de ella. Se la puso debajo del culo y se tumbó, abriendo las piernas hasta colgarla sobre sus hombros. Por favor, Tony, anímate. Mira cómo estoy, estoy a punto de correrme con tus caricias. Mi coño babea de tan caliente que me has puesto. Eres tan hombre o más que antes, solo falta que te convenzas tú mismo. Fóllame, quiero sentir tu polla dura en mi coño hasta correrme como una loca. Lo siento, Rosa. Te agradezco tu voluntad, pero ya ves, has hecho todo lo que has podido,

todo lo que me prohibiste tantas veces. Reconozco y agradezco tu voluntad, pero no puedo, de verdad, estoy acabado del todo. No, eso nunca. Quiero que por lo menos lo intentes. Ponte sobre mí, yo te ayudaré. No insistas. Reconozco que en París te habría llenado con mi vergadura, pero ahora. No te rindas, tú puedes. Hazlo por mí. Ya ves, estoy rogándote lo que nunca pensé que haría. Te prometo que no pienso más que en ti, en esto no tiene

nada que ver Azucena, es cosa mía. Es algo que te debo desde hace mucho, quiero pagarte lo que te hice sufrir. Por no oírla, me fui levantando y la vi desde arriba. En efecto, aquella chica pelirroja estaba más apetecible que nunca con las piernas abiertas y arriba. Asomaba su cara pecosa entre ellas, ofreciéndome su coño abierto, cubierto por una pelucilla como hebras de azafrán. Pero para mí, en aquel momento, aquello no era más que una bella postal.

Rosa tiró de mí para que me dejara caer entre sus piernas. Mi polla colgaba de mí, blanda como una fruta podrida, y lentamente me dejé caer sobre su coño empapado de jugos blancos. Me movía, frotando los labios abiertos, el clítoris me rozaba el capullo, pero yo no reaccionaba. Rosa tiraba de sus pezones desesperada, estaba a punto de

correrse y yo no reaccionaba. Se frotaba el clítoris con furor, deseando provocarme, me cogía el gusano inerte y lo empujaba sobre su vagina abierta, intentando meterla, pero mi polla se doblaba por todas partes, haciendo imposible acertar en el agujero. Me hizo cambiar de posición. Ahora me dejé caer sobre su coño, pero dándole la espalda a ella, y Rosa lo volvió a intentar. Con una mano me agarraba la polla muerta y la embutía en su coño, a la

vez que su dedo intentaba entrar en mi culo. Noté que tenía éxito y que su dedo me entraba y me rodaba dentro de mi recto. Al parecer, mi polla también lo notó, aunque apenas cambió, pero fue suficiente para que Rosa lograra meter solo la punta del glande. Todavía era imposible mantenerse recta. Me senté sobre ella para que no se le saliera, aunque estaba doblado todo el resto del tronco. Rosa demostraba una voluntad de hierro y seguía probando.

Me cogió los huevos fláxidos con una mano y los amasó, intentando colaborar, hasta que en ese momento se corrió. Lo noté en el trocito de glande que tenía en su interior, notaba cómo me aspiraba, queriendo que entrara más en ella, pero yo no podía. Sus músculos vaginales me atraían y algo más de un centímetro pudo ganar para su causa, aunque era menos de un tercio de carne blanda. Cuando

le sacudieron los temblores, lo sentí en mi capullo. Sus muslos empezaron a agitarse mucho más que cuando le metimos el consolador y me gritó. Vamos, Tony, empuja, lléname con tu polla. Quiero correrme con ella, estoy a punto de correrme como nunca. Mira cómo estoy para ti, soy toda tuya, fóllame. Lo siento, Rosa, no puedo, no puedo, no insistas. No digas eso, te estoy deseando dentro. Empuja, Tony, y córrete conmigo. Lo siento, Rosa, lo siento. Lo intento, pero la polla

no me responde, estoy bloqueado. Te lo agradezco, voy a salir. No, ni se te ocurra. Ahora no, te quiero dentro, llenándome con tu leche caliente. Juro que lo intenté, hice toda la fuerza que pude para meterle algo más de polla, pero lo único que conseguí fue un leve calor en mis huevos. Posiblemente por el masaje que ella me seguía haciendo en ellos y en el culo con su dedo. Fue un terremoto. Rosa se sacudió en espasmos, levantó su culo de la almohada para acercarla a mi polla y

aguantó todo su orgasmo presionándome con fuerza. Luego se derrumbó, soltando sus piernas. El coño abierto resumaba espuma blanca en abundancia. Ella misma metió los dedos para demostrármelo. Mira, Tony, esto no es mío, es leche tuya. No puede ser. Yo no me corrí y, en todo caso, será leche desnatada. No te flageles, Tony. Confía en ti. Si no hoy, otro día probaremos y verás cómo me follas con tu

polla de burro. Eso quisiera yo. Te agradezco tu buena voluntad, pero creo que ya nunca podrás ser, ni contigo ni con nadie, ni tener hijos, ni nada. Por los hijos no te preocupes. Mi hermana está bien y hay métodos para conseguirlo, aunque sea artificialmente. Sí, pero ya no sería mío, sería de alguna polla anónima que nadie conocería. No es lo mismo, ni se parece. Tranquilo, eso no será necesario. Ya verás. Me levanté de sobre Rosa. El glande había

desaparecido en su capuchón de piel arrugada. El gatito se había acercado a nosotros y pasó la lengua por el coño de Rosa. Hasta el animalito disfrutaba de aquel manjar, todos menos yo. Cuando volvieron Teresa y Clara, ya me marchaba. Rosa ya estaba vestida y les enseñó mi regalo. A las dos les encantó y Clara se llevó al minino para darle un poco de leche. Pensé que, por lo menos, él había disfrutado de mamar en las tetas y en el coño de Rosa. La cena estuvo perfecta. Todas estaban

pendientes de mí, queriendo animarme. Hasta Clara demostró que quería que yo volviera a ser el de antes. Teresa ya no tenía dudas de que la follaba también a ella, pero no dijo nada. Cuando me propuso tener un nieto con Azucena, ya le advertí que no sería fiel, precisamente, y menos con ella. Rosa se portó muy bien, aunque dejando a su hermana siempre como protagonista. Me di cuenta en muchos detalles. Estaba muy influenciada por su hermana mayor.

Yo intenté darle más protagonismo a Rosa, pero ella no hacía nada por apoyarme y comprendí que su vida estaba marcada por Azucena. Cuando volvimos a casa, me acosté en un lado de la cama grande y Azucena en el otro. Nos dimos las buenas noches y me dormí. Estaba claro que mi mujer no tenía ganas de intentarlo conmigo y menos ahora. Por la mañana, todo siguió igual. Al final, Teresa le había comprado, como regalo para Azucena, una pulsera de mi parte, que le gustó mucho. En la tienda,

todo seguía igual. Las miradas de pena de fina me traspasaban el alma. Ella sabía lo mal que estaba pasando y no se atrevía a invitarme a su casa, porque era como avivar el fuego. Yo no quería ir a ver a Soledad, y ella lo comprendió. Elsa me trataba como a un primo normal, con cariño, pero nada más. Y Susa, en los pocos momentos que podíamos coincidir, no sacaba el tema y procuraba no contarme nada para que no recordara nuestras conversaciones habituales. Pero yo no podía seguir así.

la tarjeta del ginecólogo me pesaba en el bolsillo. No quería reconocerlo, pero debía ir y confirmar de una vez si era impotente total, ya que la solución de embarazar a Azucena seguía en la agenda de mi vida. El laboratorio era muy moderno, se notaba que era de mucha categoría. Allí solo debía ir gente adinerada, porque las instalaciones eran muy cuidadas. Las chicas iban impecablemente vestidas, con sus batas blancas, y las dependencias eran grandes, muy iluminadas y con mobiliario moderno.

Buenos días, vengo de parte de este doctor. Creo que lo conocen ustedes. Ah, claro. Este ginecólogo es posiblemente el mejor de la ciudad. Nos honra con su confianza. Dígame qué desea y le atenderemos como se merece. Pues, me dijo el doctor que debía hacerme un análisis de...¿ Quiere decir de semen? No le dé apuro, eso es normal, los hacemos todos los días. Pues, qué alegría. Siéntese, que enseguida le atendemos. La recepcionista era muy bonita, iba muy

bien maquillada y era muy despierta. Se notaba que las elegían, aunque las enfermeras que se veían por allí no eran menos. Todas iban de blanco inmaculado. Al momento, vino una enfermera alta, con una melena larga castaña, que me hizo entrar en una salita. Llevaba un tarro precintado y me explicó lo que tenía que hacer. Señor, creo que ya sabe lo que debe hacer. Pues, la verdad es que no. Es la primera vez que me veo en esta situación. Le explico, el proceso es recoger una muestra de su semen en

este frasco, la mayor cantidad posible.¿ Y cómo lo hago? Perdone, señor. Creo que a su edad ya sabrá cómo sacar el semen de su, en fin, nunca se ha masturbado. Pues sí, pero hace tantos años que no me acuerdo. Eso es como andar en bicicleta, no se olvida nunca. De todas maneras, ahí tiene unas revistas para animarse un poco. Y cuando termine, me avisa pulsando este timbre. Gracias, aunque creo que no. La enfermera se fue, moviendo el culo al salir. Pensé

que lo hizo para motivarme desde el principio. Miré a mi alrededor y vi un sillón reclinable. Me tumbé y me bajé los pantalones. Entonces me fijé en que, delante de mí, casi en el techo, había un televisor y, al lado, una cámara disimulada. Una vez desnudo de cintura para abajo, me miré la polla. Tuve que buscarla porque estaba escondida, pegada a los huevos. La cogí con cierta aprensión, la levanté y la solté, y se volvió a esconder. Probé de todas maneras, hasta que recordé el consejo de

las revistas. Las ojee, me acordé de que, en mi juventud, aquellas fotografías de chicas desnudas me habían provocado unas pajas de antología. Pero ahora era como si mirara unas recetas de cocina. Me descapullé la polla para provocar al glande en directo, le escupí y le hice toda clase de maniobras, pero nada de nada. Pasó el rato y, al poco, llamaron a la puerta. Apareció la misma enfermera y me vio desnudo. Yo me cubrí, lleno de vergüenza, la visión

que daba no era para presumir. Ya está, señor. No, lo siento, no consigo. No se preocupe, a veces pasa. Le voy a poner el televisor, son unas imágenes más explícitas. Espero que no se escandalice. No, no se preocupe por eso. Se marchó cuando comprobó que la película era la más fuerte. Se veía a una chica chupando una polla, al propietario de dicha monstruosidad no se le veía la cara, pero daba igual. La verga parecía enorme, de grande y gruesa,

pero la actriz se la tragaba hasta el fondo. La enfermera, cuando vio que todo funcionaba bien, se marchó con la confianza de que aquello era infalible. Cuando volvió a llamar, un rato después, yo seguía con la polla muerta en la mano. La chica se quedó asombrada, ya no sabía qué aconsejarme y se fue. Al momento, vino con otra chica, rubia esta vez. En otra época, la polla me habría

saltado de alegría, pero ahora no se movió siquiera. Mira, Juli, a este señor no le funciona, ejem, no le funcionan ni las revistas ni la película. Ya no sé qué hacer. Viene recomendado por el ginecólogo que ya sabes, por eso tenemos que lograr que nos deje su muestra. Ya veo. Creo que es un caso un poco rebelde. Tendremos que probar algo más efectivo. Vi que la rubia se acercaba a mí con cara de buena comprensiva. Trataba de ganarse mi confianza y me quitó la mano de la polla desmayada.

Permítame que lo intente yo. A lo mejor, al ser mujer, conseguimos más éxito.¿ Por qué supongo que le gustan las mujeres, no? Por supuesto, por lo menos hasta ahora. Dejé caer los brazos a los lados del sillón y ella acabó de tumbar el respaldo hasta hacerlo horizontal. Se arrodilló a mi lado y cogió la polla. Empezó suavemente, pero, al ver que no conseguía animarme, la fue agitando más fuerte. A su lado, su compañera miraba atentamente. Deduje que la rubia

debía ser la especialista en pajas rebeldes. Pero todo fue inútil, la polla se le perdía entre sus dedos. No había forma de mantenerla recta y menos dura. Se cambiaba de mano cuando se cansaba, pero aquello no progresaba. Miró a su compañera, pidiéndole con los ojos discreción. La otra chica se encogió de hombros, queriendo decir que a ella no le importaba. La rubia se agachó sobre mí y se metió la verga en la boca. Estaba claro que era

una experta en pollas. Me dio una mamada espectacular. Si no hubiera estado así, me habría corrido en ella sin esperar a meter la leche en el bote. En cambio, la polla, en su boca, se movía como un caramelo en la boca de un viejo. La rubia cambió de postura, se sentó, se arrodilló en el suelo, pero no conseguía progresos. Su compañera, a su lado, quiso ayudar y se abrió los botones de la bata. Se inclinó sobre mi cara y me enseñó sus tetas, difícilmente contenidas por el sujetador,

mientras la rubia seguía comiéndome aquella piltrafa de polla. La compañera castaña no sabía qué hacer para colaborar. A ninguna le apetecía quedar de ineptas ante la dirección del laboratorio. Yo sería el primer cliente que se marchaba sin haber dejado su marca en el bote. Así que se levantó la falda, enseñándome las piernas, más arriba el liguero, y más aún las braguitas de tul transparente que dejaban ver

la raja del coño depilado. No había manera. La rubia estaba sofocada, por el canalillo le corrían gotas de sudor. Se había quitado la bata y quedado con el sujetador y el tanga de hilo. Tenía las manos agarrotadas y los labios hinchados de tanto chupar y lamer, hasta que, de golpe, se abrió la puerta y apareció una señora de cierta edad con la cara enfurecida.¿ Qué pasa aquí? Me parece que hoy mismo voy a dar de baja a alguien. Parece que sois una pareja de inútiles y

así no quiero a nadie en mi laboratorio. Las dos chicas, asustadas, se pusieron de pie, una con la bata totalmente abierta, con las tetas por fuera del sujetador y la rubia con el tanga metido entre los labios del coño. Estaban atemorizadas, pero se justificaron al enseñarle mi polla mustia a la directora. Me parece imposible que vosotras no hayáis podido solucionar esto. Oídme bien, de aquí no se va este señor sin haber dejado su muestra. Si no. La directora era una

mujer imponente. Iba vestida con un traje chaqueta con la falda por debajo de la rodilla. Se notaba que era una mujer imperiosa, con muy mal genio y mucho poder. Llevaba el pelo recogido en un moño en el cogote, lo que le daba más impresión de dominio. Las chicas no se preocuparon de la poca ropa que llevaban y volvieron a la tarea. La directora se quedó para ver con sus ojos lo que pasaba. Las enfermeras, todavía más nerviosas, no atinaban y me cogían la polla de cualquier manera

para sacarme el jugo. Ya no se ocultaban de nada, el caso era escurrir mis huevos como fuera. Ambas me chupaban la polla al mismo tiempo, me ponían las tetas en la boca para que las lamiera y hasta los pezones me los restregaban por la cara. Pero yo no respondía a tales impulsos. En la salita reinaba un ambiente muy tenso. La directora había estado viendo, por la cámara, desde su despacho, la inutilidad de los intentos y había decidido tomar cartas en el asunto. Ya está bien, dejadme

a mí. Está visto que no se puede dejar las cosas en manos de nadie. Vais a ver lo que es efectividad, pero ya os aviso, luego tendremos una conversación, no muy agradable, en mi despacho. Las chicas temblaban cuando la señora se quitó la chaqueta y se fue desabrochando la camisa de seda. Yo miraba con pena a las enfermeras que seguían semidesnudas a mi lado. La señora dominante cogió mi polla como si fuera el cuello de un

pollo muerto y la zarandeó como si tomara medidas. La examinó y le bajó la piel para ver si el frenillo admitía un trato más duro. Vio que no había problema y agitó la polla como si fuera una zambomba, pero la verga se perdía en su mano, escurriéndose entre los dedos. Aquello no tenía fin. Yo quería marcharme, miraba la puerta abierta, queriendo huir. Todo aquello no hacía más que confirmar mi inutilidad para el sexo de por vida. La señora se soltó el pelo para dar una imagen

más sensual. Tenía una cabellera impresionante que me envolvió la cara y el pecho. Me dio un par de besos con lengua, que en otro tiempo hubieran hecho correrme sin tocarme la polla, pero ahora era como si nada. Ella misma se concentraba, pensando qué podía hacer. Sus técnicas secretas se le estaban agotando. Se sacó las tetas por encima del sujetador de blonda, provocando que parecieran tan turgentes como las de una jovencita adolescente, apuntando hacia adelante como si

tuvieran punta. Tenía unas hermosas tetas, aunque nada comparables a las de las jóvenes enfermeras. Miró a las chicas y se enfureció aún más. Pensaba, y con razón, que las dos disfrutaban con el fracaso de su jefa. La falda larga de la directora cayó al suelo. Pude ver las caderas ampulosas que tenía. Las bragas de tipo bikini le llegaban casi a la cintura, haciéndole unas piernas larguísimas y muy excitantes. Las mismas bragas le tiraban del coño, calcando

los labios y el clítoris, excitado de tanta maniobra. Por los lados le asomaban, como mariposas, los grandes labios menores. Estaba desesperada. Las chicas la observaban sonriendo, ya era una cuestión de honor y la directora tenía mucho. El sujetador saltó de tanto esfuerzo, dejando caer las tetas sueltas. Las enfermeras rieron abiertamente al descubrir que le caían descolgadas, mucho más de lo que la mujer hubiera deseado. Siempre presumió

de tener un pecho alto y duro. Pero aguantó. Ella misma las miró balancearse sobre mi cara y se enfureció todavía más. Estaba expuesta a todos, pero no renunció. Estaba en juego su reputación ante las empleadas y eso no podía permitirlo, menos aún con un recomendado de un médico tan importante. No le importó quitarse las bragas como último intento. Ahora su coño se podía ver con los labios rosados

completamente abiertos, mojados y brillantes. Le vi la vagina abierta cuando me la puso sobre mi cara para que la chupara, y lo hice. Ella estaba al límite hasta que hundió la cabeza entre mis muslos, dejando la polla al lado de su mejilla, y se corrió estrepitosamente. Pero el reto no estaba cumplido. Cuando levantó la cara, estaba llorando de rabia. Había sucumbido antes que yo delante de sus empleadas y eso no podía consentirlo, pero ya no le quedaban más armas.

En ese momento, por la puerta de la salita, que la directora, al entrar furiosa, dejó abierta, asomó una cara. Todas se volvieron. Aquellos ojos se abrieron asombrados al ver la escena, la directora sobre mí, desnuda, con las tetas lásias colgando, la rubia desnuda, y la otra con la bata abierta de arriba abajo. Enseñando completamente su joven cuerpo. Oh, perdón, lo siento. No, Rosita, no. Pasa, aunque no deberías haber visto esto, pero ya es tarde. La chica, tímidamente, acabó

de asomarse. Llevaba una bata azul con una inscripción en la espalda. Era la chica de la limpieza. Su guardapolvo azul era de la empresa que la mandaba allí a limpiar la consulta. Llevaba el pelo recogido con un pañuelo y no se veía más que el rostro. Dejó el carrito fuera, en el pasillo. Allí llevaba todas sus herramientas de trabajo, escobas, cubos, detergentes. Estamos desesperadas. No hay forma

de sacarle la muestra a este joven. Me rindo. Es un joven que no comprendo cómo puede estar tan mal. El pobre debe estar destrozado también. Sí que lo siento. La verdad es que pensé otra cosa, pero, al explicármelo a usted, me da mucha pena. Y tanto, pena y rabia. En un principio, pensé que las chicas no sabían cómo trabajar y hasta las amenacé, pero ahora me he rendido yo también, y eso que lo hemos intentado todo a fondo. La directora señaló sus tetas y su coño abierto, a

la vez que las demás confirmaban enseñando las suyas. Yo me tapaba los ojos por no sentir vergüenza. Solo oía la conversación de las mujeres y me sentía tan hundido que habría preferido morir allí mismo. Si quiere, puedo intentarlo yo. Es por ayudarles. Ya sabe que yo no tengo ni idea de estas cosas. Lo mío es la escoba y poco más, pero las veo tan agobiadas que no se hable más. El caso es defender el pabellón del laboratorio. Si caemos en desgracia y se corre la voz, estamos acabadas.

Y los ginecólogos y los urólogos mejores nos darán la espalda. Así que, si quisieras ayudarnos, te lo agradeceríamos mucho. No quise ver nada. Más de lo que habían intentado las tres profesionales no había nada que hacer, pero noté la cercanía de la limpiadora. Oí el susurrar de su guardapolvo al caer al suelo y, solo por curiosidad, miré con un ojo solo. Tuve que coger aire con los pulmones

por la sorpresa. La limpiadora, Rosita, se había quitado el pañuelo del pelo y había dejado sueltos los risos rojizos, como los de mi cuñada Rosa. Al momento, pensé en ella y me fijé en que hasta se llamaban casi igual. Pero, además, bajé la vista y vi que tenía las tetas frente a mí al aire y las tenía tan llenas de pecas como Rosa, con unos pezones tan rojos como ella. Incluso todavía tenía las tetas más grandes y más duras, como si fueran conos que se separaban según iban hacia

el pezón. La chica se acercó a mi oído y me susurró. Ánimo, Tony, tú puedes. Ayúdame, por favor. Me dio un beso en los labios, apenas un piquito, como una vez me hizo rosa, y se inclinó sobre mí, rodeando mi polla con sus tetas. La abrazó con ellas y la aprisionó, moviéndose lentamente. Las tres cabezas de las chicas del laboratorio nos rodearon, mirando el efecto. Todas tenían curiosidad por ver lo que me estaba haciendo. La polla se perdía en aquellas masas duras y anaranjadas hasta que

la directora gritó. rápido, un bote de muestras, o mejor dos. Las demás se movieron rápido y, al momento, tenía sobre mi estómago dos botes de muestras abiertos. La limpiadora se movía lentamente, cogiendo velocidad. Mi capullo asomaba y desaparecía entre las pecas, pero cada vez que volvía a salir estaba más brillante. Las chicas jaleaban a Rosita, que me atrapaba la polla con sus tetas tan fuerte que no me dejaba escapar, mientras los pezones me rozaban los muslos, dejando

una marca a cada pasada. Mis manos se movieron. Una encontró el coño de la directora y la otra las tetas de la rubia. Empecé a moverlas. El coño de la directora parecía un libro abierto, todavía chorreando flujo, después de su corrida. En cambio, las tetas de la rubia estaban tan duras como piedras. Estaba tan excitada como todas, y los pezones no podían disimular. Rosita se movía ágil

sobre mí. La polla iba tomando dureza, aunque ni mucho menos como antes, pero algo es algo, hasta que ella misma anunció.« Creo que deben prepararse, por si acaso».«¿ Crees que ya les sale?» No lo sé, la noto palpitar entre mis tetas. Eso es buena señal Sigue, que vas bien. Ánimo, Rosita. Metí dos dedos en el coño de la jefa. Ella se movió para que también alcanzara a su clítoris y lo encontré tan desarrollado, casi como mi polla. En ese momento, eso me animó mucho.

Creí que era mi polla que resucitaba y me concentré en él y en mi polla, que asomaba y se perdía en aquellas bolas duras. No me enteré, pero Rosita gritó, victoriosa. Ya viene, ya viene. Muchas manos se posaron sobre mi pecho, cogieron los tarros de plástico y los colocaron de frente a las tetas de Rosita, esperando el milagro. Y, cuando sentí vibrar el clítoris de la directora, hice un esfuerzo y me corrí a la vez que ella. Las demás

no se dieron cuenta. La directora disimuló malamente sus gemidos como si fueran de alegría, pero los botes se llenaron de leche espesa hasta la mitad. Cuando Rosita separó las tetas y dejó caer mi polla, otra vez muerta, me sentí peor. Por un momento, me ilusioné, pensando que ya estaba todo resuelto. En realidad, pensé en lo que me dijo el doctor, aquella leche podía estar vacía de bichitos, y eso era igual de malo. Rosita estaba sudorosa pero contenta.

En sus tetas brillaba la leche que le había salpicado cuando me corrí, pero había resuelto el problema. Las demás la abrazaban. Me gustó ver a las cuatro chicas desnudas, chocando sus tetas a la vez, aunque yo volviera a tener la polla tumbada entre los huevos. Cuando salí del laboratorio, me acompañaron las tres hasta la calle. Rosita había vuelto

a su labor, limpiando la oficina. Ella vio, en el monitor de la directora, lo que pasaba en la salita y le dio curiosidad al verlas desnudas sobre mí y por eso se asomó. La directora me prometió que harían tres análisis diferentes, las tres firmarían cada uno y le demostrarían al ginecólogo que eran muy eficientes. Al despedirme, me besaron las tres, sobre todo la directora, rogándome que no contara a nadie lo que pasó en la salita. Cuando llegué a casa, no conté nada, ni siquiera a Fina,

por no apenarla. El haber eyaculado después de tanta maniobra no tenía mérito. En otro tiempo, podía haberme follado a casi todas o más, en cambio, ahora era un desecho de hombre, por lo menos moralmente. No me importaba saber el resultado, yo, mejor que nadie, lo sabía de sobra. Así que no me preocupé de él hasta que Teresa me dijo que le había llamado el doctor para que fuera a hablar conmigo. Aunque insistí en ir solo, no me dejaron. Las tres mujeres de mi nueva familia se

empeñaron en acompañarme. Querían apoyarme en un momento tan duro para un hombre y ellas me querían mucho. La espera en la salita del médico fue muy triste. Yo no miraba a ninguna de ellas, no quería ver en sus ojos la tristeza y compasión. Miraba al suelo o me levantaba para leer los títulos del ginecólogo colgados en la pared. Estaba claro que era un especialista de mucho renombre y eso daba mucha seguridad en sus diagnósticos, aunque fueran tan

malos como el mío. Cuando entramos, nos sentamos frente a él. Su cara no demostraba nada, parecía una pantalla de cine antes de empezar la película. Y cuando empezó a hablar, yo estaba hundido, con las manos aferradas al asiento de la silla, esperando mi veredicto. Bueno, vamos a ver, aquí tengo nada menos que tres análisis. La verdad, cada día estoy más satisfecho con el trabajo de esta señora. Me gustaría que la hubieran conocido. Es una mujer bellísima, aunque

muy dura y exigente, pero trabaja, en fin. Vamos a ver qué dicen. Entonces, no habrá duda sobre lo que digan los análisis. No, apostaría mi carrera sobre la fiabilidad de estos papeles. Tranquilo, Tony, digan lo que digan, te querremos igual. Ya encontraremos alguna solución. No tuve fuerzas ni para contestar. Miré por la ventana al infinito, esperando como a quien le ponen la capucha antes de colgarle. Bueno, bueno, bueno, así que esto tenemos. Sí, cabía la posibilidad, entra dentro

de lo posible. A ver el otro.

Speaker 3

Por favor, doctor, dígame algo. Paciencia, hombre,

Speaker 2

paciencia. Estaba desesperado. Un sudor frío me recorría la espalda y la polla la sentía pegada al asiento de la silla. Pues sí, los tres dicen lo mismo. Además, dan datos específicos. La verdad, así se trabaja tranquilo. Con este laboratorio es una gozada. Se lo diré a la directora, la felicitaré por carta. Por favor, doctor, que mi marido se va a desmayar. Es verdad, mi yerno está desecho. Ya lo creo, mi cuñado no lo va a resistir, le va a

dar algo. Tranquilas, chicas, esto lleva su tiempo. El caso es que no está tan mal como pensé. En realidad, no está nada mal. No soy urólogo, pero el recuento de espermatozoides es espectacular. Podría decir que tiene los bichitos más vivaces que he visto y tan abundantes como una manifestación pidiendo aumento de sueldo. Por favor, doctor, sea conciso y concreto.¿ Sirvo para follar o

Speaker 3

no? No sea tan impetuoso. Yo le diría que sí, pero...¿ Pero qué, doctor? Que tenga mucho cuidado.¿ Cuidado por qué?¿ Tan mal estoy? Yo no diría mal, pero sí que debería tener

Speaker 2

mucha precaución Puedo morir, doctor? No, morir, morir, no, pero tiene mucho peligro. Doctor, dígale a mi yerno qué le pasa, nos tiene a todos en ascuas. Mire, señora Teresa, se lo voy a decir claro, su yerno tiene un semen que, cualquier mujer, como se dice vulgarmente, con solo olerlo se puede quedar preñada. Así que yo, de él, pensaría donde la mete, porque se puede cargar de hijos. Dios mío.¿ Quiere decir que no soy estéril? No, ni mucho menos.¿ Quién dijo eso?

A decir verdad, nunca vi un semen tan potente, hasta me da envidia. Todas las mujeres me miraron emocionadas, sobre todo Azucena y Teresa. En cambio, Rosa hizo una mueca rara. Por cierto, señora Teresa, me extrañó que el otro día me pidiera que le hiciera un reconocimiento a usted, en cambio, de su otra hija no me dijo nada. Es que mi hija Rosa no tiene ningún problema, por decirlo suavemente, no se pone en riesgo de ese tipo. Está bien,

como quiera. Lo decía porque acaba de hacer una mueca que he visto muchas veces y la verdad me intriga. Por lo que me gustaría reconocerla. Como

Speaker 3

quiera, doctor.¿ A ti qué te parece, Rosa? Ni bien

Speaker 2

ni mal. Estoy bien y muy tranquila. Tengo mis reglas tan regulares como un reloj y todo lo demás me funciona perfecto. No es por meterme en su vida privada, pero tengo mis dudas respecto a eso. Quisiera asegurarme. Hermana, yo aprovecharía la ocasión. Ya que estamos aquí, no debe costar mucho que el doctor te revise. Hace mucho que no lo hicimos. Está bien, pesada. Hagamos lo que el doctor prefiera, pero es tiempo perdido.¿ Qué quiere que haga, doctor? Nada,

que pase a la sala de exploración. Enseguida le daré mi opinión. A lo mejor me sorprende. El doctor cerró la puerta de la sala de exploración tras él. Nosotros nos quedamos felicitándonos. En mi cara se notaba la tranquilidad, me sentía pletórico y relajado. Notaba cómo la sangre me recorría las venas hacia la polla otra vez y veía a Teresa de la misma manera que antes y a Azucena como el objetivo a resolver. Teresa me devolvió la mirada con ilusión. Se removió en la silla, demostrándome que

algo le picaba entre las piernas. Entonces, desde la salita donde estaba el doctor y mi cuñada, se oyó exclamar claramente a Rosa. Mamá.

Speaker 3

Ve usted, señorita? No me equivoqué. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.

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