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CONTIGO EN EL FIN DEL MUNDO - PARTE 4

Apr 14, 202626 min
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Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos

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Calientes Hoy presentamos

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Contigo en el fin del mundo,

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parte 4 Preparamos

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nuestras cosas, dos mochilas con un poco de provisiones y herramientas que quizás necesitáramos más un viejo rifle de caza que nuestros padres guardáramos. Acordamos salir temprano, poco antes del amanecer, pues si empezábamos la búsqueda durante la noche había más riesgo de ser descubiertos. Ale se ofreció a que me la cogiera, pero le dije que no, pues prefería mantener la cabeza concentrada y el cuerpo descansado, No sabíamos qué podía pasar.¿ Ni siquiera quieres que te la chupe? Preguntó

con interés genuino. En cuando volvamos, dije de manera suave, para calmar los nervios que esta situación nos causaba. Dormimos abrazados. El amanecer llegó con un silencio inquietante, encubriendo el bosque en una luz tenue que apenas atravesaba las copas de los árboles. Mientras caminábamos, el aire se sentía denso, cargado de presagios. La atmósfera estaba impregnada de una tensión que no podía ignorarse, como si la naturaleza misma contuviera el aliento.

Pasamos toda la mañana caminando, intentando encontrar pistas de donde podrían estar los otros. Al inicio, no sabíamos si era una persona o varias, pero después de mucho rato, empezamos a ver marcas y huellas de al menos tres personas. Hicimos una pausa para comer, a la sombra de los árboles y cerciorándonos con cautela de no estar rodeados. Una

paranoia sutil empezaba a perseguirnos. Sin embargo, para las cuatro de la tarde, las huellas se hicieron constantes, lo que nos dejaba adivinar que el grupo debía estar cerca y que llegados a ese punto habían empezado a moverse muy despacio. Finalmente, en una clara abertura del bosque, y visamos un pequeño campamento improvisado. Un fuego apagado y algunas pertenencias desordenadas nos

indicaban que había habido actividad reciente. A medida que nos acercábamos, pudimos distinguir a cuatro figuras, dos hombres y dos mujeres, todos visiblemente débiles. La imagen nos golpeó con fuerza. Dos días atrás, Casi que teníamos la certeza de ser los últimos humanos en la Tierra, y ahora no sólo había más gente, sino que esa gente estaba aquí, frente a nosotros.¿ Qué hacemos? Preguntó visiblemente nerviosa, Alejandra. Voy a necesitarte más

fuerte que nunca ahora. Respondí, para calmar sus nervios. Ella se tomó un segundo para respirar y después asintió con la cabeza.¿ Qué hacemos? Preguntó de nuevo, pero con un aire de aplomo claro. Vamos a ir y presentarnos. Se ven claramente débiles y no podrán darnos problemas. Hablemos con ellos.¿ Y si las cosas se salen de control? Pues, dije echando mano al rifle que había estado descansando en mi hombro. Nos acercamos y Alejandra tomó la delantera, su energía innata

iluminando el ambiente. Comenzó a hablarles con voz firme pero amable, mientras yo observaba desde un paso atrás, analizando cada aspecto de la situación. Hola, dijo, y era la primera vez en muchos años que ella decía hola, yo soy Alejandra y él es Pedro.¿ Quiénes son ustedes? Uno de los hombres, con cara delgada y ojos hundidos, levantó la mirada. Su voz era apenas un susurro. Soy Javier, y estos son Carla y Luis. La otra, su voz se quebró, está

muy mal. Su nombre es Alma. Alejandra dio un paso adelante, su mirada fija en la mujer que yacía en el suelo. El cuerpo de Carla temblaba, su piel se veía pálida como un lienzo. El instinto de protección de Alejandra afloró, pero yo sabía que no podíamos dejarnos llevar por la compasión. Necesitan ayuda, dijo Alejandra con determinación. Podemos llevarlos a nuestro refugio.

Javiera sintió lentamente, su expresión estaba llena de esperanza, pero yo podía sentir la desconfianza que aún flotaba en el aire. Todos tenían más o menos nuestra edad, salvo Luis, el otro muchacho que también se veía sumamente débil. Tomé a Alejandra del brazo y la aparté levemente del grupo. No podemos arriesgarnos, dije con voz grave. No sabemos qué intenciones tienen. No te preocupes. Si vamos a mantener el control, susurró mientras los otros no nos escuchaban, pero para eso vamos

de mostrarles quién manda. Nos ayudará, pero,¿ qué quieren de nosotros?, preguntó con una voz débil, pero llena de desconfianza Carla. De momento, que ninguno de ustedes muera, más tarde veremos, dije, aunque no sabía bien a bien que podría querer de ellos, toda esta aventura surgía del deseo de autopreservación, encontrarles antes de que ellos nos encontraran. Alejandra estaba dando una vuelta a todo el campamento. Apenas hay algo útil entre sus cosas, dijo,

una vez su examen hubo terminado. Tomen aquello que tenga un valor sentimental, pero traten de dejar lo demás, tenemos que viajar ligero para poder transportar a los enfermos. Ordené. Todos asintieron y me sorprendió que sólo tomaran algunas ropas, dejando la mayor parte del campamento ahí.¿ Podrían ayudarnos con Luis? Nosotros llevamos a Alma, imploró Javier, mientras sujetaba a la chica y la ayudaba a caminar. Yo les ayudo, intervino

rápidamente Alejandra.¿ Tu amigo no puede? Preguntó Carla, aunque no había sarcasmo en su voz sino un interés genuino. No es mi amigo, respondió para mi propia sorpresa, Ale, es el jefe. La cuestión es que él da las órdenes, no las sigue.¿ Y qué llevará él entonces? Esto, dije yo, de pronto, agitando el rifle frente a ellos y metiéndome en el papel que, aparentemente, Alejandra había diseñado para mí.

Empezamos el camino de regreso. Mientras caminábamos, pude ver cómo Alejandra se movía con soltura entre los demás, guiando a los heridos con un aire de confianza que me tranquilizaba. La luz del sol filtraba a través de las copas de los árboles. dándole un brillo dorado a su cabello. Había algo hipnótico en su presencia. A pesar de la gravedad de nuestra situación, me sentía tranquilo y confiado en que podríamos manejar las cosas. Llegamos al refugio. Los

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cuatro quedaron impactados tan solo verlo.— Es como un castillo— exclamó Javier.—¿ Todo esto es de ustedes?— se preguntó Carla

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en voz alta. Muy bien, los alojaremos en ese pequeño edificio de allá, explicó Ale, señalando uno de los viejos almacenes que en realidad jamás habíamos ocupado. Pero ahora, necesito que se quiten la ropa. Toda. No podemos arriesgarnos a que traigan algún virus o bicho dentro. Su voz resonaba autoritara y no había pizca de vacilación en ella. La miré un poco sorprendido. pero lo que más me llamó la atención fue que los otros empezaron a seguir sus

indicaciones sin cuestionarla un segundo. Salvo Luis, que apenas si podía mantenerse consciente. Debajo de sus harapos, mostraban cuerpos atléticos y hasta estéticos. Alma fue la primera en despojarse de su ropa. Se desabrochó la camisa con movimientos decididos, revelando poco a poco su piel bronceada. Sus pechos, generosos y firmes, se liberaron de la tela, con los pezones erguidos y oscuros bajo la cada vez más tenue luz del sol.

Bajó sus pantalones lentamente, haciendo una pausa justo antes de deslizar la tela sobre sus caderas pronunciadas. Su trasero, redondo y bien formado, se mostraba voluptuoso y tentador. La curva de su espalda se arqueó ligeramente mientras terminaba de quitarse el último trozo de tela que cubría su pubis. Carla se mostró más tímida al principio, pero pronto siguió el ejemplo de Alma. Su cabello café claro enmarcaba su rostro

mientras se desvestía, dejando caer cada prenda con delicadeza. Aunque su busto era pequeño, sus pezones rosados destacaban contra su piel clara. Al bajar sus pantalones y quedar completamente desnuda, su trasero perfecto se mostró en todo su esplendor, como esculpido por los dioses mismos. Las piernas largas y bien torneadas completaban el cuadro de su esbelta figura. Javier fue

el último en desvestirse. Con una mirada fija y honesta, comenzó a quitarse la camisa, revelando músculos definidos y una piel marcada por la resistencia y fortaleza que lo caracterizaban. Cada movimiento era una danza de fuerza contenida mientras se bajaba los pantalones y quedaba expuesto ante nosotros. Su miembro flácido colgaba entre sus muslos musculosos, la sombra de vello

púbico oscuro acentuaba su virilidad de manera evidente. Alejandra observó a cada uno con detenimiento, sus ojos oscuros llenos de una mezcla de autoridad y deseo palpable. Me acerqué a ella lentamente, mi propia excitación se hacía evidente a pesar del control que intentaba mantener. Desnuden a Luis, ordenó Alejandra, y el grupo, sin dudar, obedeció. Muy bien, dijo Alejandra mientras daba unos pasos alrededor del grupo desnudo, ahora pueden

ir al edificio que les asignamos. La obediencia sin condiciones hizo palpitar mi corazón más rápido mientras lo seguía con la mirada mientras caminaban hacia el almacén señalado por Alejandra. Hay algo terriblemente erótico en esa noción del control total sobre otro ser humano, la vulnerabilidad palpable y cruda frente a ti como un lienzo esperando ser marcado. Los cuatro entraron en el edificio y nosotros lo seguimos de cerca. El viejo almacén era realmente un lugar acogedor, aunque descuidado.

Las paredes de ladrillo desgastadas por el tiempo llevaban una pátina de polvo y humedad, mientras que las vigas de madera del techo crujían como si susurraran secretos olvidados. A pesar de su estado, el espacio contaba con tres cuartos amplios, cada uno más que suficiente para acomodar camas que prometían confort y cercanía. En el primer cuarto, donde las corrientes de aire frío parecían juguetear con nuestra piel, imaginé cómo

un par de camas podrían ser colocadas. Aquí es donde se quedarán, dijo Alejandra, señalando un rincón del almacén que parecía menos afectado por el deterioro. El suelo era más limpio allí, como si hubiese sido un refugio para aquellos que deseaban escapar del caos exterior por un momento. Luz errante iluminaba sus ojos mientras me seguía a través del almacén, como si buscara mi aprobación. Por un momento, el peso

de la responsabilidad me parecía abrumador. No sólo éramos cuidadores en esta situación, éramos los dueños del destino de estos individuos. Espérenos aquí, volveremos con ropa limpia y medicinas. Pero antes, necesito que me digan exactamente sus síntomas para saber si podemos ayudarlos. Todos me explicaron que tenían diarrea, vómito y

se sentían extremadamente débiles. Supuse que tendrían cólera, principalmente porque era una de las cinco enfermedades de las que conocía a detalle y pensé que a falta de conocimientos médicos reales, lo mejor sería darles antibióticos y ayudarlos a rehidratarse. Vamos, Alejandra, ordené, y ella me siguió. Salimos del almacén, las puertas chirriaban detrás de nosotros. A medida que avanzábamos, la urgencia crecía en mi interior. La situación era crítica, no podíamos permitir

que más vidas se perdieran. Necesitamos antibióticos y agua, le dije a Alejandra, mi voz firme a pesar del caos en mi mente. Tenemos muchas en nuestro botiquín. Llévales doxiciclina y explícales cómo tomarla. Alejandra sintió su energía natural comenzando a brillar incluso en medio de la adversidad. Mientras ella se dirigía hacia el cuarto donde guardábamos insumos médicos en nuestra casa, decidí buscar ropa entre las viejas cajas apiladas

en la esquina. Finalmente, encontré algunas camisetas y pantalones desgastados, pero todavía utilizables. Recogí todo lo que pude cargar y salí hacia el refugio donde estaban los nuevos llegados. Cada paso parecía muy pesado mientras pensaba en su situación precaria. Cuando regresé al grupo, Alejandra ya había regresado con una cantidad considerable de medicamentos y botellas de agua. Aquí tienes, dijo, sonriendo a pesar del estrés. No me tomé mucho tiempo.

Bien hecho, respondí mientras dejaba caer las prendas en el suelo. Vamos a hacer esto rápido. Primero, denles agua y los antibióticos que encontramos. Después les daremos algo de ropa para que no estén así. Mientras ellos bebían con avidez el agua fresca, observé como el aliento comenzaba a regresar lentamente a sus cuerpos fatigados. Escuchen, comencé, haciendo que todos levantaran

la vista hacia mí. Estarán aquí hasta mañana. Necesitamos asegurarnos de que ustedes se recuperen por completo antes de salir. pero también sabía que había límites que debían ser establecidos, nuestra relación dependía de ello. No saldrán del almacén hasta entonces, anuncié con voz seria. Si tratan de escapar o interfieren en nuestro camino. Los miré fijamente mientras absorbían mis palabras. Podía ver la mezcla de temor y respeto reflejada en

sus ojos, era justo como quería que fuera. Comida, si no es mucho problema, jefe, suplicó Javier, con voz firme pero comedida. Alejandra, trae verduras y pan a nuestros invitados, comandé, cada vez me quedaba mejor el rol de líder. Ella sintió, antes de salir corriendo de regreso a nuestra casa, donde encontraría la comida. Espero se recuperen, y por favor no se preocupen, están en buenas manos. Una vez se sientan mejor, discutiremos la situación. Hasta mañana, dije, dejando el viejo almacén

y caminando a la casa. De regreso, me encontré a Ale, que llevaba una caja repleta de verduras y pan, tal como ordené a los forasteros. Te espero en el baño, dije con firmeza. Ella asintió y continuó su carrera. Nada más entrar al baño me miré al espejo. el reflejo de un hombre que había asumido más responsabilidades de las que jamás imaginé. Mis ojos, oscuros y profundos, reflejaban la mezcla de determinación y fatiga que sentía en mi interior.

Me pasé una mano por el cabello desordenado, tratando de despejar la mente de pensamiento sobre los forasteros. El sonido del agua cayendo me sacó de mis cavilaciones. Alejandra entró poco después, dejando la puerta entreabierta.¿ Todo bien?

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Preguntó, su voz suave contrastando con la tensión del momento. Sí, respondí.

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Alejandra se acercó a mí con una mirada intensa en sus ojos oscuros. Sin decir una palabra, comenzó a desvestirse lentamente, dejando caer cada prenda al suelo con una sensualidad deliberada. Primero se quitó la camiseta, revelando sus senos firmes y perfectamente formados. Sus pezones se endurecieron ante mi mirada hambrienta. Luego, se deshizo de sus pantalones, bajándolos por sus piernas tonificadas

hasta que cayeron en un montón a sus pies. Se quedó de pie frente a mí, completamente desnuda, su piel bronceada brillando bajo la tenue luz del baño. Recorrí su cuerpo con la mirada, deleitándome en cada curva, cada plano de su figura escultural. Sus caderas generosas se estrechaban en una cintura delgada, resaltando la perfección de su silueta. El vello oscuro entre sus piernas acentuaba la hendidura donde ansiaba sumergirme. Sin poder contenerme más, la atraje hacia mí y la

besé con una pasión desbordante. Nuestras lenguas se encontraron en un frenesí de deseo, explorándose mutuamente con hambre insaciable. Mis manos recorrieron su espalda desnuda, acariciando su piel sedosa y deleitándome en la firmeza de su trasero. Alejandra jadeó contra mi boca, frotando su cuerpo desnudo contra el mío en una danza erótica. Sentí su humedad contra mi muslo, haciéndome estremecer de anticipación. Con un movimiento fluido, me deshice de

mi propia ropa, dejándola caer al suelo sin ceremonias. Nos miramos a los ojos por un instante interminable, la tensión sexual casi palpable en el aire. Luego, como si una presa se hubiera roto, nos fundimos en un abrazo apasionado, nuestros cuerpos desnudos entrelazados en una hoguera de lujuria. Alejandra me empujó hacia la ducha, sus manos recorriendo mi pecho y abdomen con avidez. El agua tibia comenzó a caer sobre nosotros, formando ríos de placer que se deslizaban por

nuestros cuerpos. Sus senos se presionaron contra mí, los pezones duros y sensibles rozando mi piel. Capturé su boca en otro beso profundo, ahogando sus gemidos de deseo. Mis manos vagaron por su cuerpo resbaladizo, amasando la firmeza de su culito. Se arrodilló frente a mí, su mirada ardiente clavada en la mía mientras tomaba mi miembro en su boca. Un gemido gutural escapó de mis labios cuando su lengua recorrió mi longitud, su boca envolviéndome en un calor abrasador. Enredé

mis dedos en su cabello húmedo. Pero no deseaba terminar ahí. Jalé de su cabello, obligándola a levantarse y continuar con la ducha. Fue un baño rápido, apresurado por la urgencia del deseo. Una vez terminamos nos secamos rápidamente y salimos, para encontrarnos ahora en mi habitación, donde la pasión podía seguir su rumbo sin interrupciones. Alejandra tomó la iniciativa, cosa que me enloquecía, me empujó contra la cama y se

subió sobre mí, penetrándose lentamente. Sus caderas comenzaron a ondular en un vaivén lento e hipnótico, tomando el control absoluto de nuestro acto carnal. Cada embestida me sumergía más profundamente en su núcleo palpitante, haciéndome estremecer de placer. Sus senos se balanceaban tentadoramente ante mi rostro, los pezones oscuros y

erectos suplicando por atención. Atrapé uno en mi boca, lamiéndolo y succionándolo con avidez mientras ella aumentaba el ritmo de sus movimientos.—¡ Ah, sí!— jadeó Alejandra, su cabello revuelto enmarcando su rostro en un éxtasis sublime. lo has manejado tan bien, mi amor. Mantuviste el control sobre ellos, sobre todos. Sus palabras sólo avivaron más mi deseo, el elogio a mi autoridad alimentando una llama interna que ardía con una intensidad abrasadora.

Mis manos se clavaron en su cintura, empujándola hacia abajo con cada embestida mientras me hundía en las profundidades de su ser. Quiero mantenerlos aquí, susurró Alejandra, sus ojos brillando con una chispa de malicia. Quiero que nos demuestren su lealtad, quiero hacerlos nuestros esclavos. Un escalofrío de anticipación me recorrió al escuchar sus palabras. La idea de poner a prueba a estos extraños, de someterlos a nuestra voluntad, encendió una

hoguera de lujuria en mi interior. Sí, Gemí, aferrándome a sus caderas mientras ella cabalgaba sobre mí con abandono. Haremos que nos demuestren su valía. Que prueben que merecen estar bajo nuestro techo. Alejandra se inclinó hacia adelante, sus senos presionándose contra mi pecho mientras capturaba mis labios en un beso voraz. Nuestras lenguas se enredaron en una danza frenética, ahogando los gemidos de placer que escapaban de nuestras gargantas.

Rodé sobre ella, invirtiéndole los papeles y tomando el control de nuestro acto carnal. Mis embestidas se volvieron más intensas, más profundas, mientras la penetraba sin piedad. Alejandra arqueó su espalda, ofreciéndome su cuello en un gesto de sumisión que me enloquecía. Aferré las caderas de Alejandra con fuerza, embistiéndola con una intensidad casi salvaje mientras el placer crecía en una espiral ascendente.

Sus gemidos eran música para mis oídos, alimentando mi deseo de dominarla, de reclamarla como mía una y otra vez.— Sí, nena. Eres mía, gruñí, perdido en un frenesí de lujuria. Voy a llenarte hasta el fondo con mi semilla. Alejandra gimió en respuesta, sus uñas clavándose en mi espalda mientras me incitaba a seguir. Cada músculo de su cuerpo se tensó cuando el clímax la sacudió con violencia, sus paredes internas contrayéndose alrededor de mi miembro en un espasmo interminable. Esa

fue mi perdición. Rugiendo su nombre, me dejé ir dentro de ella, descargando mi caliente simiente en sus profundidades mientras las olas del éxtasis me arrastraban. Envestí con fuerza, asegurándome de llenarla por completo, marcándola como mi territorio. Nos quedamos así, jadeantes y sudorosos, mientras la última gota de pasión se

extinguía lentamente. Alejandra me acarició el rostro con una ternura que contrastaba con la intensidad de nuestro encuentro.— Eres increíble— susurró, depositando un suave beso en mis labios.— Nací para ser tuya. La atraje hacia mí, deleitándome en la calidez de su cuerpo desnudo contra el mío. Una sonrisa de satisfacción se extendió en mi rostro al pensar en los nuevos desafíos que nos esperaban. Teníamos el control ahora, y no había

límites para lo que pudiéramos lograr juntos. Mientras nos quedábamos dormidos, entrelazados en un abrazo íntimo, mi mente ya comenzaba a urdir planes para nuestros nuevos invitados. Nos mostrarían su valía, de eso no había duda. Y si se negaban, bueno... tendríamos que encontrar formas de persuadirlos. Después de todo, ahora las reglas las poníamos nosotros.

Speaker 3

Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.

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