Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes Hoy presentamos Cediendo a la calentura, parte 1 El día amaneció soleado y caluroso, un día típico de verano. Sergio se desperezó como pudo y, deshaciéndose del nudo con el que las sábanas le retenían, consiguió levantarse de la cama. Anduvo como un muerto en vida, recorriendo el pasillo y escuchando como en la sala su hermana veía la televisión tirada en el sofá, mientras su
madre desayunaba tranquilamente en la cocina. Se sentó a su lado con un saludo más que seco por su parte, no estaba para nadie cuando se levantaba y aún no había desayunado, algo que acentuaba su mal carácter. Tal comportamiento era algo que su padre le reprochaba más de una vez, pero a esas alturas no iba a cambiar. Su madre le instó a que se duchara, ya que en un
rato llegaría su tía y tenía que estar presentable. Él se quejó, pensando, que más da como le ve a su tía, si al fin y al cabo eran familia. Si alguien le tenía que ver con los pelos tiesos y en ropa interior, era ella. La mañana transcurría como cualquier otra, discutió un poco con su hermana por el dominio del mando, pero al final, cuando su padre asomó
la cabeza, acabó dando la victoria a su hermana. Con 18 años, ella aún estaba consentida, y Sergio, con 5 años más, todavía no era capaz de aprender que siempre perdía contra ella, sobre todo cuando estaba su padre. Al final de la mañana, su madre logró que fuera a la ducha, no sin varias insistencias. Aunque el joven entró a regañadientes, la ducha no le sentó mal, allí se desahogó y se dio
un pequeño placer mañanero. Hacía ya más de medio año que no tenía ninguna relación sexual y esas cosas pesaban, se podría decir que literalmente. Bajo los chorros de la ducha, se puso a divagar y su mente volvió a la que había sido su novia. Le había dejado por su ex. Cada vez que lo pensaba, lo veía más ridículo. Después de tres años juntos y cuatro años sin verlo ni saber nada de ese tipo, va y vuelven. Será puta, pensó. Un golpe en la puerta le sacó de sus pensamientos.
Era su hermana, que quería ir al baño y le dijo explícitamente que se dejara de masturbar. Maldita niñata, se dijo. Últimamente la odiaba demasiado, pero menos mal que en pocos días se iría al pueblo a ver a sus amigos y a olvidarse un poco de su rutina diaria. Esperaba pillarse unas buenas borracheras para sacar de su mente a su ex y, de paso, si podía ligar algo, bienvenido sea. Su hermana entró de sopetón sin esperar a que terminara, cuando él aún se estaba atando la toalla a la cintura.
Intentó hacerle una broma a algo subida de tono, muy de adolescentes, sin otra intención que acercar posturas.¿ Me quieres ver desnudo? preguntó, solo pensando en sacarle una sonrisa. Pero ella puso su cara de asco. Típica cara de mujer, dirían sus amigos, un rostro al que le habían puesto un nombre, cara de oler mierda. Déjame y márchate, dijo ella. Por no seguir discutiendo, él salió y acabó de vestirse
en su habitación. Esperó dentro de su cuarto a que la mañana pasara, hasta que le avisaron de que la comida estaba servida. Comió rápido, mientras su padre y su hermana hablaban de los planes que harían esas semanas. Se sintió un poco aislado, no paraban de hablar de lo que harían, mientras su madre tenía la mirada perdida, pensando en quién sabe qué. Sergio muchas veces pensaba que se
imaginaría otra vida en la que fuera más feliz. Aunque aquello no era su prioridad ahora, él tenía sus planes y su madre no le había puesto pegas para que fuera a la casa de su abuela, que desde hacía unos años estaba vacía. Lástima que ella no esté, pensó mientras terminaba de lavar su plato. Por parte de su madre, sólo le quedaba su tía como familia, quien jamás se opondría a que fuera, era su sobrino favorito, o eso decía siempre. También estaban sus primas mayores, aunque la lejanía
dificultaba el trato. Se fue a su habitación, despidiéndose de los demás con unos saludos secos, y se tumbó en la cama para mirar el móvil. Por curiosidad, abrió el Facebook de su tía, a la que vería en una hora como mucho. Venía a hacer una pequeña visita, ya que su marido se había ido a Noruega, o Suecia, o un país así, muy al norte. Su madre se lo había contado dos días atrás, pero ni se acordaba,
tema de negocios, creo. Abrió las fotos y observó cómo su tía Carmen se rodeaba de gente bien vestida y con buen porte. Eran fiestas para gente, de bien, como le decía su madre, es decir, gente con dinero. Entonces,¿ nosotros somos gente de mal? Su madre y su tía eran tan diferentes y, a la vez, tan iguales. Se parecían bastante en aspecto, sobre todo en los ojos, tenían unos preciosos ojos de un azul muy intenso, casi como el agua del océano, que, por desgracia, él no heredó.
Aunque la petarda, de su hermana sí, parecía que ese rasgo estaba destinado sólo a las mujeres. La diferencia radicaba en que su tía se había cuidado toda la vida. Tuvo a sus hijas siendo aún bastante joven, ya que acertó con el hombre correcto, un chico que, en el momento propicio, heredó los negocios familiares tras la muerte de
su padre. Sí que llegó a trabajar como maestra, pero, dado el poder adquisitivo de su marido, su tío, lo dejó, algo que a Sergio, desde su visión adolescente, le parecía de lo más lógico. Sin embargo, su madre no lo veía así, decía que una mujer tenía que trabajar, ser autosuficiente, pero se quedaba sin palabras cuando su hijo le contestaba, que trabajar está muy bien, pero no trabajar está mejor. Escuchó el timbre del portero y supo que su tía
había llegado. Se levantó y se arregló para hacer feliz a su madre. Al poco rato, su tía entró por la puerta, con el pelo rubio hasta los hombros, bien cuidado y con un alisado perfecto de peluquería. A pesar de ser tres años mayor que su madre, su rostro tenía menos arrugas, apenas se le notaban algunas, y eso que su madre no parecía una vieja. Todo lo contrario, también aparentaba menos edad de la que en realidad tenía.
Llevaba una chaqueta rosa que cubría una camisa blanca, un fular a juego con la chaqueta y unos pantalones blancos del mismo color que la camisa. Todo parecía de buena tela y, como no, caro. Saludó con efusividad sin perder su porte elegante, aunque siempre trataba a Sergio con especial cariño. Había tenido dos hijas, sus dos primas mayores, que ya habían volado del nido. Él era su único sobrino y, además,
era su madrina, tenía el pack completo. Le dio dos besos más que sonoros y un abrazo que el chico devolvió. Siempre le había caído bien su tía, por mucho que sus padres dijeran que se había vuelto una estirada. A Sergio le encantaba, solía hacer bromas y reírse con ella, no notaba para nada esas cosas que decían sus padres. Siempre creyó que aquello se debía a unos pocos celos. Se separaron después de unos segundos abrazados. Sergio no pudo evitar reparar en que, siempre que su tía le abrazaba,
era muy diferente a los abrazos con otras mujeres. Ella tenía un busto considerable y aquello le encantaba notarlo. Sentir aquel par de senos sobre su cuerpo era una debilidad para el muchacho. Apenas pudo sacar una pequeña sonrisa y responder a su tía que todo le iba muy bien, ya que, tan rápido como entró, las dos hermanas se marcharon a la cocina. Esta vez, el joven decidió acompañarlas.
Les preparó un café mientras ellas hablaban de que Pedro, su tío, se había ido a Suecia, al final era Suecia, no estaba desencaminado Sergio, a terminar la compra de una empresa. Perdió el hilo de la conversación y siguió preparando el café. Se fijó en cómo el paso del tiempo las había cambiado. Había visto fotos de las dos cuando tenían su edad y eran realmente guapas, como siempre decía su madre, rebeldes
para la época. Ambas habían estudiado para la docencia, su madre encontró trabajo lejos, y Carmen hizo vida con su marido en el pueblo. Una tenía el pelo moreno atado malamente con un coletero, y la otra exhibía su melena rubia de peluquería. La cara de su madre denotaba cansancio, una mezcla de palidez y la sombra de unas inamovibles ojeras, mientras que la otra tenía un tono dorado, cegaramente de
tomar el sol en su jardín. El tiempo no parecía haber hecho mella en Carmen, como mucho, algunas marcas de expresión. Su tía se había quitado la chaqueta y se le podían ver los pliegues de la piel en la parte de los codos, algún síntoma de que es mayor, pensó Sergio. Aunque a su madre también se le notaban. No parecían tener casi la misma edad, Carmen daba la sensación de que había intercambiado la edad con su madre e incluso
restado algún año más. Sergio se sentó con ella así, tras varias preguntas, les comentó a su tía que iría en una semana a su pueblo, que lo pasaría en casa de la abuela y quedaría con los amigos. Ella le dijo que, si quería, se podía quedar con ella y con Pedro, que no tenía ningún problema. Pero su madre se adelantó a negarle ese asilo para que no
se preocuparan por él. Es cierto que tenía en mente salir y desfasar un poco, por lo que no le pareció tan mal no quedarse con Carmen, así no la molestaría. Su tía tenía pensado quedarse solo unos pocos días, no le gustaba abusar de la hospitalidad, en eso se parecía a su hermana. Por lo que, en tres días, volvería a coger su coche y adentrarse en la carretera, algo que le sorprendió al joven, nunca la había visto conducir. Los días pasaron y Sergio, con Carmen en casa, se
sentía mejor. No tenía que pelear con su hermana y casi todo el rato conversaba con su tía, le apasionaba escucharla. Sí que tenía un toque y maneras que, en alguna chica de su edad, diría que eran pijas o repipis, pero por lo demás, le parecía muy similar a su madre. El problema para Carmen comenzó cuando llegó el día de la vuelta a casa. Bajaron a despedirla, tenía el coche aparcado en la calle, un Mercedes que parecía un barco,
lujoso y, cegaramente, caro. Intentó arrancarlo mientras la miraban expectantes, pero nada, no consiguió moverlo. Llamó a la grúa y, en el taller, le dijeron que les faltaba una pieza para reparar la avería, que la tenían que pedir. Sergio no entendió bien, ya que su padre intentaba explicárselo, aunque tampoco tenía mucha idea de coches. Así que Carmen tenía un problema para marcharse, debía esperar a que repararan el dichoso coche, pero la cosa era que igual tardaban una semana,
cosas de estar en agosto. Ella se puso de mala leche, como era normal. Se quería ir, no por no estar con su familia, sino por estar en su casa y esperar a su marido.¿ Quién no querría estar allí? Sergio había estado casi todos los veranos y le parecía una mansión. Por lo que, mientras estaban todos en la cocina escuchando la voz de la tía, casi ladrando, haciendo espabientos y diciendo que cogería un taxi, el chaval saltó de improviso, sin pensar muy bien sus palabras. Si quieres, te llevo yo.
Todos le miraron, y un silencio extraño recorrió la cocina, como si aquello no lo tuviera que haber dicho. Después, su madre le respondió que no dijera tonterías. Se sintió algo molesto, no
entendía esas expresiones.¿ Por qué no? Preguntó. Si se iba a ir en tres
días,¿ qué más le daba irse ese mismo día? Simplemente disfrutaría más de las vacaciones y ya. Su tía tomó la palabra al tiempo que los otros miraban al joven. No hace falta, muchas gracias, cielo, pero me cogeré un taxi. Sergio, cabezón, como su madre, dijo que nada, que estaba decidido, que para qué iba a gastar tanto dinero en un taxi si conmigo le sale gratis. Su madre intentó ponerse del lado de su hermana, pero el chico sentenció diciendo que
haría la maleta y que se iban. Para su cerebro racional, era lo lógico, no entendía por qué no querrían que lo hiciera. Aquella misma tarde bajaron al coche. El sol ya comenzaba a descender, y aunque sus padres le decían que esperase al día siguiente, él insistía en que así su tía estaría en casa cuanto antes. Se despidió casi sin mirar atrás, como si en cualquier momento le fueran a denegar el viaje. pero cuando apretó el acelerador, se dio cuenta de que ya estaba en carretera, con la
sensación de emprender algo más que un simple viaje. El pequeño coche que tenía funcionaba de maravilla, eso sí, estaba algo destartalado, pero bueno, perfecto para un joven con el carnet recién sacado. Nunca le había fallado, pero cada vez que se montaba, temía que lo hiciera, era algo innato, escuchar el motor le hacía suspirar de alivio. Con dos puertas delanteras, sin aire acondicionado y con las maletas ocupando
tanto los asientos traseros como el maletero, comenzaron su aventura. Gracias, hijo. No es que me quisiera ir, pero no quería aprovecharme de la hospitalidad de tus padres más tiempo.
Tú me entiendes, ¿verdad? Que menos, tía. Me haces
un gran favor. Si quieres, estos días te puedes quedar en casa, no hace falta que estés solo donde la abuela, así no tienes que hacerte la comida. No te preocupes, me encuentro bien solo, muchas veces, incluso lo prefiero. Ya, pero, no me vas a dejar sola a mí, ¿verdad? Eso es jugar sucio. Sergio rió de la misma forma que su tía y añadió, no sé, ya veré. Tenemos tiempo para pensarlo, son seis horas de viaje. Bueno, y, no te asustes, pero es la primera vez que hago un
viaje tan largo.¡ Qué bien! Morir en la carretera, mi sueño hecho realidad. Dijo con un tono sarcástico que a Sergio le encantaba y no entendía por qué a los demás no.¿ Qué tal están mis primas? pues abandonando a su madre y con sus futuros maridos, haciendo sus futuras vidas. Ya tengo ganas de que alguna se decida a darme un nieto para cuidarlo y que alguien me quiera. Con la suerte que tienes, te van a tocar todo nietas. Admítelo, tía, voy a ser el único que puedas malcriar. Por supuesto,
Carmen rió. Ay, mi niño, siempre me ha dado pena tenerte tan lejos, pero bueno, por lo menos nos vemos a menudo. Me gustaría que nos viéramos más, aunque sí, así es la vida.¿ Qué se le va a hacer?¿ Y el tío, qué está haciendo? Yo qué sé, cariño, con un tono de que el tema le aburría, sus negocios insoportables. Va a comprar algo por allí, no sé si para la empresa o para otra empresa. Sinceramente, Sergio,
ni lo sé ni me importa. De lo que tengo ganas es de que venda su dichoso negocio o se lo traspase a nuestras hijas y vivir lo que queda sin preocupaciones. Tiene que absorber mucho tiempo. Y vida, cariño, y vida, eso es lo más importante.¿ Por qué lo dices? A Sergio le picó la curiosidad. Al final, resopló para seguir diciendo, piénsalo, estos viajes suceden a menudo, y ha
sido así toda la vida. Por suerte, ahora es menos habitual, pero he pasado mucho tiempo sola, y quieras que no, una quiere a su marido cerca, así me puedo quejar de él,¿ o no? Sergio le sonrió como contestación. Sé de lo que hablas, bueno, no, porque no estoy casado y no me ha pasado, pero te entiendo.
Tú qué tal con la chica que estabas? Ya no estamos.
Vaya, se llevó una mano a la boca, no lo sabía.¿ Tu madre no me ha dicho nada, y fue hace mucho? Hace más o menos medio año.¿ Entonces no te me vas a poner a llorar como una magdalena, o sí? No esperó una respuesta, solo observó la mueca de su sobrino y añadió de forma más seria,¿ qué tal estás? Bueno, podría estar mejor. A ti eres la única a quien no me gusta mentir, Carmen. Estoy mal, pero no voy
a llorar. La miró, demostrándole sinceridad, y luego pensó que era la primera vez que lo hablaba abiertamente con alguien, me dejó después de tres años. Por su ex, que hacía tres o cuatro años que no lo veía, no pudo evitar sonreír de la incredulidad. Es que es acojonante.¿ Qué me dices? O sea, que va y deja a mi sobrino, enfatizando el mí, por uno que hace cuatro años que no ve. Esa chica ni era la adecuada ni sabe lo que ha perdido. Es que no me
lo podía creer. A ver, tía, es que eso es ser un poquito cabrona, y lo peor es que, cuando estaba conmigo,¿ en qué pensaba en él? Mejor que no te hagas ese tipo de preguntas, porque no te van a solucionar nada. Ahora toca abrir las ventanas y que entre aire fresco a tu vida. Ojalá. A ver si en el pueblo me puedo olvidar un poco del tema. Aunque todavía la tengo en Facebook y eso ya sabes, me cuesta quitarla.¿ Qué la tienes para ver su foto y recordarla?
Es difícil de explicar, tía.¿ Esperas volver con ella? Carmen estaba más que interesada. No. Sergio, casi
indignado. Carmen cogió el móvil de su sobrino, que estaba al lado de la palanca de cambios. Pon el dedo.¿ Qué vas a hacer? Lo puso sin pensar y sin darse cuenta de las intenciones de ésta, aunque en su subconsciente sabía lo que ocurriría, no, tía, a ver, espera. Calla, anda. Después
de un minuto, le volvió a decir, ya está eliminada. Solucionado. Ahora,¿ de qué
quieres hablar? Sergio no pudo más que abrir los ojos por lo ocurrido. Se sintió tan sorprendido que no daba crédito, pero más todavía por la sensación de paz que recorría su cuerpo al no tener más a aquella mujer en su vida. Sabía que lo tendría que haber hecho el mismo mucho antes, pero no había podido, quizás su problema era que no quería admitir que la relación había terminado. Aún así, el fino dedo de su tía había sido
la salvación y ahora se sentía mucho mejor. Pues ni idea, pero, gracias, tía. Me has quitado un
peso de encima, alucinante. Qué tonto soy. Cambiemos de tema, así no lo piensas. Cuéntame,¿ qué tal está mi hermana?
La he visto algo delgada. Sí, está más delgada, todo es por el estrés.¿ Ya sabes lo de la empresa de papá? Ella sintió. Esperamos que no, pero el tema de los despidos está en el aire y no saben si le va a tocar. Además, yo estoy en la universidad, otro gasto, y mi hermana cada vez es más estúpida. No hables así de tu hermana, sonó en el mismo tono recriminador que su madre. Ya, es que está en una edad malísima, insoportable, tía. No obstante, tienes razón, no
debería meterme con ella. Recordando el tema principal, añadió, volviendo a mamá, lo que pasa es que está agobiada. Intento ayudar como puedo, he estado trabajando a la par que estudio. No creo que tengamos problemas con el dinero, pero ya sabes cómo es, se preocupa mucho. Sabes que a nosotros nos va bien. Si a tu padre le pasa algo y necesitase dinero, le daría lo que me pidiera. Ya sabes que no te lo pedirá jamás, contestó rápido Sergio. Es muy orgullosa, creo que eso lo heredé de ella.
Aún así, no creo que haga falta, tía, de verdad. Tú eres mi espía en la casa. Si pasa algo grave, me llamas sin dudar y os presto nuestra ayuda. Os quiero muchísimo y no puedo permitir que estéis mal, sois mi familia. Lo sé, tía, pero de verdad, no le des vueltas. Todo se solucionará tarde o temprano. Lo único que quiero es que mamá esté más feliz y ya.
Por un momento, cesó la conversación entre ambos y dejaron que la música que sonaba en la radio les tomara el relevo mientras el sol iba desapareciendo entre las montañas.¿ Has conducido alguna vez de noche?
Preguntó su tía, intrigada.¿ Un trayecto largo? Nunca.¿ Estás seguro de hacerlo? Aún quedan unas
horas de carretera. Sí, claro que sí, su confianza decaía según contestaba, bueno, supongo, ¿no? No tengo sueño, pero me has metido la duda. La hora de viaje se había cumplido. Quizás Sergio se encontraba fresco en ese momento, pero la incertidumbre sobre cómo serían las horas restantes afloró en él. Carmen sacó el móvil mientras negaba con la cabeza, comenzando a hacer una búsqueda rápida. No nos la vamos a jugar. Me he vestido para hacer un viaje, no para morir.
En 20 minutos hay un buen hotel, paramos y dormimos. Prefiero llegar mañana por la mañana que no llegar.
Como tú digas. Te invito, ha sido culpa mía.
Creo que me he venido un poco arriba saliendo por la tarde.¿ Un poco? Rió al tiempo que el sol desaparecía casi por completo. La verdad, eres testarudo, sí que te pareces a tu madre, aunque también a mí. Pero calla, pago yo. Llegaron al hotel en el mismo tiempo que indicaba el móvil de la mujer. Según entraron, las instalaciones sorprendieron a Sergio, dándole la sensación de estar en un lugar lujoso, un sitio caro. En recepción les comentaron que
sólo quedaban dos habitaciones y ambas eran para matrimonio. La mujer, con toda normalidad, tomó la palabra. Bien, cualquiera de las dos nos vale, la cosa es descansar. Una vez entregadas las llaves en un rapidísimo trámite por parte de la recepcionista, cogieron el ascensor para subir y poder descansar. Sergio, que aún se sentía algo culpable, en un gesto algo tonto de compensación, decidió subir el todas las maletas. Su tía
le sonrió, añadiendo un único comentario. Algo es algo. Según abrieron la puerta, contemplaron lo amplia que era la habitación. Con una zona para ver la televisión, donde había dos sofás, y más atrás, la cama enorme, al igual que la estancia. Desde allí, tumbados y con tranquilidad, podrían ver la televisión sin tener que pasar a la parte de la sala, como la denominó el joven en su cabeza. Como colofón, Sergio entró en el baño, el cual le pareció tan
grande como lo era su propio cuarto. Estaba en un hotel lujoso, no cabía duda. Pero, tía,¿ dónde me has traído? El joven no podía salir de su asombro. Al primero que me salía con buenas puntuaciones y de calidad.¿ Te preparas y bajamos a cenar? Sí, sí, claro. Sergio se aseó con presteza en el inmenso baño para después colocarse el mismo chándal que había llevado durante la hora de conducción.
En cambio, Carmen sí que se había preparado mejor y su piel estaba recubierta con unos ropajes parecidos a los del primer día que cruzó la puerta de su hermana.— Quieto, hijo.
Le saltó la mujer al verlo salir del baño.—¿ Cómo vas a bajar así?— Pareces un pordiosero.—¿ Qué pasa? Sergio, en realidad,
no lo comprendía.— Sergio, estas ropas están sudadas del viaje, y el pantalón, si está roto y todo.— Pero apenas se ve, y además, si vamos a estar sentados.— Calla, por favor. A ver, abre la maleta, dijo su tía, acercándose a esta. Carmen se paró a revisar toda la maleta durante más de cinco minutos, mientras Sergio esperaba de pie pacientemente. Pareció que, al final, la mujer encontró algo de su agrado y se lo lanzó al joven, que lo atrapó al vuelo. Era una camisa de cuadros y
un pantalón vaquero corto. Ahora Sergio sí que se veía con mejor pinta. con el permiso y beneplácito de Carmen, bajaron al restaurante que quedaba al lado de recepción. Sergio, al entrar, no pudo evitar fijarse en que todos los que estaban cenando lo hacían en parejas. La luz era muy tenue, muy acogedora, dando un toque de intimidad a cada mesa. Una música suave sonaba de fondo, como un eco distante que envolvía el ambiente, dándole un toque de
magnetismo que el muchacho desconocía. Uno de los miters les guió entre varias mesas donde tres parejas se susurraban confidencias, se rozaban las manos y se miraban con intensidad. Tomaron asiento, y el hombre les habló de la carta de vinos en un tono que apenas se le podía escuchar. Carmen tomó la palabra, ya que Sergio seguía algo hipnotizado por el lugar. Con cierta experiencia en lugares de este estilo, la mujer preguntó por varios caldos en concreto, mientras Sergio
la observaba sin saber qué decía. Después de que el maître le dedicara a su tía una sonrisa con su dentadura perfecta, le preguntó a Sergio lo mismo. El muchacho, en cambio, no pudo hacer otra cosa que mantener la boca cerrada y encogerse de hombros.« Tomará lo mismo que yo», se adelantó Carmen. Cuando el maître se alejó, miró a Sergio para iniciar una conversación.— He dado por hecho que, si sales de fiesta, bebés vino.— Sí, aunque el vino no es que me guste mucho.— Esté seguro que sí,
ya verás. El hombre no tardó en volver, esta vez con las dos copas y una bolsa refrigerante que envolvía el vino solicitado. Con calma, derramó el líquido, manchando los vasos levemente para que ambos lo probaran. Le preguntó a Sergio si era de su agrado, y el joven no pudo decir otra cosa que, está bien. Carmen, en cambio, soltó una frase salida de un concurso de catadores, haciendo
referencia al gran sabor afrutado que poseía el brebaje. Antes de marcharse, el hombre, mirando directamente a los ojos azules de la mujer y con un tono un tanto adulador, le dijo,« La dama tiene un gran paladar». Ambos se sonrieron cortésmente, y cuando Sergio comprobó que el caballero estaba a una distancia considerable, preguntó extrañado,«¿ Está ligando contigo?».« No, hijo,
los miters son así de amables». pues a mí no me ha dicho eso, añadió con una sonrisa picarona, ante lo que Carmen sólo pudo copiar el gesto de su sobrino y encogerse de hombros. La velada transcurría de lo más relajada. Los temas eran de lo más variados, aunque el interés de Carmen, como buena tía, se centraba en los estudios de Sergio. El maître se acercó una vez terminados los postres, queriendo saber si todo había sido del
agrado de los comensales. Sergio fue el primero en hablar y, con palabras que su tía le había sugerido que dijera, soltó. Exquisito manjar. El toque de canela es un acierto. Mis felicitaciones al chef. Señora, usted tenía buen paladar para el vino, pero su pareja lo tiene para el dulce, dijo el metre, y Carmen le volvió a sonreír mientras el hombre retiraba los platos y posteriormente se perdía entre las mesas. De vuelta a la habitación, mientras pulsaba el botón del tercer piso,
Sergio no podía contener la curiosidad. La respuesta del metre le había descolocado.¿ Cuándo me ha llamado pareja?¿ Cómo lo ha dicho? No sé si me explico. En plan una parte de dos, o pareja, ya sabes, casados, novios. Carmen le miró con los ojos abiertos y, después, se tapó la boca para reírse. Más por lo segundo, cariño. Si te has fijado, estamos en un hotel de parejas, no hay ningún niño y no había más de dos personas
por mesa, así que es normal que se confunda. Pero, por favor,¿ cómo no pueden ver que soy tu sobrino? Si me sacas muchos años. Oye,¿ me estás llamando vieja? Dijo, tratando de poner un rostro de falso enfado. No, tía, si tú te cuidas mucho, pero que me sacas casi 30 años. No llegan a 30, mi vida, no me sumes que me da un mal. Además, si tú supieras lo que he visto yo, soltó Carmen al entrar en la habitación.¿ Mucha
diferencia de edad? Sí, algo como tú y yo sería lo normal, haciendo con sus manos un gesto de entrecomillado. Hay cosas peores que no se las cree nadie y que están, bueno, por interés. Hay jóvenes, ya sean hombres o mujeres, que están con personas que apenas se levantan solas. Pero,
¿Sergio? Se sorprendió de pronto al ver a su sobrino.¿
Qué pasa? El joven había comenzado a quitarse la ropa delante de su tía. No hacía nada extraño, si lo comparaba con su rutina habitual en casa. La parte de arriba había volado, y a su tía solo le dio tiempo a detenerle cuando sus manos desabrochaban el botón del pantalón, atisbándose ligeramente un bóxer a rayas.¿ Qué te voy a ver todo?
Desvístete en el baño.¿ Te has tomado en serio que somos pareja?
Ah, perdón. No sabía que te molestaba verme, voy al baño, dijo Sergio de forma ingenua, sin entender lo inapropiado de la situación. No, no es eso. Pero, chico, quedarte en ropa interior delante de tu tía, pues me ha impactado de primeras, las manos de Carmen se movían algo nerviosas al querer expresarse. Tía, que me has visto durante toda
mi vida en bañador, esto es lo mismo. Aunque tranquila, que voy al baño, no te preocupes, en su mente resonaba una pregunta,¿ puedes ver a alguien con el bañador más pequeño, pero en ropa interior no? Cariño, te he visto así, aunque eso es diferente. Ya, no pudo evitar una mueca de victoria, para después añadir, tienes razón, cuando tengo el bañador, ves más que ahora, realidad pura y dura. Ya, sin embargo, sin saber qué decir ante aquel argumento, bueno, mira,
haz lo que quieras, venga, ponte el pijama. Duermo sin, incluso al joven le dio vergüenza decirlo, mi madre me metió uno, creo. Aquí está. Me lo pongo. Carmen decidió coger la ropa que había dejado lista de antemano y dirigirse al baño, dándose por vencida y dejando que su sobrino se desvistiera donde quisiera. Ay, cariño, si sé que eres tan bobo, uso el tono más dulce del mundo, no me caso contigo, estás atontado. Rió al tiempo que cerraba la puerta y escuchaba a su sobrino contestarle desde
el otro lado con ironía. Sí, tía, un montón. Dejó las ropas en el amplio mármol al lado del lavabo, comenzando a desvestirse sin prisa, mientras soltaba una leve carcajada al recordar la frase de Sergio, con el bañador veía más. Era cierto, no mentía, pero Carmen tenía otro punto de vista. Sabía por la experiencia y los años que ver a una persona en bañador puede resultar curioso, pero ver cómo alguien se quita la ropa, quedándose como Dios le trajo
al mundo, no tiene precio, sobre todo en ciertas ocasiones. Sexuales. Mientras se deshacía de su pantalón y éste recorría sus piernas con el agradable tacto de la tela, la pregunta más obvia apareció en su mente,¿ hacía cuanto que no tenía sexo? No lo recordaba. A una velocidad sideral, con el reflejo de sus piernas desnudas en el espejo, una
imagen pasó por su mente. Recreando lo que sus ojos habían visto unos segundos atrás, una figura estilizada apareció, un cuerpo joven y mantenido gracias a los años de la juventud, era la imagen de Sergio. Tan solo le hicieron falta unos pocos segundos para mirar en detalle el cuerpo de su sobrino. sin músculos prominentes, sólo marcados, cegaramente gracias a la delgadez por el deporte que solía hacer. Un joven
lleno de energía, que rebosaba vitalidad y buen humor. En verdad, su sobrino era un buen partido, no sabía cómo su ex le había podido cambiar por otro. Abrió los ojos al pensar de esa forma en su joven acompañante. Había crecido, pero, tanto. Una idea se había construido en su mente incluso antes de entrar en el baño, la tuvo que dejar salir porque le empujaba dentro de la cabeza, si yo hubiera tenido de joven uno así. Antes de recoger la ropa, se vistió con el salto de cama de terciopelo que
tanto le gustaba. El suave tacto consiguió erizarle la piel, aunque tenía sus dudas sobre si solamente había sido eso, o también la breve imagen de un cuerpo joven tan cerca de ella. Posó los ojos en el espejo, admirando su figura. Nada mal para los años que tenía, todavía podría causar deseo, no tenía duda de eso. Sin embargo, no podía comprender por qué Pedro no lo veía así.
Sin encontrar respuesta, acabó por mover la cabeza a modo de negación, se revolvió el cabello en un gesto de liberación más que por eficacia y se encaminó a la habitación. Cuando atravesó la puerta, su sobrino se encontraba entre las sábanas, mirando su móvil, listo para dormir. Una situación algo atípica, pero dentro de lo que cabía, normal. Había dormido con él cuando era más pequeño, aunque de eso ya hacía
muchos años. Sin embargo, lo que la descolocó no fue pensar en compartir la cama con su sobrino, sino en otra cosa. Mientras caminaba con su precioso pijama, notó como los ojos de su sobrino la seguían hasta llegar a su lado de la cama, donde giró la vista para que su tía no se diera cuenta. Quizá aquellas telas fueran algo inapropiadas para dormir con Sergio, pero tampoco había planeado dormir acompañada, y con ella se sentía de lo
más cómoda. La prenda resaltaba su cuerpo y, sobre todo, colocaba sus senos de manera que fueran más visibles de lo que habían sido nunca para su sobrino.¿ Quizá como si llevara un bikini? Carmen no evitó que una sonrisa aflorara en sus labios. No sentía vergüenza por su cuerpo, es más, se enorgullecía de mantenerlo tan bien. La mirada de Sergio no se la tomó a mal, incluso le
pareció que podía llegar a ser normal. Aunque los años pasaran, sentía que todavía era atractiva.« Se te van a quemar las neuronas con el móvil», dijo Carmen para romper el silencio.« Le estoy contando a mi madre que hemos parado». La mano de Carmen se estiró para alcanzar un bote de crema de su maleta y con calma, de una forma muy pausada, comenzó a esparcirlo por su cuerpo.«¿ Qué te echas?».
crema para la piel, así se queda más tersa y firme.¿ Siempre te la das? Asintió
Pues parece que te funciona, se te ve muy bien. Mira que yo siempre pensaba que esas cremas eran una estafa. Había sido algo sutil, quizás Sergio no lo había pensado, pero el simple hecho de decir que las cremas funcionaban le hizo sentir a Carmen que aquello era un piropo. Algo totalmente espontáneo y sin ninguna otra intención, no obstante, a la mujer le caló. Siempre le había gustado cuidarse, y de nuevo, otra pregunta cabalgó por su mente,¿ hace
cuánto que no me dicen nada bonito? Trató de no externalizar lo que sentía, aunque dudó si el sentimiento que le corría por cada poro de la piel era felicidad, de esa que tienes que saltar para expulsarla. Vaya, muchas gracias, Sergio, apretó los labios para mantener un estado anímico normal. Pues, sí que funcionan, sí. Es que, sinceramente, no me gusta ser vieja. Suelo echarme todas las noches, tanto en la
piel como en la cara.¿ Te confieso una cosa? Preguntó Sergio, contemplando la espalda de la mujer que seguía en su tarea. Eso sí, después haremos como si no hubiera dicho esto en la vida. Como hayas matado a alguien, voy a llamar a la policía, ni lo dudes. Te quiero mucho, pero... No, tía, es peor, les encantaba bromear. Tienes la piel muy bien, tienes un cuerpo en forma, en general te cuidas muy bien. Siempre me ha parecido que, entre mi madre y tú,
la joven eres tú. Muchas gracias, lo agradeció de corazón y me olvido de lo que has dicho, secreto entre los dos. Pero, una duda,¿ me ves joven a mí o mayor a Mari? Mi madre también se conserva bien para su edad, será por vuestros genes. Siempre ha tenido un rostro que parece muy joven, bueno, tú también, os parecéis mucho. Pero ya le empiezan a pesar los años, el estrés, algo de culpa tengo en eso. Creo que por eso se ve más mayor, unas buenas vacaciones le
vendrían bien. Tú, la verdad, tía, no parece que tengas tus años. En definitiva, que me estoy guiando, pareces más joven. Sí, eh. Vamos, Sergio, regálame los oídos, por favor. Sergio notó que la broma seguía, pero en el fondo Carmen quería escuchar todo aquello.¿ Cuántos años crees que podría aparentar? Muy pocos, te lo aseguro, entre los 90 y los 100, no aparentas los 200 que calzas. Serás, agarró el primer cojín que pudo y soltó varios golpes
a su sobrino. No, tía, perdón, una bromita nada más. Parece que estuvieras entrando en los 40 y pocos. Eso está mejor que su vida de moral. Llegas a equivocarte y duermes en la ducha. Los dos rieron espontáneamente mientras Carmen pulsaba el mando de la televisión para entretenerse un poco. Sergio, por su parte, parecía derrotado y se tapó para tratar de dormir, haciéndose un ovillo en el lado opuesto donde su tía se encontraba. La mujer apagó la televisión unos
minutos más tarde. Su sobrino se había marchado al mundo de los sueños y no quería molestarle con los chillidos que salían de la caja tonta. Le miró con los mismos ojos que habían heredado tanto su hermana como su sobrina, un azul del color del océano, tan intenso que te podrían hacer sumergir en un mar sin salida. Notaba en su cuerpo cierta felicidad que hacía años que no tenía. Apenas había sido una tarde junto al joven, sin embargo,
no encontraba el sentido. Siempre era agradable estar con Sergio, nunca lo dudó, pero aquella tarde, la sensación había crecido de una forma exponencial, sin saber que todavía le quedaba por crecer. La felicidad que podría esperarle al final de la carretera podría ser inexplicable, aunque, por lo
primero, era dormir.
