Lleva tu imaginación a otro nivel. Relatos calientes. Hoy presentamos... Aventuras húmedas, parte 18. Los exámenes fueron transcurriendo y debido al casi enfermizo estudio, Sergio los fue sacando poco a poco. De momento de los tres que salió nota, todos los aprobó. Se lo estaba tomando muy en serio, era su último año y quería acabar la universidad cuanto antes, pensaba que
trabajar sería mejor que aquello, pobre iluso. En su plan personal estaba aprobar las ocho asignaturas a las que se iba a presentar y dejar para el segundo cuatrimestre las cinco últimas. Si todo salía como esperaba a finales de julio sería un chico con un título universitario. Apenas salía de su habitación, el único tiempo que dedicaba fuera del estudio era por un lado, a comer y por otro lado,
a sus necesidades básicas. El único ocio que se permitía, si es que a eso le podemos llamar ocio, era alguna que otra masturbación entre tema y tema, según su pensamiento aquello le hacía estudiar con más ganas. De su mente al fin consiguió apartar a Alicia. La joven no le volvió a hablar desde que le mandó los mensajes delante de su hermana, no tenía ni idea si cumplió su amenaza de contárselo a Marta, pero le daba lo mismo.
Lo único que tenía en mente eran los libros, cierto es que su novia o más bien su exnovia le
revoloteaba en la cabeza, pero no con tanta vehemencia. Llevaban tiempo sin hablar y aquello estaba más muerto que vivo, sin embargo el joven no estaba contento, necesitaba dar carpetazo a esa situación para avanzar pensó que llamarla sería buena opción aunque hablar por el móvil le resultaba frío lo ideal sería quedar y charlar no obstante el tema de estar en el mes de exámenes era un gran escollo en esa época sabía que marta se concentraba mucho y
no estaba para nadie pasaba de molestarla con ese peso en su cabeza Consiguió llegar sano y salvo al sprint final de los exámenes. Solo le quedaban dos y de los seis restantes, ya había aprobado cinco. Estaba entusiasmado, al día siguiente iría al séptimo y el lunes, al tan ansiado último examen. Salió aquella tarde noche de la mazmorra en que se había convertido su cuarto y la ideó como le recomendaba su madre, aunque él no lo notaba,
allí dentro olía a guarida de oso. Rebozaba felicidad, todo el día había estado con la mirada fija en los apuntes y estaba seguro de que pasaría el examen, es más, si se daban las preguntas idóneas sacaría buena nota. Llegó a la cocina en busca de algún que otro trozo de comida que llevarse a la boca, desde la mañana no había probado bocado y las tripas le rugían como un demonio. Sus pintas eran curiosas, la bata puesta, su barba sin cortar de una semana y con un pijama
que tenía alguna que otra mancha de dudosa procedencia. Salvo por aquel día, el ritmo que se daba al placer individual había aumentado hasta cinco diarias, si no eran seis. Dichosos los ojos que te ven, le saltó su madre.
Qué haces
Mari estaba arrodillada en el suelo limpiando una mancha que el joven desconocía su origen. Tenía puestos los guantes amarillos para fregar que se encuentran en casi todas las casas del país y pasaba un paño por el suelo para quitar el líquido. Se me ha caído el café,¿ no lo has escuchado? Se me ha reventado la taza contra el suelo. Sergio negó con la cabeza porque cuando estudiaba con una buena concentración ya podía pasar un camión por
su puerta que no sentía ni una leve vibración. Se agachó con un papel y trató de ayudar a su madre a limpiar el estropicio. La mancha era considerable y unas manos extras no le vendrían mal, sin embargo haría algo más que limpiar. Mari le dijo algo a Sergio, pero éste al levantar la cabeza lo olvidó. Los dos estaban con las rodillas en el suelo y se podría decir si hacemos un símil sexual, que estaban cara a
cara los dos en la postura del perrito. Todo muy normal e inocente, salvo que cuando el joven levantó los ojos para mirar a su madre, vio un hueco entre la camiseta y el cuerpo de ésta. Los ojos se le salieron de las órbitas al contemplar como dentro de aquella camiseta, dos senos sumamente preciosos y perfectos se movían
al ritmo de la limpieza. Sin sujetador. Sergio se quedó sin respiración, en un momento de lo más estándar y casual, había comprobado que por dejado de la bata rosa y la camiseta blanca que llevaba su madre, no tenía ropa interior. Trató de volver al mundo de los vivos, pero los pezones algo marrones de su progenitora le llamaban como un
canto de sirena. Su cuerpo pareció accionar el botón de emergencia y tembló de tal forma que todo su ser hizo un extraño baile, al menos así consiguió dejar de mirar.¿ Pasa algo, Sergio? El rostro de Mari estaba contraído en una mueca de duda, ya que la cara de su hijo era un poema. Los ojos parecían que estaban perdidos, la boca estaba medio abierta y con aquella barba y
los pelos alborotados parecía que estuviera volviéndose loco. Aquel temblor no había hecho otra cosa que preocupar a la mujer, pensando que quizá tanto estudio, sin moverse y comiendo poco le habría hecho enfermar, que equivocada estaba. Sí, fue un balbuceo similar a cuando dormía, mierda, es que, un tema, mamá.¿ Pero qué dices, hijo? El cerebro del joven se activó a duras penas como el motor de su viejo coche y sacando los ojos de los pechos de su madre
la miró a sus intensos ojos azules. No sabía que era peor, cayó por el profundo mar que contenían esas cuencas oculares y Mari, algo asombrada por lo raro que estaba su hijo, chasqueó los dedos en su cara. Mierda, mamá, que se me ha olvidado un tema, o sea que no lo he estudiado. Tengo que ir a repasar lo que, eso, se me ha ido la cabeza. Ah, vale, le había sorprendido tanto la actitud del joven. Sergio se levantó algo apresurado y quitó la vista de su preciosa madre enfocándose
simplemente en la fría baldosa. Fue a atravesar el umbral de la puerta cuando la voz de Mari hizo que se detuviera. Cariño. Se dio la vuelta volviendo a mirar a sus bellos ojos que le tenían embelezado desde hacía tiempo. Aunque poco duró, ya que Mari seguía en la misma posición en la que los perros caminan y desde donde estaba, aunque de mala manera, todavía podía atisbar la forma de sus senos.
Date una ducha, que pareces un vagabundo».« Sí, mamá,
ahora mismo». No pensó ni tan siquiera la respuesta, obedeció lo que su madre decía sin rechistar y si le hubiera dicho que se tirase por el balcón, lo habría hecho. Sin embargo, una petición mucho más extravagante surcó la mente de Sergio mientras se dirigía a la ducha. Era del todo inapropiada, incluso más que la barrera quebrantada con su tía Carmen. No obstante, tuvo que observar la imagen que su cerebro le proyectaba, muy a su pesar la visualizó
a la perfección. María ajena a la mirada lujuriosa que su hijo le había lanzado a sus pechos, siguió en sus quehaceres sin darle mayor importancia de la que creía mientras hablaba con ella misma. Se le va a quemar el cerebro de tanto estudiar. Aunque no se debía a eso el comportamiento tan peculiar. Una pena que no hubiera sabido por qué actuaba así su hijo, porque de saberlo, cegaramente,
le hubiera gustado. Mientras su madre se preparaba otro café en la cocina, Sergio ya estaba dentro de la ducha notando como el agua se calentaba sobre su cuerpo. Se había introducido dentro para rebajar esa sensación de placer que le llegaba hasta sus genitales y se los cosquilleaba sin parar. Llevaba tiempo sin darse una alegría, al menos para el ritmo que llevaba, tal vez unas horas, pero aquello no
era suficiente excusa para estar como estaba. Volvió a mirar hacia abajo y dejando que el agua tibia le golpease su entrepierna de forma dolorosa, pero no había manera, la erección de caballo que tenía no disminuía. Cerró los ojos, pero en vez de aparecer la letra de sus apuntes, de nuevo la dichosa imagen, una instantánea que se propagaba
y se reproducía como una enfermedad en su cabeza. Utilizó varias armas para evadirla, pensó en Marta sin mucho resultado, también tiró del cuerpo de Alicia y de lo bien que lo pasaron juntos. Sin embargo nada resultaba, cada vez que pensaba en algo con una mujer, volvía a aparecer en su mente algo, que se comenzaba a volver una película. Se frotó los ojos con fuerza y comenzó a repasar los apuntes de manera mental, quería meter como fuera otra
información que no fuera su madre. No había manera, el agua se había calentado y en su cuerpo cada vez sentía mayor comodidad. Sobre todo en una zona que no cedía ni un centímetro a su erección. Sacó la artillería pesada, recordando momentos con Carmen, su primera vez, el momento en el baño, la gran tarde que pasaron, pero de pronto otro recuerdo se solapó. El mismo, metido con ambas mujeres en el jacuzzi, ella sin sujetador y el pobre con
una erección muy similar a esta. Era imposible, cada momento que trataba de evadirse su madre aparecía,¿ pero por qué ahora? Desde hacía un tiempo habían cambiado, estas fiestas de Navidad, con el viaje al cine y toda su gran relación, habían hecho aflorar una nueva sensación. Sintió algo especial, una conexión que tenían ambos y que Sergio creía que su madre también notaba. No había duda de que algo extraño, o mejor dicho, alejado de la normalidad ocurría y ahora,
esos pensamientos le gritaban que no ocultase la realidad. Miró hacia abajo, a su gran miembro duro, venoso y lleno de sangre que se asemejaba a un bate de béisbol. En casa jamás lo había tenido así, sólo en momentos muy especiales, y decidió que lo mejor sería desfogar para que todo desapareciera. Cogió jabón y se lo vertió en la mano, queriendo una lubricación extra para sentir el preciado momento.
Apretó bien fuerte su tronco con los cinco dedos y comenzó a retraer la piel dejando que un capullo morado saliera a saludar. Estaba pletórico, hasta el punto que una vez el glande salió, la piel apenas volvía a su lugar. Movió arriba y abajo, pensando en el cuerpo de su tía, ella le ayudaría a quitar de en medio la vista de Mari. El placer llegaba, tan rápido que no se
lo podía creer. Los pechos de su tía, su rostro, su trasero, todo se aunaba para que al final el jugo maravilloso escapara y él se librara de esos pensamientos tan poco adecuados. Estaba a punto, muy cerca del clímax. Sin embargo, la imagen volvió. Mari apareció como un rayo fulminante y su mano soltó un pene que rebotó con fuerza con su propio peso pareciendo que iba a desprenderse del cuerpo. De nuevo su madre aparecía en la escena suplantando a Carmen.
Pero,¿ qué pasa?
Se dijo en voz baja mientras el agua le golpeaba el rostro. Su mente se lo gritaba, pero él se negaba a aceptarlo. Parecía que aquellas suposiciones eran más ciertas de lo que creía y lo dijo en voz alta para poder dar forma a la realidad que yacía en su cerebro.¿ Mi madre me pone? Nada ni nadie contestó, solo el agua siguió golpeado la ducha envolviéndole con un vaho que amenazaba con colapsar el baño. Allí se quedó Sergio, pensativo, con el pene chocando contra la fría pared y consiguiendo
que su volumen decreciera un poco. Se detuvo en el empeño de satisfacer su ardor sexual, ya que en todo momento la mujer con la que se daba placer cambiaba a su progenitora. Cierta moralidad le impedía acabar con aquello, dar unos cuantos movimientos más y terminar con todos sus líquidos esparcidos en la ducha. Nadie lo sabría, nunca se enterarían, pero en su cabeza rondaba eso no lo puedo hacer. Su tía al fin y al cabo era eso, su tía,
pero su madre, eran palabras mayores. Quizá la tensión que notaba sólo era surgida por él, cada vez creía más que era una imaginación suya provocada por el esfuerzo de los libros. Salió y se secó con el pensamiento de que había sido un desliz, un pequeño fallo de una mente enferma por lo cachondo que estaba. Aunque mientras se afeitaba y se adesentaba un poco, tenía que reprimir la fuerte convicción de creer que su madre pensaba igual que él.
Acabó derrotado en la cama, sin cruzarse con nadie logró esconder la erección que no le bajaba ni a golpes. Se quedó mirando al techo, con la alarma puesta para el día siguiente y con la mente en blanco. El sueño le podía, sin embargo no quería dormir, quería dar rienda suelta a la dichosa película que se había formado en su cerebro. Aunque al final se dio a lo sensato, Cerró los ojos y se dejó llevar al mundo de
los sueños, eso sí, con una erección monstruosa. Sin embargo, cuando estaba entrado en la fase del sueño, en la que no reconoces lo real de lo irreal, su madre volvió a aparecer y con suma inconsciencia se agarró su pene con fuerza para dormir plácidamente. El sueño sería más que suculento. Sergio abrió los ojos, pero no estaba en su habitación. La estancia, aunque similar, había cambiado. Se levantó con algo de pereza y descolocado, sus pies flotaban como
guiados por nubes y la puerta parecía acercarse sola. Salió al pasillo, la bata que tenía había desaparecido y sólo llevaba puesto su pijama, sin obviar una erección mucho más grande de lo que jamás había visto. Comenzó a andar hacia la sala. pero allí lo que encontró fue el cuarto de su hermana, estaba hablando por teléfono y no
le vio. Cerró la puerta, más descolocado de lo que estaba, era imposible lo que sucedía, al salir de su habitación hacia la izquierda, estaba la sala, no el cuarto de Laura. Volvió sobre sus pasos y se dirigió esta vez a la derecha, atravesando una puerta la cual sí que era
la sala. Estaba su padre dormido. cegaramente después de un duro día de trabajo pero a danny hoy le tocaba hacer noche no podía estar allí la situación era más rara por momentos y el joven no entendía que podía suceder toda la estancia se movió sin que el muchacho se diera cuenta puesto que sin dar un paso se encontraba delante de la puerta de la cocina ésta estaba abierta o no había puerta daba lo mismo Lo que sí podía resaltarse era la imagen que los ojos del
joven captaron. Su madre volvía a estar en la misma posición en la que la vio esa misma noche, de rodillas y limpiando con sus guates de fregar una gran mancha. Sin embargo, no era así como recordaba la situación, varias cosas habían cambiado. Para empezar la bata que su madre llevaba seguía siendo rosa, pero se asemejaba más a un kimono adornado con preciosas rosas al estilo oriental. La fina tela la envolvía hasta los muslos donde no había ningún
pantalón que la tapase. Sergio tragó saliva al ver aquello. Todavía quedaba la parte de arriba, donde por arte de magia o unas casualidades físicas, la suave tela guardaba los senos sin que los pezones lograran ver la luz.— Sergio,¿ mi vida me ayudas?— dijo Mari lanzándole una sonrisa mientras sus ojos brillaban. El joven le asintió y se arrodilló
delante de su madre, como bien recordaba haber hecho. Trató de no mirar todo el espléndido cuerpo de la mujer y bajó la vista hacia el charco de café que había en el suelo. Sin embargo aquello también había cambiado, no era café, era una sustancia blanca y ligeramente pegajosa que Mari limpiaba con suma felicidad. Hay mucha, sugirió ella,
mejor siempre tenerla fuera que dentro,¿ no crees? Sergio no sabía qué contestar, sólo observó cómo su madre se levantaba, se quitaba los guates amarillos y los tiraba contra la fregadera. No podía asegurarlo con total certeza, pero algo le decía que su madre aparte del kimono. No llevaba nada. Dio unos pasos hasta la encimera donde se apoyó y dio un sorbo de agua. Sergio ensimismado contemplaba la imagen y sumido por unas ganas que le explotaban una y otra
vez en el interior. Quería poseerla. Se levantó del suelo dándose cuenta de que la mancha blanca del suelo había desaparecido y también su ropa. Estaba desnudo, con su cuerpo totalmente similar salvo por la exageración de pene que poseía entre las piernas, parecía salido de una viñeta erótica. Su madre lo escrutó con una normalidad abrumadora y volvió a dar un buen trago de agua mientras con la otra mano se colocaba la cabellera bien peinada a un lado
de la cabeza. Tengo demasiado calor, menos mal que el agua está fresquita. Sí, yo también. Sergio apenas había que decir, la figura imponente de su madre hacía que sus labios temblaran, más aún pensando en la vergüenza de su desnudez. aunque Mari no reparaba en ella. Últimamente lo hemos pasado muy bien, cariño. Mari dejó el vaso en la encimera y cruzó sus brazos debajo de los senos, haciendo que sus pezones casi se vieran, pero siempre me acuerdo de una vez. Esa
fue la mejor de todas.¿ Qué ves? Una en casa de tu tía.¿ Te acuerdas cuando nos metimos los tres en el jacuzzi? no lo podría olvidar.
El pene de Sergio parecía que no podía agrandarse más, pero la mirada libidinosa de su madre consiguió que lo hiciera. Mari parecía una bruja que hacía y deshacía a su antojo, y en ese momento lo que quería era más longitud del miembro de su hijo. Estaban a medio metro de distancia y ese pene descomunal casi podía tocarla. que bien lo pasamos, como nos pusimos, me refiero al alcohol, claro. Verdad.
Sergio asintió tontamente. Mari se dio la vuelta con los guantes en la mano, no los había tirado, y dio un paso hacia el joven, el pene de este estaba a unos centímetros del trasero de la mujer. Ella lo sabía y cuando se agachó para abrir el armarito y dejar debajo del fregadero los guantes, por segunda vez, el miembro sexual y el culo impactaron. Espero que aquel día, aquella cosa que rugía en los pantalones, fuera, por mí.
Se alzó de nuevo y de espaldas, puso todo su cuerpo contra el joven, abriendo las piernas y dejando que los incontables centímetros de su pene pasaran entre sus piernas. Se sentía como en un columpio con aquel pene de dibujos animados debajo de ella, era algo bárbaro que no tenía ni pies ni cabeza. Posó su cabeza en el hombro del joven, que veía el kimono mucho más abierto desde su posición, pero todavía sujeto por unos pezones a
los que parecía estar cosidos. Abajo, la vestimenta se había abierto más y encima de la cabeza de su pene, sólo había piel, nada de ropa. Por lo que, estaba en lo cierto, Mari sólo tenía el kimono, nada más. La mano de la mujer rozó la punta de aquel monstruo que atravesaba su vulva y la acariciaba a partes iguales. Con sus uñas tocó un glande poderoso con más forma de zeta que otra cosa, apenas rozándolo y haciendo que se moviera para su gusto. ¿Sabes? Tu padre está al
otro lado de esa pared. Mari volvió su rostro para hablar a la cara a su hijo mientras seguía acariciando su pene. Puede entrar en cualquier momento. Entonces vería a su mujer, con una tremenda polla entre las piernas. La respiración de Sergio se agitaba, sus manos temblorosas rodearon a la mujer llegando donde una cinta de tela gritaba por ser desatada. Pasó la mano por la punta y estiró de ella, era tan suave que casi le daba placer al tacto. La atadura que ocultaba la poca piel que
Mari no tenía al aire, se soltó. Desde su posición más elevada con la boca de su madre respirándole a unos pocos milímetros, contempló su cuerpo. El vientre estaba al aire y abajo, aunque no era visible, podía notar como una vulva sin pelos le saludaba con variados fluidos.¿ Te lo imaginas? Mari no paraba de acariciar la punta del joven, que entre ahora mismo Dani y te pillé con tu morcilla entre las piernas de su mujer. sería algo de locos,¿
no crees? El joven no tenía que responder, no era su cometido, sin embargo sí que lo era ese dichoso kimono. Subió las manos por la pequeña cintura de su madre, dirigiéndose a esas mamas que apenas le dejaban ver el suelo, tan hinchadas, tan jugosas, ciertamente eran como las recordaba en su cabeza.« Me haces cosquillas», dijo ella con unos labios carnosos que luchaban por pegarse a los de su hijo.
Sergio hació el kimono por el dobladillo que separaba cada uno de los lados y antes de llegar a los senos, lo comenzó a separar. Al parecer, los pezones no estaban pegados, ni tampoco cocidos, con un leve movimiento que dio la sensación de ser más que sencillo al final aparecieron. Perfectos, susurró el joven mientras dejaba la tela lo más apartada
posible de los senos de Mari. Los dedos seguían nerviosos y aunque ya habían cumplido su tarea querían más, deseaban tocarlas, sobarlas e incluso pellizcar los dos pezones que coronaban erectos ambas montañas. Las manos con lentitud rehicieron su camino y en el instante que el contacto se iba a producir, Mari chistó. ¡Ey! Todavía no tienes permiso para eso, todavía, no. Quitó la mano del joven y se dio la vuelta
alejándose de él. Le empujó con cierta fuerza y Sergio topó con un sillón que no conocía, el cual evitó la caída, sentadito, cariño. Sentadito. Mari avanzó hacia él como si de una modelo se tratase, abrió ambas piernas y se sentó sobre las de su hijo. Sergio la vio a la perfección, una diosa descendida de los cielos para su disfrute y sí, su vulva estaba rasurada y mojada.
Te he estado observando, cariño mío. La pelvis de Mari había comenzado a moverse, dejando justo el pene de Sergio entre sus piernas y masajeándolo con su sexo una y otra vez. Me miras demasiado, te he pillado viéndome el culo, las piernas, y hoy.¿ Has gozado mirando las tetas a mamá? Sí, mucho, el calor de Sergio era incalculable y sentía que la
explosión se estaba acercando. Las manos de su madre se juntaron en una dirección, sacando entre sus piernas el tremendo trabuco de su primogénito y colocándolo contra el vientre de éste. Gracias a los jugos del sexo de la mujer, todo el tronco estaba impregnado de líquido, Sergio lo notó como si fuera la mejor crema del mundo. Hijo, no me culpes.
Comenzó a hablar Mari mientras pasaba sus uñas por toda la longitud del pene de Sergio recogiendo las gotas que ella misma había depositado, soy una mujer y tengo mis necesidades. Tu padre ya no me da lo que necesito. Las manos de la mujer rodearon lo que pudieron la carne que desbordaba en sus manos y colocaron la polla contra su propio vientre. Mari inició un sube y baja lento mientras acercaba la cara a la de su hijo y los grandes pechos, casi los podía tocar con la punta
de su pene. Necesito un hombre en casa, un macho, alguien que me lo haga, alguien que me posea. Sea de día o de noche, haga frío o calor, alguien que jamás ponga excusas. Necesito alguien que me dome, alguien que me monte. Sus labios estaban tan cerca que apenas podía ver el movimiento de las dos manos subiendo y
bajando su exagerado pene. El aliento en su boca era como un perfume, un bálsamo embriagador que le hacía perder el norte.—¿ Conoces a ese hombre?— preguntó Mari parafulminándole con una mirada de sus preciosos ojos azules y para después lamerle los labios culminando con un pequeño mordisco. Sí, la voz de Sergio se comenzaba a perder por el placer que sentía. No te he oído bien. Dile a mamá
quién es ese hombre que necesita en casa. Los labios de Mari ahora habían viajado hasta el odio del joven, que recostado en el sillón, gozaba de la mejor masturbación que le habían hecho en la vida. Los senos de la mujer estaban cerca, muy cerca. tanto que uno de los pezones rozó su pectoral, algo que le produjo placer y cosquillas. Yo. Di lo más alto, que se enteren todos en esta casa, le dijo su madre esta vez
con los ojos fijos en los del joven. Yo. Se abalanzó hacia adelante, haciendo contacto con el cuerpo de su madre y dejando entre media su pene. Mari no dejó de moverlo y mucho menos cuando las manos de su hijo apresaron sus dos nalgas apretando con una fuerza temible. El trasero le vibró a la mujer y apretó los labios en una mezcla de dolor y placer que Sergio divisó perfectamente. Ahora sus pechos estaban casi en el cuello
del chico, apretados. Mientras por debajo de éste, En un espacio que era muy reducido, el pene de Sergio con líquidos que parecían no tener fin, se movía gracias a las manos de Mari en una excelente masturbación. Yo. Volvió a decir mientras su madre seguía apretando los dientes, tu hijo. Eso es lo que necesitas. El movimiento de muñeca de Mari se aceleró al escuchar aquello y Sergio se alejó algo del cuerpo, o mejor dicho, de los senos de
su madre para dejarla hacer. El kimono le caía ahora hasta los antebrazos dejándola a los hombros libres, como si no llevara nada. Sergio la observó en toda su desnudez, con un gesto torcido del placer, unos ojos que eran puro fuego y un rostro enrojecido que no se quedaba atrás. Las manos del muchacho seguían apretando con cada dedo las nalgas de la mujer como ella seguía haciendo con su miembro.
El final era cercano, Sergio comenzaba a notar espasmos que no podían ser más que el anuncio de que el orgasmo llegaba. Como nunca en su vida los genitales le ardieron, la espalda le centelleó en un sinfín de electrocuciones, era lo más cercano a estar sentado en la silla eléctrica. Su madre en cambio no mutaba su rostro, era la diosa de la lujuria reencarnada que había vuelto para darle
un placer increíble a su hijo. Apenas podía divisar el movimiento de manos, sólo lograba ver que su pene se hinchaba por momentos al lado del vientre de la mujer. Las gotas de lubricante natural de Mari volaban para diferentes direcciones, alguna incluso con dirección al rostro del muchacho donde éste las recibió con la lengua. Sabían a su madre. Ya estaba, había llegado, sólo unos segundos le separaban de tocar el cielo.
El paraíso se encontraba a unos pocos movimientos de distancia y su madre no cesó en el empeño, es más le alentó. Dale la leche a mamá, mi vida, dásela. Volvió a acercar su cara y muy bajito le añadió, dime una cosa,¿ qué quieres hacerme? Dilo. El movimiento era más duro, más rápido, Sergio pensaba que le iba a explotar, dilo. Vamos,
dilo. te quiero, te quiero.
La voz no le salía de la garganta porque el placer era ya uno con su cuerpo, estaba atenazado, totalmente paralizado por el colosal miembro que su madre manejaba con soltura. Sin embargo, Mari quería escucharlo, quería esas lindas palabras que culminarían todo el proceso. Dilo, hijo, solo dilo y lo tendrás, te quiero, vamos, te quiero, que se enteren todos en casa. Que se entere tu padre, que se entere tu hermana, que se entere tu novia, incluso, que se entere Carmen.
Vamos, dímelo. Te quiero. Mamá, te quiero follar.
El clímax llegó en ese instante, la cabeza del joven se echó hacia atrás y golpeó el sillón con violencia. Su boca y sus ojos quedaron abiertos como cada poro
de su piel. Comenzaba a transpirar deseo. pasión y por una zona muy específica un chorro de magnitudes bíblicas desde otro punto de vista como si de un viaje astral se tratase sergio se vio tirado en el sillón con su madre sentada en sus piernas la imagen se podía mover o rotar lo contemplaba desde todos los ángulos posibles y desde todos era magnífico sus fluidos salieron con una virulencia terrible Las manos de Mari no cesaron en su
empeño mientras el primer disparo impactaba entre sus senos, parecía más una manguera de bomberos que un pene. El segundo no tardó en llegar, y el tercero y el cuarto, más bien un inacabable disparo fue lanzado sin parar. Algo que Sergio pudo contemplar desde una posición más elevada, mientras huyó del sillón, seguía cerca de la inconsciencia con la cabeza al borde de desnucarse. La imagen de Mari era de ciencia ficción, el semen la llenaba tanto el vientre
como los senos por completo. De sus pechos caían innumerables gotas que mojaban sus brazos y el cuerpo de Sergio. Incluso tan abundante chorro de líquidos masculino había alcanzado el cuello y la barbilla de la mujer, que con una oportuna coleta que el joven no sabía cuando se puso, había evitado mancharse el pelo. Pero ahora, en sus carnosos labios, se pasaba la lengua en un movimiento erótico sorbiendo unas cuantas gotas que habían llegado hasta aquel preciso lugar. De
pronto algo le sacó de allí. La proyección del joven que pululaba por diferentes algunos de visión, dejó de poder contemplar la mejor imagen de su vida, todo comenzó a volverse oscuro y una fuerza tiraba de él hacia atrás. Empezó a caer por un infinito de oscuridad que dio su tope cuando uno de sus pies se movió tratando de buscar apoyo, pero no lo había. Entonces, despertó. Estaba sobresaltado y descolocado, tanto como al darse cuenta de que
su calzoncillo se había mojado y su pantalón. Las sabanas, qué locura es esta, acabó por pensar. El sueño lo tenía muy vivido. tanto que dudó por un momento si aquello había sucedido en la realidad. No era como la película que se había ideado en la ducha, allí simplemente aprovechando que su madre estaba de rodillas en el suelo, le hacía el amor en esa posición. Sin embargo, su sueño había sido infinitamente mejor. Un ruido le sobresaltó haciendo que brincara de la cama con un gracioso charco en
el pijama que se le notaba a la legua. El sonido de la alarma le anunciaba que era hora de ir al examen, al menos he dormido de fábula. Se preparó con rapidez y sintió que la pesadez del día anterior se había esfumado, quizá lo que le pesara también tenía algo que ver con sus genitales. Por fin en su cabeza ya no se posicionaba en único lugar Mari. Había pasado a un segundo plano y todo lo que había estudiado para este examen comenzaba a ocupar su debido lugar.
En la cocina visualizó a su madre, tomando un café que esta vez no se le había caído. Cogió un bollo para marchar con rapidez y sin dar tiempo a pensar en ninguna otra cosa que no fuera su examen. Cariño,¿ vas al examen? No le sorprendió que María hablase desayunando, cada vez lo hacía con más frecuencia.
Sí. Marcho que tengo prisa.
Mucha suerte. aunque no la necesitas sé que has estudiado mucho. Además se te ve con energías. Miró a su madre recordando las imágenes que por la noche le habían llevado a un clímax que todavía perduraba en su cuerpo. No tenía el kimono, era la misma bata de la noche anterior con la camiseta blanca, incluso tenía unas pequeñas manchas marrones, pero,¡ qué preciosa era! He dormido de maravilla. He tenido un
sueño maravilloso. Pues me alegro, cielo, me alegro. Dio un sorbo a su café y añadió, yo creo que también, pero no lo recuerdo. Aunque no sé, me he levantado como más feliz, bueno, ni idea. Corre, que te entretengo
Quién sabe, mamá? Igual hemos
soñado lo mismo. Con una sonrisa de lo más pícara abandonó la cocina, mientras su madre debatía si era posible soñar lo mismo que otra persona. Preguntas intrascendentes que no llevan a nada. Aunque la cuestión que se planteó Sergio el día anterior en la ducha, ahora la podía contestar sin pudor. Con la misma mueca de felicidad, camino a coger el coche para ir a la universidad, antes de dejar de pensar en su madre se hizo la misma
pregunta mi madre me pone. La respuesta era evidente y mientras arrancaba el coche lo expresó con sus labios, alto y claro.
Por supuesto que sí. Hasta aquí llegó el capítulo de hoy. Hasta la próxima.
