Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... El grupo secreto, parte 5. Mónica, una ejecutiva ambiciosa atrapada en un puesto sin futuro, vive obsesionada con ascender dentro de su empresa. pero todo cambia el día que recibe un misterioso correo, ha sido elegida, o tal vez condenada, por una sociedad anónima y secreta que la somete a pruebas cada vez más humillantes. La historia da un giro cuando entra en escena Gael, su hijo, con quien apenas mantiene
una relación cordial. Lo que Mónica ignora es que Gael es parte de la SDMF, un grupo de jóvenes inteligentes, carismáticos y peligrosos que han ideado un perverso proyecto para seducir, manipular y controlar a un grupo selecto de mujeres. El grupo está liderado por Adrián, calculador y frío, lo acompañan Luca, encantador pero sádico, Mateo, impulsivo y temperamental, Santiago, brillante y estratega, y Leo, el más callado, pero quizás el más inquietante.
Todo marcha como lo planearon, hasta que Gael rompe las reglas, le revela a Mónica su implicación. Este
capítulo cuenta lo que vino después. Perspectiva de Gael Todos estaban más que expectantes, mirándome.
Y con razón, era la primera vez que teníamos una reunión de urgencia de esta naturaleza. Y la había convocado yo. Incluso Adrián, que se había mostrado tan confiado en mí, me había respondido cuando le expliqué la situación. A ver si no te acabas de mandar una cagada del tamaño de un estadio, Gael. Espero esto te salga bien, porque si no, yo mismo voy y te corto los huevos.¿
Me oyes? Y bueno, aunque su amenaza me parecía desmedida, Entendía completamente sus razones, mi desplante ponía en riesgo, no digamos sólo el plan y la posibilidad de ese grupo de degenerados de cogerse a sus mamis, sino nuestra seguridad propia, si mamá se salía de control nada nos podría detener de llegar a la cárcel. Pero eso no
iba a pasar. Tenía confianza ciega en que no. Bueno, Gaelcito, cuéntanos cuál
es la prisa. Soltó Luca, nuestra estrella extrovertida. Tragué saliva. Me sentía como animalillo acorralado, me temblaban ligeramente las manos. Traté de comenzar a hablar, pero las palabras se me atoraron en la garganta. Queríamos contarles los avances del imprevisto que tuvimos con Isabella, dijo Adrián, rescatándome. Lo miré agradecido.
Él me devolvió una mirada cargada de desprecio. Santiago sonrió con curiosidad.¿ Y cuál es
exactamente la situación con Isabella? Pues que la estúpida estaba intentando sacar un préstamo bancario, porque sólo le habíamos dado la mitad del dinero para pagar su deuda. Pero eso es una pendejada, al final no hay tal deuda y
sólo habría pedido dinero para nada, expresó Mateo. brillante como siempre hermanito remató santiago con hastío imagino que el verdadero problema sería que perderíamos ese control sobre ella exacto y ahí es donde entra nuestro querido gael dijo adrián señalándome y aunque sabía que estaba molesto conmigo Sus palabras brillaban con orgullo, este muchacho enclenque y tímido llevó a cabo la operación completa, se plantó en su casa, la intimidó
lo suficiente para que firmara un contrato con nosotros al ofrecerse a liquidar su deuda, pero no la agobió al punto de generarle una crisis de nervios. Honestamente fue una operación a nivel quirúrgico. No sabía que tenías los huevos tan grandes, dijo Luca.
O que los tenía siquiera. Arqué
una ceja, pero no pude evitar sonreír. Yo tampoco sabía que los tenía, dije, tratando de sonar menos nervioso. Me sorprendió la carcajada general. Estos bastardos podían ser la peor banda de degenerados posibles, pero me hacían sentir como uno de ellos, quizá porque en verdad lo
era. Me sentía uno más. y entonces recordé lo que tenía que
decirles. Hay algo más, no relacionado con esa misión, empecé, y mi tono debió ser terrible, porque noté como todos volvían a ponerse serios. Adrián me miró fijamente, sus ojos calculadores buscando cualquier signo de debilidad en los míos.
Qué es? Preguntó Mateo.¿ Qué está pasando? Tragué saliva otra vez. Sabía que debía ser honesto, aunque fueran un puñado de degenerados. Cometí un error. Mateo frunció el ceño.¿ Qué error? El silencio era tan denso que podría
haberse cortado con un cuchillo. Hasta el sonido del tráfico afuera parecía haberse detenido, expectante. Mónica sabe que soy parte de la SDMF, solté finalmente. Los rostros frente a mí se quedaron inmóviles por un segundo eterno. Luego comenzaron a transformarse en una mezcla de sorpresa, incredulidad y rabia contenida.
Mateo golpeó la mesa con el puño.¿ Qué mierda dices? La voz tranquila de Santiago se impuso sobre
el
murmullo creciente. Creo que Gael fue bastante claro, dijo.¿ O no, Gael? Sentí el peso del mundo sobre mis hombros. Lo sé, dije. Pero escuchen. Luca negó con la cabeza, incrédulo.¿ Cómo fue que pasó eso? Como eres pendejo, Gael, soltó Leo,
incluso el callado Leo estaba en mi contra.
Tragué saliva. No había palabras en el mundo que me pudieran salvar.« Denme un segundo», dije con
voz temblorosa. Me levanté antes de que alguien más me bombardeara con otra pregunta o insulto. Crucé la habitación y sentí sus miradas taladrándome la espalda. Giré el picaporte y ahí estaba ella, Mónica, mi madre, una visión que desafiaba toda lógica y moral. Su cuerpo tonificado brillaba bajo las luces del pasillo, apenas cubierto por un conjunto de encaje negro que revelaba más de lo que ocultaba. El collar de cuero, símbolo de su sumisión al grupo, resaltaba en
su cuello como una marca indeleble de posesión. La placa metálica colgaba y tintineaba suavemente con su respiración controlada. Sus ojos encontraron con los míos una mezcla de desafío y sumisión en un solo parpadeo eterno. Sígueme, dije en un hilo de voz, tomando su mano fría pero firme. Regresamos al centro de la sala y me senté en mi lugar mientras ella se arrodillaba a mi lado, bajando la cabeza en un acto calculado de obediencia que congeló a
todos los presentes. El silencio era tan profundo que podía escuchar mi propio corazón latiendo como tambor en mis oídos. Adrián fue el primero en reaccionar, sus labios se curvaron en una sonrisa incrédula. Vaya, vaya. Parece que nuestro Gael tiene todo bajo control después de todo. Los demás la devoraban con la mirada, ese tipo de mirada que sólo los verdaderos degenerados pueden tener. Desnuda de por sí, mamá parecía aún más desprovista de ropa con los ojos de
ellos recorriendo cada centímetro de su piel. Una gota de sudor frío me recorrió la espalda. No sabía si era emoción o miedo o ambas cosas a la vez. Los miré a todos, intentando adivinar
qué pensaban. Luca fue el primero en hablar.¿ Pero cómo es posible? Preguntó, como si acabara de ver un fantasma. Nadie respondió. Ni una palabra. No se atrevían
a apartar la vista
ni por un segundo.
Y cuál es exactamente el plan aquí? Preguntó Mateo, rompiendo al fin el hechizo. Adrián me miró con esa mezcla de desafío y
confianza. Que responda Gael, dijo. Después de todo, ha sido su movimiento. Tomé
aire profundamente. Sabía que esta era mi oportunidad para demostrarles que había pensado cada detalle. Que no había cometido un error sino una jugada maestra. Mónica puede ser nuestra agente encubierta, dije con voz firme. Está completamente entregada, ya es una perra obediente. Puede ser la perra mayor entre las perras. La que entrene al resto. Y para darle más peso a mis palabras, acaricié la cabeza de Mónica con un gesto condescendiente que ella recibió estoicamente. El silencio se hizo
más pesado por un instante que pareció eterno. Las caras alrededor de la mesa estaban atrapadas entre la incredulidad y el asombro.¿ Estás diciendo qué? Empezó Luca, pero lo interrumpí antes de que pudiera terminar.¿ Qué nos va a servir como nadie más puede hacerlo? Dije mirándolos fijamente.¿ Y cómo sabemos que podemos confiar en ella? Preguntó Leo, su voz ronca parecía rasgar el aire. Mónica me miró a los ojos,
buscando aprobación para hablar, asentí suavemente. Y este gesto no pasó inadvertido para los presentes, que lo admiraron con aprobación. Saben que no tengo opción. Me tenían acorralada desde antes de siquiera saberlo, dijo Mónica, con un tono suave, medido, que parecía acariciar el aire cargado de testosterona. Al menos ahora puedo disfrutar un poco la sumisión a la que me han sometido. Mateo fue el primero en asentir, luego
Luca y Leo siguieron su ejemplo. No sé ustedes, pero a mí me encanta cómo suena eso, dijo Santiago al fin, con su voz calculadora. Sentí una ola de alivio recorriendo mi cuerpo. Es perfecto, dijo Adrián, su sonrisa cómplice iluminando la sala. Gael nos consiguió una pieza invaluable. Los rostros alrededor de la mesa brillaban con una satisfacción casi obscena. Aunque hay algo más, la voz pausada de Santiago cortó
el momento como un cuchillo. Estoy de acuerdo con la incorporación, pero este tipo de decisiones siempre deben tomarse entre todos. Lo miré, confundido por un segundo.¿ Qué más podía querer? Y por eso habrá un precio especial esta vez. Continuó Santiago con una calma exasperante, Mónica tiene que chuparnos la verga a todos los presentes. Menos a Galsito, por supuesto. Un silencio denso volvió a llenar el cuarto. La expectativa era palpable. Las palabras resonaron en mi cabeza mientras veía
a los demás intercambiar miradas cómplices y lascivas. Santiago sonrió ampliamente, disfrutando el impacto que había causado su sentencia. Mi alivio se transformó en una mezcla febril de emociones difíciles de nombrar. Mónica mantuvo la cabeza gacha pero supe que lo había escuchado perfectamente, vi un leve temblor recorrer sus hombros desnudos antes de recuperar la compostura. Una vez más, el murmullo aprobatorio llenó la habitación. Adrián se inclinó hacia adelante y
sus ojos brillando con esa intensidad voraz tan familiar. Bienvenida oficialmente al equipo, dijo con una sonrisa torcida. Mónica no dijo nada, pero supe que había aceptado cuando levantó la cabeza y me miró con una mezcla de desafío y resignación. Me recorrió un escalofrío. No sabía si era por la expectativa o por el pavor, pero la sangre me hervía de emoción degenerada. Mateo fue el primero en moverse, su
sonrisa arrogante iluminando su rostro. Se paró frente a ella y bajó la cremallera con un movimiento pausado, dejando caer los pantalones sobre sus zapatos lustrados. Vamos a ver qué tan buena eres, dijo mientras tomaba una silla y se sentaba frente a ella. Mónica se arrastró hasta quedar entre sus piernas abiertas. La expresión de Mateo era de un
placer absoluto incluso antes de que ella comenzara. Se la metió en la boca con un hambre desesperada, como si quisiera demostrarle que podía cumplir sin dudar las órdenes más humillantes. Mateo gimió suavemente, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás cuando sintió los labios de Mónica envolviendo cada centímetro de su erección. La sujetó del cabello. primero suavemente pero luego con fuerza, guiándola con un ritmo frenético que resonaba en toda la habitación.
Sí, así, jadeó. Justo así.
Sus palabras eran innecesarias, Mónica ya estaba entregada al ritmo que él imponía. El sonido húmedo y rítmico se mezclaba con las respiraciones aceleradas de todos los presentes. Cuando finalmente eyaculó escandalosamente, Mónica levantó la vista hacia Luca, quien observaba el espectáculo con una intensidad casi febril.¿ Quién sigue? Preguntó Mateo burlonamente entre jadeos. Luca estaba listo antes de que
alguien pudiera decir algo. Se paró justo donde Mateo había estado y dejó caer sus jeans al suelo con un movimiento despreocupado. La miraba como si fuera a devorarla entera. No sabía que te gustaban tanto las mamás, dijo Mónica antes de volver a abrir la boca para recibirlo. Luca rió, pero fue un sonido breve convertido en gemido cuando sintió el calor húmedo rodearlo. Siguió el ejemplo de Mateo, sujetándola del cabello y marcando un ritmo intenso desde el primer segundo.
Sus caderas se movían hacia adelante como si intentara llegar hasta lo más profundo de ella, mamá reaccionó con un par de arcadas. pero soportó el castigo sin sacarse el pene de la boca.
Mierda!— exclamó.— Eres una puta diosa.
Los otros observaban fascinados mientras Mónica lo complacía sin dejar de mirarlo a los ojos ni por un segundo. Parecía absorber cada palabra obscena como si fuera combustible para seguir arrodillada ante ellos. Ejaculó también en su boca y oímos a mamá tragar, sin reparos, aunque su cara se torció en una mueca de esfuerzo. Cuando finalmente la liberó, ella se limpió la saliva del mentón con el dorso de
la mano y se dirigió inmediatamente hacia Leo. Leo ya había bajado sus pantalones a media pierna antes de que ella llegara a su posición. Su verga era monstruosa en comparación con las otras, incluso los demás miembros del grupo parecían impresionados al verla completamente erecta. Leo sonrió apenas cuando ella lo miró por un momento fugaz antes de comenzar. La tomó también por la cabeza pero esta vez mantuvo
un ritmo más suave y constante. Se deleitaba viendo cómo Mónica luchaba para acomodarse al tamaño descomunal dentro de su boca sin perder el ritmo ni decaer en su entrega total. Eso es, despacito, disfrútalo, murmuró Leo casi inaudible entre suspiros profundos. A pesar del esfuerzo evidente en su rostro, Mónica continuó sin detenerse hasta que él dejó escapar un gemido bajo
y satisfecho soltándola casi con ternura. Mónica se arrastró hacia Santiago, quien la esperaba con una sonrisa de triunfo tan amplia que parecía cortarle el rostro. El muy cabrón ni siquiera se molestó en bajarse los pantalones, dejó que ella lo hiciera, disfrutando cada segundo del acto humillante de ver a la mujer arrodillarse de nuevo y desnudarlo como un puto rey.— Vamos,
perra— dijo suavemente—. Sorpréndeme. Se la metió en la boca con determinación, y él se abandonó por completo al placer, cerrando los ojos sin tocarla, como si su simple presencia fuera suficiente para doblegarla. Ni siquiera la miraba, su desprecio era total. Mónica subía y bajaba la cabeza con ritmo incansable, y cuando empezó a chuparle también los huevos, Santiago perdió la compostura por un instante y sus manos se aferraron a la silla con fuerza. Hija de puta. Gimió, sin
poder contenerse. Ellaculó poco después, rindiéndose al placer que parecía consumirlo por completo. Ella tragó con esfuerzo antes de levantarse lentamente y dirigirse hacia Adrián. Notablemente cansada y asqueada, Mónica se arrodilló frente a él. Adrián no sonreía, su mirada era intensa, calculadora. La abofeteó suavemente en el rostro con su verga, marcando su superioridad antes de dejar que ella empezara.
Trágatela toda», ordenó con frialdad.
Mónica puso todo su esfuerzo en complacerlo. Se notaba que estaba exhausta pero determinada a demostrarles que era capaz de soportar cualquier humillación. Sus labios se movían sobre Adrián con una dedicación casi desesperada mientras se la miraba desde arriba, cada vez más absorto en el placer. La habitación estaba cargada de tensión lasciva. Los demás observaban en silencio expectante mientras Mónica continuaba chupándosela a Adrián como si su vida
dependiera de ello. Finalmente Adrián eyaculó, pero no en su boca como los demás, sino en su cara. Mónica cerró los ojos y el semen le resbaló por la frente y el puente de la nariz, goteando lentamente hacia sus labios. Se quedó un momento inmóvil, como si necesitara recuperar fuerzas antes de moverse. El silencio era absoluto excepto por nuestras respiraciones entrecortadas. Finalmente se limpió con el dorso de la mano y se levantó pesadamente, volviendo a arrodillarse a mi lado.
Sentí que había pasado una eternidad desde que la dejé ir para cumplir su condena. Verla regresar con el rostro cubierto por los restos húmedos de Adrián me hizo sentir un raro orgullo enfermizo.« Que empiece la fiesta», dijo Santiago. rompiendo el hechizo con su voz segura. Ya tenemos todo listo. Pronto podremos darles una bienvenida parecida a las nuevas perras. Sus palabras fueron recibidas con sonrisas cómplices. Mi cuerpo temblaba
con una mezcla extraña de euforia y cansancio. La certeza de que tenía un lugar en el grupo me llenaba tanto de alivio como de asco. Todo se mezclaba dentro de mí y sentía como si hubiera estado encerrado en esa habitación durante años. Afuera, el sonido del tráfico regresó lentamente mientras nos dispersábamos a nuestros rincones oscuros y secretos, cada uno imaginando cómo serían las próximas sumisiones. Mónica permaneció en silencio junto a mí, su respiración agitada contrastando con
la aparente calma que exhibía ante los demás. No sabía si se había acostumbrado ya al papel que le había tocado jugar o si todavía luchaba contra él en silencio. La miré fijamente, tratando de descifrarla mientras ella limpiaba otra vez los restos pegajosos de su cara.¿ Estás bien? Pregunté finalmente, sin saber si realmente quería escuchar la respuesta.
Me miró por un segundo interminable antes de contestar.¿ Te importa? No supe qué decirle. Parte de mí quería gritarle
que sí, otra parte quería ignorarlo todo. Lo estás haciendo muy bien, fue lo único que salió de mi boca después de una pausa incómoda. Ella no respondió, pero una sombra de amargura cruzó su rostro antes de bajar nuevamente la vista al suelo. Sentí que había estado demasiado tiempo en ese cuarto, días, Meses, años, una eternidad. Perspectiva de Mónica.
Segundo café antes de las diez de la mañana. Este día promete ser largo.
Dije adiós a Gael a la distancia. Me gustaba que, al menos, ambos intentábamos llevar esta nueva realidad dentro de unos límites claros, aunque la misma idea de límite sonara exageradamente estúpida dadas las condiciones. En fin, el café humeaba y la pantalla tiritaba frente a mí. Las tablas del presupuesto se amontonaban como una especie de monstruo de números y proyecciones. Me concentré en ajustar cada cifra, cada celda,
asegurándome de que nada escapara a mi control. Era una de las pocas tareas en las que no confiaba en mis asistentes, sabía que, al final del día, mi firma estaría al pie del documento y cualquier error sería un reflejo directo sobre mí. El tiempo era mi enemigo silencioso. Me perdí entre fórmulas y porcentajes, ajustando el balance como quien camina sobre una cuerda floja. Requería precisión, pero también intuición,
ambos eran dones que yo manejaba con maestría. Las horas se desvanecieron frente a la pantalla hasta que por fin miré el reloj, 11.45. Perfecto. Mandé el archivo con un clic decidido y me levanté de la silla, sintiendo un eco sordo en mis articulaciones por haber estado tanto tiempo inmóvil. Crucé la puerta de mi oficina, su alfombra lujosa amortiguando mis pasos apresurados mientras le decía a Mireya, mi asistente personal. Hoy tomaré dos horas para almorzar. Su expresión sorprendida casi
me hizo reír. Las pausas largas eran tan ajenas a mí que parecían chistes internos entre el personal. Salí del edificio, el aire fresco una bofetada bienvenida tras la atmósfera cerrada de la oficina. Subí a mi carro, ajustando el espejo retrovisor donde vi un destello de mí misma, implacable, serena. Conduje hacia el restaurante con la seguridad de saber exactamente qué se esperaba de mí y la ansiedad palpitante de
si lograría o no cumplirlo. Un tráfico inesperado me hizo apretar los dientes y tamborilear los dedos contra el volante. La ciudad parecía conspirar para retrasarme en esta misión, mi primera prueba real para la SDMF, pero si algo había aprendido después de la noche anterior era cómo mantener la calma bajo presión. Llegué sólo cinco minutos tarde y entregué las llaves al valet con una sonrisa calculada. Siempre tienes que llegar tarde a una negociación donde quieres hacerle saber
a la otra persona que tienes todas las cartas para ganar. Adentro, el ambiente elegante del restaurante me envolvió como un perfume familiar. Las mesas discretamente espaciadas, las conversaciones susurrantes, todo diseñado para hacer sentir a alguien importante aún más importante. Un camarero me guió hasta una mesa junto a la ventana, donde Victoria ya esperaba con un martini delicadamente inclinado entre sus dedos. Tomé asiento frente a ella, dejando que aflorara una mezcla
ensayada entre sinceridad casual y profesionalismo agudo. La luz del mediodía se filtraba por el ventanal, perfilando cada línea y cada curva de Victoria con la precisión de una escultura. Su elegancia era indiscutible, una presencia que llenaba el espacio con su sola existencia. El cabello oscuro caía sobre sus hombros como un río de ébano, contrastando con el tono sutilmente bronceado de su piel. Era una mujer robusta, de una complexión grande, más alta que yo sin dudarlo, aunque
su cuerpo ostentaba curvas apetecibles. Sus tetas eran más generosas que las mías, aunque no sabía si su trasero podía competir contra mi culo de campeonato. En resumen, no cabía duda de donde habían sacado la belleza Mateo y Santiago. Gracias por tomarte el tiempo para almorzar conmigo, Mónica, dijo Victoria, llevándose la copa a los labios con una gracia casi teatral. Necesitaba un momento fuera de la oficina, le respondí, dejando entrever un pequeño suspiro como si aquello fuera un lujo
que no me permitía a menudo. Entonces, dime, empezó Victoria después de una pausa medida.¿ Por qué buscas cambiar tu representante legal? Levanté mi mano en un gesto suave pero decisivo. Hablaremos de negocios después de almorzar. Noté una chispa en sus ojos mientras evaluaba mi respuesta, fue solo un segundo, pero suficiente para saber que había captado el mensaje. Me miró con agudeza antes de responder.
Por supuesto. Me
alegra que hayas escogido este lugar, comentó Victoria al fin, rompiendo esa quietud afilada mientras miraba alrededor con aprobación. Es uno de mis favoritos desde hace años. La reputación es excelente, repuse casi como si fuese algo casual y añadido al
último momento, aunque cada aspecto había sido minuciosamente calculado. Mi celular vibró sobre la mesa, lo ignoré a propósito para demostrar mi concentración absoluta en ella, pero no podía dejar de morderme internamente ante lo que podrían ser novedades urgentes. Me da curiosidad, Victoria, dije, rompiendo el silencio con una pregunta que sabía inesperada.¿ Cómo llegaste a donde estás? Su reacción fue instantánea, sus ojos se abrieron ligeramente y sus
labios formando una línea de sorpresa que rápidamente controló. No me malinterpretes, agregué con una sonrisa ensayada. Es difícil destacar en este mundo para nosotras. Me encantaría saber más sobre ti. Victoria dejó la copa sobre la mesa, el cristal resonando como un eco de su evaluación silenciosa sobre mí y mi pregunta. Ha sido un camino arduo, dijo al fin. con una franqueza que reconocí como parte de su estrategia
tanto como de su personalidad. Dos hijos no lo hacen más fácil, pero ser excelente en mi trabajo ha sido la clave.
Asentí despacio. También tengo un hijo, mencioné. A veces parece imposible equilibrar
todo. El nombre pareció flotar entre nosotras, acerándonos un poco más en esa complicidad femenina que buscaba fomentar. Victoria relajó los hombros y esbozó una sonrisa.« Sí, complicado», repitió ella, no sin cierta empatía en su tono. La conversación fluyó con más facilidad después de eso, como si el simple hecho de compartir nuestras experiencias hubiera desarmado algunas barreras invisibles.
Hablamos de los retos y las recompensas del poder femenino en un mundo dominado por hombres, cada frase medida y calculada pero con suficiente sinceridad para sonar auténtica. Cuando llegó el momento de pedir la cuenta, nos encontrábamos en ese terreno casi confortable que precede a las verdaderas decisiones. Le sonreí, dejando que la confianza se deslizara por mi tono. Ha
sido un placer, Victoria. Observé cómo sus cejas se alzaban ligeramente, un gesto lleno de sorpresa y algo parecido a la frustración. Pero ni siquiera hemos hablado de negocios, protestó, su mirada clavándose en mí con una intensidad que no dejó lugar a dudas sobre su desconcierto. Ya he tomado mi decisión, respondí, manteniendo la serenidad mientras ella me estudiaba con una mezcla
de incredulidad y admiración. Vectoria se quedó en silencio por un instante, procesando mis palabras como si fueran un rompecabezas inesperado. Te llamaré en los próximos días, añadí. Así podemos acordar los detalles de lo que necesito. La comprensión suavizó su expresión, respiró profundamente, dejando ir una tensión que no había notado hasta entonces. Esa misma intensidad ahora transformada en satisfacción. Entonces tenemos un trato, dijo, extendiendo su mano. Asentí mientras sellábamos
la promesa con un apretón firme. Salí del restaurante sintiendo una ligera adrenalina correr por mis venas, como si hubiese conquistado una pequeña victoria personal y profesional. La misión era extremadamente sencilla, comparada con lo que ya me habían obligado a hacer esos hijos de puta. pero jugar al agente secreto no dejaba de parecerme excitante. Subí al auto y regresé a la oficina, esta vez sin tráfico que frenara
mi impulso. Entré con pasos decididos, sintiendo como el aire del vestíbulo me envolvía nuevamente en esa atmósfera conocida de eficiencia corporativa. Mireia me lanzó una mirada curiosa cuando pasé junto a su escritorio, Debía estar preguntándose qué clase de almuerzo duraba sólo una hora y veinte minutos después de haber anunciado dos horas completas. Me senté frente a la pantalla aún encendida, el monstruo numérico aguardaba paciente mi regreso.
Tomé un sorbo del café frío para luego dejarlo a un lado, enfocándome al borde del agotamiento pero desbordante de propósito renovado. Tenía trabajo que hacer, el día prometía ser largo pero no imposible. Los números se multiplicaban como conejos y cada cifra era una bomba de tiempo lista para explotar en mi contra. Me enfrenté a la pantalla, implacable, decidida a no dejarme vencer por una maraña de datos que parecían retorcerse con vida propia. La idea fluyó subrepticiamente,¿
debería buscar otro cliente? La perspectiva me tentó y me aterrorizó simultáneamente. Estaba dispuesta a todo por mantener mi imagen intacta, pero sería capaz de manejar tres proyectos al mismo tiempo sin caer en un abismo de presión. La posibilidad de ser devorada por mi propia ambición me mantuvo alerta, aunque no lo suficiente como para ahogar la pregunta que surgió
de la nada, y si pedía ayuda a la. No, ya eran los dueños de mi culo, al menos quería el orgullo de cimentar y crecer mi carrera por mi cuenta y mis medios. obviando el pequeño empujón que me dieron al inicio, claro. Cuatro horas desaparecieron entre ecuaciones. Sentí el peso del día aplastándome el cráneo cuando volví a mirar el reloj, 6.46. Imprimí el documento final con un clic casi violento, asegurándome de tener todas las copias listas para
la mañana siguiente. Mi cuerpo crujió al alzarme de la silla, mis músculos protestaron calladamente por el abuso. Mireya, dije mientras cruzaba la puerta. Mañana te espero a primera hora, antes de que te vayas verifica que todo está en orden para la reunión de mañana. La sorpresa había dado paso a una resignación profesional, ella sintió sin siquiera levantar la vista del monitor. El aire fresco me golpeó al salir
del edificio. Caminé rápido hacia el auto, alejándome del reflejo de mi propia sombra que parecía más densa y oscura que nunca. Conduje a través de la ciudad como si huyera. Llegué al parque diez minutos después y vi sus figuras esperando en la penumbra creciente. Mateo y Santiago se movieron con precisión coreografiada, deslizándose dentro del auto apenas detuve el motor.
¿Listos? Preguntó Santiago con su sonrisa envolvente. Asentí sin decir palabra. Mateo rió suavemente desde el asiento trasero. Nos espera una noche larga, dijo.
Qué bueno que nuestra chofer está tan buena. Manejé con el pie pesado sobre el acelerador, dejando que la velocidad llenara el silencio incómodo del auto. Llegamos a la casa de Isabella antes de lo previsto. Las luces afuera estaban apagadas, pero sabía que ella estaría esperando. Santiago sacó dos máscaras del maletín a su lado y se las pasó. El cuero negro brilló bajo una farola lejana mientras ambos se cubrían el rostro, transformándose en sombras anónimas de sí mismos.
Me dejaron atrás sin una palabra mientras caminaban hacia la puerta. Respiré hondo y me bajé del auto, sintiendo como los tacones resonaban en el pavimento como golpes de martillo. Alcancé a los hermanos justo cuando llegaban a la entrada. Toqué el timbre con dedos decididos pero temblorosos. Era la primera vez que estaba en su casa. La puerta se abrió al instante, revelando el rostro sereno y expectante de Isabella.
Sus ojos buscaron los míos primero. Luego pasaron a los hombres enmascarados detrás de mí con una mezcla de curiosidad y resignación que dolió más de lo esperado. Hola, Isabella, dije suavemente antes de inclinarme hacia ella y besar sus labios con firmeza, obedeciendo órdenes que no debería haber sido tan fácil seguir. Mateo y Santiago entraron a la casa detrás de nosotras sin decir una palabra. Isabella se quedó inmóvil por un momento, procesando lo inevitable de nuestra llegada.
Me moví hacia la sala mientras ella seguía mis pasos con resignación palpable. Ya sabes que viene, le dije, mi voz tratando de sonar más fuerte y segura de lo que sentía al recordarle la última vez. Ella sintió mientras yo soltaba mi cabello, dejándolo caer sobre mis hombros en cascadas improvisadas. Me quité los tacones uno por uno, sabiendo que este acto inicial era sólo un preludio para lo demás.
Para todo lo demás. Isabella me observó con sus ojos marrones llenos de sumisión aprendida mientras yo tomaba control del espacio. Cada objeto familiar era ahora parte del escenario donde se desarrollaría nuestra degradación compartida. Esta vez va a ser más intenso, le advertí
Estás lista?¿ No hay otra manera?
Preguntó Isabella, su voz se quebró en un susurro. Puse un dedo en sus labios, silenciándola con la suavidad de una orden que no admite
réplica.¿ La sala o el dormitorio? Ella vaciló sólo un segundo. El dormitorio. Mateo y
Santiago ya estaban en el pasillo, impacientes. Fuimos tras ellos, nuestros pasos resonando sordamente contra el piso de madera mientras nos dirigíamos a lo que sabía sería una noche interminable.¿ Qué tengo que hacer? Sus palabras fueron tan ingenuas que me conmovieron. Sentí un placer extraño y acerado al saberme en control total. Sin pensarlo, la besé de nuevo en los labios.
Un impulso. Una afirmación. Desnúdate, ordené. Luego desnúdalos a ellos.
Isabella obedeció sin vacilar. Debajo de la playera holgada que vestía había un conjunto de lencería que definitivamente le hacía justicia. Debajo del sostén, unos pechos no demasiado grandes pero bastante apetecibles, y debajo de la tanguita, una concha totalmente depilada, de labios sonrosados. Trató de no temblar cuando se acercó primero a Santiago y luego a Mateo, quitándoles las camisas, los pantalones.
Me quedé observando desde la distancia, mis órdenes fueron claras, Isabella era una mujer muy nerviosa, y mi rol ahí era sólo mantenerla lo suficientemente tranquila, para que todo se desenvolviera de la manera más placentera para nuestros invitados. Observé con la misma mezcla de morbo y autoridad mientras Isabella se arrodillaba frente a los hermanos. Sus manos, temblando apenas, alcanzaron el borde del boxer de Mateo y lo deslizó
hacia abajo. Su pene estaba ya completamente erecto, largo, recto y potente como una amenaza sin palabras. Isabella tragó saliva antes de moverse a Santiago. Le retiró el boxer con un poco más de torpeza. El miembro de Santiago era diferente al de Mateo, no tan grande pero con una ligera curva ascendente que parecía prometer sus propias satisfacciones. No estaba completamente rígido aún, pero sabía que pronto lo estaría. Los dos hombres, desnudos frente a ella, eran como dioses
paganos reclamando su tributo. Mateo la sujetó de la cabeza con una firmeza que no dejaba lugar para dudas ni protestas. Isabella cerró los ojos un instante, cuando los abrió de nuevo, tenía la mirada resignada de quien acepta su papel. Comenzó a chuparle el pene, y la única descripción posible es con ternura. Santiago se mantuvo a un lado, viéndola mientras su erección tomaba forma lentamente, casi disfrutando más del espectáculo
que de cualquier contacto directo. Los hermanos se miraron entre sí, cómplices en aquel escenario donde todo seguía exactamente el guión inmutable de sus deseos. Buena chica, susurró Mateo, soltando momentáneamente su control sobre Isabella sólo para tomarla del cabello nuevamente e intensificar cada movimiento. Santiago miraba la escena con una mezcla de impaciencia y triunfo. Se acercó más, su pene
ahora completamente erecto por la simple expectativa. Isabella abrió los ojos al sentirlo tan próximo, dividida entre el miedo a defraudarles y una sumisión ya aprendida. En la cama, en cuatro, ordenó Santiago. Isabella se paralizó, como si escuchar las voces por primera vez de ese par le indujera un miedo sobrenatural. Isabella se levantó con un movimiento tembloroso, y su cuerpo fue una silueta envuelta en vulnerabilidad al acomodarse a gatas
en la cama. Mateo se acostó frente a ella, ofreciéndole su pene con una expectativa que no admitía pausas. Isabella envolvió el contorno rígido de su erección con los labios, mientras Santiago se posicionaba detrás, sujetándola por las caderas antes de penetrarla de un solo empuje. Ahí Isabella habría gritado, por la violencia calculada del acto, sin embargo, Mateo la tenía bien sujeta de la nuca, haciéndola devorar su verga.
Me desnudé lentamente al fondo de la habitación, no había ninguna orden explícita, pero sabía que quizá pudiera manchar mi ropa de... algo. Mateo y Santiago encontraron un ritmo sincronizado que parecía casi imposible, penetraban a Isabella por la vagina y la boca con precisión orquestada. Trágatelo todo, ordenó Mateo, empujando más profundo en la garganta de Isabella con cada palabra.
Los sonidos de ella eran ahogados pero claros. En algún momento temí que la brutalidad del chico la hiciera vomitar. Santiago la sujetó con un poco más de fuerza cuando sintió que el cuerpo de Isabella se tensaba demasiado. No te detengas, dijo, su voz un rasguño de urgencia contenida. Pasaron varios minutos antes de que Santiago se apartara finalmente y Mateo retirara su verga de su boca. Isabella aprovechó
el momento para tomar aire desesperadamente. Su pecho subía y bajaba con agitación, los labios hinchados, muchas veces parecía a punto de quebrarse pero nunca lo hacía. Sabía que no podía.— Móntame, ordenó Mateo. Se acostó en la cama con las manos detrás de la cabeza, su verga apuntando al techo como un misil listo para detonar. Ella se subió sobre él con movimientos torpes debido al cansancio, a la falta de práctica. Se dejó caer en su pene y el empalme fue
como una estocada en territorio conocido pero doloroso. Santiago se paró frente a ella, obligándola ahora a darle una mamada mientras cabalgaba sobre Mateo. Isabella tuvo problemas al coordinar ambas acciones al inicio, pero después encontró un ritmo apropiado. Casi como si se comunicaran telepáticamente, Mateo y Santiago alcanzaron el orgasmo simultáneamente, el primero llenándola directamente en la concha mientras el segundo la sujetaba de la cabeza para asegurarse que
recibiera todo el semen en la boca. Isabella tragó con un reflejo cercano al pánico antes de dejarse caer hacia adelante, quedando recostada sobre el pecho de Mateo, quien la dejó permanecer en esa posición por unos segundos antes de moverla a un lado.—¿ Te viniste?— preguntó Santiago, su tono fue directo, casi desinteresado. Isabella lo miró con ojos vidriosos, como si no comprendiera el significado de las palabras. La confusión la hacía verse más indefensa, si acaso eso era posible.¿ Tuviste
un orgasmo? Santiago repitió la pregunta con más decisión mientras se limpiaba el semen de su tronco. Yo, no, contestó ella finalmente, su voz apenas perceptible. Santiago sonrió al escucharla. Ha sido una buena perra, dijo con un tono que dejaba claro que aún esperaban más de ella esta noche. Y nosotros recompensamos a las perras buenas,¿ no es así? Giró hacia mí,
su mirada fue una orden más que cualquier palabra. Mónica. Haz que se venga. Una chispa de incomodidad me recorrió el cuerpo antes
de que pudiera controlarla. Solo un segundo. Isabella intentó moverse, pero Mateo ya la tenía inmovilizada bajo su brazo. No. No es necesario, dijo Isabella. con una súplica rota en cada sílaba. Mateo ignoró sus palabras como si fueran un murmullo insignificante y la sujetó firmemente contra la cama. Le abrió las piernas sin esfuerzo, exponiéndola por completo a mi vista y a lo inevitable de la situación. Tragué saliva y me acerqué, sintiendo el peso de sus expectativas sobre
mí como una loza que sólo podía levantar obedeciendo. La vagina de Isabella estaba hinchada y llena de semen tibio, resumando la mezcla espesa que Santiago le había dejado dentro unos momentos antes. Me incliné sobre ella en un movimiento seguro pero ansioso, luchando por mantenerme en control mientras mi voluntad flaqueaba y mi moral se desintegraba lentamente. La primera lamida fue tímida, un roce apenas perceptible que me hizo contener el aliento como si yo misma estuviera a punto
de ahogarme. Isabella se estremeció bajo mi lengua, sus muslos temblaron mientras Mateo la mantenía completamente inmóvil. Isabella intentó cerrar las piernas por un instante, pero Mateo sujetó sus muslos con una fuerza que no admitía más resistencia. Seguí lamiendo con más determinación, sabiendo que tenía las manos atadas y, a la vez, completamente libres. Era un sabor intenso, almizclado, Se mezclaba en mi boca la contundencia del semen y
su humedad propia. Al principio me costó trabajo soportarlo, pero al poco tiempo me acostumbré y comencé a chupar con más ganas. Mónica gimió Isabella, su voz oscilando entre súplica y rendición absoluta. Pero yo ya no escuchaba, mi única respuesta fue intensificar el ritmo. Me enfoqué en su clítoris mientras lo hacía palpitar bajo la punta de mi lengua, como si cada movimiento decidiera exactamente cuando se rompería su resistencia. Metí uno de mis dedos dentro de ella y sentí
cómo se tensaba sobre mí. Lo saqué y lo volví a meter junto a otro, despacio, observando cómo se retorcía
con cada empuje. La penetré insistentemente mientras chupaba su clítoris hasta que su cuerpo se arqueó bruscamente, deteniéndose por un segundo antes de convulsionar con espasmos incontrolables fue entonces cuando presioné mi dedo contra el borde indeciso de su culo antes de finalmente introducirlo hasta el fondo apreté con la lengua y los dedos hasta que Isabella tuvo un orgasmo tan violento que pensé que iba a desmayarse su grito fue largo y contenido en el aire denso del dormitorio
casi un eco del placer tortuoso que Mateo y Santiago ya le habían causado No me detuve, seguí chupándole la concha sin pausa ni respiro hasta que Santiago habló finalmente.
Creo que ya es suficiente», dijo, satisfecho. Me aparté. El cuerpo tembloroso de Isabella dejó pasar un último gemido.
Me levanté sintiendo la humedad escurriendo por mi boca y bajándome por el mentón hasta los pechos. Tragué saliva antes de limpiarme rápidamente con la mano y miré hacia los hermanos. Toda una profesional, comentó Mateo desde la cama donde aún permanecía acostado. Santiago asintió, tenía esa sonrisa sobradora que tanto deseaba arrancarle a golpes. Es hora de irnos, dijo finalmente Santiago.
Pero volveremos pronto. Mateo se levantó de la cama con la misma facilidad con la que había sometido a Isabella. Se vistió con movimientos eficientes. Santiago lo imitó. Isabella aún yacía inmóvil, recuperándose del espasmo intenso que parecía haberla despojado de sus últimas fuerzas. La miré desde mi posición, evaluando si debía ayudarle a levantarse o dejar que lo hiciera sola.
Para cuando decidí moverme hacia ella, Isabella ya estaba incorporándose lentamente.« Vístete», dijo Santiago al pasar junto a ella, sin detenerse siquiera para observar cómo obedecía. Isabella se incorporó con esfuerzo. Sus manos temblaban apenas mientras buscaba su camiseta holgada, se la puso apresuradamente sobre el cuerpo desnudo antes de recoger los shorts del suelo y deslizarse dentro de ellos. Ni siquiera hizo el amago de buscar ropa interior.
Yo me puse de pie y vestí la blusa con rapidez. Luego, todos nos
dirigimos de regreso a la entrada. Isabella nos seguía desde atrás. Nos vemos pronto, arrojó Mateo sobre su hombro mientras cruzaba el umbral. Santiago ya estaba afuera cuando me detuve un instante en el marco. Tenía un impulso extraño, no quería admitirlo ni pensarlo demasiado porque sabía lo peligroso que sería si lo hacía. Di un paso más allá antes de escucharlo chasquear la boca desde el otro lado como si hubiera olvidado algo importante pero insignificante.— Mónica— dijo Santiago—,
despídete bien.
Me giré sobre mis talones inmediatamente y vi cómo Isabella me observaba desde adentro. Cerré la distancia entre nosotras en dos zancadas rápidas y tomé su rostro entre mis manos, sintiendo aún el calor y el temblor bajo mi toque. La besé profundamente, fue diferente a cualquier beso antes dado o recibido. El sabor salado del semen estaba aún fresco en su boca, lejano al principio, luego invasivo e inevitable. Fue casi tierno al final. Me aparté suavemente pero sin vacilar.
Finalmente salí de la casa para encontrarme nuevamente con Santiago y Mateo. Eres una buena perra, al final de todo, dijo Mateo, dándome un azote en el culo para rematar su afirmación.
Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
