Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Gemelas, parte 16
Aquel día había empezado bien.
Con el fajo de billetes de la recaudación fui al banco y el director, al verme, me hizo pasar a su despacho. Yo solo lo conocía de vista, a veces lo había visto hablando con De José, pero conmigo nunca había tenido una conversación. Aquel día me saludó como si fuera el mejor cliente del mundo y me hizo sentar frente a él en su gran mesa de caoba. Me hizo una serie de halagos y luego me anunció que, dada la solvencia que tenía el negocio, el banco me
iba a tratar con unas condiciones especiales. Aunque me confesó que, al morir de José, temieron que todo el negocio se fuera a pique, pero para su sorpresa, todo marchaba, incluso mejor. Cuando salí del banco, la calle me parecía estrecha. Me había concedido unos intereses más altos para mi cuenta y, además, un crédito a muy bajo interés por si quería hacer una reforma o mejora en el negocio. Cuando llegué a
casa de Teresa, fui directamente a su cuarto. Sabía que ella se interesaba por todo lo de la tienda, aunque no acostumbraba a madrugar. Por el pasillo me crucé con Rosa, que en ese momento salía del baño, envuelta en una toalla grande, con su melena roja, todavía húmeda, sobre sus hombros. La chica me cautivó con su sonrisa, sabía bien cómo provocarme, aunque yo también sabía que no había nada que hacer
con ella. Aún así, me dio una palmada en el culo y me guiñó un ojo pícaramente, informándome de que su madre ya estaba despierta y cegaramente esperándome. No se equivocaba. Al entrar en la habitación de Teresa, me recibió levantando la ropa de la cama para mostrarme que no llevaba nada. Lo curioso fue que, desde la habitación de las gemelas, ya me llegó el rumor inconfundible de unos gemidos que me aseguraban que Rosa también había encontrado a su hermana
dispuesta a jugar un rato. Ya no hacía falta ocultar a las hijas lo que hacíamos su madre y yo en la cama, ellas mismas nos habían visto, y con detalle. Por eso, cuando una sombra se asomó por la puerta, deduje que era Clara la que nos espiaba con la mano metida entre los muslos. A Teresa le encantó la noticia del banquero. Ella, aunque no quería inmiscuirse directamente en el negocio de la tienda, demostraba que le gustaba saber de mis progresos y me alentaba a seguir en el empeño.
Me premió con una mamada que me dejó seco, no esperó a que le metiera la polla y se tragó toda la leche que traía casi hirviendo, después de ver a su hija Rosa. Le compensé con una comida de coño que le hizo gritar. Sus hijas se rieron a coro desde su habitación, demostrando su alegría y complacencia por la felicidad de su madre. Al salir, me esperaba Clara con la mano húmeda. Me la enseñó con los dedos
pegajosos para demostrarme que ella también había disfrutado mirándonos. Como premio de consolación, le abrí la camisa y le estampé un beso entre los dos pechos. Siempre me gustó el canalillo de Clara, pero ese día todavía más, porque olía muy bien y estaba mucho más tibio que otras mañanas. A Fina también la vi más guapa que otras veces. Me pareció que estrenaba alguna prenda, aunque no podría decirlo, ya que cambiaba tanto de indumentaria que no llegaba a acostumbrarme.
De todas formas, sus andares y las posturas que adoptaba en la tienda no dejaban a nadie indiferente, y menos a mí. Aquel día parecía perfecto, todo rodaba debidamente engrasado. Susa progresaba mucho, me lo contaba como siempre, sobre mí, y Soledad estaba encantada con su nueva actividad con los vestidos que le llevaba Elsa. Todo iba bien hasta que estalló la tormenta. Yo había salido un momento a la cafetería de al lado a tomar café con un comercial de prendas de punto, y al volver, la cara de
Fina me asustó. Ella me hizo una seña para que bajara al despacho, siguiéndome con un papel en la mano. Nunca había visto a Fina tan preocupada. Pensé en todo, pero nunca en lo que me enseñó, cuatro números de teléfono, cuatro llamadas que había recibido casi simultáneamente preguntando urgentemente por mí. Al lado de los teléfonos se leían los nombres de quienes habían llamado y todavía me asusté más. Uno era de Soledad, otro de Marta, el siguiente de Cintia y
hasta el de Susa. No sabía a quién llamar primero, pero me decidí por Soledad, que me parecía la más fiable y sensata. Me dijo que había pasado algo horrible. Pensé en una desgracia irreparable, pero entre la voz agitada y el nerviosismo que tenía, apenas pude enterarme de más que mi prima Elsa había tenido una discusión terrible con Joaquín. Me preocupó bastante porque no me fiaba nada de aquel personaje chulesco y dejé a Soledad, que no sabía más
que eso, para llamar a Marta. Marta tampoco sabía mucho. Me dijo que en la tienda de su hija había un follón de miedo, que todo el mundo estaba alborotado y que todavía no tenía noticias de su hija. Pensé que, si era cosa de Elsa, lo mejor sería llamar a Susa, pero ella sólo había recibido una llamada de su madre llorando y le había contado que estaba físicamente bien, aunque destrozada.
Ya no me quedaba más que llamar a Cynthia, que sería testigo de todo, y me dijo que esperara, que iba a su despacho y desde allí me lo contaría con más detalle. Yo bajé al mío y, allí sentado en mi sillón, con fina pegada a mi oreja, esperé a que Cintia empezara a contar. Madre
mía, qué lío se ha montado. No tienes idea.¿ Pero qué pasó? Me tenéis en ascuas. Todo ha sido muy rápido e inesperado
Tu prima se ha puesto a gritar como una loca. De momento, no sabíamos lo que ocurría, todas nos quedamos espantadas hasta que Elsa se encaró con Joaquín, que salía en ese momento del almacén.¿ Qué cosa tan rara? Eso pensamos todas, pero se fue aclarando poco a poco. Al poco, salió también del almacén la dependienta más joven, la morenita esa tan guapa que viste. Ya sé, esa tan jovencita,
pero eso no tiene nada de malo. Eso creímos todos, pero tu prima nos aclaró, entre improperios contra Joaquín, que había entrado en el almacena por algo y los había pillado.¿ Besándose o algo así? Algo así no, Joaquín sujetaba a la chica, apoyada sobre la mesa con la falda en los riñones, mientras le metía la polla con fuertes empujones. Ja ja ja, oh,
perdón. Vaya cuadro, y por eso se puso así. Tú dirás.
Ja, ja, ja, en parte me alegro, porque así ha visto como es su novio. Es cierto, no conozco a mi prima enfadada, pero me la imagino. No tienes idea, estaba como una fiera. Allí mismo, delante de todos, lo ha enviado a la mierda y ha roto con él. Me alegro mucho, eso le pasa por hacerle eso a mi prima. Yo también me alegro. Lo que pasa es que, después del follón, he tenido que tomar una decisión. He hablado con la chica y me ha contado que la estaba acosando desde hace días. Eso es peor, y claro,
como es muy jovencita, se ha aprovechado de su inexperiencia. Sí, y he tenido que echarlo, ya no trabaja aquí. No me digas, eso sí que es una tragedia. No tanto, la tienda va muy bien sin él. Prefiero que se quede la chica, así las demás harán una piña y la apoyarán y entre todas le harán pasar este mal trago. Haces bien. Ahora que pienso, entonces mi prima se ha quedado sin casa.¿ Dónde vivirá a partir de ahora? No lo sé, la verdad es que no había pensado en eso.
Vaya lío. Nada más colgar, llamé a Soledad. Imaginaba que ella, que tenía más contacto con Elsa, estaría más informada que Cintia. Hola, Soledad, parece que se ha armado una buena. He llamado a Cintia y me ha contado el follón que se lió en la tienda. Al parecer, pilló a su novio follando con una chica jovencita, una dependienta, pero no veas. Eso no lo sabía, apenas me pudo contar que había roto con él. Eso cambia mucho las cosas. He pensado que ahora querrá volver a mi casa. La pobre ya tiene
bastante con digerir el disgusto. Si hablas con ella, dile que mi casa está abierta para ella, y si no, le llamaré yo, aunque no quisiera que pensara que me quiero inmiscuir en su problema. Gracias, Tony, ya me lo imaginaba, pero no va a hacer falta.¿ Te acuerdas de la cama que usábamos en tus visitas, la del cuarto de retales? Ya la monté para ella, le preparé la habitación, me agradeció mi rapidez y aceptó encantada. Así estaremos juntas y acompañadas,
además de trabajar mejor. Joder, Sole, eres un ángel, piensas en todo. No sabes cuánto te lo agradezco, y no es porque no quiera recibirla, pero comprendo que entre vosotras lo llevaréis mejor. Pero, imagino que por eso no dejarás de visitarme, ¿verdad? Ja ja ja. De ninguna manera ya inventaremos algo para seguir charlando de lo humano y lo divino, ja ja ja. Cuando se lo conté a Susa, se alegró mucho. A ella nunca le gustó Joaquín, y ahora que se libraba de él, se sentía liberada, sobre todo
por su madre. Me dijo que se encargaría de comentárselo a mi madre y a su abuela del pueblo. Teresa no tardó en saberlo también. Marta le llevó el soplo, y al enterarse del motivo, la noticia corrió como la pólvora. Aunque imaginé que Elsa no tardaría en decirme que estaba libre, yo no le guardaba rencor y ella sabía que debía pagar la penitencia. La persona que más se alegró, en parte, fue Fina. Ahora se demostraba que lo que ella decía
era verdad. Siempre se había quejado del comportamiento de Joaquín y ahora lo habían pillado con las manos en la masa. Lo primero que preguntó fue cómo lo había tomado Elsa. En parte, la compadecía, pues había sido víctima del prepotente de su ex. Al decirle que iba a vivir con soledad, se extrañó de que no viniera a mi casa, aunque entendía que volver con el rabo entre las piernas no era plato de buen gusto. Fina me conocía lo suficiente
para saber que yo no la recibiría mal. Al contrario, procuraría hacerle olvidar los malos ratos que había pasado con mis mejores artes. pero pensó que a Elsa le interesaba pasar una temporada alejada de los recuerdos para recomponer su cabeza. Fina no sabía hasta qué punto mi prima necesitaba una buena polla, pero no le llevé la contraria. En cambio, me preguntó por la chica que Joaquín había seducido en el almacén. La pobre estaba sofocada cuando salió a la
tienda y se encontró con mi prima enfurecida. La buena disposición de Cintia y la mano izquierda de Marta convencieron a la joven de que ella no tenía culpa de nada y que sólo era un error de juventud. Quien pagó cara su aventura fue Joaquín, perdió el empleo, la confianza y, encima, estaba pagando los plazos de su coche nuevo. También temía, con buen acierto, que pronto se correría la voz y que en los comercios vecinos se enterarían de
la ausencia y el motivo del despido de Joaquín. Yo tenía ganas de ver a mi prima, aunque pensaba que debía darle tiempo para calmarse. Hablé con Susa, desde debajo de ella, como siempre, y se lo pregunté. La hija estuvo conforme con mi teoría y se lo dijo a su madre. Ella agradeció mi oferta de volver, aunque también vio el cielo abierto cuando Soledad le enseñó la habitación libre con su cama, sin decirle que allí follábamos cada vez que iba. Teresa se preocupaba de los preparativos de
la boda, aunque todavía no estaba definida la novia. La más accesible era Azucena, por lo menos con más instinto maternal. En ella teníamos todas las esperanzas. A mí me gustaban las dos, aunque se me hacía cuesta arriba no sentir ese revoloteo de mariposas que dicen los enamorados. Físicamente, las dos hermanas eran fabulosas. Quien no conociera mi caso diría que era un afortunado de la vida, pero para mí
era un triste deber. La pelirroja, Rosa, era una chica más alegre y despreocupada, pero en el tema del sexo lo tenía muy claro, prefería a su hermana por encima de todo. Mi reto era convencer a las dos, primero, de que yo cabía en esa pareja, y luego. En cambio, con su madre no tenía problemas. La mujer estaba de buen ver y deseaba quedarse embarazada con mucha ilusión. Y lo mejor era que estaba empeñada en conseguirlo, y lo cierto es que yo ponía todo mi empeño en ello.
Tal era el grado de acuerdo que las hijas me animaban a follar con su madre con la esperanza de tener un heredero, según la voluntad de su difunto padre. Me hubiera gustado poder decirle a De José, de haber vivido, que iba a ser padre, y no me extrañaría que lo habría aceptado muy bien. Era una bellísima persona y quería mucho a su familia y a mí, por supuesto.
Clara se deshacía, ya no disimulaba. Cuando yo me metía en la habitación de Teresa, ella se acercaba, y lo malo es que tenía que pasar obligatoriamente por delante de la habitación de las hijas, que normalmente también estaban comiéndose los coños o algo más impactante, como metiéndose aquel consolador doble al mismo tiempo. No era la primera vez que las había visto. No eran muy celosas de su intimidad, y eso a Clara le subía la calentura hasta el punto de que se hacía tantas pajas en el pasillo
que la agotaban. Una mañana salí antes de tiempo. Teresa me dijo que se había corrido de una manera tan especial que se había agotado. Yo, siendo prudente, preferí dejarla tranquila y me fui, cubriéndola con la sábana para que durmiera un poco más. Al abrir la puerta, encontré a Clara apoyada en la pared frente a la puerta de las gemelas. Tenía la falda subida hasta la cintura por delante y, con las dos manos, se flotaba el clítoris con desesperación. La cogí del brazo y la llevé a
su habitación. La chica apenas podía andar porque tenía el coño tan excitado que le daban calambres al juntar los muslos. Al entrar, le recriminé su actitud. Le dije que no debía espiar a nadie y menos a las hijas, que su madre podría enfadarse y ella perder el empleo tan bueno que tenía. Clara lloró pidiendo perdón y me confesó que estaba muy excitada y que la había interrumpido cuando iba a correrse por tercera vez. Clara era una buena chica y yo no tuve el valor de dejarla en
aquel estado. Así que la fui empujando hacia su cama y la recosté, dejando las piernas colgando. Era cierto, alrededor del coño, la piel le brillaba, estaba enrojecida, y el clítoris descubierto aparecía blanco de tan duro. Le cogí de los pies. Ella pensó que iba a meterla en la cama e irme, pero al mirarme de aquella forma tan lastimera, mantuve las piernas verticales y me saqué la polla con la otra mano. Antes de que se diera cuenta, se
la tenía dentro. Apenas le separé los muslos para poder entrar en ella, pero me metí tan profundo que en el coño de Clara estalló una sacudida que la tuvo temblando varios minutos. Las piernas se embriaban contra mi pecho, parecía que estaba convulsionando, pero su cara no decía lo mismo, se estaba corriendo de otro orgasmo más retenido. Me mantuve casi quieto, apenas entraba y salía para que ella sintiera
cada pliegue al paso de mi capullo. Al sacar la polla, la miré y blanqueaba de los jugos espesos de Clara. La chica tenía una expresión tan relajada que no quise seguir y le hice lo mismo que a Teresa, la tapé con la ropa y salí en silencio. Ahora reconozco que la idea que tuve no fue la mejor. Me encaminé a casa de soledad. Con Teresa y Clara, por un motivo u otro, no me había corrido. Pensé que la encontraría sola, que Elsa estaría en su tienda cortando
o tomando medidas a alguien, pero me equivoqué. Al abrir la puerta de casa de Soledad, me recibió la cara triste de Elsa. En la muñeca llevaba prendido el alfiletero, y colgado del cuello, el metro amarillo de modista. Me miró como queriéndome decir algo. Hola, Elsa,¿ cómo estás? Regular, supongo que ya te habrás enterado. Sí, ya he oído campanas por ahí y no sabes cuánto lo siento.¿ De verdad? Pues, no te puedo negar que, en cierta manera, me alegro.
Este personaje no te merecía, pero veo que te ha afectado mucho y eso me hace sufrir. Gracias, Tony, sabía que me comprenderías. Lo de ahora sí que lo entiendo, aunque lo de antes no acabo de digerirlo. Ya lo sé, fui una tonta. Tú, más que nadie, sabes lo deseosa que estaba de tener una relación de pareja. Contigo estaba muy bien, demasiado bien diría yo, pero ahora me doy cuenta de lo equivocada que estaba. No te preocupes, al fin todo son experiencias de la vida. El tiempo curará
tus heridas. Se colgó de mi brazo y me hizo pasar al taller. Se notaba que estaba apenada y, a la vez, feliz por verme. Allí, encima de un taburete, encontré a Soledad. No había podido recibirme porque no estaba presentable. En realidad, estaba probándose un vestido muy elegante. Hacía de maniquí, ya que la propietaria del modelo tenía la misma talla que Soledad y habían preferido probárselo a ella para no hacer perder el tiempo a la dueña. Encima del taburete
estaba preciosa, parecía una bella escultura griega clásica. Además del vestido, parecido a una túnica, llevaba el pelo recogido en la nuca, lo que le daba un aire de vestal muy heleno. Desde su podio, me lanzó un beso bastante discreto, que a Elsa no le pasó desapercibido. Hola, Tony, perdona que te reciba así. Es que me está probando esta preciosidad de túnica. Elsa es una modista muy buena y hace unos modelos de todas clases. Este es de fiesta, yo
alucino y aprendo mucho, acostumbrada a hacer siempre camisas. Hola, Soledad, tienes razón. Mi prima es toda una diseñadora de postín y me alegro mucho. Cintia la valora mucho. Mi prima se puso muy orgullosa con los halagos y pronto quiso demostrarme su habilidad en su profesión. Tony, hazme el favor, dime qué te parece.¿ Hace alguna arruga por ahí? Es
que no las puedo ver desde donde estoy. Si quieres que te diga la verdad, no entiendo mucho de esto, pero no. No me digas que no entiendes de ropa de mujer. Si eres todo un experto, jajaja. Bueno, a ver si me entiendes. Yo puedo opinar, pero de eso a saber cómo se corrigen los defectos. Eso es lo que queremos que opines. Si ves algo que no te guste,
lo dices. Me planté delante de ellas. Elsa, desde abajo, le iba tirando de aquí o de allá para dejarle la tela con la caída adecuada y que pareciera que la prenda era toda de un corte.¿ Qué tal lo ves? Me gusta, pero por aquí, no sé, bueno, a lo mejor son apreciaciones mías. No me atrevo a decir. Venga, no te hagas el remolón. Dime si no queda bien, que Soledad se va a enfriar. Ya que lo dices, me refiero a este pliegue que no creo que deba
ir por aquí. Señálamelo tú, alízalo y luego me orientas. Me acerqué a Soledad. Entre los varios pliegues que le hacía la tela, se le notaba el bulto de la teta izquierda. Me acerqué y, con la excusa de tirar del pliegue, la rosé con los dedos. Al momento, el pezón marcó su presencia debajo del fino tejido. Soledad me sonrió agradecida con una mirada cómplice, para que no se
enterara mi prima. Todavía hice varias rectificaciones, metiendo las manos entre los pliegues del vestido, provocando que los pezones se pusieran tan duros que deformaban los pliegues. Ahora, Tony, voy a tirar desde el cuello. Ten en cuenta que desde aquí se sujeta todo el vestido y que solamente está hilvanado. A ver si consigo el efecto que quiero. Vale, yo te arreglo cualquier arruga. No te preocupes, yo lo corregiré
desde aquí arriba. Elsa apenas llegaba al cuello de Soledad, y yo, a su lado, tiraba del vestido para eliminar las arrugas, hasta que pasó lo que tenía que pasar, sin querer tiré demasiado, y a Elsa el vestido se le escapó de las manos. El resultado fue que cayó al suelo como el telón de un teatro. Justo ante
mis ojos quedaron las tetas desnudas de soledad. Elsa, que estaba a mi lado, también las tuvo frente a sus ojos, pero la diferencia fue que ella se quedó sorprendida y asustada, mientras que yo, que ya estaba motivado, las miré con ganas de comérmelas. Sin pensarlo, acerqué la boca y absorbí un pezón que me miraba provocativo. Soledad, al sentir mi boca aspirando su areola, me rodeó la cabeza con sus brazos, atrayéndome contra ella. Elsa nos miró y se puso tan triste que empezó a lloriquear.
Qué te pasa, Elsa? Nada, no es nada. Es que ya no recordaba lo que
era una caricia de las tuyas. Perdona, mujer, ya sé que no debía hacerlo. Fue un instinto,
sin pensar. No, no pasa nada. Soy una tonta, no os preocupéis por mí. Ya me marcho,
os dejo solos. No, mujer, no le des tanta importancia por lo que me hizo Tony. Tenemos mucha confianza y, a veces, se comporta así. Creo que tú también lo sabes,¿ o no? Bueno, sí, pero hace ya tanto
tiempo que no.
Espera, no te vayas. Creo que a Tony no le resultará difícil refrescar tu memoria. Soledad era muy inteligente. Sabía que Elsa estaba desesperada porque la follara y en aquel momento el clima era muy propicio. Cuando me miró, lo comprendí. Lo que no me imaginaba era que ella iba a ser la anfitriona ideal. Bajó del taburete. Solo llevaba unas braguitas bikini, desde que era viuda, había renovado su lencería, y nos cogió a los dos de la mano para
llevarnos a su habitación. Yo pensé que, una vez orientados a la cama, ella se despediría discretamente, pero, en cambio, vi cómo se plantaba delante de mí y me fue quitando la ropa. Cuando terminó, me dejó con la polla casi vertical. Luego se pasó a Elsa, haciéndole lo mismo. Incluso procuró que, al quitarle el sujetador, esponjara las tetas para soltarlas, dejándolas más libres. Abrió su cama y nos invitó a subir, pero ella no se quedó atrás, dejándome
en medio entre las dos. Yo ya tuve una experiencia parecida con Susa y su madre que me encantó, pero no esperaba eso de soledad. La encontré muy generosa con los dos. Ella ejercía de anfitriona y nos fue acariciando simultáneamente, provocando que nosotros nos fuéramos animando como si fuera la primera vez. En realidad, casi era así. Para Elsa, era toda una experiencia volver a estar en mis brazos y, más aún, con el beneplácito de Soledad, su amiga del alma.
Soledad prefirió estar en un segundo plano. Ella animaba a Elsa a hacer lo que sabía que le gustaba y a mí para que le fuera subiendo a las nubes. Cuando el ambiente estaba bastante caldeado, Soledad se incorporó a la fiesta. Mientras Elsa me comía la polla, Soledad me abrazó y me besó de una manera que le repercutió a Elsa, haciéndole dar unas arcadas que le obligaron a abrir la boca hasta el máximo. A partir de ahí,
todos nos entregamos al placer. Yo, que ya venía templado de casa de Teresa, disfruté de las dos mujeres deseosas de polla. Era una locura no saber de quién eran las manos, las tetas o los coños en ningún momento. Las dos se cumplimentaron para no dejar de darme placer, a la vez que disfrutaban del que yo les proporcionaba. Las sábanas se remolinaron y ya sobre el colchón, sin miramientos, follamos hasta quedar estenuados. Para Elsa, era saldar su penitencia,
y yo, por otorgarle la paz. Estuvimos más de una hora follando y retosando. Se les veía felices a las dos. Mi prima daba la impresión de que cualquier caricia o lamida la saboreaba con mucha más dedicación, posiblemente comparando con lo que había recibido últimamente. En la habitación resonaron los gemidos y jadeos de ambas, unas veces al unísono y otras ocasionales. Yo también demostré con mis gruñidos que estaba entregado a ellas, procurándoles los máximos placeres. Cuando volví a
la tienda, Fina me lo notó. Lo que no sabía era quién había sido la afortunada. No se lo quise decir, y la tuve toda la mañana detrás de mí, insistiéndome para que le contara el motivo de mi flojera. Se lo tuve que decir a la fuerza. En un momento en que bajé a mi despacho en el sótano, ella vino y, sin más, se sentó en mis piernas en el sillón de director. Me abrazó y me estuvo oliendo por si adivinaba el aroma de mujer y si era conocido.
Entre bromas y risas, me olía por todos lados. Incluso se arrodilló y me bajó la bragueta para investigar la procedencia del aroma. Lo único que pudo descifrar fue que había una mezcla de olores entre los cuales se destacaban los de dos coños y dos perfumes diferentes. De rabia, por no poder descubrir mi secreto, se metió la polla en la boca sin ningún éxito, ya que estaba demasiado exprimida. Aquella noche procuré acostarme pronto, y antes le conté a
Susa que había estado con su madre. Le conté lo triste que estaba, pero no le dije nada del resultado del reencuentro. Sé que le habría hecho feliz saberlo, pero también sabía que la alegría de Susa se demostraba en mi cama y sobre mí, como siempre. Está claro que las mujeres, cuando quieren algo, son súper eficientes. Teresa estaba tan ilusionada con la boda de sus hijas que se dedicaba en cuerpo y alma a prepararlo todo. Estaba pendiente de los progresos de la casa nueva, de las cortinas,
de los muebles, de todo. Yo no me enteraba de nada, ella sola lo llevaba todo hacia adelante. Ni sus hijas se percataban de sus proyectos. Lo único que faltaba era decidir cuál de las dos se animaría a casarse conmigo y, por supuesto, tener un hijo mío. En la competencia, claramente iba ganando Azucena. La morena le daba mucha importancia a la maternidad, y eso a Teresa y a mí nos encantaba. En cambio, Rosa ni se lo planteaba. Para ella, eso
de ser madre, no iba con ella. Entre las tres hacían planes sobre el vestido de novia, porque se quería vestir de blanco con una larga cola y bla, bla. Yo me conformaba con un traje bueno oscuro, y el resto no me preocupaba. Ellas iban y venían, procurando que no fallara ningún detalle. En una de las cenas en las que nos juntamos los cuatro, Teresa sacó el tema, esperando que se decidiera cuál de las dos estaba dispuesta a casarse conmigo y, por lo tanto, sacrificarse para tener
un hijo. Azucena seguía deshojando la margarita. Por una parte, le hacía ilusión, ya se veía por ahí con una panza prominente, acudiendo al médico para descubrir el sexo del bebé. Teresa y yo nos miramos esperanzados, aunque con un comentario que hizo, nos quedamos helados. Lo que no tengo claro todavía es eso de la inseminación artificial.¿ Tú qué opinas, Rosa? Yo oí algo de que se mete el semen del padre en la vagina con una jeringuilla y con suerte
se queda preñada. Eso no me parece mal. El meterme algo en la vagina no es complicado, ¿verdad, Rosa? Ja ja ja. No, hermanita, nada complicado. Esperad, niñas, estáis elucubrando sin saber nada todavía. Todos esos procedimientos son remedios extremos cuando hay problemas para quedarse preñada de la forma tradicional. Sí, mamá, tú sabes bien de eso, jajaja. Y tanto, y no sabéis lo gratificante que es. A mí no me parece nada atractivo, y que conste que no lo digo por ti, Tony.
Perdona si soy tan sincera, pero eso de meterme lo tuyo, no sé qué decirte. Pues sería una pena. Imagina que es una jeringuilla gruesa, caliente y dura, mucho mejor que la otra, que debe estar fría e incómoda. En eso tienes razón, tu jeringuilla no es nada fría, jajaja. Pues no se hable más, hija. Tony, creo que estará de acuerdo en colaborar personalmente,¿ no es así, Tony? Tú lo has dicho. Yo estoy preparado para cuando queráis, ya lo sabéis bien, aunque me gustaría ver algo más de ilusión
por vuestra parte. Tengo que confesar que cada vez que Tony me llena con su leche, sueño con quedarme embarazada. Me da mucha ilusión. Me gustaría que lo probarais, aunque fuera por curiosidad. No te preocupes, mamá. Ya sabemos cómo la tiene Toni, y sí, no está mal, pero tanto como meterla. Espero que algún día os convenza. No digo que no, pero lo veo difícil. A mí sí que no me atrae la idea para nada. Lo sabemos, Rosa,
lo sabemos. Teresa parecía que, cuanto más difícil lo veían sus hijas, estaba más convencida de que la preñara a ella. Siempre que iba a su casa, era difícil que no me vaciara en su coño. Parecía que me esperaba. Ya no se ocultaba mínimamente de sus hijas, y a veces, cuando llegaba, ella misma les gritaba a las dos diciendo que estaba follando conmigo y cómo se la tenía hundida. pero las gemelas, nada de nada, seguían a lo suyo.
Era una pena, porque en los otros coños no tenía problemas. Marta, en la primera ocasión que tenía, me llamaba para que fuera a su casa. Allí, sin muchos preámbulos, follábamos casi con violencia. Su hija Cintia era más, elegante, aunque al final gritaba casi como su madre. No digamos de fina, que muchos días me invitaba a comer en su casa. La chica me hacía un pase de modelos con sus prendas nuevas que acababa de comprar y al terminar, se
las quitaba todas para follar sin límites. Con Susa, cada vez lo hacíamos menos. En su trabajo le hacían viajar mucho. Cada vez estaba tomando más experiencia y la mandaban a cualquier evento. Aunque cuando estaba en casa, me contaba todo lo ocurrido en su habitual forma de contar, follándome. Con Soledad y Elsa habíamos hecho un pacto casi perfecto. Entre ellas se habían puesto de acuerdo, y cuando necesitaban una
buena sesión de polla, me llamaban. Había pasado de follar a Soledad a follar a las dos al mismo tiempo. Eso de los tríos me agotaba, pero procuraba organizarme para cuando estaba un poco más descansado. El problema seguía en casa de Teresa. Ella hacía lo que podía, lo puedo asegurar. Ya no sabía qué inventar para solucionar lo de la novia. Una noche organizó una cena muy especial. Coincidió que Clara no estaba, había pedido salir a casa de unos familiares
y le vino bien a Teresa. La idea era forzar la situación. Hasta ahora, había gritado, jadeado y gemido en voz alta para provocar a sus hijas, pero lo único que había conseguido es que, a nuestra salud, entre ellas se habían hecho unas comidas de coños de marca mayor. Aquella noche estaba dispuesta a poner toda la carne en el asador. Después de una serie de comentarios jocosos, sacó la conversación sobre el fin de semana que estuvimos los
tres en el Pirineo. Sobre todo, al mencionarle que lo habíamos pasado muy bien jugando a las prendas, Teresa se hizo la inocente, diciendo que en sus años jóvenes no se hacían esas cosas. Nosotros empezamos a burlarnos de ella, acusándola de estrecha. Teresa me miraba con clara intención de provocar a sus hijas. Sabía por experiencia que les gustaban mucho los juegos desde pequeñas, solo que de mayores ya
no eran tan inocentes. Así que se propuso revivir los juegos modernos y quiso proponer uno que ella sabía jugar. Nosotros esperábamos que sería alguno como el de la botella o el de la carta mayor. A esos ya habíamos jugado en la casa rural y sabíamos que eran un poco picantes. Pero al decirnos el juego que proponía, nos quedamos decepcionados. Si me dejáis, elegiré yo el juego. Vale, mamá, pero no te pases, que te conocemos. No os preocupéis, es muy sencillo
Yo propongo jugar al parchís.¿ Al parchís?
Ja, ja, ja, pero, mamá, si eso es un juego de mujeres mayores. Yo diría de marujas. Bueno, es que yo no sé jugar ni al póker ni a las cartas, pero si no os parece bien el juego que dice vuestra vieja madre. No, mamá, tampoco es eso. Si quieres el parchís, será el parchís.
Qué le vamos a hacer, verdad, chicos? Como diga tu madre, por mí. Y
por mí también, mamá, dijo Rosa. Está bien, gracias por aceptar, pero si jugamos, es con mis reglas. Ya sabemos las reglas, mamá. Si hemos jugado mil veces de pequeñas, Bueno, pero ya habéis crecido, y el juego se puede cambiar de normas, ¿no? Claro, como quieras. De momento, sacad el parchís. Las chicas volvieron con el tablero del juego, lo llevaban colgando con una pereza evidente. No tenían la más mínima voluntad de jugar a aquel juego tan simple. Vale, sentaos alrededor, pero no
en la mesa. Vamos a sentarnos en la alfombra, con el tablero en el medio. Pero antes voy a decir las normas. Vale, mamá, qué pesada estás hoy con el parchís. Lo cierto era que yo también estaba confuso. Aquel juego, echando los dados y pasando las calles con el mátame o te mataré, no era de lo más excitante. Pero la mirada que me dio Teresa me intrigó. Vale, así está bien. Elegid el color que queráis y el dado. Ah,
y no vale hacer trampas, ¿eh? Sí, mamá, no vale hacer trampas.
Está bien. Ahora poned la mano en el medio y prometemos seguir mis normas. Los cuatro pusimos la mano sobre el tablero y juramos, sin convicción, cumplir las normas a rajatabla. Venga, mamá, sal tú, que eres la mayor de todos.
No, nada de eso.
Aquí no valen las edades, todos somos
iguales. Como quieras,
pero vamos a empezar de una vez. Aún no he dicho las normas. Como quieras, pero date prisa, que nos vamos a dormir esperando. Vale, con las manos en medio os voy a decir lo que nos jugamos. Seguro que será a tanto la matada, o más si metes ficha, y todavía más si ganas la partida, como siempre. Sí, claro, aunque yo he pensado que sería más interesante si el que mate le dará un morreo a quien elija, el que meta una ficha le dará una mamada a quien prefiera,
y el que gane follará a quien quiera, sin discusión. ¿Entendéis? Al momento, todos nos reímos con ganas de la ocurrencia, pero al recapacitar, vi que Teresa iba a por todas. Quería ver de lo que eran capaces sus hijas. Al principio, se quedaron pensativas, pero el deseo de jugar fue mayor que las normas de su madre y desearon ganar fuera
como fuera. Nos lanzamos a una lucha a muerte. Las chicas querían evitar a todo trance que yo ganara, en cambio, su madre me favorecía, esperando que le apretara las clavijas a las gemelas. Al comenzar la partida, era hasta divertida. Iban todas contra mí, y no paraban de matarme fichas. Tanto Teresa, que rompió el hielo la primera, como las gemelas me besaban cada vez con más calor. Al principio eran piquitos, pero después una a otra se iba picando
y los besos eran de concurso. Me llevaban frito. Casi no me dejaban sacar ficha, parecía que estaban al acecho y, enseguida, me las echaban al corral. En cambio, entre ellas procuraban no matarse. Esto duró hasta que mi dado se decidió a sacar cinco puntos casi seguidos. Entonces, salí hecho una fiera y las perseguí con saña. Mi primera víctima fue Teresa, y me vengué con ella. Le di un beso tan
apretado que casi le dejé sin respiración. Cuando me senté, tenía un bulto en la entrepierna que me dificultaba volver a mi sitio. Teresa, en lugar de quejarse, se relamió, demostrando que mi beso le había gustado. Teresa tenía suerte, porque las dos siguientes también fueron para ella. Los besos ya eran con lengua. Ella misma reconoció que estaba sofocada y se quitó la blusa que llevaba. Las hijas admiraron la lencería que usaba su madre. A ellas, tan jóvenes
y presumidas, les daba vuelta y media. Llevaba un sujetador tan sugerente y sensual que hasta ellas removieron sus culos en la alfombra. Cuando Azucena me mató la primera, su madre y, sobre todo, su hermana abrieron los ojos con expectación, esperando un beso leve, acorde a sus ideas. Pero quiso doblegar a su madre y me cogió la cara, estampándome un beso que me hizo cambiar de postura la polla a mitad de él. El problema fue cuando le tocó
a Rosa besarme. Las dos esperaban que también pisotearía a su madre, pero, en cambio, solamente me dio un piquito, con mucha gracia, eso sí, pero nada más. Todas la abucheamos, y su madre, para compensar, a la siguiente matada me sujetó la cabeza por la nuca y me dio uno de tornillo que me costó recuperarme. La suerte le sonrió a Rosa, que, sin apenas darnos cuenta, coló una ficha en el centro. Nos quedamos esperando a quien iba a
dedicar su mamada y no nos equivocamos. Eligió a su hermana, que fue separando las piernas allí mismo, sentada en el suelo. Delante de nosotros, Rosa dejó bien claro que su hermana tenía el coño más sabroso que se podía desear. Tuvimos que frenarla porque Azucena ya estaba a punto de correrse. Estaba cantado que Teresa haría todo lo posible para meter una ficha en el centro, y yo procuré no perseguir
la que tenía más avanzada. Efectivamente, al llegar al centro, gritó como si hubiera recibido un regalo y me miró. Yo estaba un poco violento, pues sabía lo efusiva que era cuando me comía la polla, aunque sus hijas tenían mucha curiosidad por ver a su madre en plena faena. No las decepcionó. Sobre la alfombra, me hizo quitarme todo de cintura hacia abajo y me tumbó de espaldas. Se inclinó entre mis piernas y dio un recital de flauta que me volvió loco. Sus hijas estaban admiradas con la
mamada que me estaba haciendo. La que me hicieron ellas en la casa rural parecían lamidas de gato recién nacido a su lado. Casi me corro. Teresa supo parar cuando notó en su paladar que mi capullo empezaba a palpitar peligrosamente. Luego se relamió, mirando retadora a sus hijas, pero ellas, como también lo habían hecho, no demostraron demasiada sorpresa. El
problema empezó cuando yo metí otra ficha. Ahora sí que se ponía interesante, ya que tenía una ficha a punto de entrar y otra en un espacio a diez pasos de su casa. con lo cual, si me contaba diez, me colaría las dos seguidas. Directamente fui a por Teresa. Sus hijas esperaban que me conformara con una lamida de compromiso, pero, al oír gemir a su madre, se les fue cambiando la cara. Teresa se corrió sin más. Me cogió la
cabeza y me fue guiando para que lamiera todo el coño. Así, cuando levanté la cabeza entre sus piernas, llevaba todos los labios blancos de jugo del coño. Lo que no esperaban era que reclamara el premio por la segunda ficha que metí de carambola. Las dos hijas temieron que le tocaría alguna de ellas y no querían ser ninguna, pero Teresa les recordó las normas. Así que le tocó a Azucena.
No quise obligar a Rosa, porque no habría disfrutado, pero confiaba en que Azucena, la morena, acusaría mi lengua mejor. Al principio, se hacía la remolona, parecía querer evitarme, mirando a su hermana, que estaba incómoda viendo que su coño preferido se lo estaba comiendo un hombre. Pero respetó las normas de Teresa. Después de merodear por las ingles de la morena, fui centrándome en los labios, y la chica
fue acusando los beneficios de mi lengua. Cuando metí un poco de la punta en el coño, suspiró hondamente, y cuando lamí el clítoris, obligándolo a descubrirse de la capota, le dio tal escalofrío que los pezones se le marcaron como avellanas. Rosa tiró de mí cuando vio que su hermana se iba a correr en mi boca. Yo estaba dispuesto a terminar para demostrarle que yo también sabía comer un coño apretado. Su madre también me apoyaba, pero Rosa no quiso que acabara con mi cara blanca de espuma.
Azucena tuvo que reconocer que mi mamada era casi tan buena como la de su hermana Rosa. Su madre no hizo ningún comentario, pero sintió una dolorosa punzada en el corazón al oírla. Lo verdaderamente curioso fue cuando a Teresa le tocó comerle el coño a su hija Rosa. Ahora iba a probar su propia medicina con sus normas. Me reí disimuladamente, pues vi la expresión de las dos. Pero Teresa era mucha Teresa y no se arredró. Le dijo a su hija cómo debía ponerse y metió la cabeza
entre las piernas de su hija pelirroja. Sin pensarlo dos veces, le dio un repaso en su poco tupida melena rizada color azafrán que Rosa no pudo contener un hondo suspiro. Teresa sabía que se jugaba el todo por el todo. Quería poner a sus hijas en una situación límite. Sabía que las dos la habían visto follar conmigo y lo que había disfrutado, y quería hacerles partícipes del momento. Para más énfasis, me insinuó que me acercara y me cogió la polla, a la vez que lamía el coño abierto
de rosa. Y se la acercó a la mano de su hija para que sintiera la sensación de tocar una polla mientras una lengua le hacía correrse. Azucena no miraba indiferente. De reojo, vi cómo metía su mano entre sus muslos y hurgaba entre sus labios. Yo, muy a gusto, habría alargado la mano y le habría estrujado las tetas tiernas, aunque preferí demostrarle que su madre sí que apreciaba mis caricias y las amasé al mismo tiempo que ella movía
el culo, exponiéndolo a todos. Teresa procuró frenar antes de que Rosa se corriera para dejarla tan caliente como pudiera. Estaba dispuesta a llegar hasta donde hiciera falta para concretar, por fin, cuál de las dos sería la voluntaria a casarse conmigo y, sobre todo, a tener el hijo deseado. La partida siguió. Ya todos estábamos desnudos sobre la alfombra,
ya no había nada que esconder. Teresa pugnaba, sacando pecho para que no se notara mucho la diferencia de sus tetas respecto a sus hijas, aunque, particularmente, opinaba que no tenía nada que envidiar. Azucena se dispuso alegremente cuando le tocó comerme la verga a mí. Entre risas y bromas, se apoyó sobre mí, dejando al alcance de mi mano su culo. Me comía el capullo como si fuera un caramelo.
Lo hacía como un juego, chupando y relamiendo. No se tragaba la verga del todo, pero lamía y relamía, lo que para mí era casi peor, ya que el frenillo lo tenía al rojo vivo. Mi mano se escapó y se apoyó en la cadera de la chica que estaba a mi lado. Al principio, me esquivó con delicadeza, pero, ante la insistencia y el calor que iba sintiendo al chupar aquel rabo, me fue permitiendo que los dedos se
deslizaran entre las nalgas hasta rodear su culo. No me atreví a intentar meter el dedo, pero lo mojé con saliva y le demostré que le daba tanto gusto casi como en el coño. Una vez relajado el esfínter, estuve apoyando uno de los dedos, con la intención de distraerla, mientras otro dedo se paseaba entre los labios para hurgar en la vagina. Solo permitió que metiera medio dedo, lo
que fue bastante para la primera vez. Yo sabía que allí sólo entraba el consolador doble, pero la rigidez del aparato, la frialdad del material y la poca intención que tenía no se podían comparar con la actividad de mi dedo. Con Rosa no había manera. Lo intenté de todas formas, pero ella tensaba los muslos y mi lengua apenas rozaba
sus labios vellosos. Aún así, cuando podía rozarle el clítoris, me demostraba que tenía una sensibilidad tremenda, parecía como si tocara un cable eléctrico, aunque enseguida se volvía a retraer. Su madre ayudaba bastante, y su hermana más. Azucena se acercaba a ella y le dejaba al alcance de su boca sus tetas puntiagudas, a la vez que su madre le acariciaba el pelo con una mano y, con la otra, guiaba mi cabeza para que llegara mejor al coño de Rosa.
Yo no sabía si prefería ganar la partida final o qué. Realmente, la maestra de ceremonias era Teresa. Ella sabía cuándo apretar y cuándo aflojar a sus hijas. Por eso, hizo todo lo posible por ganar. La suerte le favoreció también, porque sus hijas no hicieron mucho por ser las primeras. Ya que las normas decían que la que ganara follaría conmigo o yo con ella si fuera yo el vencedor. Teresa levantó los brazos cuando su ficha entró como final. Las
tetas se balanceaban en señal de victoria. Sus hijas la miraban aliviadas, a la vez que me miraban a mí. Parecía que esperaban que yo me arrepintiera de follar a su madre frente a ellas. Me di cuenta de que me estaba jugando mi prestigio, y, cuando me levanté para acercarme a Teresa, que estaba enfrente, la polla casi apuntaba al techo. Teresa no se llegó a levantar del suelo. Rodó hasta ponerse de rodillas y quedó en espera de
lo que le quisiera hacer. Las gemelas, libres del compromiso, se acercaron a ella y se dispusieron a ser espectadoras privilegiadas del acontecimiento. Rosa se quedó mirando al ver mi capullo acercarse al coño de su madre. Este estaba tan mojado que babeaba, lo que le gustó a Azucena, que se atrevió a cogerme la polla y guiarla, ya que estaba demasiado empinada para que entrara directamente. La bajó al nivel del coño de su madre y la mantuvo mientras
yo me acercaba. Cuando se aseguró de que ya estaba casi media dentro, la soltó. El gemido que dio Teresa cuando le fui hundiendo la polla hasta hacerla desaparecer impresionó a las hijas. Cegaramente, no le habían dado importancia a su consolador cuando se lo metía una a la otra, empujando sus coños contra él a la vez. Ahora estaban viendo el trozo de carne caliente, duro y con las venas hinchadas que se iba abriendo paso entre los labios
mojados y palpitantes de su madre. Al principio, se hundían junto a mi capullo, pero luego se extendieron como las hojas de un libro para recibir el tronco que se perdía lentamente en el interior. El chapoteo en el coño encharcado era sonoro, aunque no tanto como los jadeos de Teresa. Rosa se animó a cogerle las tetas a su madre, que bailaban colgando debajo de su pecho. En cambio, Azucena estaba más interesada en el misterio de mi verga. Me cogía de los huevos y los acompañaba en el vaivén
hacia el coño de su madre. Quería comprobar hasta dónde se pegaban a él, y cuando vio que toda la polla se la había tragado y los huevos se quedaban pegados a sus labios, no pudo contenerse y los lamió. Para mí, fue una caricia muy importante, era como si reconociera el buen hacer de mi polla en el coño materno. Teresa quiso animarlas y empezó a pedir que me moviera. Lo hice tan despacio que Azucena estaba como hipnotizada, viendo la barra entrar y salir como el émbolo de una
máquina de vapor. Esto permitió que mi mano no fuera rechazada entre las tetas de Azucena. Rosa se ocupaba de las de su madre, pero yo preferí centrarme en las de la morena ya que se notaba más predispuesta. De las tetas fui bajando por su estómago y en poco tiempo el ombligo fue recorrido sin ningún contratiempo. Teresa estaba al tanto de mis progresos. Parecía que estaba evaluando mis avances, por eso aconsejó a Azucena que se pusiera en cuatro a su lado, para sentir la sensación de la postura
tan expuesta. Aproveché para pasar las manos por las nalgas, con cuidado de no pasar a mayores. En eso confiaba en Teresa, que le iba narrando las sensaciones que le proporcionaba mi polla ardiente. Rosa no perdía detalle. Veía a su hermana al lado de su madre en la misma postura y quiso colaborar a su manera. Pronto, al ver asomar el estrecho coño entre los muslos de Azucena, le lamió entre ellos, lo que provocó que la chica separara más las piernas. Así, las tenía igual que su madre.
A cada empujón que yo le daba a Teresa, ella calificaba sus sensaciones, pidiendo más y mejor. Unas veces me decía que me quedara en la puerta y otras que atacara hasta el fondo. Ella, en consecuencia, gritaba más o gemía, susurrando palabras casi obscenas. Eso causó un efecto en sus hijas mayor que los suspiros. Oír a su madre, extremadamente educada, diciendo palabras bastante fuertes, le demostraba que aquello se merecía
algo especial y así lo creyeron. Su curiosidad podía con su terquedad, y poco a poco, sobre todo Azucena, fue dejando que mi mano se perdiera entre sus labios, dejando entrar a un dedo buscando el punto que yo conocía también en el coño de Teresa. Todos esperábamos lo mismo. Incluso yo estaba seguro de que Teresa me pediría que me corriera dentro de ella para demostrarles que los hijos
no venían de París. Quería que supieran que no era ningún sacrificio follar para tener un hijo, pero me quedé esperando. Como la madre veía a sus hijas bastante motivadas, prefirió probar con ellas. Rosa se masturbaba despacio, sin apenas demostrarlo, mientras Azucena suspiraba por probar aquella delicia que su madre demostraba disfrutar. Por eso, cuando Teresa me apretó repetidamente la polla con el coño, comprendí que quería que se la sacara.
Lo hice lentamente para que vieran que salía tan dura y gruesa como entró, además de jugosa. Los dedos de Azucena quisieron comprobar que aquella porra seguía tan caliente y tan dura como su madre quería. Nada que ver con el roce de plástico que tenían ellas, sin forma de nada, en todo caso, a una salchicha de Frankfurt gigante. La mirada que le dirigió Teresa a Azucena era toda una invitación. Me dio la impresión de que Teresa quería que perdiera un poco la influencia que tenía de Rosa. Así, si
se lo ofrecía directamente su madre, a lo mejor. Y tenía razón. Rosa seguía en sus trece, pero la morena dudaba. Ya había visto los efectos de mi verga y confiaba en que su madre no la iba a engañar. Mirándolo bien, aquello no era tan diferente a lo que ellas guardaban en su mesita de noche. Yo procuraba que la polla no se balanceara amenazadoramente. La mantenía quieta, horizontal, justo a la altura del coño de Azucena y preparada para probar. Pero estaba el obstáculo de Rosa, era la más reacia
a las novedades, y su madre lo sabía. Cuando supo que Azucena ya estaba convencida al 90%, se dedicó a Rosa. Ella misma buscó las tetas de su hija para demostrarle que le agradecía las caricias que le había regalado mientras yo la follaba. Rosa se sintió honrada y felicitada por su madre en un momento tan importante y no tuvo inconveniente en que su madre buscara entre sus muslos pecosos
aquellos labios que todavía no se habían secado. La boca de Teresa, aquella boca que tantas veces me la había chupado magistralmente, ahora lo hacía con la misma pasión con su hija más díscola. Como mujer, sabía qué hacer, dónde y cuándo, y no falló. La subió a las nubes en un tiempo récord. Tanto que, cuando le pidió que ayudara a Azucena en el trance mayor, no pudo negarse a coger mi polla con brío e ir apuntando al
coño de su hermana. Teresa estaba a la expectativa, y cuando aparecía alguna duda, ella atacaba al coño con su lengua para disuadirla, acelerando su motivación. Todo ocurrió al mismo tiempo. Teresa frotaba su lengua en el clítoris naranja de Rosa cuando ella agarraba con fuerza mi polla y la acercaba al coño de su hermana Azucena, al mismo tiempo que ésta buscaba el pezón de su madre, buscando su protección. Se cerró el círculo de una manera lenta pero acompasada.
Rosa gemía, pero su mano se acercaba a Azucena. Yo estaba presto para empujar dentro del coño virgen de la morena en el momento propicio, mientras ella chupaba la teta de su madre, confiando en sus consejos. Fue un milagro. Parece que la psicología de la madre funcionó a la perfección, ya que fue Rosa la que empezó a hundir mi capullo entre los finos labios de su hermana, acuciada por la lengua de su madre, que titilaba su clítoris duro
como una almendra. A la vez, yo iba empujando mi polla para que Rosa fuera notando cómo se perdía entre los labios bañados de jugos de su joven hermana. Esta, en vez de gemir o suspirar, aspiraba el pezón extraordinariamente salido de la teta de su madre, que colgaba a su lado. Sin apenas darnos cuenta, mi polla estaba presionando el tierno útero de Azucena. Rosa había tenido que retirar su mano hasta sujetarme desde los huevos, a la vez que Teresa tenía la cara empapada con los jugos de Rosa,
que no había podido evitar correrse. Las cosas salieron rodadas, aunque con mucho cuidado de no romper el encanto. Era la primera vez, y Rosa no parecía haber cambiado su postura ni mucho menos. Su coño estaba vetado para mí, de momento. La cara de sorpresa de Rosa no nos la esperábamos ni Teresa ni yo. Ella, sujetando mis huevos en la puerta del coño de su hermana, notó como
mi verga empezaba a estremecerse y los huevos a constreñirse. Enseguida, tiró de ellos con el tiempo justo de ver, a escasos centímetros de sus ojos, como brotaba la leche caliente por el capullo, regando los labios de su hermana de arriba abajo. Pero para Teresa y para mí, el mérito fue que Azucena no se inmutó al sentir mi leche escurrir entre sus muslos. Nos pareció que no le importaba si le llenaba de semen, y eso nos encantó. Nos
sonreímos de una manera cómplice. La visión de la leche en la puerta del coño de Azucena le duró poco a Rosa, ya que se le cerraron los ojos para poder soportar el orgasmo que le proporcionaba su madre con la lengua en su castigado clítoris. Con la polla todavía manando leche, la pasé entre los labios de Azucena, demostrándole
la sensación del calor de la espesa leche. Para ella, era una novedad y, como tal, provocó que un temblor sacudiera todo su cuerpo, haciéndole desfallecer y caer sobre la alfombra sin percatarse de que todavía tenía el pezón de su madre entre los dientes, pues no lo había soltado. Teresa gimió, y no de gusto. El dolor que le produjo el tirón de su hija en la teta solamente lo podía resistir sin protestar una madre, y una madre
como Teresa. El juego terminó allí. No quise insinuar si querían repetir, e hice bien, ya que Azucena, a la vista de la cara de su madre esperando una opinión, nos dijo. Tengo que reconocer que no ha sido tan desagradable como pensaba. En realidad, no es comparable. Rosa es mi pareja ideal, pero Tony me ha tratado de una manera especial. Entonces, quieres decir...
Pues sí, pienso que podríamos probar, si mi hermana no se opone. Yo.¿
Cómo me voy a oponer? Tu cuerpo es tuyo, aunque te conozco bastante y sé que, cuando lo haces, piensas en mí. Eso puedes asegurarlo, pero es una cosa importante para mí y pienso que podría compaginar las dos cosas. Eso me halaga. Por un momento, pensé que ya no me necesitabas.
Eso nunca.
Tú siempre serás mi hermana y mucho más. Entonces,¿ quieres decir qué? Que sí, que me voy a casar con Tony. En realidad, lo quiero, igual que vosotras, pero yo aspiro a tener un hijo de él. Entonces, creo que debería aprovechar la ocasión y pedirte la mano de tu hija Azucena, querida Teresa, jajaja. Sabes de sobra que la tienes concedida.
Me hacéis muy felices, los tres. Los cuatro nos fundimos en un abrazo muy estrecho y sincero, aunque terminó entre risas, pues las tres notaron la polla que las apuntaba en el círculo que hicimos sobre la alfombra. Hasta aquí llegó el capítulo
de hoy. Hasta la próxima.
