CEDIENDO A LA CALENTURA - PARTE 31 (Relato Erótico) - podcast episode cover

CEDIENDO A LA CALENTURA - PARTE 31 (Relato Erótico)

Nov 17, 202550 min
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Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Cediendo a la calentura, parte 31 Cuando en la distancia, la puerta de la que siempre había sido su casa se cerró, Sergio sintió un escalofrío profundo en la residencia de estudiantes. Sintió que un insecto le subía por la espalda a toda prisa hasta llegarle al cuello y morderle con fuerza. Su cuello se movió por instinto, girando en círculos, logrando

que algún hueso crepitara.¡ Qué escalofrío más tonto! Carmen y Mari quedaron mirándose mientras la frase retumbaba en los oídos de esta última. Ya comprendía por qué estaba allí su hermana, entendía muy bien a que había venido solamente por un día. Recordó la imagen del sujetador, de su hijo guardándolo de forma furtiva y de cómo su hermana le montaba en la casa tan amplia que tenía. Se dio la vuelta sin mediar palabra, la ira la envolvía y no quería

gritarla todo lo que pensaba. Casi corrió en un paso acelerado hasta la cocina, donde entró pensando que todo era un mal sueño y no se tendría que enfrentar a esa situación. Carmen se adentró en la cocina que le dio la sensación de haberse convertido en un cuadrilátero a expensas de que la campana sonara y comenzara la lucha. Sin embargo, la mujer no tenía ganas ni de discutir, ni de pelear, lo iba a solucionar rápido y directo.¿

Cómo pudiste? Dijo Carmen realmente enfadada con los ojos entornados,¿ cómo coño pudiste? Mari por momentos encendía más su cuerpo, Carmen estaba allí delante, era el motivo de que su hijo no estuviera en casa, de que no estuviera a su lado. Toda la frustración que tenía, nacida de sus propios actos, los podría descargar en la que podía ser la culpable de todo. La mujer morena, que en este tiempo se comenzó a cuidar y había rejuvenecido varios años,

cogió aire para soltar toda su ira de golpe. La camiseta de pijama que le quedaba algo pequeña marcó los dos duros senos que todavía tenía bajo la tela, con dos leves protuberancias por ambos pezones. Echó la cabeza hacia atrás, quería dar la sensación de que su cuello soltaba un natigazo a la vez que empezaba a hablar. Su pelo moreno que se había dejado crecer, llegaba ondulante como las

olas hasta la mitad de su espalda. Carmen notó el buen cambio que dio su hermana nada más entrar por la puerta, pero ahora con esa ira que parecía portar, no quería que la bella Mari que observaba, se convirtiera en la bestia. Alzó la palma de su mano antes de que Mari dijera nada. Esta última contuvo el aliento y abrió sus ojos azules tanto como pudo, pensando en ese instante encima me va a decir algo, como se atreve.

Ni lo intentes. Mari se puso hecha un basilisco y ya no es que solo fuera a gritar de todo, incluso echaría espuma por la boca. Carmen no cambió el rictus, con su asa en la manga ahora se sentía segura. Lo soltó sin anestesia, sé lo que pasó en Madrid. Aquella frase fue una punzada para Mari sintiera todo su cuerpo desinflarse como el globo de un chiquillo. Toda su ira, la rabia, lo que tenía para soltar contra su hermana cayó por su propio peso, alejándose por las cañerías como

la suciedad en la ducha. ¿Qué?¿ Qué pasó? Trató de disparar la última bala, pero la voz la tembló y ni ella se creyó a sí misma al preguntarla. Carmen mantuvo el silencio, sentándose en una de las sillas como si estuvieran hablando del tiempo. Mary se tapó los ojos con una mano y la subió después a la frente, apartándose los pelos sueltos que caían hacia su rostro. La lengua salió seca de su boca. Se dio la vuelta y rellenó un vaso de agua a la velocidad del rayo.

El líquido pasó por su garganta casi sin tocar la boca. Necesitaba ese trago, aunque igual mejor de algo más fuerte. No hagamos una telenovela absurda de esto. Lo sé, tú lo sabes, sentémonos y hablemos. Tratemos de ser dos mujeres civilizadas. Niño de los cojones, Bocasas.¿ Para qué dice nada? Según le pille lo voy a matar. La hermana morena mascullaba en frente del fregadero con las manos apretando el mármol

de la encimera. de no haber terminado de beber, con aquella ira que ahora se conducía hacia Sergio, habría conseguido romper el vaso. Después de unos segundos tratando de calmar un cuerpo que sólo pensaba en lo mal que actuó su hijo al contarlo, se dio la vuelta. Enfiló hacia la mesa donde su hermana la esperaba sentada y separando la silla más alejada, ella hizo lo mismo. La cara

que portaba Mari, a Carmen le pareció graciosa. Tenía el entrecejo bien marcado y los labios contraídos, apretándose el uno contra el otro dejando una línea blanquecina finísima. Le recordaba a tiempos antiguos, a eras pasadas donde ellas eran jóvenes y Carmen se había quedado con la galleta más grande. La sonrió sin poder evitarlo, su hermana pequeña y tozuda seguía allí delante y pese a tener que hablar de un tema tan serio, a la tía Carmen no se

lo pareció.¿ De qué te ríes? De ti. Mari apretó aún más su gesto y por un momento Carmen pensó que le saldría humo por las orejas, una pena que no llegara a pasar, no me pongas esa cara. Solo me hace gracia pensar en todo lo que me ibas a soltar, sabiendo que tú estás en las mismas. No es lo mismo. Mari quitó la vista de su hermana, yo, pensó en decir, soy su madre, pero, eso.¿ No agravaba

más las cosas? Se cayó. Cuando vio que Carmen iba a decir algo, cegaramente para hacerla ver que tenía razón se le ocurrió soltar, tú fuiste primero. Si te duele, lo siento en el alma, Mari. Se puso seria, borrando la sonrisa del rostro, no sé ni cómo pasó, ni en qué estaba pensando para hacer algo así, pero ocurrió. Estuve atacada cuando Sergio me dijo que te habías enterado, un poco más y me da un infarto. El sujetador. Sí, Carmen la cortó, no sabía lo que iba a decir,

pero prefería hablar ella. Me lo afanó después del encuentro. Lo sentí gracioso cuando me lo contó, pero ahora veo que no fue la mejor idea del mundo. Lo siento, Sergio, pero tengo que mentir para allanar el camino. Mari se volvió a levantar, incapaz de que su mente asimilase esa conversación. Poco a poco se iban adentrando en el tema principal y estaba claro que en algún momento saldría a la luz de forma más concreta que ella tuvo sexo con

su hijo. Juro por nuestros padres que lo que se hable aquí jamás volveré a repetirlo a nadie, ni contigo, ni con Sergio, nada. Carmen lo dijo en tono solemne, como si Mari fuera jueza. Joder, Carmen, no tenías que haber venido. No querías que viniera para no enfrentarte a lo que pasó, ¿verdad? Mari lanzó una mira penetrante, como si su hermana la estuviera juzgando. Estaba equivocada, lo comprendo.

No sé ni cómo he podido conducir hasta aquí, las piernas me temblaban y las manos me sudaban a mares. Todavía no entiendo cómo no me he estrellado, iba más nerviosa que en los partos de mis hijas. Carmen Cerrío, aunque su hermana no lo hizo, estaba cagada de miedo. Venía pensando en qué decir, qué hacer, cómo actuar y no tenía ni idea. Si no le hubiera sacado a Sergio lo vuestro no habría venido.

Speaker 3

No digas eso. ¿Cuál? No le llames,

Speaker 2

lo vuestro. No tengo otra manera mejor para nombrarlo, las demás son inapropiadas. Ambas se miraron y por un momento sintió la tristeza en los ojos de Mari, pero¿ qué palabra no es inapropiada para una situación así?¿ De qué tenemos que hablar, Carmen?

Speaker 3

De qué?¿ De nuestra experiencia?¿ De por qué lo hicimos? Esto es una tontería.

Speaker 2

Cuando me he serenado un poco,¿ sabes lo que deseaba? Gritarte, insultarte y echarte la culpa de todo, de absolutamente todo. Creía que así mi conciencia se limpiaría, me libraría del pesar que tengo encima.¿ Te sientes mal por lo que pasó? El silencio recorrió la casa. Los coches en la calle atravesaban la carretera mientras el sol calentaba lo justo. Dentro de la cocina, unos rastros del astro rey iluminaban la estancia después de escapar de las esponjosas nubes.— Mari. Incidió Carmen

Speaker 3

al no encontrar respuesta.— Claro que me arrepiento.—¿ Es que tú no?— No.

Speaker 2

El rostro de la madre de Sergio se quedó petrificado. Una respuesta tan real, tan sincera y tan fuera de lo correcto, no se la esperaba. Tenía los oídos listos para escuchar que ella también se arrepentía y seguir una conversación plagada de remordimientos, nada más. Pero no iba a ser así. Me arrepiento del daño que te haya podido causar, pero creo que no soy culpable. Sergio y yo tuvimos un día, especial, no sé cómo llamarlo para que no te moleste. No hubo más que eso, si algún día

está lista y receptiva, sabrá lo demás. Hoy no era el día de sincerarse por completo, pero, del momento, del cómo, de los sentimientos, arrepentimiento ninguno.¿ Y de?¿ La traición a Pedro? Lo digo así para que suene aún más dramático, pero, lo mismo, ningún remordimiento. Dios, Carmen. Se levantó de su asiento, dirigiéndose donde sabía que tenía Dan y sus botellas más personales y abrió el armarito. Mari sacó una botella donde nadaba la mitad de un contenido marrón de 40 grados de alcohol.

Cogió un vaso de encima del fregadero y también aprovechó con el que había bebido agua. Dejó caer el líquido que se estrellaba contra el cristal y ambos recipientes los llenó hasta la mitad. Los llevó a la mesa con poco cuidado, derramando alguna que otra gota sobre el mantel impermeable. Su hermana le agradeció el trago. Vamos a necesitar de esto. Echó un vistazo a la botella que seguía en la

encimera y añadió, quizá más. Metieron en sus cuerpos una buena cantidad a la vez y cuando el esófago le quemó, Mary dijo en voz alta, qué asco. Carmen se rió, tosiendo levemente debido a lo fuerte que estaba aquel whisky escocés. Sonrió tontamente con la mirada perdida en el vaso, recapacitando sobre todo lo ocurrido en aquella semana que Sergio estuvo en su casa. En verdad, fue una puta locura. Si tienes dudas, Mari, pregunta lo que quieras. No te quiero

esconder nada. Lo iba a hacer sin ninguna duda. Le sorprendió la rapidez con la que contestó su hermana pequeña. Fue solo una vez. Asintió, premeditado. Improvisado. Las dos bebieron otro buen trago, dejando ambos vasos por la mitad. Me duele hablar de ello.¿ Te duele hablar de lo tuyo o de lo mío? Su hermana entendió la pregunta a la perfección. Lo que no sabía era si debía ser sincera. Sentía lo mismo que si Carmen se hubiera beneficiado a

Dani antes que ella, ni más, ni menos. Resopló fuertemente antes de contestar. La virgen. De lo tuyo, Carmen, lo tuyo sí que me jode. Es alucinante, cómo puede ser?¿ Quieres que te diga la verdad? Te la digo. Sentí que me quitaban lo mío, sé que cuando tus hijas se fueron de casa sentiste que te las arrebataban, un sentimiento de madre que no podemos evitar. Pero en este caso fue de celos, de... Putos celos. Me habías quitado a mi hijo y me puse como

una fiera. Sentí que me había usado, que solo, solo, solo, Mari comenzó a notar una presión en el pecho y los ojos se le humedecieron, que solo quería follarme. La palabra sonó fuerte, no tanto en volumen, pero sí en intensidad. Carmen echó la cabeza para atrás y dio un sorbo a su vaso. No dudó ni por un segundo en levantarse, ni se podía imaginar el flujo de sentimientos que discurría

por la cabeza de su hermana. En su caso era muy diferente, por mucho que fuera su sobrino, había un abismo entre una madre y una tía, Mari debía centrar su mente. Llegó hasta donde ella. Su hermana miraba a la mesa con una tensión increíble por no llorar. No obstante la primera lágrima cayó pesada, la bronca a su hijo, los gritos, la ira, echarle de casa, su lejanía, todo se mezcló en su corazón. Logrando que después de la primera,

las siguientes lágrimas fluyeran. Sus puños se cerraron, los labios contraídos querían dejar de llorar. El daño en su corazón era profundo y las uñas clavadas en la palma de su mano no le hacían olvidarlo. Sentía una desazón en el pecho que le parecía incurable, ya no le importaba que Sergio hubiera tenido una relación con su tía, aquello

era lo de menos. Lo que deseaba era tenerle cerca, tocarle, abrazarle, sentirle, sí, en parte tenía una tensión sexual no resuelta con el joven, pero por otro lado, quería volver a ser madre de sus dos pequeños. De pronto sintió calor, un ligero roce en su espalda con un pelo que le cosquilleaba la mejilla. Los brazos de su hermana la estaban rodeando, una Carmen a la que había llegado a odiar por celos, por únicamente celos. Su hermana había tenido sexo con su hijo,

pero¿ qué había hecho ella? Ambas habían pecado, comieron del fruto prohibido y ella devoró todo el árbol. Carmen tenía mucha menos culpa que ella,¿ cómo culparla? Mari comenzaba a comprenderlo. Las manos de Carmen se unieron en el pecho acelerado de su hermana, subían y bajaban sus senos atorados por una inquietud en su interior que no cesaba. Sin embargo, con el abrazo de su hermana, con aquellos brazos rodeándola y proporcionándole una calidez casi maternal, su ansiedad tampoco aumentó.

No pasa nada, tranquila. La voz de su hermana le recordó a la casa de sus padres. Un susurro venido del pasado en noches que la joven Mari lloraba por cualquier desgracia que con ojos de adulta veían como niñedades. Siempre había estado allí para ayudarla y ahora, cerca de la cincuentena, seguía a su lado. Abrió sus manos, con la marca de sus uñas bien nítida en su palma y agarró las manos de su hermana que seguían colgadas

de su pecho. El beso que Carmen le dio en la mejilla la reconfortó, relajando un poco su corazón y sabiendo que todo tenía arreglo. El pasado es inamovible, pero el futuro está por escribir. Perdóname, Mari. A Carmen una pequeña lágrima le brotó, no era mucho de llorar, pero ver a su hermana pequeña tan compungida pudo con ella. Para la mujer siempre había sido la enana de la familia, la jovencita que llegaba con las rodillas peladas de tanto

jugar y que siempre tenía que merendar a su lado. No, no. Yo lo siento, creo que hice una montaña demasiado grande. Tenías tus motivos. Yo no sé ni cómo hubiera actuado, me hubiera vuelto loca. De ambas bocas brotaba un aliento caliente aderezado de whisky, me armé de valor para hablar contigo, sabía que lo necesitabas, pero no me atrevía. Si te apetece hablarlo o contarme algo, lo que sea, te escucho.

Carmen se separó de su hermana, caminando con lentitud de nuevo a su silla, pero sin dejar de mirar a Mari que por lo menos parecía más tranquila. No creo que pueda. De esa noche, lo recuerdo todo. Fue a oscuras, tal vez eso me movió a dar el último paso, al no ver quién era, las palabras le resultaban tan extrañas.¿ Recuerdas cada detalle? María sintió y se limpió los rastros de agua por su rostro. Hace poco me parece que

vi a Sergio mientras estaba en la tienda. Creía que lo tenía olvidado, o al menos aparcado en un rincón de mi mente, pero me volvió todo, lo reviví como si volviera a ese cuarto. Ha pasado mucho tiempo desde que se fue. No. Posó unos ojos todavía húmedos en los de su hermana, no digas que se fue, le

eché de casa. El silencio volvió a ser completo. Entre ambas no se escuchaba nada, sólo la respiración más acompasada de Mari que volvía a tener el corazón más tranquilo, aunque no descansado.« Deberíais hablarlo, o al menos sentaros en la misma habitación».« Me es tan complicado, creo que ya es una vergüenza absoluta, no sabría explicarlo».« Primero me, bueno, lo hicimos, estuvo dentro de mí, y segundo le largué de casa». Me costaría mirarle a la cara. Nadie tiene

la culpa, Mari. Movió los dedos por el borde del vaso, aún seguía húmedo, como mucho la culpable fui yo por empezar todo esto, nadie más. Sé que te sientes mal por lo que hiciste, fue un arrebato de celos y nada más, te entiendo a la perfección. Era cierto que la idea de que Sergio se acostara con otras mujeres Carmen la tenía muy clara, aún así, sentía en el interior una picazón nacida en el vientre que era imposible de detener. Los celos son así, por mucho que no

quieras que estén, siempre aparecen. Carmen, Mary se limpió la nariz con la manga del pijama,¿ está bien? Sí, su hermana no la miraba, apenas podía hablar sobre que su hijo no estuviera en casa, por lo que me ha dicho, está en la Universidad de Maravilla. No te preocupes, que corro con todos los gastos. Mierda, Mari con las manos tapándose el rostro, se sintió más hundida. No pasa nada.

Entiéndelo como mi modo de compensar todo. Mari se levantó de la silla, cogiendo ambos vasos vacíos y llevándolos al fregadero. Apoyó las manos en la encimera, donde unos minutos atrás sentía tanta furia, ahora sólo notaba desesperación. Sin embargo una luz se vislumbraba a lo lejos, debía arreglarlo con su hijo, no por nada en especial, sólo para volver a ser una madre. No sé qué hacer, cómo hacerlo. Mari, Carmen

se levantó y fue hasta donde la mujer. En la misma encimera posó su mano y entrelazó los dedos con los de su hermana, cuando puedas y estés preparada, háblalo con él. Decidir juntos que todo aquello pasó y ya. Pensar y hablar de que queréis que pase en el futuro. Tener un sitio íntimo, sin miradas, sólo vosotros y hablad. La mano de la mujer morena apretó la otra, sintiéndose

de nuevo tan cerca como en aquellas pequeñas vacaciones. Mari sabía a qué se refería su hermana y estaba convencida de que la conversación se sucedería, sin embargo necesitaba tiempo. Por mi parte, su hermana le cortó la meditación, cuando vuelva a casa, nada volverá a suceder,¿ me entiendes? No hacía falta decir que no volvería a tener relaciones con Sergio, aquello debía acabar, por el bien de la familia y ambas mujeres se abrazaron en un momento especial y totalmente improvisado.

De momento, vamos a dejarlo, sugirió Carmen, ya retomaremos el tema, suficiente carga. Cuéntame qué tal en ese nuevo trabajo tuyo. Ambas mujeres volvieron a la mesa, comenzando Mari a detallar con ilusión cada momento de su trabajo. No había olvidado su anterior conversación, pero prefería dejarla aparcada, su cuerpo había soportado ya demasiadas sensaciones. El tintineo de llaves las alteró, se habían tomado demasiado tiempo conversando o Laura había hecho

todo demasiado deprisa. Levantándose con velocidad, Carmen guardó la botella de alcohol en el armarito de donde la sacó su hermana, tampoco había que dar pistas de que se habían desahogado. Las mujeres recibieron con una sonrisa a la pequeña de la familia que venía con varias bolsas bien aferradas a las manos. Durante más de una hora las tres mujeres estuvieron en la sala mirando las cosas y hablando sobre las nuevas prendas de ropa y libros que se leían

los jóvenes de hoy en día. El tiempo corrió como loco y al final, Carmen tuvo que marchar. La tarde se le hizo más que breve y se desanimó por su sobrina, apenas pasaban tiempo juntas y estaban disfrutando tanto. Pero tenía que ir a ver a su otro sobrino, tenía que ser justa con los dos. Se despidió de su hermana con un largo abrazo que incluso a Laura le pareció excesivo. Ambas derramaron alguna que otra lágrima mientras se prometían estar en contacto, lo estarían, eso estaba claro.

La mujer condujo más ligera, incluso parecía que el coche se deslizase por la carretera sin tocar el asfalto, se había quitado un gran peso de encima y ahora tocaba despedirse de su sobrino. Tardó en aparcar, era cierto lo que le dijo Sergio, el aparcamiento por esa zona se pagaba a precio de oro. No obstante al final consiguió un hueco a cinco minutos de la residencia. Por el camino le hizo gracia ver un coche viejo, de color rojo y desgastado. Pasó a su lado, mirando en el

interior para comprobar sus suposiciones. No se equivocaba, el coche de Sergio estaba allí paciente, esperando a ser conducido por su dueño. Pasó la mano por la carrocería manchándosela sin que le preocupara. Acarició la parte superior de la puerta con dulzura como a un bebé recién nacido, aquel coche le traía buenos recuerdos, muy buenos. Un viaje que jamás olvidaría comenzó allí, dentro de los gastados sillones con su

sobrino al volante. Bajó su cabeza y por mera inercia de su cuerpo, donde la palma de su mano había limpiado levemente la suciedad, posó sus labios dándole un tierno beso. No le importaba que alguien la mirase, solo quería demostrar su amor a la máquina que lo empezó todo. Cuatro minutos después estaba subiendo por un ascensor que le dejaría en el cuarto piso. Estaba nerviosa, hacía un tiempo que no veía a Sergio, casi un mes, para ella demasiado.

Tocó la puerta donde había un gastado número trece. Escuchó unos pasos que venían de dentro, Sergio la iba a abrir, lo sabía de sobra y sin embargo, cuando el picaporte giró, se puso muy nerviosa. Un joven en pijama con el pelo revuelto y pintas de no haberse duchado en todo el día le abrió la puerta. Su barba de una semana, aunque apenas incipiente, le hizo saber a Carmen que el chico estaba tomándose en serio el estudio, pero no estaba allí para hablar de eso. tía, qué ganas tenía de verte.

Carmen se lanzó hacia el cuerpo del joven que a poco pudo cerrar la puerta. Pasó sus brazos amarrando el cuello de Sergio que hizo lo mismo por la baja espalda de la mujer. Apretaron fuerte, como dos viejos amigos volviéndose a encontrar y…¿ no lo eran? El propio impulso hizo que la mujer con el pelo rubio de peluquería se levantase levemente en el aire y que Sergio por la inercia girase sobre sí mismo volteándola en el aire. La bajó cuando dieron una vuelta completa y Carmen separó

su cara de Sergio. Un beso sonoro de la mujer le dejó marcado su pintalabios en la mejilla izquierda a un joven sorprendido por el saludo. pero no tardó en portar la mejor de las sonrisas, esa que últimamente sólo una nueva amiga le conseguía sacar.¿ Qué tal estás, cariño? Carmen se notaba realmente alegre, venía de arreglar las cosas con su hermana y ahora veía a su sobrino favorito. Ya me ves, poco salgo de la habitación, pero contento

de tenerte aquí. Me alegro, mi vida. Cogidos de la mano la mujer comenzó a andar hacia la cama, único sitio donde ambos podían sentarse y allí posaron cómodamente sus nalgas el uno junto al otro. Vengo de ver a tu madre. La felicidad del joven se borró en un instante, esperando con incertidumbre, parece que está mejor. He hablado con ella sobre lo que pasó. Al principio no veas lo enfadada que estaba, y no la culpa, que tu hermana tenga relaciones con tu hijo, no tiene que ser nada agradable,

ni fácil de digerir. Sergio se levantó un momento, cogiendo de un pequeño arcón dos botellas de agua, ofreciéndole una a su tía. Esta la necesitaba y estiró la mano, el trago con su hermana la había dejado bastante seca. Gracias. Dio un ligero sorbo y dejó reposar la botella entre sus piernas, le he dicho lo que ocurrió. Tranquilo, Carmen sonrió al ver la cara de su sobrino, no le he dado detalles, ni ella a mí tampoco. Solo le he dicho que fue una vez, la última, vamos la

que ella sabe y que allí me robaste el sujetador. Oye. Ya, lo sé. Pero te tenías que sacrificar por la familia. Carmen volvió a coger su mano apretándola igual de fuerte que al entrar en el cuarto, menos mal que me contaste lo que pasó, si no presentarme aquí hubiera sido imposible. Pero creo que está todo bien, hemos hablado del tema, no te quiero aburrir con muchos detalles, digamos que entre mujeres nos hemos entendido. ¿Entonces, Mari y yo? Eso ya

queda en vuestras manos. Lo que le he dicho es que lo tenéis que hablar, se siente culpable por echarte de casa y, le dedicó una mirada algo afilada, no la quito nada de razón. Si hubiera estado en su caso te hubiera matado. Pero,¿ por qué? No entiendo por qué se enfadó tanto. Sergio, se ha sentido traicionada. Míralo desde el punto de vista externo, si ahora tuvieras una novia. Tú hoy mismo tienes relaciones con esa novia, pero se entera de que la semana anterior lo has hecho con

su hermana. A ver, si eso lo comprendo, pero no es mi pareja. Sergio, que es tu madre. Es mucho peor. El joven agachó la cabeza comenzando a comprenderlo.¿ Qué te crees, que a mí no me hubiera molestado? Seguramente sí. Por mucho que no seas pareja de alguien te molesta que tengas sexo con otra persona si sientes algo por ella y tu madre siente mucho por ti. No lo digo como si fuerais novios o pareja, sino porque es tu madre, no hay nadie que te pueda amar más que ella.

Entiendo lo que dices. Claro que lo entiendes, cariño. Ella le pasó la mano por el rostro para acariciarlo. La barba, aunque pequeña y desperdigada en trozos, le picó, me ha dicho que deberá hablar contigo, que tenéis que solucionarlo. Una conversación, dejar las cosas claras, hablar de lo sucedido y volver a la vida normal.¿ Y si no vuelve? Carmen torció el rostro sin entender muy bien a qué se refería,

la normalidad. Volverá. Sergio esperó su explicación, esto no es amor como tal, como el que pudiste sentir por Marta en su momento, es deseo, pasión. Ese ferviente apetito nace del amor que os procesáis, es el mismo caso que el mío, pero nosotros no tenemos un vínculo tan fuerte. También lo nuestro acabará, y si no el mismo tiempo lo matará. En unos años ambas nos veremos más viejas, mientras que tú sigues en la flor de la vida. la misma naturaleza te dirá que tienes que buscar otra

hembra más propicia para el apareamiento. Carmen, el joven no pudo esconder la sonrisa, imaginándose algún documental de media tarde con animales fornicando. Pero tengo razón, cielo. Una pena, porque yo me casaba contigo ahora mismo. Obviamente bromeaba, aunque tenerle de amante, eso ya sería otra cosa, sin embargo, todo terminará. Tú te vas a enamorar de alguna jovencita de tu edad y tu madre y yo seguiremos nuestras vidas con

un grato recuerdo. Esa es la verdad, cariño. No te preocupes por el que pasará, tampoco veo a tu madre con ganas de tener la misma sensación otra vez. Después de que, se me hace difícil incluso decirlo, pero, allá va, después de que tu madre y tú follarais, no lo pasó bien. Tenía el cuerpo raro y claro, la cabeza le daba mil vueltas. También tuve una sensación extraña. Contigo fue al revés, no sentí que hacía nada indebido, solo

que nos lo pasábamos bien. Muy bien. Recalcó la mujer con la sonrisa pícara que tanto le caracterizaba, pero no es lo mismo, Sergio. No sé qué haré. Mejor dicho, no sé cómo lo haré. Mari nunca fue muy decidida para dar el paso en cuanto a problemas se refiere. No, tendrás que darlo tú. Al fin y al cabo, te toca. Carmen dio la atención que surgía en el rostro de su sobrino y decidió aligerar un poco, eso te pasa por no guardar el sujetador en un sitio más adecuado.

Los dos sonrieron, sintiéndose de nuevo como en casa de su tía, con el sol picando fuerte y ambos tumbados en las hamacas. Se miraron con determinación, los ojos azules de la mujer brillaban como de costumbre, parecían dos estrellas iluminando la habitación. Sergio, Carmen parecía que fuera a decir algo importante, algo trascendente, o así lo sintió el joven, pégate una ducha anda, que hueles fuerte. El joven se levantó negando con la cabeza, la franqueza de Carmen siempre

le desestabilizaba. Cogió una toalla y se dirigió a la ducha, escuchando como la mujer, todavía sentada en la cama, le volvía a decir. Afeítate, que no sé qué haces con esa barba comprada por fascículos. Vete a tomar por. Levantó el brazo simulando estar enfadado, no coló. Ya sé que me quieres, pero venga, acéate un poco. Carmen se quedó mirando el cuarto del joven mientras de fondo la ducha sonaba con fuerza. Se quitó la chaqueta cuando el vaho comenzó a salir por el resquicio de la puerta que

Sergio había dejado abierta. Con curiosidad miraba sus libros, recordando las pocas veces que había pensado en volver a estudiar algo, no una carrera, pero quizás sí un idioma. Al ver la pila de libros que tenía el joven en la mesa, sonrió sinceramente, pensando en la pereza que le daría volver

a ponerse a leer todo eso. Su móvil marcaba ya más de las siete de la tarde, debería marchar cuanto antes, pese a que las noches cada vez eran más cortas, el sol se escondía pronto y no quería conducir en penumbra. Escuchó la puerta tras de sí, Sergio salía con la toalla anudada a la cintura, menuda imagen. El cabello aún ligeramente mojado y alguna gota cayéndole por un torso delgado, pero fibroso por los caprichos de la juventud. La imagen

la hizo abrir todavía más los ojos. El capullo de su sobrino lo había hecho a propósito, estaba más que claro, era una de esas cosas que a Carmen tanto le gustaban y cuando le miró a la cara, éste sonrió.¿ Qué pasa? No disimulaba su sonrisa. Que eres malo. Para que tengas un buen viaje, añadió Sergio acercándose al armario y buscando la ropa. Sí, seguro que lo tendré, no voy a poder sacarme estas vistas de la cabeza. Se puso la chaqueta y sus pulseras tintinearon al levantar el brazo,

me tengo que ir ya, mi vida. Se me va a hacer tarde. Cuanta menos oscuridad haya mejor.¿ Vas a parar a dormir? Tengo un sitio ya acogido, la sonrisa y el brillo que desprendía Carmen le hizo saber al joven de qué sitio hablaba. No me lo creo. Sí, el mismo en el que estuvimos. Me traía buenos recuerdos. Sergio se adelantó hasta quedarse delante de su tía. En medio de la habitación, ambos se miraron con la luz del día menguando levemente y la lámpara del baño bañando

la habitación. Te quiero. El muchacho susurró a su tía dos palabras llenas de amor y ternura. Ella las recibió de buena gana, aunque tragó saliva por cierta tensión que no podía paliar. Los dos estaban casi a la misma altura, los tacones de Carmen hacían que sus ojos se quedaran por unos milímetros a la altura de los de Sergio. Se miraron por unos segundos en el que no se

escuchaba nada, solo ambos corazones tamborileando como locos. Recordaron todo, el viaje, las risas, las primeras sensaciones de deseo que desbordaban por sus cuerpos. El primer instante, la primera entrada, el primer orgasmo, tanto habían compartido. Ahora en una habitación, solos, lejos de todas las miradas del mundo volvían a sentirse igual que en la casa de Carmen. Los sentimientos carnales a la larga morirían y dejarían lugar únicamente al amor

que se procesaban. Carmen no erraba en su teoría, los años pasarían y aquellas situaciones tan sexuales, tan ardientes, sólo querían como un recuerdo perfecto de dos amantes que, eso mismo, se amaban. Sergio se había dado una ducha bastante caliente, como solía gustarle en esas épocas frías del año. El vapor que emanaba del baño había envuelto parcialmente la pequeña habitación y Carmen se notaba demasiado ardiente. La fogosidad de su cuerpo se comenzó a encender como si le hubieran

arrojado un bidón de gasolina. Su cuerpo reaccionó a una palada de carbón tirada al motor de una vieja locomotora, la imagen de su sobrino al borde de la desnudez no hacía más que acrecentarlo todo. Le dije a tu madre, la voz la sentía temblorosa, sabedora que luchaba contra su naturaleza, que esto, me olvidaría de ello, al volver a casa. Su sobrina sentía dentro de una habitación de lo más sensual y que por momentos a Carmen le parecía un hotel,

dispuesta a pasar el mejor rato de su vida. Cuando vuelvas a casa, su sobrino dio un paso, rozando con su pecho el de Carmen, ambos nos olvidaremos. La voz no era más que un murmullo, algo que no podría escuchar una tercera persona a dos metros de ellos. El joven estiró las manos, cogiéndolas de su tía y llevando por primera vez la iniciativa, las acercó al nudo de su toalla. Los ojos de Carmen seguían fijos en los de su sobrino, que ahora con la barba afeitaba lucía

mucho más guapo. Sintió la humedad de la toalla y la tensión que ésta tenía en torno a la cintura. Sergio la soltó, dejando ambas manos encima del nudo y haciendo que Carmen siguiera sola. Decidiera lo que decidiera, él estaría contento. No le importaba tener un último momento íntimo o finalizar con un beso en la mejilla, amaba a su tía y la amaría por siempre, daba igual la manera.

No obstante los dedos de Carmen se movieron lentos, pero seguros, quitando la pequeña atadura sin mucho esfuerzo y dejando caer una toalla que parecía pesar una tonelada. Entre sus piernas se formó una medialuna amorfa de color rojo. La toalla estaba en el suelo, bordeando al muchacho, aunque Carmen no la miró, porque sintió como lo que estaba aprisionado allí, la golpeaba contra sus vaqueros. Quiero que terminemos esto como

nos merecemos. Sergio no sabía qué decir, los labios del joven estaban a un palmo de los suyos y soltaban un calor que la derretía. El muchacho no se detuvo, no lo haría hasta que la preciosa mujer se lo dijera. Pasó ambas manos por su vientre, subiendo cada una por un lado de las costillas con el objetivo de llegar a los hombros. Carmen entendió cuál era el objetivo, separó

sus brazos. Pasando muy cerca de los laterales de sus senos, unas manos lentas subieron hasta comenzar a quitarle la chaqueta. No hizo falta mucho esfuerzo, con dos dedos de cada mano la prenda comenzó a resbalar por los brazos de la mujer hasta caer al suelo. Sergio contempló a su tía con ojos que la mujer conocía. Mostraba deseo y admiración una mezcla perfecta para los sentimientos internos que ardían

dentro de Carmen. La rodilla del muchacho se flexionó, haciendo que los ojos de Carmen bajaran instintivamente y se posaran en el miembro erecto que descendía hacia el suelo. Las manos rodearon el gemelo derecho de la mujer, levantándolo con cautela, como si se fuera a romper, para acto seguido quitarle el zapato de color rosa que recientemente adquirió. Repitió el mismo proceso con la otra pierna, dejando descalza a Carmen

que sintió la mullida alfombra bajo sus pies. Arrodillado como un esclavo frente a su ama, levantó sus manos con lentitud, sin dejar de mirar los ojos que siempre le hipnotizaban. El botón del vaquero saltó sin esfuerzo, como si tuviera vida propia y quisiera separarse de la piel de su dueña. Sólo una braga negra quedaba en esa zona, nada más.

Sergio se comenzó a alzar, cometiendo una herejía por no seguir arrodillado frente a su diosa, pero Carmen no lo tomó en cuenta, sobre todo porque su terrible pene la volvía a golpear la cintura. Ahora estaba más bajita, pero no importaba, podía mirarle a los ojos mientras el tiempo se detenía y la desnudaba con su total aprobación. Las manos calientes volvieron a tocar los lados de su vientre, pero esta vez por debajo de la blusa, comenzando de

nuevo un movimiento ascendente. El contacto con su piel provocó en la mujer una alteración, la respiración comenzó a ser más profunda, más necesaria, más marcada. Sus pechos subían y bajaban ansiosos por la espera, por el tacto, por el calor, por Sergio. La blusa fue arrebatada a su dueña, quedando únicamente con una ropa interior negra a juego, que no era de las más bonitas que tenía. Tampoco se había preparado para una situación como esa, eran prendas que podía

calificar de viaje para sentirse cómoda. Por un momento quedaron quietos, quizá esperando que Sergio tuviera el último beneplácito de una mujer que adoraba como a una reina en el Antiguo Egipto. Ella pareció comprender que le tocaba dar algo más, el último escollo para perder la cordura. Carmen se viró, dándole la espalda, pero sin separarse ni un ápice. Cuando lo hizo, lo primero que sintió fue un pene tan duro como el hormigón recorriéndole la nalga derecha y dejando un rastro

de fluidos calientes. Se llevó una mano a su nuca, para apartarse un pelo que no le llegaba ni por asomo a la unión del sujetador. Solo fue un acto involuntario, reflejo de un nerviosismo que la atoraba más que la primera vez. Sergio lo hizo rápido, no por experiencia, sino por suerte, la Providencia Universal no quería que demorasen ni un segundo más de lo debido. Abrió el sujetador después de un sigiloso clic que sonó mil veces amplificado en

tal sepulcral silencio. Recorrió los dedos por la espalda de Carmen, quitándola el sujetador y llegando hasta sus bíceps para que los tirantes cayeran. La mujer se dio la vuelta, con sus manos en el pecho sujetando la prenda negra y sin descubrir nada. La cara reflejaba timidez, como si fuera la primera vez de su vida, incluso en aquella ocasión,

con un conocido del pueblo, no estuvo tan tensionada. Se armó de valor y mientras su joven sobrino al que tantos años sacaba la miraba con gesto serio, pero penetrante, dejó caer el sujetador al suelo. Los pechos quedaron delante del muchacho, no los miró, sino que sorprendió a Carmen fijando la vista en sus preciosos ojos. La mujer pensaba que todo comenzaría, que la boca del joven empezaría a devorar sus pezones y en las cuatro paredes ardería todo

su amor. Sin embargo no era así, Sergio de nuevo se agachaba, sin perder de vista las preciosas cuencas azules de su tía que le seguían intrigadas. De nuevo de rodillas frente a su reina, el chico acercó su cara a la lencería que le quedaba. Besó con ternura justo la parte más alta de la braga, para después dar dos besos más a medida que descendía. Introdujo los dedos y al separar la cabeza, bajó el último trozo de prenda que cubría el portentoso cuerpo de su tía favorita.

Esta alzó un pie, después el otro y Sergio se volvió a alzar delante de ella, ambos en completa desnudez. Carmen dio un paso, notando como el pene erecto se le introducía entre las piernas y atravesaba unos labios que no escondían su humedad. Sus manos se posaron en los brazos de Sergio, que lentamente fue descendiendo su rostro hasta que ambas narices contactaron con sus puntas. Tenían el vello erizado, el calor manaba de sus cuerpos y Carmen apretó los

brazos del chico sin poder contenerse. El aire que salía de sus bocas golpeaba la piel del otro, estremeciéndose de placer y haciendo que el coito hubiera comenzado sin necesitar una penetración. El que se adelantó fue el joven, descendiendo los últimos milímetros con suma calma, hasta topar con los labios de su tía que estaban preparados. Solo los unieron, no hizo falta abrirlos y darse un saludo más efusivo, era suficiente. Con los ojos cerrados disfrutaron del sabor del otro,

de su esencia, de su alma. Un momento que sabrían que sería eterno, aquella habitación se detenía para siempre en sus recuerdos. Por mucho que se vieran a posteriori, allí morirían Sergio y Carmen, dos amantes que habían llegado a sentir cosas inimaginables. Los labios se comenzaron a separar, terminaron por despegar alguna zona que se rehusaba a soltarse. Sergio actuó con decisión, con mucha ternura cogió la mano de

su tía y se dio la vuelta. Con paso lento, como si pisara un suelo repleto de huevos llegaron a la cama, estrecha y pequeña, pero que más necesitaban. En un movimiento rápido el edredón se movió, dejando solo las sabanas visibles. Sergio con el gesto de su mano la dejó pasar, como un caballero ayudando a entrar en el coche a una dama. Carmen posó primero su pierna desnuda, luego su trasero y sin soltar la mano de su

sobrino se tumbó con la cabeza en la almohada. El joven la siguió, colocándose encima de ésta y tapando sus cuerpos pese al calor de la habitación. El vapor del baño se estaba desvaneciendo, cegaramente se enfriaría el cuarto en unos minutos, pero ellos se mantendrían calientes. Sobre todo porque mientras se seguían mirando, sus sexos también lo hacían, como dos viejos conocidos se acercaron y casi con vida propia, por fin se volvieron a unir. Ah, ahogaron un susurro

menguante al unísono y unieron sus frentes. El coito era lento, pero cada entrada hacía que el cuerpo de ambos se descontrolara. Sus sentidos estaban perdidos en un mar de placer. Con sus ojos, que no dejaban de mirarse mutuamente, se hablaban. Se dedicaban su amor, su pasión, su ternura. Las penetraciones sonaron a cosas y junto a los leves jadeos eran los únicos sonidos que se podrían escuchar en la habitación.

El coito no duró mucho, unos pocos minutos de entradas que culminaron cuando Carmen abrió la boca y Sergio hizo lo mismo. Era el momento, el final. El pene del joven se puso mucho más duro, la vagina de la mujer se contrajó aferrando lo que dentro la metían. Los ojos volvieron a conectar de manera extrasensorial y se avisaron el uno al otro. Se iban a correr. Con una mente unida, un pensamiento único, ambos gritaron en sus cerebros. Juntos.

La vagina se relajó al sentir la última penetración que Sergio la dio en la residencia de estudiantes, al tiempo que descargaba en su interior una porción considerable de líquido blanco. Los dos se abrazaron mientras sus cuerpos se volvían locos por los espasmos. Las uñas de Carmen no dudaron en introducirse levemente en la piel del joven debido a la tensión, mientras que éste apretaba sus nalgas tratando de meter los milímetros finales. Respiraron forzosamente y después de un minuto abrieron

los ojos mirándose de nuevo. Esta vez fue Carmen la que alzó la cabeza y después de acariciar la mejilla de su sobrino le propinó otro dulce beso en los labios.« Siempre te amaré», le dijo con una sonrisa sintiendo como los ojos comenzaban a humedecerse. Con todo el poder de su alma, Sergio la contestó.

Speaker 3

Nunca abandonarás mi corazón». Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.

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