Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Contigo en el fin del mundo, parte 12. Alma se había vuelto experta en mamadas y lo estaba demostrando. Alejandra todavía dormía a mi lado tranquilamente mientras la boca y garganta de Alma ya acogía mi verga. Los labios deben tener músculos, pues cada vez tenía más control en la forma de succionar, apretar y masajear con cada una de las partes de su boquita. Al lado, Alejandra se removió ligeramente en sueños,
inconsciente de lo que sucedía a escasos centímetros. No es que me importara mucho pero la actividad me distrajo un poco y era importante mantener la concentración. pues no había olvidado que estas sesiones eran para hacer que Alma mejorara y se volviera la mejor mamadora de vergas de todo el mundo aún vivo, y para eso tenía que ser capaz de aguantar estoicamente la felación de campeonato que me
estaba dando, tarea cada vez más difícil de decir. Hundí mis dedos en el cabello de Alma, guiando suavemente sus movimientos.
Ella respondió engulléndome más profundo en su garganta, suprimiendo su reflejo nauseoso como la experta en la que se había convertido el collar en su cuello tintineó levemente el sol ya se filtraba por las por entre las ventanas lo que indicaba que las actividades matutinas estaban por comenzar y no quería retrasar a nadie más Alma debió intuir mi prisa porque levantó los ojos y, sin sacarse mi pene de la boca obviamente, pidió permiso silenciosamente para proceder de
la forma que sólo ella sabía. Asentí, pues era importante mostrarme generoso con Alma que se había entregado con más devoción que el resto. Alma entonces tomó posición, colocó sus manos en mis muslos, abrió más la boca e inspiró profundamente. Alma engulló mi verga completamente, sin muestra alguna de asco. Sus labios carnosos se deslizaron a lo largo y ancho de mi verga. Sentí como su garganta se relajaba, acogiendo
mi longitud entera sin el más mínimo titubeo. Sus ojos, llenos de devoción, se clavaron en los míos mientras comenzaba a moverse. El calor húmedo de su boca me envolvía por completo y creando una succión perfecta que me hacía temblar de éxtasis. Después, comenzó a realizarme una felación de garganta profunda que superaba cualquier experiencia anterior. Mi glándula era masajeado directamente por su garganta y la prueba de ello
es el canto gutural que mi pequeña sumisa entonaba. Tiempo atrás habíamos tenido algunos problemas con vómito involuntario y arcadas, pero no hoy. Los músculos de la garganta de Alma se contraían rítmicamente, apretando y soltando mi punta en un baile erótico que me llevaba al borde del clímax. No había duda, Alma había dominado el arte de la felación. Su técnica era impecable, combinando presión, velocidad y profundidad de una manera que me dejaba sin aliento. Sentí como mi
cuerpo comenzaba a tensarse, acercándome al clímax. Alma pareció percibirlo también, pues intensificó sus movimientos y sumó una de sus manos a la tarea, masajeando mis huevos con maestría. Normalmente la habría reprendido por el usar otra extremidad, pero en este punto de su aprendizaje más que emplear las manos para apresurar las cosas, habría aprendido a hacerlo para potenciar el orgasmo. Me termino viniendo directamente en la garganta de Alma, quien
demuestra su maestría una vez más. Su garganta se contrae rítmicamente, ordeñando hasta la última gota de mi semen. No hay ni un atisbo de duda o vacilación en sus movimientos, es pura perfección entrenada. Observé fascinado cómo su nuez de Adán sube y baja mientras traga ávidamente, sin desperdiciar ni una sola gota. Sus ojos permanecen fijos en los míos,
ligeramente húmedos pero sin llorar, a diferencia del inicio. Cuando finalmente terminé, Alma mantuvo mi miembro en su boca por unos segundos más, asegurándose de limpiarlo por completo con su lengua experta. Luego, con un último beso reverente en la punta, lo liberó de entre sus labios carnosos. Se incorporó con gracia felina, sin romper el contacto visual. No había ni una sola gota de semen visible en la comisura de sus labios o en su barbilla, ha ingerido hasta la
última partícula. Su respiración es tranquila y controlada, como si acabara de tomar un sorbo de agua en lugar de haber realizado una garganta profunda magistral. Con movimientos fluidos y silenciosos, Alma se acomoda a la ropa, el collar de cuero negro contrastaba bellamente con su piel. Sin decir una palabra, pero con una pequeña sonrisa de satisfacción en sus labios,
Alma se dirigió hacia la puerta. Justo antes de salir, Se giró e hizo una leve reverencia, un último gesto de sumisión antes de ir a cumplir con sus deberes matutinos. Sacudía a Ale para que se despierte. Ella se desperezó lentamente, estirando sus brazos por encima de su cabeza y arqueando su espalda de una manera que hizo que sus pechos se elevaran tentadoramente bajo la fina tela de su camiseta.
MMM« Buenos días, hermanito», murmuró con voz somnolienta, buscó con la mirada a nuestra sumisa favorita y al no encontrarla sonrió, intuyendo que ya había terminado su tarea matutina,« Oye,¿ me dejarás jugar con Alma para mi cumpleaños?». Le contesté que lo pensaría, disfrutando del brillo de anticipación en sus ojos. Ale se mordió el labio inferior, claramente imaginando las posibilidades. Nos vestimos en un silencio cómodo. Bajamos al comedor donde
ya estaban el resto desayunando. Carla estaba sirviendo el desayuno, moviéndose con gracia entre las mesas. Su trasero, moldeado como por manos divinas, se contoneaba sutilmente con cada paso. Javier comía en silencio pero sonrió al vernos. El desayuno transcurrió sin incidentes, con conversaciones banales sobre las tareas del día. Después de comer, cada uno se dispuso a cumplir con sus responsabilidades. Vi cómo Ale se dirigía al huerto, su
energía habitual emanando de cada movimiento. Carla comenzó a limpiar la cocina, tarareando suavemente para sí misma. Salí para mi caminata matutina, respirando profundamente el aire fresco de la mañana. Mi costumbre de revisar los alrededores se había acentuado, ahora que tenía subordinados podía darme el lujo de caminar más lejos, pues no tenía realmente muchas tareas pendientes y podía cubrir
una mayor área. Cada día revisaba un área distinta, norte, sur, este y oeste, y las trampas que ahí había dejado para detectar forasteros. Al recorrer el área encontré un par de trampas destrozadas, lo cual podía indicar forasteros o animales salvajes en el área. Mi corazón se aceleró mientras examinaba los restos. Las trampas habían sido arrancadas con fuerza bruta, los alambres retorcidos y los mecanismos destrozados. Esto no era
obra de un animal. Continué caminando con cautela. El bosque parecía más silencioso de lo habitual, como si la misma naturaleza contuviera el aliento ante la amenaza inminente. Fue entonces cuando las vi, huellas definitivamente humanas impresas en el barro blando cerca de un arroyo. Me agaché para examinarlas más de cerca. Eran recientes, tal vez de hace unas horas. Por el tamaño y la profundidad, calculé que pertenecían a adultos. Sin perder un segundo más, regresé a toda prisa al refugio.
Os árboles una amenaza potencial. Cuando por fin llegué, jadeante y cubierto de sudor, convoqué inmediatamente a los demás. Todos se reunieron rápidamente en la sala común, sus rostros reflejando una mezcla de curiosidad y preocupación ante mi estado agitado.¿ Hay alguien? ¿Dónde? Preguntaron casi al unísono las cuatro personas frente a mí. Les expliqué la situación con la mayor calma posible, aunque podía sentir la tensión creciendo en la
habitación con cada palabra.¿ Y qué hacemos? Tenemos que encontrarlos antes de que nos encuentren. Nuestro refugio, como saben, no es precisamente un fuerte y si tienen armas, nos será muy difícil defendernos.¿ Ustedes han terminado sus tareas? Uno por uno explicó el estado de sus tareas y afortunadamente no había nada vital que debiera ser atendido. Solo teníamos el viejo rifle de caza, pero no sería suficiente para contraatacar si ellos tenían algo más. Nuestra verdadera fuerza residía en
el elemento sorpresa. Ordené a todos que se prepararan con agua y un poco de provisiones pues saldríamos a buscarlos, Asimismo debían cerrar todas las puertas del almacén y el refugio pues todos saldríamos a buscarlos. Una vez que todo estuvo listo partimos a encontrar a los forasteros. No fue nada difícil seguir el rastro. Seguramente no estaban acostumbrados a toparse con otras personas o al menos no consideraban a nadie más como una amenaza porque no se habían molestado
nada en disimular sus pisadas. Los encontramos a las orillas de un viejo camino, sentados fuera de una vieja pero funcional camioneta. Debían recorrer distancias en ella y después exploraban el área a pie. El sol del mediodía caía implacable sobre nosotros mientras nos acercábamos sigilosamente. Eran tres hombres, todos armados con rifles de asalto que brillaban amenazadoramente bajo la
luz del sol. Sus rostros estaban curtidos por el sol y la intemperie, con barbas descuidadas y ojos que hablaban de una vida dura en este nuevo mundo. La camioneta, una vieja Ford F-150, estaba cubierta de polvo y barro, pero el ronroneo suave del motor indicaba que estaba en perfectas condiciones. Varios bidones de gasolina se apilaban en la parte trasera, junto con cajas de suministros y lo que parecían ser armas adicionales. Mi mente trabajaba a toda velocidad,
evaluando nuestras opciones. Enfrentarlos directamente sería un suicidio, pero tampoco podíamos permitir que descubrieran nuestro refugio. Pensé y pensé y encontré la solución, cuando era que un hombre estaba más desprotegido. Me giré hacia Alma y Carla. Ustedes van a hacer de cebo, ordené, seco y cortante. Quizá esto era demasiado, quizá este era el límite de ambas, pero tenía que intentarlo. Nosotros nos quedamos atrás, y cuando sea el momento, atacamos. Entendido,
dijeron todos, salvo Alejandra. Pero no me preocupaba, largo tiempo atrás había entendido que el idioma de Ale era el de la acción y no el de las palabras. Carla y Alma dejaron los cuchillos que cada una portaba, así como las provisiones. Incluso Carla tuvo el detalle de romper un poco más su ropa para hacerla ver más vieja de lo que en realidad era. Les pedí que, de ser posible, intentaran sacarles un poco de información. Esperamos pacientemente
bajo el cobijo del bosque. Los hombres parecían descansar, aunque eso sí, no se veían para nada relajados. Era como mirar un lobo tendido al sol. Al cabo de un par de horas hicieron un pequeño fuego y calentaron lo que parecía ser un animal cazado. El plan era simple, esperar a que comenzara el anochecer y dejar ir a Carla y Alma, y esperar. Y así fue. Con un último apretón en el hombro de Alma y Carla, las vi emerger del bosque, caminando con paso inseguro hacia los hombres.
El efecto fue inmediato. Los cuatro hombres se pusieron de pie de un salto, sus armas apuntaban directo a ellas. ¡Alto! gritó uno de ellos. Carla y Alma levantaron sus manos temblorosas, sus ojos abiertos de par en par con una mezcla de miedo y desesperación. Sus ropas andrajosas y sucias acentuaban su apariencia frágil y desvalida. Por favor, suplicó Alma con voz quebrada, no nos hagan daño. Tenemos hambre. Dios mío, pero si era una profesional. Carla sintió frenéticamente lágrimas rodando
por sus mejillas sucias. Vimos sus huellas, las seguimos esperando encontrar ayuda. Hace días que no comemos. Uno de los hombres, el más corpulento, se acercó a ellas con pasos pesados. Su rostro estaba cubierto por una espesa barba y sus ojos brillaban con una mezcla de desconfianza y algo más oscuro. Sin mediar palabra, comenzó a cachearlas bruscamente, sus manos ásperas
recorriendo sus cuerpos temblorosos. Satisfecho de que no portaban armas, el hombre gruñó y las agarró del cabello, arrastrándolas sin miramientos hacia sus compañeros. Carla dejó escapar un grito ahogado de dolor. mientras Alma apretaba los dientes, tratando de mantener la compostura. Los otros dos hombres las miraban con una mezcla de curiosidad y lascivia apenas contenida. El más delgado, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, fue
el primero en hablar.¿ De dónde vienen? Alma, temblando visiblemente, respondió. De, de ninguna parte. Hemos estado vagando por semanas, buscando comida, refugio. El hombre la abofeteó con fuerza, el sonido resonando en el claro. No me mientas, puta. Nadie sobrevive tanto tiempo solo en el bosque.¿ Dónde está su campamento? Carla sollozó, sus lágrimas dejando surcos en su rostro sucio. No tenemos campamento,
lo juramos. Solo, solo nosotras dos. La tensión en el aire era palpable mientras observábamos la escena desarrollarse desde nuestro escondite. El hombre de la cicatriz se acercó más a Alma, su aliento caliente rozando su mejilla mientras la miraba de arriba abajo con ojos hambrientos. ¿Sabes? No me importa si mientes o no. Hace mucho que no vemos una cara bonita por aquí, gruñó, pasando un dedo áspero por el cuello de Alma. Ella se estremeció visiblemente, pero mantuvo la compostura.
El hombre corpulento que las había cacheado antes se acercó a Carla, sus ojos fijos en las curvas de su cuerpo apenas ocultas por la ropa rasgada. Sin previo aviso, la agarró por la cintura y la atrajó hacia sí, su mano cayosa deslizándose por su espalda hasta apretar su trasero con fuerza. Esta tiene un culo perfecto, comentó con una risa ronca. Creo que nos vamos a divertir mucho esta noche, chicos. Carla dejó escapar un sollozo ahogado, sus
ojos buscando desesperadamente los de Alma. Vi como Alma apretaba los puños a sus costados, luchando por mantener su papel. El tercer hombre, que hasta ahora había permanecido en silencio, se acercó a la camioneta y dejó su rifle apoyado
contra la puerta. Sacó una botella de un líquido turbio, probablemente algún tipo de alcohol casero, y dio un largo trago antes de ofrecérsela a sus compañeros.« Vamos a tener que celebrar nuestro hallazgo», dijo con una sonrisa torcida, sus ojos recorriendo los cuerpos de Alma y Carla con lascivia descarada. Desde nuestro escondite, sentía a Alejandra tensarse a mi lado. Su mano se cerró sobre una piedra, lista para lanzarla
al menor indicio de que las cosas se salieran de control. Javier, por su parte, mantenía una calma estoica, pero podía ver la furia ardiendo en sus ojos. El hombre de la cicatriz comenzó a desabrochar su cinturón, el sonido metálico resonando en el claro como una sentencia. Alma cerró los ojos por un momento, respirando profundamente antes de volver a abrirlos, una determinación feroz brillando en su mirada. Por favor, suplicó Carla, su voz parecía verdaderamente quebrada por el miedo. Otro de
los hombres también comenzó a desabrocharse el pantalón. Ambos dejaron al aire un par de miembros flácidos y un poco sucios que acercan a las caras de Alma y Carla, quienes se resisten un poco, pero terminan comenzando una mamada. El tercer hombre, el único que sigue armado mira en silencio, disfrutando la escena. El olor acre del sudor y la suciedad inundó mis fosas nasales mientras observaba la escena desenvolverse. Alma y Carla, mis valientes compañeras, Luchaban contra su instinto
de huir mientras se arrodillaban frente a aquellos brutos. Sus ojos, aunque llenos de miedo, también reflejaban una determinación férrea. Sabían lo que estaba en juego. Alma fue la primera en tomar el miembro en su boca, sus labios temblando ligeramente al contacto. Pude ver cómo cerraba los ojos con fuerza, sus mejillas se hundieron mientras comenzaba a succionar. Carla. Por su parte, vacilaba. Sus manos temblaban violentamente mientras acercaba su
rostro al miembro del otro hombre. Vamos, zorras, gruñó el hombre de la cicatriz. Sabemos que están hambrientas. Aquí tienen algo para comer. Después de unos segundos mamando, el tipo de la cicatriz anunció con voz ronca. Ahora empieza la verdadera fiesta, puta. Ábrete de piernas. Alma obedeció temblorosa, sus muslos separándose lentamente sobre la tierra sucia. El hombre la desnudó con brusquedad, rasgando su ropa andrajosa y dejando al
descubierto su piel pálida. Sus manos callosas recorrieron el cuerpo de Alma, pellizcando y apretando sin delicadeza. Mientras tanto, el tercer hombre se unió a la escena, acercándose a Carla con paso tambaleante. Vas a chupar las dos, zorra, gruñó sacándose el miembro ya erecto. Carla alternaba entre ambos penes, sus labios hinchados y brillantes por la saliva. Sus ojos estaban vidriosos. El sonido obsceno de sus succiones se mezclaba
con los gruñidos de placer de los hombres. El hombre de la cicatriz se posicionó entre las piernas de Alma. Con un empujón brutal, el hombre la penetró, arrancándole un grito ahogado. Los otros dos hombres seguían usando la boca de Carla, turnándose para follar su garganta. Lágrimas corrían por las mejillas sucias de Carla, mezclándose con la saliva y el sudor. Desde nuestro escondite, observábamos la escena con una mezcla de horror y determinación. Sabíamos que teníamos que esperar
el momento adecuado para actuar. pero cada segundo se sentía como una eternidad. Los dos hombres intercambiaron una mirada lasciva, sus ojos brillando con un deseo animal. El más corpulento agarró a Carla por el cabello, tirando de ella hacia atrás. En cuatro, perra, sería un desperdicio sólo usar la boca cuando tienes un culo tan sabroso. Carla sollozó suavemente pero obedeció, poniéndose a gata sobre la tierra áspera. Sus brazos temblaban
mientras intentaba sostenerse. El hombre corpulento se posicionó detrás de ella, sus manos ásperas agarrando sus caderas con fuerza suficiente para dejar moretones. Con un movimiento brusco, le bajó los pantalones andrajosos hasta las rodillas, dejando expuesta su pálida piel. El otro hombre, el que casi no hablaba, se arrodilló frente a Carla y agarró su mandíbula con fuerza obligándola a mirarlo,
abre esa boca bonita, dijo con falsa ternura. Carla cerró los ojos por un momento, respirando profundamente antes de separar sus labios temblorosos. El hombre empujó su miembro erecto en su boca sin ceremonias, ahogando el gemido de sorpresa de Carla. Detrás de ella, el hombre corpulento se alineó con su entrada. Sin advertencia ni preparación, la penetró de una sola estocada brutal. Carla gritó alrededor del miembro en su boca, el sonido
amortiguado y lleno de dolor. Los dos hombres establecieron un ritmo implacable, usando el cuerpo de Carla para su propio placer. El sonido de piel contra piel llenaba el aire, mezclado con los gruñidos de satisfacción de los hombres y los sollozos ahogados de Carla. Mientras tanto, Alma seguía siendo penetrada con violencia por el hombre que a todas luces era el líder. No obstante, parecía que la emoción le estaba jugando en contra, pues no habían pasado más de cinco
minutos cuando su rostro se contrajó con una mueca. Con rapidez, intentó sacar la verga de la vagina de Alma y llevarla a su boca, pero comenzó a eyacular en el camino, disparando su semen en el abdomen y el pasto. Puf, puta, jadeó sin atinar a formar palabras reales. Alma lo miraba con asco. Sin embargo, para mi asombro, empezó a masajear su pene con suavidad, lo que incluso sorprendió al hombre. Vaya, vaya, esta putita quiere más guerra. Sí, papi, dijo con una
voz suave e impostada Alma. Los dos hombres que estaban abusando a Carla aceleraron sus embestidas, sus respiraciones volviéndose cada vez más entrecortadas. El que estaba en su boca fue el primero en llegar al clímax. Con un gruñido gutural, agarró el cabello de Carla con fuerza, empujando su miembro hasta el fondo de su garganta. Traga, puta, gruñó mientras su semen caliente se derramaba directamente en la boca de Carla.
Ella luchó por no ahogarse, sus ojos llorosos y su cuerpo temblando mientras era forzada a tragar la espesa sustancia. Algunas gotas se escaparon por las comisuras de sus labios, mezclándose con sus lágrimas y el sudor que cubría su rostro. Casi al mismo tiempo, el hombre que la penetraba por detrás llegó a su propio orgasmo. Con un último empujón brutal, sacó su miembro palpitante y lo apuntó hacia las nalgas de Carla. Chorros de semen caliente salpicaron su piel, formando
patrones obscenos sobre la pálida carne. El hombre pasó su mano por las nalgas de Carla, esparciendo su semilla como si estuviera marcando un territorio. Ella se desplomó sobre el suelo. El semen goteaba de su boca y se deslizaba lentamente por sus muslos, mezclándose con la tierra y la hierba. Ambos hombres, jadeantes y sudorosos, se apartaron de Carla. Los tres hombres, agotados y saciados momentáneamente, se dejaron caer sobre
el suelo. Sus pechos subían y bajaban rápidamente mientras trataban de recuperar el aliento. El olor a sexo y sudor impregnaba el aire, mezclándose con el aroma a tierra húmeda y hierba pisoteada. El líder, aún recostado, miró a Alma con una sonrisa lasciva. Parece que tenemos unas putas muy dispuestas aquí, chicos, dijo entre jadeos. Creo que nos vamos a divertir mucho más esta noche. Alma seguía masturbándolo aunque su miembro no se endurecía del todo. Los tres hombres
se levantaron con dificultad. Se acercaron a Alma con pasos pesados, rodeándola como lobos hambrientos. El líder la agarró bruscamente del cabello y tirando su cabeza hacia atrás. Pero ella le devolvió una mirada desafiante.« Si tienes tantas ganas de verga, acá te vamos a complacer», le dijo mirándola desde abajo con burla. Los hombres la posicionaron de rodillas, sus cuerpos formando un círculo a su alrededor. El líder se paró
frente a ella, su miembro semierecto rozando sus labios. Los otros dos se colocaron a cada lado, sus vergas flácidas colgando cerca de sus manos. Con un suspiro tembloroso, Alma abrió la boca, tomando el miembro del líder en ella. Sus manos se alzaron, agarrando los penes de los otros dos. Comenzó a mover su cabeza, mientras sus manos acariciaban y apretaban las otras vergas. Al principio, sus movimientos eran torpes
y descoordinados. Su boca se deslizaba irregularmente sobre el pene del líder mientras sus manos se movían a diferentes ritmos. Pero Alma era persistente. Poco a poco, encontró un ritmo, mamando y masturbándolos de una forma consistente. Con un gruñido colectivo, los tres hombres alcanzaron la erección completa. Sus penes se alzaban orgullosos, duros y palpitantes, listos para más acción. Vale, perra, ahora sí, vamos a darte lo que tanto buscas.¿ Y
a mí también? Dijo, con voz inocente y sugestiva Carla, que se había acercado al rescate de su amiga. El líder, el tipo de la cicatriz, decidió que era tiempo de divertirse con Carla. La agarró bruscamente del brazo, sus dedos dejando marcas rojas en su piel pálida, y la empujó al suelo con fuerza. Carla cayó sobre sus manos y rodillas, la tierra áspera arañando sus palmas. El hombre se colocó detrás de ella.— Ya que lo ruegas, te daré un
poco de lo que recibió tu amiga. Sin previo aviso, el líder escupió sobre su entrada y, con un gruñido animal, comenzó a penetrarla analmente. Carla dejó escapar un grito ahogado, su cuerpo se tensó completamente ante la intrusión. Mientras tanto, Alma decidió tomar la iniciativa con los otros dos hombres. Con una voz suave y seductora que contrastaba con la brutalidad de la escena, se dirigió a uno de ellos.— Tú, acuéstate— ordenó, señalando al suelo. El hombre, sorprendido por su audacia,
obedeció sin cuestionarla. Alma se posicionó sobre él. Con un movimiento fluido, se empaló a sí misma sobre su miembro erecto, dejando escapar un gemido suave. Sin perder tiempo, hizo un gesto al otro hombre para que se acercara.—¡ Ven aquí! murmuró, lamiendo sus labios en anticipación. El hombre se acercó, su pene ya duro y listo. Alma inclinó su cabeza hacia atrás, abriendo su boca para recibirlo. Los tres cuerpos se movían
en una danza grotesca y sincronizada. Alma subía y bajaba sobre el miembro del hombre debajo de ella, sus caderas girando y ondulando con cada movimiento. Al mismo tiempo, su boca trabajaba diligentemente en el pene del hombre frente a ella. Esta vez la escena duró más tiempo. El líder logró alcanzar un ritmo constante penetrando analmente a Carla, quien se limitaba a gemir y recibir las embestidas en su culo.
Sus manos se aferraban a la tierra, sus dedos hundiéndose en el suelo mientras su cuerpo se sacudía con cada empuje brutal. El sonido obsceno de piel contra piel llenaba el aire, mezclado con los gruñidos de placer del hombre y los sollozos ahogados de Carla. Eso es, puta.¡ Qué orto tan más rico tienes! Una delicia poder disfrutar de él, gruñía el líder, con sus manos agarrando las caderas de Carla con fuerza suficiente para dejar moretones. Mientras tanto, Alma
se esmeraba en complacer a los otros dos hombres. El que estaba en el suelo se recreaba en sus tetas, sus manos ásperas apretando y pellizcando los pezones erectos. Alma gemía suavemente, su cuerpo ondulando sobre el miembro del hombre, tomándolo hasta la base con cada movimiento. El otro hombre, de pie frente a ella, la insultaba mientras embestía su
boca sin piedad. Eso es, zorra. Chupa esa verga como la puta hambrienta que eres, escupía las palabras, sus manos enredadas en el cabello de Alma, controlando el ritmo de sus movimientos. Alma alternaba entre succionar la punta y deslizar su lengua a lo largo del eje, sus mejillas se hacían huecas por la fuerza de su succión. El trío continuó así por lo que parecieron horas, los cuerpos sudorosos
brillando bajo la tenue luz del atardecer. El olor a sexo y sudor impregnaba el aire, mezclándose con el aroma a tierra y hierba pisoteada. Carla, aún siendo penetrada analmente por el líder, había dejado de luchar. Su cuerpo se movía mecánicamente, recibiendo cada embestida con un gemido apagado. Sus ojos estaban vidriosos, perdidos en algún punto distante mientras soportaba el asalto a su cuerpo. Alma, por su parte, parecía
haberse entregado completamente a su papel. Sus caderas se movían con urgencia, buscando su propio placer mientras satisfacía a los dos hombres. Sus gemidos, aunque amortiguados por el miembro en su boca. Di un golpe en la costilla a Alejandra, lo que pareció sacarla del trance. Me miró confundida. Señalé las armas en la camioneta. Ella era la más rápida del grupo, así que ella tenía más chance de alcanzar
las armas. Sin necesidad de palabras, de nuevo, asintió. Miré a Javier, que también parecía abstraído con la escena frente a nosotros pero él me devolvió la mirada al momento. Le extendí el viejo rifle. Ni siquiera sabía si serviría en este momento que más lo necesitábamos. pero esperaba que sí. Espera, no actúes salvo si algo sale mal. Eres nuestra carta sorpresa. Ale y yo nos acercamos lo más posible, sin preocuparnos demasiado por ser sigilosos, pues confiábamos en que nuestras compañeras
los distraían lo suficiente. Me lancé al ataque con una piedra en la mano. Alcancé a golpear al líder con fuerza en la cabeza mientras Ale corría y se hacía con una de las armas. Los otros dos hombres que estaban cogiéndose a Alma reaccionaron rápido, aunque Alma alcanzó a arañar los ojos del que estaba bajo ella, el otro alcanzó a tomar una pistola de su pantalón en el piso. Alejandra empezó a gritar que la tirara pero él no obedeció.
El caos estalló en un instante. La piedra golpeó al líder con un ruido sordo y húmedo, haciéndolo tambalearse hacia atrás. Un hilo de sangre comenzó a correr por su cien, sus ojos desenfocados por el impacto. Carla aprovechó el momento para arrastrarse lejos de él. Alejandra, con una agilidad felina, alcanzó la camioneta y agarró un rifle de asalto. Lo levantó con determinación, sus ojos brillando con una mezcla de
furia y adrenalina. Suelta el arma, hijo de puta, gritó. Carla, tambaleándose, alcanzó a Ale y tomó el otro rifle de asalto, sin embargo era demasiado pesado y no tuvo la fuerza para levantarlo. El hombre que Alma había arañado gritaba de dolor, sus manos cubrían su rostro mientras la sangre se filtraba entre sus dedos. Alma se apartó de él rápidamente, su cuerpo desnudo brillaba con sudor bajo la luz menguante. El
tercer hombre, sin embargo, no cedió. Con movimientos rápidos y precisos, levantó su pistola y apuntó directamente a la cabeza de Alma. Un paso más y le vuelo los sesos, gruñó, su voz cargada de amenaza. El tiempo pareció detenerse. Podía sentir mi corazón latiendo con fuerza en mis oídos, la adrenalina
corriendo por mis venas. Alejandra mantenía su rifle apuntado, sus nudillos blancos por la fuerza con la que lo sostenía alma inmóvil apenas se atrevía a respirar con el cañón de la pistola presionado contra su 100 tranquilo dije de la nada miré hacia atrás y vi al líder convulsionando en el piso era una escena francamente patética pues aún tenía una erección potente pero de su boca ya salía espuma y sus ojos estaban completamente blancos« Tranquila tu puta madre,
ustedes dos, van poniendo esas armas en el piso», contestó el hombre, mitad desnudo, usando de escudo el cuerpo de Alma. Se escuchó el clic de un disparo a espaldas del hombre, pero nada pasa. Es Javier, cuya arma no funciona. El sonido seco del percutor golpeando en vacío resonó en el claro como una sentencia de muerte. El hombre se gira bruscamente, arrastrando a Alma con él, sus ojos desorbitados por el
pánico y la adrenalina. Alejandra, en un acto reflejo, también jaló del gatillo de su rifle, pero el arma permaneció en silencio. El seguro, ese pequeño detalle que podría haber marcado la diferencia entre la vida y la muerte, permanecía puesto. La maldición que escapa de sus labios es ahogada por el rugido del hombre, que ahora apunta su pistola directamente hacia ella. Ese hombre sí quita el seguro del arma
y veo su dedo tensarse sobre el gatillo. Pero en ese instante, Javier reacciona con la velocidad de un rayo. Empuña el rifle inútil como si fuera un bate y lo hace girar con todas sus fuerzas. La culata del arma golpea la cabeza del hombre con un crujido nauseabundo. El impacto es brutal. La cabeza del hombre se sacude violentamente hacia un lado, sus ojos se ponen en blanco por un segundo. La pistola cae de su mano flácida mientras él se tambalea, aturdido y desorientado. Alma aprovecha el
momento para liberarse de su agarre. No me parece que alguien pueda sobrevivir a ese tipo de golpes. Alejandra, sin perder un segundo, se lanza sobre el hombre con los ojos arañados que empezaba a levantarse. su cuerpo choca contra el con la fuerza de un tren de carga, derribándolo nuevamente. Ambos caen al suelo en un enredo de extremidades, gruñidos y maldiciones. La escena es un caos total. Carla, aún sosteniendo el rifle demasiado pesado para ella, mira alrededor con
ojos desorbitados, sin saber a quién apuntar. Alma, desnuda y cubierta de tierra y fluidos, Se arrastra hacia la camioneta en busca de algo que pueda usar como arma. Javier golpea nuevamente al hombre aturdido, esta vez en la espalda, haciéndolo caer de rodillas. Parece que el primer golpe ha hecho más daño que el que parecía pues empieza a escupir sangre. Me lancé hacia el líder, buscando su arma. La encontré tirada a unos metros, cubierta de tierra y hojas.
La agarré con manos temblorosas, sintiendo su peso frío y metálico. Alejandra y el hombre de los ojos arañados rodaron por el suelo, intercambiando golpes y arañazos. Quité el seguro y apunté, pero la imagen no es clara. Sin embargo, quien resulta salvar a Ale es Carla, quien se lanza sobre el agresor con un cinturón en la mano y comienza a ahorcarlo.
Tiene apenas fuerzas al hombre le basta una mano para controlar a Carla, pero no contaba con la violenta energía de Alejandra, quien aprovecha los escasos milisegundos de ventaja para colocarle un rodillazo en la nariz. Es todo lo que necesito. El sonido tronador de un disparo pone fin al conflicto. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
