Lleva tu imaginación a
otro nivel. Relatos Calientes Hoy
presentamos Contigo en el fin del mundo, parte 3 Fue la primera vez en muchos años que Alejandra amanecía a mi lado. Una suave luz inundaba la habitación y su cuerpo desnudo resplandecía con un tono dorado bajo los rayos cálidos del sol matutino. La curva de su espalda, la forma en que su cabello oscuro se dispersaba sobre la almohada, sus pechos jóvenes y hermosos meciéndose suavemente y la curva de su culo redondito. Mis dedos temblorosos no pudieron resistir tocarla.
Comencé trazando una línea ligera desde su hombro hasta la base de su columna vertebral. Su piel era tan suave. Ella se movió ligeramente, abriendo los ojos lentamente como si despertara de un sueño profundo. Sus pupilas encontraban las mías, y una chispa silenciosa cruzó entre nosotros, encendiendo algo primitivo y ardiente en mi interior. Mis labios rozaron la base de su cuello, probando su sabor salado y dulce a la vez. Sentí cómo se estremecía bajo mi toque, sus
suspiros atrapados en el silencio de la habitación. Alejandra se volteó lentamente hacia mí, sus pechos rozaron mi piel mientras
lo hacía. lentamente mis labios descendieron por su clavícula hasta encontrar uno de sus pezones lo tomé suavemente entre mis dientes jugueteando con mi lengua disfrutando del suave gemido que escapó de sus labios sus caderas comenzaron a moverse involuntariamente contra mí despertando un fuego en mi interior que apenas podía contener mis manos viajaron por su abdomen plano hasta llegar a la curva de sus caderas La atraje aún más cerca, sintiendo cada contorno de su cuerpo presionándose contra
el mío. Alejandra arqueó la espalda, su respiración acelerándose con cada roce de mi lengua sobre su piel. Su aliento caliente en mi oído era un susurro del deseo que ambos compartíamos. Deslicé mis manos más abajo, explorando los secretos que su vagina escondía. Mis dedos la encontraron húmeda, deseosa, necesitada. y yo no estaba en una situación mejor. Alejandra, dije con voz ronca mientras empezaba a estrujar sus pechos con mis manos. Ponte en cuatro, ordené. Ella dócil, aceptó, colocándose
de piernas abiertas y con el culo en pompa. Me gustaba especialmente esa posición, verla así, expuesta y vulnerable. Mordí sus nalgas y después me posicioné detrás de ella. Le di una nalgada, que despertó reminiscencias de nuestra primera interacción y lo que desembocó todo esto. Empecé a penetrarla con lentitud, disfrutando cada centímetro de mi verga que se perdía en su interior. Alejandra gimió secamente. La humedad de su cuerpo me envolvía más y más. De pronto, sentí mi pelvis
chocar contra su culo. El placer era sublime. Me gustaba saber que Alejandra disfrutaba de esto, pero me gusta más saber que yo tenía el control total de ese placer. Empecé a penetrarla con un ritmo constante. Sus jadeos me guiaron, un eco de su creciente deseo. Acaricié su espalda con la palma de mi mano, sintiendo como sus músculos se
tensaban bajo mi toque. La piel suave y caliente de Alejandra invitaba a ser explorada, y yo dejé que mis dedos se deslizaran por su espalda hasta encontrar su cuello. Lo apreté suavemente, un gesto que combinaba posesión y ternura, mientras aumentaba el ritmo. Alejandra se agarró a las sábanas con fuerza, sus nudillos blancos por el esfuerzo. Su cabeza se giró ligeramente, y pude ver sus ojos entrecerrados de placer,
perdidos en el éxtasis. Su cabello caía en cascada sobre sus hombros y yo lo tomé entre mis dedos, usándolo para tirar de ella y acercarla, intensificando la penetración. Ella gritó de placer, lo cual terminó de enloquecerme. Era un grito delicioso que quebraba mi cordura y me forzaba a traspasar los límites. Empecé a acogerme a Alejandra como un animal, con penetraciones largas y profundas. Sólo nuestras penetraciones ocupaban la habitación.
El mundo afuera se había reducido a cenizas, pero aquí, en este pequeño oasis de carne y sudor, la vida continuaba vibrante y palpitante. El aire estaba cargado de nuestro olor, mezcla de lujuria y desesperación. El colchón crujía bajo nosotros como si protestara por el abuso, pero no me importaba. Con cada embestida podía sentir cómo Alejandra respondía a mí, su interior abrazándome y retándome a ir más lejos. Mis manos exploraron su cuerpo, delineando las curvas peligrosas que siempre
habían prometido tanto peligro como placer. Sus pechos se mecían al ritmo de nuestro encuentro y podía ver el movimiento de la carne de sus nalgas danzar en respuesta a cada golpe de mi pelvis.« Eres mía», dije, de pronto, para mi sorpresa misma. Era una declaración de propiedad que me salía del alma. Sí, soy tuya, soy totalmente tuya, decía Alejandra entre gemidos escandalosos que arañaban las paredes de
la habitación y me invitaban a enloquecer. La tomé de las caderas para tener un mejor punto de apoyo y guiar la cadencia de mis embestidas con más fuerza, si es que eso era posible. Lo cual también me permitió estrujar esas nalgas como merecían. Mis manos dejaban rastros de piel blanquecina bajo su toque. Y en un momento en que mis manoseos separaron sus glúteos, pude ver su ano ahí,
apetecible también pero de una manera diferente. Sin pensar mucho, en esa situación sería imposible, empecé a masajearlo con mi pulgar. Alejandra respondió aumentando sus gemidos. Presioné un poco, sin suavizar la fuerza de mis embestidas. Podía ver los nudillos blancos del esfuerzo de Alejandra estrujando las sábanas. Mi dedo empezó a introducirse a un paso lento, pero seguro en el interior de Alejandra. Pero toda la situación era ya demasiada para mí. Sin previo aviso empecé a sentir como un
choque eléctrico me recorría, estaba a punto de venirme. Sentí como mi cuerpo se tensaba, rindiéndose a la vorágine de sensaciones e impulsos primarios. El aire se volvía más caliente y espeso, como si el mismo fin del mundo nos hubiera arrebatado toda inhibición y reserva. El pulso de mi corazón golpeaba en los oídos como tambores de guerra. Con el último vestigio de control que me quedaba, retiré mi dedo y lo sustituí por dos, aumentando la intensidad con
que jugaba con su otro punto de placer. La textura suave pero firme me estimulaba aún más, sabiendo que le estaba proporcionando un placer tan salvaje como el que me consumía. No podía contenerme. Con un último golpe profundo, me dejé ir. El mundo parecía explotar en un estallido de sensaciones mientras mi semen se vertía en ella. Sentí como cada parte de mí se vaciaba en el interior de Alejandra. Fue brutal.
Me tendí con la respiración desbocada junto a Alejandra. Ella se veía igual de destruida que yo, pero feliz, sumamente feliz y complacida. Vaya, hermanito, vaya forma de despertar, ¿eh? Lo sé, no sé qué me pasó, simplemente verte así. Pues gracias por el cumplido, me dijo Alejandra. Su sonrisa, aunque débil por la intensidad del momento que acabábamos de compartir,
era genuina y satisfactoria. Me abrazó, y nuestros cuerpos sudados se entrelazaron, encontrando consuelo en el cálido abrazo póstumo del éxtasis. El mundo exterior se desvanecía, nuestras prioridades reducidas a meras sombras frente a la fuerza de nuestra conexión. Alejandra acarició mi cara con una suavidad que contrastaba con la ferocidad de nuestro encuentro. En sus ojos podía ver el reflejo
de mis propios temores y deseos. Estábamos unidos no sólo por la carne, sino también por la condición compartida de nuestra existencia enmarañada. Eventualmente, nos levantamos para comenzar con las tareas del día a día. Oye, quería preguntarte algo, expresé mientras preparaba el desayuno. Si dime, respondió Alejandra con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando estábamos, Cogiendo, no sé por qué, de pronto, me costaba tanto abordar el tema. Me parece lindísimo que seas tan tímido, pero ajá, dime,
cuando me estabas cogiendo.¿ Qué pasó? Alejandra jamás tuvo filtros reales, lo que le permitía hablar de todo sin problema, cosa que ahora me recalentaba. Ajá, cuando estaba cogiéndote, te acaricié el hoyito del culo,¿ te gustó? Sinceramente me causaba interés y duda. A ver, sí, sí me gustó, pero también me dolió. No digo que haya sido extremadamente brusco, pero como que me ardía un poco. Quizás si la próxima vez usa saliva o algo, ya sabes, para suavizar la intromisión. Oh,
ya veo, disculpa, no sabía. En realidad no sé por qué lo hice, solo me dejé llevar. Alejandra me miraba con una sonrisa que dejaba entrever intenciones oscuras. No te preocupes, me encanta que te dejes llevar. La próxima vez, quiero que lo hagas otra vez, pero más despacio, con cuidado, y sí, usa saliva. Incluso, si quieres, puedes usar tu pene. Puedes hacerme lo que quieras, Pedro, como te dije, soy tuya, totalmente tuya. Las palabras de Alejandra calaron hondo en mí.
El día no hacía más que comenzar pero yo deseaba en mi fuero interno que terminara lo antes posible. Terminamos el desayuno con una tensión palpable flotando entre nosotros. Ella limpió la mesa y yo la observé moverse por la habitación. Cada gesto, cada curva de su cuerpo parecía invocar imágenes de lo que había pasado entre nosotros. No podía sacar de mi cabeza el tacto de su piel, como había reaccionado al roce de mis dedos.
Una lástima,¿ no crees? ¿Qué? Respondí sin saber de qué hablaba mi hermana.
No poder tomarnos ni un día de vacaciones, si alguien no saca a los animales, los alimenta y riega las plantas, perdemos nuestro sustento inmediatamente. Aunque tengamos provisiones para un mes, al menos uno de los dos tiene que estar disponible para trabajar. Sí, es un milagro que nunca nos hayamos enfermado los dos al mismo tiempo, porque ese habría sido nuestro fin.¿ Sabes qué deberíamos hacer?
¿Qué?
Y por un momento creí que Alejandra iba a proponer algo realista. Conseguir trabajadores. solo necesitamos dos personas más pero cuatro o cinco serían lo ideal. Tenemos un recinto capaz de abastecer a una docena de personas y mientras más trabajemos más fácil será para todos. Además, solo nosotros como funcionan ciertos sistemas, así que podríamos reservarnos ese conocimiento, hacer que los otros trabajen, por eso necesitamos cuatro o cinco, tres para las tareas exteriores y uno o dos para
las interiores. Ni siquiera tienen que quedarse en nuestra casa, podríamos acondicionar alguno de los viejos gerachis como dormitorio para ellos. Sinceramente, más allá de la fantasía de encontrar más humanos en este mundo podrido, Alejandra parecía haberle dedicado varias horas a su plan. Vaya, lo has pensado mucho. Mañana mismo cuelgo el anuncio de la vacante en el periódico local, dije, regodeándome en el sarcasmo de mi idea. Jaja, pero sería lindo,¿ que no? Yo sería la capaz y tú el jefe.
Tú das las órdenes y yo me encargo de que las acaten al pie de la letra. Alejandra era bastante sádica, al parecer. Me reí, pero en el fondo de mi estómago se gestaba una ansiedad silente.¿ Qué pasaría si realmente encontráramos a más supervivientes?¿ Serían confiables? Bueno, quizá deberíamos empezar por establecer algunas reglas, si es que llegamos a encontrar a alguien, sugerí, tratando de parecer práctico.¿ Cómo que reglas?
Si los encontramos y quieren vivir bajo las comodidades de nuestro hogar, seguirán nuestras órdenes a rajatabla, punto, y aunque Alejandra lo decía sonriendo, en su voz se adivinaba la certeza de que realmente lo decía en serio. Continuamos con nuestra rutina diaria, la noche aguardaba misterios y mis ansias crecían con el paso de las horas. Me parecía curioso que durante muchos años la vida siguiera su curso tranquilo, monótono y simplón y que en cuestión de una semana,
todo nuestro mundo había dado un giro de 360 grados. Cuando comenzaba a oscurecer, emprendí el camino de regreso a la casa, en el trayecto vía Alejandra, recolectando algunos vegetales. Su cuerpo me pareció más sugerente que si estuviera desnuda, vestía una vieja y gastada camiseta que se adhería a su piel como una segunda capa, manchada aquí y allá por el
jugo rojo de los tomates que había estado cosechando. Mientras se agachaba para arrancar un pimiento del suelo, la tela se estiraba sobre la curva de su espalda descendiendo apenas lo suficiente para atisbar la promesa de la rendija oculta entre sus pantalones deshilachados. Al acercarme, La tierra liberaba su aroma húmedo, mezclándose con el olor dulzón de los vegetales maduros y el sudor salado de Alejandra. Ella se giró y me dirigió una sonrisa pícara, le salía también ser provocadora.
Sin decir palabra me bajé los pantalones, dejando al descubierto mi verga que empezaba a despertarse. Alejandra la miró y luego a mí. Entendió la orden implícita y se acercó, hincada como ya estaba. sin manos, que las tiene sucias, indiqué, y ella se vio complacida por mi indicación. Empezó a besar suavemente mi pene, buscando despertarlo en su totalidad. Yo observaba cómo sus labios rosados y húmedos se movían con delicadeza,
delineando cada contorno de mi carne palpitante. La lúgubre sombra del crepúsculo nos arropaba como un manto mientras su boca continuaba haciéndome olvidar que quizá éramos los últimos humanos sobre la tierra. La lengua de Alejandra se movía con una precisión que sólo la necesidad y la pasión desenfrenada podían perfeccionar. Perfilaba cada vena, cada contorno con un fervor dedicado, como si venerara el último vestigio de humanidad en un mundo
que había perdido su camino. Yo la miraba desde arriba, sintiendo cada fibra de mi ser responder a sus caricias húmedas y cálidas. Era un juego de dominio y sumisión que no necesitaba palabras, sólo el entendimiento tácito de dos seres buscando alivio en la desolación. No fue difícil que mi verga se hirviera en todo su esplendor, una vez estuvo totalmente erecta, Alejandra empezó una mamada intensa y profunda. Incluso, Llegó a tragarla completa, rozando con su nariz mi pelvis,
lo que me hizo gemir. La sensación de su garganta apretando alrededor mío era casi sobrenatural, cada succión, cada pequeño jadeo que ella emitía vibraba a través de mi cuerpo. Mi mano encontró su cabeza, entrelacé mis dedos en su cabello oscuro, ofreciendo una guía suave pero firme. Pero con el paso de los segundos, mi urgencia se volvió más violenta.
Empecé a empujar frenéticamente, y Alejandra me complacía. Ella se adaptó a mi ritmo con una facilidad que revelaba su deseo inherente de complacer, de entregarse a la vorágine de los sentidos. Cada impulso era respondido con un hambre creciente, como si sus labios y su lengua buscaran devorarme entero, absorber el calor y la vida de mi ser. Yo cerré los ojos, sumergiéndome en ese mar de sensaciones que
subían y bajaban con cada embestida. La humedad y el calor de su boca me envolvían por completo y me arrastraban a un abismo. Me estaba dejando llevar por completo, aquí sólo mi placer importaba. Sentí la punzada del orgasmo acariciándome la espalda. Y justo antes de alcanzarme, saqué mi verga de la boca de Alejandra, sin dejar de sujetarla por el pelo. La obligué a mirar hacia arriba y recibir mi corrida en la cara. Ella se veía feliz
mientras su rostro se pintaba de blanco. Con la respiración agitada, observé cómo las gotas perladas se deslizaban por sus mejillas, marcando el recorrido hasta su sonrisa satisfecha. Alejandra pasó su lengua por sus labios, recogiendo el sabor de nuestra unión pecaminosa, y sus ojos brillaban con una intensidad que rozaba lo feral. La lascivia en su mirada me recordaba que era una mujer capaz de desatar los instintos más primitivos en mí. Llevé mis dedos a su rostro y ella instintivamente abrió
la boca para lamerlos.¿ Soy una buena chica? Preguntó, sugiriendo que la noche apenas acababa de empezar. No, mentí con una sonrisa, comenzaba a entender que, quizá, el placer se mezclaba con el poder de una forma enferma pero deliciosa.« Entonces vas a tener que castigarme», dijo Alejandra, mientras se ponía de pie y emprendía el camino hacia la casa, el meneo de su culo me parecía hipnótico. La seguí.
Llegamos al refugio, ligeramente sucios, pero no importaba. Lávate y ven a la habitación, desnuda, ordene con un tono de voz que cada vez me parecía más propio. Sí, jefe, contestó, con un toque de sumisión Ale. Fui a la habitación y me preparé, mi mente estaba agitada por la emoción. A pesar de haber eyaculado hacía pocos segundos en la boca de Ale, me sentía listo para continuar con la fiesta. Cuando mi hermana entró, su figura se recortó contra la
luz tenue. Su cuerpo atlético resplandecía, cada curva prometía un nuevo tipo de placer. A medida que se acercaba, podía ver sus ojos brillantes, llenos de una mezcla de desafío y deseo.— Primero, quiero que te arrodilles— respondí con firmeza. Ella titubeó un momento, pero el fuego en su mirada no desapareció. Finalmente, se arrodilló ante mí, su respiración rápida y ansiosa. La sensación de poder recorrió mi cuerpo mientras observaba cómo se sometía a mis órdenes.— Eres mía— dije,
sintiendo la electricidad en el aire entre nosotros. Ale se mordió el labio con anticipación.— Te dije que no te has ganado el placer hoy, así que vas a usar tu lengua conmigo, y vas a hacerlo bien, ¿entendido? Sin una respuesta verbal, Ale empezó a lamer mis testículos, con docilidad pero energía. El sonido de su respiración entrecortada mezclado con mis suaves gemidos llenaba la habitación mientras se entregaba por completo a la tarea. Con cada movimiento de su lengua,
me acercaba más al borde. Su dedicación era una mezcla perfecta de deseo y sumisión. Su lengua, en algún momento, Incluso empezó a rozar la barrera entre mi ano y mis huevos, mientras con una de sus manos me masturbaba suavemente. El placer me enloquecía, pero quería más. Bien, así me gusta, y sin saber bien por qué, mientras decía esto la tomé de la cara y le hice abrir la boca. Ella se dejó hacer. Inmediatamente dejé caer una consistente cantidad
de saliva directo en su lengua. lo que ella recibió complacida y tragó. Su docilidad me excitaba hasta límites que desconocía. Me dirigí a la cama dándole la espalda, y al acostarme vi que seguía en el mismo lugar, Alejandra no se movía si yo no se lo indicaba. Una sonrisa se dibujó en mis labios al verla así, tan a mi merced.« Levántate», ordené, y Alejandra se puso de pie con gracia, su cuerpo brillando tenuemente bajo la luz de la luna que se filtraba por la ventana. La miré
de arriba abajo, admirando cada curva, cada línea. Ahora ven aquí, dije, gesticulando hacia mí. Ella avanzó lentamente, sus caderas moviéndose con una provocativa seguridad. El aire entre nosotros vibraba con una mezcla de anticipación y necesidad. Cuando estuvo a mi alcance, la tomé de la muñeca y la atraje hacia mí. Sus ojos brillaban con una chispa traviesa mientras caía sobre mi cuerpo, sus labios buscando los míos con ansias voraces.
Pero esta vez no quería besos suaves. Quería algo más crudo. Vas a cabalgarme, le dije mientras sujetaba mi verga erecta con una mano. Alejandra sonrió y se sentó ahorcada sobre mí. Su cálido cuerpo se ajustó sobre el mío con una facilidad deliciosa. Alineó su entrada con mi erección, bajando lentamente, engullendo cada centímetro de mí con una mezcla de dolor y placer que pintaba su rostro de sensaciones intensas. La emoción me consumía mientras la observaba tomar el control, sus
manos apoyadas en mi pecho para equilibrar su ritmo. Comenzó a moverse, primero con lentitud, estudiando cada reacción de mi cuerpo, luego incrementando la velocidad y la fuerza de sus embestidas. La habitación se llenó con el sonido de nuestras respiraciones agitadas y el eco sutil de nuestros cuerpos encontrándose en un ritmo frenético. Alejandra inclinó su cabeza hacia atrás, exponiendo la curva de su cuello que invitaba a ser marcada. No me resistí al impulso, me incorporó y mordí su piel.
suave pero con suficiente firmeza para arrancarle un gemido que se mezcló con el aire nocturno. Ella reaccionó aumentando la intensidad de sus movimientos. Sus caderas se levantaban y caían con una precisión y un desenfreno que me hacían perder el control de mis propios sentidos. Cada embestida suya me llevaba más cerca del borde, pero no estaba listo para terminar esto, no todavía. Con un movimiento rápido y decidido, invertí nuestras posiciones, colocándola debajo de mí mientras mis manos
sujetaban firmemente sus muslos. Alejandra me miró, sus ojos encendidos por el cambio súbito, la sorpresa mezclada con el deseo evidente en su respiración entrecortada. La penetré con fuerza, estableciendo un ritmo que oscilaba entre lo salvaje y lo calculado, explorando cada respuesta de su cuerpo con la mía. El control era mío nuevamente, y la dominaba con cada embate profundizando más, desafiando los límites que habíamos conocido hasta ahora.
El placer crecía exponencialmente en ese juego de poder. Ella intentaba retomar el control a veces, elevando su pelvis para encontrarme en un golpe sincronizado, pero yo reafirmaba mi dominio con cada empuje. El sonido de nuestra carne chocando se convirtió en un himno visceral que llenó todos los rincones de la habitación. Finalmente, la llevé al clímax con una serie de movimientos intensos y precisos, su cuerpo temblaba bajo el mío mientras su voz se elevaba en un crescendo
de placer liberado. Alejandra entonces se desplomó sobre sí misma. Soy tuya, Pedro, soy totalmente tuya, la oí balbucear, todavía atontada por el orgasmo. Me levanté, estaba sudado pero feliz, y mi pene seguía potentemente erecto, ya que no había eyaculado una segunda vez. Gateé sobre el cuerpo de Ale, hasta poner mi pelvis a la altura de su rostro. Chupa, le ordené y ella obedeció con presteza. Mi verga llena
de sus propios fluidos llenó su boca. Cerré los ojos, permitiéndome sumergirme en el placer de su boca caliente, húmeda y hambrienta. Me derretía la manera en que su lengua recorría mi miembro incluso dentro de su boca. Ponte en cuatro, dije, en cierto momento cuando el llamado del orgasmo empezaba a acariciar mi nuca. Me quité de encima, permitiéndole seguir mis indicaciones. Sobra decir lo majestuoso que se ve su trasero cuando se pone en culo, sus musculosas nalgas brillando con sudor
y sus labios inflamados separados, invitando a ser poseídos. No pude resistir el impulso y me arrodillé detrás de ella, empujando mi miembro a un erecto en suavidad húmeda y caliente. Penetré profundamente en ella, y nuestros gemidos se fusionaron en una melodía sensual que llenó la habitación. Comencé a mover mi cadera en un ritmo lento y sensual, disfrutando cada
centímetro de su calor abrasante envolviéndome. Sí, Pedro, he sido buena, cógeme, cógeme así, la oía casi sollozar con la cara incrustándose en el colchón. La tomé de las caderas y empecé a penetrarla con más violencia. Me parecía una danza embriagadora. Y ahí estaba su agujero del culo, invitándome a pasar, escupí en él y empecé a masajearlo lentamente, sin dejar de follar su vagina. Metí un dedo, casi sin resistencia. Empecé una doble penetración entonces, a una cadencia suave pero profunda.
El mundo fuera no existía. No había nada más en el universo que nosotros dos, aquí y ahora disfrutando como animales del placer más primitivo. Metí un segundo dedo, estirándola suavemente. Alejandra seguía gimiendo y meciéndose bajo mi peso. La presión se incrementó y yo estaba como hipnotizado en el movimiento. Si quieres, la oí decir de pronto, métemela por ahí. Si quieres cógeme por el culo también.¿ Estás segura? Dije,
saliéndome del juego del domingo pero auténticamente preocupado por su respuesta. Sí, quiero ser totalmente tuya, de todas las maneras, y complacerte completamente, dijo en lo que parecía casi un maullido. Así que retiré mi pene de su interior, y aplicando bastante saliva en su ano, empecé a presionar con él de forma lenta, sintiendo la resistencia inicial y luego la calidez que se abría ante mí. Alejandra jadeó, una mezcla de placer y
ligera incomodidad en su voz. Eso es, Pedro, sigue, sus palabras eran un suave empujón hacia mi impulso más primal. La sensación de tenerla completamente a mi merced me encendió aún más. Avancé con cuidado, sintiendo cada centímetro de su cuerpo encajando en el mío, uniendo nuestros deseos en una explosión de sensaciones. Y de pronto, mi pelvis finalmente tocó su culo. Estaba penetrando completamente el culo de Alejandra. Sus nalgas eran un premio tan apetecible que comencé a salivar.
Estaba definitivamente en el paraíso. Con la misma lentitud, empecé a retirarme, sacando poco a poco mi verga de su ano. La oí gemir, una mezcla deliciosa entre dolor y placer, el epítome de nuestra relación. Y de nuevo adentro, mi pene hundiéndose en su rincón más profundo. El metesaca empezó a tomar una cadencia lenta pero hipnótica. El ritmo se fue acelerando gradualmente, mis embestidas volviéndose más intensas con cada penetración.
Alejandra gemía sin control, su cuerpo temblando bajo el mío. Sus manos se aferraban a las sábanas, los nudillos blancos por la fuerza de su agarre. Sentí como su ano se contraía alrededor de mi miembro, apretándome deliciosamente. El placer era indescriptible, una mezcla embriagadora de lujuria y poder. Mis manos se aferraron a sus caderas, clavando mis dedos en su piel suave mientras aumentaba el ritmo de mis embestidas. Alejandra arqueó su espalda, presionando su trasero contra mí, buscando
una penetración aún más profunda. Su cabello caía encascada sobre su espalda, moviéndose al ritmo de nuestros cuerpos. Sentí que Alejandra comenzaba a temblar, su cuerpo tensándose alrededor de mi miembro. Estaba cerca del clímax. Deslicé una mano hacia su clítoris y comencé a masajearlo quizá con menos suavidad de la debida. Pero el efecto fue el deseado. De pronto, su cuerpo se convulsionaba bajo el peso de mis embestidas. Alejandra empezó
a gritar, de manera aguda. Y yo también empecé a venirme. Un hormigueo me avisó que estaba llegando al punto sin retorno, así que me abandoné a la inercia del movimiento. Finalmente, eyaculé en sus profundidades, llenándole el culo con mi semen ardiente, mientras gritaba victoriosamente al vacío. Lentamente me dejé caer sobre ella, sintiendo nuestras respiraciones entremezclarse. Un silencio profundo nos envolvió, sólo el latido agitado de nuestros corazones rompía la quietud. No
pasó mucho antes de que me quedara dormido. Agotado y feliz, sentía el cuerpo de Ale acurrucarse a mi lado. Desperté con el cansancio del esfuerzo pesándome en el cuerpo y la sensación de haber perdido demasiados líquidos. El sol se filtraba por las rendijas de la cortina, iluminando la habitación con un brillo cálido.— Buenos días, Pedro— dijo Alejandra con una gran sonrisa.— Al parecer, Se había despertado antes que yo pero me había estado esperando a mi lado. Buenos días, Ale,¿
dormiste bien? Pregunté, feliz y complacido. De maravilla, respondió al tiempo que se llevaba mi verga a la boca. Recordé que le había ordenado que me diera una mamada en las mañanas también, pero hoy simplemente no me sentía en el mood. No, Ale, está bien por hoy. Creo que me deshidraté anoche, expliqué mientras empujaba con gentileza su cabeza de mis genitales. Ya, ya veo. Me aseguraré de que tengamos agua esta noche para que no pase esto. Expresó convencida.
Me dio risa que se haya tomado su papel de subordinada tan a pecho, pero en el fondo me complacía gratamente.
Tomamos una ducha juntos. como hacía muchos años que no lo hacíamos nos lavamos mutuamente pasando las manos enjabonadas por cada rincón de nuestros cuerpos sentí como se me endurecía la verga al acariciar los pechos de Ale pero me contuve ella también parecía excitada su respiración entrecortada y sus pezones erectos lo delataban Dios a veces me lamentaba mucho el que nuestra rutina no nos dejara ni un solo día de descanso Salimos de la ducha y nos vestimos
en silencio, intercambiando miradas cargadas de deseo. Desayunamos normalmente y nos dedicamos a nuestras tareas de todos los días. Cuando terminé de dar agua y comida a los animales, emprendí mi caminata alrededor de nuestra casa. Como había dicho, tenía la costumbre de colocar trampas alrededor de nuestra propiedad, con el objetivo de saber si de casualidad alguien o algo pasaba cerca. Jamás había visto nada y eran más un pretexto para caminar en los alrededores con una tarea fija.
Sin embargo, esta vez algo me llamó la atención. Un par de trampas habían sido destruidas por pisadas que bien podían ser de un animal grande o de un humano. Además, había claramente un rastro parecido al de personas caminando. Lo que me confirmó las sospechas fue que en algunas partes... Ese mismo rastro había intentos de borrar el rastro. Y
eso es algo que los animales no hacen. Seguí las huellas unos cuantos metros, cada vez encontrando indicios más certeros, la forma de una bota en el lodo, un pedazo de tela. Regresé corriendo a la casa. Entré agitado, buscando a Alejandra con la mirada. La encontré en la cocina, preparando la comida del día. Ale, dije sin aliento, tenemos que hablar. Se giró hacia mí, sus ojos se abrieron al ver mi expresión.¿ Qué pasa, Pedro? Pareces asustado. Le
conté rápidamente lo que había descubierto. Con cada palabra, su rostro se tornaba más serio. Cuando terminé, se quedó en silencio por un momento, procesando la información.¿ Estás seguro?
Preguntó finalmente. Asentí. No hay duda. Alguien ha
estado merodeando por aquí. Alejandra se mordió el labio, un gesto que normalmente me volvía loco de deseo, pero ahora solo aumentaba mi preocupación. Tenemos que hacer algo, dijo ella, con voz firme y decidida. No podemos quedarnos de brazos
cruzados. Lo sé. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
