EL GRUPO SECRETO - PARTE 7 - podcast episode cover

EL GRUPO SECRETO - PARTE 7

May 04, 202643 min
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Summary

Mónica lidia con las consecuencias del brutal asalto a Victoria, consolándola inicialmente para luego revelarse como cómplice activa en su dominación. De regreso a casa, Mónica se une a Gael en una noche de sexo y planificación, solidificando su nueva identidad empoderada y despiadada. El episodio culmina con la llegada de Victoria a la casa de Mónica, donde se le muestra un video incriminatorio antes de su humillante iniciación y aceptación final en la SDMF, marcando su completa sumisión.

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Transcript

El Silencio Tras la Guerra

Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... El

Speaker 3

grupo secreto, parte 7. Perspectiva de Mónica. El silencio después de la guerra era otra forma de violencia.

Speaker 2

Me quedé dentro del ropero. el corazón apretado, los pulmones temblando, la pantalla del celular marcando los minutos como metrónomo de locura. Cuando estuve segura de que no quedaba rastro de Gael, Lucan y Adrián, abrí apenas la puerta y salí. El pasillo era una tumba. La sala, ese mausoleo tapizado en arte, esa catedral moderna de líneas frías, olía a sudor y derrota.

Victoria: Devastación y Acompañamiento

Victoria estaba ahí, sentada en el sillón. Desnuda. El rostro, irreconocible. Había líneas de rímel chorreando por la mejilla. La boca en una mueca cortada, como si la hubieran partido a la mitad. Respiraba como si no creyera en el aire

Speaker 3

Me acerqué. Caminé despacio. No quería asustarla.

Speaker 2

Me senté a su lado, pero no dije nada. Victoria no levantó la vista. No supe si lasqueaba o le daba consuelo. Pero no dijo nada, y en el fondo de los ojos ardía una rabia negra, viscosa.— Puedo. Pregunté, apenas un susurro, y acerqué la blusa a su cuerpo, como un gesto de mínima piedad. Le cerré la camisa, abotonando con dedos temblorosos pero lentos, como si al cubrirla pudiera devolverle algo de lo que fue. Mis nudillos rozaron el hueso de la clavícula, estaban helados. El perfume, ahora

mezclado con sal, me atacó la nariz. No hace falta, dijo de pronto Victoria, la voz cascada pero seca, sin temblor. Como si acabara de recordar quién era. Sí hace, repliqué, y continué hasta el último botón. Le acomodé el cuello, alicé la tela. De cerca, Vi el hematoma en el pómulo donde la cacheteó Adrián, apenas naciendo, flor morada en jardín blanco. Cuando acabé, recogí del piso el sostén negro

Speaker 3

Me arrodillé y acerqué la prenda a sus manos.¿ Quieres que te ayude? Vectoria la tomó con brusquedad pero no se lo puso.

Speaker 2

El silencio era tan denso que me ahogaba. Había una parte de mí que quería besarle el rostro, pedir perdón o simplemente abrazarla hasta que olvidara. Otra parte, la que aprendió a sobrevivir con la SDMF, sólo quería mirar.

Speaker 3

Memorizar la escena. Me senté a su lado, apenas rozando su hombro con el mío.¿ Estás bien? Victoria soltó el aire en una exhalación seca. Luego, sin mirarme, masculló. Estoy bien. Esto no cambia nada. Casi me reí.¡ Qué cabrona! No tienes que fingir, dije, pero sabía que sí tenía.

Speaker 2

Victoria se puso de pie. Era digno de un poster de película por no cara, porque se veía imponente desnuda completamente solo vestida con la blusa blanca encima. Caminó hacia el ventanal. Miró hacia el jardín trasero, aunque afuera todo era oscuridad. Me acerqué a ella, pero dejé una distancia prudente. No quería romper lo poco que le quedaba de sí misma. Deberías bañarte, dije. La frase flotó en

Speaker 3

el aire, absurda y necesaria. Victoria asintió, apenas. Pero no se movió.¿ Quieres que te ayude? Repetí. Esta vez giró, me miró directo. Los ojos hinchados

Speaker 2

pero la mirada intacta. Me sorprendió que no hubiera ni una pizca de odio hacia mí. Sólo la fatiga de quien ha perdido, pero no se ha rendido.« Acompáñame», dijo,

El Baño Ritual y el Pacto Secreto

y me lo ordenó sin dejar de ser reina. El baño principal de Victoria era otro altar al diseño, el mármol frío bajo los pies, espejo sin mácula, una ducha tan grande que cabrían tres personas. Cerré la puerta detrás de nosotras. Vectoria comenzó a desvestirse, o lo que sea que es el actor de pasar de estar desnuda a todavía más desnuda. La idea de unirme a ella me acarició la nuca con dulzura. No la ayudé. Me quedé de pie, viendo cómo la piel se le erizaba bajo

la luz blanca. El hematoma en la cara era más visible. Sus pechos, enormes, colgaban pesados y firmes. La concha depilada brillaba bajo las gotas de sudor. Había marcas rojas en las caderas. Esa escena era digna de ver. Victoria abrió la regadera, dejó correr el agua. Se metió de inmediato, no esperó a que calentara. La vi temblar bajo el primer chorro, pero pronto la temperatura subió y la piel se le puso rojiza. Se restregó el rostro, el cuello,

las tetas, con fuerza. Luego se quedó quieta, de espaldas a mí, el agua cayéndole sobre la cabeza, la melena pegada al cráneo como un casco de batalla. No sé por qué me acerqué. Apoyé la palma en el vidrio de la regadera. Victoria se dio la vuelta. me observó desde el otro lado. Estábamos separadas por apenas un milímetro

de cristal, y aún así la distancia era infranqueable. La vi enjabonarse, bajando por el cuello, las clavículas, rodeando los pechos con ambas manos, estrujando la carne como si intentara borrar las huellas que dejaron. El agua corría por el vientre plano, las caderas, los muslos tan gruesos y perfectos que me hicieron sentir insignificante. Había una belleza en la devastación. Lo entendí de golpe, Vectoria nunca sería menos que perfecta.¿ Quieres que te deje sola? Pregunté, sabiendo

Speaker 3

la respuesta. No, dijo, y la voz sonó

Speaker 2

amortiguada por el vapor

Speaker 3

Quédate. Me

Speaker 2

senté en la tapa del WC, crucé las piernas. Miré, nada más. Dejé que la imagen se grabara en mi memoria. Un

Speaker 3

poco para ayudarla. Un poco para ayudarme a mí. Vectoria terminó, cerró la llave. Abrió

Speaker 2

la puerta y el vapor inundó el baño. Me pasó junto a mí, desnuda, la piel roja, el cabello escurriendo. No se tapó. No se avergonzó. Tomó una toalla, se secó el cuerpo entero con movimientos enérgicos. Al final, se envolvió la toalla y se miró en el espejo. No dijo nada, pero con los dedos borró lo que quedaba del rímel, después se secó la boca. Noté que no se miró a los ojos, sino al hematoma del pómulo. Me paré detrás de ella. Nuestros reflejos alineados, como madre

e hija. Victoria sonrió, pero fue una mueca cruel. Se giró, me tomó de la barbilla con fuerza. No le digas a nadie, ordenó, y yo asentí. Nos quedamos así, pegadas, la toalla entre mi ropa y su piel desnuda. Hubo un momento, minúsculo, denso, atemporal, en el que creí que iba a besarme. Pero no lo hizo. Me soltó, se puso la bata,

Speaker 3

caminó hacia el vestidor. Gracias, dijo, sin mirarme. Hablaremos pronto, Le prometí.

Regreso a Casa y Complicidad Oscura

Speaker 2

Salí de la casa en silencio, con el recuerdo de la piel roja de Victoria aunque mandóme los ojos. El frío de la calle fue como una bofetada, pero lo agradecí.

Speaker 3

Me repetí la frase de Victoria todo el camino a casa. Esto no cambia nada. Pero sabía que no era cierto. En casa, el aire era distinto. No pesaba. No

Speaker 2

quemaba. Entré y cerré la puerta con el sigilo de quien ha hecho algo imperdonable y no quiere ser descubierto. Pero allí nadie juzgaba. Gael estaba en el sofá, los pies en la mesa, la laptop abierta y una lata de cerveza en la mano. Me miró apenas, pero en ese vistazo cabía todo, la complicidad, la lujuria, la culpa compartida. Dejé el bolso en la entrada y me desplomé junto a él. No dije nada

Speaker 3

porque no hacía falta. ¿Y? Preguntó Gael, sin levantar los ojos del monitor. Vectoria es un desastre. Pero no

Speaker 2

está rota. No del todo. Dije la frase con una frialdad que ni yo reconocí. Era casi clínica, como si hablara de una biopsia

Speaker 3

y no de una mujer. Se quebró. Insistió. No. Pero está cerca. Es cuestión de tiempo y de otra buena

Speaker 2

sesión de estas. Gael sonrió de medio lado. Se pasó la mano por el cabello y volvió a la pantalla. El resplandor azul le daba un aire de animal nocturno, el depredador perfecto de la generación Z.

Speaker 3

Mamá, dijo de pronto.¿ Todo bien? Te ves más agitada que... Llegué corriendo, mentí.

Speaker 2

Gael dejó la laptop en la mesa y me miró por primera vez con verdadera atención. Había algo en su mirada que no existía antes. Un brillo de dueño, de amo. Pero también de socio. Éramos, al fin, una familia. Gael se puso de pie, se acercó a mí y me estudió con la minuciosidad de un químico. Sentí el temblor en la pelvis antes de que me tocara. No era miedo, era otra cosa. Anticipación,

Speaker 3

sí. Pero también alivio. Te cita, dijo, casi un susurro.

El Asalto del Poder: Mónica y Gael

Quise negarlo. Pero no pude. Quiero negarlo. Pero no puedo. Me incliné hacia él. Gael me tomó del mentón

Speaker 2

contacto firme, seguro. La boca se estrelló contra la mía, sin preámbulo, sin cariño. Solo hambre. No protesté cuando me sacó la blusa por la cabeza. No protesté cuando bajó mi falda y me dejó en ropa interior, la tela húmeda marcando el pulso en la concha. Gael se despojó su propia ropa y y el miembro le colgaba pesado, erecto, como si el asalto a Victoria le hubiera llenado de

testosterona en lugar de vaciarlo. Me empujó contra el sofá, la espalda en los cojines, las piernas abiertas como puertas automáticas. Me arrancó las bragas. El chillido de la tela al romperse sonó como música

Speaker 3

Así es como te gusta, ¿no?— me dijo.

Speaker 2

Le mordí la boca como respuesta. Gael bajó la cabeza y me olfateó entre las piernas, la lengua tímida primero, luego furiosa encontró refugio en mi vagina. No le tomó ni un minuto hacerme gemir. Metí los dedos en su cabello, le empujé la cara hasta que el ruido de succión

Speaker 3

fue lo único que existió. Para, le ordené. Gael obedeció,

Speaker 2

sorprendido. No lo dejé pensar, lo jalé de la nuca y lo besé, mi sabor en su boca. Luego lo empujé hasta que cayó sobre mí, el torso pegajoso, la verga palpitando entre mis muslos.

Speaker 3

Ahora, le dije. Me penetró sin esfuerzo,

Speaker 2

el cuerpo encajando como si hubiéramos nacido para esto. Me aferré a sus hombros, lo clavé en mí y moví las caderas como si fuera la última vez que pudiera hacerlo.

Speaker 3

El sofá crujió, la mesa vibró con el ritmo. No hubo palabras. Todo se dijo con el cuerpo. Lo sentí venirse antes que yo, el calor llenándome por dentro.

Speaker 2

Pero no paró, siguió bombeando, obsesivo, hasta que el orgasmo me explotó en el vientre, las piernas temblando, la espalda arqueada en un rictus animal. Terminamos y nos quedamos así, uno sobre otro, sudorosos,

Speaker 3

respirando fuerte. No hay abrazos. No hay ternura.

Transformación y Agenda de Dominación

Speaker 2

Gael se aparta, se sube los pantalones y vuelve al portátil como si nada. Yo recojo mi blusa del piso, me la pongo y me sirvo un whisky.

Speaker 3

Qué sigue? Pregunto, la voz aún quebrada.

Speaker 2

Mateo y Santiago van a traer a Isabella la próxima semana. Pero antes tenemos que hacer que Vectore obedezca, no solo seda.

Speaker 3

¿Cómo? Pregunto, aunque sé la respuesta. Gael sonríe. No dice nada. Solo levanta la lata y brinda en silencio. Por primera vez en mucho tiempo, me siento viva.

Speaker 2

El poder, el sexo, El peligro. La vida era una puta y yo al fin aprendí a follármela de regreso.

Speaker 3

Me siento junto a Gael. Miramos juntos la pantalla. La agenda de la SDMF nunca se detiene. Ahora, la nuestra tampoco. El tiempo no existía. Al menos, no el tiempo de los

Speaker 2

demás. Pasó una semana y cada día fue idéntico en la superficie. Rutina. Café amargo, reuniones inhumanas, la danza de cuchillos y sonrisas en la sala de juntas. Pero la diferencia era abismal. Ahora caminaba los pasillos del piso ejecutivo con una seguridad mineral. Cada mirada la devolvía multiplicada. Cada saludo era una victoria privada. Nada me tocaba. Descubrí, casi con horror, que la monstruosidad de la SDMF me había pulido,

no roto. Era más eficiente. Más precisa. Menos humana, sí. Pero,¿ acaso ser humana me había servido de algo antes? En la oficina, mi secretaria, Mireya, siempre temerosa, siempre eficiente, apenas se atrevía a respirar cuando pasaba junto a ella. En las juntas, los juniors me miraban como a una diosa pagana, con miedo y deseo. Los ejecutivos varones bajaban la mirada si me reía. Y las otras mujeres, esas que antes me creían una aliada, ahora evitaban saludarme. Como si pudieran

oler la sangre en mis zapatos. Así funcionaba la dominación. No era una actitud, era un virus. Te contagiabas, lo esparcías. pero esa parte mía, la que dominaba las juntas y los proyectos y el flujo de capitales, no era la misma que se humillaba de rodillas cuando Gael lo ordenaba, o que observaba con mórbolos despojos de Victoria en la sala de su mansión. Eran dos seres distintos, compartiendo cuerpo. La segunda dormía, esperando la próxima orden. Casi lo agradecía.

El Llamado de Victoria y la Trampa

Hasta que, un viernes por la tarde, Mientras revisaba algunos aburridos documentos, sonó mi

Speaker 3

celular. Victoria. ¿Mónica? La voz de Victoria era otra. Más grave, más fría. Era la voz de la guerra. Hola,¿ todo bien? Contesté, fingiendo sorpresa. Tenemos que hablar. En persona. No lo pidió. Lo ordenó. Me deleitó el cambio de tono. Ven esta noche, respondí. Trae lo que quieras. Aquí te espero. A las ocho, dijo. Seré puntual. Colgamos. Un calor me subió por la espalda. No de miedo,

Speaker 2

sino de expectativa. Pasé el resto de la tarde en modo automático. Cerré juntas, Firmé documentos, repartí órdenes como caramelos en Halloween. Me di el lujo de salir antes de las seis. En el ascensor, me miré en el reflejo del acero inoxidable. No me reconocí, pero me gusté. En casa, preparé dos copas grandes de vino tinto y acomodé el living para la guerra. Las luces bajas, el sofá limpio,

el silencio absoluto. Me despojé de la ropa ejecutiva y me puse algo más neutro, camiseta blanca, jeans, pies descalzos. A las ocho en punto sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estaba Victoria, puntual y perfecta, con un abrigo negro ceñido, el cabello atado en una coleta que le tiraba la piel del rostro y le levantaba los pómulos. El hematoma ya no existía, pero la sombra persistía. Llevaba una maleta pequeña, rígida,

Speaker 3

de esas de negocios. Entramos sin palabras. Le serví el vino. Ella lo olió, lo probó,

Speaker 2

asintió con una sonrisa mínima. Me senté a su lado, tan cerca que nuestras rodillas podrían haberse rozado si una de las dos lo permitiera. En el aire flota la electricidad de todas las guerras frías.

Speaker 3

Te ves bien, dice Victoria, y lo suelta como un reto. Tú también. Pareciera que nada te afecta. Todo me afecta. Pero he aprendido a que no se note. Supongo que eso nos une. Brindamos, y por un

Speaker 2

instante la tensión baja. Tengo algo para ti, dije, sacando el teléfono del bolsillo. Quiero que lo veas completo antes de que hablemos. Victoria arqueó una ceja. Le puse el teléfono en la mano, le indiqué la galería, y seleccioné el archivo de video, init-victoria-1mp4.

Speaker 3

Silencio. Victoria no preguntó nada. Let the hour play. El aire del departamento se

Speaker 2

tensó al ritmo de la grabación. Primero, la imagen temblorosa de la cámara, la entrada de ella misma en la sala de su propia casa. La voz de Adrián, fría y metódica, dándole órdenes. El destello de furia en su propia cara, la dignidad que se desmoronaba a cada botón de blusa, cada gota de sudor. El sonido de la bofetada, limpio,

Speaker 3

perfecto. Victoria no parpadeó.

Speaker 2

El video siguió. La secuencia de humillación, los close-ups indecentes, la carne expuesta, las palabras que le taladraban el oído. Perra, puta, obedece. Y ella, nunca llorando. Nunca suplicando. Solo soportando y, al final, arrodillada ante los verdugos. Un leve temblor en la mano que sostenía el teléfono, apenas un espasmo. Pero lo vi.

Llegó la escena de la mamada triple. Los sonidos húmedos, la cara de Victoria cubierta de semen y saliva, la dignidad recomponiéndose en los segundos finales, cuando aún de rodillas los miró a todos desde abajo. Victoria aceleró el video con un par de toques rápidos, pero no lo detuvo hasta que la pantalla quedó en negro y solo quedó el sonido del jadeo en off. Entonces me miró. Con esto los tenemos, Mónica. No hay forma de que esos cabrones se libren con esto en nuestro poder. Preguntó, la

voz grave y baja. No contesté. Me limité a mirarla. En ese instante, Victoria se inclinó hacia adelante, los codos en las rodillas, el teléfono aún en la mano. Antes de que Victoria dijera algo más, la puerta del departamento

La Traición Revelada y la Iniciación

se abrió. Ni siquiera me molesté en sorprenderme. Gael y Adrián entraron juntos, sin anunciarse, con la seguridad de quienes saben que la casa les pertenece. Vectore giró, el movimiento rápido, pero no de presa sino de cazadora.

Speaker 3

Qué es esto? Preguntó,

Speaker 2

poniéndose de pie. El vino tembló en la copa. La bienvenida oficial, dijo Gael, y el sarcasmo se le escurría de los labios. Adrián se acomodó contra la pared, los brazos cruzados. Miró a Victoria como a un trofeo recién colgado. Tranquila, Victoria, solté, intentando

Speaker 3

calmar los ánimos.

Speaker 2

Adrián sonrió, esa mueca mínima que significa peligro inminente Victoria necesita saber su lugar.

Speaker 3

Y hoy va a aprenderlo. Victoria los miró a los dos, midiendo distancias.¿ Qué mierda está pasando? Preguntó. Hazle caso a Mónica,

Speaker 2

soltó mi hijo. Victoria me miró, y lo que vio en mi mirada debió proveerle una respuesta contundente. Por un segundo, la tensión fue tan espesa que pensé que volaría una copa de vino a la cabeza de alguien. pero no. Victoria volvió al sofá y se sentó, esta vez reclinada, las piernas abiertas en el descuido de quien ya no pretende nada. Bebió otro trago, se secó la boca con el dorso de la mano.

Speaker 3

Díganme entonces qué coño pasa. Adrián

Speaker 2

tomó la palabra. Pasa que la visita anterior fue sólo una prueba y hoy estamos aquí para tu verdadera iniciación. La respiración. La respiración de Victoria. Esa mujer se mantenía impasible, conteniendo la furia sólo en los puños. Unos mocosos como ustedes, con ínfulas de mafiosos de prepagó, escupió Victoria con una media sonrisa torcida. Juegan a ser hombres, pero no saben nada del poder. El aire se volvió más denso. Como si cada palabra de Victoria lo espesara.

Speaker 3

Yo no dije nada. Me limité a observar. A sentir. A esperar.

Speaker 2

Gael fue el primero en hablar, con esa serenidad suya que siempre parece a punto de convertirse en burla. Me sorprende que sigas tan altiva cuando ya es claro que perdiste. Victoria se recostó más aún. Fingió comodidad, aunque el gesto le temblaba en los dedos. Tengo pruebas más que suficientes para enterrarlos a todos, dijo, casi con desgano, como si lo estuviera haciendo por costumbre y no por fe. Gael

asintió lentamente. Se humedeció los labios antes de soltar, con esa dulzura cruel que lo caracterizaba.¿ De verdad crees que tienes pruebas? Victoria lo miró con odio, como si intentara abrirle una herida con los ojos. Abrió la boca para responder, pero algo en su cerebro hizo clic. Se giró hacia mí. Me miró como si no me hubiese visto nunca. El horror no vino

El Colapso y la Aceptación Forzada

Speaker 3

con gritos. Llegó con ese silencio al borde de la náusea. Mónica, murmuró, tú. Me obligué a sostenerle la mirada. Luego hablé. Sin adornos. Sin fingir más. Perdón, Victoria. Ella se sacudió por dentro. No lloró. Ni gritó. Pero algo en su cuello se contrajó como si hubiera tragado una piedra.¿ Por qué? No respondí a eso. No había respuesta que

Speaker 2

pudiera dar que no la humillara más. Me acerqué un poco y le hablé como se le habla a alguien que ya no se puede rescatar. Perdiste desde antes de empezar a jugar. Pero te defendiste mejor de lo

Speaker 3

que esperábamos. El silencio que siguió fue largo. Grave.

Speaker 2

No incómodo, sino necesario. Adrián dio un paso al frente, se desabotonó los puños de la camisa. Entonces, podemos comenzar de nuevo. La ceremonia de iniciación, esta vez, sin interrupciones. El tiempo, lo juro, se congeló frente a nosotros. Drian fue el primero en moverse. No había amenaza en su voz, sólo el tono opaco de quien habla por encima de todas las cosas y espera ser obedecido sin teatro alguno.

Speaker 3

Desnúdate, ordenó. Todo menos la ropa interior. Victoria

Speaker 2

se quedó inmóvil por un segundo. No por sorpresa, sino porque calculaba las consecuencias de cualquier movimiento. Sus ojos rebotaron entre los presentes, primero en mí, buscando un ancla, después en Gael, que la miraba con una serenidad casi ofensiva, finalmente en Adrián, que no pestañeó. Vectoria tenía la dignidad de una emperatriz condenada. Gael fue el que caminó hacia ella,

sin prisa, los pasos medidos como un metrónomo cruel. Me sorprendió lo suave de sus manos, como se deslizaron por la solapa de la chaqueta de Victoria y la bajaron por los hombros, como luego buscó los botones de la blusa y, uno a uno, los fue soltando, como si desabrochara una bomba. Victoria apretó la mandíbula, los dientes blancos destellaron por un instante.

Speaker 3

Pero se dejó hacer. Yo no dejé de mirar. La blusa cayó

Speaker 2

La piel quedó expuesta, el sostén negro otra vez en escena, dos tetas monumentales contenidas por milagro y un par de tirantes tensos como cuerdas de piano. Gael bajó a la cintura, y ahí, Victoria intentó frenar, puso una mano sobre la suya. Pero él la apartó. El pantalón se abrió, bajó apenas, reveló la curva milagrosa del abdomen, la cadera ancha, la tela negra y mínima del bóxer alto, más masculino que femenino,

pero igual de esculpido. Victoria quedó de pie en mitad de la sala, con su lencería oscura, las piernas abiertas en un anclaje de gladiadora, las tetas empujando hacia afuera, y ese cuello largo y herido de orgullo. Gael se apartó, como satisfecho de la obra. Adrián la estudió con ojos de artista barra diagonal depredador. Hasta yo sentí el rubor en las mejillas. Por un segundo, la envidié. No por el poder, sino por la belleza inhumana de su derrota. Arrodíllate, ordenó Adrián,

Speaker 3

sin matiz alguno. Victoria lo miró. Por un instante, creí que

Speaker 2

lo iba a escupir. lo juro. Pero sólo la dio la cabeza, como una gata evaluando a un perro. Clavó los ojos

Speaker 3

en los de Adrián y dijo.¿ Y si no? Adrián hizo un gesto mínimo con la barbilla.

Speaker 2

Gael se adelantó, esta vez sin la teatralidad de antes. Le tomó el pelo a Victoria, la mano firme, sin violencia, pero sin dudas. Y la empujó hacia abajo, hasta que ambas rodillas chocaron contra la alfombra. Gael no la soltó. Adrián, con una calma que me desquició, empezó a quitarse la camisa. Lo hizo despacio, sin perderle la mirada a Victoria. Se desabotonó hasta el final, revelando el torso lampiño, el abdomen marcado,

los brazos largos y venosos. Yo, sin poder evitarlo, seguí el ejemplo, me quité la camiseta blanca, los pechos apenas cubiertos por el brasier de color piel. Mis pezones se alzaron, sensibles al aire, y sentí el temblor en los brazos. No de miedo. De pura excitación. Gael finalmente soltó a Victoria y comenzó a desnudarse a toda prisa. Ahí estábamos los cuatro,

Speaker 3

desnudos y dispuestos a morir. Adrián de nuevo abrió el aire con su voz.— Acepta que eres nuestra. Su pene

Speaker 2

apuntaba directamente hacia el rostro de Victoria, quien esbozó una mueca de asco y rabia. Pero algo había cambiado, la mujer fuerte y segura que yo conocí no existía más, así que sólo faltaba un empujón suave para hacerla caer. Y esa era mi tarea. Me coloqué detrás de Victoria y la abracé con fuerza. Mi piel desnuda se encontró con la suya, como un abrigo tierno. Sentía en el pecho la tela de su brasier, el cual solté, liberando

las titánicas tetas. Victoria no me detuvo.« Déjate caer, es mejor así», susurré contra su oído, mientras mis manos tomaban los portentosos senos sin poder realmente abarcarlos. Y entonces sucedió. Victoria, finalmente, se quebró. Acepto que soy suya, murmuró Victoria, con la voz astillada pero sin titubeos. Adrián sonrió apenas, como si supiera desde el principio que este era el destino inevitable. Buena chica, dijo, y esa frase, tan simple, fue un

sello más que una recompensa. Yo no pude evitarlo, Cerré los ojos un segundo, saboreando ese instante como si fuera un orgasmo moral. Adrián se inclinó un poco hacia ella. Repite después de mí, ordenó con voz suave, casi paternal. Acepto que soy propiedad de la SDMF. Victoria bajó los ojos. Por un instante pareció buscar dentro de sí algo que aún no estuviera roto. Pero no lo encontró. Acepto que soy propiedad de la SDMF, dijo, como si se tragara veneno.

Yo sentí como mi respiración se detenía un instante. El aire estaba espeso, caliente, eléctrico. Renuncio a mi voluntad mientras ustedes lo deseen, continuó Adrián, sin variar el tono. Renuncio a mi voluntad mientras ustedes lo deseen, repitió ella, con voz hueca, pero sin dudar. Gael se había quedado al margen, observando. No intervenía, pero en sus ojos brillaba una luz distinta.

De hambre, tal vez. O de orgullo. Seré útil, obediente, y me entregaré sin reservas cuando se me exija, dijo Adrián, esta vez más despacio. Victoria tragó saliva. Sus labios temblaron, pero no por miedo. Era otra cosa. Algo más primitivo. Seré útil, obediente, y me entregaré sin reservas cuando se me exija. Adrián la contempló como si estuviera viendo una escultura recién

Speaker 3

terminada. Muy bien. Ahora, mírame, le pidió. Ella levantó el rostro. Los ojos ya no estaban llenos de furia. Ahora eran dos espejos sin defensa. Dilo por última vez. Pero haz lo tuyo. Victoria respiró hondo. Y esta vez, sin que nadie le dictara, dijo. Soy suya. Para lo que quieran. Para cuando quieran. Un silencio denso cayó sobre la sala. Adriana sintió con solemnidad. Luego, como si sellara un contrato invisible, murmuró. Bienvenida. Todos, finalmente,

La Orgia de Dominación y el Sello Final

nos permitimos respirar. El

Speaker 2

ambiente se disipó de manera brutal.¿ Qué va a pasar ahora? Intervino, juguetón, Gael, poniendo a prueba la sumisión de Victoria, quien de inmediato contestó. Lo que ustedes decidan. Adrián se colocó en el sillón abierto de piernas y me miró, luego golpeó su muslo y entendí directo la orden. Sin rechistar, me acerqué gateando y cumplí la indicación, me metí el pene directo a

la boca. Victoria parecía no entender qué pasaba. Sin embargo, Gael, quien asumo había estado esperando este momento por noches y días, saltó directo a la acción. Mi pequeño sujetó su verga, estirándola sobre la cabeza de Victoria y dándole una indicación visual y obvia sobre su tarea, comerle los huevos. Tarea a la que Victoria se lanzó, con más ímpetu del que quizá esperábamos. La mamás bastante mejor, mencionó Adrián mientras me acariciaba el cabello con algo parecido a la ternura.¿

Quién diría que te volverías una perra tan diligente? Me daría asco reconocerlo en público. pero el cumplido me hizo sentir bien. Mientras tanto, Gael, impaciente como siempre, ya había trasladado la acción al otro sillón de nuestra sala. Gael se la llevó de la nuca y la arrastró gateando por la alfombra. En un movimiento coordinado y preciso, la empinó sobre la alfombra de espaldas a él y le jaló bruscamente la ropa interior, que se desgarró en la

línea de la nalga. Victoria emitió un bufido, pero mantuvo la posición, con la frente casi pegada al piso y el culo en alto. Mi hijo se hincó detrás, empuñó su verga y la alineó con la entrada de Victoria. Sin ceremonia, la penetró de un solo golpe, haciendo que ambas nalgas vibraran como cuajada en bandeja de plata. El gemido de Victoria no fue de dolor, sino de pura animalidad. un sonido sordo, casi de macho cabrío, que llenó la

sala y me mojó toda por dentro. Gael empezó a bombear con un ritmo bestial, los muslos pegándole en la parte trasera de la pierna, cada embestida más profunda que la anterior. No se detuvo ni cuando los jadeos de Vectores se volvieron temblores, ni cuando la piel se llenó de gotitas de sudor que bajaban por la línea de la espalda. Yo seguí mamándosela a Adrián, con la boca hecha cuerpo entero, el sabor salado y punzante llenándome la garganta. Adrián olía al libro viejo y a madera, pero su

verga era de carne y sangre, caliente, palpitante. Me acarició la cabeza con una mano y con la otra me mantuvo pegada, como si no quisiera soltarme jamás. Al cabo de un rato, Gael ordenó a Victoria que se levantara. Ella obedeció, la cara enrojecida y el pelo pegado al rostro. Gael se sentó en el sillón, piernas bien abiertas, y la hizo sentarse encima, de frente. Ella se montó sin protestar, la verga de mi hijo deslizándose adentro de ella como

si la conociera de toda la vida. Victoria empezó a cabalgarlo, primero lento, después con furia, las tetas inmensas rebotando en la cara de Gael, que las atrapaba entre las manos y les mordía los pezones, gruñendo como un animal enjaulado. Era un espectáculo de potencia y ruina, y yo no podía dejar de mirar aunque tuviera la boca llena de otra verga. Victoria y Gael seguían, ella cada vez más

fuera de sí, el ritmo volviéndose incontrolable. Gael apretó las caderas de Victoria, la levantó y la bajó con fuerza, lo suficiente para que la sala entera se llenara del sonido húmedo de los cuerpos chocando. Fue entonces cuando vi el destello en los ojos de mi hijo, la determinación y la furia en su mirada, y supe que estaba a punto de explotar. Gael se vino con un rugido, la cara enterrada entre las tetas de Victoria, que se

dejó caer sobre él, agotada. Por un segundo, ambos quedaron inmóviles, sudorosos, pegados por los fluidos y por algo más difícil de nombrar. Al terminar, Victoria se apartó, la respiración hecha polvo, el cuerpo temblando como si hubiera sobrevivido un incendio. Adrián no esperó a que se repusieran. Chasqueó los dedos, como un director de orquesta, y Victoria, entendiendo la señal, se deslizó hasta mis pies. Se arrodilló junto a mí, la piel

brillando de sudor, las piernas aún temblorosas. Adrián se puso de pie y nos tomó a ambas de la nuca, una mano en mi pelo, la otra en el de Victoria. Guiados por él, le hicimos una mamada doble, nuestras bocas se alternaban, a veces rozándose, intercambiando saliva y el sabor metálico del sexo. Nuestras lenguas se tocaban, se empujaban, a veces luchando por el control del glande, a veces colaborando como si fuéramos partes de la misma bestia. Nadie dijo palabra.

Era puro sonido, gorgoteo, gemido, el ruido húmedo de la boca y el temblor de las respiraciones. Adrián aumentó el ritmo, las caderas bombeando hacia adelante, la verga endurecida al máximo. Y entonces, casi sin aviso, se vino en la cara de Victoria. La corrida fue brutal, chorro tras chorro, manchándole las mejillas, la barbilla, incluso la punta de la nariz. Adrián soltó el agarre.

Speaker 3

Se recostó en el sillón, la respiración en oleajes profundos. Gael y yo. Victoria y yo. Había

Speaker 2

un silencio, no incómodo, sino absoluto, como la pausa entre dos movimientos de sinfonía. Y

Speaker 3

entonces Adrián, sin abrir los ojos, dijo. Bésense. No hubo duda.

Speaker 2

Victoria me tomó la cara, me atrajó hacia ella, y unió nuestras bocas en un beso largo, húmedo, casi coreográfico. La mezcla de fluidos, el semen tibio en su lengua, el sabor a piel y derrota, todo eso era una comunión, una celebración de lo que habíamos sido y lo que seríamos. No fue sensual ni tierno.

Speaker 3

Fue necesario. Fue la aceptación total de las reglas del juego. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.

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