GEMELAS - PARTE 17 (Relato Erótico) - podcast episode cover

GEMELAS - PARTE 17 (Relato Erótico)

Jul 30, 202542 min
--:--
--:--
Download Metacast podcast app
Listen to this episode in Metacast mobile app
Don't just listen to podcasts. Learn from them with transcripts, summaries, and chapters for every episode. Skim, search, and bookmark insights. Learn more

Episode description

The podcaster did not provide a description for this episode.

Transcript

Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Gemelas, parte 17 A partir de aquella noche de confraternidad, todo cambió radicalmente. Parecía que se había despejado la oscura nube de dudas que nos cubría a los cuatro. Las gemelas, por fin, habían aceptado su rol en la novela, Azucena ya era oficialmente mi prometida, Rosa, mi cuñadita feliz, y Teresa, mi

suegra amante. Todo esto lo notaron todos, especialmente Fina, que al verlas llegar a la tienda se dio cuenta de la cariñosidad de la morena, la complicidad de la pelirroja y la sensualidad de la madre. Azucena no perdía ocasión de demostrar lo feliz que estaba a mi lado. Me acariciaba y me besaba como la más enamorada, mientras que Rosa le seguía, tratándome como la más íntima de las amigas de mi novia. A la vez, Teresa no se cortaba,

dedicándome sus caricias más directas. Eso, frente a los de fuera. En casa, era casi igual, excepto que sabía que, aparte de unas caricias más o menos contenidas o unos manoseos de lo más picantes con rosa, yo sabía que había unas líneas rojas que no debía traspasar. Por el contrario, mi relación con Teresa era de lo más clara, la madre era mi mujer en todos los sentidos. Además de follar en su cama todas las noches que iba a su casa, las manos se me perdían entre sus ropas

ante la mirada cómplice y divertida de sus hijas. Los preparativos para la boda iban a buen ritmo. Las mujeres se dedicaban a organizar todo, hasta que salió un tema en el cual no había pensado, la despedida de soltero. Tengo que reconocer que, desde que empecé a trabajar, no había socializado con chicos de mi edad. Siempre estuve metido en el círculo laboral. Lo máximo que podía pensar como compañeros, que no amigos, eran los dependientes que ahora ya tenían

una edad mucho más diferente a la mía. O sea, que para organizar una despedida de soltero a mí me resultaba imposible. Repasando amigos y hasta conocidos, solamente pude reunir a los dos dependientes y al aprendiz, que ya no era tal, ya que con el tiempo se había incorporado a la venta. Los únicos que podrían haber aumentado la lista eran Fernando y Joaquín, que por motivos obvios estaban descartados.

En cambio, las chicas eran diferentes. Todas las chicas se relacionaban entre ellas, más o menos, pero se conocían más algunas amigas de las gemelas. Además de las madres, que no se excluían por nada del mundo. Así que, empezando por Teresa, sus hijas, Elsa, Susa, Fina, Soledad, Marta y Cintia, más las dependientas de su tienda, incluso Clara y alguna más del salón de belleza de Susa, Se formó un grupo de bellezas que pronto organizaron una fiesta de mujeres

para celebrar la pérdida de soltería de Azucena. Yo preferí invitar a mis amigos a una cena, ellos lo prefirieron también. Los dependientes no estaban en edad de mucho jolgorio, y el aprendiz alegó que tenía una novia muy celosa y prefería mantener la fiesta en paz con ella. Cuando se acercó el día, reservé una mesa para los pocos que íbamos y encargué una cena que, pasado el día, fue bastante alabada. En cambio, las chicas se lo llevaban muy

en secreto. No pude sacarles nada, a ninguna, ni siquiera a Fina. Mientras le estaba metiendo la polla por detrás, le amenacé con cambiar de agujero en seco y ni aún así habló. Incluso me felicitó por la sensación tan fuerte que le produjo. A Susa le pasó algo parecido. Cuando quiso montarme, como acostumbraba, le di la vuelta y la tumbé boca abajo y le di a elegir. Solamente metió la cabeza debajo de la almohada y me dijo

que eligiera yo. Por supuesto, la castigué metiéndole la polla lo más lentamente posible entre las nalgas, a la vez que, resoplando, me aseguraba que me iba a sorprender. Y así pasó. Lo que nunca esperaba es que también fuera invitado a su fiesta de mujeres. Reconozco que era la primera vez

que había oído hablar de una despedida de soltera. Tomando como referencia mi cena, en la cual, a lo sumo, se contaron algunos chistes verdes bastante viejos y alguna recomendación desinteresada de viejos casados, la cena fue dedicada a llenar la panza. Eso sí, a la hora de pedir bebidas después de la cena, se esplayaron bien. No pensé que mis compañeros, a su edad, fueran literalmente esponjas, pero realmente

nos divertimos. La noche de la despedida de soltera, me encontré con una colección de mujeres guapísimas frente a mí. Una por una se había engalanado, vestido y pintado como si fuera un certamen de belleza. Yo no iba mal, pero era tal la desventaja que me sentía cohibido. El local elegido parecía dedicado exclusivamente a estos eventos, porque había todo lo necesario, además de lo propio para cenar en

un salón exclusivo reservado para nosotros. Allí, salvo los camareros, no entraba nadie más, y cuando estuvimos todos, nos sentamos a la mesa. Desde un principio, noté la diferencia de gusto y organización de las mujeres. Al contrario de los hombres, que parecía una cena al salir del fútbol, allí las damas iban encopetadas, pero con unas ganas locas de divertirse.

Y no tardaron en demostrarlo. Los platos de la cena ya auguraban lo que iba a venir después, ya que incluso los panecillos tenían forma de pollas, y el plato en sí era ovalado, con una forma sospechosa que recordaba a un coño abierto. Si los chistes y bromas de los hombres eran picantes, los de las mujeres eran rabiosamente explícitos. Yo, como único representante del sexo masculino, no me quedaba más que sonreír y, a veces, afirmar con la cabeza. Ellas

tiraban a matar. Pronto descubrí que más de una de las chicas tenían los mismos gustos que las gemelas y las demás hablaban sin conocimiento de causa y nos auguraban una vida de follar eterna. Las mamás, en vez de calmar a las jóvenes, asusaban el fuego que, con la ventaja de la experiencia, todavía me aseguraban un futuro muy halagüeño. No tardó en aparecer la parafernalia del marketing de sexo, las pollas miniatura y los coños de plástico, entre risas,

ya que ellas mismas señalaban cómo usarlos. Luego de los postres, pareció que volvía el sentido común al grupo de mujeres, aunque, en realidad, era una pausa. hasta que todos nos levantamos y pasamos a un anexo en el que había una especie de escenario circular al centro, rodeado de sillas tapizadas de bastante buen gusto. Aparte, un juego de luces debidamente camufladas y un equipo de sonido que, al momento, hicieron

crear un ambiente ideal. Yo me sentía como un sultán, rodeado de tantas bellezas que me trataban como si fuera mi última cena. Al ritmo de una famosa canción de Joe Cockery con un apagón fulminante de luces, apareció un stripper que pronto descubrió su profesionalidad. Además, tenía el plus de que el chico era negro, por lo que las féminas se lanzaron a pugnar por cuál elegía para su mejor cualidad. Aunque él, sabiendo cómo hacerlo, las fue esquivando,

buscando a la homenajeada, que era Azucena. La habían sentado en el centro del escenario elevado, con los ojos cubiertos con un pañuelo, mientras el chico se movía a su alrededor en un baile muy sensual que llevó a todas a altos niveles de excitación. A todas menos a las que yo ya sabía. Azucena hizo bien su papel, parecía que se avergonzaba, sobre todo cuando el chico fue tirando de su ropa de motero, sujetada con velcro, hasta quedarse con un taparrabos tan escueto que se le salían los

huevos por los lados. Las chicas deliraban, ya que el bulto que marcaba el bikini masculino apenas podía contener la verga, no muy dormida ya. Todas soñaban cómo sería aquello que apenas podía retener y hacían apuestas para ver cuál sería la primera en sopesar aquello. Azucena, al ser la soltera de oro, aguantó muy bien cuando el chico, con un pañuelo en la mano, cubrió la cabeza de mi chica y, oculto a las demás, se bajó el bikini y le

paseó la polla por la cara. Rosa la miraba atenta, imaginando lo tensa que estaría su hermana, pero su madre le quitó importancia, a la vez que ella misma soñaba por ver lo que su hija tenía delante de los ojos. Azucena siguió el espectáculo, haciendo espabientos de sorpresa, mientras todas deliraban de envidia, soñando despiertas. Yo, en un rincón, las miraba,

intentando descubrir y calificar a todas. Me gustó ver a Elsa, a ella también le llamaba la atención la polla negra de aquel muchachote, y a Fina, seguro que el coño le resumaba. Ni que hablar de Marta e incluso de Susa. De quien estaba seguro era de Soledad, yo sabía que mi polla era su preferida, me lo había dicho muchas veces, tanto en tamaño como en grosor, pero, sobre todo, en ritmo,

le volvía loca. Teresa también se relamía, aunque me miraba y se mordía el labio, prometiéndome que yo pagaría su calentura después. Para más emoción y como exhibición, el stripper negro quitó el pañuelo y dio una vuelta en redondo. Estaba totalmente depilado, y todos pudimos ver la enormidad de su polla, negra como un tizón, tiesa como un palo,

con un capullo fucsia circuncidado. coronando como un champiñón en una barra gruesa de una longitud imposible de medir el mismo bajó del estrado y fue recorriendo las sillas de las chicas cada una miraba a su alrededor y al final se decidía por alguna cosa al principio alguna cogía el pollón y lo palpaba dándole un beso pero más allá se iban animando y probaban sin suerte a metérselo en la boca El negro pasaba de silla en silla, dedicando un contoneo al ritmo de la música sensual, cambiando

de chica, con lo cual se debía aprovechar de su suerte el breve tiempo que estaba a su disposición. Las más lanzadas le lamían desde el capullo hasta los huevos, los chupaban con avaricia. Una, no sé cuál fue, se abrió el escote y rodeó con sus tetas aquella monstruosidad, intentando hacerle una cubana imposible. La chica que sorprendió a todos fue la más joven, la que Joaquín sedujo. Ella, sin más, se volvió y se bajó los pantalones y el tanga, esperando a que el stripper le metiera la

polla de un golpe. Todas aplaudieron, interpretando como una venganza lo que le hizo Joaquín. Miré a Elsa, que aprobó la demostración, no sin cierta envidia. Estuvo dando vueltas. A cada una se le ocurría una cosa diferente, unas más atrevidas o menos. Lo que nadie sospechó fue que Clara, después de dar dos vueltas delante de ella negándose a hacerle algo, al fin le cogió la verga con las dos manos y se la metió en la boca. No paró de comérsela hasta que el stripper se corrió en

su garganta. Eso fue la apoteosis final, la algarabía fue tremenda, tanto que con ella terminó el show del chico. Las mujeres tuvieron la delicadeza de hacerme un detalle. Supusieron que yo estaría violento ante tanta demostración de furor uterino. Así que, luego de desaparecer el stripper, apareció una chica muy linda. Era menudita, pero con un cuerpo precioso, tetas en punta y arriba, y un culo respingón que levantaba la polla de un muerto. El clamor subió a tope cuando, entre varias,

me subieron a la silla donde había estado Azucena. Yo me resistí sin convicción hasta que ellas me taparon los ojos y la música empezó a sonar. Pronto sentí el olor del perfume de la chica. Se me acercaba y retrocedía, me arrimaba las tetas sueltas por las mejillas. Solo vi que llevaba un tanga de hilo, lo justo para cubrirle los labios, si no se movía mucho. Las chicas le jaleaban para que se acercara más, y ella, profesional, procuraba hacerlo para ponerme cachondo y nada más. Se sentaba sobre

mis piernas y movía el culo sobre mi polla. Se levantaba, frotando sus nalgas por mi pecho, y se daba la vuelta para que notara sus pezones duros pasando por mis labios. El griterío era total, pidiendo más y más. Cada una le daba ideas para que me pusiera más en forma. La polla ya me molestaba en la bragueta, y no tardé en sentir el alivio de que alguien, alguna alma caritativa, bajaba la cremallera y me liberaba la polla. Por un momento, noté que aquella chica se sentaba sobre mis muslos y

se removía sobre mi polla. Pero, al momento, sentí que el perfume era diferente. Esta vez, los pezones que se frotaban en mi boca eran más gruesos y estaban más duros que antes. Incluso, la polla recibió una sensación de humedad nueva hasta entonces. A partir de entonces, todo fueron diferentes olores y sensaciones. De la humedad en la polla, en repetidas ocasiones y formas, llegó a un calor húmedo,

o más bien mojado, y sobre todo estrecho. Pronto deduje que aquello no podía ser una lengua, ni siquiera una boca. Alguien se estaba sentando y metiéndose la polla en el coño, y no paró ahí la cosa. Algunas manos me bajaron los pantalones, dejándome la verga suelta entre las piernas. A partir de entonces, se sucedieron una variedad de sensaciones y de perfumes. Solo reconocí algunos, entre ellos el de Marta y el de Clara. El que me sorprendió bastante fue

el de la dependienta de Cintia, la jovencita morena. Se sentó sobre mí de golpe, clavándose la polla hasta las entrañas. Luego, remolineó de forma que sentí todos sus pliegues. Parecía que quería disfrutar de mi polla en especial. Aunque la sorpresa siguió, pues la siguiente fue Elsa. Lo noté por su forma de sentarse. Curiosamente, parecía que se había establecido una amistad entre ellas dos, una complicidad. inconfundible fue Susa. Le susurré,

cuando se sentaba, que la había reconocido. Tenía un coño tan estrecho que casi me dolía y una forma de moverse muy especial. Disfrutaba sentándose sobre mí mientras hacía cualquier cosa, y eso lo tenía grabado en mi mente. También hubo coños indefinidos, al igual que olores. Supuse que serían las dependientas o alguna amiga de mi novia. Teresa se abstuvo, aunque sabía que no me escaparía en su cama. También me extrañó que Soledad no la siguiera, pero pronto escuché

como todas la jaleaban para que se atreviera. Ella no quería demostrar nada, pero con la bebida y el ambiente tan caldeado que había, al final asintió. Su forma de amasarme la polla con su coño y, no sólo eso, sino que, al momento, se levantó y volvió a sentarse despacio, pero de una sola vez. Al oír el griterío, deduje que abrió las piernas frente a todas y les demostró que el coño estaba vacío, en cambio, su culo lo

tenía lleno hasta los huevos. Eso fue el clímax. Todas quisieron probar, y a más de una la oí llorar de rabia por no conseguirlo. Otras, en cambio, se corrieron con mi estaca clavada en el culo, sobre todo una chica gordita, pues pesaba bastante. posiblemente, sería amiga de Rosa. Luego me enteré de que también era lesbiana, pero no quiso dejar pasar la experiencia, aunque sin metérsela en el coño, era como una autoexcusa. Las que sí identifiqué claramente fueron

a Rosa y, como no, a Azucena. Las dos fueron anunciadas, pero se limitaron a comerme la polla simplemente. La buena suerte para las espectadoras fue que, cuando Rosa estaba lamiéndome el tronco de arriba abajo, salió un chorro de leche que le manchó desde el pelo a las pestañas. Muchas fueron las que la felicitaron, el premio le había tocado a mi cuñadita, sin quererlo. La polla se me fue bajando,

aunque alguna intentó resucitarla. Los rumores y risas también decrecieron y, al momento, alguien me quitó la venda de los ojos. La visión fue emocionante. Estuve parpadeando hasta acostumbrarme a la luz que, aunque tenue, era claramente visible, y vi a todas más o menos desnudas después de haberme despedido de mi soltería. Por lo que vi, ninguna de ellas me había privado de algún regalo. Unas llevaban las bragas en la mano, otras claramente ni llevaban, o las tetas a

la vista. Incluso, detrás de una cortina, vi a dos amigas de Azucena besándose como si no hubiera un mañana. Las dos tenían sus manos ocupadas entre sus muslos. Ninguna de las chicas hacía caso de las otras. Sin más, comentaban sus sensaciones y sus ganas de repetir. Azucena se hacía la ofendida, mientras todas se reían, quitando importancia a la exhibición. Algunas, entre risas, felicitaban a Rosa porque podía aprovechar su cercanía con su cuñado para repetir la mamada

que acababa de regalarme. Su madre se reía a gusto, sabiendo que ninguna de ellas había follado conmigo de la manera que ella. Lo mismo le sucedía a Soledad, que me miraba desde la distancia, sabiendo que aquello era una pequeña muestra de lo que ella disfrutaba. También había un corrillo rodeando a Clara, preguntándole cómo conseguía meterse tamaña polla por el culo con tanta facilidad. Esta presumía de tener

un buen maestro, procurando no mirarme a mí. Al parecer, todas deseaban que la sodomizaran, porque ninguna había tenido la ocasión o el valor de hacerlo. Ya que Clara era la protagonista de la culeada, Fina fue de las más comedidas. No quiso demostrar sus habilidades y, al parecer, se defendió haciéndome una cubana con sus fabulosas tetas. De paso, presumió de lencería y, sobre todo, de tetas duras. Las demás no pudieron evitar alabarla, así que ella se sintió como

en el cielo. Cintia también se sentó, aunque solo un momento, para incitar a sus dependientas, que se hacían las estrechas por estar ella delante, hasta que la jovencita morenita les dio una lección práctica. Luego me enteré de que la stripper profesional se fue cuando vio el ambiente que reinaba y que iba a quedar en ridículo al lado de ellas. Hizo bien, aunque tuve que reconocer que tenía unas tetas

especiales y un culo muy duro y bien formado. En la barra de bar que había en nuestro reservado, había bebidas de todas clases. Teresa y las hijas no habían dejado nada al azar y las invitadas se volcaron a servirse lo que querían. Clara se ofreció a servir las copas y, al poco rato, todas querían que volviéramos a empezar. Rosa y Azucena se divertían con ellas, pidiéndoles amablemente que me dejaran en paz, que ya se había disfrutado. pero yo me empeñé en darles lo que pedían y hacer

una demostración de agradecimiento a todas. Les propuse que se arrodillaran sobre las sillas tapizadas. Ellas se negaron, prefiriendo apoyarse sobre el estrado del centro de la sala, haciendo un círculo. No me pareció mal del todo. Les obligué a quitarse la poca ropa que les quedaba y lo hicieron sin rechistar. Al principio, les hice una revisión, dándoles una palmada en el culo a la que no estaba a mi gusto y corrigiéndolas si tenían las piernas demasiado juntas o separadas.

Era una gozada ver, a la vez, los culos de todas, con las tetas aplastadas sobre el piso del escenario y las cabezas mirando con disimulo hacia mí. Me unté la polla con el merengue de la tarta y, a cada una, le puse un pegote. Desde mi punto de vista, todos los culos eran iguales, no tuve distinción con ninguna. A todas les fui metiendo la polla. A la que se quejaba mucho, se la metía despacio la primera vez, hasta hundírsela. Luego, a las siguientes, se la hundía sin piedad. Lo cierto

es que ninguna se quejó. A todas les daba los mismos empujones. Ellas mismas contaban las metidas y, si me equivocaba, reclamaban. A más de una le supo a poco, incluso ellas mismas, adrede, se equivocaban, descontándose. Cuando llegué a Azucena y a Rosa, tuve la precaución de untarles con crema pastelera, en vez de merengue, para distinguirlas. En vez de meterles la polla, la hice resbalar entre los labios del coño. Hay que decir que ninguna protestó ni hizo ningún signo de repulsa.

Tampoco lo hicieron ninguna de sus amigas. Eso me alegró mucho. La única que se salvó fue Teresa, aunque ella se puso en pose también. Yo quise guardar las apariencias frente a las demás y solamente le froté la polla por las nalgas. No hacía Marta, que ella misma se abrió los cachetes y no tuvo dificultad en recibir la polla de un solo golpe a fondo. Quien disfrutó mucho fue Elsa. Lo noté porque me apretó la polla con el esfínter para no dejarme salir. De propina, le di dos empujones

más hasta casi los huevos. Enseguida noté que se estremecía entre convulsiones. Fina hizo un pequeño show, como que no lo había hecho nunca, pero disfrutó como todas o más. Yo sabía que era una de las mayores expertas en follar de todas. Soledad guardó silencio, solamente gimió de gusto, igual que Cintia y Susa, que fueron discretas. No así las dependientas, que escandalizaron un poco al principio, pero quedaron muy contentas con haber probado la culeada. Cuando terminé la ronda,

me corrí en el culo de Elsa. Lo estaba deseando. Para mí, fue una elección difícil. Había muchas que merecían mi chorro de leche, pero la familia, tira. Susa me preparó un vaso largo con un cóctel que había aprendido en sus viajes de trabajo. Sabía que mi primita tenía un buen futuro, además de follar divinamente. Cuando mis compañeros me preguntaron cómo había estado la despedida de soltera, les hice una escena de primer actor. He de reconocer que

me ayudó mucho Fina. Les dijo a todos que era un aburrido, que estuve en un rincón, acobardado por los comentarios femeninos, y todos se burlaron de mí, presumiendo de lo que ellos hubieran hecho en mi lugar. Más tarde, en casa de Fina, se lo agradecí. Le comí el coño de una forma que le hice correrse dos veces. No quise follarla, solamente lamer, chupar y morder el clítoris, hasta hacerla explotar en mi cara. Me confesó que valió la pena lo que sufrió viéndome follar a todas. Estaba

un poco celosa, pero me quería. Estuve varios días para reponerme del maratón de sexo. Las chicas me miraban con una sonrisa misteriosa. Clara me abrazó en cuanto me vio, agradeciéndome mi detalle con ella, y las gemelas me felicitaron por lo bien que había quedado y lo que, a partir de entonces, les iban a envidiar. También lo hicieron

porque no las follé, sino que lo disimulé. En cambio, Teresa, cuando tuvimos ocasión de dormir juntos, se resarció de lo que vio que les hacía a todas y quiso que le hiciera lo mismo a ella, multiplicado por cien. Era curioso. Después de la pedida de mano y de la despedida de soltera, nos llevábamos mucho mejor. Las gemelas me querían y me trataban como un verdadero novio. Era muy gratificante, pues parecía tener dos novias a la vez. A las

dos besaba o magreaba, pero siempre en modo juego. No intentaba llegar a más, aunque ellas me cogían la polla o les apretaba las tetas en plan broma. No lo considerábamos erótico. En cambio, a Teresa no le podía tocar. Enseguida me agarraba la polla y me bajaba la bragueta para darme una mamada, aunque fuera rápida, como anticipo de lo que vendría a la menor ocasión. Con ella seguí intentándolo. Cuando follábamos, siempre me corría en ella, empujando para que

la leche hiciera su cometido. Aún así, no habíamos tenido suerte todavía. Todos estábamos convencidos de que lo lograríamos y las hijas nos animaban a seguir probando. Incluso ya miraban los escaparates de artículos de bebés. Desde aquel día, todas las mujeres me respetaban. Me lo confirmó Soledad, que era la más formal de todas. Cuando me llamó, me advirtió que estaba sola en casa. Yo iba preparado, sabía que iba a compensar su discreción en la turbulenta reunión del reservado.

No me equivoqué. Al llegar, me estampó un beso que me confirmó que estaba deseando que la pusiera al día, y lo hice. Después de dos orgasmos absolutamente íntimos y espasmódicos, ya pudo hablar. Me contó todo lo que había visto desde el otro lado. Yo, a ciegas, sólo podía sentir lo que me iba pasando a velocidad de vértigo. Las chicas apenas se sentaban, daban algunos saltos y eran empujadas

por las que esperaban detrás. Soledad me contó que, una vez empezada la fiesta, unas a otras se animaron hasta que las más tímidas se lanzaron a por mí. Me contó detalles muy sabrosos. Las chicas llegaron a hacer cola con las faldas subidas o los pantalones en la mano, esperando su turno y dando prisa a las primeras. Desde la exhibición de Clara, metiéndose la polla en el culo a la vista de todas, con los ojos desorbitados, hasta la cara de placer de mi prima Elsa, ella fue

la que más disfrutó de mi verga. Sobre todo cuando recibió mi leche caliente. También me contó el show de Fina. Hizo un pase de modelo de lencería que dejó a todas admiradas y no dejó ninguna prenda por quitarse, hasta que se arrodilló frente a mí y rodeó mi polla con sus duras tetas, agitándolas con energía. Me contó que muchas de las que estaban mirando con envidia se apretaron sus tetas, queriendo emular a Fina, dándose cuenta de que

no había comparación. Fina claramente les dio una lección a todas. Igual que Marta, que, ante los gritos y quejidos de algunas, se abrió el culo ella misma para que le entrara, desde el capullo hasta los huevos, sin decir ni mu. Yo me reía, a la vez que Soledad, tumbada sobre mis muslos, me acariciaba la polla después de sacarme su ración de leche. De vez en cuando, le daba una lamida para mantenerla a su gusto. Una de las grandes sorpresas fue la de la chiquita morena del lío de Joaquín.

Fue curioso que, hasta entonces, todas la consolaran como una víctima seducida hasta que pasó a dar una clase magistral de follar conmigo a gusto. Mi prima se alegró para demostrarles a todos que podían elegir la verga que les gustara. A Soledad no se le escapó el detalle que les hice a mis novias. Se dio cuenta de que no las follé, estaba esperando que llegara su turno y no se extrañó de nada. Así que me deseó que tuviera suerte con ellas, al mismo tiempo que se ofreció a

vaciarme los huevos en ella, cuando me apeteciera. Rosa también me comentó que su amiga gordita le había dicho que, aunque había sufrido bastante al meterse la polla en su culo, lo había disfrutado. Siempre tuvo la curiosidad de que las chicas prefirieran follar, y ella, aunque no era de la misma opinión, la variante anal la liberaba de su convicción

y realmente lo gozó. Incluso le sugirió que, si en alguna ocasión yo estaba dispuesto a repetirlo por el mismo conducto, ella estaría dispuesta, aunque le aclaró que siempre que Rosa estuviera de acuerdo. Rosa, para aclararle las cosas, le aseguró que ella estaba muy segura de sus prioridades. Teresa estaba orgullosa de mí. Al resolver las dudas de sus hijas, ya se dedicó a preparar la boda y a follar

conmigo como si fuera mi mujer oficial. Por parte de sus hijas, no había ninguna objeción y por parte de Clara, menos. La chica ya se había integrado en el secreto familiar y todas lo tenían asumido, sin hablar del tema. Los preparativos de la boda iban a pasos agigantados. La elección de vestidos era el pan de cada día. Las tres iban y venían de tiendas, eligiendo toda clase de detalles,

mientras yo me preocupaba más de mi tienda. Fina también hacía copio de compras para no quedarse atrás, pero lo llevaba más discretamente. A mí no quería enseñarme nada, para mayor sorpresa cuando folláramos después de la boda. Lo que sí fue una gratísima sorpresa fue la petición de Elsa. Un fin de semana me pidió que la llevara al pueblo. Quería confeccionarles y regalarles los vestidos a mi madre y a mi abuela. Teresa y sus hijas aprovecharon para recorrer,

por enésima vez, las tiendas de modas para seguir viendo cosas. Así, yo, con mi coche nuevo, llevé a Elsa al pueblo. El recibimiento fue emocionante y muy sentimental. Elsa, además de hacerles el regalo, quería agradecer a mis padres el alojamiento de Susa y del suyo en su día. Hubo la clásica discusión de sí, que no, pero, al final, accedieron gustosas al ver las telas que había elegido para las dos. Con mi padre no hubo problema. Le trajo un traje

oscuro y una corbata que quedó sumamente elegante. Mi madre, a instancias de mi abuela, preparó una cena muy especial. Mi padre me hizo enseñarle con detalle el coche para luego presumir ante sus colegas del bar. Después de cenar y luego de una agradable sobremesa, subí al piso de arriba donde estaban las habitaciones. Mi madre dormía abajo, en una habitación contigua a mi abuela, por si le pasaba algo,

mientras mi padre subía al piso. Estaba en la habitación contigua a la mía, mientras que la de Elsa estaba enfrente. Ya no me acordaba del dormir de mi padre, posiblemente aumentado por las tardes de juego, las copas de coñac y algún que otro cubalibre, agravado por la cena de mi abuela, bien regada de vino. Apenas se acostó, empezó a roncar de una manera tan escandalosa que se oía en todo el piso de arriba. No había forma de dormirme. Me puse a pensar en mi futuro, mi boda, mi novia,

mi cuñada, mi suegra amante, mi posible hijo. Todo era una maraña que nunca lo habría pensado. Ahora ya lo veía un poco más claro. Pensaba que, con el tiempo y un poco de ayuda de Teresa y de mi mano izquierda, podría enderezar las cosas. Cada vez lo veía más fácil. La actitud de Azucena había cambiado radicalmente. Bien es cierto que el tema de follar no estaba resuelto todavía, pero, en el resto, podía pasar por la más enamorada de las chicas. Yo no pensaba para nada en heredar la tienda.

Yo trabajaba como uno más. Cobraba un sueldo que, para mí, me bastaba y no añoraba más. Me preocupaba mucho más el tema de la boda que nada, y eso parecía que se iba arreglando. Tampoco me preocupaba nada Rosa. De la terquedad que demostraba en un principio, ahora era casi tan enamorada de mí como su hermana, salvo, lo de siempre. Pero era tanta la oferta de coños que contentar, que

no era uno de mis mayores problemas. Estaba en esos pensamientos cuando, entre ronquido y ronquido de mi padre, noté que mi cama se movía. Al momento, la sábana se levantaba y, en menos de un segundo, sentía el calor de la piel de mi prima Elsa a mi lado. Elsa.¿ Estás loca?

Speaker 3

Cómo vienes así, desnuda a mi cama?¿ No ves que mi padre está aquí, al lado mismo?

Speaker 2

Calla, tonto. A tu padre no lo veo, pero lo oigo, que es mejor, y desnuda vengo porque no quiero perder tiempo en quitarme la ropa para ti. Y está mi madre, y la abuela. Sí, y yo aquí contigo, dispuesta a que me hagas lo que más te guste. Mira, tócame aquí. Me llevó la mano a su entrepierna, y antes de llegar, ya noté la humedad que manaba de su coño depilado. Y, apenas toqué, ella escondió su cabeza debajo de la cama

y desapareció entre mis piernas. Apenas notaba, en la oscuridad, el bulto de su cabeza subiendo y bajando entre mis muslos. Me estaba mamando la polla a una velocidad que, a veces, se le salía de la boca, aunque la recuperaba al vuelo. Con los dedos, le rosé el muslo, y ella lo pasó sobre mi cabeza, dejando a mi alcance su coño ardiente. Mi lengua lo recorrió de una lamida que le hizo gemir más fuerte que los ronquidos de mi padre. Elsa

estaba dispuesta a todo, y yo, también. Después de un perfecto 69, giró y me cabalgó, no sin antes frotar su coño sobre mi polla hasta que, en un movimiento ágil, se metió la polla hasta los huevos. No dejó de saltar hasta que tuve que pararla. Me iba a correr, y ella aún seguía entera. Tuve que darle la vuelta y, con las piernas sobre los hombros, dejarme caer sobre ella, inmovilizándola, mientras la iba penetrando a mi ritmo, dejándole solamente la

posibilidad de tirar de sus pezones hasta poder lamerlos. Yo me movía al ritmo de mi padre, arriba y abajo. Y, si él paraba, yo me quedaba quieto, para seguir al momento. Hubo un momento tenso. Al parecer, mi padre cambió de postura, dejando de roncar momentáneamente. En ese momento, mi polla estaba hundida en el coño de Elsa hasta el fondo, pues, con mi peso, la tenía clavada en lo más profundo

de sus entrañas. Elsa aprovechó para masajearme la polla con sus músculos, llevándome a un límite de correrme en ella, que sólo pudo evitar mi padre al volver a roncar. Salí de estampida y no pude frenar correrme desde el pubis de Elsa hasta sus tetas. Ella, lejos de preocuparse, recogió la leche de su pecho y se la bebió. Luego, se dio la vuelta y me presentó su culo, separando

las piernas a cada lado del colchón. Al volver a descender sobre ella, el escenario había cambiado, pero la lubricación era la misma. por lo que no tuve dificultad en entrar, y no precisamente por el mismo sitio. Elsa gimió, mordiendo la almohada. Mi padre seguía con lo suyo, y yo, despacio, entrando y saliendo en Elsa, que ya se había relajado y permitía que la polla resbalara hasta dentro del recto. Debajo de mi cuerpo, empezó a temblar de una manera exagerada,

aunque no gimió apenas. Pero las sacudidas que dio me demostraron que el orgasmo era brutal, hasta el punto de que, cuando el éxtasis era total, cerró las piernas, atrapándome la polla en su culo, sin dejarme salir hasta que pudo resucitar. Cuando se encendió la luz del pasillo, quedé sobre mi prima, pegado como un sello de correos. Parecía un cangrejo con ocho extremidades. Mi padre se había levantado para aliviar su

vejiga y, de paso, se asomó a mi habitación. Murmuró algo que yo interpreté como desatisfacción por tenerme en casa y siguió hacia el baño. Lo complicado fue que, al volver, Elsa, después de tenerme clavado en su culo tanto rato con mi polla palpitante, se corrió en el mismo momento en que mi padre pasaba en dirección a su cama. Tuve que sujetar a Elsa. Sus tetas y toda ella vibraban debajo de mí, sacudida por unos espasmos que no podía controlar.

Y no sólo eso, sino que fue contagioso. El movimiento vibratorio de sus nalgas hizo mella en mi polla, que empezó a derramar leche en su culo hasta hacerla rebosar y salirse hasta la sábana. Todavía estuvimos quietos, esperando a que mi padre reanudara su serenata de ronquidos. Y, cuando

lo hizo, Elsa estaba casi desfallecida por mi peso. Me pude levantar y ponerme a su lado, pero, para ella, la ocasión había sido muy deseada durante mucho tiempo, y todavía se puso de espalda, esperando que yo le abrazara por detrás y le hiciera la cucharita. Las tetas de Elsa en mis manos fueron un bálsamo, y no tardé en deslizar mi polla reanimada hasta buscar el camino entre

los labios del coño de mi prima. No fue difícil encontrarlo, pues ella levantó un poco la pierna y, moviendo el culo hacia atrás, encontró lo que buscaba, no parando hasta sentirlo quemar en su útero. Cuando mi madre subió a despertarme, ya era tarde. Pronto descubrió la mancha de semen en la sábana. Con una sonrisa pícara y comprensiva, me aclaró que eso eran poluciones nocturnas involuntarias. Yo asentí, sonrojado, y

Speaker 3

mi madre me dio un beso en la frente.

Speaker 2

Hasta aquí llegó el capítulo de hoy.

Speaker 3

Hasta la próxima.

Transcript source: Provided by creator in RSS feed: download file
For the best experience, listen in Metacast app for iOS or Android