Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... El grupo secreto, parte 1. El mundo empresarial es un mundo de hombres y para hombres, si una mujer destaca es porque tiene lo necesario y más. Porque incluso la belleza te juega en contra. Así es señor, Wang, y enderecé la espalda para hacer todavía más enfático mi compromiso, y que fuera notable incluso a través de la frialdad de la pantalla. Le aseguro que estará mucho más que satisfecho
con nuestro servicio. Yo misma supervisaré que su orden se procese debidamente. El hombre, al otro lado del Pacífico, en un traje negro impecable hizo una sutil reverencia, único signo de su satisfacción. La llamada terminó pocos minutos después. Suspiré profundamente y me requiné en mi silla de cuero. Otro día, otra negociación exitosa. Pero mierda, qué agotador era mantener esta fachada de perfección constante. Me quité los tacones de 12 centímetros
y masajeé mis doloridos pies. El vibrar de mi teléfono interrumpió mi momento de alivio. Era Gael, de nuevo. Ignoré la notificación sin siquiera leerla. Lo que sea que quisiera, podía esperar. Uno imagina que a los 19 un hijo dejaría de tener mamitis, pero al parecer no era así. Llené un par de hojas de cálculos con los detalles del nuevo pedido, puse un post-it sobre mi computadora para recordarme darle seguimiento a la mañana siguiente. Me coloqué de nuevo
los tacones y guardé mis cosas. El viaje a casa fue rápido, como era a esas horas de la noche. Mierda, de verdad que tenía que apalancarme en esta empresa, tenía demasiados proyectos y poco tiempo, pero el precio a pagar por no haber podido afianzar ningún cliente grande. Tenía más trabajo que nadie en la empresa, pero el salario más bajo de los directivos porque ni siquiera era socia menor.
Solo llegar a mi departamento me quité los tacones de nuevo, La tibieza de la madera fue como un bálsamo para mis doloridos pies. Buenas noches, hijo, dije, impostando un tono maternal que hace años había perdido. Pedí pizza de nuevo, espero el peperón y te caiga mejor esta vez.¿ De nuevo? Levanté la voz, sin tratar de suavizar el tono pero el contraatacó de inmediato. Desde el viernes no hay comida en la casa. Mierda, había olvidado hacer las compras otra vez.
La culpa me carcomía por dentro, pero la aparté rápidamente. No tenía tiempo para eso. Algún día podrías hacerla tú, solté al aire. Claro, solo necesito dinero, carro y tiempo, contestó sin siquiera voltearme a ver. Parecía que todavía más ausente en persona que en teléfono este chico. Rodé los ojos. ¿Tiempo?¿ Qué mierda de proyectos podía tener un estudiante de primer año de la universidad? Probablemente estaría perdiendo el tiempo con videojuegos.
Me serví una copa de vino tinto, necesitaba algo fuerte después de este día. El líquido carmesí bajó por mi garganta, dejando un rastro cálido a su paso. Tomé una rebanada de pizza fría y la mastiqué sin ganas. El queso gomoso se pegaba a mi paladar.¿ Cómo te fue hoy en la universidad? Dije, sentándome en el sillón frente al cual mi hijo ocupaba. Era difícil, pero tenía que intentar congeniar con mi hijo. Gael gruñó algo ininteligible. Típico. Era como hablar con una pared. Terminé mi copa y me
serví otra. El alcohol empezaba a nublar mis sentidos, relajando la tensión acumulada durante el día. Miré el reloj, las once y treinta de la noche. Mañana tenía una reunión importante a las siete de la mañana. Me voy a la cama, no te quedes hasta muy tarde. Gael ni siquiera se inmutó. Suspiré y me dirigí a mi habitación, los tacones colgando de mis dedos. Mientras subía las escaleras, sentí el peso de otro día más sobre mis hombros. Otro día de fingir, de luchar, de demostrar que merecía
estar donde estaba. Me acomodé en mi silla, estirando el cuello para aliviar la tensión acumulada. La junta de las 7 de la mañana fue un éxito rotundo. Literalmente nadie pensaba que pudiera cerrar el trato con ese cliente asiático, pero hice. Simón me felicitó frente a todos. Creo que es la primera vez que se dirige a mí directamente. Incluso el ridículo de Roberto hizo a Mago de darme un abrazo,
pero claramente lo esquivé amablemente. Era cierto que en más de una ocasión me había aprovechado de su amabilidad para conseguir algún reporte o cliente, pero nunca pensaba darle realmente una oportunidad. Revisé mi agenda. Tengo el resto del día libre para cerrar pendientes. Perfecto. Abrí mi bandeja de entrada y comencé a clasificar correos. Borrar, archivar, responder. La rutina de siempre. De repente, algo captó mi atención. Un correo nuevo,
enviado hace apenas unos minutos, desde mi propia cuenta. El asunto del correo dice simplemente, urgente, léeme. No soy una cobarde, lo sabe todo el mundo. pero por alguna razón, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Dudé un segundo, pero aún así abrí el correo. Las palabras aparecieron frente a mí como la misma muerte
El correo decía, Querida Mónica,
Tenemos en nuestro poder los reportes financieros que la compañía se esmera tanto en ocultar. Se esmera tanto, que tú eres la única que tiene una copia completa. Sabemos muy bien lo que significarían para la empresa si salieran a la luz. Y peor aún, sabemos lo que significarían para ti. Pero no somos monstruos. Te ofrecemos una alternativa. Una tarea simple, realmente. Solo tienes que hacerle una mamada a tu jefe Simón. Grábalo y envíanos el video. A esta misma dirección
de correo. Tienes una hora. Tic-tac, Mónica. Sentí
que el piso se abría bajo mis pies. Mi corazón latía desbocado.¿ Cómo mierda habían conseguido esos reportes? Los tenía encriptados, protegidos. Nadie más que yo tenía acceso. Y jamás los había enviado por correo. Coño. ni siquiera los había pasado a una USB temiendo que esto pudiera pasar. Mi mente corría a mil por hora. Si esos documentos salían a la luz, todo por lo que había luchado se iría a la mierda. Años de sacrificio, de noches sin dormir, de fines de
semana trabajando. Todo para nada. Y los puñeteros informes ni siquiera contenían información ilegal, Solo mostraban que habíamos hecho un par de movimientos y ya, claro que traerían incertidumbre a los socios, y justamente por eso me los habían dado a mí que... que no
era tan importante. Tomé aire. Pensé,
incluso, que podría tratarse del mismo Simón. Pero, como mierda, si era mi mismo correo. Revisé en Google todos los accesos, pero nada fuera de lo usual. Solo mi computadora había tenido acceso a mi correo empresarial. Tomé más aire. Me levanté de golpe y comencé a caminar por la oficina. Necesitaba pensar. Evaluar mis opciones. Opción 1. Ignorar el correo. Pero eso significaba arriesgarme a que cumplieran su amenaza. Mi carrera,
mi reputación, todo se iría al carajo. Opción 2. Denunciar el chantaje.¿ Pero a quién?¿ A la policía?¿ A recursos humanos? En el momento en que lo hiciera, los reportes saldrían a la luz. Estaría jodida igual. Opción 3. Hacer lo que me pedían. Sentí náuseas de solo pensarlo. Pero,¿ qué alternativa tenía? Eres una puta superviviente, me dije a mí misma. Has llegado hasta aquí. No vas a dejar que unos hijos de puta te lo quiten todo. Me temblaban las piernas. El
ascensor subió lentamente, cada segundo una tortura. El espejo en su interior me devolvía una imagen que apenas reconocía, una mujer pálida, con los ojos dilatados por el miedo y la adrenalina. Respiré hondo, intentando calmarme. El ping del ascensor anunció mi llegada. Claramente la oficina del dueño estaría en el piso más alto del edificio. Las puertas se abrieron a un pasillo lujoso, alfombrado en un tono burdeos profundo
que ahogaba el sonido de mis tacones. Las paredes estaban decoradas con cuadros abstractos en tonos oscuros, probablemente costosos pero sin alma. La secretaria de Simón, una mujer rubia y delgada con un traje sastre impecable, me miró con sospecha cuando me acerqué a su escritorio. Sus ojos azules me escanearon de arriba a abajo, buscando cualquier signo de debilidad. Señora Herrera, el señor Ortega está ocupado en este momento.¿
Tiene cita? No, pero es urgente. Necesito verlo ahora mismo, respondí. mi voz más firme de lo que me sentía. Ella frunció el ceño, claramente molesta por mi insistencia. Lo siento, pero sin cita. Mira, la interrumpí, inclinándome sobre su escritorio, acabo de cerrar el trato con Wang. Simón querrá saber los detalles. Ahora. Vi la duda en sus ojos. Sabía que estaba sopesando la ira de Simón si me dejaba pasar contra su ira si no lo hacía y resultaba
que realmente era importante. Finalmente, suspiró y presionó el botón del interfón. Señor Ortega, la señora Herrera está aquí. Dice que es urgente. Hubo un momento de silencio que pareció eterno. Luego, la voz grave de Simón resonó por el altavoz, hazla pasar. La secretaria me dirigió una mirada de advertencia antes de señalar hacia la puerta de roble macizo al final del pasillo. Asentí secamente y me dirigí hacia allá. Un, dos, tres,
conté mentalmente antes de abrir la puerta. Entré, cerrando la puerta tras de mí. La oficina era enorme, con ventanales del piso al techo que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. Simón estaba sentado detrás de su escritorio de roble macizo. Mónica, qué sorpresa.¿ En qué puedo ayudarte? Preguntó, arqueando una ceja y sin esconder un déjove molestia en su voz. Simón, yo, necesito hablar contigo sobre algo importante. Él se reclinó en su silla. Te he dicho que
te escucho, dijo, visiblemente molesto. Fingí admirar los cuadros, mis ojos recorriendo las pinceladas abstractas mientras mi corazón latía como un tambor en mi pecho. Con un movimiento sutil, deslicé mi teléfono entre dos libros en uno de los estantes, asegurándome de que la cámara tuviera un ángulo claro de la escena que estaba a punto de desarrollarse. El suave zumbido de la grabación comenzando fue como un disparo en mi cabeza. Simón carraspeó. Mónica, no tengo tiempo que perder.
Si tienes algo que decir, dilo ya. Me di la vuelta lentamente, forzando una sonrisa. Simón, yo quería agradecerte por reconocer mi trabajo esta mañana. Significó mucho para mí. Su expresión se suavizó ligeramente, pero la molestia aún era evidente en sus ojos. Es lo normal, Mónica. Hiciste un buen trabajo con Wang. Di un paso hacia él, acortando la distancia entre nosotros. Mis manos sudaban, y tuve que resistir
el impulso de limpiármelas en la falda. En cambio, levanté un dedo y lo coloqué suavemente sobre sus labios, sintiendo cómo se tensaba bajo mi toque. Déjame agradecerte apropiadamente, solté, rápido. Como si arrancara un curita, como si esa fuera la parte difícil. Vi la sorpresa en sus ojos. Asintió, perplejo, como si no estuviera seguro de lo que acababa de proponer. Giré la silla y me arrodillé entre sus piernas. Mis dedos, aún temblorosos, lucharon con su cinturón. El sonido metálico de
la hebilla resonó en la oficina silenciosa. Cerré los ojos por un momento, respirando profundamente para calmarme. Esto es por mi carrera, me recordé a mí misma. Por todo lo que he trabajado. Abrí los ojos y miré hacia arriba, encontrándome con la mirada intensa de Simón. Sin romper el contacto visual, bajé la cremallera de sus pantalones y lo liberé de su ropa interior. Debajo, Había una verga de buen calibre aunque no inmensa, que no había tenido suficiente
tiempo de despertar. Tomé ese pene con mi mano y nada más tocarlo, Simón suspiró, haciendo de la experiencia todavía más repugnante. Sin preámbulos comencé a mamar. Sentí como el miembro se endurecía en mi boca, creciendo y pulsando contra mi lengua. El sabor amargo y salado me revolvió el estómago, pero me obligué a continuar. Mis labios se deslizaban arriba y abajo por el tallo, mientras mi lengua trazaba círculos alrededor del glande. Escuché a Simon jadear y apretar los
reposabrazos de la silla. Me concentré en chupar el glande mientras lo masturbaba rápido con mi mano, esperando que terminara pronto. El vello púbico me hacía cosquillas en la nariz con cada movimiento. Simón al menos tuvo la decencia de no tocarme ni hablarme. Sólo se oían sus jadeos entrecortados y el obsceno sonido húmedo de mi boca trabajando en su miembro. Podía sentir su mirada clavada en mí, probablemente disfrutando de
tenerme arrodillada frente a él. La humillación me quemaba por dentro. A los pocos minutos, sin mucho aviso, Simón se tensó. Un gruñido gutural escapó de su garganta mientras su pene pulsaba en mi boca. El primer chorro de semen caliente golpeó el fondo de mi garganta, provocándome una arcada. Rápidamente me aparté y el resto cayó sobre mi barbilla y cuello, pegajoso y repugnante. Sin perder un segundo, escupí el semen
en el bote de basura cercano. El sabor amargo persistía en mi boca mientras me limpiaba frenéticamente con un pañuelo. Sentía asco, vergüenza y rabia a partes iguales. Pero sobre todo, sentía alivio de que hubiera terminado. Me puse de pie tambaleante, limpiándome la boca con el dorso de la mano. Sentía las rodillas adoloridas por la alfombra áspera. Simón se acomodó la ropa en silencio, evitando mi mirada. El aire estaba
cargado de tensión y vergüenza. ¡Uf! Creo, creo que me he dejado llevar, dije, con una vergüenza auténtica, espero no pienses mal de mí, esto fue un accidente. Y mientras fingía estar apenada tomé mi teléfono. Simón, dije, impostando mi más auténtica expresión de preocupación, espero que este incidente no cambie lo que piensa sobre mí. Me dejé llevar demasiado y yo. No, no, para nada. Me interrumpió él, haciendo un gesto con las manos para calmarme. Forcé una sonrisa.
Voy a salir. Y necesitaré irme un poco más temprano de lo usual, solté
Pero por supuesto. Ten una linda tarde. Tú también, Mónica
Regresé a mi pequeña oficina y con lágrimas contenidas envié el video. El silencio era ensordecedor. Cada segundo que pasaba sin una notificación era como una puñalada en mi estómago. Mis ojos no se apartaban de la pantalla del teléfono. Sentía el sabor amargo del semen de Simón aún en mi boca, mezclado con la bilis que amenazaba con subir por mi garganta. Me levanté de un salto y corrí al baño, apenas llegando a tiempo para vomitar violentamente en
el inodoro. Las arcadas sacudían mi cuerpo mientras expulsaba el contenido de mi estómago, junto con la vergüenza y el asco que me consumían. Me lavé la boca varias veces, intentando eliminar ese sabor repulsivo que parecía adherirse a mi lengua y a mis pensamientos. El sonido de un mensaje entrante me sacó de mi trance. El corazón me dio un vuelco, pensé que podría ser él, el chantajista, pero al mirar la pantalla vi que era sólo un recordatorio
sobre una reunión pendiente. Regresé a mi oficina como si estuviera caminando sobre un hilo tenso. Para calmar mi mente, me sumergí en las tareas pendientes del día. aunque cada 20 minutos me traicionaba a mí misma y regresaba a la pantalla del correo y presionaba maniáticamente el botón de refresh, pero nada pasó. Una semana. Una maldita semana con esta perra angustia. Apenas pude conciliar el sueño la primera noche después del email y la mamada, pensando que quizá esos
enfermos hubieran cambiado de opinión y filtrado el reporte. Mi ansiedad bajó con el paso de los días, pero nunca se fue. Lo peor era intentar mantener un perfil de normalidad cuando realmente estaba podrida por dentro. Supongo que en casa mi imagen era sumamente deplorable, puesto que Gael y yo establecimos una tregua, siete días exactos sin peleas, discusiones ni roces. No es que la relación se hubiera vuelto la fantasía de las películas de Disney. pero al menos
ahora éramos capaces de intercambiar frases cordiales entre nosotros. El viernes siguiente llegó y yo, aunque más calmada, seguía sumamente nerviosa. Y es que era cierto, si quisiera soltar la
información, lo habrían hecho ya. No. No. Estos hijos de
perra esperaban algo más. Cegaramente iban a aferrarse a esa pieza de información e intentar extorsionarme lo más posible con eso. Sí, eso iban a hacer. Era mejor prepararme. La oficina sonaba inusualmente silenciosa. Mi pequeña oficina no era a prueba de ruido, a diferencia de las que estaban reservadas para socios reales de la compañía. Mis manos temblaban mientras abría una hoja en blanco en la computadora, impulsada por una mezcla de
desesperación y pragmatismo. Pensé en cuánto dinero podría ofrecerles a cambio de su silencio. A fin de cuentas, mis ahorros eran escasos, pero había ciertas cosas que podría liquidar. Calculé mentalmente, no era una cantidad exorbitante, pero quizá podía disuadirlos de seguirme molestando. Ahora bien, El problema era cómo presentarlo. Tantos años en negociaciones me habían enseñado que la clave es
controlar la situación. No podía hablar desde un espacio de debilidad, tenía que imponerme y aunque no iba a doblegarlos, al menos mostrarme como alguien sin miedo. Justo cuando estaba a punto de anotar mis pensamientos, mi corazón se detuvo al escuchar el ping familiar de un nuevo e-mail. De nuevo la misma estrategia, desde mi propia cuenta. Abrí el email con dedos temblorosos, mi corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en mis oídos. Felicidades, perra obediente. Has demostrado ser
una buena mascota. Soy un embajador de la SDMF y tenemos una nueva tarea para ti. Mi estómago se revolvió, la bilis subió de golpe por mi garganta. ¿SDMF?¿ Qué mierda significaba eso? Tu próxima orden, practicarle sexo oral a Roberto. Grábalo y envíalo. Tienes 24 horas. Hijos de puta, grité en voz baja, con mis puños golpeando el escritorio. Roberto, ese imbécil. Me consideraba una perra para los negocios, sí. Pero no la perra de nadie. Respiré hondo, intentando calmar mis nervios crispados.
El aire entraba y salía de mis pulmones en jadeos entrecortados. Cerré los ojos, concentrándome en el sonido de mi respiración, tratando de ignorar el zumbido de pánico en mi cabeza. Cuando los abrí de nuevo, mi reflejo en el monitor me devolvió una mirada desafiante. No, no iba a dejar que me quebraran tan fácilmente. Tenía que encontrar una salida, negociar, hacer algo. Con dedos temblorosos, comencé a teclear una respuesta. Las palabras fluían, una mezcla de súplica y amenaza velada.
Estimado y respetable embajador de la SDMF, desconozco la verdadera intención de tus peticiones, pero te garantizo que esta relación puede ser una oportunidad para ambos. Hay una cantidad de dinero sobre la mesa que puedo hacerte llegar de manera anónima e irrastreable, así podemos dejar este incidente detrás nuestro. De lo contrario, me temo que deberé tomar las acciones
legales pertinentes, aunque eso comprometa mi propio futuro. Puesto que no pretendo ser parte de este juego retorcido durante un segundo más. El corazón se me iba a salir del pecho. Me di cuenta de que estaba sudando. La blusa se me pegaba ligeramente al pecho. Me quité el saco y me puse de pie. Todo a mi alrededor daba vueltas,
pero sentía poderosa, fuerte, imbatible. Claramente mi última línea era un glufeo, no sabía si podría dinamitar mi carrera con tal de traer a ese o esos hijos de perra ante la justicia, pero no había forma que ellos lo supieran. Y al final, no tenían motivos reales para hacerme caer, así que me parecía una oferta más que razonable. Recibí un nuevo correo, a los pocos minutos, que me regresó al mundo. El sonido de la notificación fue como un atigazo que me sacó de mi falsa sensación de victoria.
Con manos temblorosas, abrí el mensaje, sintiendo como el sudor frío recorría mi espalda. El email rezaba. Estimada señora Herrera, lamentamos profundamente el curso que nuestra conversación ha tomado. Sin embargo, nos vemos en la necesidad de recordarle su posición en esta relación. Contrario a lo que usted parece creer, no está en condiciones de negociar. Su intento de amenaza es, francamente, risible.¿
Acciones legales?¿ Contra quién, exactamente? Le aseguro que nuestra organización está más allá del alcance de cualquier sistema legal que usted pueda invocar. Ahora bien, ya que usted ha decidido demostrar cierta rebeldía, nos vemos obligados a ajustar nuestras demandas. Considérelo un recordatorio de quien está realmente al mando. Nueva orden. 1. Realizará el acto sexual oral previamente solicitado con Roberto. 2.
Lo hará con el torso completamente desnudo. 3. Grabará el acto en su totalidad, asegurándose de que su rostro y sus senos sean claramente visibles. 4. Tiene 12 horas para cumplir con esta tarea. Esperamos que este pequeño ejercicio le ayude a comprender mejor su lugar en nuestra dinámica. Recuerde, usted es nuestra mascota, nuestra perra obediente. Y las perras obedientes no ladran, solo obedecen
Atentamente. La SDMF
La rabia y la impotencia se mezclaban en mi interior, creando un cóctel tóxico que amenazaba con hacerme estallar. Me dejé caer en la silla, sintiendo como todo mi cuerpo temblaba. El aire se sentía pesado. como si de repente todo el oxígeno hubiera sido succionado de la habitación. Mis manos, frías y sudorosas, se aferraban al borde del escritorio como si fuera un salvavidas en medio de una tormenta. Puta madre,
putísima madre, sonaba en bucle en mi cabeza. Después de revolcarme en mi miseria por otros diez minutos, tomé la decisión de seguir adelante y complacer a esos hijos de puta. Comencé a pensar dónde podría hacerlo, pensé en el baño, un espacio neutro y privado, pero al final lo más seguro sería mi oficina. Al menos tendría control de la situación. Marqué el número de Roberto le pedí que viniera en cuanto pudiera. Me dijo que en dos horas pasaría por
mi oficina. Esas dos horas fueron una tortura. Cada minuto se arrastraba como si fueran años. Mi mente no dejaba de dar vueltas. El sudor empapaba mi blusa, formando manchas oscuras bajo mis axilas. Mis dedos tamborileaban nerviosamente sobre el escritorio, produciendo un ritmo frenético que sólo aumentaba mi ansiedad. Lo peor es que ni siquiera tenía trabajo como para distraerme.
Decidí preparar la escena. Con manos temblorosas, cerré las persianas de mi oficina, sumiendo la habitación en una penumbra inquietante. Tres golpes secos en la
puerta. La voz arrogante de Roberto resonó. Moni,¿ estás ahí? Pasa. Roberto
entró. Sus ojos recorrieron la oficina en penumbra, deteniéndose en mi figura tensa detrás del escritorio. Siéntate, por favor.
Se acomodó de manera demasiado lenta.¿ Todo bien, Monín? Preguntó con voz melosa.
Tragué saliva, sintiendo como si tuviera arena en la garganta. Perfecto, mentí con una sonrisa demasiado afilada. Pero quería hablar contigo, mi estimado. Él arqueó una ceja, intrigado. Adelante, dispara. Respiré hondo, reuniendo todo mi coraje.¿ Tienes alguna fantasía? La pregunta quedó flotando en el aire, pesada y cargada de tensión. Roberto parpadeó, sorprendido.¿ A qué te refieres?¿ Como un sueño? Imbécil repetí para mis adentros, no podía ser tan estúpido este remedio de
hombre frente a mí. MMM estaba pensando más como algo sensual. Vaya, vaya, Moni, ronroneó. No sabía que teníamos ese tipo de relación. Pero ya que preguntas, se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un susurro, siempre he tenido debilidad por las relaciones en el espacio de trabajo. Sentí que mi estómago se revolvía, pero me obligué a mantener la compostura. Al menos sería,
tal y como pensaba, sencillo abordar la situación,¿ en serio? Pregunté, mi voz apenas un hilo.¿ Y cómo sería eso exactamente? Pues ya sabes, no necesariamente un romance, pero cualquier cosa que pase en una oficina sabe a peligro y... Dios mío, este imbécil no merece una mamada mía. El sentimiento de nerviosismo fue poco a poco reemplazado por fastidio. Sin embargo,
intenté mantener la fingida actitud seductora. Bueno, Robert, tal vez hoy es tu día de suerte, solté, interrumpiendo sus incoherentes balbuceos. Él me miró, perplejo pero intentando mantener la patética sonrisa de negocios que siempre tenía pegada al rostro. Ben. Dije, recorriendo mi silla hacia atrás y dejando un espacio entre mi escritorio y yo, lugar donde justo Roberto se paró. Podía notar que sus manos temblaban un poco, presa de
la excitación. De manera rápida y sin ceremonias, me deshice de la blusa y el sostén, dejando que mis generosos pechos cayeran desnudos frente a él. Roberto contuvo el aliento,
sus ojos recorriendo mi torso desnudo con avidez. Podía sentir su mirada quemándome la piel, provocándome náuseas que tuve que reprimir.— Concéntrate, Mónica— me dije a mí misma.— Es solo un trabajo más.— Nada personal.— Roberto— susurré, tratando de sonar seductora mientras luchaba contra el asco que me provocaba la situación—,¿ por qué no te acercas un poco más? Él dio un paso adelante, su respiración ya agitada. Podía oler su colonia barata mezclada
con el sudor de la excitación. Era repugnante. Con movimientos deliberadamente lentos, desabroché su cinturón. Roberto jadeó cuando mis nudillos rozaron su entrepierna. Mónica, espera, dijo, con voz entrecortada.¿ Estás segura de esto? Por un momento, casi agradecí su duda. Casi. Pero el recuerdo del email, de la amenaza, me golpeó como una bofetada. No tenía opción. Cállate y disfruta, Roberto, gruñí, empujándolo contra el escritorio. Tomé su verga entre mis manos.
No era de un tamaño deplorable, pero tampoco era la mejor que había tenido en las manos. Una lástima, esta experiencia se ponía cada vez peor. De pronto, recordé que no había comenzado a grabar. Así que le extendí mi teléfono, configurado perfectamente para empezar a grabar. Él tomó mi celular en sus manos, que no dejaban de temblar y comenzó a grabar. En ese momento parecía más asustado que excitado, sin embargo, apenas había rozado su verga cuando ésta ya
estaba completamente dura. Maldije internamente y me incliné hacia adelante, tomando su polla en mi boca. El sabor amargo y salado me dio arcadas, pero me obligué a continuar. La mí desde la base hasta la punta, trazando círculos con mi lengua alrededor del glande. Roberto gimió patéticamente, sus caderas empujando hacia adelante. Vamos, cabrón, acaba de una puta vez, pensé mientras aumentaba el ritmo. Chupé con más fuerza, mis
mejillas se hundían con cada movimiento. Mis tetas rebotaban obscenamente mientras me balanceaba de adelante hacia atrás, tomándolo hasta la garganta. El muy hijo de puta parecía estar disfrutándolo demasiado. Sus manos se enredaron en mi pelo, empujando mi cabeza contra su entrepierna. Luché contra el impulso de morderlo.« Joder, Mónica, eres una puta diosa», jadeó Roberto. Sus palabras me revolvieron el estómago. Cerré los ojos con fuerza, concentrándome en terminar
esta mierda lo antes posible. Mis labios se deslizaban por su longitud y Mi lengua presionaba contra la vena palpitante en la parte inferior de su verga. Sentí que se tensaba, su polla pulsando en mi boca. Por fin, pensé con alivio. Roberto gruñó, corriéndose en chorros calientes y espesos. El sabor era asqueroso, así que en cuanto lo sentí terminar, me saqué el pene de la boca y escupí en el
bote de basura que tenía junto a mi escritorio. Roberto estaba jadeando, apoyado contra mi escritorio con una sonrisa estúpida en la cara. Eso fue increíble, murmuró. Lo fulminé con la mirada, la rabia y la humillación ardiendo en mi pecho. Lárgate de mi oficina, escupí. Él se mostró bastante sorprendido por mi radical cambio de atención, pero no dudó ni
un momento en seguir mis órdenes. Me vestí rápidamente, cargué el video en mi computadora sin mirarlo, pues ya había tenido suficiente humillación por una tarde, lo cargué como archivo adjunto en un email y me lo envié. No esperaba respuesta inmediata, pero a los pocos minutos la recibí, un email de mi propia cuenta. Estimada señora Herrera, nos complace enormemente ver que ha recuperado el sentido de la obediencia que tanto nos deleita. Su desempeño ha sido, sin duda, ejemplar.
Como una perra bien entrenada, ha cumplido con nuestras expectativas de manera sobresaliente. En reconocimiento a su excelente comportamiento, hemos decidido recompensarla. Después de todo, incluso las mascotas más obedientes merecen una croqueta de vez en cuando,¿ no es así?, Adjunto a este correo encontrará información que podría resultar de gran interés para usted y su carrera. Considérelo un pequeño regalo,
un hueso jugoso para que lo roa a su gusto. Recuerde, señora Herrera, que su obediencia no sólo la beneficia a usted, sino que también puede traer ventajas inesperadas. Siga siendo una buena mascota y quien sabe qué otras recompensas podrían llegar a su camino. Estaremos en contacto pronto.
Mientras tanto, disfrute de su premio. Atentamente. SDMF
Temí que el archivo fueran amenazas nuevas, o quizá el video anterior, pero era, en realidad, información de un nuevo cliente en la ciudad. Mis ojos recorrieron frenéticamente la pantalla, absorbiendo cada detalle del documento adjunto. Era una mina de oro de información corporativa, planes de expansión, presupuestos, contactos clave. Todo lo que necesitaba para asegurar un contrato multimillonario. Esto, si lo utilizaba bien, podría ponerme en la cima.
Tal vez. No, era una estúpida idea. Pero,¿ no era posible? Va, tal vez esta era, después de todo, una oportunidad. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
