Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Gemelas, parte 15 Teresa me demostró que era una mujer resolutiva, tenía poder de acción en cualquier campo. A los pocos días, me dijo que me había inscrito en una escuela de conductores. Tuve que sacarme el carnet para, después, comprarme un coche. Luego, sus hijas también se lo sacarían. Mi madre estaba contenta con la vida en el pueblo, aunque mi padre no
la ayudara. Se había acostumbrado a manejar a mi abuela, quien, al menos, razonaba bien y no le daba demasiado trabajo. Había contratado a una señora que le hacía las tareas más pesadas de la casa, por lo que la compañía de mi padre era testimonial. Con él no podía contar más que para comer y dormir, y en eso, muchas veces, tampoco era muy confiable. Cuando venía tarde del bar, unas veces llegaba merendado o también cerveceado. Le insinué que salía con una chica para que se fuera haciendo a la
idea de lo que me venía encima. Me preguntó por Elsa y tuve que mentirle, le dije que era muy feliz con su novio y también que Susa se había convertido en una profesional de su oficio. La llamada de Soledad no me sorprendió, estaba esperando impaciente a que me contara cómo se adaptaba a su nueva vida. Esperaba que Elsa o Cynthia le hubieran enviado algún encargo para que no se agobiara ni se aburriera. Lo que no sospechaba era lo que descubrí cuando fui a verla. Casi no
reconocí la casa. Había transformado todo el interior, ahora el taller estaba lleno de tejidos, las máquinas estaban en orden de trabajo y, en un burro, perchero con ruedas, había varias perchas con prendas. Unas ya confeccionadas y otras a punto de prueba. Pero lo que más me sorprendió fue ver su dormitorio de matrimonio. Lo había cambiado completamente, incluso la cama, las cortinas y la lámpara. Había pintado las paredes con un color más luminoso y, en conjunto, parecía
el de una persona soltera. Allí nada recordaba a Fernando, su difunto marido. Miré hacia la habitación de los retales y vi que también había desmontado la camita donde siempre retozábamos. En su lugar, había puesto estanterías con cajas para los vestidos y prendas con etiquetas de la tienda de Cintia. Una vez que me enseñó todo me cogió de la mano y me llevó a su habitación. El aroma que se percibía provenía de un ambientador oculto que le daba
una sensación especial. También me enseñó su nuevo vestuario y me demostró que había borrado su pasado completamente. Al retirar la ropa de la cama palpó el colchón nuevo invitándome a probarlo. Me senté y ella me empujó suavemente hasta echarme hacia atrás. Luego, me soltó el cinturón y me sacó los pantalones y el boxer a la vez. Me tuvo con la polla caída mientras ella se desnudaba lentamente.
Pude ver las prendas elegantes, la lencería sexy y, al ir quitándosela, mi polla reaccionó por la impresión que ella pretendía ofrecerme. Se arrodilló entre mis piernas y me puso al nivel que le gustaba. Inmediatamente, subió a la cama y me esperó. Aquella soledad no tenía nada que ver con la llorosa que había consolado no hacía mucho tiempo. Ahora estaba muy esperanzada con el futuro y llena de ganas de vivir. Me lo demostró con sus caricias, me hizo todo lo que sabía que me gustaba, hasta que
notó que me iba a correr. Entonces frenaba y me mantenía a bajo ritmo hasta que volvía a acelerar. Era toda una mujer experta. Tras la primera y efusiva follada, me contó lo mal que estaba Elsa. Parece ser que iba bastante por allí con cualquier excusa. Estaba segura de que la presencia de Joaquín, siempre controlándola, le resultaba muy incómoda y procuraba estar, lo más posible, fuera de su vista.
Me contó confidencialmente que Elsa estaba deshecha, que soñaba con volver conmigo y que se masturbaba a solas pensando en lo que Soledad me hacía mientras me hablaba. Le dije que lo entendía, pero que había sido una decisión suya y que ya era mayor para solucionar su problema. No creas que no lo reconoce y lo arrepentida que está, me dijo. Sueña con que la folles como antes de irse.
Me dijo que no demuestras ningún interés por ella. La verdad es que no, y eso que reconozco que físicamente ha mejorado bastante, pero mi polla se ha vuelto selectiva y ahora no pienso en ella para nada. Es una pena. A mí me gustaría que, por lo menos, le hicieras un poco de caso, solo de vez en cuando, para que se relajara. Me contó que no se ha corrido ninguna vez desde que te dejó. No me lo creo, porque creo que Joaquín es todo un empotrador. Eso creía
ella también, pero solo es de boquilla. En la cama es un egoísta que solo piensa en él. No me gusta andar poniendo parches a expensas de otros. En fin, creo que de momento lo importante es que estamos en tu cama nueva y los dos queremos lo mismo. Déjame que ahora te coma el coño. Ah, sí, eso me vuelve loca, ya lo sabes. Soledad tenía tanta sensibilidad en el clítoris que con pocas lamidas se corría. Tuve que dosificarme para follarla y controlarme para poder coincidir los dos
a la vez. Era una mujer muy ardiente, y eso siempre se agradece. Lo malo fue que, cuando estábamos en los espasmos del orgasmo mutuo, sonó el timbre de la puerta. Me extrañó mucho, y a Soledad más. Miró el reloj y pensó que no esperaba visitas de nadie. No obstante, como insistían, se puso la bata y se la abrochó por delante apresuradamente. Salió a abrir ante las llamadas repetitivas, y yo, desde la cama, todavía desnudo, pude oír, al abrir la puerta, a mi prima Elsa, que llegaba llorosa.
Me vestí despacio, pensando que se iría enseguida, pero parecía que esa no era su intención. Cegaramente había tenido un encontronazo con Joaquín y venía a consolarse con Soledad. Viendo que no se iba, salí de la habitación de matrimonio de Soledad. Llevaba el pelo desecho y saludé a Elsa sin mucho entusiasmo. Ella me miró y, de paso, vio
el estado de la cama deshecha. La llorera se acentuó, más aún cuando se dio cuenta de que Soledad, con las prisas, se había abrochado mal la bata y, a la altura de la entrepierna, se habían cruzado los botones, dejando entrever su coño mojado de leche. Viendo que la cosa iba a más, me excusé diciéndole que tenía cosas que hacer y la dejé con sus lamentos. Teresa se
ocupaba de todos los preparativos. Incluso me dijo que fuera eligiendo un coche a mi gusto, pero con la salvedad de que tuviera presente la accesibilidad para poder meter el futuro cochecito del bebé. Estuve barajando varias marcas. Por el precio, me dijo que no me preocupara, era un regalo de la suegra. Aún así, preferí que viera varios modelos y colores, hasta que, entre los dos, elegimos uno de marca alemana
que cumplía todos los requisitos, bueno, bonito y caro. Resultó que de José era amigo del dueño del concesionario, así que Teresa le llamó y habló con él. Después de darle el pésame, aquel hombre le aseguró que me trataría como a un cliente preferente. Cuando fui, me llevaron a su despacho y me explicó personalmente las ventajas y virtudes de los diferentes modelos. No obstante, para darme más confianza, encargó a una señorita que estaba en el despacho de
al lado que me acompañara para probar el coche. El problema era que yo no tenía todavía el carnet, por lo que no podía conducirlo. Aún así, insistió para que lo probara, aunque fuera la chica quien lo llevara. La señorita era una belleza, cegaramente la habían seleccionado con esmero para que diera buena imagen a la empresa. Se vino a probar el coche. Pese a que se comportaba muy amable,
se le notaba que era bastante adusta. Físicamente, no se le podía pedir nada más, era alta, de larga melena rubia, vestía un traje chaqueta impecable, con una falda larga hasta la rodilla y unos tacones muy altos. Hablaba con una seguridad que parecía un robot. Me explicaba cada botón y cada función del coche como si estuviera leyendo el catálogo. Yo la miraba de reojo y parecía que estaba mirando a una pared. Para darle un poco de conversación, le
pregunté si llevaba mucho tiempo en la empresa. Me dijo escuetamente que trabajaba solo una semana y que le habían explicado las normas de la compañía, que eran muy estrictas. Por eso, ella se comportaba así con los clientes. Intenté rebajar la tensión del ambiente y le hablé con más confianza. Le conté que me iba a casar y que mi suegra me regalaba el coche, pero que a mí no me acababa de gustar, porque prefería uno más deportivo y
más pequeño. Ella intentó convencerme de que aquel era la mejor opción del mundo y, para demostrármelo, me insinuó que podía probarlo yo mismo. Le advertí que todavía no tenía permiso, pero me guiñó un ojo y enfiló la carretera hasta un polígono industrial abandonado. Allí había varias calles desiertas muy amplias, con apenas algún contenedor de basura. Paró en medio de una calle apartada, se quitó el cinturón, apagó el coche
y me invitó a llevarlo por allí. Yo no me atrevía, solamente había dado algunas clases prácticas y no me veía capaz de llevar un coche, y menos uno como aquel, tan grande y nuevo. Aún así, insistió, estaba claro que quería convencerme de elegir aquel coche. Al final, accedí. Cambiamos de asiento. Para mí, era como si me estuviera dando
clase en la autoescuela. Me fue diciendo qué botones tenía que tocar para arrancar y, cuando me dijo que pusiera la primera marcha, no me acordé de pisar el pedal izquierdo, el embrague y el coche dio un salto y se caló. Cerré los ojos, pensando que lo había estropeado, pero ella, cargada de paciencia, me fue explicando lo que debía hacer. Me cogió la mano y la apoyó sobre la palanca del cambio. En sus dedos fríos noté lo nerviosa que estaba, casi más que yo. Imaginé lo que estaría sufriendo al
pensar si volvíamos con el coche estropeado. En primera y acelerando a tope, estuve guiando el coche en línea recta. No te pongas nervioso, piensa que estás conduciendo el coche de la autoescuela. Eso quisiera yo, no dejo de pensar si lo estrello, sin querer. Eso no lo digas ni en broma, seguro que me despedirían si se enteran de lo que estamos haciendo. Pues no te aseguro nada, aunque también te noto muy nerviosa, tienes la mano muy fría. Lo siento, es que es la primera vez que enseño
un coche y menos uno tan caro. Cuando me dijo que cambiara a la segunda marcha, me dio la mano para que no me equivocara. La sensación era como si tuviera un pedazo de hielo sobre mis dedos. Yo me fijaba en cómo cambiar y le miraba su mano, pero no miraba hacia adelante como debía. Cuando oí el grito que dio, lo hice y vi que el coche se dirigía directamente hacia un almacén en ruinas. No tenía puerta y desesperadamente intenté frenar.
Para, por Dios, para. Eso quiero, pero no encuentro el pedal. Pisa el de la derecha, el de la derecha A. ¿Este?
No era ese, debió decirme que era el del medio, pero yo pisé el de la derecha del todo. El coche aceleró con brío, saltó el bordillo de la acera y se coló por la puerta del almacén, dando bandazos entre los escombros que allí había, hasta que se detuvo en el mismo borde de un foso que se abría en el suelo. La chica estaba blanca y explotó en un llanto que me asustó. Yo no sabía qué hacer, el coche se había quedado al borde del foso, y al bajar me di cuenta de que también se había
reventado un neumático al pisar el bordillo. Eso fue la gota que colmó el vaso. La chica lloraba maldiciéndome. Le pedí perdón mil veces, pero ella, entre sollozos, dijo que por mi culpa le iban a echar del trabajo, pues era su primer empleo y que tenía que pagarse los estudios y la habitación donde estaba realquilada. No había forma de consolarla. Yo también estaba asustado, por ella y por
el coche. Por un poco más, no nos colamos en aquel agujero mugriento que habría destrozado el coche sin estrenar. Me armé de valor, me acordé de Teresa, de lo fácil que encontraba soluciones para todo, y me envalentoné. No te preocupes, por
cierto,¿ cómo te llamas? Yo me llamo Tony. Yo me llamo Elena. Encantado,
Elena. Lamento que nos hayamos conocido así, pero voy a ver qué se puede hacer. Yo estoy desesperada, me van a echar y ya debo tres meses de alquiler. Tranquila, pásate al asiento de atrás y relájate, yo procuraré cambiar la rueda de recambio.¿ Pero tú sabes? No tengo ni idea, aunque si me dices dónde está el manual, me pondré a estudiarlo. Está en la guantera, o eso creo. Aquel libro grueso, en varios idiomas, era como chino para mí.
Elena me hizo caso y siguió lamentándose en el asiento trasero, al menos me dejaba más libre de movimientos. Poco a poco pude leer y comprender cómo cambiar una rueda de repuesto. Como si fuera un náufrago que llega a la civilización, fui siguiendo los pasos del libro. No sin dificultades, encontré la rueda escondida debajo del maletero, así como las herramientas y el gato debajo de ella. A partir de ahí,
paso a paso, pude levantar el coche. Elena no ayudaba nada, al contrario, con sus lloros y quejas no me dejaba concentrarme. El gato no se apoyaba bien entre los escombros y se me escurrió del coche un par de veces. Ya me estaba hartando de tanto lamento y abrí la puerta trasera. Elena, lo menos que podrías hacer es ayudarme. Yo tengo menos idea que tú, pero a lo mejor entre los dos. Lo siento, yo no estoy para nada, solo sé que me van a echar y debo tres meses de alquiler.
Eso ya lo sé de memoria. Vaya mala suerte me ha caído hoy. Comprendí que aquella chica estaba demasiado agobiada para ayudar y preferí calmarla. Me ponía de los nervios y no atinaba a acertar con la rueda. Me senté a su lado, estaba tendida en el asiento con las manos sobre la cara, con el rímel corrido como si sus ojos fueran un manantial. Me armé de paciencia y le pasé la mano por su larga melena rubia que parecía hecha de hilos de seda. Aún así, no dejaba
de llorar. Le fui separando las manos de la cara, ella las volvía a poner, desconsolada. Después de varias intentonas, pude cogerle una, y dándole un beso en la palma, noté que se iba relajando. Probé con la otra y pude descubrirle los ojos, si no los hubiera tenido rojos por el llanto, habrían sido preciosos. Por experiencia sabía que si le iba besando y quitándole las lágrimas de la cara, la tranquilizaría más, y lo hice. Pero cuando intenté besarla
en los labios, le entró el hipo. A cada contracción, el pecho se le contraía de una manera exagerada. La vi sufrir, se ahogaba por la violencia del hipo. Me di cuenta de que la chaqueta del uniforme le apretaba tanto que no le dejaba respirar bien. Al soltarle los botones, noté que se sentía un poco mejor. Aún así, seguía comprimida. Inmediatamente imaginé el motivo, la chica, en la posición en que estaba, tumbada boca arriba, estaba atenazada por el sujetador,
que se le marcaba como si la estrangulara. Al parecer, tenía mucho pecho, aunque lo disimulaba. Parecía que tenía complejo o quizá en la empresa le habían aconsejado que no fuera demasiado provocativa, por eso iba tan discreta. La chica, con el hipo, no podía ni hablar. El coche era amplio en la parte de atrás, y yo, de rodillas a su lado, podía moverme, aunque limitadamente. Por suerte, el cierre del sujetador estaba delante, entre las copas, y al
abrir la camisa, adiviné la manera de soltarlo. Al dar libertad a aquellas tetas, me sentí como un caballero medieval que había liberado a la dama del castillo. Las copas de la prenda, al quedar sueltas, se abrieron como dos medios cocos gigantes y dejaron al descubierto dos pechos blancos y perfectos, sólo marcados por la presión de la armadura. Pero con dos pezoncitos tan rubios como la melena de Helena.
Debió ser la euforia del momento, pero me pareció que los dos me miraban agradecidos, y sin pensarlo, los besé. Helena paró de llorar en seco. No, Tony, por favor, no hagas eso, no, por favor, no. No te preocupes, lo hago por tu bien. Deja que te acaricie, verás cómo te relajas. Ella dejó de protestar y giró la cara al otro lado. Yo me ocupé de seguir lamiendo aquellos pezones que, al momento, aparecieron como dos pequeños garbanzos. No podía parar, ni quería hacerlo. Cuando llené de besos
aquellas areolas rosadas, aspiré y los tragué. La lengua los presionó contra el paladar, poniéndolos cada vez más ásperos y duros. Elena ya no lloraba, apenas se le oía gemir, queriendo negar con la cabeza que siguiera, sin convicción, pero no hacía nada por evitarlo. Con ternura, fui separando la camisa y las dos mitades del sujetador hasta descubrir completamente aquellos pechos opulentos. La libertad le sentaba muy bien, pues se
endurecían por momentos. No me había pasado nunca, pero la chica, cuando estaba chupándole las tetas ávidamente, se contrajó, y gimiendo como un conejo recién nacido, empezó a temblar y se corrió. Me animé, y mi mano rozó las pantorrillas, buscando las rodillas, y luego siguió hacia arriba. Pronto noté los elásticos de las medias y, aún más arriba, el calor de la piel desnuda hasta llegar a la suavidad de los pliegues de las ingles. Elena iba separando las piernas, sin darse cuenta,
según mi mano avanzaba. Cuando mis dedos se pasearon sobre las escuetas bragas de licra, acabó de separarlas tanto que la tela no dio para más y se metió entre sus labios. Ella misma tiró de la falda estrecha hacia arriba para darme más holgura. Se lo agradecí, pues poniendo un dedo en cada ingle, tiré la estrecha tira de licra y liberé los labios abiertos y humeantes. El gemido de Elena se oyó haciendo eco en el almacén abandonado. Buscó mi boca y me estampó un beso desesperado. Me
estaba pidiendo que siguiera, y lo hice. No necesité lubricarla porque el coño estaba tan sumamente húmedo que mis dedos se perdieron en su interior hasta tocar algo que la hizo saltar del asiento trasero. Había llegado al punto de mayor placer y me centré en él. Con dos dedos dentro de su coño, frotando el nuevo descubrimiento, y el pulgar paseándose por el clítoris, Elena tuvo otro orgasmo que
llenó de gritos y gemidos la nave del almacén. La falda estrecha tuvo que subir hasta la cintura, lo hizo con dificultad, pero lo hizo. La camisa pude sacársela de la falda a tirones, aunque no pude bajar la cremallera de la falda, así que me tuve que conformar con eso. Su mano lánguida, caída a lo largo del asiento, tropezó con el bulto de mi bragueta. Actó como un cepo al atrapar a su presa, cerró los dedos sobre ella y no soltó hasta que yo me aflojé el cinturón.
Para ella fue una agradable sorpresa tocar la polla, piel con piel. No la dejó hasta que, tirando de mí, me tuvo sobre ella en el asiento. El coche era grande, aunque el incómodo espacio no era comparable a una cama. Pero fue suficiente para que, con buena voluntad, pudiera posarme a lo misionero sobre Elena. No me acordé de que el coche estaba en el aire, apenas sujeto por el gato,
hasta que se soltó y cayó de golpe. En ese momento, la estaba follando desesperadamente, mi culo se movía frenéticamente, estimulado por Elena, que quería más y más. Me olvidé del coche, o mejor dicho, nos olvidamos los dos. Cuando la saqué para correrme sobre la falda arrugada en la cintura de Elena, calculé mal y la leche le llegó hasta las tetas. Ella no se inmutó y, por primera vez desde que
la conocí, me dedicó una sonrisa sincera. No te preocupes, Tony, yo te ayudaré a cambiar la rueda.¿ Y no temes lo que te dirán cuando vean la rueda de repuesto? Procuraré pasar antes por el taller. Allí hay un mecánico que va loco por mí, él me la arreglará discretamente, no se enterará nadie. Me alegro, estaba sufriendo por ti. Siento haberte asustado, me puse histérica, pero es cierto, si
perdiera el empleo ahora, sería fatal para mí. Cuando me llamaron, me advirtieron que esta era una prueba para demostrar que podía hacer mi trabajo y que, según como quedara, me renovarían el contrato. No te preocupes, el coche está vendido, me lo
quedo. Gracias, eres muy bueno. La buena eres tú. No pude llevármelo
a casa. Elena cambió la rueda casi como una experta. Me contó que tenía dos hermanos mayores aficionados a los coches y que lo había visto hacer. Cuando llegamos al concesionario, me preguntaron mi opinión. Les conté maravillas del coche, que estaba entusiasmado y que Elena me había cautivado con sus explicaciones. El jefe la miró orgulloso, y yo les di mis datos para que fueran tramitando el seguro y demás documentación. Cuando le conté a Finn a mis proyectos de boda,
no se lo creyó. Sabía cómo estaba el tema entre las hermanas y no lo veía claro. Me pareció que se temía que, luego, no pudiera atenderla a ella como me habían prometido. En eso, yo también tenía mis dudas, pero conociendo a Teresa, estaba seguro de que a ella no le iba a faltar mi verga, y eso ya era mucho. El tiempo que pasó hasta que las gemelas volvieron de Irlanda, una vez acabadas las carreras, se me
hizo corto. Su madre estaba frenética preparando todos los detalles, parecía que la que se casaba iba a ser ella. Estuvo informándose sobre salones para el banquete que quería hacer. Según ella, iba a ser sonado. Yo pensaba para mí que lo sonado iba a ser la noche de bodas, aunque estaba dispuesto a hacer mi voluntad, aunque no coincidiera demasiado con la de las gemelas. Cuando vinieron las chicas, ya fui a recogerlas con mi coche. A ellas les encantó,
era grande, bonito y potente. Pensando en toda la familia, más lo que pudiera venir, el cochecito y demás, en el concesionario me lo habían preparado exprofeso, añadiéndome detalles extras que no venían de serie. Luego me enteré de que fue una gentileza de Elena, dijeron que se lo habían concedido por ser su primera venta. Ya no me escondía cuando iba a casa de mi suegra. Pasaba de largo de la habitación de las chicas y me metía en
la de Teresa. Ella tampoco se contenía, y cuando se corría, escandalizaba más de la cuenta, esperando que sus hijas se convencieran, al oírla, de que una polla de verdad no tenía parangón. La que sí sufría las consecuencias era Clara. La pobre chica se tenía que esconder en su habitación y taparse los oídos para no escuchar a Teresa. Más de una vez salía a mi encuentro, rogándome que terminara lo que
habían empezado sus dedos. Me enseñaba las hebras de flujo que tenía después de intentar correrse mientras yo follaba a Teresa. A mí me sabía mal no complacerla, ya que quería demostrarle que el pretender darme celos no había estado bien. De todas maneras, sabía que algún día debía ceder un poco y demostrarle que no era tan rencoroso. Esa ocasión se presentó un día en que la madre y las hijas salieron temprano a ver un piso que les habían recomendado.
Querían verlo antes de darme la sorpresa. Esa mañana, Clara me esperaba en el recibidor y nada más que metí la llave en la cerradura, me abrió y se me echó al cuello. Olía de maravilla, se había duchado y perfumado a conciencia, además de pintarse discretamente. La sonrisa que le dediqué le demostró que ese día podía ser el esperado. Pronto pude comprobar que la dieta que había sufrido por mí valía la pena, sus carnes sobrantes habían desaparecido por encanto.
No es que a mí me molestaran, ya que el coño de Clara era tan sabroso como el de cualquier otra, y las tetas tan suaves y tibias que me volvían loco. Pero para ella, el mirarse en el espejo y verse delgada valía mucho. Al ver que Clara estaba desatada y ya convencida de que íbamos a follar, le dije que lo sentía, que tenía una cita en el concesionario del coche para hacerle una revisión. La pobre Clara se quedó con una cara que me partió el corazón, pero me
mantuve firme para que siguiera esperando. Sin querer y sin premeditación, castigué otra vez a Elsa. Cintia me llamó una mañana, me preguntó si podía recogerla en su tienda y hablar mientras comíamos. Yo le recordé mi repulsa a ver a Joaquín, pero me aseguró que él no estaría, a esa hora se marchaban todos. Accedí por cortesía y esperé en la calle, en un bar de enfrente, a que se marcharan todos.
Pude ver a Elsa al despedirse. Mi prima había cambiado mucho y para bien, ahora vestía muy elegante, en parte porque ella se elegía y se confeccionaba sus vestidos, y en parte para dar mejor imagen a la tienda. Cintia me esperaba detrás de las puertas de cristal y nada más entrar, se abrazó a mi cuello. Al pasar entre los mostradores de la perfumería, ya nos estábamos metiendo mano. Cuando llegamos a su despacho, me sentó en su sillón
de directora y se sentó sobre mis rodillas. Apenas hablamos, pero se subió la minifalda a los riñones y separó las braguitas a un lado, dejándolas enganchadas en una nalga. No tardó en encontrar lo que buscaba debajo de mi bragueta y cuando lo encontró, se sentó cómodamente sobre mí. Sin dejar de moverse sobre mi polla, me fue quitando la camisa a la vez que yo le soltaba el sujetador. Una vez desnudos, nos abrazamos hasta corrernos los dos a la vez. Todavía no sabía el motivo de la visita,
pero tampoco me interesaba demasiado. Cuando pensé que habíamos terminado y nos íbamos a comer, llamaron a la persiana de la puerta y apareció un repartidor de una pizzería. Le pasó por debajo de la puerta la caja y unas bebidas, y allí mismo, en el despacho, comimos. El interés de hablar era para agradecerme la idea de que Elsa y Soledad trabajaran en los vestidos. El postre estaba cantado. La mesa del despacho sirvió de cama, dura, eso sí, pero
no por eso nos quejamos. Cintia demostró que era hija digna de su madre y me recibió por todos sus agujeros, de la manera más elegante que sabía. Lo que yo no sabía era que Elsa también tenía llaves de la tienda, y no sé por qué detalle había vuelto antes y nos había estado viendo follar como posesos desde su cubículo de modista. Solamente nos dimos cuenta cuando me disponía a salir, antes de la hora de abrir. Cintia se iba arreglando la ropa en medio de la tienda, y yo recolocándome
la polla para poder andar medianamente discreto. Elsa estaba llorando en un rincón, sentada detrás de su máquina remalladora, tenía los ojos como tomates. Nosotros nos miramos desconcertados, sin saber qué argumentar. Yo lo sabía, y Cynthia se lo imaginó, aunque ninguno de los tres dijimos nada. Se lo conté a Susa, mientras ella paseaba su coño sobre mi polla, como siempre. Era su postura más agradable para hablar de cualquier cosa, al mismo tiempo que disfrutaba de un buen momento.
Susa se puso triste, sabía lo mal que su madre estaría pasándolo, y el llegar a verme meterle la polla a Cynthia debió ser un duro golpe para ella. Pero Susa no era igual que su madre y comprendió que lo que hizo no estaba bien. Me rogó que no fuera demasiado duro con ella y, de paso, me prometió que ella nunca me trataría igual. Al oír esto, le di la vuelta y quedé sobre ella. Susa subió las piernas a su cabeza y me dejó elegir. Quise que supiera que yo tampoco quería que me dejara y le
metí la polla en el culo palpitante. Ella cerró los ojos para resistir mi diámetro y suspiró al sentirme entrar en su culo despacio, pero sin concesiones. Las que tampoco hacían concesiones eran las gemelas. Seguimos con un trato de lo más cordial y familiar, éramos más que hermanas, era una relación extraña, como amigos íntimos pero sin aspiración a más. Su madre nos miraba ilusionada, con la esperanza de que
algún día todo cambiara, pero las chicas no serían. Azucena era la más proclive a tratarme un poco como chico, pero para Rosa era como su hermana mayor. Nos abrazábamos o palpábamos de la manera más aséptica, pero nada más, todo eran juegos inocentes sin más atisbo que alguna palmada al culo a alguna de ellas, que protestaban como si se sintieran heridas en su amor propio. A veces, cuando iba por la mañana y las oía hablar en su cama,
entraba ahí, en broma, les hacía cosquillas. Ellas, como niñas, retozaban sobre la cama, tirando de mí para involucrarme en la lucha, y a veces lo conseguían. A su madre le gustaba vernos tan unidos y tan felices, aunque yo sabía que, en el fondo, deseaba que las follara a las dos y cuanto antes mejor. Teresa ya me trataba como de la familia. Era una situación rara, yo era el futuro yerno con una de sus hijas, sin determinar.
Un día me invitó a comer en su casa, sería en domingo, la primera vez que comía en día festivo. Quería que viéramos los planos de un piso que había visto y que, según ella, era ideal. Quería que opináramos, sus hijas y yo, para ver si lo compraba para nosotros. Me pareció correcto y accedí a la invitación de Teresa, y me vino bien, ya que al llegar a casa, Susa me anunció que Joaquín también se había comprado un coche,
un utilitario. Entonces, tener coche nuevo era de un estatus especial, pero lo más importante era que pretendía que fuéramos todos al pueblo a enseñárselo a mi abuela. Yo todavía no le había dicho a mi prima Elsa que ya tenía el coche, pero como no me apetecía nada ir con ellos en el coche de Joaquín, pude declinar la invitación
con la excusa de la comida con Teresa. Susa captó enseguida mi intención y me dijo que a ella tampoco le caía bien el novio de su madre, pero que Elsa le había rogado que fuera con ellos al pueblo y tuvo que aceptar. El día de la comida en casa de Teresa, estaban las tres muy guapas. Yo esperaba que saliéramos a comer a cualquier sitio, ya que, casualmente, Clara había pedido permiso también para visitar a una tía enferma.
Las gemelas me demostraron que eran buenas amas de casa, su madre las había instruido bien y entre las tres prepararon una deliciosa comida en el horno. Todos estábamos contentos, todos colaboramos. Yo no estaba parado, les ayudaba a las tres y les gastaba bromas, sin distinción. Las mujeres me demostraban su afecto y confianza y me trataban como a uno más de ellas. Yo estaba seguro de que, de haber estado allí de José, habría disfrutado de ver a
las mujeres tan solícitas conmigo. Después de comer, pasamos al salón. Me senté en el sofá, en medio de Azucena y Rosa, mientras su madre se sentó enfrente, en una silla, con una mesita en medio. Allí extendió el plano del piso en cuestión. En realidad, se trataba de un ático dúplex, es decir, que tenía dos plantas y estaba en un edificio de 20 alturas desde donde se divisaba hasta el mar.
Se había aprendido de memoria todos los detalles y las posibles distribuciones, así que nos indicó la orientación y cada una de las habitaciones. Nos señaló el salón comedor con una amplia terraza de cara al sol naciente y la habitación de matrimonio. Nos hizo hincapié en que cabía perfectamente una cama gigante. También explicó que la habitación para la hermana estaría muy cerca y, entre medias de las dos,
estaría la del niño. Fue curioso que, al decir que una hermana dormiría muy cerca de la habitación de matrimonio, no tuvo tanta repercusión como cuando dijo lo de la habitación del niño. Entonces se hizo un silencio tenso, ninguna sabía o no se atrevía a decir nada. Nadie imaginaba cómo se solucionaría el tema del hijo y las dos hermanas se miraron y se volvieron hacia su madre. Teresa se dio cuenta de que sus hijas contaban con ella
para eso. Las dos estaban esperanzadas en que ella me daría un hijo y un heredero a de José, pero Teresa se puso triste y bajó la cabeza.¿ Qué te pasa, mamá? Hace un momento estabas tan contenta y ahora parece que vas a llorar. Es que vosotras me miráis como si yo. Claro, mamá, nos dijiste que tú. Además, os vimos el otro día y no dudamos de que Tony te abría. Pues lo siento mucho, pero no va a ser así, por lo menos esta vez. No quería decirlo, pero la semana pasada
me bajó la regla. O sea que no estás embarazada. No, Rosa, no estoy embarazada, y eso que ya tenía dos faltas.
Qué pena! Ya pensábamos que... Yo también, y lo siento
En ese caso, ahora la cosa cambia. Si vuestra madre falla, vosotras tendréis que haceros a la idea,¿ no creéis? Yo, ni pensarlo, dijo Rosa. Yo no sé, por una parte, me gustaría ser madre, pero por otra, susurró Azucena. Ya, así que te gustaría tenerlo por obra del Espíritu Santo. Ojalá. Pues mucho me temo que tendréis que olvidar esa opción. Que yo sepa, sólo depende de ésta. Reconozco que fue un poco obsceno el gesto, pero me cogí la polla y les aclaré gráficamente que se tenían que doblegar a
follar conmigo si querían tener un bebé. Ya veremos. Venga, mamá, habrá que intentarlo más veces. Las chicas reaccionaron y, en broma, cogieron a su madre por los brazos y la sentaron sobre mis piernas en clara alusión a que debíamos seguir follando para preñarla de verdad. De momento, todo fueron risas y bromas. Su madre se hacía la escandalizada por la propuesta tan directa de sus hijas, pero se rió con ellas.
Al final, yo también le seguí la broma y mantuve sobre mis piernas a Teresa, en claro deseo de seguir intentándolo con ella. Cuando volvió Susa, me explicó que la presentación del novio de Elsa a mi abuela y a mi madre estuvo un poco tensa. Enseguida calaron al novio, y en un momento en que él hablaba con mi padre del coche, se lo hicieron saber, no acababa de convencerlas. Eso me animó a proponer a mis tres mujeres llevarlas también al pueblo, como presentación a la familia. Las tres
accedieron enseguida. Además, Teresa se interesó por mi abuela, le dije que se encontraba postrada en la cama, aunque se mantenía muy cuerda. A Rosa se le ocurrió que podía regalarle una silla de ruedas para que mi madre la sacara a la calle y se distrajeran las dos. A Azucena le gustó la idea y a Teresa le pareció ideal. Así que fui a comprar la mejor silla que encontré y la metí en el gran maletero de mi coche
cuando fuimos al pueblo para conocer a mi familia. Mi madre y mi abuela iban muy bien vestidas, me sorprendió, pero cuando me aclararon que mi prima Elsa les había regalado unos vestidos hechos por ella, tuvimos que reconocer que cosía muy bien. Entre todos, bajamos a mi abuela de la cama y la sentamos en su nueva silla. A ella le pareció ideal, aunque le salieron unas lágrimas de emoción.
Yo estaba pendiente de las reacciones de las mujeres, incluso quise que no se cortaran de hablar entre ellas y me llevé a mi padre al bar, cosa que le encantó. El mismo me guió y me presentó a todos sus amigos. El coche causó sensación en el pueblo. Mi padre se empeñó en ir al bar en él y eso que estaba a dos esquinas. Quería presumir de hijo y de coche con sus colegas y lo consiguió de sobra. Les invitó a todos los parroquianos y tuve que pagar una ronda,
aunque me gustó hacerlo. Comprobé que mi padre era muy popular en el bar. Cuando volvimos, las mujeres estaban hablando con una confianza como si se conocieran de tiempo. A todas les gustó mi elección. Lo que no tuvieron claro, ni yo tampoco
era cuál de las tres era mi novia. Hasta la próxima.
