CEDIENDO A LA CALENTURA - PARTE 26 (Relato Erótico) - podcast episode cover

CEDIENDO A LA CALENTURA - PARTE 26 (Relato Erótico)

Nov 11, 202546 min
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Speaker 2

Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Cediendo a la calentura, parte 26 Mary soltó la mano de su hijo, era suficientemente mayor para apañársela solo. El joven movió los dedos con calma, primero masajeando la zona exterior, comprobando que el apurado del afeitado era exquisito. Sus dedos ya pringados por la sustancia que su madre no paraba

de expulsar hicieron el primer contacto con el clítoris. La protuberancia dura, caliente y mojada le esperaba con ansia y cuando el joven la apretó, Mary siseó con los dientes debido al placer. Sergio no se detuvo, no lo haría ni aunque un genio le prometiera tres deseos, ya que ahora mismo estaba cumpliendo uno. Volvió a apretar, esta vez con más fuerza, sumándole una leve rotación a modo de masaje que Mari sintió en el centro de su alma.

Apretó las piernas, atrapando la traviesa mano y suspirando sigilosamente. La cosa que allí ya no había nada sigiloso, en el casi perfecto silencio que les envolvía, cualquier ruido era un grito, en este caso, de placer. Abrió las piernas de nuevo, al tiempo que Sergio golpeaba otra vez el trasero de su madre con un miembro que suspiraba por salir. En el calzoncillo se le había formado una graciosa mancha de humedad que de haberla visto, Mari se habría derretido,

tenía demasiado guardado. Quiso poner en práctica todo lo aprendido en su vida, como si todas sus experiencias sexuales confluyeran en ese preciso instante. Volvió a masajear el preciado clítoris y sintió en su propio pecho como el cuerpo de Mari temblaba como loco. Pensó en miles de cosas, sobre todo en querer sacar su escopeta y empezar con el plato fuerte, sin embargo, lo mejor sería ir paso a paso.

Dejó el monte de Venus que también le había sentado tocar, para bajar con unos dedos mojados hasta la cavidad con la que una vez soñó. Lo iba a hacer, nada le iba a parar. Buscó la entrada con el dedo corazón, la encontró enseguida y por fin, aunque no de la forma que anhelaba, penetró a su madre. MMM Salió de los labios de Mari llegando a los oídos de Sergio, ansioso por escuchar mucho más del placer que la mujer sentía. El dedo que se encontraba en el interior se movió

como una anguila, electrocutando cada pared de la madre. Movía sus piernas con cierta inquietud, el placer era tal que ni siquiera se podía estar quieta, todo le molestaba, no sabía ni cómo ponerse para notar todo el gozo. Mejor mantenerse quieta y que su hijo siguiera, lo estaba haciendo tan bien. Eso sí, con manos ansiosas bajó hasta donde su ropa interior descansaba, la deslizó hasta sus muslos pudiendo abrir bien las piernas y dejando que su hijo introdujera

su dedo corazón de forma más profunda. La falange se comenzó a mover por todas las paredes, nadando en una piscina de líquidos de lo más placenteros. Mari no quería materializar lo que pensaba, incluso mantenía los ojos cerrados sintiendo un placer sin igual. Lo que había deseado por fin se estaba cumpliendo, iba a tener relaciones sexuales con Sergio, no se dignaba a poner en su mente la palabra hijo.

Sergio sintió la tensión de los músculos de su madre, tanto en el interior del sexo, como en el resto de su cuerpo, la mujer se contraía. Mari apretaba los dientes al tiempo que el joven aceleraba la marcha e introducía otro dedo en su interior. El movimiento comenzó a ser veloz, como a ella le gustaba, incluso un sonido de chapoteo recorrió la habitación. Separó las piernas todo lo que le permitió su nueva braga y puso su cara contra la almohada, no quería gritar, la daba vergüenza, increíble.

Los dedos comenzaron a elevar tanto el ritmo que Mari no lo podía soportar. Sintió el cielo y el infierno, el calor del sexo y el frío del pecado. Le recorrieron un aluvión de sensaciones y abrió tanto los ojos como la boca de par en par, tensando su cuello contra la cama. Salió todo lo que tenía que salir. Contra los dedos de su hijo cayeron años de sexo frustrante y días en los que Mari no se sentía

ni siquiera apetecible. Toda la resignación se fue con aquel orgasmo silencioso, tanto que sólo las convulsiones del cuerpo de su madre avisaron a Sergio de que había llegado. El chico sacó su mano para que su madre se relajara, escuchaba la respiración agitada e incluso el corazón acelerado de la mujer, lo podía sentir retumbando en su espalda. Se quedó quieto, solo con el calor de su mano llena de un viscoso líquido que hubiera pagado por poder ver

con claridad mientras su madre se recuperaba del hermoso orgasmo. Joder, pero,¿ qué coño ha sido esto?, pensó la mujer al tiempo que no podía controlar el temblor de sus piernas. Su trasero le vibraba como loco mientras el pene de su hijo seguía atravesándola a ambas nalgas. No era tiempo para detenerse, era el momento de actuar, de coger al toro por los cuernos y disfrutar, el fuego de su interior no

se había apagado, sino que rugía con más fuerza. Movió más sus piernas, quitándose de encima la braga que atrapó con su mano mientras Sergio seguía quieto a su lado. La mujer no le dio tiempo de reaccionar. Sus maltrechas piernas le dieron un respiro y sabiendo que estaba en la posición idónea, no perdió la oportunidad de subirse encima. Una de sus manos se apoyó en la cama, sus piernas se pusieron una a cada lado del joven, justo dejando su sexo repleto de fluidos encima del miembro erecto.

La mano ansiosa por encontrar lo que buscaba bajó hasta el calzoncillo de su hijo. Introdujo sus dedos sin tanta parsimonia como había hecho anteriormente Sergio. El joven ayudó bajando levemente la tela hasta sus muslos, como su madre, escasos segundos atrás y, la bestia salió. Mari la tenía tan cerca, que al salir aquel obelisco la golpeó en sus hinchados labios, dejándola un rastro de líquido preseminal que se unía a

los fluidos salidos del orgasmo. La mano rauda lo atrapó después de la colisión, agarrándolo con fuerza y haciendo que el joven se estremeciera de placer. El sonido silbante que salió de los labios del hijo, a Mari, le encantó. Dispuso aquel tremendo pene en su entrada, el sexo hambriento de la madre por fin iba a devorar lo que tanto había buscado. Aunque por una milésima, una duda a ambos amantes les pasó por la cabeza como un rayo destructor.

Sergio en toda la vorágine ardiente en la que estaba envuelto, justo cuando su madre rodeó el grosor de su miembro con la mano, sintió un leve contacto frío que no dudo de que se trataba. Estaba claro que aquel trozo de plata que seguía con una temperatura templada era la alianza de boda que su madre siempre llevaba encima. A Mari quizá por el mismo contacto de su anillo con un pene que no era el de Dani, éste le

apareció como un fugaz recuerdo. Le iba a ser infiel por primera vez en su vida y no con un cualquiera, sino con su hijo. Por aquella milésima de segundo en el que les pareció un siglo entero, todas las dudas y el remordimiento aparecieron. Incluso Sergio meritó la deslealtad a su padre, el máximo exponente de traición que iba a cometer. Sin embargo, la moneda ya estaba en el aire y el destino, o el mismo demonio estaba con las riendas

de sus vidas. El pene de Sergio rozó de nuevo uno de los labios de Mari, haciendo que aquella millonésima parte de segundo acabase y ambos volvieran a la casi perpetua oscuridad de la habitación. La mujer no se detuvo, sino que pasó aquel tremendo miembro por su sexo, masajeándoselo para golpearlo en dos ocasiones contra su duro clítoris. Un sonido rudo y acuoso recorrió las paredes de forma sabrosa.

Estaba poseída por un espíritu lujurioso que la instaba a seguir más y más, a sacar todos sus deseos aquella noche. Al final lo que tenía suceder sucedió, la punta del pene de Sergio se introdujo dentro de su madre. De golpe, la mitad del miembro entró en Mari, que trató de aspirar todo el aire que pudo para soportar tanta presión dentro de ella. Un leve suspiro se acompasó con un generoso gemido de Sergio, que ya notaba como su glande

era aprisionado por paredes calientes y mojadas. La mujer pausadamente descendió su trasero, comenzando a engullir todo lo que su hijo tenía en la entrepierna. En menos de un minuto, sus nalgas hicieron contacto con las piernas del joven y ella se abrió totalmente para dar entrada a los últimos milímetros. Me cago en todo. Si esto me puede partir en dos, pensó únicamente en su cabeza, con cierto miedo a reproducirlo

por su boca. Esta sensación es lo mejor, mamá está ardiendo Sergio con los ojos abiertos trataba de ver la sombra que comenzaba a cabalgarle con suma delicadeza, aunque era imposible. Solo se podían observar las pequeñas siluetas que formaban en la oscuridad y los pechos que tras la tela se mecían a placer. Mari sumida en un placer insano, con las manos apoyadas en el mullido colchón, empezó a mover

su cadera de forma parsimoniosa. Quería que su interior se acomodase a semejante monstruo, algo que por supuesto jamás había tenido dentro. Encima de su hijo, la cabalgadura se comenzó a intensificar, ya que en su mente sólo salían comentarios que necesitaba dar voz, pero que no podía. No me puedo creer, esto es tener una buena polla dentro, su calentura iba maximizándose mientras una Mari más joven iba saliendo de su interior, una que dejó a un lado muchos

años atrás. Sus piernas se iban abriendo más y más, queriendo captar en su interior los últimos milímetros posibles, hasta el punto de que su propio ano contactó con los genitales de Sergio. Jesús, bendito. Estoy en la gloria. Sí. El joven, en cambio, apenas podía pensar en nada, se mantenía rígido y con las manos en las caderas de

su madre. No quería tocar nada que pudiera romper aquel mágico momento y además apenas podía soportar todo el placer que se concentraba en su entrepierna de hacer algo, se correría. Piensa en algo. En los exámenes, en el fútbol, en baloncesto. Lo que sea. Su madre incrementó el ritmo al que se mecían sus caderas. Llevada por una rápida respiración que se acompasaba a cada movimiento, Mari se movía encima de

Sergio como una verdadera amazona. En cambio, el muchacho con los ojos cerrados recitaba alineaciones de fútbol para no acabar cuanto antes. El coloso que tenía entre las piernas le estaba guiando al cielo, apenas llevaba par de minutos encima del joven que no podía aguantar más. Se había propuesto reservar todas las fuerzas para volver a tener un orgasmo tan intenso como el de minutos atrás, pero le era imposible,

la corrida volvía a aparecer. Todavía con los ojos cerrados el muchacho apretó con fuerza la cadera de su madre, sabedor de que aquel ritmo frenético que había impuesto sería una señal que anunciaba el final. Con todos los dedos en la cintura de Mari, la hació de adelante hacia atrás, acompañando el rápido ritmo de esta y así, a ser

más profunda y placentera la penetración. Los dedos en su cintura los notaba como garras, como, a ella le gustaba no me deja escapar, se decía mientras no paraba de moverse. Levantó algo su cadera y se recostó levemente sobre Sergio, pero sin tocarle. Iba a terminar, estaba más que claro. Alzó todavía más su cadera y cambió los movimientos, sacando el pene de su hijo hasta la punta y después

bajando sus nalgas con fuerza para insertársela entera. Solamente pudo hacer varias pasadas, el placer era tal que en el momento que sintió una punzada en la columna se tuvo que erguir completamente sobre el muchacho. Se quedó en un ángulo de 90 grados, parando el ritmo y haciendo una fuerza desmedida con su cadera a la vez que sus terminaciones nerviosas se volvían locas. El pene que tenía en su interior con aquella posición llegaba hasta el infinito y ella, ella,

iba a reventar. No le hacía falta al muchacho abrir los ojos, con sus oídos pudo escuchar el chapoteo que anegaba a ambos sexos y como a su madre por fin se le escapaba algo de la boca. Sí. Su tono de voz sonó falto de fuerza, solamente un suspiro agónico sin poder expresar todo lo que le gustaría. La mujer se apoyó en la cama, haciendo una fuerza extrema para no caerse encima de su hijo mientras sus nalgas se abrían del todo y dejaban caer lo que sobraba

dentro de su sexo. La vibración comenzó a ser tremenda, el cuerpo de Mari se estaba estremeciendo de una forma que nunca había vivido. No podía detener el ligero movimiento de sus piernas, quizás sacando la herramienta de Sergio, pero eso no era una opción. aunque al final tuvo que hacerlo. Se resignó a abandonar por unos segundos el placer indescriptible que sentía con aquello en su interior. Pasó una de sus piernas por encima de su hijo, quedándose arrodillada en

la cama y pausando su cuerpo durante unos segundos. Sergio se quedó de nuevo quieto, esperando qué hacer mientras sentía como por el tronco de su sexo corrían innumerables muestras de los líquidos de su madre. Acercó una mano hasta aquella zona, donde con un dedo recogió instintivamente una muestra de aquel maravilloso brebaje. Lo había tenido en la mano pocos segundos atrás, pero ahora algo le llamó, acercó su mano y, el dedo que rebosaba con aquella sustancia se

lo introdujo dentro de su boca. Saboreó el dulce sabor de su madre, que todavía se hallaba con el corazón desbocado a su lado. Aún así, no había tiempo para degustar más aquel dulce néctar. Sintió una mano que le agarraba del brazo con cierta fuerza y poca delicadeza, haciendo que se sentase en la cama. Mary se movió con torpeza, las piernas aún le fallaban y menos mal que no tenía que ponerse de pie, si no sabía que daría

con su cara en el suelo. Se acercó lo máximo que pudo a la pared con el mural que hacía de cabecero. Quitó de un golpe la almohada y aún agarrando del brazo a su hijo, le hizo saber que lo quería a su espalda, justo detrás de ella. Sabedor de la postura que quería la mujer, Sergio no pudo contenerse las ganas. Con efusividad se colocó a su espalda, agarrando con fuerza su pene rebosante de fluidos y dirigiéndolo

a la entrada. La pega era que la gran oscuridad no le dejaba apenas ver y la posición no era la más cómoda para una introducción rápida. Con cierta ansia y atorado porque a su madre no se le ocurriera de pronto que todo era una mala idea, sujetó ambas piernas de la mujer abriéndolas con rapidez. Eso es, Sergio, pensó al notar la rudeza con la que separó ambas

piernas así es como lo quiero. Apoyó la cabeza en el mural, sacando una leve sonrisa del rostro sabiendo que su hijo no la vería y alzó su trasero todo lo que pudo. La ayuda que le prestó al muchacho fue maravillosa, porque en el siguiente movimiento, entró de golpe. A. Gimió descontrolada la madre al sentir que el poderoso miembro

la horadaba con pasión. Su voz se derretía sintiéndola mejor que antes, mucho más dentro si aquello era posible, notaba que sus entrañas eran golpeadas cada vez que entraba, maravilloso. Las primeras sacudidas de cadera simplemente fueron para acomodar su miembro al interior, después, Sergio empezó los verdaderos movimientos que tanto le gustaban. Primero un ritmo lento y mantenido, algo que a su madre le era insuficiente. De segundo plato, uno más duro, digno de su tía Carmen, esto, gustó

más a Mari. Los sonidos de cada golpe resonaban en las paredes de la habitación. Las manos aprisionaban con dureza la piel de la cintura de la mujer, que ya sólo mantenía el camisón tapando sus pechos, nada más. Sergio se estaba volviendo más fiero por momentos, tenía en sus manos, y en su miembro, un sueño hecho realidad, se estaba, estaba, follando a su madre. Los ojos bien fijos en la espalda que vislumbraba de la mujer, le hacían centrarse únicamente

en la penetración. Una tras otra las acometidas iban y venían, y los dos adquirieron el hábito de gemir con cada entrada. Mari se había acostumbrado al poder de la polla de su hijo, y ahora, bajaba su trasero cada vez que ésta se iba a introducir para hacer mayor la penetración. Estaban idos, completamente poseídos, y lo mejor de todo era

que el orgasmo de ambos estaba bien cercano. Para Sergio, que el interior de su madre se hubiera dilatado era una ventaja, ahora podía aguantar un poco más y aquello propiciaba que la mujer estuviera a punto del tercero. Con cierta vergüenza perdida, debido a que al menos él ya estaría satisfecho en unos momentos, apretó más el ritmo. Las entradas eran endiabladas y Mari no podía contestar con los

golpes de su trasero. Acabó cediendo a lo inevitable y su rostro quedó pegado al mural de la pared mientras detrás, a su espalda, su hijo le daba una paliza implacable con su miembro sexual. Abrió la boca para jadear, porque gritar era demasiado, aunque lo hubiera hecho tan alto que todo el hotel se hubiera despertado. Sergio en cambio había cambiado sus pequeños jadeos por verdaderos gemidos de esfuerzo, el sudor empezó a hacer acto de presencia y debía acabar.

Llevó una mano al hombro de su madre, queriendo tomar la situación por completo y hacer las últimas entradas de forma pletórica. A su madre los ojos se le habían quedado en blanco, el placer la había envuelto y su último orgasmo empezaba a salir como loco, del mismo modo que estaba ella. Solamente pudo hacer una cosa, llevar su

mano hasta donde Sergio dejó la suya. En el hombro de Mari, mientras los sonidos de la penetración se acrecentaban y en su mente iban formando onomatopeyas de cómic plas, plas, plas, entrelazó los dedos con su hijo. Ambos apretaron fuerte, mientras a Mari ese sonido le evocaba el recuerdo de su madre persiguiéndola con la zapatilla y golpeándolas, qué oportuno. Sin embargo, rápido se le pasó, porque sintió algo, algo que vino precedido de un pequeño alarido de su hijo que la

dejó perpleja. Era algo caliente, ardiente, que se desparramaba por su interior. Sergio se había corrido. Sí. Gritó Mari estremeciéndose al sentir cómo su vagina se anegaba de un líquido tan caliente como maravilloso que la hacía completar su perfecto orgasmo. El pene se le introdujo por completo a la par que lo soltaba todo en un potente géiser, dejándola con una sensación de plenitud indescriptible y notando como aquella polla

le tocaba las entrañas. Sintió el pecho de su hijo sobre su espalda con aquella respiración desbocaba en su nuca mientras ésta se sonreía sin parar. Se había vuelto totalmente loca de placer, el mejor de mi vida, el mejor de mi vida, se juraba una y otra vez. Abrió los ojos, aún con su imaginación volando por un nirvana infinito y por alguna razón le vino una única cosa a la mente. Separó su cabeza del mural, donde unas cuantas gotas de su propia saliva viajaban raudas después de

caer involuntariamente de su boca. Sin razón aparente, sacó la lengua y lamió con lentitud y ganas, similar a tomar un helado en medio del desierto. Como me hubiera gustado, comerme esa polla. Aquel último y lascivo pensamiento le hizo temblar por última vez, sobre todo cuando el pene de Sergio salió y su garganta se destensó para dejar salir un leve, pero gustoso. A. Sergio se tumbó realmente muerto, sin siquiera buscar su calzoncillo que había perdido al ponerse

detrás de su madre. Mari en cambio tardó algo más, se dejó caer con calma boca abajo, notando como alguna que otra gota de semen había escapado y ahora viajaba por su muslo. Quitó de su muñeca su braga nueva y como pudo, con un gran esfuerzo, se la puso para tratar de parar la hemorragia que manaba de su sexo mañana al astiro pensó con los ojos cerrados. Al unísono, como dos almas conectadas, se durmieron en el mismo momento. Sólo la oscuridad y aquellas paredes habían sido testigos de

aquel sexo tan corto, pero tan pasional. Ni siquiera ellos mismos habían visto lo sucedido, sólo lo sintieron, y de una manera inimaginable. Ahora tocaba esperar a que el sol saliera por el horizonte y asumir lo que había pasado. Mari separó sus párpados con suma pesadez, sentía que había dormido miles de horas, pero cuando miró el móvil se dio cuenta de que solo eran las diez de la mañana. Puso un pie en el suelo y se quedó con la mirada perdida en la blanca pared, como siempre hacia

al despertar, no pensaba en nada. Se levantó con ganas, queriendo empezar un nuevo día con alegría, sin embargo, sintió algo, las piernas le dolían. En la cadera y en la parte baja de la espalda, más o menos por la zona del lumbago, sentía unos pinchazos increíbles. Abrió los ojos de pronto, dándose cuenta de todo lo que había pasado

aquella noche. Todavía no era consciente de lo que había sucedido, parecía haber sido un sueño, pero ahora, con cierta luz entrando en la habitación se dio cuenta de que era real. Volteó la cabeza con calma, temerosa de darse cuenta de que todo aquello no lo soñó y que era muy cierto el placer que sintió en su sexo. Ver a su hijo todavía dormido a su lado y destapado, mostrando

su desnudez, la propinó la última bofetada de realidad. Corrió al baño, con sus maltrechas piernas que parecían que habían olvidado cómo caminar, era más un bebé grande que una mujer de mediana edad. Cerró la puerta y colocó el pestillo, sintiéndose segura en una zona que no estaba su hijo. Fue al espejo, apoyando sus manos en el lavabo y dejando el grifo del agua abierto para comenzar a mojarse la cara con ganas. El millar de gotas que golpeaban su rostro le iban aclarando la mente más y más.

Al levantarse de cama lo recordó, era normal, todo lo que sucedió en la oscuridad parecía irreal, pero frente al espejo las imágenes volvían. Ella con la mano de su hijo entre sus piernas, cabalgando encima de él con el miembro llegándole a zonas desconocidas. No podía sostener en su cuerpo la presión que se le estaba acumulando. Su pecho zumbaba nervioso y su corazón latía a un ritmo descoordinado

por el estrés que se estaba generando. Recordó las últimas imágenes, aquellas fuertes manos agarrando su cadera y después, el hombro para que el agarre fuera más duro y poder incrustar aquella gran herramienta en su interior.¿ Qué he hecho? Preguntaba a su reflejo en el espejo que no le daba ninguna respuesta, sólo su mente le contestaba trayéndola otras imágenes muy concretas. Ella queriendo más, mucho más, abriendo todo su sexo para que su hijo entrara a placer y notando cómo.

Su semen la llenaba como ningún otro. Quería comerme su, su. No pudo acabar la frase, el shock producido por el golpe de la realidad era demasiado, estaba hiperventilando por quitarse el velo de lo que tanto había querido. No era otra cosa que lo que esa noche pasó, Mari quería tener relaciones sexuales con su hijo. Miles de pensamientos aberrantes pasaron por su mente, ya no sólo era la traición a Dani, su hombre todos estos años, sino más grave

era la relación con su hijo. Tantas preguntas sobre el futuro cercano se aglutinaron en su mente, tuvo que cerrar sus ojos para que estas no la desbordases. Los gritos en su cabeza parecían detenerse por un momento, aún así, el cuerpo estaba completamente descontrolado, la mujer se tuvo que dar la vuelta, mientras corría al retrete. Las paredes la oprimían, aprisionándola cada vez más en aquel baño lejos de todos. Estaba sola, con la cabeza devastada después de hacer algo inimaginable.

El frío del retrete en sus manos no la calmó, ni tan siquiera pausó un poco su respiración. Inclinó la cabeza mientras las paredes de baldosa blanca se la comían, las podía notar casi sobre su espalda y miró fijamente al agua que posaba tranquila en el retrete. Vomitó. Sergio se despertó más tarde, algo desconcertado y desorientado. Miró hacia el lado donde debería estar su madre, no estaba y tampoco se la escuchaba en el baño, quizá hubiera bajado

sola a desayunar. Volvió a recordar todo lo acontecido a la noche, sobre todo por culpa de ver los trozos blancos de fluido secos que reposaban tanto en su miembro como en su cadera. Sin duda fue una gran noche, el placer había sido tan grande que de la misma quedó rendido para el resto de la noche. Habían acumulado demasiada tensión y la liberación fue gloriosa, sin embargo, algo le taladraba el cerebro. Recorrió desnudo la habitación, cogiendo alguna

que otra prenda y caminó a la ducha. Comprobó cómo se imaginó que Mari ya no estaba, habrá bajado a desayunar. Aunque su mente le decía otra cosa, una picazón le surgía en el interior de su cerebro, sabía que algo no iba bien. Bajo los chorros calientes de la ducha, de su cuerpo no manaba la misma sensación de plenitud que con su tía. Aunque el sexo había sido igualmente satisfactorio algo fallaba, una cosa tan obvia y que habían sobrepasado de una forma tan despreocupada, eran madre e hijo.

La conciencia hizo acto de presencia y la sensación de preocupación por su madre se hizo patente. Mientras se limpia los restos que Mari había dejado en el después de llegar a un placer inimaginable, Sergio meditaba¿ estará bien? Mari no lo estaba. Es más, estaba fatal. Su cuerpo le temblaba a cada poco pensando en lo que hizo. Por una noche de pasión, ahora tenía que pagar la factura de millones de cuestiones que debía resolver. La principal de

ellas cómo será ahora nuestra relación. Sentada en un banco, cerca del teatro donde la tarde anterior disfrutaron cógidos de la mano, ahora apenas podía mirarlo sin arrepentirse. Cierto que se lo pasó muy bien, fue feliz cada minuto que estuvo con su hijo, incluso a la noche, por mucho que le causara un mal dentro de ella, había gozado como nunca. Después de que el frío madrileño le aclarara un poco las ideas, volvió al hotel, ya iban a ser las once y media de la mañana y en

media hora deberían de poner rumbo a casa. Pensar en el viaje de vuelta, tantas horas dentro en un coche sin decir nada o peor, hablando del tema, la aterraba. Sin embargo, tenía que suceder, debía afrontar la conversación con ganas, ya que era inevitable. Lo mejor será hablarlo en casa. Abrió la puerta de la habitación, recordando en rápidos flashes

todas las sensaciones que tuvo a la noche. Cerró los ojos con fuerza con la puerta aún a medio abrir, era extraño puesto que tanto placer parecía dañarla por dentro. Logró entrar sin cambiar el rostro que llevó toda la mañana. Sergio estaba con la maleta en la cama, tratando de cerrarla a presión como buen adolescente. Ambos se miraron, por un momento quedaron de pie, quietos, mudos, con los ojos fijos en el otro escudriñando la expresión de cada uno. Hola. Hola.

Solamente se dedicaron el frío saludo, tan helador como el clima del exterior. La mujer anduvo por la habitación, sin posar los ojos en ninguna parte del cuerpo de su hijo, casi sentía pavor por iniciar una conversación con él. Por lo que hizo lo más sensato, cogió la mochila y se fue por donde vino, en un movimiento tan rápido que sin esperar a que su hijo le dijera nada, saltó. Te espero en el coche. Sergio se quedó perplejo. Aunque una parte de su mente sabía que eso podía pasar.

Consiguió cerrar la maleta con fuerza y salió de la habitación, mirando por última vez el mural en la parte del cabecero. Era evidente, no se lo podía negar, allí había hecho algo aberrante para el resto del mundo, aunque no tanto para él. El placer fue tan inmenso. Miró por última vez aquella zona de la habitación, mientras recordaba cómo golpeaba con su miembro a su madre y ésta se estremecía

con cada entrada. Fue delicioso como nada antes, incluso más que con Marta, con Alicia, más que con su tía, quizá por lo prohibido de que fuera Mari. Bajó despidiéndose de la habitación, haciendo lo mismo en el ascensor recordando cómo abrazó allí a la mujer que más amaba. Se río pensando en la visión de aquellos pechos perfectos y maldiciéndose a sí mismo por no haberlos tocado, quizá no vuelva a tener una oportunidad. Buenos días, Raquel le esperaba

sonriente en la recepción, Marchand, ¿verdad? Acaba de pasar su madre hacia el garaje. Sí, se ha adelantado.¿ Lo pasaron bien? Sergio la miró sonriente, recordando cada momento y haciendo a un lado esta mañana. En verdad, creo que ha sido el mejor fin de semana de mi vida. Raquel incluso se sorprendió, ninguno de sus huéspedes le había dicho antes algo parecido con tanta franqueza, solían soltar frases cordiales y punto. La mujer le volvió a sonreír y le despidió con

la mano. Me alegro entonces, que tenga buen viaje. Cuando el ascensor le dejó en el garaje y al fondo vio a su madre apoyada en el coche, esa frase adquirió más relevancia, contestándola en su mente, el viaje no va a ser tan agradable. El sonido del coche abriéndose no consiguió que ninguna conversación comenzara, sino que fue el pistoletazo de salida para una agonía. Dentro del vehículo ninguno

se decidía a hablar. Ambos evitaban mirarse, ni siquiera pasar la vista por el mínimo pliegue de piel del otro, se sentían mal con ellos mismos. Incluso Sergio, que al principio de la mañana se había levantado más o menos vital, ahora empezaba a ver las consecuencias de sus actos. Mientras más kilómetros pasaban, más claro veía que aquello iba a traer cola y que al menos estarían un tiempo raros.

Habían traspasado una barrera infranqueable, no sólo porque Mary engañara a su marido, sino porque dicho amante era nada más y nada menos que su hijo.¿ Debían asumir demasiadas cosas?¿ Un día de placer quizá podría desembocar en terribles consecuencias?¿ Sergio se hizo la pregunta clave ha valido la pena? No sabía si podía contestar esa pregunta, al menos el rostro de su madre le decía que no, sin embargo el tiempo arreglaría la situación y quizá podrían tener una

relación normal. Por el momento no pensaba en volver a repetirlo, solo su curioso amigo de entre las piernas se alegraba de vez en cuando. No obstante, a mitad de viaje, el infierno se hizo presente. La pesadez de conducir en tensión, junto con alguien que se resigna incluso a mirarte era una loza que le estaba comiendo por dentro. No hablemos de eso, ¿vale? Pero tengo que hablar de algo o

me muero. Antes de comentar algo carraspeó su garganta, primero por destensarla para hablar después de tanto tiempo y luego para llamar la atención de Mari. Esta que seguía con la cabeza en el cristal de la ventanilla, mirando el paisaje a la vez que su frente temblaba por las vibraciones del coche, no paraba de pensar en lo mismo. Su mente le decía lo odiosa que era, había tenido sexo con su hijo, algo totalmente inmoral y horrible para

la sociedad. Sin embargo, ella no lo veía tan, tan, malo. Sí, engañó a su marido y con el último hombre en la tierra con quien debería hacerlo, pero las sensaciones no habían sido malas, todo lo contrario. Todavía notaba ese picor, el momento del gran clímax que le había revuelto cada uno de los nervios que tenía en el cuerpo. La sensación de tocar el cielo, de sentirse dichosa, aquello no

era horrible. Algo le sacó de sus pensamientos, dejándola con la película de su mente detenida en el instante que Sergio se colocaba detrás de ella para insertársela. Miró hacia su izquierda, su hijo había carraspeado y sus ojos estaban fijos en ella. Le gustaba que la mirase, no como le gustó lo de la noche, sino como madre, su mirada inspiraba amor.¿ Cómo era posible que sintiera dos cosas tan opuestas? Por un lado, un asco terrible hacia su persona por haber llegado a tal punto y por otro

lado un amor incalculable hacia su hijo. Estuvo bien la función. Mari clavó sus ojos en él por primera vez en el día, al menos ha tenido el valor de hablar, Johnny eso se dijo viendo el bello rostro de su jovencito. Sergio seguía con la vista puesta en su madre, quizá rogándole mentalmente que le contestase y dejase esa tensión a un lado. Poniendo en serio peligro su vida, no viró la cabeza hasta escuchar alguna palabra salir de la boca

de su madre, la que fuera. Hijo, Mari al fin se decidió, ahora no estoy con la cabeza para hablar, sé que lo entiendes. Sergio puso al fin los ojos en la carretera. Por supuesto que lo entendía, quiero relajarme un poco, pensar todo en frío y

Speaker 3

después, hablamos. Pero,¿ todo bien?¿ Hice algo mal? Oh. Cariño, no, cortó la mujer moviendo rápidamente

Speaker 2

la cabeza. De verdad, no quiero hablar de nada de eso, no has hecho nada malo si es lo que quieres saber, solo que necesito tiempo. Cuando lleguemos a casa y me centre, te prometo que tendremos una conversación. Vale, te entiendo, mamá. Mari más aliviada, giró el rostro. La tensión se había relajado de cierta forma, aunque el viaje prosiguiera en silencio,

al menos algo habían conseguido, las primeras palabras afloraron. Sergio algo más tranquilo, aunque no del todo, puso toda la concentración en la carretera, quedaba menos de la mitad del viaje y aunque había sido una conversación corta, le sirvió. No se morirá de agobio por estar en silencio todo el viaje, algo era algo. Rebuscó en la zona derecha, donde algún que otro CD de música acumulaba polvo desde hacía par de años. Cogiendo uno de forma aleatoria lo

puso en la vieja radio. La música comenzó a sonar y Mari se recostó en el asiento del copiloto más relajada, quizá sabedora que esa conversación sucedería, aunque...¿ Qué se dirían? La llegada a casa fue como se temían, aduciendo ambos cansancio y cada uno reposando lo más lejos posible del otro. Alguna que otra pregunta respondió la mujer a su marido, pocas la verdad, tampoco era que tuviera un interés increíble

en saber qué tal se lo había pasado. Con Sergio ocurrió lo mismo, sin embargo, era su hermana la que no paraba de preguntarle con verdadero interés, el joven respondía como podía, sin parar de pensar en su madre. Fue una tarde en la que la separación entre ambos amantes de la capital parecía obligatoria. Si uno estaba en la sala, el otro se iba a la cocina, si uno iba por el pasillo, el otro se metía en su cuarto.

Estuvieron evitándose casi todo el tiempo, tratando por un lado de retrasar la curiosa conversación que les esperaba y por otro lado, con miedo de que los otros dos habitantes notasen algo extraño. No fue hasta después de la cena que ambos se encontraron sin querer en la cocina. Mari estaba depositando todos los platos en el fregadero, pensaba darles un poco de agua y dejarlos a secar, pretendía hacerlo rápido para irse al sofá al abrigo de su marido

y no ver a Sergio. El joven había marchado al baño, solo un momento para volver y terminar con la cena. Sin embargo, en ese mismo instante en el que él dejaba correr su líquido a través de su miembro viril, su padre y su hermana se levantaban de la mesa. Dejaron sola a Mari en la cocina, con prisas por terminar de recoger todos los platos, no obstante, no le daría tiempo. Su hijo volvió con la idea de comerse una fruta que rápidamente se le olvidó cuando vio a

su madre sola en el interior. El corazón le dio un vuelco, porque ella le estaba mirando, sabían que estaban solos y no era decoroso huir, aunque una parte de su cabeza se lo pedía. No podía comprender por qué se pavora tener la conversación con su madre. Con Carmen todo fue más fácil, no hubo ni que hablarlo, lo hicieron, gozaron, repitieron y repetirían. Pero el interior más profundo de su conciencia le decía cuál era el problema. Carmen estaba lejos,

la veía muy poco y era su tía. Mari estaba en casa, la veía a diario y era su madre. Todavía en la puerta el pánico por entrar en la cocina era enorme, pero más temor le tenía a que apareciera su hermana y le viera así de pasmado, por lo que dio un paso, sintiendo que entraba en una cámara de torturas. Sergio. La voz de su madre le congeló. Ni siquiera alzó la cabeza para mirarla, sólo se quedó como estaba, delante de la nevera, con la puerta abierta

y mirando unos yogures que tenían muy buena pinta. La fruta estaba demasiado cerca de Mari. Ven. Como un perro fiel obedeciendo a su amo, cerró la puerta de la nevera y dio tres pasos a la derecha, lo suficientes para colocarse al lado de su madre. El aroma que la mujer desprendía le recorrió las fosas nasales, rememorando unas

imágenes poco luminosas, pero muy vividas. Aquello no era un perfume, era simplemente el olor característico que desprendía su cuerpo y mientras estaban en la oscuridad de aquella cama, lo sintió tan gratificante. Si se puede, hablamos mañana. Hoy ya es tarde y estoy cansada. Mari quería evitar la conversación a toda costa, pero en algún momento tenía que salir a la luz. Vivían juntos era imposible evadirse todos los días, debían terminar con eso, la cosa era que la mujer

no sabía qué decirle. No es que le hubiera gustado, es que el sexo con Sergio fue de un nivel superior, aún sentía el calor nacer en su cuerpo cuando recordaba todo el miembro del joven en su interior. Sin embargo, la pega de tener un lazo familiar tan estrecho la hacía sentirse asqueada con ella misma, una situación insalvable e incompatible. Deberían mantener el secreto para que no volviera a repetirse, aunque, un pequeño demonio en su interior la decía si es

en secreto,¿ por qué no? Mañana vuelvo a la universidad, pero a la tarde estoy aquí. Bien. No hubo más que decir, los dos supieron que la fecha para la conversación había sido fijada y ambos dejaron de mirarse. El joven partió sin fruta, ni yogur, directamente a su cuarto para poder dormir, la tensión lo había matado. Mari hizo lo mismo, viendo que su hijo estaba en el cuarto, se marchó al suyo diciéndole a Dani que ya se iba a dormir, quedándose este junto a su hija viendo

una película a la cual ambos prestaban atención. La mujer se metió en cama con un gran suspiro, como si se hubiera salvado del ataque de un oso salvaje, sin embargo, mañana lo tendría que volver a ver. Cerró los ojos a la par que su hijo hacia lo mismo a escasos metros. Estaban en la misma casa, pero esta vez separados por varias paredes, no como veinticuatro horas atrás, donde ambos compartían cama. En la mente de la mujer, todo comenzó a funcionar, la imaginación voló como sólo lo hace

antes de dormir. El cerebro se puso a juguetear con los recuerdos, dejándole algunos para que los viera con total nitidez y otros deformándonos esperando convertirlos en sueños. Mari no pudo frenar aquello, estaba demasiado cansada y dejó fluir todo lo que su cabeza le daba. Las sensaciones de la noche anterior la empezaron a turbar, la imagen de ella encima de su hijo se volvía más clara y no

tan oscura como era en realidad. Las piernas de la mujer se apretaban bajo las sabanas debido a un picor muy caliente que amanecía como el sol. Ahora ya no estaba encima, sino de rodillas frente a un gran mural mientras una bestia la golpeaba con fuerza con su terrible miembro masculino. Su hijo estaba allí detrás, volviendo a hacer

que sintiera el paraíso en la tierra. Aquellos innumerables centímetros en su interior, tocando los millones de nervios de su vagina y haciendo que los fluidos manaces como nunca Dani se había acercado. El sueño pareció vencerla mientras sus piernas apretaban y rozaban con fuerza un sexo hinchado y caliente. Se iba a dormir, justo en el momento que recordó

lo que pensó mientras lamia el dichoso mural. Le hubiera gustado comer aquel pene, meterlo en la boca, ver cómo le daba placer y el hombre, su hijo se derretía de gusto. No se podía engañar, todavía le quedaba mucho por disfrutar con el joven o al menos, se daba cuenta de que eso era lo que quería. Hasta aquí llegó el capítulo

Speaker 3

de hoy Hasta la próxima.

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