Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos Calientes Hoy presentamos
Contigo en el fin del mundo, parte 6 La tarde comenzaba a mostrar sus pestañas. Tomaba literalmente tres minutos ir de nuestra casa a la ahora casa de nuestros invitados. Alejandra caminaba delante de mí, contoneando hipnóticamente las caderas, si no me la hubiera cogido hace unos minutos, ahora mismo la asaltaría. El sol moribundo teñía todo de un naranja enfermizo, como si el mundo entero estuviera en llamas. Mis ojos no podían despegarse del vaivén de ese culo perfecto que se
movía frente a mí. Llegamos al viejo almacén, una estructura decrépita de metal oxidado y ventanas rotas. El olor a moho y sudor nos golpeó al entrar. Los supervivientes yacían desperdigados por el suelo de cemento, sus rostros demacrados girándose hacia nosotros con una mezcla de miedo y esperanza. Alejandra se plantó en el centro de la habitación irradiando autoridad. Su voz resonó con fuerza. Escúchenme bien, perras. Hemos decidido
ser misericordiosos y darles dos opciones. Pueden largarse de aquí ahora mismo y buscarse la vida por su cuenta. O pueden quedarse bajo nuestra protección, con comida y refugio garantizados. Hizo una pausa dramática, sus ojos recorriendo los cuerpos tendidos a nuestros pies. Pero si se quedan, jurarán obediencia total a Pedro. Él será su dueño y señor, y cumplirán
sus órdenes sin cuestionarlas. ¿Entendido? Los supervivientes se miran entre ellos, sus ojos brillando con una mezcla de alivio y gratitud. Puedo ver cómo sus cuerpos tensos se relajan visiblemente, como si un gran peso hubiera sido levantado de sus hombros. El silencio que sigue a las palabras de Alejandra es casi palpable, cargado de emociones contenidas. Javier es el primero en romper ese silencio. Se incorpora lentamente, su cuerpo delgado
pero musculoso temblando ligeramente. Sus ojos, llenos de una honestidad desarmante, se fijan en nosotros. Gracias, dice con voz quebrada por la emoción. Yo, nosotros, no saben cuánto significa esto. Sus palabras salen entrecortadas, pero la gratitud en su voz es genuina, casi dolorosa de escuchar. Carla se unió a él, su voz suave pero firme. No los defraudaremos, Ale, Pedro, promete
con fervor. Sus ojos brillan con determinación mientras habla, y no puedo evitar que mi mirada se deslice por su cuerpo delgado, deteniéndome en ese trasero perfecto que parece desafiar la gravedad. Alma es la última en hablar, su voz baja pero clara. Espero estar a la altura de sus expectativas, dice con una sonrisa que ilumina su rostro. Sus curvas voluptuosas se mueven sugestivamente mientras se pone de pie y puedo sentir como Alejandra se tensa a mi lado. El
ambiente en la habitación ha cambiado completamente. Donde antes había desesperación y miedo, ahora hay esperanza y algo más. Puedo sentir la tensión sexual creciendo, espesando el aire ya cargado. Los ojos de todos están fijos en nosotros, llenos de adoración y deseo apenas contenido. Miro a Alejandra y veo una sonrisa depredadora en su rostro. Sé que está pensando en todas las formas en que podemos poner a prueba la lealtad de nuestros nuevos juguetes. Mi polla se endurece
completamente ante la perspectiva. Esta noche va a ser jodidamente interesante.¿ Qué es lo primero que deberíamos hacer? Pregunta Javier, con un tono suave que demuestra sumisión. Alejandra me mira, quizá pidiendo permiso para empezar con la diversión, pero me parece prudente llevar las cosas con calma. Vamos a arreglar este cuchitril para que tengan un lugar decente donde dormir. Eso es muy generoso, dice Alma, y por alguna razón me parece divertido. Bien, Esto es lo que vamos a hacer, dije,
sintiendo el poder fluir por mis venas. Quiero que limpien este lugar de arriba a abajo. No quiero ver ni una mota de polvo, ni una telaraña, nada. Empiecen por sacar toda esa mierda acumulada. Mientras hablaba, mis ojos recorrían el almacén. Montones de cajas podridas, muebles rotos y basura diversa se apilaban en los rincones. Javier, tú te encargas de sacar los escombros más pesados. Carla, barre y friega el suelo hasta que brille. Alma, limpia las ventanas y paredes.
Los tres se sintieron obedientemente y se pusieron manos a la obra sin rechistar. Observé con satisfacción cómo se movían con energía renovada, ansiosos por complacernos. Buen trabajo, dije, recorriendo el espacio con aprobación. Ahora, Javier y Carla, vayan al desván de al lado. Hay un colchón viejo que pueden usar por ahora. Tráiganlo. Los dos asintieron y salieron trotando como cachorros obedientes. Alma se quedó atrás, terminando de barrer
un rincón. Sus ojos no dejaban de lanzarnos miradas furtivas, como si estuviera esperando más órdenes, o tal vez algo más. Cuando Javier y Carla regresaron arrastrando el colchón polvoriento, les hice colocarlo en el centro de la habitación. Este será su lecho por ahora. Tendrán que compartirlo. Ya era hora de cenar, así que quizás sería suficiente por ahora. Alma, Alejandra, vayan a preparar la cena, ordené con voz firme. Ambas
asintieron y se dirigieron a la cocina. Observé cómo sus culos se contoneaban al caminar, el de Alejandra atlético y firme, el de alma más voluptuoso y rebotante. Mi polla dio un tirón en mis pantalones. Javier, pon la mesa, dije sin apartar la mirada de los traseros que se alejaban. Usa los platos y cubiertos que encuentres en el armario de la esquina. Sí, señor, respondió Javier con entusiasmo, corriendo a cumplir mi orden. Me quedé a solas con Carla.
Sus ojos color miel me miraban con una mezcla de nerviosismo y curiosidad. Me acerqué lentamente, saboreando el poder que tenía sobre ella. Háblame de ti y de los otros, Carla, le dije en voz baja, casi un susurro. Quiero conocerlos mejor. Carla se mordió el labio inferior, un gesto que me pareció increíblemente erótico. Su voz era suave cuando empezó a hablar. Carla tomó aire y comenzó a hablar, su voz suave
pero llena de emoción. Bueno, yo, aprendí algunas cosas de enfermería de mi madre antes de que todo esto pasara. Sé cómo curar heridas básicas, tratar infecciones y hasta hacer puntos si es necesario. No soy una experta, pero podría ser útil si alguien se lastima. Sus ojos brillaron con una mezcla de orgullo y tristeza al mencionar a su madre. Continué escuchando en silencio. Alma es la más sensible de nosotros, prosiguió Carla, su voz bajando a un susurro casi conspiratorio.
Ha pasado por mucho, su familia, según sé, fue de los primeros casos de infectados. Nunca comprendió por qué ella sobrevivió, pero lo hizo. Asentí, comprendiendo un poco mejor la dinámica que este peculiar grupo llevaba. Y Javier, continuó Carla, aparentemente ajena a mi escrutinio, es el más inocente, pero también el más creativo. Siempre está inventando cosas, encontrando soluciones. Es increíble ver cómo su mente funciona. Asentí, procesando la información.
Cada detalle sobre mis nuevos subordinados era valioso, potencialmente útil para el futuro. La voz de Alejandra
interrumpió la plática. Cena lista. Ambos volteamos a mirarla
La mesa estaba puesta, un mantel raído pero limpio cubría la superficie de madera gastada. El aroma del pollo asado inundaba la habitación. mezclándose con el olor fresco de la ensalada recién preparada. Todos nos sentamos alrededor, la anticipación palpable en el aire. Observé cómo Javier devoraba su comida con avidez, sus ojos brillaban de gratitud. Carla comía más despacio, saboreando cada bocado como si fuera el último. Alma picoteaba su ensalada,
lanzando miradas furtivas hacia Alejandra y yo. Mientras masticaba un trozo de pollo jugoso, no pude evitar imaginar cómo se verían estos cuerpos desnudos retorciéndose de placer bajo mis manos. Mi polla se agitó en mis pantalones, ansiosa por la acción que vendría. Mañana temprano, anuncié con voz firme, comenzarán a aprender cómo funcionan las cosas aquí. Tienen mucho que hacer para ganarse su lugar. Vi como Carla y Javier
intercambiaban miradas nerviosas mientras Alma asentía con determinación. Alejandra, a mi lado, esbozó una sonrisa depredadora que hizo que mi sangre hirviera de anticipación. Por ahora, descansen, continué. Necesitarán todas sus fuerzas para lo que viene. Terminamos de comer en un silencio cargado de tensión sexual y expectativa. Podía sentir como los ojos de nuestros nuevos juguetes recorrían nuestros cuerpos, preguntándose qué les depararía el mañana. Mientras recogíamos los platos,
Alejandra se acercó y me susurró al oído. No puedo esperar a mañana, papi. Su aliento cálido en mi oreja envió escalofríos por mi columna. Asentí, sintiendo como mi polla pulsaba con renovada urgencia. A dormir, todos, ordené, mi voz ronca de deseo apenas contenido. Los tres obedecieron sin chistar. Salieron de nuestra casa. Alejandra y yo nos retiramos a
nuestro cuarto. Mientras caminábamos, Alejandra no dejaba de sonreír, su mente estaba claramente llena de ideas perversas para el día siguiente. Yo también sonreía. Nada más cerrar la puerta del cuarto Alejandra se tiró a mis pies. Me lanzó una mirada hambrienta y yo asentí, otorgándole el permiso que sabía, buscaba. Sin perder un segundo, Alejandra desabrochó mis pantalones y liberó mi verga palpitante. Sus ojos brillaron con lujuria al verla
erguida frente a su rostro. Lamió sus labios carnosos antes de engullirla por completo en su boca caliente y húmeda. Gemí de placer mientras su lengua experta recorría cada centímetro de mi polla. La succionaba con avidez, alternando entre movimientos rápidos y lentos que me volvían loco. Sus manos acariciaban mis testículos, aumentando mi excitación. Después de unos minutos de este delicioso tormento, me tumbé en la cama.« Móntame», le
ordené con voz ronca. Alejandra obedeció al instante, quitándose la ropa a toda prisa se subió ahorcajada sobre mí frotando su coño húmedo contra mi verga antes de empalarse en ella de un solo movimiento ambos gemimos al unísono cuando la penetré por completo alejandra comenzó a cabalgarme con frenesí sus tetas rebotando hipnóticamente frente a mi rostro agarré sus caderas con fuerza marcando el ritmo de sus embestidas Entre
jadeos y gemidos, Alejandra se inclinó para susurrarme al oído. Mañana, ah, vamos a probar a los nuevos, mmm, nos vamos a divertir tanto con ellos. La idea de lo que nos esperaba al día siguiente hizo que mi excitación aumentara aún más. Aceleré el ritmo de mis embestidas, follándola con abandono. Nuestros cuerpos se movían al unísono, el sudor perlando nuestra piel en el calor de la pasión. Alejandra se arqueaba sobre mí,
sus pechos rebotando hipnóticamente con cada embestida. Mis manos recorrían su cuerpo, acariciando cada curva, cada valle, memorizando cada centímetro de su piel. Sentí cómo se tensaba, sus músculos internos apretándose alrededor de mi verga palpitante. Su respiración se volvió errática, sus gemidos más agudos y frecuentes. Yo también estaba al borde, la presión acumulándose en mis testículos.« Vente conmigo, papi», jadeó Alejandra,
sus ojos nublados de placer. Esas palabras fueron suficientes para empujarme al abismo. Con un gruñido animal, me hundí profundamente en ella una última vez. Mi orgasmo explotó como una supernova, inundando su interior con chorros calientes de semen. Al mismo tiempo, Alejandra gritó de éxtasis, su cuerpo convulsionando sobre el mío mientras el clímax la atravesaba. Nos quedamos así por un momento,
jadeando y temblando en los últimos vestigios del placer compartido. Lentamente, Alejandra se dejó caer sobre mi pecho, acurrucándose contra mí. Podía sentir los latidos de su corazón poco a poco volviendo a la normalidad.— Sabes, contigo el fin del mundo es muy divertido, murmuró contra mi piel una sonrisa en su voz. No pude evitar sonreír ante sus palabras. Acaricié su espalda suavemente, disfrutando de la calidez de su cuerpo
contra el mío. Después de unos minutos de silencio cómodo, Alejandra levantó la cabeza, sus ojos brillando con una chispa traviesa.¿ Qué dices?¿ Me quieres coger de nuevo? preguntó con un brillo travieso en sus ojos. Por un momento, la tentación fue fuerte. Mi polla dio un tirón interesado, pero la razón se impuso. Mejor guardamos energías para mañana, respondí, besando
su frente. Tenemos un día muy interesante por delante. Alejandra hizo un puchero juguetón, pero asintió, volviendo a acurrucarse contra mí. Como órdenes. De cierta manera, el controlar completamente a Alejandra era tan placentero como cogérmela de nuevo. El amanecer nos encontró entrelazados, nuestros cuerpos desnudos envueltos en una maraña de sábanas. Abrí los ojos lentamente sintiendo la calidez de Alejandra contra mi pecho. La suave luz del sol se filtraba por
las cortinas bañando la habitación en un resplandor dorado. Alejandra se removió sus ojos abriéndose con una chispa de anticipación. Nuestras miradas se encontraron y una sonrisa cómplice se dibujó en nuestros rostros. Sin necesidad de palabras ambos sabíamos lo que este día nos deparaba. Nos levantamos con una energía renovada, nuestros cuerpos vibrando de emoción. Mientras nos vestíamos, podía sentir la electricidad en el aire, la promesa de placer y
poder que nos esperaba. Salimos de la casa, el aire fresco de la mañana acariciando nuestra piel. El campamento estaba en silencio, pero podía sentir la expectación flotando en el ambiente. Nos dirigimos hacia el área común, donde sabíamos que los supervivientes estarían esperando. Y ahí estaban esperándonos. Ellos tres, de pie en una fila perfecta. Sus cuerpos tensos delataban su nerviosismo, pero también su disposición a obedecer. Me detuve frente a ellos,
Alejandra a mi lado. Podía sentir su excitación, casi tan palpable como la mía propia. Recorrí con la mirada a cada uno de los supervivientes, saboreando el momento, el poder que teníamos sobre ellos. Bien, dije finalmente, mi voz resonando en el silencio de la mañana. Hoy comprobaremos su lealtad y obediencia. Javier, dije, señalándolo con un gesto de la cabeza, tú seguirás las órdenes de Alejandra. Cuidarán de las plantas
y luego prepararán el desayuno para todos. Javier asintió, su mirada alternando entre Alejandra y yo con una mezcla de nerviosismo y anticipación. Pude ver cómo su nuez de Adán se movía al tragar saliva. Carla, Alma, continué, girándome hacia las dos mujeres, ustedes vendrán conmigo al establo. Les enseñaré a encargarse de los animales. Ambas asintieron en silencio, sus ojos bajos en señal de sumisión. Pude notar como sus cuerpos se tensaban ligeramente, una mezcla de miedo y excitación
palpable en el aire. Sin más palabras, nos separamos. Alejandra tomó a Javier del brazo, guiándolo hacia el huerto con una sonrisa depredadora en sus labios. Pude ver como la mano de Javier temblaba ligeramente mientras caminaban, su cuerpo rígido por la anticipación. Por mi parte, Hice un gesto a Carla y Alma para que me siguieran. Caminamos en silencio hacia el establo, el sonido de nuestros pasos sobre la hierba húmeda por el rocío matutino era lo único que
rompía la quietud del amanecer. Al llegar al establo, el olor a heno y animales nos recibió. La luz del sol se filtraba por las rendijas de la madera, creando patrones danzantes en el suelo polvoriento. Los animales se agitaron ante nuestra presencia, sus sonidos llenando el espacio. Me giré hacia Carla y Alma, que esperaban expectantes mis instrucciones. Sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y temor, sus
cuerpos tensos como cuerdas de violín a punto de romperse. Bien, dije, mi voz grave resonando en el espacio cerrado del establo, es hora de que aprendan a cuidar de nuestros animales. Comencé a dar indicaciones rápidas pero precisas, mis ojos escrutando cada reacción de las chicas. Les expliqué que los animales necesitaban comida y agua dos veces al día, sin falta. Señalé los sacos de pienso apilados en un rincón y
los cubos para el agua. Si el día es soleado, pueden sacarlos a caminar un poco, continué acariciando distraídamente el lomo de una de las cabras. pero nunca los dejen sin supervisión. Son demasiado valiosos. Mis palabras parecieron calar hondo en ellas. Vi cómo Carla sentía con seriedad, sus ojos brillando con determinación. Alma, por su parte, parecía un poco abrumada, pero igualmente atenta. Es preciso mantenerlos vivos y en buen estado, enfaticé,
mi voz adquiriendo un tono más duro. Si mueren, no podemos conseguir más.¿ Entienden la importancia de esto? Ambas asintieron vigorosamente. Satisfecho, les indiqué que comenzaran con las tareas. Observé en silencio mientras se movían por el establo, tomando nota mental de cada acción. Carla demostró ser más hábil y rápida. Sus movimientos eran fluidos y seguros mientras llenaba los comederos y cambiaba el agua. Sus manos, aunque delicadas, trabajaban con eficiencia,
sin desperdiciar un solo movimiento. Alma, por otro lado, era un poco más torpe. Derramó algo de agua al llenar los bebederos y tardó más en repartir el lleno. Sin embargo, lo que le faltaba en habilidad lo compensaba con esfuerzo. Su determinación era palpable, su frente perlada de sudor mientras se esforzaba por hacerlo todo correctamente. Mientras las observaba, mi mente comenzó a divagar, imaginando cómo sus diferentes habilidades y
personalidades podrían ser útiles en otras situaciones. La destreza de Carla, la dedicación de Alma, ambas tenían potencial, aunque de maneras distintas. El tiempo pasó rápidamente mientras trabajaban. El sol ya estaba alto en el cielo cuando terminaron, bañando el establo en una luz dorada que se filtraba por las rendijas. Las chicas estaban sudorosas, pero en sus ojos no se adivinaba ningún cansancio, así que supuse que el fin del mundo las había mantenido en una excelente forma. El poder que
tenía sobre ellas era intoquicante. Sabía que harían cualquier cosa que les pidiera, y esa certeza hacía que mi sangre hirviera de anticipación. Pero me contuve. La paciencia era clave. Primero, debían aprender sus tareas, ganarse su lugar. El placer vendría después, más dulce por la espera. Todos a almorzar, escuchamos que Alejandra gritaba. Y algo que me complació es que antes de moverse, Carla y Alma me miraron, esperando mi permiso
para retirarse de sus labores. Con un movimiento de cabeza concedí. Salimos del establo, el sol del mediodía cayendo sobre nosotros con fuerza. El camino hacia la casa estaba bordeado de hierba alta, mecida por una suave brisa que traía consigo el aroma de flores silvestres. Podía sentir la tensión en el aire, la anticipación palpable en cada paso que dábamos. Justo antes de llegar a la entrada, me detuve abruptamente. Carla y Alma se pararon en seco detrás de mí,
sus cuerpos rígidos por la sorpresa. Esperen, dije, girándome para encararlas. No pueden entrar así. Están sucias del establo. Sus ojos se abrieron de par en par, una mezcla de confusión y nerviosismo bailando en sus pupilas. Podía ver cómo sus mentes trabajaban, tratando de anticipar lo que vendría a continuación. Quítense la ropa sucia, ordené, mi voz firme pero tranquila. Hubo un momento de vacilación, apenas perceptible. Luego, como si
hubieran sido programadas, ambas asintieron al unísono. Sus manos se movieron hacia sus ropas, temblando ligeramente. Carla fue la primera en comenzar. Con movimientos fluidos pero cautelosos, se quitó la camisa,
revelando un sujetador sencillo de algodón. Sus dedos vacilaron un momento en el botón de sus pantalones antes de deshacerlo, deslizándolos por sus piernas esbeltas alma la siguió poco después su timidez era más evidente sus mejillas teñidas de un suave rubor mientras se desvestía su ropa interior era un poco más elaborada encaje negro que contrastaba bellamente con su piel olivácea las observé en silencio complacido por su obediencia inmediata sus cuerpos temblaban ligeramente y ya fuera por el
aire fresco o por la vulnerabilidad de estar casi desnudas frente a mí. La piel de gallina se extendía por sus brazos y piernas y pude notar cómo sus pezones se endurecían bajo la tela de sus sujetadores. Carla mantenía la cabeza alta, aunque sus ojos evitaban mi mirada directa. Su cuerpo delgado y atlético se tensaba bajo mi escrutinio, sus músculos definidos visibles bajo su piel suave. El trasero que tanto había admirado antes se veía aún más impresionante ahora,
apenas contenido por sus bragas. Alma, por su parte, parecía mucho más apenada, pero sus tetas apenas contenidas por el sujetador color crema me hacía casi babear. Bien, dije, mi voz ronca por el deseo apenas contenido. Ahora podemos entrar. Abrí la puerta y entré primero, seguido por las dos mujeres casi desnudas. El contraste entre el calor del exterior y la frescura de la casa hizo que su piel se erizara, imaginé que sus pezones se endurecían. En la cocina,
Alejandra y Javier ya estaban sentados a la mesa. Los ojos de Javier se abrieron como platos al ver a Carla y Alma, su boca se abrió y cerró sin emitir sonido alguno. Alejandra, por su parte, sonrió con aprobación, sus ojos brillando con una mezcla de lujuria y diversión.— Siéntense, ordené, señalando las sillas vacías. Carla y Alma obedecieron en silencio, sus movimientos cuidadosos y medidos, como si fueran conscientes de cada mirada sobre sus cuerpos desnudos. El roce de sus
pieles contra la madera de les arrancó un suspiro. El almuerzo transcurrió en un silencio cargado de tensión erótica. Los ojos de Javier no dejaban de recorrer los cuerpos semidesnudos de Carla y Alma, su nuez de Adán subiendo y bajando con cada trago nervioso. Por su parte, las chicas mantenían la mirada baja, sus mejillas sonrojadas mientras comían con pequeños bocados delicados. Alejandra observaba la escena con una sonrisa depredadora,
sus ojos brillando con malicia. De vez en cuando, su mano se deslizaba por debajo de la mesa, acariciando mi muslo con toques sugestivos. Yo mantenía mi expresión neutral, pero por dentro ardía de deseo. El tintineo de los cubiertos y el ocasional roce de piel contra madera eran los únicos sonidos que rompían el silencio. La tensión sexual era tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo. De repente, Un estruendo rompió la quietud. Javier, en un
momento de distracción, había dejado caer su plato. Los pedazos de cerámica se esparcieron por el suelo, haciendo que todos se sobresaltaran. Lo, lo siento mucho, balbuceó Javier, su rostro pálido por el miedo. Alejandra se levantó de un salto, sus ojos brillando con una mezcla de ira y excitación apenas contenida. Se giró hacia mí, su voz un susurro ronco. Pedro, puedo castigarlo por su error. Entendí al instante lo que Alejandra pretendía. No se trataba sólo de un castigo, sino
de una prueba más para nuestros nuevos reclutas. Asentí lentamente, dándole mi permiso silencioso. Javier, dijo Alejandra, su voz autoritaria resonando en la habitación. Desnúdate y ponte en cuatro. Voy a nalguearte por tu error. Los ojos de Javier se abrieron como platos, una mezcla de miedo y, excitación, brillando en ellos. Por un momento, pareció que iba a protestar, pero luego bajó la cabeza en señal de sumisión. Con manos temblorosas, comenzó a desvestirse. Primero la camisa, revelando un
torso delgado pero tonificado. luego los pantalones, deslizándolos por sus piernas con movimientos torpes. Finalmente, los calzoncillos, dejando al descubierto su miembro semierecto. Alejandra se relamió los labios. Será mejor que lo hagan afuera, me corregí, pensando que tendríamos más espacio para actuar. Me di cuenta, para mi propia sorpresa,
que ahora no tenía que hacer prácticamente nada yo. Carla, Linte a la mesa rápido, alma linte al desastre que causó Javier y Alejandra, esta última volteó al escuchar su nombre. Saca una silla al patio para mí y otra para ti. Es indescriptible el placer de ver a toda la gente
a tu alrededor simplemente siguiendo tus órdenes ciegamente. Todos y cada uno de los involucrados actuaron según mis indicaciones y al cabo de cinco minutos estábamos afuera, yo sentado a la sombra de nuestra casa y Alejandra unos dos metros frente a mí, sentada con Javier acostado sobre sus rodillas y Carla y Alma de pie al lado mío. Tanto Javier como las chicas temblaban suavemente, probablemente de excitación y nervios. Bien.
Quiero que recuerdes una cosa, dijo Alejandra cerca del oído de Javier, te estamos haciendo un favor al darte abrigo, comida y techo. Así que por cada azote que te dé, quiero oír gracias, señor Pedro. ¿Entendido? Entendido, dijo Javier con una voz quebrada y levantó la cabeza para mirarme. Sin ningún preámbulo, Alejandra comienza a azotar a Javier. Su mano se impacta con fuerza contra las nalgas desnudas de Javier. Javier no puede contener un grito, después del cual exclama gracias,
señor Pedro. Alejandra continúa con el castigo hasta que su mano se cansa. El sonido de cada azote resuena en el patio, mezclándose con los jadeos entrecortados de Javier y los suaves gemidos de Alejandra. La piel de Javier se torna de un rojo intenso, brillante bajo el sol de la tarde. Gotas de sudor perlan su espalda, deslizándose por los contornos de sus músculos tensos. Observo fascinado como Alejandra se entrega a la tarea con un fervor casi religioso.
Sus ojos brillan con una mezcla de lujuria y poder, su respiración se vuelve cada vez más agitada con cada golpe. Javier, por su parte, se retuerce sobre las rodillas de Alejandra. Sus nudillos están blancos de apretar el borde de la silla, pero no intenta escapar. Cada gracias, señor Pedro sale de sus labios con más dificultad, su voz ronca por el esfuerzo y la emoción. Carla y Alma observan la escena con una mezcla de horror y fascinación. Veo como Carla
aprieta las piernas, tratando de ocultar su propia excitación. Alma, por otro lado, mantiene una expresión estoica, pero sus ojos no se apartan ni un segundo del espectáculo frente a ella. Después de lo que parecen horas, pero probablemente solo han sido minutos, la mano de Alejandra comienza a fallar. Sus golpes pierden fuerza, su ritmo se vuelve errático. Con un último azote, deja caer su mano, jadeando pesadamente. El silencio
que sigue es ensordecedor. Solo se escucha la respiración agitada de Javier y Alejandra y el suave zumbido de los insectos en el jardín. El aire está cargado de tensión sexual y anticipación. Finalmente, las nalgas de Javier están de un rojo brillante, cubiertas de marcas de dedos y pequeñas manchas que cegaramente se convertirán en moretones.
Y así comienzan los juegos. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
