Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Aventuras húmedas, parte 22. Dani introdujo la maleta de Mari en el viejo coche de su hijo. Cabía de maravilla, solamente irían a pasar una noche fuera. Llevaba lo imprescindible, aunque la mujer había metido algún que otro modelito para no ir con lo justo. La noche del viernes al sábado para nada la durmió bien, aunque mejor quedaría decir que llevaba intranquila desde que habló con su hijo el fin
de semana. Había estado pensando en este día cada minuto. Todo el rato dándole vueltas y esperando con ansias que por fin llegase. No tenía muy claro qué quería o directamente qué podría pasar, pero la idea de estar a solas con Sergio, fuera de casa, la volvía loca. Durante aquellos días que transcurrieron, tanto Mari como Sergio apenas cruzaron
unas cuantas palabras. La tensión entre ellos era ciertamente densa e incluso la pequeña de la familia llegó a preguntar ese mismo jueves a su madre si la pasaba algo. Obviamente la mujer tuvo que echar balones fuera y comentarle algo muy de mujer, estaba en aquellos días del mes y no se encontraba con ánimos. Mentira. Entre madre e
hijo sólo hablaron para lo indispensable. El domingo Sergio le había explicado con gran nerviosismo su plan, que básicamente consistía en ir el sábado, ver el musical, dormir en el hotel y volver para el domingo. Se había encargado de todo. contándole a su madre que había adquirido las entradas y reservado el hotel en casa de su amigo Pablo. Una pequeña mentira piadosa, porque cuando realmente las adquirió fue después
de varios coitos con su amada Carmen. Incluso le prestó un poco de dinero para que no le doliera tanto la cartera. De esa manera la tía sintió que se limpiaba un poco la conciencia después de tener unas cuantas relaciones sexuales con el hijo de su hermana. Estaban preparados para marchar, eran todavía las diez de la mañana y al joven le vino a la memoria el momento que embarcaba con su tía hacia el pueblo. No había pasado mucho tiempo, apenas medio año, pero aquella aventura quedaba tan
lejana como un recuerdo de otra vida. Dani y Laura se mantuvieron en la acera mientras Sergio se metía en el lado del conductor. Mari se despidió de su marido con un abrazo, uno más fuerte de lo habitual. como si quisiera disculparse por algo que todavía no había sucedido, salvo en su mente. Después pasó donde su hija, a la cual comió literalmente a besos mientras ésta se quejaba con cierta pereza. Venga, mamá. Logró decir Laura mientras su madre la acosaba, que no te vas a otro país,
solo vais a Madrid y un día. Mañana ya te veo. Pero siempre me da pena despedirme de vosotros. Tienes que aprender de Sergio, cariño, dijo Dani con una media sonrisa irónica. Mira qué rápido pasa de nosotros. El joven bajó la ventanilla, dejando que un poco de aire frío entrase en el coche. El día se había levantado totalmente despejado, pero a mediados de febrero aquel tiempo era el habitual. Os quiero mucho. Os voy a echar de menos, soltó el joven con
la sonrisa más bromista y amplia en su rostro. Es que eres bobo, Tato. Laura se rió y se acercó a su padre mientras Mari daba la vuelta al coche. La puerta del copiloto se abrió y Sergio se sintió nervioso al instante. Su madre entraba en el mismo habitáculo que él, estaban tan cerca en un espacio tan pequeño. Todos aquellos días había tratado de estar más o menos sereno, pero le era imposible, cada vez que estaban en el
mismo lugar, su vientre colapsaba queriendo expresar demasiadas cosas. Los dos se miraron en silencio, mientras la puerta de metal golpeaba para cerrarse con cierto ruido que vislumbraba antigüedad. Sus ojos conectaron, como no lo habían hecho en toda la semana, la gran espera por estar juntos por fin era realidad. Ambos querían ese momento, deseaban estar en esa situación y cuando el joven pisase el acelerador todas las ganas se
volverían ciertas. Dos golpes en el cristal le sacaron de sus pensamientos y de la mirada tan penetrante que se lanzaban. Al otro lado del cristal Danny y Laura se despedían con efusividad batiendo las manos de un lado a otro. La pareja dentro del coche sonrió con ganas e hicieron lo mismo despidiéndose de su hogar, al menos por una noche.
Sergio introdujo la llave en la ranura, giró para que hiciera contacto y en un instante el coche comenzó a rugir de mala manera, pero arrancó, su vehículo nunca le fallaba. Se dispuso a lanzarse a la carretera, iban a salir del hogar, de esas cuatro paredes que no les dejaban ser como realmente querían ser, o al menos, demostrar lo que sentían. Con calma el joven fue girando el cuello.
Viendo en primera instancia el pantalón vaquero ajustado que llevaba su madre, últimamente iba un poco más a la moda, incluso se le veían los tobillos. Sin ningún tipo de vergüenza siguió elevando la visión, recorriendo los centímetros del cuerpo de su progenitora sin que nadie se lo impidiese. Se había vestido con una chamarra gorda para combatir el frío durante el viaje, algo que el joven maldijo por no poder disfrutar de toda la carne posible durante el trayecto.
Sin embargo, cuando se detuvo una milésima de segundo en la silueta que formaban los pechos, los vio amplios y grandes. Podía ser que la camiseta pegada que llevaba su madre le jugara una mala pasada, pero si no se equivocaba, Mary se había puesto un sujetador que elevaba lo que la genética le había regalado. Acabó el muchacho de alzar los ojos donde el rostro de la mujer se hallaba. No la encontró despistada o mirando al infinito, sino que
los ojos azules como el mar le estaban mirando. Cegaramente había visto todo el escrutinio de su cuerpo, cada mirada buscando su piel la había notado como el fuego. Si el joven se hubiera fijado, podría haberse dado cuenta de que su pecho subía y bajaba por lo acelerada que estaba. Ambos volvieron a cruzar miradas, unas miradas tiernas, de amor maternal, no obstante algo más escondían, una pasión de la que
al parecer los dos eran conscientes. Aún así les faltaba algo, el pequeño empujón que rompiera el muro, el último martillazo que tirase abajo la pared y les dejara dar rienda suelta, a todo. Sergio movió los labios, estaban secos. Los tuvo que mojar con su lengua y después tragar saliva para que su tono de voz no se entrecortase a la mitad. Primero salió el aire caliente antes de pronunciar ninguna palabra, Mary lo sintió, estaban tan cerca que podía notar incluso
su alma.¿ Tienes ganas de ir? La mujer por supuesto que tenía, rebosaba de ganas por marcharse y llegar a un destino que le fuera ajeno. Sentir que estaba en otro mundo, que aquella no era su verdadera realidad y, sumergirse en ese cosmos diferente junto a su hijo. Debía contenerse, al menos no mostrar su cara más ansiosa, más desesperada por sentir el secretismo que podría esconder la capital del país.
En una ciudad tan poblada, sabía que ella sería otra persona y estaría en completo anonimato junto a Sue, junto a Sergio. Vámonos. Fue un susurro, casi un suspiro que salió entre sus dientes dando una orden que podría asemejarse a un silbido. Sergio lo entendió, supo que quería decir con aquella única palabra. Estaba tan nervioso como deseoso de pasar aquel día con su madre.¿ Te acuerdas de lo que te comenté sobre empezar a trabajar? Llevaban una hora
en silencio de las tres que debería durar el trayecto. María, aunque aguantaba con mucho estoicismo lo tensionada que estaba, supo que si no hablaban de algo, se volvería loca. Sergio al menos tenía la conducción para entretenerse, pero ella había consumido toda su imaginación, que además sólo tenía un único protagonista. El joven sin mirar a su madre, le asintió con
ganas para que le viera y conociera su respuesta. Tenía la garganta hecha un amasijo de nudos de marinero, apenas podía articular palabra y a cada poco daba sorbos a la segunda botella de agua, la primera la consumió a los diez minutos. Volví a hablar con Mariví, la mujer que te comenté que tenía la tienda de ropa. Fue el mismo sábado que te fuiste a casa de tu amigo,
pues me la encontré. Mari por primera vez sentía que hablarla relajaba, coincidí con ella en la pescadería, estábamos en la cola esperando y empezando a hablar así de todo, pues me interesé a ver qué tal le iba la tienda. Sergio la prestaba atención aunque prefería mirar a la carretera y la mujer seguía muy agobiada al final está sola y su hijo por lo que me dijo la ayuda
en lo que puede pero tampoco tiene mucho tiempo. Por lo que mira le pregunté si la oferta de trabajo continuaba en pie me dijo que por supuesto y le contesté que encantadísima de trabajar. Quedamos en que haría todo el papeleo y que después de una semana me llamaba supongo que ya para empezar. En resumen Prefería no resumir nada y no parar de hablar, que igual la semana que viene comienzo a trabajar.¿ Cómo lo ves, cariño? Me parece fabuloso, mamá.¿ Queda muy lejos o está cerca? Un
poco fuera del barrio. Llego andando en algo más de cinco minutos. Una maravilla.¿ Con muchas ganas? Las preguntas se sucedían por la tensión que ambos tenían de quedarse en silencio. Sí. Aunque estoy un poco nerviosa, creo que es inevitable. Lo estaba, pero con esa excusa, daría una razón a estar así junto a su hijo, será por empezar algo nuevo y además que nunca he trabajado de ello. Al final será
lo mismo que haces en casa, doblar ropa. Mari sabiendo que era una broma, le lanzó una mirada de enfado que el joven no vio al estar centrado en la carretera. Como tampoco vio la mano que se alzaba y le golpeaba en la nuca con cierta fuerza. El chico se quejó mientras sonreía tontamente. La colleja la tenía más que merecida. Lo siento, estiró la letra E como un niño pequeño. La mujer negó con la cabeza. Su hijo era muy
bueno aunque a veces se pasaba de bromista. Aún así, aquel leve toque en la nuca había sido el primer roce que tuvieron en el viaje y Mari comenzó a imaginarse que podría haber otros más adelante. Desde que le llamó el sábado anterior, se había estado negando a imaginarse situaciones más íntimas con su hijo, pero ahora, fuera del hogar, era como estar en la casa de Carmen. En un hotel a kilómetros de su marido y de su hija,
sería todo diferente. Sabía que allí todo iba a cambiar, al menos por un día, tendría una cita con su hijo, no había cosa que más deseara. El miércoles me salió la última nota, comentó Sergio sacando a su madre de una mente que empezaba a imaginar perversiones. Todo aprobado, no me lo puedo creer, estoy como en una nube. Enhorabuena, cariño.¿ Ahora qué te queda? Cinco asignaturas y se acabó. Por fin. Tengo ganas de trabajar y dejar de estudiar, ya solo
unos cuatro o cinco meses me separan de ello. Me alegro mucho, cielo. Te lo mereces, has estudiado muchísimo, Mari se dio cuenta de que con ello cerraba el tema y volvía el silencio. Su cerebro carburó para buscar otro motivo de conversación, por cierto,¿ te ha costado mucho el hotel? Esas cosas no se preguntan, mamá. Es una invitación, o mejor dicho un regalo. Por primera vez, viró su cuello para mirar a su progenitora con una sonrisa y añadió, sí,
fue caro. Me dejarás invitarte al menos a cenar o a comer. Por un instante a Mari se le pasó un flash por la cabeza. Le había dado totalmente la vuelta a esa frase y los dos estaban en una cama, comiéndose el uno al otro. Si no me equivoco, la comida, la cena y el desayuno están incluidos. Podrías pagar las entradas, pero ya están cógidas. Lo único que te queda es disfrutar, mamá, todo es poco para ti. Te lo mereces. Mari miró por la ventanilla mientras se llevaba la mano a la boca.
Una risa nerviosa quería escapar de entre sus labios, pero la supo contener con mucha fuerza. Cada vez que su hijo le regalaba los oídos con una de sus bonitas frases se ponía roja como una colegiala, esta era una de esas ocasiones. Lo único que sólo había habitaciones con una cama, me refiero a que no había separadas, no sé si eso te importará. Por las fotos que vi eran todas las habitaciones así. Pero bueno, las camas son enormes.
Mari había visto las fotos de la habitación, era una cama bastante grande, más que la que compartía con su marido, pero donde cegaramente en una noche movida, por el sueño, se podrían encontrar. Lo que la mujer no sabía, era que junto a Carmen el joven había estado mirando hoteles y había decidido aquel a propósito. Parecía un lugar hecho para ir en pareja, aunque había habitaciones adyacentes para familias,
la gran mayoría eran habitaciones con una única cama. Lo escogió sin dudar, sobre todo cuando su tía le comentó que le prestaría cierta parte del dinero, total a ella le sobraba o eso le dijo. Miró la foto de la cama por un largo rato mientras ambos seguían en la habitación de los abuelos. Si Carmen le hubiera estado mirando en ese momento hubiera visto el leve temblor en su espalda, puesto que se había imaginado yaciendo allí con su madre. no importa. Mari lo prefería así,¿ qué más da?
Total es una única noche, además,¿ no será que no hemos dormido veces juntos? Ambos sonrieron con timidez, porque pensaban lo mismo. A Sergio la viva imagen de aquel maravilloso sueño que tuvo días atrás le vino a la mente, pero esta vez, en vez de la cocina de su casa, era en la cama de aquel hotel. Un leve picor le atravesó la entrepierna, dando pie a que su pene comenzara a engordar a mitad del viaje. Mari no estaba
muy lejos de todo aquello. Cada vez que le venía ese calor nacido en sus intestinos, varias imágenes acudían a su mente y la primera siempre era el bulto que vio en el jacuzzi de Carmen. Todo aquel poder embutido en una pequeña tela que con el paso del tiempo llegó a odiar. Pero también le pasaba por su atorada mente cuando le pilló en plena masturbación. Su imaginación con el paso del tiempo hizo que deformara un poco la realidad, dándole mayor longitud al terrible coloso que su hijo sostenía
e incluso terminando mientras ella miraba escondida. Obviaba la gratificante masturbación que se provocó mientras su marido dormía a su lado, porque aquello fue un desliz, su conciencia se reía al oírlo. La mujer apretó las piernas y con la mano derecha de forma discreta se oprimió la sien para mantenerse cuerda. Sentía una punzada en el cráneo, una que ya iba conociendo sobre todo esta última semana, en la que se
dio cuenta cuál era el detonante. Su mente todavía era reacia a dar rienda suelta a las perversiones que se imaginaba en su cabeza. De momento el muro de moralidad impuesto por toda persona seguía en pie, aunque en el caso de Mari estaba a punto de desmoronarse. Cada vez que se imaginaba ciertas situaciones con su hijo, Era un martillazo a aquella última barrera que le hacía retumbar el cerebro.
Solamente la vez de la masturbación había conseguido superarla, pero aquello era imaginación, ahora lo que su mente tramaba eran planes reales. El silencio les volvió a envolver. Dentro del coche la tensión se podía palpar, ni la música de la radio relajaba el ambiente entre dos amantes que no sabían que lo eran. Sus sentimientos eran demasiado poderosos para mantenerlos dentro del cuerpo, tenían que expresarlos, si seguían así
se morirían de las ganas. Sergio carraspeó, advirtiendo a su madre de que iba a hablar y así ambos pensarían en otra cosa que no fueran en el compañero de viaje que tenían al lado. Creo que ya estamos a la mitad del camino. Eso está bien. La voz de Mari apenas era más elevada que la canción que sonaba en la radio. Aquellos golpes en su cabeza cada vez eran más fuertes y a cada metro que recorría el coche sabía que estaba cercano a romper ese dichoso muro.
Ambos por instinto giraron sus cuellos. Un sexto sentido les llamó a hacerlo, tenían muchas ganas de mirarse a los ojos. Mari quería ver la expresión de amor y deseo que su hijo le había lanzado y Sergio, aquellos ojos azules centelleantes que tanta pasión describían. En un momento, apenas una porción de segundo, los dos vieron las intenciones del otro, sabedores de a qué se dirigían. La boca del lobo era su destino, un lugar donde perder la cabeza mientras
ardían entre las sabanas.¿ Sería posible? Tengo muchas ganas de llegar. Mari lo pudo escuchar porque leyó el movimiento de los labios, Apenas había sido un susurro nacido en el alma de su hijo. Y yo. Solo dos palabras que se desprendieron de sus labios dejando un sabor a placer que jamás se había imaginado. Sacó una lengua veloz para humedecerselos y quizá para mantener ese gozo que tan inesperadamente había aparecido
en el interior de su cuerpo. Quitó de nuevo la vista de su hijo mientras éste hacia lo mismo les iba a costar dar el último paso. pero estaban seguros de que sucedería, era ese día o nunca. Mari cerró los ojos, suspirando hacia la ventanilla y haciendo que un pequeño vaho se mostrara. Colocó su dolorida cabeza contra el frío cristal, se debía relajar un poco, su sexo se había animado y no era lugar para ello. Voy a tratar de dormir un poco, cariño. La respuesta afirmativa de
su hijo apenas la escuchó. porque con los ojos cerrados ya escuchaba como el muro de su mente caía de forma pesada creando un estruendo en su cuerpo. Sus piernas se apretaron la una contra la otra con disimulo, rozando sus labios vaginales para provocarse cierto placer y a la vez contener el volcán que rugía por explotar. Su cerebro había abierto la puerta de su imaginación, dejando que su erotismo,
sus ganas e incluso su salvajismo dieran rienda suelta. Trató de dejarlo para más tarde, pero con los ojos cerrados mientras el coche traqueteaba en la carretera, su mente carburó como si poseyera varios motores. Volvía el recuerdo de su hijo, aquella pillada infraganti mientras veía porno en su ordenador. Igual que la otra vez su mente imaginaba y volaba por
lugares prohibidos esta vez sin ninguna restricción. Entraba en la habitación, No se escondía cobardemente a observar cómo su hijo manejaba sólo la tremenda herramienta. Sus pasos eran decididos e incluso en su proyección mental, la joven Mari era la que entraba en el cuarto de Sergio. Aquella muchacha de cabello moreno y con el mar apresado en sus ojos que
producía miles de sensaciones. Apagaba la pantalla de la computadora ante la sorpresa de su hijo que no podía dejar de moverse la viendo a una Mari de apenas 18 años desnuda frente a él. La veía como todos aquellos chicos del pueblo, una mujer de bandera cercana a la diosa de la belleza. Pero no estaba para que su hijo la contemplara, sino que esta vez, la divinidad se arrodillaba
ante un mortal para hacerle una gran mamada. Aparcaron en el parking del hotel un suplemento gratuito y del todo práctico. Sacaron sus dos maletas en silencio, teniendo la misma conversación que habían tenido desde que Mari decidió cerrar los ojos, ninguna. La mujer había estado fantaseando sin parar, unas veces en la habitación de Sergio, otras veces en la casa de Carmen, haciéndole cosas indecentes al joven mientras su hermana estaba en
otra habitación. Curioso que se imaginara aquello, porque la realidad había sido justamente la contraria. Ella en una habitación borracha como una cuba y los otros dos en el cuarto gozando sin parar, pero eso ella no lo sabía. Sergio, que había estado tratando de concentrarse en conducir, llegó más sereno de lo que se podía imaginar. Tuvo dos leves erecciones en todo el camino y pero nada que no pudiera ocultar, menos mal que su madre tampoco ponía mucha
atención en mirarle. Cogió ambas maletas, la suya colocándosela a la espalda y la de Mari arrastrándola por el suelo gracias a las dos pequeñas rueditas. La mujer le siguió sin decir ninguna palabra, todavía no tenía ganas de hablar, le apetecían otras cosas que no podía nombrar. Aunque de todos modos, tuvo que soltar la lengua por romper de una vez la tensión entre los dos, ya estaban fuera de casa, si algo se descontrolaba, no importaba.¿ Traes todo?
Mal momento para preguntar algo como eso,¿ no crees? Su hijo lo dijo riéndose irónicamente. Era una pregunta, chico. Si lo prefieres no te hablo. Le devolvió la sonrisa, se notaba más relajada. No, que me encanta que me hables. Tengo todo, en el móvil están las reservas y también las entradas. Mientras tengamos ahora los DNI para hacer la reserva con eso ya vale.¿ Lo tienes? Exacto. O sea que no pierdas el móvil, que no me apetece volverme ahora a casa. Ni a mí. Ambos rieron sabiendo que
aquella frase escondía algo más. Subieron en ascensor llegando a la recepción del hotel, donde una mujer de mediana edad bien preparada y con un semblante de facciones lisas les esperaba. La mujer mostró una sonrisa de dentadura perfecta digna de anuncio y saludó con buenas palabras a los dos nuevos invitados al hotel.—¿ Me deja por favor un momento el móvil? La mujer no podía tener un tono de voz más dulce y los carnets de identidad, si son tan amables.
Ambos buscaron en sus mochilas y lo sacaron en un periquete. Mari se imaginó por un momento lo mal que se sentiría al no tenerlo y las súplicas que haría a aquella guapa mujer para que la dejara quedarse en el hotel. Ni loca se marcharía de vuelta a casa, tenía que pasar el día con su hijo. Ah.¿ Y ver también la función de teatro?¿ A eso había ido verdad? Ya está. Por lo tanto, se quedan una única noche y la
salida será mañana a las doce. Segramente, nos iremos antes, matizó Sergio aunque a su madre aquella frase no le gustó, prefería quedarse por siempre y eso que apenas hacía unos minutos que habían llegado. Aún así, Hasta esa hora la habitación está disponible para ustedes. El desayuno, comida y cena están incluidos. Si lo prefieren mientras adesentamos la habitación, pueden ir a comer, el servicio de comidas acaba de comenzar. Ambos asintieron, tenían hambre. Las mochilas las dejamos aquí o
las llevamos al restaurante. Mari señalaba ambas maletas ante los ojos marrones de la mujer. No, tranquila. Déjemelas aquí mismo, ahora llamo para que se la suban. Muy amable. Por cierto, última cosa, comentó Sergio enseñando el ticket que le había expedido la máquina del parking, el tema del aparcamiento,¿ cómo hacemos? Sí, déjeme un momento la tarjeta. El joven se la atendió y la mujer después de meterla en un pequeño aparato, sacó una nueva que le devolvió, aquí está. Con esta
pueden entrar y salir cuando quieran, por supuesto de forma gratuita. Perfecto. Por último y lo más importante. La mujer se levantó detrás del mostrador y les alcanzó una llave magnética que Mari cogió, esta será su llave, habitación 323, en el tercer piso. cuando lleguen allí tendrán sus maletas. Espero que pasen una grata estancia en nuestro hotel, para cualquier cosa, aquí me tienen, mi nombre es Raquel. Muchas gracias. Dijeron al unísono madre
e hijo y se giraron en dirección al comedor. Entraron en una zona amplia, más larga que ancha, con mesas separadas a los lados y una gran barra al final con innumerables comidas. El viaje les había dado hambre, tanta que devoraron varios platos mientras comentaban cada uno. Hablaron, eso es verdad, pero cualquiera que les escuchara no entendería ni una palabra, ya que no paraban de engullir mientras conversaban. Acabaron llenos, Mari apenas podía ni con un café de sobremesa.
Tenían que descansar aunque tampoco tenían mucho tiempo, Sergio había pensado en algo para pasar la tarde y por una vez, no era sexual. El colorido restaurante del hotel se comenzaba a llenar cuando ellos se levantaban con destino a sus habitaciones. Cogieron el mismo ascensor que les había llevado a la recepción y subieron al tercer piso. Mari dejó en manos de Sergio encontrar la habitación, ella siempre fue pésima buscando el coche en el parking de cualquier lugar, pasaba de intentarlo.
Giraron en dos pasillos llenos de puertas y al final encontraron la habitación 323. La madre sacó la llave de su bolsillo trasero y con ganas la puso en la ranura donde entraba a la perfección. Una lucecita verde se encendió al lado de la ranura y la puerta se abrió automáticamente. Por un momento la mujer, con su hijo a su espalda, dudó al entrar. Aquella habitación estaba claro para que la quería, qué intenciones guardaba en su mente y dar aquel último paso.¿
Estaba preparada? Había estado pensando toda la semana en la situación, se había dado cuenta de que tenía sentimientos especiales hacia su hijo. El amor por Sergio había roto la barrera maternal y se había instalado en uno más carnal, comprobándolo de sobremanera en el coche. Se había construido en su cabeza varias películas para adultos donde ambos eran los protagonistas y cuando pusiera el primer pie en la habitación 323 podrían
hacerse realidad. Levantó el pie derecho, entrando dentro del umbral que le separaba del pasillo y pisó con fuerza la moqueta del suelo. Había traspasado la frontera más lejana, estaba donde quería, con quien quería e iba a hacer, lo que ambos querían. Tras de ella entró el joven sin tanto remilgo, dio un paso rápido y a su espalda cerraba la puerta con ganas haciendo que el vello de su madre se pusiera de punta. La mujer estaba atorada, del todo nerviosa y también, ansiosa, porque a partir de
ese momento empezaba la cuenta atrás. La habitación era simple, una formación típica de todos los hoteles que estos dos habían visitado. Un pequeño pasillo dejaba una puerta a la derecha donde estaría el baño y después daban directamente a la habitación. La estancia la copaban colores amarillos y negros
que se notaban como colofón en las cortinas. La cama más amplia de lo que la mujer se imaginaba en las fotos era la gran protagonista del cuarto, con el armario delante y en la mitad de éste una tele de grandes dimensiones. Cada lado de la cama había tenía unas luces individuales para uso personal y todo el cabecero de ésta lo envolvía un mural de un emblemático edificio de la ciudad. Mari hacía mucho que no pisaba un hotel y se sorprendió de lo bien cuidado que tenían todo.
No se veía ni una mancha, ni un rastro de polvo, ni siquiera sintió que se arrugase el edredón de la cama cuando posó su trasero en él. Sergio directamente se dirigió al armario y Quería comprobar si las maletas estaban allí, ya que no las veía. Se imaginaba que no las habían robado, eso sería tan absurdo, pero su mente le decía que también estaba allí por querer tener relaciones con su madre y eso también era absurdo. Menos mal que
las maletas sí que estaban dentro. Mamá llamó Sergio a su progenitora mientras abría una parte del armario, han dejado aquí las maletas. Sácame la mía, por favor. El muchacho se la alcanzó y después hizo lo mismo cogiendo la suya. Sentados cada uno en un lado de la cama, Mary abrió la cremallera dejando ante sí la ropa que había escogido.
Últimamente le gustaba llevar ropa más a la moda, se había dado algún que otro capricho en cuanto a vestidos y no había llevado ninguna de sus antiguas vestimentas al viaje. Incluso a un lado, En la zona donde había colocado su ropa íntima, estaba el sujetador que compró junto con su hermana el verano anterior. Lo miró pensando en si debería ponérselo, le hacía un busto tremendamente bello y sus
pechos se quedaban de la mejor manera posible. Era idéntico al de su hermana, aunque en diferentes colores y recordaba cómo había insistido para que se lo probase. Se río por dentro recordando la conversación y estirando la mano, lo sacó de la maleta para dejarlo colocado en la cama, se lo pondría. Mientras rebuscaba entre todas las prendas que ponerse, las vivas imágenes que relacionaba con ese sujetador le vinieron
a la memoria. Ella en la casa de su hermana, borracha como nunca, en la misma habitación de su hijo. Sergio le había visto con aquel conjunto, casi desnuda, con su piel ardiente debido al alcohol y un pensamiento rugió en su cerebro,¿ le gustó? Voy a aprovechar para darme una ducha, vengo sudado del viaje. La voz de su hijo la interrumpió los pensamientos, estaba tan sumergida en su mente que giró de forma brusca la cabeza para mirarle.
Estaba al otro lado de la cama, tan lejos y la vez tan cerca, en el lugar donde solía estar su marido. Sin embargo, Dani no estaba, solo Sergio. Bien, cariño, quizá haga lo mismo, aunque tampoco estoy muy sudada. Si no es ahora me ducharé antes de dormir. Sergio que había cogido un vaquero y una camiseta junto a la ropa interior se levantó hacia el baño. Con estas prendas
trató de taparse la pequeña elevación de su entrepierna. Sin llegar a estar del todo dura, su pene había reclamado sangre desde el mismo momento en el que arrancó el coche y a cada instante solicitaba más. En ningún momento dejó de pensar en Mari, simplemente ella se había implementado en su cerebro como un parásito. Aunque estaría mejor decir
que estaba directamente pegada en su imaginación. En los tantos momentos de silencio, La situación se volvía realmente crítica, su mente se convertía en un verdadero coche de carreras y por aquella carretera fluían imágenes que prácticamente cobraban vida. Se adentró en el baño, cerrando la puerta tras de sí y encontrado un momento de respiro para su desenfrenado cuerpo. Cada porción de músculo le vibraba de una forma diferente, todo de forma disonante creando la sensación de que en
cualquier momento se podía derretir. Nunca había sentido la expresión estar hecho un flan tan real. Se quitó la ropa con calma, sentía que el momento había llegado, estaban en el lugar preciso para que sucediera lo que ambos querían, sabía que algo pasaba, solo tenía que esperar el momento. No podía imaginar cuál sería el detonante, pero no se sentía capacitado para dar el paso, creía que si tuviera que decir algo la lengua se le trabaría. Las palabras
no eran una opción, pero sus gestos. Quizá quedaría más como un simio cachondo que como una adolescente. Mirándose al espejo vio su cuerpo desnudo, en un estado perfecto que no necesitaba casi ni ejercicio, cosa que estaba seguro de que con el tiempo cambiaría. Ahora estaba delgado y fibroso, con un pelo alborotado marca de la casa. No poseía ningún pelo en el torso, dándole aún más sensación de juventud, espero que a mamá le guste, saltó en su mente
como un resorte. Casi todos los pensamientos eran en torno a la mujer que le había traído a este mundo y que ahora estaba a una pared de distancia, sentada en la cama que compartirían esa noche. Echó un vistazo ligeramente más abajo, el espejo le reflejó lo que ya sabía, con un leve pensamiento su pene se había puesto en una buena erección, que coronaba un glande al rojo vivo. Resopló sacando sus manos del frío mármol del lavabo y
cogió su tremenda herramienta con su mano diestra. La movió en una ocasión, dejando todo el prepucio al aire y tocando con sus dedos los pelos que rodeaban la base.« Me los tengo que quitarse», dijo sabiendo que apenas tenía unos cuantos que no dejaban totalmente calva la zona. Resopló de nuevo con fuerza dejando todavía su mano rodeando su durísimo tronco, anduvo hasta la ducha y accionó el agua
caliente que comenzaba a caer. Mientras el ruido del agua envolvía el baño, escuchó algo más, un ruido venido de una persona. Quizá hubiera sido su madre, igual se había tropezado o se había asustado con algo, había sido un leve sonido que apenas se oía, como un susurro en el interior del baño. Sin darle mayor importancia entró tras la mampara de cristal transparente, pensando en que si su madre entraba le podría ver desnudo sin problema y sobre todo,
con un pene como el acero en su mano. Quería calmarse, darse un momento de serenidad y tenía muy claro lo que tenía que hacer. Introdujo primero la cabeza bajo el chorro que se calentó con suma rapidez. El pelo comenzó a mojarse y después con lentitud metió el cuerpo para calarse totalmente. La ducha siempre le relajaba, Siempre le dejaba con una paz interior sublime, como si estuviera en el
vientre materno. Mamá. Involuntariamente su mano descendió de nuevo donde su herramienta comenzaba a gritar por un poco de placer. Debía dar un poco de rienda suelta a su pene y soltar algo de lastre, que significaba bajar su nivel de lujuria. No podía esperar más, no debía demorarse mucho en la ducha, sería demasiado llamativo. Estaba claro con quién pasaría el buen rato que se iba a dar bajo
el agua. Durante la última semana sólo había habido una mujer en su mente, ni siquiera su tía logró interponerse entre Mari y él. Imaginó cada postura, cada situación, se había montado innumerables escenas dignas del mejor director de cine para adultos. Ahora con el pene bien aferrado entre sus dedos, hizo el primer movimiento hacia atrás. El glande volvió a salir, rojo como bien lo había visto en el espejo. El agua caía hasta su miembro viril mientras su mano lo
movía primero con lentitud y después más rápido. El placer llegó enseguida, incluso antes que cuando lo hacía en casa. Solo pensar que estaban en un hotel los dos solos le hacía sentir un picor en los genitales que le desbordaba. Siempre se había imaginado que aquello era la producción incesante de espermatozoides y, podría serlo, porque sus eyaculaciones cada vez eran más abundantes. Puso a trabajar a su cabeza como siempre. Su madre en la cama, su madre contra la cómoda,
su madre en el suelo, cualquier lugar era ideal. Incluso la recepción del hotel le valdría mientras la tan amable jovencita les miraba perplejos como perpetuaban el mayor pecado. Se quedó con la última cosa que le vino a la mente, su madre entrando en el baño, desnuda. con su piel resplandeciente y sus curvas bien proporcionadas caminando hasta su posición. No abría besos, ni siquiera roces, porque no tenía tiempo,
Sergio sentía el calor atrayéndole al infierno. Mari se agachaba, le pedía con palabras obscenas hacerle una felación de chupo la polla. Sergio trató de dar más forma a la película, pero era demasiado complicado, el semen trataba de tirar la puerta abajo y salir disparado. No pudo imaginarse diciéndola que sí, sólo se vio tal cual estaba, con un ritmo furioso
dando buenas sacudidas a su miembro erecto. Aunque su mente seguía bien activa, tanto que casi cruzaba a la realidad, superponiendo de rodillas una imagen de su madre mientras trataba de terminar como mejor podía. Volvió a escuchar algo, esta vez no fue un sonido, sólo una palabra. Quizá fruto de su mente atorada por tanto placer que manaba de su cuerpo. Era la voz de su madre, que en su imagen proyectada en el suelo de la ducha decía
de forma sensual, hijo. Aquel sonido parecía derretirse en los propios labios de la mujer que desencadenaba un placer acorde del que tenía Sergio. Solo una pregunta pasó por la mente del joven que ya no encontraba vuelta atrás a todo el placer que iba a salir.¿ Me lo he imaginado o ha sido real? No había tiempo para responder. Su espalda se tensó y apretó los dientes dibujando una mueca de placer absoluto al tiempo que detenía el movimiento
de su brazo. Los chorros cayeron sobre el suelo de la ducha, perdiendo su gran espesor al mezclarse con dificultad con el agua que caía desde la zona superior. Las piernas le temblaron y al tiempo que el semen se disipaba por las cañerías, Sergio recuperaba la cordura que también había perdido. El sonido de la ducha le fue tranquilizando el corazón que parecía aportar un terremoto, se pudo calmar
poco a poco terminando con la ducha más pausadamente. La palabra que había escuchado la olvidó al momento, pensado que su mente se había desbordado por completo. Aunque no había reparado en una cosa, la imagen proyectada de su madre había sido borrada sin culminar sobre ella, aunque tampoco le importaba, el placer había sido olímpico. Mientras Sergio terminaba con el jabón y se depilaba la zona púbica al milímetro, pensaba en otras cosas que no tenían nada que ver con Mari.
Todo cosas banales, gracias a la masturbación podía hacer a un lado a la mujer. Sin embargo, habría vuelto a su mente con suma rapidez la mujer que le dio a luz de Aversa. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
