GEMELAS - PARTE 12 (Relato Erótico) - podcast episode cover

GEMELAS - PARTE 12 (Relato Erótico)

Jul 23, 202544 min
--:--
--:--
Download Metacast podcast app
Listen to this episode in Metacast mobile app
Don't just listen to podcasts. Learn from them with transcripts, summaries, and chapters for every episode. Skim, search, and bookmark insights. Learn more

Episode description

The podcaster did not provide a description for this episode.

Transcript

Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Gemelas, parte 12 El día que Susa empezó a trabajar, la acompañé hasta la puerta del salón de belleza. Se había arreglado todo lo que pudo, no quería desentonar con la elegancia que allí se respiraba. Mi Markey estuve todo el día impaciente por saber cómo había sido el estreno. Fina también estaba preocupada por saber si habíamos acertado al aconsejarle aquel trabajo.

Los dos reconocíamos que era más acorde con su juventud, en nuestra tienda o en la de Cynthia no habría progresado mucho. En cambio, allí podía abarcar varias especialidades. Susan nos había contado que no cerraban al mediodía, se turnaban para comer en una estancia del salón equipada con frigorífico, microondas, cafetera, etc. Así, no dejaban de atender a las clientas en ningún momento, adaptándose a sus horarios. Cuando vino por la tarde, se pasó por mi tienda. Fina y yo la rodeamos y

la llevamos al despacho de De José. Allí, toda emocionada, nos contó las novedades de su primer día de trabajo, donde todo le parecía extraordinario. Con los días, le fueron enseñando las diversas secciones. Empezaron por peluquería, como era una chica guapa y con buena presencia, y recomendada por Marta, querían hacer de ella una chica polivalente que pudieran enviar a cualquier evento importante. Por eso, la preparaban para cualquier situación.

Todos los días venía con un peinado diferente, cada vez más elaborado y más guapa. Fina se asombraba de sus progresos. Cuando la cambiaron a manicura, le preguntaron si conocía a alguien para practicar antes de atender a clientas especiales. Ella se acordó de Fina, y un mediodía, Susa la atendió personalmente bajo la supervisión de una profesional. El resultado fue que, cuando Fina vino a la tienda por la tarde, lucía unas uñas postizas largas y decoradas que llamaban la atención.

El problema era que no podía pulsar las teclas de la vieja máquina registradora, pero le sugerí que usara un lápiz para teclear los números. Fina estaba encantada con sus uñas y corrió la voz. Marta, a su vez, informó a Teresa, quien prometió visitar el salón. Soledad también se animó a ir cuando estuviera un poco menos ocupada. Poco a poco, Susa se iba integrando con sus compañeras, siendo

la más joven y tratada como su pupila. La misma dueña, de Ángela, se interesaba por sus avances y, de vez en cuando, la visitaba para preguntarle si se sentía a gusto. Susa estaba más que a gusto, estaba muy ilusionada y lo demostraba con sumo interés en el trabajo. Cuando nos anunció que la cambiaban de sección, Fina lo lamentó. Pero al decirnos a dónde la pasaban, nos sorprendió, ahora iba

a practicar en depilación. A Fina le gustó la perspectiva, aunque al contarnos la petición que le habían hecho, nos quedamos en SOC. Según ellas, ya había muchas profesionales que atendían a las señoras, que eran la mayoría de las clientas. Por eso, habían pensado en instruir a Susa para atender sobre todo a caballeros. Y, hasta que estuviera más suelta, le preguntaron si conocía a alguien que se prestara como

conejillo de indias. Fina y yo nos miramos asustados. Yo me había depilado tiempo atrás, como muestra de empatía hacia mis chicas, pero desde entonces sólo me recortaba el vello. En el pecho y las piernas lo dejaba crecer normalmente, no es que sea un oso, pero tengo bastante bello, y al ser moreno, se nota más. Le preguntamos si había pensado en alguien, pero Susa me soltó, a bocajarro, que me había presentado sin consultarme. El mal ya estaba hecho,

y Fina me miró compadeciéndome. No podía echarme atrás, era cuestión de ayudar a Susa en todo, y ese era el momento, pasara lo que pasara. Me citaron una tarde. Acudí con poco ánimo, aunque intentaba disimularlo. Me había duchado concienzudamente e incluso me había perfumado. Era la primera vez que me depilaba íntegramente, y cuando me dijeron que debía quedarme en pelotas, me asusté. Junto a Susa estaba su profesora, Ana, una mujer mayor, de más de 30 años. Se notaba su soltura,

acostumbrada a quitar pelo sin misericordia. Me colocó sobre la camilla como si extendiera una sábana. Susa sabía el mal rato que estaba pasando, pero no quiso demostrarlo y siguió las indicaciones de la profesional. En un momento, estaba completamente desnudo sobre la camilla, con un foco que me iluminaba sin dejar ningún vello sin detectar. Las dos me rodearon. Ana le dio una breve explicación a Susa sobre lo que debía hacer. Yo no conocía sus planes, pero una

vez allí, todo me era igual. En realidad, yo era la víctima, y podían hacerme hasta una autopsia si hubieran querido. Ana, la profesional, llevaba una bata blanca y guantes. Susa vestía igual que ella, ambas llevaban un gorro blanco y mascarillas que apenas les dejaban ver los ojos. Todo era muy aséptico y cuidado. En una mesita, a mi lado, estaban los diferentes artículos que habían preparado. Miré con recelo el aparato donde se derretía la cera y me dieron escalofríos.

No dudaba de la soltura con la que se movía Ana, que preparaba todo como si estuviera en un quirófano. La miraba con los pies cruzados y encogidos, temiendo por dónde comenzaría. Como sólo podía verles los ojos, no podía adivinar sus intenciones, y eso me aterrorizaba aún más. Pero ella quiso hacérmelo más llevadero y empezó por los brazos y las piernas. Según iba arrancando las tiras de cera, me distraía con algo o se lo comentaba a Susa para que no

me obsesionara tanto. Cuando llegó al pecho, ya confiaba plenamente en su habilidad. Aunque me hacía daño, me preparaba mentalmente. El problema vino cuando me quitó la toalla que me había puesto desde la cintura hasta medio muslo. Entonces, quedé expuesto totalmente a ellas. Ana quiso demostrarle a Susa que no debía dar importancia a este momento para los próximos clientes y, sin más, me agarró el pene arrugado y lo cambió de lugar para mostrar cómo recortar los pelos

con la maquinilla. Le hizo una breve demostración a Susa, pero luego se lo dejó a ella para que practicara. Al sentir la mano de mi prima, mi pene fue resucitando. Realmente, la maquinilla no resultaba ningún riesgo y perdí casi todo el miedo. Ana le iba apartando los obstáculos de en medio, cogía los testículos y el pene y los cambiaba de lado, como quien cambia de marcha en un coche. El pene ya se iba elevando y los testículos se apretaban contra

él de una manera escandalosa. Susa, detrás de la mascarilla, se reía pensando en el apuro que estaba pasando. Ella conocía bien hasta dónde podía crecer mi obelisco, y todavía faltaba mucho para eso. Ana estaba empeñada en demostrarle que un pene no era más que un trozo de carne y piel que había que pelar como el cuello de un pavó. Lo trataba con una indiferencia que a mí me rebajaba la tensión, pero las manos de Susa me volvían a revivir. Cuando llegó el momento de depilar a

fondo con cera, la cosa cambió. Ahora iba en serio, y Ana no tuvo inconveniente en separarme las piernas todo lo que pude para tener todo el campo libre. Mis testículos expuestos y mi pene caído se rendían ante sus manos expertas. El tacto de los guantes de látex tampoco ayudaba, y el calor de la cera me aplanaba aún más. Susa estaba de espectadora hasta que Ana le pasó el testigo. Al principio, las manos temblorosas de mi prima no acertaban

a pegar la cera convenientemente y lo hacía con miedo. Espera, Susa, quítate los guantes, así tendrás más tacto. Aunque te aconsejo que

Speaker 3

con un cliente extraño no lo hagas.¿ Por qué, Ana? Ya lo verás.

Speaker 2

La experiencia de Ana afloró enseguida. Al tocarme Susa con sus manos desnudas, el pene saltó como un muelle. El prepucio se retiró y se puso tan duro que no dejaba trabajar. Ana procuraba ayudarle, quitándolo de en medio, pero quería que Susa aprendiera a lidiar con este problema, ya que debía ser frecuente. Así que la dejó sola. El pene iba a donde sus manos debían acudir y no le dejaba ver. Se notaba incómoda, pues no podía trabajar bien.

Hasta que Ana se cansó y decidió adoptar una solución drástica. Mira, Susa, en este oficio hay varias técnicas. Una es la que estamos empleando hasta ahora, pero, como ves, hay ocasiones en que, por lo que sea, el cliente no colabora. Diciendo esto, me dio un golpe con la mano abierta en el pene, que lo envió al otro lado, aunque éste volvió a regresar al mismo sitio de antes. ¿Ves? A esto me refiero.

En estos casos, hay que tomar decisiones más radicales. Hay clientes que no son fáciles, lo digo por el tipo de... Al decir esto, me cogió el pene del glande y lo sopesó como si fuera una berenjena, retirando el prepucio del todo y demostrando que era un buen ejemplar. Te llegarán clientes en los que esto da pena, pero en este caso concreto y en alguno más que puedas atender, te recomiendo que actúes rápido si quieres depilar correctamente. Pásame

la crema. Ana también se quitó los guantes y agarró el pene por el cuello con una mano. Noté el calor de sus dedos y me reconfortó mucho. El pene se puso más duro aún y ella repartió crema por todo el tronco. Al momento, empezó a subir y bajar la mano, primero lentamente y luego ganando velocidad. Los ojos de Susa crecieron al mirarme, no se creía lo que

estaba viendo, pero no quiso decir nada. Yo, tampoco. Las manos de Ana se movían ágiles, una atendía a los testículos y la otra se movía con presteza y, sobre todo, efectividad. Con los dedos, palpaba el glande con delicadeza pero con insistencia. Al momento, el pene estaba rojo y el glande casi morado, pero no dejó de agitarse. Mi prima me conocía y sabía que no era de los que se corren enseguida, así que la dejó hacer. Ana cambiaba de mano, se cansaba con una y seguía con la otra. Se estaba

impacientando al ver que no lograba su objetivo. Yo me sentía muy relajado, viendo a la profesional intentar demostrar su habilidad y a Susa sonriendo detrás de su mascarilla. Ejem, en casos así, es mejor ayudar por nuestra parte.

Speaker 3

Yo procuro estimular un poco. En ocasiones, me abro un poco la bata. ¿Ves?

Speaker 2

Como no suelo ponerme sujetador cuando trabajo, para mayor movilidad, asomo un poco los pechos. Eso al cliente le ayuda a motivarse y acabamos antes. Eso no lo había pensado. Si quieres, hazlo tú también, así te servirá de práctica para otra vez. Y, ya que tengo las manos llenas de crema,¿ podría soltarme los botones? Susa se abrió la bata e hizo lo mismo con la de Ana. Los pechos de ambas aparecieron entre la tela blanca, los de Ana se balanceaban al movimiento de sus brazos, mientras que

los de Susa parecían cimbrear de tan firmes. Susa, si quieres, ayúdame tú. Con una mano, coges de abajo, yo me ocupo de arriba. Así, entre las dos, verás cómo se viene pronto. Aún tardé. Con las piernas abiertas y las cuatro manos haciéndome una paja de lujo, me relajé. Parecía que la crema no era suficiente y Ana recurrió a otros medios más potentes. Se acercó al glande y escupió sobre él. Yo levanté el culo y toqué los labios de Ana, quien, en lugar de retirarse, abrió la boca

y recibió el glande entero entre sus labios. Susa se asomó para comprobar si en verdad me estaba haciendo sexo oral y vio que sí, que la mitad del pene se perdía entre sus labios mientras subía y bajaba la cabeza. Las manos de ambas se agitaron tanto que perdí el control y me corrí en la boca de Ana. Esta levantó la cara al sentir el semen en su paladar, y Susa, queriendo demostrar que había entendido la técnica, se agachó y cubrió el glande con su boca antes de

que terminara de derramar toda la leche espesa. Enhorabuena, Susa. Veo que has entendido el propósito de esta técnica. No creí que costara tanto. Lo normal es que, en dos o tres sacudidas, el cliente se corra y nos deje trabajar con el pene arrugado. Pero tu primo, vaya pene que se gasta, y sobre todo, que aguante tiene. Susa fue prudente y no hizo ningún comentario. Asintió con la cabeza y empezó a ponerme cera, esta vez con más efectividad. Bueno,

ya solo falta por detrás, pero ahí es más fácil. Vamos, Tony, ponte de rodillas con la cabeza en la camilla. Hice lo que me pedía. Me puse con el culo en pompa y ahora tenía expuestas las nalgas a las dos. Ana quiso darle una clase magistral a Susa y le explicó cómo extender la cera para que no quedara ni un solo vello en el ano. Lo hicieron bien, pero se dieron cuenta de que aún quedaban algunos sueltos, y Ana, con unas pinzas, fue repasando uno por uno los que

no había quitado la cera. Lo malo fue que el pene colgando empezó a crecer y se puso tan duro como antes.« Vaya, veo que tu primo es insistente». De todas formas, te voy a demostrar cómo se consigue lo mismo desde cualquier posición. Ana cogió el pene y empezó a ordeñarme. Se sentó en la camilla y, cómodamente, agarró la verga y la agitó sin compasión. Susa, a su lado, miraba cómo las venas crecían, pero no me corría. El

glande se ponía rojo y, aún así, la leche no salía. Susa, sin consultárselo, acabó de abrirle la blusa a Ana, sacándole las mangas y dejando al aire sus pechos juguetonas. También hizo lo mismo con los suyos. Hay chicos verdaderamente duros, y Tony es uno de ellos. Para

Speaker 3

eso, todavía hay otra técnica. Mira. Ana puso un dedo en Niano.

Speaker 2

Antes, lo mojó con saliva y lo fue rodeando para que sintiera el roce, pero la saliva se secó pronto y quiso aportar más. Susa se sorprendió cuando Ana se acercó a mis nalgas, sacó la lengua y la pasó entre ellas hasta la mermelano. Incluso intentó afinar la punta de la lengua y empujó un poco. Yo me relajé y ella pudo meter un centímetro de lengua empapada en saliva.

No hizo falta más. Sentí un escalofrío en la nuca que me recorrió toda la espalda hasta los testículos, y al segundo, el pene estaba chorreando leche en abundancia.¿ Te das cuenta? Esto es infalible, pero ya te digo, solo lo debes hacer a los clientes que verdaderamente se lo merezcan. Ya me entiendes. El comentario lo remarcó agarrando fuerte el pene todavía duro, demostrándole a Susa que aquel aparato se

merecía un trato especial. Entre las dos, terminaron de dejarme el ano como el de un bebé y, después, todavía se dedicaron a embadurnarme de crema. Ana se sorprendió de que mi pene volviera a dar señales de vida y le sugirió a Susa que, si quería terminar de tranquilizármelo, se encargara a ella. Al salir de la salita, vi a Ana revolverse, sonriendo satisfecha. Susa estaba mojada, lo noté cuando le pasé la mano entre las piernas a la

vez que ella volvió a sacudirme por su cuenta. Esta vez, lo hizo con la boca, quería saber cómo era el tacto de un pene completamente libre de vello. Al bajar de la camilla, me tuvo que ayudar, ya que no me tenía en pie. Además, toda la piel me escocia y tuvo que ponerme un poco de aceite en las axilas, el pecho y la espalda. Al salir, me encontré con Ángela, quien me preguntó qué me parecían los servicios que daban a sus clientes. La felicité y me alegré de que

mi prima aprendiera en aquella universidad. Todas las chicas que nos oyeron se rieron, parecía que Ana les había comentado algo sobre mí. Susan no había visto a su madre desde que vino a mi casa. Un día, la acompañé a la tienda de Cintia. La dejé entrar primero para ver el efecto que hacía en su madre. Buenas tardes, señorita.¿ En qué le podemos atender? Me interesaría hacerme un vestido a medida.¿ Disponen ustedes

Speaker 3

de modista? Por supuesto, tenemos a la mejor. Pase, que se la presento. Hola,

Speaker 4

bienvenida.¿ En qué puedo servirle? Pues... Susa.¿ Eres tú? Ja ja ja, sí, mamá.¿ Ya no me conoces?

Speaker 3

Hija mía, perdóname. Es que estás desconocida totalmente. Pero dime,¿ cómo estás? Ya me ves. Hace demasiado tiempo que no nos vemos.¿ Y cómo está la abuela?¿ Sigue mejor? Sí, mamá.

Speaker 2

Pero vengo a decirte que estoy viviendo aquí, en casa de Tony, y lo mejor es que ya estoy trabajando en un salón de belleza.¿ De verdad?¡ Qué

Speaker 3

alegría! Pero podías haberte quedado a vivir conmigo y...

Speaker 2

Joaquín. Joaquín, que todavía no había podido cerrar la boca de la sorpresa al ver la belleza de Susa, la miró con una cara de seductor que a Elsa no le hizo la menor gracia. Es cierto, Susa. Con nosotros estarías mejor.

Speaker 3

Yo te trataría mejor que si fueras mi hija. Eso es como mi hija. Espera. Casi mejor que sigas en casa de Tony.¿ No es así, Joaquín? GRRR. En ese momento, entraba yo y

Speaker 2

pude oír la pregunta. Aproveché para coger a Susa de la cintura y atraerla hacia mí, demostrando que conmigo estaba muy bien. Joaquín puso cara de fastidio, y Elsa, de alivio. Sabía que, si Susa iba a vivir con ellos, su novio intentaría algo más con su hija. Cintia se acercó y me besó, de una manera que todas se dieron cuenta de que no era un beso de saludo precisamente. Joaquín acusó el golpe y Elsa suspiró, volviéndose hacia atrás disimuladamente.

Me dio la impresión de que añoraba un poco aquellos besos que nos dábamos. Al fondo, no pude ver a Marta, quien estaba sentada detrás de un maniquí hasta que salió para saludarnos. Lo hizo como si no nos conociéramos casi, dando a entender que ella no sabía nada del empleo de Susa. Se lo agradecí, pues no quería problemas con Cintia. Estuvimos un rato hablando con todas. Yo quería demostrar que Susa estaba muy bien conmigo y que parecía una modelo

en vez de una chica de pueblo. Hasta su madre se dio cuenta de que estaba estupenda y me lo agradeció. Se acercó a mí y me dijo que añoraba mi casa y se alegraba de que su hija viviera conmigo. Me hizo un guiño que interpreté como que sabía que estaba bien cuidada. Quien más se alegró de la visita fue Fina. Cuando se lo contamos, los dos nos dimos cuenta de las intenciones que tenía Joaquín respecto a Susa. Seguramente se le habría insinuado o intentado conquistarla, lo cual,

conociendo sus dotes, era peligroso. Estaba claro que Susa iba a ser una buena alumna, eso mismo opinaba Soledad. Su madre le había dicho que dejó muy buena sensación cuando fue a visitarla a la tienda. Todas comentaron que era muy guapa y que tendría un gran futuro. También le contó que Joaquín le había insistido para que llevara a su hija a su casa, así él le enseñaría los

secretos de las ventas y algo más. Elsa no se fiaba nada de su novio, ya había oído rumores entre las dependientas de que intentaba llevárselas al almacén para sobarlas y más. El tener las llaves de casa de Teresa tenía sus ventajas. Una de ellas era no tener que esperar si Clara no estaba o la señora no me había oído, pues su habitación estaba al final del pasillo y las gruesas cortinas amortiguaban el sonido del timbre. Teresa

me las dio precisamente para eso. Yo seguía con la costumbre de informarle casi todos los días del funcionamiento de la tienda. Ahora los ingresos los hacía yo, guardaba el dinero en la caja fuerte que yo mismo reparé y fina me cuadraba, pero no quería que Teresa pensara que me había adueñado de la tienda antes de tiempo, como pretendía Joaquín. Así que le informaba de todo y ella, con toda confianza, me alentaba a seguir. Uno de esos días entré sin llamar. Me asomé a la cocina y

no vi a Clara. Venía con ganas de darle una chuchón. Desde que me dijo que había alguien que la pretendía y estaba adelgazando, me parecía más apetecible. Me acerqué a su habitación y oí el ruido de la ducha, cegaramente se estaba preparando para salir a la compra. Con gusto la hubiera sorprendido en la ducha, pero preferí acercarme a la sala de la señora. Tampoco estaba, así que también me asomé a su habitación. Por el sonido de su respiración,

noté que aún dormía y me acerqué a su cama. Teresa, pese a tener dos hijas, era bastante joven y, sobre todo, se conservaba muy bien. Para mí, era una gozada ver a aquella mujer con la expresión de serenidad mientras dormía y me picó la curiosidad de admirarla entera. Estaba durmiendo boca arriba, con los brazos sobre la cabeza, la cara hacia un lado, las piernas un poco flexionadas y completamente relajada. Fui bajando la sábana con cuidado de no despertarla, quería

darle una sorpresa. Cuando ya tenía medio cuerpo destapado, descubrí que el camisón se le había desplazado a un lado, dejando un pecho a punto de asomar por la sisa. Iba a cogerlo cuando prefería acercarme y darle un poco de mi aliento. Al momento, empezó a asomar el pezón, hasta ahora invisible, en el centro de la areola. Tanto salió que me atreví a atraparlo con los labios, sin llegar a hacerle daño. Ella gimió levemente y tiró del camisón,

creyendo que sentía frío. Busqué el otro pecho, que se deslizaba por el otro costado, descansando un poco aplastado por su peso. Le di la vuelta a la cama y, esta vez, pasé la lengua alrededor de la areola morena. Ahora sí que se le escapó un gemido entre su respiración. También se cubrió, buscando la ropa, pero al tenerla yo sujeta, no pudo cubrirse. Empecé a levantar la sábana a la altura de su cintura. Por suerte, el camisón se le

había arremangado y le llegaba hasta medio muslo. Tiré de la puntilla y fui subiendo hasta que pude ver cómo se estrechaban sus muslos hasta juntarse. Disfruté pasando la lengua desde las rodillas hasta las ingles por el interior del muslo. Esta vez no se cubrió, al contrario, separó las piernas, dejando caer los brazos a sus costados. Las tetas, ya libres, se escurrieron fuera del camisón, una por cada lado. Teresa tenía el vientre plano y el monte de Venus bastante prominente.

Mis labios pasaron sobre su pubis con suma delicadeza. Mi intención era ofrecerle un despertar tan delicioso que casi se corriera, soñando que se lo hacían de verdad. Noté que, con las manos, tentaba sobre la cama vacía. Parecía que quería asegurarse de que era un sueño y quería disfrutarlo al completo. Así que fue separando las piernas, dejándome espacio para que yo trepara a la cama por la parte de los pies.

La ropa me molestaba y me la fui quitando. El paseo desde los pies hasta el pubis fue lento pero tierno. La serie de besos que iba dándole por las piernas mientras iba subiendo le hacían temblar la piel provocándole carne de gallina. Se notaba que se sentía querida. Teresa se removía, queriendo adaptarse a su amante, y yo me adaptaba a ella. Según iba subiendo, se notaba el aumento de temperatura de su cuerpo, sobre todo el que se escapaba entre los

labios del coño. El kítoris asomaba con cierta impaciencia, queriendo ser atendido. Apenas le pasé la lengua, pero seguí hacia arriba. Un poco antes de llegar con la lengua al ombligo, sentí las vibraciones de su vientre. Ansiaba que fuera más rápido, pero yo no quería que se despertara, tenía otros planes. El camisón, enrollado en su cintura, se quedó atrás. Al llegar al nacimiento de sus tetas, pasé la lengua por debajo de ellas, provocando que se fueran hinchando y tensando

la piel. Noto que los pezones hasta haber lamido las tetas por debajo, desde el canalillo hasta los costados. Ella separaba los brazos para que su querido la recorriera entera. Mi polla iba arando la sábana entre sus muslos. El capullo, despejado, rozaba la sábana, marcando un surco, lo cual me producía mayor excitación. Al llegar a su garganta, le besé el cuello. Ella seguía respirando cada vez más agitada, pero sus ojos no denotaban que se fuera a despertar. Parecía que ella misma,

en su sueño, quería que durara mucho. Mi verga me dolía de tan dura. Al roce de la sábana se añadía la sequedad que traía. Necesitaba urgentemente meterla en algo húmedo, pero me aguanté, no sin dolor de corazón. Cuando encajé la verga entre las ingles de Teresa, parecía una tea a punto de arder. Sentía la humedad cerca, pero intocable, de momento. El cuello de Teresa era cálido, suave y perfumado. Estuve besando desde el hombro hasta el nacimiento del pelo

de su nuca. Ella giraba la cabeza, ofreciéndome el otro lado. En mi pecho sentía los dos puntos que sobresalían del suyo, se me marcaban como dos ascuas ásperas y ardientes. Al lamerle el lóbulo de la oreja, creí que se iba a despertar inevitablemente. Tuvo un estremecimiento que me sacudió a mí, que estaba apenas apoyado solamente sobre mis codos. Sin dejar de ronronear, se fue escurriendo hacia debajo de la almohada,

entre mis brazos. Por un momento, la perdí de vista, pero lo que perdí por arriba lo gané por abajo. Al ir deslizándose hacia abajo, sus muslos encajonaron mi polla, que fue directamente a abrir sus labios. Con la presión que ella misma iba haciendo, se iba colando entre ellos, hasta sentir la humedad que tanto ansiaba. Teresa dejó de bajar,

se quedó quieta, como esperando a sentirse llena. Cuando mi polla no pudo seguir, por culpa de mis huevos que hacían tope, suspiró tan hondo que pareció que daba un gruñido. Me moví tan lentamente que no se percató de que la estaba follando de verdad. Yo procuraba no descargar mi peso sobre ella, evitando que abriera los ojos de momento. Pero sólo moviendo las caderas, iba entrando y saliendo de ella, desde el capullo hasta los huevos. El coño de Teresa

estaba empapado. Parecía imposible que, habiendo parido a las gemelas, lo tuviera tan estrecho. Yo sentía cada pliegue de su vagina como un diapasón. Tuve que reducir la marcha todavía más para evitar correrme en ella. Mientras me frenaba, esperando que mi polla se calmara un poco, pensé en mi situación. Profesionalmente, estaba en un momento dulce. Trabajaba a gusto en algo que me llenaba. Mis compañeros confiaban en mí y me respetaban,

y yo en ellos, sobre todo en Fina. Ella me facilitaba todo el tema del dinero, cobraba y me cuadraba los ingresos diarios. Yo solo debía preocuparme de controlar el saldo en el banco según iban llegando las facturas. El tema contable lo tenía solucionado de momento en una gestoría que me recomendó de José. En casa no podía estar mejor. Susa se ocupaba de todo y lo hacía tan a gusto que no me preocupaba de nada. Incluso por la noche,

raro era que no acudiera a mi cama. Allí hablábamos de lo que hizo durante el día en su trabajo. Para mí, era una gozada oírla contar todas sus nuevas experiencias. Esto normalmente lo hacía sentada sobre mí, mientras gesticulaba con los brazos y hablaba de cualquier tema. Iba moviendo sus caderas con mi polla dentro. Por otra parte, a mediodía, Fina parecía que siempre tenía alguna excusa para invitarme a comer. No es que folláramos todos los días, pero día sí

y día no también, con cualquier excusa. No hacía falta meterse en la cama, sino en cualquier sitio. Mientras cocinaba o fregaba, no era raro que yo le fuera aflojando el delantal, le quitara la ropa y le metiera la polla a la vez que amasaba sus tetas por detrás. Ella tampoco se privaba de hacerme una mamada mientras yo me tomaba el café. Lo hacíamos de una manera tan natural que era como un rito. Pero lo que me preocupaba de verdad era el problema que revoloteaba sobre mí, Teresa.

Aunque no hablaba de eso, me miraba y me compadecía. Sabía que sus hijas no eran fáciles de convencer. Se culpaba de no haber hablado antes con ellas de su condición, ya que eran lesbianas de una forma especial. Simplemente, entre ellas habían establecido un vínculo que no dejaban entrar a nadie, y menos a un hombre. Ahora era yo el indicado para, nada menos, casarme con una de ellas. De José me

lo había puesto difícil. El hombre me había jodido bien, con su buena intención de que no se perdiera la tienda ni su apellido, que no saliera de la familia, pero a costa de no sé cuántos sacrificios. Mientras cavilaba sobre esto, la tensión de la polla se me rebajaba y volvía a moverme lentamente. Pensé lo fácil que hubiera sido que de José me hubiera propuesto preñar a su mujer. Según me confesó en su lecho de muerte, estaba enterado

de todo. No me aclaró hasta donde sabía, y yo tampoco quise ponerle al día, aunque parecía que me quería lo suficiente para proponerme cualquier cosa, incluso con su amada esposa. En este momento, mientras yo me deslizaba en el coño de Teresa, hubiera sido feliz correrme en ella. La hubiera hecho madre con mucho gusto, y creo que a ella no le hubiera importado mucho, aunque de las hijas ya no estaba tan seguro. Los espasmos de Teresa debajo de

mí me devolvieron a la realidad. Se movió tanto que tuve suerte, en uno de sus estremecimientos, la polla se salió de ella en el preciso momento en que empezaba a escupir leche a raudales sobre sus labios. Al momento, abrió los ojos. Yo esperaba que se sorprendiera, o que se enfadara, o que me gritara al tenerme encima, pero, al contrario, me abrazó y me dijo que había tenido el sueño más feliz de su vida. Se había corrido en su imaginación y en la realidad, y yo casi

también en ella. Me confesó que había soñado que la preñaba de verdad, que estaba follándola con una barriga ya bastante desarrollada. Me lo dijo tan emocionada que tuve que reconocer que yo también había deseado lo mismo. Me abrazó y me besó con tanto ardor que la polla se enderezó entre los dos. Tony, no sabes lo que me gustaría tener un hijo contigo. Desde que Pepe nos dijo

eso de mis hijas, estoy pensando que se equivocó. Me habría encantado ser madre otra vez, sentir una vida nueva dentro de mí y, lo más importante, que fuera tuya. Todo eso lo pensé mientras estaba dentro de ti. Hace un momento, sentí como mi leche hervía en mis huevos, deseando llenarte de vida. A veces, las cosas no son como quisiéramos. No te voy a engañar, mis hijas son como son, y lo cierto es que te quieren muchísimo,

pero solo como amigo, no como chico. Ya lo sé, y yo a ellas, pero va a ser difícil conquistarlas y menos convencerlas para tener nada menos que un hijo. Esperemos que entren en razón

Speaker 3

Confío en ti. Con lo fácil que habría sido. Y tanto, Tony. Por favor, vuelve

Speaker 2

a amarme como antes, fóllame otra vez. Como quieras, pero espera, ponte la almohada debajo

Speaker 3

del culo. ¿Así? Exacto, así te la meteré más honda. Me encanta

Speaker 2

sentirla allá adentro. Teresa hizo lo que le pedí, se puso la almohada debajo del culo y así me ofreció su coño a mejor altura. Separó las piernas y yo entré en ella casi sin sentir, me fui deslizando con la facilidad de sus jugos y llegué al fondo, empujando su útero hambriento. Teresa, ya despierta, gozó y me hizo gozar hasta llegar a las nubes. Apenas nos movimos, ni cambiamos de posición, allí mismo, de misionero, mirándonos a los ojos,

saboreando las sensaciones que sentíamos. La follaba despacio, sin ninguna prisa, hasta que me sugirió. ¿Tony, y si probamos

Speaker 3

Qué quieres decir, Teresa? Que si probamos a preñarme. Es difícil

Speaker 2

ya soy mayor, pero tú eres muy joven. Tus bichitos deben estar saltando de alegría, deseando encontrar un óvulo mío. Me gusta oírte hablar así. Creo que no podría negarme, aunque es una locura. Ya lo sé, pero a veces hay que ser locos,¿ no crees? Lo creo. El coño de Teresa pareció cobrar vida. Sus músculos pélvicos se contrajeron y expandieron, masajeándome la polla desde dentro. Empecé a moverme y ella también movía las caderas y me llenaba de besos. Me cogió las manos y las llevó a sus tetas

para que sintiera el tacto de sus pezones maduros. Así estuvimos hasta que ella apretó su coño contra mi polla, metiéndosela hasta lo imposible. Me abrazó con sus piernas y, en un grito de alegría, se corrió. No sólo eso, sino que me arrastró con ella, llenándola de leche caliente y espesa. No bajé de ella. Seguí tumbado sobre su cuerpo caliente, sintiendo cómo me exprimía la polla con su coño empapado. Sus caderas me frotaban, absorbiendo mis huevos como

queriendo sacar hasta la última gota. Estaba cómodo sobre sus mullidas tetas. La sentía respirar agitada, el corazón le latía tanto como a mí. Nuestros ombligos hacían ventosa y el pelo nos chorreaba de sudor. No sé si debo decírtelo, Tony, pero sería muy fácil quererte. No me costaría nada hacerlo,¿ me entiendes? Sí, Teresa, a mí me pasa lo mismo. Eres una mujer excepcional. Lástima no haber nacido antes. O yo después, jajaja. Todavía estuvimos saboreando el momento. Mi polla

no quería salir de ella, ni nosotros que saliera. Estaba muy a gusto en su humedad suave. Ella me masajeaba despacio, procurando que no se me bajara, y yo le daba latidos para que sintiera que estaba dentro de ella. Cuando ya no pude más, me deslicé por un costado de Teresa y caí a su lado. Estábamos empapados de sudor. Las tetas de ella recogían un charco en el canalillo,

las mías goteaban. Miré la polla que salió de su coño despacio, con cierta dureza todavía, y esperé a ver salir la oleada de leche, pero esperé en vano, no salió ni una gota de semen. Ella se lo había quedado todo adentro. Entramos al baño que tenía en su habitación. Nos duchamos haciéndonos bromas, estábamos felices, como niños después de una travesura. Ella misma se pasaba un papel entre las piernas y me lo enseñaba, de leche, nada de nada.

Bromeaba diciéndome que cuando se quedó preñada de De José con las gemelas, le ocurrió lo mismo, y a mí me recorrió un escalofrío por la espalda. Aquella mañana ya era tarde cuando me marché de casa de Teresa. Procuré no hacer ruido al salir, para no encontrarme con Clara y tener que dar explicaciones tontas. pero casi en la puerta escuché unos ruidos extraños que venían del fondo del pasillo.

La curiosidad me pudo y, procurando no hacer ruido, fui pegado a la pared que llevaba a las dependencias de Clara hasta llegar a la cocina. Apenas me asomé a la puerta, en el pasillo estaba oscuro, mientras que en la cocina había mucha luz. Pude verla claramente, estaba apoyada en la mesa de la cocina y se movía adelante y atrás, con la cabeza agachada. Fui acercándome más y vi que su falda la cubría por la espalda hasta la nuca. A partir de ahí, solo vi sus riñones

y luego su culo. Admiré que había perdido sus lorzas del vientre, había adelgazado mucho. Pero lo que seguí viendo fueron unas manos que se agarraban a sus caderas y, un poco más atrás, los brazos de un chico que le estaba metiendo la polla con brío. Me acordé de que el repartidor del súper la pretendía y comprendí que el pedido de ese día había venido completo. Lo que me sorprendió más fue que, en ese momento, el chico salió de ella con urgencia, poniéndole la polla sobre la espalda.

Nunca había visto una polla como aquella, parecía un sable, era delgada y muy larga, curva como la de un oficial turco. Las lechadas que lanzó le llegaron a la nuca, pero lo que no me gustó fue que Clara no parecía complacida. Volvió la cabeza y le miró decepcionada. Luego, volvió a bajar la cara y se incorporó, dejando caer la ropa manchada por detrás. Desanduve el pasillo y cerré la puerta de la calle tras de mí. No sabía

qué pensar. Me alegraba de que Clara encontrara a un chico que la hiciera feliz y que organizara su vida. A mí me gustaba follar con ella y ahora más con el cuerpo que se le estaba quedando, pero me daba la impresión de que esta vez no había empezado con buen pie. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy

Speaker 4

Hasta la próxima.

Transcript source: Provided by creator in RSS feed: download file
For the best experience, listen in Metacast app for iOS or Android