Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Contigo en el fin
del mundo, parte 13. La escena era un desastre. El aire apenas me estaba regresando a los pulmones cuando escuché la voz de Alejandra. Sigue vivo. Volteé y, en
efecto, el tercero de los hombres habría girado milisegundos antes de que tirara del gatillo, por lo que la bala en lugar de perforarle el pecho le dio en el
hombro. Había mucha, mucha sangre. Me acerqué. Él se quejaba en silencio, pero no se
movía. Con la otra mano se sujetaba la herida. definitivamente, no lo había matado, pero eso no significaba que la había librado, su brazo izquierdo colgaba totalmente inerte, cegaramente le había destrozado el hueso y todo el músculo del área. Incluso en circunstancias más amables, su vida peligraría. Y entonces me di cuenta de un detalle importante, el hombre me estaba mirando con una sonrisa sarcástica y jadeaba. Me quedé
mirando al hombre herido, desconcertado por su extraña sonrisa. De repente, sentí la presencia de los demás acercándose a mí. Carla fue la primera en llegar a mi lado. Sólo llevaba puesta la blusa de Alejandra, que apenas cubría su cuerpo esbelto por encima de los muslos, si se inclinaba o el viento corría se le veía toda la concha. Sus ojos grandes me miraban con una mezcla de cansancio y alivio. Alejandra se acercó con paso firme, sus pechos desnudos, aunque pequeños,
se balanceaban con cada movimiento. La piel bronceada brillaba con una fina capa de sudor y sus pezones estaban totalmente erectos. Alma apareció silenciosamente a mi lado, nadando en la camisa oversize de Javier. El cuello de la prenda se deslizaba, revelando la curva de su clavícula y el collar que adornaba su garganta. Finalmente, Javier se unió al grupo, su torso musculoso completamente expuesto. En sus manos sostenía otra arma, listo para cualquier amenaza. Su postura era tensa, pero sus
ojos mostraban confianza en mi liderazgo.¿ Están todos bien? Pregunté,
mi voz ronca por la tensión. Carla asintió tímidamente. Alejandra soltó una risita y dijo. Mejor que éste
y sus amigos. Alma simplemente inclinó la cabeza en señal de afirmación, su mirada fija en mí. Javier gruñó un sí mientras mantenía su vista en el hombre herido. Me dirigí hacia el hombre herido, mi mano aún apretando el arma. Me agaché junto a él, clavando mis ojos en los suyos. Vas a contestar nuestras preguntas, le dije con firmeza. O ya verás. Para mi sorpresa, el hombre soltó una carcajada. El sonido era áspero y lleno de dolor, pero también
había un deje de diversión. Sí, sí, dijo entre jadeos. Me da igual. Pregunta lo que quieras. Alejandra se acercó, sus pechos desnudos rozando mi brazo mientras se inclinaba.
Cuántos más hay en tu equipo? Demandó. El hombre la miró de arriba abajo
su sonrisa sardónica nunca abandonando su rostro. Solo éramos nosotros tres, respondió.
Fuertes y dispuestos a lo que sea.¿ De dónde venían? Pregunté con curiosidad.
Somos nómadas, explicó. Casamos grupos de personas y nos aprovechamos de ellos. Tomamos lo que necesitamos y lo que queremos. Ya veo, solté.¿ Y cuánto tiempo llevaban haciéndolo? Años, después de que la enfermedad limpió la tierra, fue bastante fácil. Los sobrevivientes siempre quedaban en parejas o tríos, solo necesitaba un arma y un compañero para gobernar el mundo, y era una puta belleza. Nadie podía con nosotros.
Hasta nosotros, soltó con ironía Alejandra. Sí,
La verdad es que ese par de putitas, y al decir esto inclinó la cabeza hacia Alma y Carla, nos hicieron bajar la guardia. Necesitábamos respuestas, no más violencia. Respiré hondo y me enfoqué en obtener la información crucial. Dejando de lado tus opiniones, dije con calma forzada, necesito saber más sobre la situación actual.¿ Cuánta gente queda en el mundo?¿ Hay otros asentamientos?¿ Quiénes son los humanos más cercanos? El
hombre me miró por un largo momento, su sonrisa desapareciendo lentamente. Finalmente, suspiró y respondió con voz cansada. No quedan tantos. El último año, mis compañeros y yo solo nos cruzamos con unas veinte personas y eso cubriendo una gran distancia. La mayoría eran como nosotros, nómadas y oportunistas. Algunos viajaban en parejas o grupos pequeños, tratando de sobrevivir. Hizo una pausa, su respiración volviéndose más laboriosa. La sangre seguía fluyendo de
su herida, empapando el suelo bajo él. Hay rumores, continuó, de que existen asentamientos, pero están lejos. Muy lejos. Nadie sabe exactamente dónde o cómo llegar a ellos. Algunos dicen que están ocultos, protegidos. Otros creen que son solo historias para mantener viva la esperanza. Alejandra se inclinó más cerca, sus pechos rozando mi brazo. Su voz era baja y peligrosa cuando habló.¿ Y qué hay de otros grupos cercanos? Preguntó con voz grave Javier,¿ alguna amenaza de la que
debamos preocuparnos? El hombre se rió débilmente, el sonido convirtiéndose en un ataque de tos. Escupió sangre antes de responder. Ustedes son los primeros que hemos visto en meses. Este área está prácticamente vacía. Si hay otros, están bien escondidos o muy lejos. Me sentí bastante aliviado, al menos no había más amenaza cerca. El silencio que siguió a las palabras del hombre herido parecía casi tangible, como si el
aire mismo se hubiera solidificado a nuestro alrededor. El sol comenzaba a hundirse en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos rojizos y dorados que contrastaban cruelmente con la escena sangrienta frente a nosotros. Una brisa suave agitó el cabello de Carla, haciendo que la blusa de Alejandra se levantara ligeramente, revelando por un instante la curva de sus nalgas. Alma se estremeció, abrazándose a sí misma dentro de la camisa
de Javier, mientras éste mantenía su postura vigilante. Hice un ademán para irnos, indicando con un movimiento de cabeza a mis compañeros que se retiraran. Le pasé mi rifle a Alejandra, sintiendo el peso del arma abandonar mis manos. Ella lo tomó con destreza. Pero antes de que pudiéramos dar un paso, la voz del hombre herido nos detuvo. Espera, jadeó, su voz apenas audible. Un último favor, una cortesía. Me volví hacia él, su rostro ahora pálido y contraído por el dolor.
Sus ojos, antes burlones, ahora suplicaban. Remátame, pidió entre jadeos. No quiero pasar por la AG. El estruendo de un disparo rasgó el aire. El cuerpo del hombre se sacudió violentamente y luego quedó inmóvil, con un agujero sangriento donde antes estaba su frente. Alejandra bajó el rifle
el humo aún se colaba por el cañón. Listo, dijo simplemente. Vámonos de
aquí. Carla se tambaleó ligeramente, su rostro contrayéndose de dolor. Me duelen mucho las piernas, murmuró. Sin dudarlo, Javier se acercó a ella, sus músculos brillando bajo la luz del atardecer. Con un movimiento fluido, la levantó en sus brazos, acunándola contra su pecho desnudo. Usaremos la camioneta para volver, ordené, con lo imbéciles que eran, seguro dejaron las llaves pegadas. Mi mirada se posó en una vieja Ford negra estacionada
a unos metros de distancia. El metal desgastado brillaba tenuemente bajo la luz menguante. Efectivamente, las llaves colgaban del encendido. Abrí la puerta del conductor, el chirrido de las bisagras oxidadas resonando en el aire quieto. Alma y Carla irán conmigo adelante, pues son las que están heridas, Pedro y Ale irán detrás con las provisiones. Javier depositó suavemente a Carla en el asiento del medio. Alma se deslizó en el asiento del pasajero. Sin embargo, Ale estaba esculcando los
cuerpos de los dos hombres caídos. Después de algunos segundos de asegurarse que no dejaba nada detrás, subió junto con Javier a la amplia cajuela con nuestro botín recién adquirido. Me senté detrás del volante, mis manos acariciaron el cuero agrietado. Hacía tanto tiempo que no conducía. pero los movimientos regresaron a mí como si nunca los hubiera olvidado. Giré la
llave y el motor rugió a la vida. Fue un viaje verdaderamente rápido, pues lo que tomaba horas a pie se hacía en cuestión de minutos sobre un vehículo motorizado. Aparqué frente al refugio, pero la parte donde Carla, Alma y Javier dormían. Todos bajaron y entramos en el dormitorio de Carla y Alma. La habitación era pequeña pero acogedora, con dos camas individuales contra paredes opuestas y una ventana
cubierta por una cortina improvisada hecha de sábanas viejas. Alma se sentó en el borde de su cama, sus dedos recorriendo suavemente su piel en busca de heridas. Sus movimientos eran metódicos y precisos, como los de una enfermera experimentada. Después de unos momentos, levantó la vista y declaró. Fuera de algunos golpes no tengo nada serio. Estaré bien con un poco de descanso. Pero Carla era otra historia. Se
movía con dificultad, su rostro contraído por el dolor. Sin decir una palabra, Alma se levantó y comenzó a ayudarla a quitarse la ropa. La blusa de Alejandra cayó al suelo, revelando la piel pálida y magullada de Carla. Para ella voy a necesitar el botiquín, y al escuchar eso Ale desapareció en búsqueda del mismo. El cuerpo de Carla no se veían en realidad tan lastimado, fuera de que tenía las rodillas llenas de raspones y algunos moretones en el rostro.
Javier se acercó con una palangana llena de agua tibia y un paño limpio. Sin decir una palabra, comenzó a limpiar suavemente las heridas de Carla, quien siseó de dolor, pero no se quejó. Alejandra regresó con el botiquín, un maletín de cuero desgastado que contenía nuestras preciosas provisiones médicas. Alma lo abrió rápidamente, sacando vendas, antiséptico y un pequeño frasco de analgésicos. Lo más importante va a ser revisar pronto esa colita, dijo con un toque de preocupación. Después
de esa sesión intensa, seguramente está muy lastimado. Carla asintió tímidamente y se volteó sobre la cama, levantando sus caderas. Su trasero perfectamente formado quedó expuesto ante todos. Alma se acercó y con delicadeza separó sus nalgas, revelando el ano enrojecido y hinchado. Esto puede arder un poco al principio, advirtió Alma mientras untaba el ungüento en sus dedos. Con extremo cuidado, comenzó a aplicarlo alrededor del sensible orificio. Carla
soltó un pequeño gemido al sentir el contacto. Alma continuó masajeando el área con cuidado por un par de minutos, mientras todos seguíamos la acción en silencio. Los dedos de Alma se aventuraron un poco más adentro, extendiendo el ungüento dentro del ano de Carla. Esta vez, el gemido de Carla fue inequívocamente de placer. Su cuerpo se arqueó, presionándose
contra la mano de Alma. La escena se había vuelto intensamente erótica.« Creo que con eso bastará por ahora», dijo Alma con una sonrisa pícara.« Pero tendrás que esperar al menos un par de semanas antes de que Pedro o cualquier otro pueda darte por el culo de nuevo. Necesitas sanar». Carla hizo un puchero juguetón, pero asintió en comprensión. Todos reímos un poco, la tensión disolviéndose en el aire. Fuera de eso, creo que ambas estarán bien, concluyó Alma. Solo
necesitaremos mucho descanso y cuidado. Asentí, sintiéndome aliviado de que las heridas no fueran graves. Me volví hacia Javier y Alejandra.
Ustedes dos, vengan conmigo, ordené. Vamos al cuarto de juegos. Y fuimos. Alejandra entró primero. Seguía desnuda de la
cintura para arriba y se puso a gatas en la cama. Ha sido un día intenso, comencé, nos enfrentamos a una amenaza, obtuvimos información valiosa y nuestras chicas resultaron heridas. Pero salimos victoriosos. Nos sonreímos los tres con complicidad mientras Alejandra se incorporaba sobre sus rodillas en la cama. Quítate el pantalón, ordené
con voz ronca. Ella obedeció de inmediato, deslizando la prenda por sus piernas bronceadas y revelando su coño hinchado, los labios brillantes por la humedad que ya se acumulaba allí. Javier también procedió a desnudarse por completo, su enorme verga saltando libre, ya semi-erecta. Chúpasela, comandé. Y ponte en cuatro, quiero ver ese culito en alto. Alejandra gateó sensualmente hacia Javier,
su lengua asomándose entre sus labios. Tomó el miembro de Javier en su boca sin preámbulo y empezó a mamar. Mientras tanto, me posicioné detrás de Alejandra, admirando la visión de su culo respingón, sus labios inferiores asomando tentadoramente entre sus muslos. Rosé un dedo por su hendidura, deleitándome con lo mojada que estaba. Ella se estremeció, soltando un gemido ahogado alrededor de la verga de Javier. Sin poder contenerme más, me alineé en su entrada y me hundí en ella
de un solo empujón. Alejandra gritó. La azoté con fuerza.« Mama», repetí de nuevo y ella hizo un esfuerzo sobrehumano por volver a su tarea. Comencé a moverme, entrando y saliendo de su apretado y húmedo canal. Cada embestida provocaba que sus nalgas temblaran y chocaran contra mis muslos. El sonido de nuestros cuerpos al unirse, combinado con los gemidos ahogados de Alejandra y los gruñidos de placer de Javier, llenaban la habitación. El aire se impregnó con el aroma almizclado
del sexo. Aumenté la velocidad y la fuerza de mis embestidas, sintiendo como las paredes internas de Alejandra se contraían alrededor de mi miembro. Ella empujaba sus caderas hacia atrás, encontrándose con cada uno de mis empujes, ansiosa por tener más de mí dentro de ella. Javier enredó sus dedos en el cabello de Alejandra, marcando el ritmo mientras follaba su boca. Sus ojos estaban cerrados y su cabeza echada hacia atrás por el placer. Los minutos pasaban idénticos en un espiral
de placer que nos dislocaba. Estrujé sus nalgas con fuerza, pues las emociones del día me había turbado bastante. Y no había mejor forma de liberar el estrés. Sin embargo, ver el ano sonrosado de Alejandra me dio una idea. Ordené a Javier que se acostara, su espalda contra las sábanas revueltas. Su miembro erecto se alzaba orgulloso, brillando con la saliva de Alejandra. Montalo. Y ella se posicionó sobre él,
sus muslos temblando de anticipación. Con una mano guiando su verga, Javier la penetró lentamente, ambos gimiendo al unísono mientras ella se deslizaba hacia abajo, empalándose en su gruesa longitud. Una vez que estuvo completamente sentada sobre él, con su pene enterrado profundamente dentro de ella, me moví detrás de Alejandra. La visión de su apretado agujero trasero, rosado e invitador,
hizo que mi propia verga palpitara dolorosamente. Escupí en mis dedos y comencé a masajear su ano, trabajando lentamente para relajar el apretado anillo de músculos. Alejandra gimió y se retorció, la sensación de mis dedos combinada con el grosor de Javier dentro de su coño la estaba volviendo loca de placer. Gradualmente, introduje un dedo, luego dos, estirándola y preparándola para lo que venía. Cuando sentí que estaba lista, me alineé detrás de ella y presioné la cabeza de mi pene contra
su entrada trasera. Encontré resistencia al principio, su cuerpo instintivamente tratando de rechazar la intrusión. Pero con una presión constante y gentil, comencé a deslizarme dentro, centímetro a centímetro. Alejandra soltó un grito ahogado, sus manos aferrándose a los hombros de Javier. El placer y el dolor se mezclaban en su rostro mientras yo me abría paso lentamente en su apretado canal. Poco a poco, centímetro a centímetro, me hundí
en su calor abrasador. Alejandra jadeaba y gemía, sus manos aferrándose a los hombros de Javier mientras era penetrada por ambos lados. La sensación era indescriptible, su ano apretando mi verga como un puño de terciopelo mientras su coño se contraía alrededor de Javier. Una vez que estuve completamente dentro, me quedé quieto por un momento, permitiéndole a Alejandra adaptarse a la sensación de estar tan llena. Podía sentir la polla de Javier pulsando contra la mía a través de
la delgada pared que separaba sus dos agujeros. Era una sensación extraña pero increíblemente erótica. Lentamente, comencé a moverme, retirándome casi por completo antes de volver a hundirme en su apretado culo. Al mismo tiempo, Javier retomó sus embestidas, su ritmo coincidiendo con el mío. Entrábamos y salíamos de ella en perfecta sincronía, llenándola una y otra vez. Alejandra era un desastre de gemidos y súplicas incoherentes. Sobra decir que
la emoción del día nos estaba pasando factura. Alejandra se retorcía entre nosotros, su cuerpo sacudiéndose con espasmos de placer. Sus gemidos se volvieron más agudos, más desesperados, y supe que estaba cerca. Yo también podía sentir mi propio orgasmo acercándose, mis bolas tensándose y mi verga palpitando dentro de su apretado ano.
De repente, Javier jadeó. Pedro, voy ya, necesito. Adelante, gruñí. Pero hazlo fuera de ella.
Con un gemido gutural, Javier se retiró del coño de Alejandra justo a tiempo. Su verga estalló, largos chorros de semen espeso y blanco salpicando sobre su propio abdomen y pecho. La visión y sensación de Javier viniéndose tan cerca de mí me empujó por el borde. Al mismo tiempo, sentía a Alejandra tensarse y gritar, su orgasmo estrellándose sobre ella como una ola. Su ano se apretó casi dolorosamente alrededor
de mi verga, ordeñándome, urgiéndome a llenarla. Con un último empuje, me enterré profundamente dentro de ella y dejé que mi orgasmo me consumiera. Olas de éxtasis recorrieron mi cuerpo mientras mi verga palpitaba y pulsaba, llenando su canal con mi semilla caliente. Alejandra sollozó de placer, su cuerpo temblando incontrolablemente. Me quedé dentro de ella por un momento, disfrutando de
las réplicas de nuestro clímax mutuo. Finalmente, con un suspiro satisfecho, me retiré, admirando como mi semen goteaba de su ano dilatado. Alejandra colapsó sobre Javier, su cuerpo laxo y saciado. Su cabello era un desastre enmarañado, pegándose a su frente sudorosa. Sus ojos estaban vidriosos y desenfocados, perdidos en la bruma post-orgásmica. pero aún no habíamos terminado. Me incliné y agarré un puñado de su cabello. Tiré de él, obligándola a levantarse. Limpialo, ordené,
refiriéndome al semen esparcido sobre Javier. Obedientemente, Alejandra se inclinó y comenzó a lamer el semen de Javier de su piel. Su lengua se movía en lentas y perezosas pasadas, saboreando cada gota de su espesa esencia. Una vez que Alejandra hubo limpiado meticulosamente cada rastro de semen del torso de Javier con su lengua, se volvió hacia nuestras vergas aún semi-erectas.
Con una mirada traviesa en sus ojos, tomó mi miembro en su boca primero, su lengua girando alrededor de la sensible cabeza, saboreando la mezcla de mis fluidos con los suyos. Succionó suavemente, asegurándose de limpiar cada centímetro antes de dejarme ir con un sonoro pop. Luego se dirigió hacia Javier,
inclinándose para tomar su impresionante longitud. A pesar de su reciente orgasmo, pude ver su verga empezar a endurecerse de nuevo mientras Alejandra trabajaba su magia oral, sus labios deslizándose hacia arriba y hacia abajo por su eje, su lengua trazando las prominentes venas. Javier gimió suavemente. sus manos encontrando su camino hacia el cabello de Alejandra, no para guiarla
sino simplemente para anclarla mientras ella lo devoraba. Después de varios minutos de esta deliciosa tortura, Alejandra finalmente liberó a Javier de su cálida boca. Un hilo de saliva conectaba sus labios hinchados con la punta de su verga, que brillaba con su saliva mezclada con los restos de su previo orgasmo. Jadeando ligeramente, Alejandra se sentó y me miró, esperando más instrucciones. Sonreí, complacido con su desempeño y obediencia.«
Buen trabajo», elogié, acariciando su mejilla. Ella se apoyó en mi toque. Me volví hacia Javier, quien yacía relajado y saciado sobre las sábanas.«¿ Puedes dormir aquí esta noche?», concedí. Javier asintió agradecido
sus ojos ya pesados por el sueño. Gracias, Pedro. Ha sido un día largo.
Me levanté de la cama, mis músculos protestando ligeramente. Le tendí una mano a Alejandra, ayudándola a ponerse de pie. Ella se estiró sensualmente, su cuerpo desnudo una visión de belleza bronceada y curvas tentadoras. Tomé su mano y la guíe fuera de la habitación. dejando a Javier para que se entregara al sueño. Caminamos por el pasillo en un cómodo silencio, nuestros dedos entrelazados. La adrenalina del día finalmente se estaba disipando, dejando una sensación de cansancio satisfecho en
su lugar. Llegamos a nuestro dormitorio y Alejandra se dejó caer sobre la cama con un suspiro. Me uní a ella, atrayéndola hacia mis brazos. Ella se acurrucó contra mí, su cabeza descansando sobre mi pecho. No me pediste permiso para correrte, solté de pronto, no era un reclamo, sino una realidad. Sabía que no me lo concederías, además, necesitamos una razón para celebrar, contestó
ella. Y tenía razón. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
