Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Contigo en el
fin del mundo, parte 1. Nueva infección
encontrada en el Caribe, a pesar de ser un virus nuevo, no representa un riesgo para la salud pública. Primeros casos del virus Caribe detectados en América del Norte, autoridades monitorean la situación. Aumentan los casos del virus Caribe en Europa, OMS recomienda medidas preventivas. El virus Caribe se expande a nivel global, declarada pandemia por la OMS. Gobiernos locales colapsan, la anarquía se extiende, sociedad en crisis. Últimos hospitales colapsan
bajo la presión del virus Caribe, atención médica inexistente. Radio, televisión e internet cesan, el mundo queda en silencio. A quienes están ahí afuera, sobrevivan y no olviden, viviremos en su memoria. Realmente, nuestros padres nunca estuvieron presentes. Alejandra y yo vivíamos con lujo a cambio de ver a nuestros padres solo en las noches. Teníamos una vida que muchos considerarían perfecta, con videojuegos, juguetes y una gran casa en
la ciudad. Éramos sólo dos niños, de 10 y 12 años, que no sabían lo que significaba el sacrificio y para los cuales el futuro se abría como un camino interminable de oportunidades. Cuando las noticias empezaron a surgir, primero esporádicas y luego incesantes, de un nuevo virus, Nuestra familia optó por mudarse al campo,
creyendo ingenuamente que eso nos protegería. Mi padre consiguió una excelente casa, con un jardín donde mamá quería empezar un huerto, principalmente para matar el tiempo ahora que había cambiado totalmente de hábitos. Sin embargo, como podrán adivinar, no fue suficiente para protegernos. Dos años después, su destino fue el mismo que el del resto de la población. Decidieron tomar uno de los autos y marcharse lejos. Nos ahorraron el trauma de enterrarlos y lidiar con sus cadáveres, no el de
decirles adiós. Trato de no pensar en ellos.
Han pasado seis años de su partida. Y seguimos aquí.
Vivir en la granja no es tan malo. La vida es callada aquí, interrumpida solo por el canto de los pájaros al amanecer y el sonido del viento entre los árboles. Los días transcurren y listo, levantarme temprano, cuidar los animales, gallinas y conejos, fáciles de mantener, reproducir y cocinar, cosechar lo que nos da la tierra y asegurarme de que todo esté en orden. Igual. Las noches, especialmente en invierno, son largas, aunque no hace especialmente frío. Tenemos la fortuna
de que ningún clima es extremo. La oscuridad nocturna parece envolver todo, y aunque tratamos de llenarlas con conversaciones y recuerdos, a veces es difícil no sentirse abrumado por el silencio. Somos los únicos sobrevivientes de esta infección que arrasó con el resto de la población. Hemos crecido muchísimo desde la crisis, pero a veces Ale sigue comportándose como una niña, una niña mimada, que piensa que con un par de pucheros y repetir varias veces lo que quiera lo obtendrá. Me
encanta y me desespera a partes iguales. No puedo evitar el síndrome del hermano mayor. La protejo de todo lo mejor que puedo. Pero a veces no la tolero. Me di cuenta de que he madurado más rápido que ella. Tal vez sea porque soy un par de años mayor o porque tuve más tiempo para experimentar el mundo antes de que todo se viniera abajo. Ale, por otro lado, aún actúa con ingenuidad y ternura. Me sigue y obedece siempre, aunque a veces a regañadientes o con una mueca de
desesperación en su rostro. Le queda mal enojarse, tiene ojos grandes y cafés, con unas cejas perfectas y cabello café perfecto claro que casi siempre lleva en una cola de caballo. Cuando le pido que haga algo y lo hace sin protestar, noto como aprieta los labios, como sus ojos brillan con una chispa de desafío. Intenta demostrar que puede manejar las cosas por sí misma, buscando oportunidades para tomar la iniciativa, aunque a veces resulte en pequeños desastres. La verdad es
que es ágil y fuerte, tiene demasiada energía. Pero le cuesta detenerse a pensar. Soy más alto que ella, evidentemente. Tiene un cuerpo atlético pero femenino, lindas piernas, pechos que no son inmensos pero resultan llamativos para tan delgada complexión, una cintura casi diminuta, tiene también una fuerza sorprendente para su tamaño. Su mirada es inteligente, siempre alerta, y sus
ojos brillan cuando una idea cruza su mente. Su sonrisa es encantadora, tiene labios delgados pero de natural color carmín que resaltan bastante en el color tan blanco de su piel. Al pasar tanto tiempo bajo el sol, Tiene un ligero bronceado y rostro está lleno de pecas. Últimamente, he notado algo diferente en mí. Es algo que intento ignorar, pero
se hace más fuerte con cada día que pasa. Me encuentro observándola más de lo necesario, notando detalles que antes me pasaban desapercibidos, como que su trasero se ha vuelto más firme y redondo y yo creo que es su atributo más destacable. El sol iluminando su cabello, la curva de su sonrisa, la forma en que sus ojos se
iluminan cuando se ríe. El escote que se genera frecuentemente pues siempre lleva ropa ajustada y delgada, o los pezones que se transparenta las muy frecuentes veces que no lleva sujetados. Intento decirme a mí mismo que es simplemente el resultado de estar solos, de depender tanto el uno del otro. Tiene mucho que no la veo desnuda. Solo pasaba cuando éramos niños porque a veces nos bañan juntos nuestros padres.
Me pregunto si su vello púbico es del mismo color castaño que su pelo y sus cejas, o si se lo rasura, lo cual sería casi imposible pensando en que no tenemos suficientes suministros para esa clase de higiene tan detallada. Me avergüenza, pero he tratado de espiarla un par de veces, mientras se cambia. He descubierto que, al igual que yo, siempre usa boxers como ropa interior y como ya comenté, muy frecuentemente no usa sujetador. Sus pezones me parecen deliciosos.
No lo entiendo. Sé que los bebés toman alimento de ahí. Yo no soy un bebé. Pero lo que más me descoloca a veces es su trasero. Me dan ganas de estrujarlo, de amasarlo, de morderlo o de azotarlo. Cuando esto pasa, Irremediablemente termino aliviándome, ya sea en mi cuarto, en el baño, o cuando estoy totalmente seguro de que se encuentra afuera en alguna exploración, en la sala de estar. No puedo hablar con ella de ninguna de estas cosas. Son ecos
que morirán en mi cabeza, yo espero. Mientras cosechaba en el jardín trasero, perdí el equilibrio y una varilla me rasgó la parte interior de mi muslo. El dolor fue agudo y repentino y me derrumbé al suelo. Ale, que estaba cerca, corrió hacia mí con preocupación en sus ojos.—¿ Estás bien?— gritó, mientras me ayudaba a sentarme.— Sí, solo es un rasguño— respondí, intentando sonar despreocupado, aunque el dolor
me hacía apretar los dientes. Fuimos a la casa, a la cocina, donde Ale examinó la herida con una seriedad que rara vez muestra. Sus habilidades de enfermera dejaban mucho que desear, pero lo compensaba con entusiasmo y cariño. Desinfectó la herida torpemente y aplicó un vendaje, sus manos temblorosas pero decididas. Tienes que tener más cuidado, me dijo, con una mezcla de preocupación y cariño. La cercanía me conmocionó.
Podía sentir su aliento en mi piel y el calor de sus manos envolviéndome, tocándome muy cerca de mis partes. Intenté mantener la calma, pero cada toque, cada mirada de preocupación me desarmaba. Me conmovió su dedicación, aunque inexperta, y mientras ella seguía vendando mi herida, sentí una oleada de emociones que había estado tratando de reprimir. Empecé a tener una erección, cosa que debía evitar a toda costa que
ella notara, por lo cual intenté apresurar la situación. Gracias, A. Eres la peor enfermera, pero aprecio el esfuerzo, bromeé, intentando aligerar el ambiente. Ella sonrió, y su risa fue como una melodía que calmaba mi inquietud. Y entonces, sin ningún preámbulo, Ale decidió darme un beso en la herida, sobre la venda. Vi su cabeza inclinarse, rumbo a mi entrepierna, y sus labios tocar suave y brevemente mi cuerpo, si me hubiera
besado directamente, habría terminado ahí mismo. Al levantarse pude ver, brevemente, que no llevaba sostén y que sus pechos se bamboleaban juguetonamente dentro de su blusa. Para que sane pronto, dijo y me sacó la lengua. Estar herido en una granja no es lo ideal. No es como si pudiera ir al médico o tomarme el día. Tenía que enseñar a
hacer varias tareas mientras me recuperaba. Empecé por lo básico, mostrándole cómo cuidar a los animales, cambiarles el agua y racionar concienzudamente las semillas, cómo revisar las cercas para asegurarse de que estuvieran en buen estado y no existiera ningún riesgo de fuga, y cómo recoger algunas verduras una vez que estuvieran listas. Su tareas eran más la recolección, el limpiar ciertas áreas y sobre todo perder el tiempo. A
estaba decidida a demostrarme que podía manejarlo. La veía esforzarse en cada tarea, con esa mirada de determinación que le brillaba en los ojos. Estaba empeñada en demostrar que ya no era una niña. Cada vez que lograba completar algo, me miraba buscando aprobación y yo no podía evitar sentirme orgulloso de ella. Orgulloso y trastornado. Los baños con agua tibia eran algo que habíamos aceptado hace tiempo. Ya no nos importaba tanto. De hecho, creo que Ale ni siquiera
recuerda los baños de agua caliente. A veces pienso en lo que realmente extraño del viejo mundo, y los baños calientes están definitivamente en esa lista. El clima estaba cálido, Yo había sudado bastante y ni herida necesitaba cuidado, así que tenía que tomar un baño. Ale se ofreció a ayudarme, pero al principio me negué. No quería parecer débil ni mucho menos mostrarme desnudo, pero Ale estaba empeñada en demostrar que era mayor y no aceptó un no por respuesta. Vamos, Pedro,
déjame ayudarte. No puedes hacerlo solo con esa pierna. Ni siquiera llegarás al baño sin lastimarte la otra. Finalmente cedí, a regañadientes igual que ella. Ale pareció contenta y se cambió la ropa de trabajo por unos shorts y una playera corta, de nuevo sin sostén. Empezó a llenar la bañera con agua tibia y se aseguró de que tuviera todo lo necesario a mano. Me ayudó a desnudarme aunque no pudo convencerme de quitarme el calzoncillo.¿ Tienes miedo de
que me burle, hermanito? Dijo socarronamente, pero yo creo que ella misma no entendió la profundidad de sus palabras. Y entonces entré a la tina. Mientras intentaba pasarme el jabón, éste se le resbaló de las manos varias veces, provocando risas nerviosas de ambos. Esto es más difícil de lo que parece, dijo, tratando de mantener el jabón en sus manos. Me doy cuenta de que tú no lo usas cuando te bañas, respondí, tratando de mantener la compostura mientras me
enjabonaba rápidamente, queriendo hacer de este ejercicio lo más breve posible. Tarado. Exclamó tirándome agua en la cara. Sí, mejor que nos lo tomáramos a broma. El problema, verdadero, vino cuando pasó el momento de enjuagarme. Ella me sostuvo mientras lo hacía. pero el problema es que mi boxer se adhería a mi piel como una segunda piel y dejaba entrever mi miembro, ya no completamente adormilado. Ale echaba miradas furtivas y noté como su rostro se roburizaba, dándole un aire más coqueto,
incluso si cabe. Sin embargo, con toda la actividad, no pudo evitar terminar empapada. Su playera, igual que mi boxer, se adhería a su piel, con el beneficio extra de que además se transparentaba, dejando ver con mucho más detalle un par de pezones pequeños, delicados. Al principio, Ale no supo cómo reaccionar por la vergüenza de estar totalmente mojada, pero pronto lo tomó con soltura y comenzó a reírse. Su risa y sus pechos. Su boca irradiando felicidad y
sus pezones apuntándome. Esa imagen me iba a acompañar esta noche. Bueno. Parece que ambos necesitábamos un baño, bromeó, salpicándome un poco más de agua. Terminé y le pedí que me acercara una toalla, lo cual aceptó y se retiró para cambiarse la ropa mojada por una seca, dejando atrás una sensación de alivio y una pizca de algo más que no quería admitir. Esa noche, después de cenar, Ale se veía meditabunda y en dado punto no pudo contener sus preguntas.
Me bombardeó con sus inquietudes. Pedro,¿ qué haremos cuando crezcamos?¿ Qué pasa si no encontramos a nadie más?¿ Y si encontramos a alguien, qué haremos?¿ Estamos condenados a vivir así para siempre?¿ Es un premio o un castigo? Intenté darle respuestas positivas, asegurándole que encontraríamos una manera de seguir adelante y que no estábamos solos porque nos teníamos el uno
al otro. Pero su incertidumbre empezó a contagiarme. No podía evitar pensar en las mismas preguntas, y por primera vez, las respuestas que me daba a mí mismo no parecían tan sólidas. No lo sé, Ale. Solo sé que mientras estemos juntos, encontraremos la manera de seguir adelante. Nos quedamos en silencio, las preguntas sin respuesta colgando en el aire. La vida en la granja era simple, pero las dudas sobre el futuro siempre estaban ahí, esperando el momento para
recordarnos lo frágil que era nuestra realidad. La noche fue tranquila y la mañana, como siempre, soleada. Mi pierna se encontraba mucho mejor. A pesar de todo, me gustan las mañanas aquí. Antes no lo recuerdo así, pero ahora las disfruto. No tengo prisa, puedo tomarme mi tiempo y disfrutar de lo que hago. Hay algo en la quietud del amanecer, en el canto de los pájaros y en la frescura del aire, que me da una sensación de paz. Es en esos momentos cuando realmente aprecio la vida en la granja.
Todo iba de manera normal, pero noté que después de darle algunas indicaciones a Ale, ella parecía irritada. No olvides el agua de las gallinas, y dejé ropa afuera que tenemos que meter más tarde, le dije, esperando que todo siguiera como siempre. Sí, claro, respondió A, evidentemente fastidiada. Más fastidiada
de lo normal.¿ Está todo bien? Pregunté, curioso por su tono. Sí, todo bien, dijo, aunque su voz reflejaba lo contrario. Ale, sé sincera.¿ Qué te pasa? Pasa que no me reconoces
como adulta y es injusto. Hemos vivido lo mismo, pasamos por las mismas cosas. No soy una niña. Ya no soy una niña
Pero,¿ qué dices?
Intenté negar sus acusaciones, aunque sabía que tenía razón en cierta medida. Sí lo es. Exclamó, exasperada. Siempre tomas todas las decisiones, siempre me dices que hacer como si no supiera nada. Solo tengo un poco más de experiencia y ya. No es que no confíe en ti. Intenté no levantar la voz, a diferencia de ella que ya rozaba los gritos. Abufó, dando media vuelta y alejándose rápidamente. La observé marcharse, sintiendo una mezcla de frustración y preocupación. Mientras Ale se alejaba,
reflexioné sobre lo que acababa de ocurrir. Me di cuenta de que mis sospechas eran correctas, si soy más maduro que ella, y eso me permitía manejar las situaciones de manera más asertiva. Ella es sólo una niña, inmadura e ingenua aunque en el viejo mundo ya tuviera la mayoría de edad. Decidí seguir con mi rutina, aprovechando que mi herida estaba mucho mejor ese día. Durante el día, mientras realizaba las tareas habituales, pensé en la actitud de mi hermana.
Su comportamiento era tan estúpidamente infantil que decidí actuar como un adulto con ella. Tampoco es que tuviera demasiados referentes, más que las viejas películas que conservábamos en casa y antes, cuando había luz, podíamos ver, pero quizá eso la intimidaría y la haría reflexionar. Cuando llegó la noche, Ale volvió. Esperaba que la conversación de la mañana se olvidara sin drama. Así que entró silbando a la sala de estar, donde me encontraba. Pero yo estaba decidido a mantenerme firme. La
esperé en silencio, y su incomodidad se hizo evidente. No sabía cómo lidiar con el conflicto. Ambos nos quedamos en la sala, el silencio pesado entre nosotros. Ale intentaba encontrar algo que decir, moviendo nerviosamente sus manos, mirando al suelo. Finalmente, la tensión se rompió. Ale, sin levantar la cabeza, y, con voz temblorosa, comenzó a disculparse.« Pedro, lo siento. No quise decir lo que dije esta mañana». Sus ojos brillaban
con lágrimas contenidas, mostraba una postura derrotada. La miré con firmeza, pero con una calma que sabía que la desconcertaría.
Es todo?
Le dije con autoridad, mi voz fría y controlada. No soy tu padre, no tengo que perdonarte. Ella bajó la cabeza aún más y sus lágrimas empezando a caer. Cada sollozo contenía más que sólo tristeza, Era una mezcla de frustración, arrepentimiento y una súplica silenciosa de comprensión. Perdóname, Pedro. Prometo que no se repetirá. No pondré en duda tu capacidad, tus indicaciones ni tu liderazgo. Solo quieres lo mejor para ambos, quieres lo mejor para mí, y está bien, tú sabes
lo que es lo mejor. La firmeza en sus palabras me hizo dudar por un instante. Literalmente no pensé que se quebraría con tan poco, aunque también es cierto que el conflicto no era una constante en nuestra relación. Finalmente, me acerqué y le acaricié la cara, secando una lágrima que caía. Sin embargo, estar ahí, junto a ella pero viéndola desde abajo, bajo mi poder, despertó algo en mí.
Algo en mi abdomen se removió. El pulso se me aceleró pero intenté ocultarlo.¿ De verdad quieres que te perdone? Pregunté con una seriedad que no dejaba lugar a dudas. Asintió, sus ojos llenos de determinación y arrepentimiento. No sé qué estaba haciendo, no sé por qué empujaba más, pero algo me instaba, me obligaba a llevar esto más lejos, solo un poco más. En ese caso, recibirás un castigo, si lo aceptas, te perdonaré
si no... Lo haré, lo
que quieras, lo lamento. Me lo merezco. Dijo sin dejarme terminar, y gracias a Dios porque no tenía nada preparado en caso contrario.¿ Qué quieres que haga? Preguntó. Guardé silencio para pensar algo apropiado, pero mi mutismo pareció aterrarla,¿ o qué quieres hacerme? Cuestionó con un hilo de voz. Y esa era la única señal que necesitaba. Inmediatamente lo tenía todo claro. Si vas a comportarte como niña, vas a ser castigada como niña. Te daré diez nalgadas, aquí y ahora, sentí
como algo en mi interior se regodeaba. Mi pene se hinchó, podía sentirlo incluso sin verlo, y un agradable cosquilleo recorría mis bolas. Ale asintió, con un destello de miedo en su mirada, el cual quedó opacado por su aplastante debilidad. Me senté en el sillón más amplio de la sala y junté las rodillas. Con una mano golpeé mi pierna, indicándole lo que debía hacer. Para mi descomunal sorpresa, Ale se bajó el pantalón deportivo que vestía hasta las rodillas,
dejando al descubierto únicamente su ropa interior. Unos boxers también deportivos, pero que se amoldaban perfectamente a su figura, incluso perfilaban la forma del pubis y sugerían la textura de sus labios. se acercó caminando como pingüino, acto que no apagó mi excitación. Se recostó en mis rodillas. Su respiración estaba agitada. Y enfrente de mí tenía un tesoro, un mundo tan simple
como la palabra placer. Por el movimiento, su ropa interior se incrustaba suavemente entre la raja de sus nalgas y, maravillosamente, dejaba al descubierto gran parte del trasero. El golpe seco cortó el aire, y nos dejó casi asfixiados. Mi mano cayó justo a la mitad de sus pompis. No supe si golpeé con fuerza, fue un golpe instintivo, como cobrar una deuda. Ese golpe fue como ponerte una chamarra en
un día de viento frío, simplemente delicioso. La escuché gemir, de una manera muy parecida al dolor suave, pero no exacto. Era diferente. La había escuchado quejarse antes. El segundo golpe seco en mitad del trasero, sí, esta vez fue más fuerte, la piel se enrojeció tenuemente. No había sido excesivo. Y el tercero. Y en respuesta otro gemido, el cual sonó más sugerente que el anterior. Y al llegar al décimo, mi erección era palpable para Alejandra a través de mi ropa.
Se puso de pie, sonrojada y con una corona de diminutas gotas de sudor. Yo también estaba sudando, y no precisamente por el esfuerzo. Nos miramos, con emoción, desconcierto y, ciertamente, miedo.¿ Qué estaba pasando? Bueno, supongo que entonces nos vemos mañana, dijo, haciendo un esfuerzo titánico por sonar normal. Sí, hasta mañana, respondí, y para mí, última, sorpresa, en lugar de subirse el pantalón, decidió quitárselo y andar hasta su cuarto semidesnuda de la
cintura para abajo. Sus enrojecidas nalgas bailaban una danza enloquecida que me hipnotizaba. Nada sería normal. Hoy entendí qué significa pasar la noche en vela. Mi cuerpo estuvo repleto de emociones que yo desconocía. El castigo a Alejandra fue, difícil de describir. El hecho de tener poder sobre ella, infringir dolor, doblegarla, todo eso son cosas que jamás me imaginé que pasarían.
Me han encantado. Quiero repetirlo. Quizá es porque no hacemos muchas cosas aquí, estamos sumidos en una monotonía, una rutina que aunque disfruto es difícil de mantener por siempre. La mañana siguiente, Me levanté cansado pero expectante. No había dormido bien, pero por otro lado quería ver realmente cómo se desenvolvían las cosas, me preocupaba un poco saber cómo es que el pequeño encuentro podría cambiar nuestra dinámica, nuestra relación y
nuestra convivencia. Y por otro lado, no sé, había algo en Alejandra que me envenenaba de una manera dulce. Me gustaba estar cerca de ella más de lo que me gustaba cualquier otra cosa en el mundo. A veces incluso me lamento el haber sugerido que tomáramos cuartos diferentes en la casa. En fin. Caminé a la cocina, donde encontré a Ale, quien me recibió con una enorme sonrisa, tal como cada mañana. Y eso fue todo, el día marchó
como si nunca nada hubiera pasado. Incluso Ale se mostró mucho más dócil para acatar mis indicaciones, sin torcerme la boca ni rezongar. la jornada me dio el tiempo para relajarme y poner las cosas en perspectiva. Quizá ese episodio de nuestras vidas había sido una pausa extraordinaria de la rutina, un momento mágico que no está destinado a repetirse sino a vivir en nuestra memoria. Quién sabe, tal vez un día podamos reírnos de eso, del día que te di
de nalgadas como si fueras una niña. Al caer la tarde, Mientras acarreaba los animales de regreso al establo, divisé en el área norte de la propiedad un creciente lago, pues mis pies rápidamente cayeron en un pantano de lodo y hierba que dificultaba el paso. Dejé los animales en el establo y regresé a buscar la causa, cegaramente alguna de las llaves que conectan a los varios pozos que tenemos para regar cultivos quedó abierta y el agua escapó sin medida.
No me costó mucho descubrir la falla. Pero al mismo tiempo, un millón de pensamientos me atravesaron la mente, como cuándo y por qué. Eran las tres preguntas que mejor resumían mi inquietud. La llave había sido forzada, probablemente con alguna palanca, pues la conexión completa se había visto comprometida. Un animal no podría hacer eso, al menos no ninguno de los que criábamos. Y un animal más grande, como un caballo o un toro habría alertado al menos a Ale o
a mí y habría dejado huellas. Unos pocos minutos tardé en descubrir y aceptar que esto había sido por un humano, a voluntad y recientemente.
Alejandra. Grite tan pronto llegué a la casa. Sí, Pedro,
contestó desde la sala. Mis pasos se encaminaron a donde la voz tenía su origen.¿ Tú rompiste la fuente? A pesar de haberla formulado como una pregunta, no esperaba respuesta,¿ Qué te pasa?¿ Estás mal de la cabeza?¿ Sabes cuánto tiempo voy a tardar en arreglarla? Sí, fue la única respuesta que obtuve. Y entonces me detuve. El coraje, la rabia e impotencia habían tomado control completamente de mí. Sabía que había sido Alejandra, pero estaba más preocupado en el
tiempo y esfuerzo que me tomaría repararlo. que ni siquiera se me había cruzado por la cabeza cuál o cuáles podrían ser los motivos que hubieran llevado a Alejandra a cometer tal crimen. Pero ahora, al verla en la sala, sentada, con las manos en las rodillas, el rostro lívido y los ojos expectantes mirándome fijamente me pareció obvio.« Ven aquí», dije, con un tono de voz totalmente distinto, con una voz seria pero contenida. Alejandra se levantó lentamente, su postura tensa
y frágil al mismo tiempo. Caminó hacia mí con pasos inseguros, cada uno medido, como si temiera que el suelo bajo ella pudiera desvanecerse.
Entiendes la gravedad de lo que hiciste? Sí.¿ Entiendes que esto me va a costar horas de trabajo bajo el sol? Sí.¿ Y entiendes que esto va a costarte un castigo?
El rostro de Alejandra se contrajó en una indescriptible mezcla de alegría, miedo y emoción. Lo que tú consideres, Pedro, expresó al fin, sumisamente. La docilidad con que se comportaba me afectó, algo dentro de mí despertaba cuando Alejandra se mostraba tan vulnerable, tan dispuesta a someterse a mi voluntad. Un ardor desconocido me recorría, avivado por el silencio denso que habíamos tejido entre nosotros. Me acerqué a ella, pudiendo casi sentir el calor de su cuerpo incluso antes de tocarla.
Vamos a la sala, sentencié, y mi orden fue como un látigo en el silencio. Una vez en la amplia estancia, los últimos rayos del sol se colaban por los ventanales, por lo que el ambiente comenzaba a ensombrecerse. Como las palabras no funcionan contigo, tendré que emplear acciones. Vas a seguir al pie de la letra todas mis órdenes. Desnúdate. Alejandra vaciló por un momento, su mirada alternaba entre el
miedo y el deseo. Pero lentamente comenzó a deshacer los botones de su camisa con manos temblorosas, dejando al descubierto su piel pálida y suave, la luz del atardecer jugando en sus formas, otorgándole un brillo casi místico. El aire se volvió espeso, cargado con una tensión que podía cortarse con cuchillo. Como de costumbre, Ale no llevaba sujetador, así que sus pechos quedaron a la vista nada más abrir
su camisa. Sin dejar de mirarme, comenzó a quitarse el pantalón, dejando ahora al descubierto su precioso culo y la primera sorpresa, estaba usando unas panties con encaje que yo nunca había visto. Era una prenda muy distinta de la ropa interior que solía utilizar, más cómoda y tosca, la delgada tela dejaba entrever la piel debajo y el delicado corte acentuaba aún más las formas de su cintura y sus caderas, insinuando
una promesa de lo prohibido. Con un movimiento suave como una caricia, se deslizó fuera de la última prenda, quedando completamente expuesta ante mí. Su vulnerabilidad. Bueno, Dije con una voz que pretendía ser firme pero que se entrecortaba de puro anhelo, date la vuelta. Alejandra obedeció. Al darse la vuelta, la curva de su espalda en contraste con el crepúsculo que se filtraba por la ventana ofrecía un espectáculo escandaloso, resultando en poema de sombras y luz que se deslizaba
sobre su piel. Era la primera vez en mucho tiempo que la veía desnuda. Mi pene empezó a reaccionar, a pedir a gritos atención.¿ qué vas a hacerme? Preguntó titubeante, pero no había miedo en su voz, sino una mezcla de ansías y expectación. Lo que yo considere, y voy a empezar por azotarte, avisé, recuéstate en el sillón y para el culo, mi voz se imprimía en el aire. Alejandra hizo lo que le dije y me regaló el panorama de sus nalgas perfectamente redondeadas y listas para recibir
lo que se avecinaba. Me acerqué lentamente, sintiendo como cada paso resonaba con mi deseo latente. Esta vez me coloqué detrás de ella, tomé aire, y comencé con el castigo, mi mano impactó seca y contundente sobre una carne que me parecía el deseo mismo. El sonido de la palmada se mezcló con un gemido suave que escapó de los labios de Alejandra, un sonido que encendió una llama aún
más feroz en mi interior. Di otra palmada, esta vez un poco más fuerte, observando cómo su piel empezaba a tomar un tono rosado, testimonio del calor que ambos comenzábamos a generar. La temperatura de la habitación parecía elevarse con cada golpe, con cada suspiro que Alejandra emitía y cada vez que su cuerpo se estremecía bajo mi control. Esta vez no conté, simplemente me detuve en cierto momento, cuando la temperatura de mi mano y de la habitación no
podía ser más caliente. Incate, ordené, directa y secamente. Alejandra lo hizo, se hincó frente a mí, en sus ojos se adivinaban lágrimas pero su mirada no denotaba un ápice de tristeza. Sus senos se veían más puntiagudos, producto del efecto que sus pezones erectos causaba. Yo ya tenía una erección tremenda. Acaricié con cariño auténtico el rostro de Alejandra. Ella reaccionó tiernamente. Y en un momento, su boca atrapó mi pulgar, succionándolo suavemente. Eso me dio la siguiente idea.
Vas a usar tu boca, vas a chuparme, y mientras dictaba la nueva sentencia, me bajé el pantalón dejando al descubierto mi verga erecta que pedía atención a gritos
Nunca lo he hecho. Pues hoy será tu primera vez. Alejandra
obedeció sin dudar, sus ojos brillaban con un fervor inquebrantable, se acercó a mí, cálido y húmedo, como la brisa preludia a una tormenta. Su lengua dibujó primeros círculos tentadores alrededor de la cabeza antes de tomarla completamente en su boca. La calidez y humedad de su boca envolvían cada centímetro de mí mientras sus manos encontraban su camino alrededor de
mis muslos, acariciándolos. Gemí, no podía evitarlo. Instintivamente empujé con mis caderas, obligándola a engullir mi miembro casi hasta la base. Intentó retirarse, pero yo, víctima de un deseo enseguecedor, detuve su cabeza con una de mis manos. Relájate y sigue, susurré, aunque la voz me temblaba por el intenso placer. Alejandra asintió con mi verga en la boca, resignada y excitada al mismo tiempo. a medida que se adaptaba al ritmo
y profundidad que dictaban mis deseos. La habitación se llenó con el sonido de nuestro aliento entrecortado y los gemidos sofocados de Alejandra. No tardé mucho. La experiencia era demasiado
para mí. Eyaculé profundamente en su boca, y ella, con una devoción sorprendente, aceptó cada gota, tragándolas mientras mantenía contacto visual sus ojos oscuros reflejando un mundo lleno de emociones nuevas y oscuras siguió mamando aún cuando no había nada más que recibir más que mi verga aún dura pero ya comenzando a calmarse palpitante con cada latido que aún resonaba a través de mis venas su boca se apartó lentamente dejando un hilo de conexión que pronto se rompió
desvaneciéndose en el aire cargado entre nosotros
Házmelo, rogó, de pronto. ¿Qué? Pregunté con duda genuina
pues sus palabras sonaban incoherentes a mi atontado cerebro. Lo mismo que yo te hice. Por favor, lo necesito, imploró de nuevo, limpiándose la comisura de los labios de la saliva que había chorreado durante la mamada.¿ Crees que te lo mereces? Atiné a decir, mientras me sentaba en el sillón,
pues la emoción me había dejado un poco mareado. No, pero lo necesito, por favor, mira, y al decir esto llevó una mano a su entrepierna, y al levantarla me mostró sus dedos empapados, nunca había estado así de, mojada y de verdad, te lo ruego, seré buena. La miré fijamente, evaluando su deseo, su necesidad palpable que flotaba entre nosotros como una bruma. Luego, Asentí con la cabeza lentamente, una
sonrisa curvándose en mis labios. Acuéstate en el sillón y abre las piernas, ordené, será la última vez que recibes esto sin merecerlo, las próximas veces tendrás que ganártelo, ¿entendido? Alejandra me obedeció y asintió en silencio. Se acomodó de piernas abiertas frente a mí, abierta y vulnerable para que
yo actuara de la forma que considerara más conveniente. Y eso me enloquecía, vi sus pechos que bajaban y subían al ritmo de una respiración agitada, su vientre firme que conducía hasta un pubis poblado de bastante vello y que escondía el tesoro, una vagina sonrosada y totalmente mojada, brillando bajo la tenue luz que se colaba por la ventana. Vi cómo sus dedos se hundían en su propia humedad, recogiéndola y extendiéndola, marcando un rastro brillante sobre la piel
dorada de su muslo. Me coloqué entre sus piernas, sin saber bien a bien qué hacer. Empecé besando toda el área, poniendo especial atención a la respuesta de Alejandra. Ella suspiraba y gemía, pero con distinta intensidad. Así descubrí las áreas que merecían más atención y empecé a lamer y morder ligeramente, incrementando el ritmo y la presión conforme sus reacciones se
hacían más intensas. Cada quejido Cada arqueo de su cuerpo era una guía perfecta para explorar más y más profundo, encontrando con mi lengua nuevos pliegues y rincones de su ser que hasta entonces parecían velados incluso para ella. La salinidad mezclada con el dulzor de su esencia me embriagaba, provocando que mi deseo aumentara con cada exploración de mis labios y mi lengua. No sé por qué lo hice, pero empecé a empujar con uno de mis dedos dentro
de su vagina. Alejandra, sorprendida por la súbita invasión, emitió un gemido que osciló entre la sorpresa y el placer. Su cuerpo se tensó por un instante antes de relajarse completamente, cediendo a la presión de mi dedo que descubría el nuevo territorio. Parecía agradarle, por lo que decidí aumentar la apuesta, sin dejar de lamer y penetrarla, empecé a acariciar su ano con uno de los dedos de mi mano libre.
trazando círculos tentadores y delicados alrededor de la entrada aún intacta alejandra agudizó el ritmo de su respiración un claro signo de que cada caricia añadida no sólo era aceptada sino también deseada la exploración se volvió más audaz y deliberada con suavidad pero con firmeza Introduje el dedo índice en su culo mientras continuaba estimulando su vagina con la lengua, armonizando los movimientos hasta que Alejandra comenzó a mover sus
caderas al ritmo de mis penetraciones. Me encanta, me encanta, empezó a gritar al tiempo que arqueaba su espalda y yo sentía como su vagina y ano se contraían rítmicamente. Sus gritos de placer reverberaban en las paredes vacías del refugio, un contrapunto salvaje a la quietud del mundo exterior devastado. De pronto, un nuevo mar de fluidos brotó de ella, sellando nuestro acto con un elixir de vida y éxtasis.
Empapado en su esencia, continué mi danza rítmica, cada movimiento orquestado para llevarla aún más allá de los límites del placer conocido. Alejandra estaba terminando y su forma de terminar era similar pero distinta de la mía. No sé cómo explicarlo, pero verla disfrutar tanto de cierta manera me hacía disfrutar a mí también. Después de varios minutos descansando, entendí que tenía que romper el hielo y establecer algunas reglas mínimas
o terminaría reconstruyendo la casa por culpa de Alejandra. Me gustó la experiencia, comencé dudoso. pero pronto me recompuse. Sin embargo, no seré tan indulgente
en el futuro. Me puse de pie y recompuse mi ropa. Tu
castigo no ha terminado, durante toda esta semana no tendrás permitido usar ropa dentro de la casa. Y tendrás que darme el mismo trato todos los días mientras reparo la fuente que hachoto, las palabras suaves me sabían amargas, así que pronto rectifiqué vas a chupármelo todos los días, y yo sólo te devolveré el favor si te lo mereces, entendido. Alejandra sintió una mezcla de emoción y desafío brillando en
sus ojos oscuros. Su pecho subía y bajaba con rapidez, todavía jadeante por el fervor recién apaciguado, pero al escuchar mis condiciones, un nuevo fuego
inundó sus mejillas. Entendido. Entendido,
Señor es lo que quiero oír, y mientras decía esto, víctima de mi propio papel, la abofeté suavemente. Alejandra me miró con miedo inicialmente, pero ese sentimiento se evaporó en el calor de la situación y fue sustituido por pura emoción.
Entendido, Señor. Su voz se quebró ligeramente
una mezcla de sumisión y provocación. En ese momento, entendí que cada acto Cada palabra era parte de este nuevo juego peligroso que habíamos inventado en un mundo donde éramos los únicos. Esto no hacía más que empezar. Caminé hacia la puerta, dispuesto a irme a dormir. Mañana sería un nuevo día, y nuevas cosas nos depararían.
Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
