Me llamo Valeria y tengo 27 años. De día soy correctora de textos en una editorial pequeña, de esas que publican novelas románticas edulcoradas donde el sexo nunca es explícito y todo termina con un beso bajo la lluvia. De noche, sin embargo, mi cabeza es un lugar mucho más oscuro y húmedo. Llevo meses soñando con lo mismo, que alguien me tome sin pedir permiso, que me use como un objeto. que me haga gritar hasta quedarme sin voz, y después
me deje tirada, temblando y satisfecha. Esta noche decidí dejar de soñar. Me puse el vestido negro que nunca me atrevo a llevar, escote profundo hasta el ombligo, espalda completamente descubierta, falda tan corta que si me agacho se me ve todo. Debajo, nada, ni bragas, ni sujetador, solo mis pezones rozando la tela fina y mi coño ya mojado antes siquiera de salir de casa. Me miré al espejo del ascensor y vi
a una mujer que no reconocía del todo. Labios pintados de rojo sangre, ojos ahumados, El pelo suelto, cayendo como una cortina negra sobre mis hombros. Me sentía peligrosa. Me sentía puta. El club se llamaba El Umbral. Nadie lo anunciaba en Google Maps. Solo se llegaba si alguien te pasaba la dirección exacta. Bajé por una escalera estrecha de hormigón, el tacón resonando como un latido. Al final, había una puerta negra sin pomo. Golpeé tres veces, como me habían dicho.
Se abrió sola. Dentro olía a cuero, a cera caliente, a sudor y a sexo. La luz era roja, baja, como si todo estuviera sangrando. Había gente en las sombras, una mujer atada a una cruz de madera, el látigo cayendo sobre sus muslos. dos hombres follando a una tercera contra la pared, sus gemidos sincronizados con la música grave que vibraba en el suelo. Me quedé quieta un segundo, el corazón golpeándome las costillas. Entonces lo vi. Él estaba sentado en un sillón de cuero negro al fondo de
la sala principal. No era el más alto ni el más musculoso, pero había algo en su postura que hacía que todos los demás parecieran ruido de fondo. Camisa negra abierta hasta el esternón, Pantalones oscuros ajustados, pelo negro peinado hacia atrás, barba de tres días y ojos que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla. Me miró, no sonrió. Solo me miró. Y yo supe que iba a dejar que me destrozara. Caminé hacia él con las piernas temblando.
Cuando llegué a su altura, se levantó despacio, sin prisa. Era más alto de lo que parecía sentado. Me agarró la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarlo.
Vienes a jugar o a
mirar? Preguntó. Su voz era baja, áspera, como graba bajo botas. A jugar. Respondí. Aunque la voz me salió más pequeña de lo que quería. Me giró sin soltarme la barbilla y me empujó hacia una puerta lateral. Entramos en una habitación privada. Paredes de piedra negra. Una cama grande con postes de hierro. cadenas colgando del techo, un potro de madera acolchado, un armario abierto lleno de látigos, mordazas y cuerdas. Cerró la puerta. El clic sonó como una sentencia.
Desnúdate
Ordenó. Me quité el vestido despacio, dejando que cayera a mis pies. Me quedé desnuda, solo con los tacones. Mis pezones estaban tan duros que dolían. Mi coño ya chorreaba. Sentía la humedad resbalar por el interior de mis muslos. Él me miró de arriba a abajo, sin prisa, como si estuviera evaluando una pieza de arte.
Manos a la espalda.
Obedecí. Sacó unas esposas de cuero negro del armario, con un cierre metálico. Me las puso, apretando lo justo para que sintiera la presión sin cortar la circulación. Luego me llevó hasta el potro. Me inclinó sobre él boca abajo, el pecho apoyado en el acolchado, las tetas aplastadas, el culo en alto. Ató mis tobillos a los postes inferiores, separándome las piernas hasta el límite. Estaba completamente expuesta, coño abierto, ano apretado, pechos colgando. Sentí sus manos frías en mi culo.
Separó mis nalgas con los pulgares y escupió directamente sobre mi ano. La saliva caliente resbaló hacia abajo y mezclándose con mi humedad metió un dedo en mi coño primero despacio sintiendo como me contraía alrededor añadió otro luego un tercero los movió en círculos follándome con ellos mientras su otra mano frotaba mi clítoris con el pulgar gemí alto empujando hacia atrás no
te corras todavía
dijo y sacó los dedos de golpe me dio un azote seco en la nalga derecha El sonido rebotó en las paredes. Luego otro. Y otro. Cada impacto hacía que mi coño se contrajera, vacío y con más humedad saliendo. Cuando mi culo estaba rojo y ardiendo, sentí la cabeza de su polla presionando contra mi entrada. Entró de una sola embestida, sin aviso. Grité. Era grueso, largo y me llenó hasta el fondo en un segundo. Se quedó quieto, dejando que mi coño se adaptara al grosor, sintiendo cada
vena palpitar dentro de mí. Luego, empezó a moverse. Salidas lentas, casi sacándola del todo, y entradas brutales que me hacían jadear. Cada vez que entraba, golpeaba mi punto G, el clítoris, rozando contra el borde del potro. El placer era insoportable. Me folló así durante minutos eternos, cambiando el ritmo, rápido y superficial. Luego lento y profundo. Luego brutal y sin piedad. Cuando estaba al borde del orgasmo, se detuvo. Sacó la
polla y la colocó en mi ano. No. Espera. Jadé. Calla. Empujó. El anillo se dio centímetro a centímetro, el dolor agudo convirtiéndose en placer abrazador cuando la cabeza pasó. Siguió empujando hasta que sus huevos tocaron mis labios vaginales. Me sentí partida en dos, llena de una manera que nunca había imaginado. Empezó a follarme el culo. En vestidas lentas al principio, luego más rápidas. más profundas. Metió dos dedos en mi coño mientras me follaba el ano, follándome por ambos agujeros
al mismo tiempo. Me corrí gritando, el ano apretando su polla, el coño chorreando sobre sus dedos, el cuerpo convulsionando contra el potro. Me desató y me llevó a la cama. Me puso boca arriba, atándome las muñecas al cabecero con cadenas frías. Se subió encima mío y entró de nuevo en mi coño. Esta vez follándome, con embestidas cortas y rápidas, golpeando mi clítoris con su pubis. Me mordió los pezones, tirando de ellos con los dientes hasta hacerme llorar de placer.
Me corría sin parar, uno tras otro, el cuerpo temblando, la mente en blanco. Luego me puso a cuatro patas, Me agarró de las muñecas como si fueran una rienda y me folló el coño desde atrás. Al poco tiempo, me soltó una muñeca para meter tres dedos en mi ano, abriéndome, preparándome. Cuando estuve lista, sacó la polla y la metió en mi ano de una sola embestida. Grité, pero empujé hacia atrás,
queriendo más. Me folló el culo con fuerza, los huevos golpeando mi clítoris, una mano frotándome el coño, Me corrí otra vez, el ano ordeñando su polla, chorro saliendo de mi coño. Me tumbó boca arriba de nuevo, me levantó las piernas sobre sus hombros y entró en mi coño, profundo, follándome con embestidas que me hacían ver estrellas. Me mordió el cuello, no para marcar, sino para hacerme gritar. Me corría sin control, el cuerpo convulsionando, lágrimas rodando por mis mejillas.
Al final me puso de rodillas en la cama, Me agarró del pelo y me folló la boca mientras metía dos dedos en mi coño y dos en mi ano. Me corría mientras me follaba la garganta, saliva y lágrimas mezclándose, semen caliente llenándome la boca cuando se corrió por última vez. Me dejó tirada en la cama. Exhausta, temblando, el cuerpo marcado por mordidas, azotes y semen. Me besó la frente con una ternura inesperada.
Vuelve cuando quieras romperte de nuevo»
dijo. Y yo supe que volvería, porque esa noche no solo me folló, me reconstruyó y a mí me encantó.
