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GEMELAS - PARTE 20 (Relato Erótico)

Aug 02, 202542 min
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Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Gemelas,

Speaker 3

parte 20 Aquella noche, Azucena y

Speaker 2

Rosa estaban exultantes de emoción. Habíamos tenido la oportunidad, única en la vida, de estar en un ambiente tan selecto y exclusivo. Estaban seguras de que todas sus conocidas las envidiarían cuando lo contaran. Yo también estaba impaciente por dar detalles a Soledad y a Elsa sobre el ambiente tan profesional que se respiraba entre las bambalinas de la pasarela. Rosa demostró una vez más que estaba dispuesta a seguir ayudando a su hermana sin molestarnos como pareja. Me admiraba

ver cómo demostraba ser una chica de palabra. Así que esa noche procuré premiarla de la mejor manera que se me ocurrió. La pelirroja se aseguraba de que a su hermana no le faltara nada, por eso, me ponía su sexo frente al mío, para que yo solamente tuviera que empujar, mientras ella le besaba y lamía los pechos a Azucena. Estaba claro que Azucena era la más ilusionada con la idea de que la preñara desde el primer momento. Cuando recibió mi primera oleada de semen, me quedé sobre ella,

inyectando mi semilla a ráfagas en su útero hambriento. Su hermana se afanaba entre mis piernas, ayudando a que no se me saliera, al mismo tiempo que me masajeaba los testículos para facilitar el vaciado de los mismos. Entonces le dije a mi mujer al oído. Asu, estoy pensando una cosa.¿ No te parece que tu hermana se está portando muy bien? Me gustaría darle un premio. Bastante premio nos has dado

a las dos, trayéndola con nosotros. Gracias por reconocerlo, pero en todas estas noches, la pobre no se ha corrido como debe ser. Se ha sacrificado por nosotros, ayudándonos para asegurarse de que te quedes embarazada. Eso es verdad, pero ya sabes cómo piensa, no va a aceptar que tú le. Precisamente por eso, he pensado en que saque el juguete que os regalé, así ella podría disfrutar con él mientras nosotros. No está mal pensado, pero,¿ cómo sabes que se ha

traído el consolador con ella? Porque la primera noche que pasamos aquí, cuando volví de tomar café por la mañana, os vi abrazadas, con él entre las dos. Oh

Speaker 3

lo siento mucho. Perdónanos, debí decírtelo. No tiene importancia.

Speaker 2

Contaba con que, si no ahora, lo usaríais tarde o temprano. Aunque, si te soy sincero, no lo esperaba tan pronto. Gracias,

Speaker 3

Tony, eres un encanto. Cada vez te quiero más. Entonces se lo digo yo, o se lo dices tú. Yo se lo diré, pero tú hasta el sorprendido, ¿vale?

Speaker 2

De acuerdo. Cuando Rosa emergió de entre nuestras piernas, le ofreció sus pechos a Azucena para que los chupara y ésta se lo dijo al oído. Yo me hice el despistado, pero al momento, la pelirroja lo sacó de su equipaje. Mira, Tony,

Speaker 3

lo traje por si me hacía falta. Te

Speaker 2

estoy muy agradecida por el regalo, es fabuloso. Me alegro y creo que podríamos darle más utilidad. No es justo que tu hermana lo tenga todo y tú nada. Bueno, os tengo a vosotros dos. Eso quisiera yo, pero me parece que conmigo no cuentas, para nada Lo siento, ya sabes

Speaker 3

cómo pienso.

Speaker 2

Olvídalo, vamos a ver cómo va. Las hermanas se unieron y me explicaron cómo funcionaba aquello. Incluso me dejaron ponerlo en modo vibración y recorrer con él los pechos de Rosa. Sólo de ese modo, y sin tocarla, me dejaba hacer. Azucena adoptó el papel que hasta ahora había tenido Rosa y entre los dos nos dedicamos a darle placer a la pelirroja. Yo me encargué del juguete y lo fui pasando por donde creía que le gustaba más, aunque a veces Azucena me corregía y me señalaba otros lugares secretos

para mí. Cuando llegué a su sexo, lo abrió para mí. Azucena separó los labios de Rosa y me mostró que estaba muy mojada. Recorrí las ingles y los labios por fuera para excitarla más, mientras ella levantaba las caderas, siguiendo al aparato y deseando que terminara de torturarla y se lo metiera. Antes, me esplayé haciendo que su clítoris creciera y se descubriera de su capucha, poniéndose tan duro que

el consolador se quedaba enganchado en él. Cuando al fin le metí el trozo grueso en la vagina, ella suspiró, agradeciendo la sensación que la invadía. Tuve que reconocer lo efectivo que era. Estaba muy bien diseñado y alcanzaba precisamente los puntos que ella necesitaba. Mientras aquello se retorcía en su interior, la parte de fuera agitaba su botón, haciéndole

gemir de una manera exagerada. Su hermana Azucena le chupaba los pechos y le mordía los pezones, mientras con la otra mano me acariciaba la polla, que estaba a punto de estallar por la escena. Quise rizar el rizo y le propuse a mi mujer que se tumbara sobre Rosa, mientras el aparato seguía solo en marcha, metido en el coño de la pelirroja. Lo hizo, y yo me coloqué sobre Azucena, metiéndole la polla por detrás, formando un sándwich delicioso.

Nos corrimos los tres a la vez. Yo inundé de semen el coño de Azucena, mientras Rosa se debatía en espasmos debajo de ella, pechos contra pechos. Cuando terminamos, estábamos agotados de tanto equilibrismo, pero el objetivo estaba cumplido, Rosa se había corrido como le gustaba, aunque con aquel trozo de látex. Mi cabeza no dejaba de cavilar. Aquella idea no había salido mal y era una ocasión ideal para

probar cosas nuevas con las hermanas. Azucena estaba abierta a las novedades y Rosa, poco a poco, se iba adaptando a su hermana. Así que, después de descansar, comentar y agradecer la oportunidad de gozar también en nuestra compañía, sobre todo por mi colaboración desinteresada, la idea que me dio fue usar el juguete con otras opciones. Las dos hermanas estaban ansiosas de nuevas experiencias y yo lleno de ideas

para cumplirlas. Así que, cuando las dos volvieron a estar animadas, les dejé que ellas mismas se besaran y se acariciaran hasta ponerse a tono. Entonces le sugerí si querían probar otras variantes. A Azucena le encantó la idea, aunque Rosa recordó sus condiciones, que me excluían de tocarla. Acepté sin problema, mi idea era otra. Primero pedí la colaboración de Rosa

para comenzar con Azucena. Ella se prestó muy ilusionada, pensando que su hermana iba a experimentar alguna fantasía irrealizable hasta entonces. Puse a Azucena a cuatro patas y me situé detrás de ella. Le encargué a Rosa que, en un cómodo 69, se situara debajo de su hermana para recibir las caricias bucales de Azucena, a la vez que dirigiría la aproximación mía al coño de la morena, al mismo tiempo que tendría a su alcance los labios de su sexo. No

fue difícil de explicar y menos de realizar. Enseguida, Rosa se tumbó boca arriba y su hermana la cubrió, dejando cada una a la otra la posibilidad de comerse los sexos. Cuando más emocionadas estaban, me acerqué con la polla en ristre y esquivé un poco la boca de Rosa para meter mi pene en el agujero palpitante. Ella lo hizo con gusto porque se dedicó a lamer el clítoris duro de Azucena. Las dos gemían, cada una le ofrecía a

la otra sus mejores lamidas para provocarle el orgasmo más efusivo. Yo, cogido a las caderas de Azucena, le iba metiendo despacio la polla, para que Rosa lo viera en primer plano, además de golpearle la frente con mis testículos. Me sorprendió gratamente ver el grado de entusiasmo que pusieron las dos chicas aplicando sus lenguas vibrantes en los puntos que más

les gustaban. Ante esa escena, me habría sido muy fácil correrme en Azucena o sacarla un segundo antes para que la leche le cayera en la frente a Rosa, pero me contuve, esperando mejores oportunidades. Tuve que sujetar a Azucena por sus caderas cuando empezó a temblar. Ella hizo lo mismo con Rosa al notar que levantaba sus caderas para que la lengua de Azucena se le hundiera más en su sexo. Quedaron casi agotadas, pero les propuse algo mucho

más fuerte. Ellas, abocadas ya al placer, aceptaron sin condiciones. Les hice prometer que me obedecerían sin dudar, a lo que aceptaron sin ninguna objeción. En la misma posición en que estaban, le pedí a Rosa que cogiera el consolador y lo pusiera en marcha al mínimo. Lo hizo y, seguidamente, le indiqué que se lo fuera metiendo a Azucena en el coño con suavidad. A lo que no protestaron ninguna de las dos. El aparatito empezó a vibrar, ahora dentro

del coño de Azucena. Cuando me acerqué a ella, lo sentí en mi polla, pero esperé a que hiciera el máximo efecto para coger la crema que Azucena dejó en la mesita para suavizarse el cutis. Mientras el juguete iba funcionando, ella se acariciaban los pechos y los muslos, esperando mis órdenes. Yo tenía la polla al máximo, viendo los cuerpos de las dos, aunque sabía que el de rosa estaba prohibido

para mí. Con cuidado, fui extendiendo la crema por las caderas y, lentamente, fui acercando mis manos hacia las nalgas, insistiendo entre ellas, hasta llegar al agujero rosado. Azucena lo extrañó algo, pero con la suavidad de mis dedos untados con crema, no sintió más que placer. Estos dedos fueron aplicando caricias y presión en el agujero arrugado tan lentamente que el esfínter se fue relajando sin esfuerzo ni oposición. Le dije a Rosa que le fuera dando más velocidad

al juguete, y así lo hizo. Lo noté enseguida por los jadeos de Azucena, que aumentaron, y como consecuencia, los transmitió a Rosa, quien sentía entre sus muslos las mejillas de Azucena. Uno de mis dedos se aventuró en aquel agujero virgen. La crema enmascaró la sensación y ella agradeció la caricia. En pocos movimientos, el dedo desapareció y sentí la suavidad sedosa del interior del recto de mi mujer.

Cuando añadí el segundo dedo, ella pareció removerse, pero le gustó y al tercero tenía tanto placer en su coño que lo encontró tan normal que no hizo caso. Rosa lo estaba viendo todo desde debajo de su hermana. Entre sus piernas, veía las maniobras de mis dedos y suspiró al imaginárselo por los gemidos de su hermana morena. Pero se asustó al ver la sombra de mi capullo acercarse al culo de su hermana, y más cuando le dije

que pusiera el aparato a la máxima potencia. Azucena se paró las rodillas aún más, y el coño descendió hasta tocar la boca de su hermana. Fue toda una explosión de placer. Rosa aplicó la lengua sobre el clítoris erecto de Azucena al mismo tiempo que yo presionaba mi polla en el agujero dilatado y el consolador vibraba a toda potencia. Nunca me explicaré lo que pasó, pero debió ser la

conjunción de varios factores. Uno, el efecto de la polla de látex añadido a la lengua de Rosa y a mi polla, que entró sin apenas oposición en dos empujones. hasta perderse entre las suaves paredes del recto de mi mujer. Rosa no creía lo que veía, delante de sus ojos, su hermana estaba recibiendo dos pollas al mismo tiempo en una doble penetración. Posiblemente, sería una fantasía de una o de las dos, pero ninguna protestó. Sólo que Rosa me cogió los testículos y fue acompañándolos en su ir y

venir dentro de su hermana. La protesta contenida de rosa me dio a entender que era la primera vez que su hermana le rociaba desde arriba con su lluvia dorada. No la vio venir, y Azucena, en su éxtasis, no se reprimió en absoluto, la mojó completamente, hasta el pelo. Aún así, no me pidió que saliera de ella. Su única advertencia fue que no me corriera en su culo, debía hacerlo en su coño, por motivos obvios. No me importó,

porque fue mi excusa para cambiar. Ahora fue Rosa la encargada de meter el consolador en el culo de Azucena cuando saqué mi polla, a punto de derrochar leche. Con precipitación, hundió hasta el fondo el aparato a plena marcha en el culo de su hermana, para que yo descargara en su coño toda la leche que amenazaba con salir. Fue una buena idea, pues al momento sentí que llegaba la

oleada blanca. Rosa mantuvo presionado el consolador en el culo de su hermana y mi polla para que entrara lo más posible en su coño, manteniendo así la presión mientras yo trasegaba leche en el coño de Azucena. Con la premura apenas salió leche sobrante que cayó sobre el pelo de Rosa. La cara de satisfacción de Azucena no tenía nombre, en cambio, la de Rosa era diferente. Por eso, mi mujer me miró y, mentalmente, acordamos no dejar en ese

estado a la pelirroja. Así que yo fui el encargado de manejar el juguete, mientras su hermana le lamía, chupaba y mordía los pezones, el coño y hasta el culo, para prepararlo. El orgasmo de Rosa fue todavía mayor que el de Azucena. No tuvo doble penetración, pero la sensación de tener el consolador al 100% de velocidad en el culo y la lengua de Azucena en el coño a

la misma potencia fue sensacional. En realidad, yo fui el más perjudicado, ya que solo me corrí una vez, aunque la visión de las dos hermanas gozando con mis ideas fue casi mejor. Ya no volvimos a jugar en toda la noche, sus culos les escocían. Así que, por la mañana, al despertar, las dejé abrazadas entre las sábanas y bajé al bar a tomar mi café a un light. No había salido del hotel todavía cuando me llamó el botones

y me dijo que tenía una llamada. En la cabina, reconocí a Susa, que me preguntaba si iba a salir a tomar café. Yo le respondí que en ese momento iba hacia allí y que, si quería, la esperaba en recepción para invitarla. En cambio, Susa me dijo que prefería que subiera a su habitación, pues tenía una sorpresa para mí. Me adelantó que, después del desfile de modelos, el modisto les ofreció una fiesta fabulosa y le hizo un regalo especial, y quería regalármelo para mi mujer. Me encantó la idea.

Me alegraba que alguien, de esa categoría, reconociera los méritos de Susa, y más en un evento como aquel. Apenas llamé, Susa me abrió, y antes de poder hablar, me puso un dedo en los labios, haciéndome callar. Supuse que era para no despertar a los demás huéspedes y cerré la puerta con cuidado de no hacer ruido. La habitación estaba en penumbra, la gruesa cortina opaca ocultaba la primera luz de la mañana. No sé por qué en París amanece nublado,

o sería aquella semana solamente. Me costó adaptarme a la poca luz, pero Susa, todavía en el corto pasillo de su habitación, me enseñó un precioso neceser con varios artículos de belleza de la misma marca del modisto. Allí había varios frascos de perfume, cremas, lociones y geles. Me gustó mucho y me hizo oler uno de los perfumes que reconocí enseguida, porque Marta usaba el mismo. Y eso no es todo, mira la sorpresa que te estoy guardando para ti.

Gracias por acordarte de mí, pero esos perfumes son de mujer y yo. No, no es eso, fíjate bien. Me señaló la cama. Estaba deshecha, pero aún así parecía que se marcaba un pequeño bulto debajo de la sábana. Susa se acercó y levantó la ropa con cuidado, abriendo un poco la cortina

Speaker 3

opaca.¿ Qué es?¿ Qué es? No,¿ quién es?¿ No la reconoces?

Speaker 2

Ocupando muy poco volumen, vi una mancha negra entre las sábanas inmaculadas. Me fui acercando hasta adivinar las facciones delgadas de la mulata de la pasarela.¿ Qué hace aquí esta chica? Todo tiene explicación. Ayer, después del desfile, el modisto nos felicitó a todos, especialmente a ella, fue el mayor éxito de sus modelos, y de rebote a mí por animarla

a salir a desfilar. Él sabía el problema que tenía, así que me lo agradeció, aunque ella le explicó que el verdadero artífice de su motivación fue el chico español que le presenté. El modisto me dio otro neceser también para ti, con su dedicatoria en agradecimiento. Luego, en la fiesta, comimos y bebimos bastante, pero la chica no quiso volver a su hotel y se empeñó en venir conmigo para agradecerte personalmente tu colaboración.¿ Qué

Speaker 3

detalle? Entonces,¿ habéis dormido juntas? Pues, sí.¿ Por qué lo preguntas? No, por nada. Susa me miró con ojos insinuantes.

Speaker 2

Recordé que el comienzo de su madre conmigo fue gracias a ella. Aquella vez que follamos juntos fue de las primeras y de las memorables. Así que, mientras recordaba tal ocasión, Susa ya se había desnudado también y se metía en la cama al lado de la durmiente. Esta se dio la vuelta entre sueños y quedó boca arriba, completamente desnuda, con las piernas un poco separadas. Pude verla entera al lado de mi prima, igual que ella, pero de piel

completamente blanca. Me hizo tal sensación que, en un momento, estaba entre ellas, tan desnudo como vine al mundo. A la mulata la desperté yo, lamiéndole los pezones, que, por llamarlo así, parecían dos botones negros sobre un abrigo de color café. pero surtió efecto, porque la sonrisa que dibujó al reconocerme fue tan bonita que mi prima me animó para que le besara aquellos labios carnosos. Las dos me

recibieron con gusto. La mulata, cuyo nombre era impronunciable para mí, me repitió la mamada del día anterior, al mismo tiempo que yo le comía las tetas a mi prima, mucho más desarrollada que ella. Hubo un momento muy especial, pues a la vez que la mulata me comía la polla, según su costumbre tribal, yo busqué el coño de mi prima y, al encontrarlo, ella localizó la línea fina de los labios en el pubis de la mulata y lo

separó con su lengua. Así fue un orgasmo triple. En ese momento, recordé que por la noche nos habíamos corrido también mis chicas y yo a la vez, pero en otras posiciones menos equitativas. Las dos chicas, blanca y negra, me demostraron que el amor y el sexo son iguales en todas las razas y colores, y las dos me ofrecieron sus mejores artes para hacerme feliz. Yo también procuré que no quedaran descontentas, y cuando salí a la calle, las dos habían recibido mi polla por todos sus agujeros,

sin ningún reproche. Después de tomarme mi café con leche y el croissant en el bar, subí a mi habitación con un eseser de regalo en cada mano. A las chicas les encantó, y como las encontré saliendo de la ducha, ellas mismas se untaron con aquellas cremas. Eso me excusó, pues no pensé que yo olía igual que ellas al haber follado con mi prima y la negra. Salimos a ver París. Fuimos al barrio de Montmartre, el barrio bohemio

por excelencia. Ya había salido el sol y las estrechas calles estaban llenas de artistas que pintaban los típicos paisajes en directo. Allí desayunamos copiosamente mientras admirábamos a los pintores que con sus caballetes ocupaban casi todas las aceras. Vimos a un anciano. El pobre tenía aspecto de no haber comido en condiciones desde hacía mucho y le invitamos a almorzar con nosotros. Lo vimos tan desvalido que nos conmovió.

Parecía que nadie le encargaba ningún dibujo desde hacía bastante. Él, en agradecimiento, nos dibujó unas caricaturas de los tres juntos que nos encantaron. Era un verdadero artista, pero sin suerte. El Moulin Rouge y todo el barrio de Pigalle eran imprescindibles para ver. Con sus prostitutas paseando al sol en busca de clientes, nos gustó mucho. Allí, nadie se fijaba en nadie, todos sabían a lo que venían, pero ni

siquiera se miraban. Excepto a nosotros, al verme a mí con dos bellezas, varios hombres se remolinaron a nuestro alrededor, felicitándome por mis acompañantes. Las profesionales también vinieron, aunque amenazándolas, ya que creían que les hacían la competencia. Así que tuvimos que irnos rápidamente para evitar conflictos. Paseamos por todo lo más famoso, el río Sena, subimos a la Torre Eiffel,

hasta el segundo piso, porque Azucena tenía vértigo. Dijo que se mareaba, y Rosa la miró dudando,¿ podría estar embarazada ya? Yo no lo pensé, pero a lo mejor. Al volver al hotel, tenía una nota de Susa. Había vuelto a casa después de despedirse de la mulata. En cuanto terminamos de follar, hizo sus maletas y salió hacia el aeropuerto. Nosotros todavía estuvimos dos días más recorriendo todo lo que

nos dio tiempo. Al Museo del Louvre fue imposible ir, porque las colas llegaban a la esquina del edificio y no teníamos tiempo para ver nada. En cambio, sí que fuimos de compras a los grandes almacenes Lafayette, el más famoso de París. Recorrimos varias plantas buscando comprar regalos y recuerdos para la familia y amigos. En la sección de lencería vi un conjunto precioso. Era caro, pero Fina se

lo merecía todo. Aunque la dependiente y mis chicas se admiraron cuando le anoté, de carrerilla, la talla de sujetador que usaba Fina. A Teresa le compré un broche para ponerse en una blusa que le compró Azucena. Tenía un escote de pico muy generoso y me gustó que lo luciera entre los pechos. A Soledad y Elsa les llevé unos pañuelos de seda fantásticos de otra marca de moda y algunas cosas más a las otras. No se me olvidó Clara, le compré un perfume carísimo en un frasco precioso.

La última noche en París fue espectacular. Esa noche, ya no fuimos tres en la cama, desde el principio, fuimos cuatro, contando con el consolador. Mi idea les había encantado, y ahora Azucena disfrutaba con los dos agujeros llenos, y a Rosa le encantaba cambiarse la polla de látex de delante a atrás. Cuando volvimos, Teresa nos esperaba en el aeropuerto. Estaba radiante, y al ver a sus hijas felices, todavía más. Luego me dijo que había estado todo el tiempo sufriendo

por mí, por si sus hijas me habían ninguneado. Aunque le expliqué que fue todo lo contrario, y le prometí contarle todo en la primera ocasión que fuera a visitarla en su cama. La llamada de Marta no la esperaba. Me gritaba tanto por teléfono que no la entendía. Al final, comprendí que me anunciaba que habíamos salido en todas las

revistas de moda importantes. Segramente, la agencia de publicidad había visto en nosotros un motivo para ganar lectores y nos sacó en las páginas centrales, al lado de la modelo mulata. Salió hasta el momento en que me lanzaba el beso al aire y su sonrisa con sus labios carnosos. De paso, aparecieron a nuestro lado los famosos que tuvimos como vecinos. Nosotros nos fuimos a casa, pero Rosa se marchó con

su madre para ponerla en antecedentes de todo. Quería contarle las novedades, sobre todo los detalles sobre las noches compartiendo nuestra cama. Todo esto me lo contó Teresa al día siguiente, cuando aparecí en su casa para enseñarle las ventas de la tienda mientras yo no estuve. Parecía que incluso se había vendido más. Ella me hizo la broma de que, a lo mejor, sería mejor que no apareciera por allí y que me quedara en casa a follar con su hija.

También me dijo, cuando estábamos en su cama, lo que su hija Rosa le contó. No escatimó detalles, y ella casi no la creyó, hasta que oímos el zumbido del consolador en la habitación de al lado. Por supuesto, le contó que siempre me había corrido en Azucena y que ella me había ayudado a que no se perdiera ni una gota de leche. Tuve que confirmarlo, así que me pidió que hiciera lo mismo con ella, y lo hice.

Teresa tenía un coño, no tan estrecho como Azucena, pero con su experiencia me amasaba la polla hasta dejarme seco. Fina también me esperaba con impaciencia para que le contara. Antes de ir a la tienda, compré en un kiosco varias revistas en las que salíamos para que vieran el lujo que tuvimos. Se quedó deslumbrada ante tanto famoso, sobre todo con los modelos de las damas. Ella misma tomó

nota para vestir parecido a ellas. Por supuesto, me enseñó puesto cómo le quedaba mi regalo, hasta que se lo quité. Las que más se emocionaron fueron Soledad y Elsa. La primera, por conocer el ambiente de profesionalidad que reinaba detrás de la pasarela, igual que Elsa. Pero ésta añadió la emoción de que su hija colaboró en ello. De la mulata,

solo les conté que la había maquillado Susa personalmente. A mi madre le llamé diciendo que todo estaba bien y para que comprara en el kiosco del pueblo la revista más conocida y que presumiera de hijo y de nuera con sus vecinas. La vida volvió a su ritmo, yo a trabajar, a casa de Teresa por las mañanas y luego a la mía a dormir. Algún día me excusaba para no ir a comer a mediodía y me iba con Fina. Era como volver a casa. En la mía, quedó Susa sola, aunque con lo que viajaba, apenas aparecía.

Confina tenía confianza absoluta y le conté todas mis alegrías y también las penas, sobre todo lo último. Ella me comprendía y me aconsejaba, dentro de sus posibilidades, en lo que podía pasar. Todos confiábamos en que, con las circunstancias que coincidieron, al estar ovulando y follando tan intensamente, ayudado por Rosa, en teoría, nada podía fallar. Azucena era una chica joven y sana, y mi polla manaba leche en abundancia. Eso lo podía corroborar Fina, porque cada vez que comía

en su casa, le llenaba el coño hasta derramar. A Soledad, cuando la visité, lo que más le extrañó fue la compañía de Rosa en nuestro viaje de novios. Tuve que explicarle el tema de la relación de las hermanas. No se lo creía, le parecía imposible que dos chicas como ellas no comprendieran que sus vidas debían seguir por separado sin condicionar a la otra. Se sinceró conmigo y me deseó suerte, aunque no me veía con mucho futuro con

esa relación tan particular. Me lo dijo apoyando su cabeza en mi hombro en la cama, después de haber follado durante casi dos horas. Soledad también me advirtió que las mujeres, cuando están ovulando, están más receptivas, o sea, que necesitan follar más. Eso cuadraba con mi mujer, de momento. En estas circunstancias, fueron pasando las semanas. Azucena, después de pasar la euforia de la boda y, sobre todo, de la luna de miel, se fue calmando, sobre todo por las noches.

Su hermana se había quedado en casa de su madre, por el consejo de ésta. Recordé el comentario de Soledad, parecía que mi mujer ya no tenía tantas ansias de follar. En cambio, se quejaba de cierto malestar y mareo por las mañanas. Yo pensé que eran excusas para no ir al mismo ritmo, pero a su madre no le pareció lo mismo. Había pasado más de un mes cuando me dijo que le había bajado la regla. Me lo dijo con una tristeza que me conmovió. Yo no tenía prisa,

pero al parecer, ella y su familia sí. Por eso, una mañana, cuando fui a casa de Teresa, Clara me dijo que se habían marchado a mi casa a por mi mujer para ir a ver a un ginecólogo que conocía. Clara me preguntó por el viaje y le conté casi todo. Ella ahondó más y me preguntó abiertamente si las hermanas se habían portado bien conmigo. Yo le contesté que sí,

aunque ella no me creyó. Tony, perdóname si no te creo, pero lo que sí te aseguro es que, si hubiera sido yo tu mujer, habríamos follado como locos enamorados a cada momento. Me hubiera dado igual estar en París o al otro lado del mundo, no habríamos visto más que las paredes de la habitación del hotel. Te creo, Clara, y no creas que no pensé en ti en ciertos momentos. Clara me abrazó y yo le correspondí. Y así, entre besos, fuimos a su habitación. Cerró, y al momento estábamos en

su cama. Sin palabras, me demostró todo lo que habría hecho conmigo en París o en cualquier lugar, y no lo dudé en ningún momento. Era una chica adorable, que me quería mucho y lo demostraba a cada momento. Cuando volvieron del ginecólogo, Teresa me explicó que le extrañaba mucho que, después de estar toda una semana follando con su hija, no se hubiera quedado preñada. Según contó, ella, cuando volvió del viaje de novios con De José, ya empezó a tener angustias y mareos, o sea, que la preñó a

la primera. Me contaron que el ginecólogo examinó a Azucena y le hizo unas pruebas. De paso, Teresa le pidió que la examinara a ella también. El doctor, que fue amigo de su marido, se extrañó de que quisiera saber si todavía era fértil, pero ella le contó alguna excusa que el hombre, por discreción, accedió y le hizo las mismas pruebas que a su hija. Las dos contaron que les había examinado las vaginas con un aparato que estaba muy frío y que ya les contestaría de los análisis

que les encargó. Teresa me aclaró que su regla había aparecido al día siguiente del baile de la boda. Rosa, que las había acompañado, no se preocupaba. A ella, ese tema no le concernía directamente. Comprendía que a Azucena le angustiara y a su madre le ilusionara, pero su coño no estaba en riesgo para eso. De momento, había que esperar a los resultados de los análisis. Azucena estaba nerviosa, no creía que le pasara algo que le impidiera ser madre.

De su madre no le extrañaba demasiado, estaba en una edad en que todo podía pasar. Tenía una regla muy irregular y nos había hecho ilusiones varias veces, pero ella, tan joven y sana, era imposible. Un día, Teresa, con muy buen acuerdo, decidió ir de compras para despejar la cabeza. Todos estábamos preocupados por varios motivos y necesitábamos cambiar de aire. Salimos a unos grandes almacenes. Allí había de todo lo

que pudieras pedir. Era curioso ver andando, unos pasos delante de nosotros, a Azucena y a Rosa cógidas de las manos, mientras Teresa y yo las seguíamos cógidos por la cintura. Nos parábamos en casi todos los escaparates. Teresa me había confesado que, en realidad, salíamos para ver de comprar algunos regalos para las gemelas, ya que muy pronto sería su cumpleaños. Yo no tenía ni idea de que podía hacerles ilusión.

Estaba contento con el regalo que les hice en su día, aunque no fue idea mía, pero pasó porque se me ocurrió a mí. El Consolador tuvo un éxito atronador y fue muy útil para todos. Yo me dejaba aconsejar por Teresa. Parecíamos pareja, en vez de suegra y yerno. Como vestía de más joven, parecía la hermana mayor de las chicas de delante. Veíamos ropas, zapatos, toda clase de complementos, bolsos, hasta gafas o relojes. A Teresa le gustó un collar para rosa. Tenía una pequeña piedra de ámbar y le

hacía juego con su pelo rojo. Con Azucena estaba más despistada. En su mente estaba el comprarle algo de ropa de niño, pero después de la desilusión, decidió esperar hasta ver qué decía el ginecólogo. Yo me dejaba guiar por las expresiones que hacían las chicas. Si les gustaba algo, me fijaba por si podía regalárselo, pero no encontraba nada que verdaderamente les hiciera mucha ilusión. Merendamos en una pequeña cafetería y descansamos un rato, pues el local era inmenso y había

muchas tiendas que recorrer. Cuando volvimos a pasear, oí el grito de Rosa. Me llamaba para que viera algo. Me acerqué y vi, en una tienda de mascotas, a un gatito casi recién nacido. Era talmente una bola de pelo rojo como el suyo y con unos ojos azules del mismo color que la chica. Era precioso y a ella le encantaba. No sabía que le gustaran las mascotas, pero mentalmente me tomé nota como un posible regalo, por si no encontraba otra cosa mejor. La tarde pasó, y no

hicimos ninguna compra. Teresa se fijó en alguna cosa para ellas, y yo, muy despistado, pensé en algo que le gustara a todo el mundo, pues no las conocía tan íntimamente para saber sus gustos personales. El día que volvieron al ginecólogo para conocer los resultados, fui con ellas. Yo estaba tan seguro de que no le pasaba nada a Azucena que estaba tranquilo. Fina me había explicado que, a veces, el estrés o la misma ansiedad por quedarse embarazadas lo impedía.

Me aconsejó que no me preocupara en absoluto. Al pasar a la consulta del ginecólogo, entramos los cuatro y el médico nos recibió muy amablemente. Conocía a Teresa desde hacía mucho y eran casi amigos. Nos hizo sentar frente a él, como si fuera un notario. Teresa era la más afectada. Azucena estaba nerviosa, mientras que Rosa y yo estábamos más tranquilos. El médico empezó a explicar cosas que yo no entendía mucho sobre la fisiología de la mujer, hasta que, al final,

expuso su opinión autorizada. Bien, puedo asegurar que, a la vista de las exploraciones que realicé a Azucena y los resultados de los análisis, el estado de Azucena es un silencio largo, perfecto. Teresa, su hija Azucena puede quedarse en estado en cualquier momento.

Speaker 3

De verdad, doctor?¿ Así que cree que no tiene ningún problema físico? De ninguna manera. Estoy seguro. Todos sus órganos reproductivos están perfectamente. Por lo tanto,

Speaker 2

es cuestión de tiempo el quedar embarazada. Igual que usted, Doña Teresa. Está perfectamente, aunque tiene una edad superior, pero también se puede quedar preñada sin ningún problema, si fuera el caso, claro.¿ Entonces quiere decir que ni mi hija ni yo tenemos por qué preocuparnos? Efectivamente. La única duda que me queda ahora es que el marido de la joven sea el que tenga

Speaker 3

algún problema. Yo.¿ Cómo voy a tener un problema yo? Que se lo diga a su cena o también, bueno

Speaker 2

mejor me callo. No sería nada de extrañar. La potencia viril no tiene nada que ver con la cantidad ni calidad de los espermatozoides. ¿Comprende, caballero? Las tres se volvieron hacia mí. Yo notaba sus ojos, casi acusadores, clavados. Sentí que me hundía en el asiento, quedándome pequeño hasta desaparecer. El médico se dio cuenta y me echó un capote. De todas maneras, esto es hablar por hablar. También influye el estrés, el trabajo, el agobio, la alimentación, en fin,

muchas cosas. De todas formas, para desechar posibilidades, debería hacerse un análisis de semen para salir de dudas

Speaker 3

¿Comprende?¿ De semen, yo? Sí, usted.

Speaker 2

Mire, aquí tiene mi tarjeta y la dirección de un laboratorio de máxima confianza, donde le podrán hacer un análisis completo de su semen. Le recomiendo que diga que va de mi parte, para que se lo hagan a conciencia.

Speaker 3

Está bien, doctor. Haré lo que usted diga. El culo no me llegaba al asiento de la silla.

Speaker 2

Me sentía hundido completamente. No me atrevía a mirar a las mujeres. Me parecía que una tras otra me señalaban con el dedo, acusándome de un uco total. No hablé en todo el día. No me podía creer que yo, que había follado tanto, fuera estéril. Con lo satisfecho y orgulloso que estaba de ella, ahora me enteraba de que mi polla no me servía para nada más que para mear. Estaba seguro de que, a partir de aquí, mi vida se había acabado. Pensé que ya nadie querría saber nada

de mí. Azucena me repudiaría, igual que Teresa y Rosa. Posiblemente, Elsa me compadecería y no digamos fina. Soledad. Lo que más sentiría sería a Susa. Ella me quería mucho, pero sí sabía que era estéril. Al pensar en Clara, me horroricé. Ella secretamente soñaba que la hubiera preñado, aunque no podía ser. Pero ahora ni eso me quedaba. Estaba completamente tocado y hundido. Ya no podía ni aspirar a Marta y menos a Cintia. Y cuando se enterara Pili, no querría

Speaker 3

ni que le diera por el culo. Ahora ya no era nadie ni nada. Era mi fin. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.

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