Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Contigo en el fin del mundo, parte 2. A diferencia del día anterior, esta noche dormí como un bendito. A rienda suelta. Simplemente toqué el colchón y dormí sin pausas hasta el día siguiente. Prefiero eso, sin lugar a dudas antes que pasar la noche en vela. La mañana era limpia y luminosa.
Me levanté como cada día y fui a la cocina, donde encontré a Alejandra, quien me recibió con una amplia sonrisa y totalmente desnuda, al parecer, se había tomado mis órdenes al pie de la letra.« Buenos días, dormilón», me saludó, como si esta fuera una mañana común y corriente.
buenos días,¿ dormiste bien? Respondí.
De maravilla, contestó, aunque luego añadió, bueno, algo me pica el culo, ya sabes, por tu castigo de ayer, sin embargo, no había ni una gota de reclamo en su tono, era como si simplemente quisiera compartirme su experiencia. La observé, su atlético cuerpo era bellísimo. Sus pechos firmes y jóvenes se mostraban orgullosos, sus pezones rosados invitaban a ser besados. Mi mirada bajó por su vientre plano hasta su monte de Venus, donde una fina capa de vello apenas cubría
su sexo. Sus piernas torneadas y firmes parecían esculpidas por un artista. Era una visión de ensueño.— Ay,¿ hay algo especial que quieras que haga hoy?— preguntó tímidamente Ale. lo cual me trajo de regreso al mundo. No parecía incomoda por mi mirada, sino simplemente sumisa. Sí, a la tarde tendrás que guardar los animales y quizás cocinar por tu cuenta, ya que estaré ocupado reparando la llave, y las últimas dos palabras las dije lentamente, aunque ya no había realmente
nada de enojo en mi voz. Si lo pensaba bien, era mayor el beneficio que el pago, pero no podía dejar que Alejandra se diera cuenta. Emprendí el camino al exterior, y recuerda que no tienes permitido usar ropa dentro de la casa, dije antes de dejar el espacio. Sí, sí señor, oí a mis espaldas, complacido. El día fue tranquilo. Saqué los animales, regué algunas plantas y exploré la zona, no
esperaba encontrar nada. Jamás había encontrado nada y la verdad es que desde antes de la crisis nuestra propiedad estaba bastante alejada como para facilitar el contacto con otro humano, sin embargo, nunca se sabe, así que para prever cualquier incidente, dejaba trampas escondidas a los alrededores. No eran trampas para hacer daño, simplemente colocaba algunas jaulas, cubría ciertos agujeros con
madera podrida y amarraba algunos cables discretamente. La idea era que si alguien o algo pasaba cerca de la propiedad, lo sabría aunque gracias a que destruirían la trampa. Solo una vez un coyote destruyó un par de trampas y aunque no representó una amenaza para los animales, tomé por costumbre seguir colocándolas y revisándolas periódicamente. Las colocaba bastante lejos
de la casa, a un kilómetro y medio aproximadamente. No tengo tanto que hacer en la granja, realmente, y caminar siempre me ha relajado, así que disfruto esos paseos entre la vegetación. A la tarde, después de un generoso almuerzo que nos proveyó de renovadas fuerzas, me dispuse a darle un vistazo a la fuente que había roto Alejandra. Se trataba de un sencillo pero eficiente sistema hidráulico que abastecía las reservas de la casa de agua, había cuatro pozos
de agua. cada uno con su propio sistema de captación de lluvias que redirigía el agua a dos gigantes cisternas, una destinada exclusivamente para nuestro consumo y otro para el consumo agrícola ganadero de nuestra pequeña sociedad. A veces me parecía alucinante lo mucho que nuestros padres nos prepararon para este escenario, donde literalmente teníamos un pequeño palacio con todo
lo necesario para sobrevivir por generaciones. Empecé a analizar el daño y me sorprendí de descubrir que Ale sólo había quebrado un tubo de la conexión, por lo que la tarea sólo consistiría en cambiarlo y no reemplazar la conexión completamente, como yo había pensado en un inicio. Fui al pequeño garaje por las herramientas y después de unas cuatro horas, fui capaz de terminar la tarea que creía me tomaría una semana. Regresé a la casa ya un poco entrada
la noche. Y la estampa que me recibió me pareció memorable. Ale estaba vestida únicamente con un delantal de dos cintas, una de las cuales se ataba a su cuello y la otra a su cintura. La prenda dejaba su espalda completamente al descubierto, mostrando su piel tersa y bronceada. Mientras revolvía algo en una olla, su cuerpo se mecía suavemente, haciendo que sus nalgas se contonearan de una manera hipnótica. Me quedé unos segundos observándola en silencio. deleitándome con la
sensual visión. Ale tarareaba suavemente mientras cocinaba, ajena a mi presencia. Finalmente, me acerqué por detrás y posé mis manos alrededor de su cuello. El tacto de mis dedos sobre su piel desnuda la hizo estremecerse.
Ahí estás.¿ Tienes hambre?— preguntó mientras me miraba con una amplia sonrisa.— Bastante— respondí.
Lávate y siéntate a la mesa, esto estará listo en dos segundos. Así lo hice, mi pene estaba ya totalmente erecto, pero me gustaba retrasar la emoción. La cena estuvo lista casi al instante, cenamos en un ambiente agradable, como si Alejandra no estuviera completamente desnuda frente a mí. Una vez hubimos terminado, me sorprendió con un, ve a tu cuarto
mientras limpio aquí, y cuando termine te alcanzaré. Casi siempre teníamos un sistema de repartición de tareas equitativo, si uno cocinaba, el otro lavaba después, pero supongo que Alejandra intuyó que al estar castigada, todo el trabajo recaería en ella. Lo acepté, me parecía un trato justo. Fui a mi habitación, resoplando de excitación. Me desnudé inmediatamente y me acosté. Mi verga palpitaba y apuntaba al techo. No sé cuánto tiempo pasó, No debieron ser más de cinco minutos, pero a mí
me parecieron horas. Las paredes me parecían más estrechas y la atmósfera se volvía densa.— Puedo
pasar, señor. Escuché detrás de la puerta.— Pasa, dije incorporándome.
Alejandra entró a la habitación lentamente, con la cabeza gacha
en señal de sumisión. A pesar de que ya la había visto desnuda, verla así, caminando hacia mí con ese aire de total entrega hizo que mi pene respingara me senté a la orilla de la cama y no hizo falta que le ordenara que se encara porque lo hizo al instante tampoco hizo falta que le indicara que tenía que mamarme la verga porque directamente empezó a llenar de suaves besos mi pene empezando por el glande y descendiendo hasta la base luego con su lengua trazó un camino
ascendente por toda la longitud de mi Alejandra me miró directamente a los ojos mientras pasaba su lengua por la punta de mi pene, saboreando las primeras gotas de semen. Gemí. La espera me estaba volviendo loco, así que en un arranque de calentura la sujeté con fuerza del cabello y la obligué a engullir toda mi verga de golpe. Alejandra emitió un suave quejido cuando mi miembro invadió su boca,
pero no puso resistencia. Al contrario, Empezó a chupar con avidez, deslizando sus labios de arriba a abajo por toda mi longitud. Seguí cogiéndole la boca con fuerza. En el cuarto, sólo el sonido de mi miembro penetrando sus labios se oía. Alejandra se entregaba completamente a la tarea, succionando mi verga con fervor. Sus labios se deslizaban arriba y abajo por mi duro miembro, acogiendo toda mi longitud hasta el fondo
de su garganta. Sentía como su garganta se contraía alrededor de mi verga cada vez que la hundía hasta el fondo. Ale comenzaba a lagrimar mientras me la mamaba con absoluta devoción. Verla así, tan entregada me enloquecía. Sentí el orgasmo aproximándose. Mis piernas cosquilleaban y la eyaculación era irremediable. La sujeté con fuerza del cabello mientras sentía mis testículos vaciarse en su boca. Un torrente de semen brotó de mi verga, inundando la boca de Alejandra. Ella cerró los ojos y
tragó obedientemente, sin perder una sola gota. Sentí como su garganta se contraía alrededor de mi pene. Alejandra siguió succionando suavemente mi miembro, extrayendo hasta la última gota de semen. Cuando finalmente se apartó, un delgado hilo saliva y esperma conectaba aún sus labios con la punta de mi verga. Me miró expectante.
Lo hice bien? Preguntó con timidez. Perfecto, Ale, concedí honestamente.¿ He sido buena? Insistió con una mirada llena de ternura. Sí, hoy ha sido buena, concedí de nuevo.¿ Crees
entonces que podría hacer lo mismo, señor? y su voz fue casi una súplica. Sonreí, sin hablar señalé la cama y ella entendió la orden, pues se subió a ella y extendió las piernas. Su respiración estaba agitada desde antes que la tocara. Decidí que de hecho había sido una buena chica, entonces empecé a recorrer su piernas con tiernos besos. Fue como si hubiera sido golpeada por un rayo, porque
respondió con un espasmo total de su cuerpo. Subí por sus piernas y a propósito salté su vagina, llegando hasta su vientre. Alejandra volteó a verme, suplicante, pero la ignoré. Empecé, finalmente, a besar sus pechos, sus deliciosos pezones que tantas veces había hecho volar mi imaginación. No eran inmensos senos, pero estaban bien proporcionados y se mantenían firmes. Eran exquisitos. Ale empezó a gemir. Con una de mis manos empecé a
masajear su vagina. Ale se retorcía de placer bajo mis caricias. Sus gemidos llenaban la habitación mientras mis dedos exploraban su húmeda intimidad. Podía sentir como su clítoris se endurecía bajo mis dedos. Su sexo estaba empapado. Después de algunos minutos, decidí cumplir su deseo, así que descendí de nuevo hasta su vulva, donde mi lengua comenzó a dibujar círculos lentos y deliberados alrededor de su clítoris, arrancándole jadeos que se
entremezclaban con el silencio apocalíptico del mundo exterior. Alejandra arqueó la espalda, empujando su pelvis hacia mi boca, invitándome sin palabras a continuar mi tortuosa caricia. La textura de su piel era suave y ligeramente salada, un delicioso contraste con el aire seco y frío de la habitación. Seguí con mi exploración, incrementando el ritmo y la presión, absorbiendo cada
uno de sus gemidos como una melodía desesperada. De pronto, empecé a notar cómo su vagina comenzaba a expulsar distintos jugos. Los fluidos llenaban mi boca con su sabor dulce y ácido, un recordatorio palpable de su placer. Alejandra comenzó a jalar de mi cabello, guiando mis movimientos con un ritmo frenético que sólo anticipaba el punto de no retorno. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cabeza, atrapándome en un cálido y húmedo abrazo mientras su cuerpo se sacudía con las
oleadas de su orgasmo. Alejandra gritó, un sonido gutural y primitivo que resonó en las paredes de la habitación. Su cuerpo se tensó por completo, cada músculo contraído en un espasmo de placer puro. Podía sentir las pulsaciones de su sexo contra mi lengua mientras ella cabalgaba las olas de su clímax. Continué lamiéndola suavemente, prolongando su éxtasis tanto como fuera posible. Alejandra se estremecía y temblaba bajo mis atenciones.
Me incorporé lentamente, saboreando aún su esencia en mis labios. La contemplé extendida ante mí, con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando al ritmo de su agitada respiración. Una fina capa de sudor cubría su piel, haciéndola brillar bajo la tenue luz de la habitación. Era una visión de pura sensualidad y abandono. Me acosté a su lado, atrayéndola hacia mí. Alejandra se acurrucó contra mi pecho, aún temblando ligeramente por la intensidad de su orgasmo. Sentía su
corazón latiendo con fuerza contra mi piel. Enredé mis dedos en su cabello disfrutando de la sedosa textura. Permanecimos así por varios minutos simplemente abrazados dejando que nuestros cuerpos se calmaran después de la tormenta de placer. Alejandra trazaba perezosos círculos sobre mi pecho con la punta de sus dedos. Su toque era ligero como una pluma pero enviaba pequeñas descargas eléctricas por mi piel. Poco a poco, la sentí relajarse en mis brazos. Su respiración se volvió más profunda.
Nunca fue mi intención, pero esa vez fue la primera que nos quedamos dormidos juntos, en la misma cama, húmeda de nuestros fluidos y calor. El mundo afuera parecía haber desaparecido completamente, dejándonos a nosotros dos como los únicos habitantes de un universo que se había contraído hasta las dimensiones
de esta habitación. Nunca me había detenido a pensar quién de los dos era el que se levantaba antes, pero esa mañana descubrí que era Alejandra, pues me despertaron unos tiernos besos en el abdomen y el calor de unas manos acariciando mis piernas. Era Alejandra, que desnuda todavía, se movía con una gracia perezosa, cargada de deseo. Su cuerpo formaba una silueta contra la pálida luz que se colaba
a través de las cortinas desgarradas. Se detuvo para mirarme, Sus ojos brillaban con una mezcla de afecto y respeto. Pensé que, te gustaría otra, ya sabes, otra mamada al despertar, se excusó. Asentí. Continuó descendiendo con sus besos, cada uno marcado por la suave presión de sus labios, explorando mi piel como si fuera un territorio nuevo. Parecía una diosa bañada en la luz matutina que filtraba a través de la ventana. Sus besos alcanzaron mi verga, la cual engulló lentamente.
Su boca cálida y húmeda envolvió mi miembro, arrancándome un gemido de placer. Alejandra comenzó a succionar suavemente, deslizando sus labios de arriba a abajo por toda mi longitud. Su lengua trazaba círculos alrededor de la punta, probando las primeras gotas de preseminal que ya empezaban a brotar.« Tú no tienes que devolverme el favor», Puedes guardarlo para la noche, dijo mientras pausaba brevemente la mamada. Enterré mis dedos en
su cabello, guiando el ritmo de sus movimientos. Alejandra me miró a través de sus pestañas, con una mezcla de sumisión y deseo ardiente en sus ojos. Verla así, tan entregada a darme placer, hizo que mi excitación se disparara. Empecé a mover mis caderas, follando su boca con abandono, pero me detuvo. Si quieres, forzarme, está bien. Pero me gustaría hacerlo más lento y con más cariño esta vez. No porque no me guste, es que, me gustaría complacerte
de diversas maneras, está bien. Después puedes decidir que te gusta más y así lo haré. De acuerdo. Y la última pregunta la dijo ya con la mitad de mi verga en su boca. Asentí con un gruñido. No dejaba de sorprenderme el nivel de sumisión al que Ale misma se había sometido. Su mamada era distinta a esta ocasión, en vez de simplemente cogerle la boca, Alejandra estaba poniendo
esmero en complacerme con caricias lentas y sensuales. Su lengua recorría cada centímetro de mi verga, deteniéndose a succionar suavemente la punta antes de descender de nuevo hasta la base. Envolvía mi miembro con sus labios, creando una deliciosa fricción con cada movimiento ascendente y descendente. Podía sentir como mi placer se acumulaba lentamente, construyéndose desde lo más profundo de mi ser. Alejandra variaba el ritmo y la presión, alternando
entre succiones rápidas y lentas caricias con su lengua. Sus manos acariciaban mis muslos y mis testículos, agregando nuevas capas de sensaciones. Ale, voy ya, intenté advertirle entre jadeos entrecortados, pero ella simplemente intensificó sus esfuerzos, succionando con fuerza mi glande mientras me masturbaba con energía. Con un grito gutural, me corrí en su boca. Alejandra recibió mi orgasmo sin titubear, su garganta contrayéndose alrededor de mi verga mientras tragaba cada
gota de mi semilla. Podía sentir las pulsaciones de mi miembro contra su lengua mientras ella prolongaba mi placer, succionando suavemente hasta que me quedé completamente vacío. Alejandra se incorporó lentamente, relamiéndose los labios con satisfacción. Una gota de semen escapó de la comisura de su boca y ella la atrapó con su dedo, llevándoselo a la boca con un gesto sensual. Me miró con ojos cargados de deseo, claramente citada
por haberme complacido.¿ Te gustó? Me encantó. Bueno, pues cuando quieras
ese trato, avísame, y como te dije no tengo problema en, en que también uses la fuerza, si quieres. Lo que sea que te haga feliz, incluso si quieres algo más. La miré por un momento. La luz dorada del amanecer danzaba a través de la habitación, dándole un halo casi etéreo. El aire estaba impregnado de una mezcla de sudor y deseo, y el mundo exterior seguía siendo sólo un eco distante, irrelevante. Pensé en su propuesta por un segundo. Incluso esa puerta
me dejaba abierta, Alejandra. Tan entregada a mí estaba. Decidí que pensaría en ello durante el día. Ahora teníamos
trabajo que hacer. El día fue, simplemente un día más.
Sacar los animales, regar los cultivos, corroborar que las plantas están creciendo conforme deberían y que el sistema de captación de agua funcionara apropiadamente. La verdad es que nuestra propiedad podría alojar al menos a 15 personas sin ninguna modificación importante, porque ahora usamos solo campo para cultivo a mitad de la capacidad y tenemos mucho más alimento que el necesario.
Los únicos recursos escasos eran aquellos frutos como el café y el cacao que sólo era posible cultivar en primavera. Pero fuera de eso, con las gallinas y borregos, teníamos carne abundante para seis meses y abundantes frutas y verduras. No es que nuestros padres hubieran adquirido un palacio, pero como dije, la propiedad era bastante grande y el único inconveniente es que estaba en medio de la nada. Pero ya no lo era. Nunca pensamos explorar más allá, porque
no hacía falta. De nuestros padres aprendimos también primeros auxilios, nociones básicas de medicina, cocina, agricultura. Y tenemos una biblioteca, con bastantes libros. Alejandra jamás ha leído uno por voluntad, pero a veces en verano yo suelo tomar uno y leerlo de principio a fin. Como sea, la noche llegó, como siempre. Y a mi regreso a la casa encontré la estampa que esperaba, Alejandra desnuda, cocinando, vestida simplemente con
un ligero delantal que dejaba poco a la imaginación. La luz tenue de la cocina danzaba sobre su piel, resaltando cada curva y cada sombra.¿ Qué tal estuvo tu día? Preguntó, su voz suave como el murmullo del viento entre los árboles, sin voltear para mirarme. Igual que siempre, respondí. No era mucho de hablar, Alejandra fue y es quien siempre lleva
la conversación. Soy más de responder. Cenamos, Alejandra me contó que tiene un sistema para entender el vuelo de los pájaros y parece que está relacionado con el paso de las estaciones. Hoy intentó seguirlos hasta el pequeño bosque que rodea nuestra propiedad.¿ Y qué descubriste en el bosque? Pregunté. intentando enfocar mi mente en su relato, aunque mis ojos se deslizaban por su figura como si fueran dedos curiosos.
Ella sonrió, un destello juguetón en sus ojos oscuros, y dejó caer un poco de la salsa que había estado preparando sobre su pecho. La comida olvidada lentamente se mezclaba con la esencia de su piel. Se acercó a mí, y el calor de su cuerpo me envolvió como un abrazo de verano. Su aliento era un susurro, casi una promesa. Vi un par de pájaros que nunca había visto antes, dijo, inclinándose un poco hacia adelante. El delantal se movió con ella,
insinuando más de lo que cubría. Sus pechos juveniles se veían deliciosos, los pezones arañaban la tela. Alejandra descubrió mi mirada y sonrió. Voy a limpiar la cocina, tuve a tu cuarto y espérame,
sentenció. Yo lo hice, fui
a mi cuarto, de nuevo, y me desnudé. La espera se hizo interminable, los minutos se alargaron como sombras danzantes en la penumbra. Mis sentidos estaban agudizados. Escuché el suave crujido del piso de madera que anunciaba su llegada, y mi corazón latía al ritmo de esa melodía. La puerta se abrió con un leve chirrido, y Alejandra apareció, envuelta en el mismo halo de luz tenue que la había
definido antes. El delantal había desaparecido. Estaba Alejandra frente a mi tal y como había llegado al mundo, la luz bañaba su figura y se deslizaba sobre su piel como un abrazo cálido, revelando los secretos de su cuerpo con una intimidad que me dejó sin aliento. Sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y deseo, y, en ese instante, el silencio entre nosotros se volvió palpable. cargado de una
energía electrizante. Pude sentir el calor radiante emanando de su piel, como si su esencia derritiera cualquier duda que pudiera haber albergado. A medida que se acercaba, el espacio entre nosotros comenzó a cargarse de una electricidad palpable, el mundo exterior se desvanecía y sólo existíamos ella y yo. Me senté en el borde de la cama. Mi verga erecta ya apuntaba al techo y Alejandra la miraba sin pestañear.
Chúpamela, ordene. Alejandra
se hincó frente a mí. Tomó mi miembro entre sus manos con una ternura que me hizo estremecer. Con un leve susurro, sus labios tocaron la punta de mi verga, un roce tan ligero que me hizo estremecer. Ella parecía disfrutar de mi reacción. sonriendo mientras sus labios se cerraban alrededor de mí, tomando más de mí en su cálido abrazo.—¿ Así?— preguntó con una voz ahogada por el deseo, mientras me miraba desde esa posición, sus ojos entelleantes. Y sin esperar
respuesta empezó una mamada enérgica. Alejandra se movía con una gracia salvaje. Mis manos fueron a buscar su cabeza, acariciando su cabello mientras ella se entregaba por completo a ese acto íntimo. Sí, así, logré responder entre susurros, sintiendo mi cuerpo arquearse involuntariamente hacia ella. Su ritmo era constante, el vaivén de su cabeza creando un mantra que resonaba en cada fibra de mí. Cada vaivén traía consigo una ola de deseo que me hacía sentir como si estuviera flotando,
levitando en el aire entre lo real y lo etéreo. Espera, exhalé de pronto, lámeme también los testículos, ordené con un aire suplicando. Alejandra me miró a los ojos, se sacó mi verga de la boca, lo que dejó un hilo de baba de sus labios a mi miembro, y empezó a besarme los huevos. La calidez de su boca fue reemplazada por la suavidad de sus labios en mi piel, y un escalofrío recorrió mi espalda mientras sus besos se movían hacia abajo. Su lengua jugueteó con mis testículos, explorando
con una curiosidad que me hizo perder el aliento. Mis manos se aferraron a su cabeza, guiándola suavemente mientras ella continuaba su viaje hacia la zona prohibida. Podía sentir cada pequeño movimiento, cada roce de su lengua, y el mundo exterior se desvanecía aún más. Fue todo lo que logré articular, mi voz apenas un susurro ahogado. Lo siguiente que sentí fue un calor intenso, una mezcla de deseo y vulnerabilidad,
que me envolvió por completo. Alejandra, con la maestría de quien conoce cada rincón de su arte, continuó su exploración, sus labios y lengua llevándome al borde del abismo. El silencio de la casa se llenó con el sonido húmedo de su boca, un eco de placer que resonaba en cada pared. De pronto, La tomé con fuerza del cabello, retirándola de su tarea y obligándola a mirarme a los ojos. Ella se dejó hacer. Con la otra mano, tomé mi verga y empecé a golpear las mejillas de Alejandra con ella.
Ale simplemente sonrió. Estrujé su rostro con mi mano, metí mi pulgar en su boca y me lo mordisqueó con suavidad.
Eres mía?— pregunté. Sí, tuya, respondió, segura, sin titubear. Bien, resoplé con el placer
que sólo el control otorga. Pero, pero si quieres que en verdad sea tuya, hazme tuya, murmuró sin dejar de mirarme. Por un momento estuve confundido, no sabía bien a qué se refería. Ella debió adivinar mi duda y sólo explicó, ya sabes, lo que papá y mamá llamaban hacer el amor, que es como se hacen los bebés. La solté, pero ella no se levantó, se quedó a mis pies y apoyó sus manos en mis piernas. Después, empezó a masturbar suavemente mi pene. Somos los únicos aquí, quizás seamos los
únicos en el mundo. Nosotros tendremos que hacer los nuevos bebés, bueno y además, según mamá y papá, es la forma de unión más cercana entre dos personas. Sí, recordaba esa plática con mamá y papá, fue más una clase de biología barra diagonal anatomía que explicaba el funcionamiento del cuerpo y la ingeniería corporal detrás del arte de traer vida al mundo. Esos conocimientos lo habíamos aplicado para preservar nuestros propios animales, pero no había pensado que también debería aplicarlos
a mí en algún momento. Como sea, la idea era buena. Tomé a Alejandra por las axilas y la alcé, la tendí en la cama y ella cayó riéndose. Entonces esta noche serás mía. Me coloqué entre sus piernas y sujeté mi verga, apuntándola hacia su vagina, donde me imaginaba que debería entrar. Estaba nervioso, era la primera vez de ambos. Empecé a empujar, su entrada se resistía. Ale empezó a gemir calladamente. Lo intenté de nuevo, aplicando un poco más
de presión. La resistencia se sintió como un suave sellado, pero el placer prometido era una invitación que no podía ignorar. Ella me miraba, y el silencio en nuestra pequeña burbuja se volvió ensordecedor. Un poco más fuerte, murmuró Alejandra, animándome con su voz temblorosa. Sin pensarlo dos veces, dejé que mi instinto tomara el control. Apliqué más fuerza y, en un movimiento decisivo, finalmente logré penetrarla. Fue como si el
mundo entero se detuviera. Alejandra se sentía apretada. Podía sentir mi verga palpitar en su interior. El rostro de Ale estaba rojo del esfuerzo. Coger, a hacer el amor también lo llaman coger
es la acción de penetrar. Cógeme, entonces, dijo entre dientes.
Empecé a bombear, con suavidad. Si bien era la primera vez que hacía esto, el movimiento era natural. Alejandra me envolvió con sus piernas y sus manos acariciaron mis hombros. Y entonces, por primera vez en nuestras vidas, la besé en los labios. Su boca tenía aún el salado sabor de mi esencia. Lo que empezó como un roce suave se transformó rápidamente en una danza intensa, cada uno de nuestros movimientos resonando en la cama como un eco del
deseo acumulado. Alejandra, con sus ojos cerrados, parecía entregarse por completo, abandonándose al ritmo que creábamos juntos. Cada embestida era acompañada por gemidos que llenaban el aire. Podía sentir cómo su cuerpo se ajustaba a mí, cada curva y cada contracción ardiente enviando chispas por mi espalda. En esos momentos, éramos sólo nosotros dos. Todo lo demás había dejado de existir. Más,
susurró Alejandra, su voz cargada de necesidad, más fuerte. Alejandra arqueó su espalda y me miró a los ojos, sus iris reflejando una mezcla de asombro y euforia. La cama chirriaba suavemente bajo el peso de nuestra entrega. Entonces empezó a gemir. Me abrazó con fuerza y me mordió el hombro. Tardó algunos segundos en recomponerse, gemía y sollozaba bajo mi peso. Por un momento incluso pensé que la había lastimado, pero era todo lo contrario. Eso, eso fue muy intenso, aceptó después,
entre suspiros.¿ Quieres seguir? Quizá podríamos pensar en otra posición, o continuar en esta si te gusta. Me gustaba que fuera sumisa pero propusiera ideas, al parecer tenía más creatividad que yo.
Volteate, voy a cogerte como hacen perros. Está bien, obedeció con una
sonrisa en el rostro. Se puso en cuatro y me regaló una visión enloquecedora de su trasero, su vagina y su ano. Lo que vi ante mí era un cuadro de pura lujuria. la piel de Alejandra brillando con la luz tenue de la habitación. La tentación me invadió como un torrente y no pude evitar dejar volar mi imaginación. Con una mano le acaricié la espalda, sintiendo cada músculo tenso bajo mi toque mientras ella se acomodaba en la posición que había pedido.—¿ Listo?— preguntó, girándose un poco para
mirarme por encima del hombro con una sonrisa traviesa. Siempre estoy listo para ti, respondí, y empujé de nuevo dentro de ella, esta vez con una intensidad renovada. El contacto era electrizante, su cuerpo se arqueaba hacia mí, deseando más. Las primeras embestidas fueron medidas y cuidadosas, pero pronto el deseo se adueñó de mí y comencé a aumentar el ritmo. Los sonidos que salían de su boca eran música para
mis oídos y sólo agudizaron mi apetito. Nuestros cuerpos se movían en perfecta sincronía, como si hubiéramos estado practicando este baile sensual toda nuestra vida. A medida que me adentraba en su profundidad, Alejandra gritaba más alto y más fuerte, sus manos aferrándose a las sábanas arrugadas. Su respiración era entrecortada y sus movimientos adquirieron más urgencia. Sabía que ambos estábamos acercándonos, y me embargó una sensación de pánico y
euforia mezcladas. Nunca había sentido algo así de intenso en mi vida. Casi no tuve tiempo de reaccionar, solo de irme, de fundirme con Alejandra en lo que fue el orgasmo más fuerte de mi vida hasta el momento. Eyaculé en la vagina de Alejandra, por primera vez. Una marea de placer recorrió mi cuerpo, las fuerzas abandonaron mi cuerpo. Y me desplomé a su lado. Nuestras respiraciones inundaban el cuarto, De pronto los dos estábamos de vuelta en el mundo.
Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
