Lleva tu
imaginación
a otro nivel.
Relatos calientes. Hoy presentamos...
El grupo secreto,
parte
8
Perspectiva de Gael. El siguiente
lunes la reunión se armó en el departamento de Adrián. como era costumbre cada vez que la SDMF necesitaba sincronizar relojes y medir el tamaño de los egos. El aire olía a pizza fría, soledad y testosterona contenida. Estaban todos, los Vázquez, los García, Adrián mismo, y yo. Adrián inició la junta. Primero, lo obvio, dijo, con la voz despachada
del que nunca te va a pedir disculpas. La operación con Victoria se volvió un éxito rotundo, está totalmente quebrada, pero mantiene su espíritu rebelde intacto, lo cual es un logro inédito para nosotros. Mateo aplaudió una sola vez, lenta y burlonamente. Santiago sólo asintió, mirándola nada. Lucas se miró las uñas como si la victoria fuera asunto trivial, aunque le brillaban los ojos con orgullo. Leo mascaba un chicle, en otro planeta.¿ Y qué tal va Isabella? Preguntó Santiago,
cortando el aire.¿ Se porta bien? Contestó Mateo. Parece que incluso disfruta el circo. Está más preocupada por Luca que por su propia dignidad. Una carcajada general. Luca fingió indignación, pero al poco tiempo no pudo contener su propia sonrisa. Adrián retomó la palabra. el siguiente paso es consolidar lo que tenemos. Gael será el encargado provisional de adiestramiento, claro, después de la siguiente ronda de visitas, la cual por cierto será presidida por Mónica. Asentí, Adrián ya me había
puesto al tanto por separado. Mis tareas eran sencillas, pero importantes, estaría en contacto directo con nuestras víctimas, de momento, Isabella y Victoria, para darle un poco de seriedad al asunto, principalmente asustarlas un poco y cuidar que no se salen de control. Vaya, venderles el cuento de que éramos una sociedad bien organizada y con muchos recursos, y no una manga de muchachos calientes con sus propias mamis.¿ Algún comentario? Me retó Adrián, sabiendo que nunca me atrevía a hablar
más de la cuenta. Me encogí de
hombros. Haré el calendario y los mantendré actualizados. Lucas silbó, teatral. Se
ve que te lo tomaste a pecho, hermanito, me dijo. La verdad, sí, respondí, más por inercia que por deseo de impresionar. El resto lo recibió con el ruido absurdo de un grupo que siempre tiene que demostrar superioridad incluso en los detalles más insignificantes.
pero Adrián, implacable. Bien. Lo que sigue, quedan dos pendientes.
Diana y Carmen. Son casos especiales, por las razones que ya saben. El silencio se tensó como liguero de monja. Nadie quería ser el que pusiera la primera piedra en ese asunto. Pero Mateo, tan idiota como valiente, fue el que lo hizo.¿ Y qué chingados esperan para empezar con ellas? Adrián sonrió, pero no era una sonrisa de agrado. Más bien la de un carnicero que te dice, tranquilo, que
tu turno llegará. Cada objetivo requiere su estrategia, dijo. Carmen va a necesitar tiempo, de hecho Santiago mismo ha comenzado con la estrategia. Santiago asintió, con soberbia. Para Diana ya tenemos el anzuelo, continuó Adrián, la historia es sencilla, hacerle creer que nuestro estimado Leo está metido en algo sucio y que tendrá terribles consecuencias, así que ella hará todo para cuidar a su pequeño. Leo no reaccionó, realmente, jamás lo había visto tomar iniciativa en nada, y eso, realmente
me asustaba. Entonces el calendario va así, refuerzo de las actuales, luego Diana, y Carmen al final, dictaminó Santiago. Venga, ahora, a disfrutar, dijo Mateo extendiendo los brazos. A la hora de la despedida, nadie se abrazó, nadie se miró siquiera. Cada quien se perdió en su propio teléfono, en su propio infierno. Me fui caminando a casa, la noche húmeda y espesa. Repasé en la cabeza el calendario, los nombres, las secuencias. Sabía que cuando llegara el momento, lo haría bien.
No porque lo disfrutara, sino porque no podía dejar de hacerlo. Pero esa noche, al cerrar la puerta de mi departamento, sentí la certeza absoluta de que ya no era dueño de mi vida. Ni de mi destino. Ni de nada. Lo peor es que, en el fondo, me encantaba. Entré al cuarto y la vi arrodillada sobre la cama, en cuatro, las piernas bien abiertas y el culo en pompa, la falda enrollada en la cintura como un trofeo de guerra.
No llevaba ropa interior. Lo había planeado, claro. Su piel brillaba con la luz de la lámpara, las nalgas redondas y perfectas con una promesa apenas contenida de brutalidad. Vas a quedarte ahí parado o vas a cogerme como se debe. Soltó. mamá sin un gramo de ternura en la voz. No contesté. Solo me bajé los pantalones y la camisa, los dejé caer al piso y me acerqué. Me acomodé detrás de ella y le metí la verga de un solo golpe,
sin preparación, sin cariño. Sentí cómo se tensó de golpe, pero en vez de protestar, empujó hacia atrás, haciendo que sus nalgas chocaran contra mi pelvis. No había conversación. Sólo el ruido hueco de mi pelvis estrellándose contra sus nalgas y los gemidos cada vez más agudos que Mónica soltaba sin vergüenza. Cada tanto, le daba una nalgada fuerte, de
esas que dejan la piel roja y caliente. Me encantaba ver cómo la carne vibraba con el impacto y cómo ella lo recibía con una mezcla de odio y necesidad. El ritmo fue subiendo. Pronto me encontré cogiéndola con tanta fuerza que la cama rechinaba y los cojines terminaban por el suelo. El olor a sudor y sexo era denso, pegajoso, casi enfermizo. A cada embestida, Mónica gemía más alto y se arqueaba buscando más. Cuando sentí que el orgasmo venía,
la tomé del cabello y tiré hacia arriba. Su grito fue seco, mezcla de dolor y placer, y al alzar la cabeza, Vi su rostro en el espejo, mejillas rojas, boca abierta, ojos vidriosos.¿ Vas a correrte adentro, no? Preguntó, casi como un reto. Claro que sí, dije, y le di otra nalgada, tan fuerte que dejó marca. Me vine con un espasmo, llenando su interior con una avalancha caliente. Por un instante, todo fue blanco. Mónica siguió moviéndose, incluso
cuando terminé, y me ordeñó hasta la última gota. La solté y ella se dejó caer sobre la cama, pecho contra el colchón, respirando como si acabara de salir de una pelea a muerte. Yo me tumbé a su lado, todavía temblando. Nos quedamos un rato sin hablar. Sólo los latidos y la respiración. Después, ella se giró hacia mí, los ojos medio cerrados.¿ Sabes qué es lo mejor
de todo esto? Preguntó con voz ronca. Ilumíname. Que ahora tus amigos pueden cogerme cuando quieran. Y
tú no puedes hacer nada al respecto. La frase me atravesó como un cuchillo. En vez de responder, la tomé de la cara, le apreté la mandíbula con fuerza y la besé. Fue un beso rudo, sin ternura, dientes chocando y labios partidos. No me importa, dije, la voz baja, casi un gruñido. Porque al final, eres mía.
Totalmente mía. Mónica no se apartó. Siguió pegada,
la
frente contra la mía. La vi sonreír. Pero de una manera que no me era familiar. Perspectiva de Mónica.
La mañana fue un pantano de papeleo y simulacros de interés. No podía dejar de pensar en lo que vendría más tarde, la agenda había dictado una sesión de entrenamiento especial con los hermanos Vázquez y su perra de turno, Isabella. El correo interno lo llamó así, sin metáforas. Al mediodía, apagué la compu y me fui directo al estacionamiento subterráneo. Mateo y Santiago ya me esperaban, sentados en el toldo de
mi coche, intercambiando apenas palabras. ¿Lista, perra mayor? Preguntó Santiago, con esa sonrisa que más que seducción era una amenaza envuelta en chicle de menta. Vámonos, respondí, con tono seco.
Mateo se sentó en el asiento de copiloto, y en cuanto el motor arrancó, puso su mano enorme sobre mi muslo justo por encima de la rodilla no apartó la vista del camino pero sus dedos subieron medio centímetro cada que yo pisaba el acelerador era un juego estúpido pero funcionaba mi pulso subió al doble y me sentí de inmediato en la frecuencia correcta el trayecto fue corto la casa de isabella olía a pan recién horneado y a perfume floral Ese aire de mamá tierna que nunca cuadra
con el tipo de actividades que íbamos a hacer ahí dentro. Isabella abrió la puerta antes de que pudiéramos tocar el timbre. Llevaba un vestido largo, ligero, y los labios pintados en rosa claro. Sonrió al vernos, como si estuviéramos ahí para una cita inocente.—¿ Todo bien?— preguntó, voz dulce, con una pizca de nervio. Más que bien, respondió Santiago, y le pellizcó la mejilla con un ademán que mezclaba sadismo y ternura.
Subimos los cuatro al segundo piso. La habitación de Isabella era un museo del orden, cama hecha, cojines alineados, un par de fotos de Luca niño en la repisa. Por un segundo, la escena me dio pena ajena.¿ Aquí mismo? preguntó Isabella, apenas disimulando el temblor de la voz. Aquí, dictaminó Mateo, y se quitó la camisa antes de que pudiera replicar. Yo saqué el celular del bolso y preparé la cámara. Por hoy, era esa mi función. Me senté en la esquina de la cama, ajustando el ángulo para
capturar la mayor cantidad de humillación posible. Santiago se desnudó a la velocidad del rayo. se notaba que lo hacía seguido. Mateo, más grande y menos elegante, dejó que la ropa cayera al piso, y su verga ya estaba semierecta para cuando se acercó a Isabella. Isabella dudó un segundo, pero luego, como si cambiara de canal, soltó el aire y se arrodilló entre los dos. Mateo la tomó de la nuca y le metió la verga en la boca con una
firmeza sorprendente. Isabella no protestó, sólo se tragó cada centímetro como si lo hubiera hecho mil veces. Santiago se inclinó por detrás y le levantó el vestido, subiéndolo hasta la cintura. No llevaba nada abajo. El culo de Isabella era redondo, casi exagerado, y Santiago le dio un par de nalgadas antes de hundir la cara entre las nalgas, lamiendo sin contemplaciones.
Isabella gemía, la boca llena, el cuello tenso. Cuando Mateo la dejó respirar, ella giró y empezó a masturbar la verga de Santiago, mientras con la otra mano no soltaba la de Mateo. Yo grababa, pero también miraba. Y miraba bien. Había algo en la eficiencia con la que se alinearon los cuerpos que me excitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Santiago no perdió el tiempo. la puso en cuatro sobre la alfombra, le separó bien las piernas
y la penetró de un solo golpe. Isabella soltó un quejido, el único sonido genuino de dolor o placer en toda la escena, y se dejó hacer. Mateo le metió la verga en la boca desde el frente. Isabella casi no alcanzaba a respirar, pero no soltó ni un momento. Cada tanto, Santiago la azotaba, dejando las nalgas de Isabella cubiertas de huellas rojas. El sonido de los golpes y de las
embestidas llenó el cuarto como una banda sonora implacable. Seguí grabando, enfocando de cerca la cara de Isabella cuando la llenaban de lado a lado, luego el sudor bajando por la espalda de Santiago, luego la sonrisa idiota de Mateo, que se miraba en el espejo de la cómoda mientras recibía la mamada. Después de varios minutos de esa tortura metódica, los tres cambiaron de posición. Ahora Mateo se acostó de espaldas en la cama, Isabella se montó sobre él, dejándose
caer con todo el peso. Santiago le sujetó el cabello y se la metió por la boca mientras Isabella cabalgaba a Mateo. El ritmo era inhumano, un vaivén de carne y saliva que se sincronizaba perfecto con el temblor de la cama y los gemidos cada vez más desesperados. Mateo fue el primero en venirse. Lo supe porque se aferró a las caderas de Isabella y le hundió la verga hasta el fondo, gruñendo. Isabella no frenó ni un segundo, siguió moviéndose hasta que la corrida de Mateo chorreó entre
sus muslos. Santiago, que llevaba rato controlándose, se sacó la verga y la puso en la boca de Isabella, obligándola a recibir todo el semen en la lengua. Isabella abrió bien la boca y aceptó cada gota, Cuando Santiago le ordenó que lo mostrara a la cámara, ella lo hizo, sin vergüenza. Yo grabé la escena final, acercándome lo suficiente para que no quedara duda de la sesión. Mateo y Santiago se vistieron con una calma de funeral, como si lo que acabara de pasar fuera rutina de oficina.¿ Todo
en orden? Preguntó, con la voz un poco ronca y las mejillas más que encendidas. Todo, respondí, y guardé el celular en el bolso. Los hermanos Vázquez se despidieron con palmadas en la espalda y un par de chistes de mal gusto. Cuando se marcharon, Isabella se quedó sentada en la cama, las piernas abiertas, el rostro aún húmedo de sudor y semen.¿ Te gustó?
Me preguntó, ya sin rastro de miedo. No me desagradó, confesé.
Y era cierto. Isabella se limpió la cara con una toallita húmeda, luego se sirvió un vaso de agua y lo bebió de un trago. Al principio pensé que iba a ser horrible. Pero, no sé. No son tan malos los chicos
La frase se quedó flotando entre nosotras. Le puse una mano en el hombro, apretando apenas. No tienes que sentir nada, le dije. Solo hay que seguir
Isabella sonrió y por un momento fue una sonrisa auténtica. Bajé las escaleras y salí de la casa. Encendí el coche, puse el aire acondicionado a tope y me preparé para el siguiente turno en el infierno. Regresé a la oficina ardiendo. sin poder concentrarme ni media hora en la maraña de
correos y trámites urgentes. El recuerdo de las manos de Mateo en mi muslo, la cara de Isabella cubierta de semen, el sudor dulce y metálico del cuarto, todo giraba en mi cabeza como si la vida entera dependiera de ese ciclo de humillación y recompensa. A las seis exactas apagué la computadora y salí. No llevé la bolsa ni el abrigo, solo las llaves y el celular. El auto me esperaba en el sótano y la rutina del tráfico en la avenida principal fue una anestesia breve antes del siguiente golpe.
La casa de Victoria. Abrí la puerta con la llave especial que la SDMF me había dado. Nadie me recibió, pero la encontré en el comedor, sentada ante la mesa, una copa de vino tinto en la mano y otra, vacía, a su izquierda. El vestido que llevaba, entallado, oscuro, con escote de ejecutiva, la hacía ver como una prostituta de lujo. Y lo sabía. No era la primera vez que veía a Victoria así, pero sí la primera que notaba el temblor leve en sus manos.
No quise hacerla esperar. ¿Puedo? Pregunté, señalando la copa vacía. Victoria sintió, sin mirarme directo. para tomar valor o celebrar. Tenté el terreno.
No hay mucho que celebrar estos días, dijo ella, sin emoción. Bebimos un sorbo, luego otro. El silencio fue denso, pero no incómodo. Tengo que preguntarte,¿ estás enojada conmigo? Pregunté, al fin. La duda no es que me matara, pero me daba una curiosidad auténtica. Al final de cuentas, había sido yo quien la había traicionado. Victoria giró y por primera vez en la noche me miró de frente. La dureza en sus ojos era puro mecanismo de defensa.
Lo estuve. Mucho. Llegué
a odiarte, incluso. Tomó otro sorbo. Pero después entendí que probablemente tú también estás atrapada aquí, igual que yo. No contesté de inmediato. A estas alturas, nada de esto importa, dije. Vectoria se recostó en la silla, y la tela del vestido se pegó a su figura como una segunda piel. No sé si me consuela o me da más asco saberlo, confesó. Me paré, rodeé la mesa, y me detuve a su lado. Vectoria se quedó quieta, como esperando la siguiente orden. La besé en la boca. No fue un beso largo, ni
siquiera cariñoso, fue seco, firme. Victoria abrió los ojos, sorprendida. Luego lo cerró. Sus labios respondieron con una mezcla de hambre y resignación. Me separé apenas, y antes de que preguntara por qué, le solté. Los muchachos vendrán en unos minutos. Nos van a coger igual y seguro en algún momento nos obligan a hacerlo. Mejor empezar a encontrarle el gusto. Victoria exhaló y la respiración le tembló en el pecho. No esperaba menos de ti, dijo, y la frase sonó
más acumplido que a reproche. Escuchamos el auto llegar. El
portazo. Las risas.
Un segundo después, Leo y Luca entraron. Luca llevaba su clásica chamarra de cuero, la sonrisa idiota tatuada en la cara. Leo, callado, no levantó la mirada. Guau, qué cuadro, dijo Luca, mirándonos de arriba a abajo. Parece que llegamos apenas a tiempo. Victoria apretó la mandíbula. Leo se sentó en el sofá, sin decir palabra. Luca avanzó y puso las manos sobre los hombros de Victoria. Hoy toca sesión especial, anunció. De aquí, directo a la cama. Victoria lo miró con desprecio, pero
se levantó. Caminó hacia el pasillo, lenta, con pasos que parecían retar a Luca a golpearla por el solo hecho de no apurarse. Yo lo seguí. Leo al final, siempre a dos pasos de la realidad. Entramos a la habitación de Victoria. La cama blanca, perfecta, los cojines alineados igual que en casa de Isabella. El olor a perfume y miedo llenaba el aire. Lucas se sentó en la orilla de la cama y me dio una nalgada, tan fuerte que sentí el ardor subir por la espalda.— Desnúdense, perras— ordenó,
con voz de director de orquesta. Victoria me miró. Por un segundo, creí que iba a romperse. Pero lo único que hizo fue soltar el aire y empezar a quitarse el vestido, botón por botón. Yo la seguí. Así empezaba el segundo acto, donde no iba yo a ser solo la camarógrafa. La recámara de Victoria era una oda a la blancura, cama de hotel cinco estrellas, sábanas impolutas, luz
indirecta que no perdonaba ni el más mínimo defecto. Caminamos en fila india, Luca a la cabeza, luego Victoria, después yo, y al final Leo, que se recargó contra la pared como si estuviera de guardia en una prisión. Luca me dio una nalgada al entrar, un golpe seco que me regresó al presente. Quítense la ropa, ordenó, voz baja pero suficiente para que temblara el aire. Desabroché el pantalón, me bajé las bragas y la blusa en un solo movimiento.
Victoria lo hizo más lento, midiendo cada gesto, como si cada botón del vestido fuera un último intento de retener la dignidad. Pero la dignidad no tenía cabida aquí. Admiré el cuerpo de Victoria. Era una escultura de músculo y piel, las piernas de nadadora, el culo apenas contenido por la tela del vestido que ahora colgaba como bandera de rendición. Los pechos no le cabían en las manos y el vello púbico, apenas una sombra, brillaba bajo la lámpara. Victoria
tenía cara de asco, pero sus pezones estaban duros. Lucas se sentó en la orilla de la cama, la verga erecta y roja como una alarma.
Vengan, dijo. No me gusta esperar.
Nos arrodillamos frente a él, una a cada lado. Empezamos la mamada al mismo tiempo, pero era imposible coordinarnos, mi cabeza chocaba con la de Victoria, las mejillas se rozaban, las lenguas competían por centímetro cuadrado. Por un segundo, quise reírme de lo absurdo. Pero Luca tomó el control, metió la verga de lleno en la boca de Victoria y
me empujó la cabeza hacia los huevos. Chupé y lamí, con la lengua haciendo círculos, sintiendo el temblor en las piernas de Luca cada vez que Victoria lo apretaba de garganta. El ritmo se volvió automático, como si el tiempo no existiera más allá de la respiración, la saliva, el calor en la cara. En menos de cinco minutos, Luca gimió. Al parecer nuestro muchacho no estaba hecho para resistir este
tratamiento por periodos prolongados. Sujetó la cabeza de Victoria con ambas manos y le descargó la corrida directo en la boca. Vi la cara del propio Luca, por primera vez, resquebrajarse en una mueca de placer sorda. Pero no terminó ahí.« No lo tragues», le ordenó a Victoria, entre jadeos. Ella lo miró, ojos abiertos y boca cerrada llena de semen.« Pásaselo a la perra», dijo. señalándome. Victoria giró, se acercó y me besó. El semen me cayó en la lengua,
tibio y salado. Dudé un segundo, pero lo tragué de golpe. Me sorprendió lo fácil que fue. No sé por qué, pero quise besar a Victoria después. Y lo hice. Ella respondió al beso con una intensidad inesperada, lengua, labios, los dientes chocando. Por un segundo, fuimos un solo animal, una bestia de dos cabezas con el gusto de Luca todavía en la boca. Al fondo, Leo observaba con atención. Vi su verga dura. No dijo nada, pero en sus ojos había un brillo incesante. Luca se recostó en la cama
y nos miró desde arriba. Uf, pues la fiesta apenas comienza. Victoria y yo seguimos arrodilladas, respirando fuerte, ninguna lo habría confesado, ni bajo tortura, pero ambas estábamos perdidamente calientes. Esta historia continuará, más adelante.
Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
